|
Inicio
La
Filocalia
(�ndice)
Gregorio
Palamas
Sobre la
oración y sobre la pureza del
corazón
Dios
es el bien en si, la misericordia misma, un abismo de bondad
y, al mismo tiempo, él abraza ese abismo y excede
todo nombre y todo concepto posible. No hay otro medio para
obtener su misericordia que la unión. Uno se une a
Dios compartiendo, en la medida de lo posible, las mismas
virtudes, por ese comercio de súplica y de
unión que se establece en la
oración.
La
participación en las virtudes, por la semejanza que
instaura, tiene por efecto disponer al hombre virtuoso a
recibir a Dios. Pertenece al poder de la oración
operar esta recepción y consagrar místicamente
el crecimiento del hombre hacia lo divino y su unión
con él -pues ella es el lazo de las criaturas
razonables con su Creador- siempre a condición de que
la oración haya transcendido, gracias a una
compunción inflamada, el estadio de las pasiones y de
los pensamientos. Pues un espíritu ligado a las
pasiones no podría pretender la unión divina.
En tanto que el espíritu ora en esta clase de
disposición, no obtiene misericordia; en cambio,
cuanto más éxito alcanza en alejar los
pensamientos, más adquiere la compunción y, en
la medida de su compunción, participa en la
misericordia y en su consuelo. Que persevere humildemente en
ese estado y transformará enteramente la parte
apasionada del alma.
*
* *
Cuando
la unidad del espíritu deviene trinitaria, sin dejar
de ser uno, el espíritu se une a la mónada
trinitaria suprema, cerrando todas las puertas que conducen
al error, dominando a la carne, al mundo y al
príncipe de ese mundo. El espíritu escapa
así enteramente a su ataque, está totalmente
en si mismo y en Dios, gozando de la exaltación
espiritual que brota en él en tanto se mantiene en
dicho estado. La unidad del espíritu deviene trina y
permanece una, cuando él se vuelca hacia sí
mismo y sube de si mismo hacia Dios. La conversión
del espíritu hacia si mismo consiste en cuidarse a si
mismo; su ascensión hacia Dios se opera ante todo por
la oración: a veces en una oración recogida y
concentrada, a veces en una oración más
extendida', lo que es más laborioso. El que persevera
en esta concentración del espíritu y en este
crecimiento hacia Dios, conteniendo enérgicamente los
ataques de su pensamiento, se acerca interiormente a Dios,
entra en posesión de los bienes inefables, gusta el
siglo futuro, conoce por el sentido espiritual cuán
bueno es el Señor, según la palabra del
salmista: «¡Gustad y ved qué bueno es
Yahvé!» (Sal 34, 9).
Llegar
a la trinidad del espíritu, conservándolo uno,
y unir la oración a este cuidado, esto no es
demasiado difícil. Pero perseverar largo tiempo en
ese estado generalmente inefable, ésa es la
dificultad misma. El trabajo sobre cualquier otra virtud es
insignificante y ligero en comparación. He
aquí por qué muchos renuncian al encierro de
la virtud de la oración y no llegan más que a
los grandes espacios abiertos de los carismas. Pero a los
que son pacientes los están esperando los más
grandes auxilios divinos, que los sostendrán y los
llevarán gozosamente hacia adelante,
haciéndoles fácil la dificultad misma y
confiriéndoles una aptitud angélica. Dichos
auxilios otorgan a la naturaleza humana la posibilidad de
vivir según las naturalezas que la sobrepasan. El
profeta lo ha dicho: «Los que esperan en Yahvé
renuevan sus fuerzas, remontan el vuelo como águilas,
corren sin fatigarse y caminan sin cansarse» (Is 40,
31).
