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La
Filocalia
(�ndice)
Gregorio
el Sinaíta
Acróstico
sobre los mandamientos
La
ciencia de la verdad es, esencialmente, el sentimiento de la
gracia...
*
* *
Santuario
verdadero, anticipo de la condición futura, tal es el
corazón sin pensamientos, movido por el
Espíritu. Allí todo se celebra y se expresa
pneumáticamente. Aquel que no ha obtenido ese estado
puede ser, por sus otras virtudes, una piedra calificada
para la edificación del templo de Dios, pero no es el
templo del Espíritu ni su
pontífice.
*
* *
Por
encima de los mandamientos, existe el mandamiento que
involucra a todos: «Acuérdate del Señor
tu Dios en todo tiempo» (Dt 8, 18). Es con respecto a
esto que los otros son violados y es por él que se
los cumple. El olvido, en el origen, destruyó el
recuerdo de Dios, oscureció los mandamientos y
mostró la desnudez del hombre.
*
* *
Existen
esencialmente dos amores extáticos en el
Espíritu: el amor del corazón y el amor del
éxtasis. El primero corresponde a la
iluminación; el segundo a la caridad. Tanto uno como
el otro sustraen de las sensaciones al espíritu que
movilizan. El amor divino es esta embriaguez espiritual - lo
más elevado en la naturaleza- que suprime el
sentimiento de cualquier relación con el mundo
exterior.
*
* *
El
principio y la causa de los pensamientos es, después
de la transgresión, el estallido de la memoria que,
al transformarse en compuesta y diversa, de simple y
homogénea que era, pierde el recuerdo de Dios y
corrompe su poderes.
*
* *
El
remedio para liberar esta memoria primordial de la memoria
perniciosa y malvada de los pensamientos es el retorno a la
simplicidad original. El instrumento del pecado -la
desobediencia- no solamente ha falseado las relaciones de la
memoria simple con el bien, sino que ha corrompido sus
potencias y debilitando su atracción natural por la
virtud. El gran remedio de la memoria es el recuerdo
perseverante e inmóvil de Dios en la
oración.
*
* *
El
principio de la oración espiritual - sacerdocio
místico- es la operación o virtud purificadora
del Espíritu. El principio de la quietud (hesychia)
es el reposo y su medio, la virtud iluminadora y la
contemplación. Su término, el éxtasis y
el rapto del Espíritu por Dios.
Acerca de
la contemplación y la oración
No
deberíamos hablar como un gran doctor ni tener
necesidad del apoyo de la Escritura ni de los Padres, sino
ser «enseñados por Dios» (Jn 6, 45) hasta
el punto de aprender y conocer, en él y por
él, todo lo que necesitamos. No solamente nosotros
sino cualquiera de los fieles. ¿Acaso no hemos sido
llamados para llevar grabadas en nuestro corazón las
tablas de la ley del Espíritu y para conversar con
Jesús mediante la oración pura de la misma
forma admirable que los querubines?
Pero
sólo somos niños en el momento de nuestra
segunda creación, incapaces de comprender la gracia,
de aprovechar la renovación, ignorantes, sobre todo,
de la supereminente grandeza de la gloria de la que
participamos. Ignoramos que, por la observación de
los mandamientos, debemos crecer en alma y espíritu
para ver lo que hemos recibido. He aquí cómo
la mayor parte de nosotros cae, por negligencia y
hábito vicioso, en la insensibilidad y en la ceguera,
hasta el punto de no saber ya, si hay un Dios, qué
somos, ni en qué nos hemos convertido a pesar de ser
hijos de Dios, hijos de la luz, niños y miembros de
Cristo.
Hemos
sido bautizados en la edad adulta pero sólo
percibimos el agua y no el Espíritu. Incluso siendo
renovados en el Espíritu, no lo creemos más
que con una fe muerta e inactiva... somos carne y nos
conducimos según la carne. Y permanecemos muertos
hasta la hora de nuestro fin, sin vivir en Cristo ni estar
movidos por él. Y, «lo que sabemos», a la
hora del tránsito y del juicio «nos será
quitado» a causa de nuestra incredulidad y nos
faltará la esperanza por no haber comprendido que los
niños deben ser parecidos al Padre, dioses en Dios,
espíritus salidos del Espíritu...
*
* *
Diremos
en primer lugar, con la ayuda de Dios, que «otorga la
palabra a los que anuncian el bien» (Rom 10, 15),
cómo se encuentra - debería decir cómo
se ha encontrado - a Cristo por el bautismo en el
Espíritu («¿No sabéis que vuestros
cuerpos son miembros de Cristo?» (I Cor 6, 15); luego,
cómo se conserva ese hallazgo y cómo se
progresa. La mejor manera -y la más corta-
será exponer, brevemente, los extremos y el medio,
pues el asunto es extenso: hay muchos que impulsan el
combate hasta haberlo encontrado; luego se detiene su deseo.