*
* *
El
espíritu, es también el acto (energía)
del espíritu que consiste en pensamientos y
conceptos. Es igualmente el poder que produce esos efectos y
que la Escritura llama el corazón: es la reina de
nuestros poderes, la que fundamenta nuestra calidad de alma
razonable. El acto del espíritu - su pensamiento - se
regula y purifica fácilmente cuando uno se entrega a
la oración, sobre todo a la oración
monológica. Pero la potencia que produce ese acto no
está purificada más que cuando las otras
potencias también lo están. Pues el alma es
una esencia de potencias múltiples: cuando un mal
resulta de alguna de esas potencias, aquella queda
enteramente manchada; todas comunican la misma unidad. Por
el hecho de que cada potencia tiene su propio acto, es
posible, con cierta aplicación, purificar por
algún tiempo un acto cualquiera. La potencia no
será purificada al mismo tiempo, pues ella
está en comunicación con las otras y por ello
es más impura que pura.
Considerad
a alguien que, por su asiduidad a la oración, haya
purificado el acto de su espíritu, haya conocido una
iluminación parcial, ya sea de la luz de la ciencia,
ya sea del resplandor espiritual: si él se considera
purificado por esto, abusa y, por su presunción, abre
totalmente la puerta a aquel que sólo espera una
ocasión para engañarlo. Si por el contrario,
mide la impureza de su corazón y en lugar de elevarse
por esa pureza parcial hace de ella un medio y un auxiliar,
verá más claramente la impureza de las otras
potencias del alma, progresará en la humildad,
aumentará sin cesar su compunción y
descubrirá los remedios apropiados a cada potencia
del alma. Mediante la acción purificará sus
facultades activas; por la ciencia, sus facultades de
conocimiento; por la oración, su facultad
contemplativa; y este itinerario, lo conducirá a la
pureza perfecta, verdadera, estable, del corazón y
del espíritu. Nadie puede alcanzar esto más
que por la perfección de la acción, la
contrición perpetua, la contemplación y la
oración contemplativa.
Apología
de los santos hesicastas
Pregunta:
Ciertos profesionales de la cultura profana pretenden que
nos equivocamos queriendo recluir nuestro espíritu en
nuestro cuerpo: según ellos deberíamos
expulsarlo a cualquier precio. Sus escritos maltratan a
algunos de nosotros bajo el pretexto de que aconsejamos a
los principiantes recoger sus miradas sobre ellos mismos e
introducir, por medio de la inspiración, su
espíritu en sí mismos. El espíritu,
dicen, no está separado del alma; ¿cómo
entonces se podría introducir aquello que no
está separado sino unido? Agregan que nosotros les
recomendamos introducir la gracia en ellos por las
vías nasales. Sé que esto es una calumnia
(pues jamás escuché nada semejante en nuestro
medio) y una malignidad más, añadida a las
otras. Al que deforma, poco le cuesta inventar.
Explícame,
entonces, padre mío, por qué ponemos todo
nuestro cuidado en introducir en nosotros nuestro
espíritu y no nos equivocamos al recluirlo en nuestro
cuerpo.
Respuesta
de Gregorio: Nuestro cuerpo no tiene en si mismo nada de
malo; es bueno por naturaleza; sólo existe algo
dañino en él: el espíritu camal, el
cuerpo prostituido al pecado. El mal no viene de la carne
sino de aquel que la habita. El mal no consiste en que el
espíritu habite en el cuerpo sino más bien en
que la ley opuesta a la ley del espíritu se ejercite
en nuestros miembros. He aquí por qué nos
revelamos contra la ley del pecado y la expulsamos del
cuerpo para introducir en él la autoridad del
espíritu. Gracias a esta autoridad fijamos la ley, la
naturaleza y el limite de su ejercicio a cada potencia del
alma, a los sentidos y a los miembros del cuerpo; a cada uno
lo debido: esta obra de la ley lleva el nombre de
temperancia; a la parte apasionada del alma le procuramos el
hábito excelente que es la caridad y, a la parte
razonable, la mejoramos arrojando todo lo que se opone a la
ascensión del espíritu hacia Dios: este
aspecto de la ley se llama sobriedad. Aquel que
purificó su cuerpo por la temperancia, aquel que por
la caridad ha hecho de su ira y de su concupiscencia
ocasiones para la virtud, aquel que ofrenda a Dios un
espíritu purificado por la oración, adquiere y
ve en si mismo la gracia prometida a los corazones puros...
«Llevamos este tesoro en vasos de barro» (cf. 2
Cor 4, 6-7); entended por ello nuestro cuerpo.
¿Cómo entonces, reteniendo nuestro
espíritu en el interior de nuestro cuerpo,
faltaríamos a la sublime nobleza del
espíritu?
Nuestra
alma es una esencia provista de potencias múltiples,
tiene como órgano el cuerpo que anima. Su potencia
-el espíritu, como lo llamamos - opera por medio de
ciertos órganos. Ahora bien, ¿quién
supuso jamás que el espíritu pueda residir en
las uñas, los párpados, las narices o los
labios? Todo el mundo está acorde en ubicarlo dentro
de nosotros. Las opiniones divergen cuando se trata de
designar el órgano interior. Los unos colocan el
espíritu en el cerebro, como en una especie de
acrópolis; otros le atribuyen la región
central del corazón, aquella que es pura de todo
soplo animal. En cuanto a nosotros, sabemos a ciencia cierta
que nuestra alma razonable no está dentro de nosotros
como estaría en un recipiente -puesto que es
incorporal- pero tampoco fuera -puesto que está unida
al cuerpo-, sino que está en el corazón como
en su órgano.
Nosotros
no lo sabemos por un hombre, sino por aquel que se hizo
hombre: «No contamina al hombre lo que entra en la
boca, sino lo que sale de la boca... lo que sale de la boca
procede del corazón y eso es lo que mancha al
hombre» (cf. Mt 15, 11 19). Y el gran Macario dice
igualmente: «El corazón preside todo el
organismo. Cuando la gracia se ha apoderado de las praderas
del corazón, reina sobre todos los pensamientos y
sobre todos los miembros. Pues es allí donde se
encuentran el espíritu y todos los pensamientos del
alma». Nuestro corazón es, entonces, el asiento
de la razón y su principal órgano corporal. Si
queremos aplicarnos a vigilar y enderezar nuestra
razón, por medio de una atenta sobriedad, qué
mejor manera de vigilarla que reunir nuestro espíritu
disperso en lo exterior por las sensaciones, reconducirlo
dentro de nosotros hasta ese mismo corazón que es
asiento de los pensamientos. Por ello Macario prosigue un
poco más abajo: «Esto es lo que hace falta
considerar para ver si la gracia ha grabado las leyes del
Espíritu». ¿Dónde? En el
órgano director, el trono de la gracia, allí
donde se encuentran el espíritu y todos los
pensamientos del alma, en resumen, en el corazón.
Tú puedes medir ahora la necesidad de aquellos que
han resuelto vigilarse en la quietud, reunir, recluir su
espíritu en su cuerpo y que nosotros llamamos
corazón...
Si
«el reino de los cielos está dentro de
nosotros» (Lc 17, 21), ¿cómo no
habría de excluirse de ese reino aquel que
deliberadamente se dedica a hacer salir su espíritu?