Poco les preocupa ir más adelante; les basta haber
encontrado el comienzo del camino; en su ignorancia toman
una bifurcación y se imaginan estar en la buena ruta
mientras caminan fuera del fin por falta de coraje, o bien
su conducta indiferente los lleva hacia atrás, a la
condición que tenían y se encuentran
nuevamente en el comienzo o a mitad de camino en su
empresa.
Los
principiantes tienen de su parte a la acción, o sea,
los medios de la iluminación; los perfectos, la
purificación y la resurrección del
alma.
*
* *
Existen
dos formas de encontrar la operación (energía)
del espíritu recibida sacramentalmente en el santo
bautismo:
a)
Ese don se revela de una manera general por la
práctica de los mandamientos y al precio de grandes
esfuerzos. San Marcos el Ermitaño nos lo dice:
«En la misma medida en que ejercitamos los
mandamientos, ese don hace resplandecer más su fuego
ante nuestros ojos».
b)
El se manifiesta, en la vida de sumisión a un padre
espiritual, mediante la invocación continua y
metódica del Señor Jesús, es decir, por
el recuerdo de Dios.
El
primer camino es el más largo; el segundo el
más corto, a condición de haber aprendido a
escarbar la tierra con coraje y perseverancia para descubrir
el oro.
Si
queremos descubrir y conocer la verdad sin riesgo de error,
busquemos sólo la operación del
corazón, sin imagen ni figura; sin reflejar en
nuestra imaginación ni forma ni impresión de
las cosas consideradas santas; sin contemplar ninguna luz,
pues el error, sobre todo al principio, tiene la costumbre
de burlar el espíritu de los menos experimentados
mediante esos fantasmas engañosos.
Esforcémonos por tener activa en nuestro
corazón solamente la operación de la
oración, que da calor, alegra el espíritu y
consume el alma en un amor indecible por Dios y por los
hombres. Entonces se verá hacer de la oración
una gran humildad y contrición, pues la
oración es, para los principiantes, la
operación espiritual infatigable del Espíritu
que, al comienzo, hace brotar del corazón un fuego
gozoso y, al final, obra como una luz de buen
olor.
*
* *
He
aquí los signos a través de los cuales ese
comienzo se evidencia para aquellos que buscan en verdad...
En algunos, se manifiesta como la luz de la aurora; en
otros, como una exultación mezclada con temblores; en
otros, como alegría o como una mezcla de
alegría y temor o de temblores y alegría y, en
ocasiones, de lágrimas y de temor.
El
alma se regocija con la visita y la misericordia de Dios
pero teme y tiembla ante el pensamiento de su presencia y a
causa de sus numerosos pecados. En algunos se produce una
contrición y un dolor inexpresables para el alma,
semejantes a los de la mujer de la que habla la Escritura.
Pues «la palabra de Dios es viva y eficaz», o sea,
que Jesús «penetra hasta la división del
alma y el espíritu, de las articulaciones y de la
médula» (Heb 4, 12) para suprimir en vivo, de
los miembros del alma y del cuerpo, todo lo que encierran de
apasionado. En otros, esto se manifiesta bajo la forma de un
amor y una paz indecibles respecto de todo; en algunos
otros, es una exultación y estremecimiento -
según la expresión frecuente de los Padres-,
movimiento del corazón viviente y virtud del
Espíritu.
Esto
se llama también «pulsación» y
«suspiro inefable» del Espíritu que
intercede por nosotros ante Dios (cf. Rom 8, 26).
Isaías lo llama «juicio de la justicia»;
Efrén, «picadura». El Señor es una
«fuente de agua que brota para la vida eterna» (el
agua es el Espíritu), que brota y burbujea con
potencia en el corazón.
*
* *
Hay
dos tipos de exultación y de estremecimiento. Una
exultación tranquila: es la pulsación, el
suspiro, la intercesión del Espíritu; y la
gran exultación que es el salto, el estremecimiento,
el vuelo poderoso del corazón viviente en el aire
divino. El Espíritu divino le da las alas del amor al
alma liberada de los lazos de las pasiones; incluso antes de
la muerte, el alma se esfuerza por volar en su deseo de
escapar de la pesadez...
*
* *
En
todo principiante hay dos operaciones que obran
diferentemente en el corazón. Una bajo el efecto de
la gracia, la otra bajo el efecto del error. Marco lo
afirma: «Hay una operación espiritual y hay una
operación satánica, desconocida por los
niños». Además, existe un triple ardor de
operación en el hombre: uno encendido por la gracia,
el segundo por el error y el pecado, el tercero por los
excesos de la sangre. Talasio el Africano llama, a este
último, el temperamento, y nos dice que es suavizado
por una abstinencia conveniente.
*
* *
La
operación de la gracia es una virtud del fuego del
Espíritu que se ejercita en el corazón con
alegría, fortifica, templa y purifica el alma,
suspende por un tiempo sus pensamientos y mortifica
provisoriamente los movimientos del cuerpo. Los frutos y
signos que testimonian su verdad son las lágrimas, la
contrición, la humildad, la temperancia, el silencio,
la paciencia, el retiro, y todo aquello que produce un
sentimiento de plenitud y de certidumbre
indudable.
*
* *
La
operación del error es el fuego del pecado que
enciende el alma por la voluptuosidad. Es indecisa y
desordenada, nos dice Diadoco. Proporciona una
alegría irracional, presunción,
turbación... enciende el temperamento, trabaja en el
alma y la enardece, la atrae hacia si para que el hombre,
adquiriendo el hábito de la pasión, poco a
poco expulse la gracia.
Acerca de
la vida contemplativa y de los dos modos de la
oración
Existen
dos tipos de unión, o mejor, una doble entrada de
acceso a la oración espiritual que el santo
Espíritu obra en el corazón. O bien el
espíritu, «adherente al Señor»,
entra allí primero o bien la operación se pone
en movimiento poco a poco en medio de un fuego gozoso y el
Señor atrae el intelecto y lo liga a la
invocación unitiva del Señor Jesús.
Pues, si el Espíritu obra en cada uno según la
manera que le place, sucede que una forma de unión
precede a la otra.
A
veces la operación se produce en el corazón,
siendo las pasiones debilitadas por la invocación
sostenida de Jesucristo, acompañada por un calor
divino, «porque Yahvé, tu Dios, es fuego
abrasador» (Dt 4, 23) para las pasiones. A veces el
Espíritu atrae el espíritu, lo inmoviliza en
lo profundo del corazón y le prohíbe sus idas
y venidas acostumbradas. No es ya un cautivo conducido de
Jerusalén a Asiria; es una ventajosa migración
de Babilonia a Sión... El espíritu puede decir
«exultará Jacob, se alegrará Israel»
(Sal 13, 7): entended por ello el espíritu activo
que, por los trabajos de la vida activa, ha vencido, junto a
Dios, las pasiones; el espíritu contemplativo que, en
su medida, ve a Dios en la contemplación.
Cómo
ejercitar la oración.
«Desde
la mañana siembra tu semilla» -la
oración- y «por la tarde que tu mano no se
detenga» para no interrumpir su continuidad
arriesgándote a faltar a la hora de la
satisfacción «pues tú no sabes
cuál de las dos te traerá la prosperidad»
(Ecl 11, 6).
Por
la mañana siéntate en un lugar bajo,
retén el espíritu en tu corazón y
mantenlo allí y, mientras tanto, laboriosamente
curvado, con un vivo dolor en el pecho, las espaldas y la
nuca, grita con perseverancia en tu espíritu o tu
alma: «Señor Jesucristo, tened piedad de
mi». Luego (no ciertamente a causa del menú
único e invariable del triple nombre: pues
«aquellos que me comieron tendrán todavía
hambre»), transportarás tu espíritu a la
segunda mitad, diciendo: «Hijo de Dios, ten piedad de
mi». Repite esto un gran número de veces y cuida
de no cambiar a menudo por indolencia, pues las plantas
demasiadas veces trasplantadas no prenden
más.
Domina
tus pulmones de forma que no respires con facilidad. Pues la
tempestad de soplos que sube del corazón oscurece el
espíritu y agita el alma; la distrae, la deja cautiva
del olvido, o la hace repasar toda clase de cosas para
arrojarla a continuación, insensiblemente, hacia lo
que no necesita. Si tú ves alzarse y tomar forma a la
impureza de los pensamientos o de los espíritus
malvados no te desconciertes; si se presentan ante ti
conceptos buenos acerca de las cosas, no les prestes
atención sino que, en la medida de lo posible, debes
retener tu soplo, encerrar tu espíritu en tu
corazón y ejercitar sin tregua ni disminución
la invocación del Señor Jesús,
así los consumirás y reprimirás
rápidamente, flagelándolos invisiblemente con
el nombre divino, según las palabras de Juan de la
Escala.
Sobre la
respiración.
Isaías
el Anacoreta atesta, y muchos otros antes que él, que
debes retener tu soplo. «Disciplina tu espíritu
indisciplinado», dice Isaías, es decir, el
espíritu trastornado y disipado por el poder enemigo,
al que la negligencia restablece después del bautismo
con todos sus malos espíritus (cf. Mt 12, 45). Otro
ha dicho: «El monje debe tener el recuerdo de Dios por
la respiración»; otro más: «El amor
de Dios debe pasar a través de nuestra
respiración»; y Simeón el Nuevo
Teólogo dice: «Comprime la aspiración de
aire que pasa por la nariz de manera que no puedas respirar
cómodamente...».