«El corazón recto, dice Salomón, busca el
sentido» (Prov 27, 21), ese que en otro lugar llama
«espiritual y divino» (Prov 2, 5) y del que los
Padres nos dicen: «El espíritu enteramente
espiritual está envuelto con una sensibilidad
espiritual, no cesemos de perseguir ese sentido, a la vez en
nosotros y fuera de nosotros»
Puedes
ver que si uno quiere alzarse contra el pecado, adquirir la
virtud y la recompensa del combate virtuoso, más
exactamente la prenda de esta recompensa, el sentimiento
espiritual, es necesario recoger el espíritu en el
interior del cuerpo y de si mismo. Querer hacer salir al
espíritu, no digo del pensamiento camal sino del
mismo cuerpo, para ir más allá, es la cumbre
del error griego (= pagano)... Pero nosotros reenviamos el
espíritu, no solamente hacia el cuerpo y el
corazón, sino hacia si mismo. Aquellos que dicen que
el espíritu no está separado sino unido,
pueden reprochamos:
¿Cómo
se podría hacer entrar el espíritu? Ignoran
que la esencia es diferente. Ellos ignoran que la esencia
del espíritu es una cosa, y que su acto
(energía) es otra. En verdad, ellos no están
engañados, sino que, deliberadamente y al abrigo de
un equivoco, se alinean entre los impostores... No se les
escapa que el espíritu no es como el ojo que ve a los
objetos sin verse a sí mismos. El espíritu
cumple los actos exteriores de su función
según un movimiento longitudinal, como dice Dionisio,
pero también retoma a si mismo y opera en si mismo su
acto cuando se contempla; es lo que Dionisio llama
movimiento circular. Es el acto más excelente, el
acto propio, si lo hay, del espíritu. Por este acto
en ciertos momentos él se transciende para unirse a
Dios (Noms divins, cap. 4).
«El
espíritu, dice san Basilio, que no se expande hacia
fuera, retorna a si mismo y se eleva por si mismo a Dios por
un camino seguro». Dionisio, el infalible guía
del mundo espiritual, nos dice que ese movimiento del
espíritu sólo podría engañar. El
padre del error y de la mentira, que jamás
cesó de querer descarriar al hombre... acaba de
encontrar cómplices en ciertos individuos que
componen tratados en este sentido y persuaden, incluso a
aquellos que han abrazado la vida superior de la quietud, de
que es mejor, durante la oración, mantener el
espíritu fuera del cuerpo. Y esto a despecho de la
definición de Juan en su Escala celestial: «El
hesicasta es aquel que se esfuerza por circunscribir lo
incorporal en el cuerpo». Nuestros padres espirituales
nos han enseñado todos la misma cosa...
Considera,
hermano mío, que la razón se agrega a las
consideraciones espirituales para mostrar la necesidad -
cuando se aspira verdaderamente a convertirse en monje
según el hombre interior- de introducir y mantener el
espíritu en el interior del cuerpo. Esto significa
que es correcto invitar, especialmente a los principiantes,
a observarse a si mismos y a introducir su espíritu
en si mismos al mismo tiempo que el soplo. ¿Qué
espíritu sensato alejaría a aquel que
todavía no ha llegado a contemplarse del empleo de
ciertos procedimientos para hacer retornar su
espíritu hacia si? Es un hecho que, en aquellos que
acaban de descender a la lid, el espíritu
todavía no está reunido y se escapa; por su
bien es necesario poner la misma obstinación en
volver a traerlo. Siendo novicios todavía, ignoran
que nada en el mundo es más reacio al examen de si
mismo, ni más dispuesto a dispersarse. He aquí
por qué algunos recomiendan controlar las idas y
venidas del soplo, reteniéndolo para contener al
espíritu. Esperamos que, con la ayuda de Dios,
realicen progresos, logren purificar el espíritu, le
impidan salir al mundo exterior y puedan recogerlo
perfectamente en una concentración
unificadora.
Cualquiera
puede constatar que ese es un efecto espontáneo de la
atención del espíritu; el ir y venir del soplo
se hace más lento en todo acto de reflexión
intensa. Esto sucede particularmente en aquellos que
practican la quietud del espíritu y del cuerpo. Ellos
celebran verdaderamente el sabbat espiritual: suspenden
todas las obras personales; suprimen, en lo posible, la
actividad móvil y cambiante, descuidada y
múltiple, de las potencias cognoscitivas del alma al
mismo tiempo que toda la actividad de los sentidos; en
resumen, detienen toda actividad corporal que depende de su
voluntad. En cuanto a aquellas que no dependen enteramente
de ellos, tales como la respiración, la reducen en la
medida de lo posible. Esos efectos, surgen,
espontáneamente y sin pensar, en todos los que
están avanzados en la práctica hesicasta; se
producen necesariamente y por si mismos en el alma
perfectamente introvertida.