Después
de nuestra purificación, hemos recibido las
señales del Espíritu y las semillas del Verbo
interior (cf. Sant 1, 21)... pero la negligencia hacia los
mandamientos nos hace recaer en las pasiones y, en lugar de
respirar el Espíritu santo, somos colmados por el
soplo de los espíritus malos. Ese es,
manifiestamente, el origen del bostezo, lo sabemos por el
Padre. Aquel que ha obtenido el Espíritu ha sido
purificado por él, está también
reanimado por él y respira la vida divina, la habla,
la piensa, la vive según la palabra del Señor.
«Pues no sois vosotros los que habláis... »
(Mt 10, 20).
Cómo
salmodiar.
«Aquel
que está fatigado, nos dice Juan de la Escala, se
levantará para orar, luego volverá a sentarse
y retomará animosamente su anterior
ocupación». Ese consejo destinado al
espíritu que ha llegado al cuidado del
corazón, no resulta inútil tratándose
de la salmodia. El gran Barsanufio, interrogado sobre la
manera de salmodiar respondió: «Las horas y los
himnos son tradiciones eclesiásticas que nos han sido
trasmitidas muy oportunamente en función de la vida
en común. Los solitarios de Escete no salmodian ni
tienen himnos, tienen un trabajo manual
y
una meditación solitaria. Cuando te dedicas a orar,
di el Trisagion y el Padrenuestro para pedir a Dios que te
separe del hombre viejo sin tardanza. Por otra parte, tu
espíritu está en oración todo el
día». El anciano intenta demostrar con esto que
la meditación solitaria es la oración del
corazón. La oración intermitente es la
estación de la salmodia...
Acerca de
las distintas salmodias.
Pregunta:
¿Cuál es la razón de que unos
enseñen a salmodiar mucho, otros poco, y, algunos
absolutamente nada, aconsejando en cambio dedicarse a la
oración, a un trabajo manual cualquiera o a
algún otro ejercicio de penitencia?
Respuesta:
He aquí la razón: los que encontraron la
gracia por la vida activa a cambio de años de
esfuerzos, enseñan a los demás lo que ellos
mismos aprendieron. No quieren creer a aquellos que llegaron
metódicamente y en poco tiempo, gracias a la
misericordia de Dios y por medio de una fe ardiente, como lo
expresa Isaac. Víctimas de la ignorancia y de la
suficiencia, se burlan y sostienen que cualquier otra
experiencia es ilusión y no obra de la gracia. No
saben que a Dios no le cuesta nada hacer de un solo golpe un
rico de un pobre y que «el comienzo de la
sabiduría es desear la sabiduría». El
apóstol reprende así a sus discípulos
que ignoran la gracia: «Si no reconocéis que
Jesucristo está en vosotros, será que
estáis reprobados» (2 Cor 13, 5). He aquí
por qué la incredulidad y la presunción les
impiden admitir los efectos extraordinarios y singulares que
el Espíritu opera en algunos.
*
* *
Objeción:
Haz el favor de decirme: ¿ayunar, abstenerse, velar,
mantenerse de pie, hacer penitencia, practicar la pobreza,
no es acaso vida activa? ¿cómo puedes decirnos,
alegando únicamente la salmodia, que sin vida activa
es posible poseer la oración?
Respuesta:
¿De qué vale orar vocalmente mientras vaga el
espíritu? Uno derrumba lo que otro edifica: mucho
trabajo para ninguna ganancia. Como se trabaja con el
cuerpo, así es necesario trabajar también con
el espíritu, de otro modo se será justo de
cuerpo pero el espíritu estará lleno de
impureza. El apóstol lo confirma: «Si yo oro con
mi lengua, mi pneuma ora -entended por esto mi voz- pero mi
espíritu es estéril. Si yo oro con mi voz,
oraré también con mi espíritu...
prefiero decir cinco palabras con todo mi espíritu...
» (1 Cor 14, 14s). «No hay nada más temible
que el pensamiento de la muerte, dice san Máximo,
nada más magnífico que el recuerdo de
Dios». De ese modo quiere mostrar la excelencia de la
obra.
Algunos,
cegados y vueltos incrédulos por su extrema
insensibilidad e ignorancia, no quieren siquiera admitir que
existe gracia en nuestra época.
*
* *
Aquellos
que salmodian poco, tienen razón, según mi
opinión. Observan las proporciones, y la medida es la
excelencia, según nos enseñan los sabios. No
agotan el poder del alma en la vida activa para no volver al
espíritu negligente en la oración. Sucede que
el espíritu, fatigado por la prolongación de
su grito interior y de su inmovilidad, toma un corto respiro
y descansa, en los espacios de la salmodia, de su encierro
en la hesychia. Tal es la jerarquía ideal y la
doctrina de los más sabios.
*
* *
En
cuanto a aquellos que no salmodian en absoluto, hacen bien,
si es que se encuentran entre los avanzados. Si han llegado
a la iluminación no tienen necesidad de salmos sino
de silencio, de oración ininterrumpida y de
contemplación. Están unidos a Dios y no tienen
por qué separar su espíritu de él para
arrojarlo a la disipación. «El obediente cae por
voluntad propia, dice Clímaco el Hesicasta, al
interrumpir su oración». Su espíritu,
separándose del esposo - el recuerdo de Dios - comete
adulterio y se liga al amor por las cosas
pequeñas.
No
es oportuno enseñar a todos indistintamente esta
conducta. A los simples e iletrados que viven en la
obediencia si, porque la obediencia participa de todas las
virtudes en la humildad; no se debe enseñar, en
cambio, a aquellos que viven fuera de la obediencia pues
correrían el riesgo de extraviarse, ya se trate de
simples o de gnósticos. Pues el independiente no
escapa de la presunción que acompaña,
naturalmente, al error, nos dice Isaac.
Algunos,
sin medir las peligrosas consecuencias, enseñan al
recién llegado la práctica exclusiva de este
ejercicio para dirigir el espíritu, afirman, en el
uso y el amor del recuerdo de Dios. Ello no es necesario,
sobre todo si se trata de ideoritmos. Su espíritu es
todavía impuro, a causa de la negligencia y del
orgullo, y las lágrimas todavía no lo han
purificado. Cuando los espíritus impuros del
corazón, turbados por el nombre temible, crecen y
amenazan destruir a aquel que los flagela, reflejan, antes
que la oración, las imágenes de los malos
pensamientos. Al ideoritmo que quiere aprender esta
práctica y realizarla, pueden sucederle dos cosas: o
se afanará y se equivocará, lo que no
cambiará en nada su estado, o bien se mostrará
negligente y no hará ningún progreso en toda
su vida.
*
* *
Agregaré
aquí algo más acerca de la oración,
según mi pequeña experiencia: cuando de
día o de noche, después de permanecer sentado
en silencio, orando a Dios con insistencia, sin
pensamientos, humildemente, tu espíritu se canse de
gritar, tu cuerpo esté dolorido y tu corazón
no experimente calor ni alegría ante la
invocación vigorosamente sostenida de Jesús
que otorga resolución y paciencia a los combatientes,
entonces levántate y salmodia, solo o con tu
compañero, o bien dedícate a la
meditación sobre una palabra, al recuerdo de la
muerte, al trabajo manual o a la lectura, de pie, a fin de
fatigar a tu cuerpo.
Cuando
te dediques a la salmodia solitaria vuélcate al
Trisagion, la oración del Señor, con el
espíritu atento al corazón. Si el cansancio te
pesa, pronuncia dos o tres salmos penitenciales, sin
cantarlos... San Basilio aconseja: «Es necesario
cambiar cada día los salmos para estimular la
resolución, para que el espíritu no se
disguste por repetir siempre los mismos, para darle una
cierta libertad. Todo ello redundará en beneficio de
su resolución». Si salmodias en
compañía de un discípulo fiel,
permítele decir los salmos, mientras que, en lo
referente a la atención y a la oración secreta
del corazón, te vigilarás. Con el concurso de
la oración, desprecia toda representación
sensible o intelectual que suba a tu corazón; la
quietud (hesychia) es el despojamiento provisorio de los
pensamientos que no vienen del Espíritu, para no
perder la mejor parte deteniéndose sobre su
bondad.
*
* *
La
ilusión.
Siendo
amante de Dios, debes permanecer muy atento... Cuando,
ocupado en tu obra observas una luz o un fuego, en ti mismo
o fuera de ti, o la así llamada imagen de Cristo, de
los ángeles o de los santos, no lo aceptes o te
arriesgarás a sufrir las consecuencias. No permitas a
tu espíritu forjarla. Todas esas formas exteriores
intempestivas tienen como efecto extraviar el alma. El
verdadero principio de la oración es el calor del
corazón que consume las pasiones, produce en el alma
la alegría o el goce, y confirma al corazón en
un amor seguro y en un sentimiento de indudable
plenitud.
Todo
lo que se presenta al alma como sensible o intelectual y
arroja al corazón en la duda y la hesitación
no proviene de Dios, sino que ha sido enviado por el
enemigo. Esa es la enseñanza de los Padres. Cuando
veas a tu espíritu atraído hacia afuera o
hacia el cielo por algún poder invisible, no le
creas, no le permitas que se deje arrastrar sino
devuélvele inmediatamente a su obra. «Las cosas
divinas vienen solas; tú ignoras la hora en que
sucederá», dice Isaac. El enemigo interior y
natural transforma a placer, unos en otros, los objetos
espirituales, e introduce, bajo la apariencia del fervor, su
fuego desordenado para apesadumbrar al alma. Hace aparecer
como gozo a la alegría irracional y a la
voluptuosidad lúbrica con su cortejo de
presunción y de ceguera. Se oculta a los
principiantes inexpertos y les hace tomar la obra de su
engaño como obra de la gracia; en cambio el tiempo,
la experiencia y el sentido espiritual tienen, como efecto
natural, mostrar el enemigo a aquellos que no ignoran su
perversidad... «como el paladar saborea los
manjares» (Job 34, 3), es decir, que el gusto
espiritual descubre infaliblemente su naturaleza.