Entre
los principiantes, eso no sucede si no es mediante el
esfuerzo. Hagamos una comparación: La paciencia es un
fruto de la caridad; «la caridad todo lo tolera»
(1 Cor 13, 7). Ahora bien, ¿no se nos enseña a
emplear todos los medios para obtener y llegar a la caridad?
El caso es el mismo aquí. Todos aquellos que tienen
experiencia se ríen de las objeciones de la
inexperiencia; su medio no es el discurso sino el esfuerzo y
la experiencia que él engendra, la experiencia que
produce un fruto útil y descubre los
propósitos estériles de los que disputan de
mala fe.
Un
gran doctor escribió que «después de la
transgresión, el hombre interior se modela
según las formas exteriores». Aquel que quiere
introvertir su espíritu e imponerle, a cambio del
movimiento longitudinal, el movimiento circular e inefable,
en lugar de pasear su mirada de aquí para
allá, obtendrá mayor provecho
concentrándola en su pecho o en su ombligo. Curvado,
imita exteriormente el movimiento interior de su
espíritu y, por esta actitud del cuerpo, introduce en
su corazón la potencia del espíritu al que la
vista vuelca hacia fuera. Si es verdad que la potencia de la
bestia interior tiene su asiento en la región del
ombligo y del vientre, donde la ley del pecado ejerce su
imperio y le proporciona alimento, ¿por qué no
emplazar allí, precisamente, todo el ejército
de la oración, para oponérsele? Para impedir
que el espíritu malvado, expulsado por el baño
de regeneración retorne con siete espíritus
aún más malvados a instalarse por segunda vez
y que la nueva situación sea peor que la primera (cf.
Lc 11, 26). «Toma cuidado de ti», dijo
Moisés (Dt 15, 9), de ti, íntegramente y no de
esto o de aquello. ¿Cómo? ¡ Por el
espíritu! No existe otro medio de tomar cuidado de
si. Coloca esta guardia ante tu alma y tu cuerpo, él
te librará fácilmente de las malas pasiones
del alma y del cuerpo... No dejes sin vigilancia ninguna
parte de tu alma ni de tu cuerpo, así
franquearás la zona de las tentaciones inferiores y
te presentarás ante aquel que «escruta los
riñones y los corazones», pues tú los
habrás escrutado por ti mismo de antemano. «Si
nos examinásemos a nosotros mismos no seriamos
condenados» (1 Cor 11, 31). Tu compartirás la
bienaventurada experiencia de David: «Mas la tiniebla
no es tiniebla para ti, ante ti brilla la noche como el
día. Porque tú me formaste en las
entrañas, me tejiste en el vientre de mi madre»
(Sal 138, 12). Tú no solamente has hecho tuya la
parte concupiscible de mi alma, sino que, si quedaba dentro
de mi cuerpo algún foco de ese deseo, lo has reunido
a su origen y, por la fuerza misma de ese deseo, se ha
elevado hacia ti, se ha ligado a ti. Aquellos que se atan a
los placeres sensibles de la corrupción, consumen en
la carne toda la potencia del deseo de su alma y se
convierten así enteramente en carne. El
Espíritu no podría permanecer en ellos. Por el
contrario, aquellos que elevaron su espíritu a Dios,
establecieron su alma en el amor de Dios; su carne
transformada comparte el crecimiento del espíritu y
se une a él en la comunión divina. Se
convierte, ella también, en el dominio y la casa de
Dios; ella no alberga enemistad ni desea nada contra el
espíritu. La carne no es buena, nos dice el
apóstol, en tanto que en ella no habite la ley de la
vida. Mayor razón para no dejarla jamás sin
vigilancia. ¿Cómo nos pertenecerá?