*
* *
Tú
eres un obrero, dice Clímaco; prefiere las lecturas
de acción. Esta clase de lectura dispensa de todas
las otras. No ceses de releer los libros que tratan de la
vida hesicasta y de la oración, como la Escala,
Isaac, Máximo, los escritos de Simeón el Nuevo
Teólogo, de su discípulo Nicetas Stethatos, de
Hesiquio, de Filoteo el Sinaíta y otros con el mismo
espíritu. Deja a los demás por el momento. No
es que sea necesario rechazarlos, pero ellos no responden al
fin que persigues y te desviarían hacia el estudio...
Así, tu espíritu se fortificará y
tomará fuerzas para orar más intensamente.
Toda esta lectura le procurará oscuridad,
debilitamiento, turbará el espíritu, su
razón le hará mal a la cabeza y le
faltará impulso para la oración.
*
* *
Nos
es necesario todavía enumerar los trabajos y las
fatigas de la acción y exponer claramente la manera
de entregarse a cada tarea. Alguno que, después de
habemos escuchado, se coloque a la obra y no obtenga fruto,
podría reprochamos, a nosotros o a los demás,
no haber dicho las cosas tal como son.
El
trabajo del corazón> y la fatiga corporal hacen la
verdadera obra. Manifiestan la operación del
Espíritu santo que te ha sido concedido - como a
cualquier otro fiel - mediante el bautismo. La negligencia
hacia los mandamientos enterró todo esto bajo las
pasiones y la penitencia nos lo habrá de restituir
con el concurso de la misericordia inefable... La obra
espiritual que no es acompañada de penas y fatiga no
producirá ningún fruto a su autor. Pues
«el reino de los cielos se toma con violencia... »
(Mt 11, 12). La violencia es una mortificación
perseverante del cuerpo... Aquellos que actúan con
negligencia y relajamiento, se hacen mucho mal pues
jamás gozarán el fruto... «Aun cuando
realicemos las acciones más elevadas, si no hemos
adquirido la contrición del corazón,
serán bastardas y echadas a
perder...».
El
hesicasta debe mantenerse sentado en oración y sin
prisa por levantarse
Bien
puedes permanecer sentado sobre un escabel la mayor parte
del tiempo, a causa de la incomodidad; o bien
extiéndete sobre tu cama, pero sólo de paso y
únicamente para el descanso. Tú
permanecerás pacientemente sentado a causa del que
dijo: «Perseveraban unánimes en la
oración» (Hech 1, 14), no te sentirás
inclinado a levantarte por negligencia ni por causa del
dolor penoso de la invocación interior del
espíritu o de la inmovilidad prolongada. He
aquí, dijo el profeta, que «nos invade un dolor,
cual de mujer en parto» (Jer 6, 24).
Doblado
en dos, reunirás tu espíritu en tu
corazón y llamarás a Jesucristo en tu ayuda.
Con la espalda y la cabeza doloridas, persevera, laboriosa y
ardientemente, ocupado en buscar al Señor en el
interior de tu corazón...
Cómo
decir la oración
Algunos
Padres aconsejan decirla íntegramente, otros
sólo la mitad, lo que es más fácil,
considerando la debilidad del espíritu. Pues
«nadie puede decir interiormente y por si mismo
Señor Jesús, si no en el Espíritu
santo»; como un niño todavía balbuciente
es incapaz de articular. No es aconsejable alternar
frecuentemente las invocaciones por pereza, sino
ocasionalmente, para asegurar la perseverancia.
Igualmente,
algunos enseñan a pronunciar la invocación
oralmente, otros en el espíritu. Yo aconsejo ambos
métodos. Pues tanto el espíritu como los
labios pueden ser tocados por el cansancio. Se orará,
entonces, de dos maneras: con los labios y con el
espíritu. Pero se invocará tranquilamente y
sin turbación, por miedo a que la voz distraiga o
paralice el sentimiento y la atención del
espíritu. Llegará un día en que el
espíritu, adiestrado, hará progresos y
recibirá poder del Espíritu para orar total e
intensamente: entonces no necesitará de la palabra, y
hasta será incapaz de utilizarla contentándose
con operar su obra exclusiva y totalmente en
silencio.
Cómo
disciplinar el espíritu
Debes
saber que nadie puede, totalmente solo, dominar su
espíritu si el Espíritu no lo ha dominado en
primer lugar, pues él es indisciplinado. No es que
sea inquieto por naturaleza, sino que la negligencia lo ha
afligido desde su origen con una disposición
vagabunda. La transgresión de los mandamientos
dejados por aquel que nos ha regenerado nos ha separado de
Dios, nos ha hecho perder la unión con él y el
sentir espiritual intimo de Dios. Después de eso, el
espíritu, descarriado y separado de Dios, se deja,
permanentemente, conducir cautivo, no importa adónde.
Sólo le es posible fijarse sometiéndose a
Dios, manteniéndose cerca de él,
uniéndose a él alegremente, orándole
asiduamente y con perseverancia, confesándole cada
día los pecados cometidos... pues él perdona a
aquellos que no cesan de invocar su santo nombre.
La
retención del soplo cerrando los labios disciplina el
espíritu, pero sólo parcialmente, luego se
disipa nuevamente. Cuando sobreviene la operación de
la oración, entonces ésta verdaderamente lo
disciplina y lo conserva cerca de si, lo regocija y lo
libera de sus cadenas. Pero sucede que, aun entonces
mientras el espíritu está en oración e
inmóvil en el corazón, la imaginación
vaga, ocupada en otras cosas. Ella no obedece a nadie, salvo
a los perfectos en el Espíritu santo, aquellos que
han alcanzado la inmovilidad en Cristo
Jesús.
Cómo
expulsar los pensamientos
Ningún
principiante expulsa un pensamiento sin que Dios lo haya
expulsado primero. Corresponde a los fuertes combatirlos y
arrojarlos. Incluso estos, no los arrojan por si mismos,
sino que entablan la lucha al amparo de Dios y revestidos de
su armadura. En cuanto a ti, cuando te acosen pensamientos,
invoca a menudo y con paciencia a Jesucristo, y ellos
huirán pues no soportan el calor que la
oración libera en el corazón.
Cómo
salmodiar
Por
tu parte, imita a aquellos que salmodian de tiempo en
tiempo, raramente... La salmodia frecuente es asunto de los
activos, a causa de su ignorancia y por la fatiga que
impone, pero no de los hesicastas que se contentan con orar
a Dios sólo en su corazón,
manteniéndose al abrigo de todo pensamiento. Cuando
veas a la oración operar y ejercitarse en tu
corazón sin cesar, no la detengas, ni te levantes
para salmodiar, a menos que, con el permiso de Dios, ella te
deje antes. Pues seria abandonar a Dios en el interior para
hablarle afuera. Es como caer de las alturas a la tierra;
además, produce disipación y turba la
tranquilidad de tu espíritu. Pues la quietud
(hesychia), como lo indica su nombre, posee también
la acción: la posee en la paz y la
tranquilidad.
A
quienes ignoran la oración, les conviene, en gran
medida, salmodiar y estar incesantemente en la multiplicidad
sin detenerse hasta que su acción penosa los haya
conducido a la contemplación, la oración
espiritual que opera en ellos. Una es la acción del
hesicasta, otra la del cenobita. El que permanezca fiel a su
vocación será salvado... Aquel que practica la
oración dando fe a lo que escucha y basándose
en sus lecturas, se pierde, por falta de maestro... Si se
quiere objetar que los santos Padres, o algunos modernos
practicaron la salmodia ininterrumpida, responderemos,
basándonos en el testimonio de la Escritura, que no
todo es perfecto en todo, que el celo y las fuerzas tienen
sus limites y que «aquello que parece pequeño a
los grandes no es necesariamente pequeño, ni lo que
parece grande a los pequeños es necesariamente
perfecto». A los perfectos todo les resulta
fácil. La razón de que no todos hayan sido
activos es que no todos siguen el mismo camino o no lo
siguen hasta el fin. Muchos han pasado de la vida activa a
la contemplación, han cesado toda actividad, han
celebrado el sabbat espiritual, se han regocijado en el
Señor saciados con el alimento divino, incapaces de
salmodiar o meditar en nada por efecto de la gracia. Han
conocido el rapto y han alcanzado parcialmente, en signos,
lo último deseable. Otros han muerto, ellos
alcanzaron su salvación en la vida activa y han
recibido su recompensa en el más allá. Otros,
de los que una suave emanación ha manifestado post
mortem la salvación, han obtenido, en la muerte, la
certidumbre de la gracia del bautismo, la que poseían
como todos los bautizados, pero en la cual el cautiverio y
la ignorancia de su espíritu les habían
imposibilitado participar místicamente cuando estaban
vivos. Otros adquirieron renombre, a la vez por la
oración y la salmodia, ricos de una gracia siempre en
actividad y libres de todo obstáculo. Otros
permanecieron hasta el fin ligados a la hesychia, hombres
simples, satisfechos, con justa razón, de la
oración que los unía a Dios cara a cara. Los
perfectos «lo pueden todo en Cristo, que los
fortifica».
Sobre el
error
«Los
demonios gustan rondar alrededor de los principiantes y de
los ideoritmos
»
Es
necesario no sorprenderse de que algunos se hayan
extraviado, de que hayan perdido la cabeza, de que hayan
admitido o admitan el error, de que vean cosas contrarias a
la realidad o incongruentes por ignorancia e inexperiencia.
Cuántas veces se ha visto a gentes simples, cuando
quieren expresar la verdad, decir en su ignorancia una cosa
por otra, por carecer de medios para explicarse en la forma
debida, confundiendo a los demás, atrayendo sobre si
mismos y, por contragolpe sobre los hesicastas, la burla y
la risa. Nada hay de sorprendente en que un principiante se
extravíe, incluso después de muchos esfuerzos;
esto ha sucedido, tanto en el pasado como en el presente, a
muchos de los que buscan a Dios. El recuerdo de Dios, o sea
la oración espiritual, es la más elevada de
todas las acciones, la más alta de las virtudes junto
a la caridad. Aquel que emprende temerariamente el camino
hacia Dios y se hace violencia para poseerlo resulta
fácil víctima para los demonios si Dios lo
abandona a sí mismo.
En
cuanto a ti, si practicas la quietud aguardando la
unión con Dios, no permitas jamás que un
objeto sensible o mental, exterior o interior, aun cuando
fuera la imagen de Cristo, o la forma de un ángel o
la de algún santo, o una luz, penetre o se dibuje en
tu espíritu. El espíritu tiene una facultad
imaginativa natural y se deja impresionar fácilmente
por el objeto de sus deseos en quienes no tienen el debido
cuidado forjando así su propia desdicha. Aun el
recuerdo de los objetos, buenos o malos, marca los sentidos
del espíritu y lo lleva hacia las imaginaciones...
Por lo tanto, guárdate de darles fe y asentimiento,
incluso cuando se trate de algo bueno, antes de interrogar a
los expertos y haberlos examinado durante largo tiempo para
no caer en el error. Lo que Dios envía a manera de
prueba y a fin de aumentar la recompensa, a menudo ha
resultado perjudicial a más de uno. Nuestro
Señor pone a prueba nuestro arbitrio para ver hacia
qué lado se inclinará. Aquel que ve alguna
cosa en su pensamiento, en sus sentidos, incluso proviniendo
de Dios, y la recibe sin consultar la opinión de
expertos, se equivoca fácilmente porque es
excesivamente complaciente en aceptarla. El principiante
debe dedicarse a la obra del corazón - ella no
engaña nunca- sin admitir nada más hasta que
llegue la hora del aplacamiento de las pasiones. Dios no se
resiente con aquel que se vigila rigurosamente a si mismo
por temor de extraviarse, ni siquiera cuando no admite
aquello que viene de él sin antes haberlo consultado
y examinado mucho, y casi siempre él alaba su
discernimiento...
Aquel
que trabaja para obtener la oración pura
caminará, entonces, en una tranquilidad y una
compunción extremas bajo la conducción de
consejeros experimentados, llorará sin cesar sus
pecados temiendo el castigo futuro y lamentando estar
separado de Dios en este mundo o en el otro... La
oración infalible es la oración ardiente de
Jesús... que consume las pasiones como el fuego las
espinas, que trae al alma regocijo y alegría, que,
semejante a una fuente, brota en pleno corazón del
Espíritu vivificante. Que tu deseo sea no encontrar
ni poseer más que a ella en tu corazón,
guardando sin tregua tu espíritu de toda imagen,
desnudo de pensamientos y de conceptos. No temas nada...
nosotros no debemos ni temer ni gemir cuando invocamos al
Señor. Si algunos se han extraviado, si han perdido
el sentido, lo deben, sábelo, a la ideoritmia y al
orgullo. Aquel que busca a Dios en la sumisión y en
la consulta humilde no tendrá temor de una desdicha
de este tipo. El hesicasta no abandonará jamás
el camino real. El exceso en todo produce la suficiencia que
conduce al error.
La
aparición de la gracia en la oración se
presenta bajo formas diferentes y el Espíritu se
manifiesta y se hace conocer diversamente, según le
plazca al mismo Espíritu. Elías el Tesbita nos
ofrece el prototipo. En algunos, el espíritu de temor
pasa partiendo las montañas, quebrando los
peñascos - los corazones duros-; clava, por
así decirlo, de temor a la carne y la deja muerta. En
otros, una sacudida o una exultación (un salto, dicen
más claramente los Padres) absolutamente inmaterial
pero sustancial se produce en las entrañas
(sustancial, pues lo que no tiene esencia ni sustancia no
existe). En otros, finalmente, Dios produce - sucede sobre
todo con aquellos que han progresado en la oración-
una brisa luminosa, ligera y apacible, mientras que Cristo
hace su morada en el corazón y se manifiesta
místicamente en el Espíritu. He aquí
por qué Dios dijo a Elías sobre el monte
Horeb: el Señor no está en el primero ni en el
segundo (fenómeno), es decir, en las formas
particulares desde el principio, pero si en la brisa
luminosa y ligera, es decir, en la oración
perfecta.
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