¿cómo impediremos su acceso al enemigo - sobre
todo nosotros, que aún no poseemos la ciencia
espiritual requerida para rechazar los espíritus del
mal-, si no es dirigiendo nuestra acción a
través de una actitud exterior?
Los más
perfectos utilizan esa actitud en la oración y logran
así la benevolencia de Dios. Y esto no sólo
entre aquellos que siguieron a la venida de Cristo entre
nosotros, sino también entre los que lo precedieron.
Elías mismo, consumido en la teoptia, apoya su cabeza
sobre las rodillas, reúne animosamente su
espíritu en sí mismo y en Dios y así
pone fin a una sequía de varios
años.
Aquellos
cuyos propósitos me recuerdas (con tu pregunta)
parecen compartir el mal del fariseo... desdeñan la
actitud de la oración justificada del publicano y
exhortan a los demás a no imitarlo en ella. «No
se atrevía ni a levantar sus ojos al cielo» dice
el Señor (Lc 18, 13). Lo imitan, por el contrario,
aquellos que, orando, aplican sus ojos sobre ellos mismos.
Quienes se refieren a ellos dándoles el sobrenombre
de omphalópsicos (los que colocan su alma en el
ombligo) calumnian a sus adversarios -¿de entre ellos,
alguno colocó jamás el alma en el ombligo?-,
se comportan además como detractores de
prácticas que merecen alabanzas y no como
esclarecedores de equivocaciones. No es la causa de la vida
hesicasta y de la verdad lo que los impulsa a escribir, es
la vanidad. No es su deseo el introducir sobriedad, sino el
alejarla. Por todos los medios tratan de perjudicar a la
obra y a aquellos que se dedican a ella con celo.
Podrían también tratar de koliópsico al
que dijo: «Mi vientre (kolia) se estremece como un
arpa.. .» (Is 16, 11) y envolver en la misma calumnia a
quienes representan, nombran y persiguen las realidades
invisibles por medio de símbolos
corporales...
Tú
conoces la vida de Simeón el Nuevo Teólogo,
sus escritos, y a Nicéforo el Hagiorita... que
enseñan claramente a los principiantes aquello que,
según me dices, otros combaten. ¿Pero, para
qué limitamos a los santos del pasado? Hombres que
han dado testimonio del poder del Espíritu santo, nos
enseñaron todo esto por su propia boca: Teolepto,
obispo de Filadelfia, Atanasio el Patriarca (fin del siglo
XIII, comienzos del XIV). Tú los escuchas, a ellos y
a otros, antes que ellos y después de ellos,
invitando a conservar esa tradición que nuestros
nuevos maestros en hesicasmi.... se dedican a despreciar, a
deformar y arruinar, sin beneficio para sus oyentes.
Nosotros mismos hemos vivido con algunos de los santos
más altamente considerados: fueron nuestros maestros.
¿Cómo, entonces, desdeñaríamos a
quienes la experiencia, unida a la gracia, ha formado, para
alineamos detrás de los que no tienen otro
título para enseñamos que su
orgullo?
Huye
de esas gentes y repítete sabiamente a ti mismo, como
David: «Bendice a Yahvé, alma mía y
bendiga todo mi ser su santo nombre» (Sal 103, 1).
Escucha dócilmente a los Padres, escúchalos
aconsejarte acerca de los medios para hacer reentrar al
espíritu.
El tomo
hagiorita
Aquel
que trata de mesalianos a los que consideran al cerebro o al
corazón como asiento del espíritu, que lo
sepan: atacan a los santos. San Atanasio coloca el asiento
de la razón en el cerebro. Macario, cuyo resplandor
no es inferior, coloca en el corazón la
operación del espíritu. Y casi todos los
santos están de acuerdo con ellos. San Gregorio de
Nisa, afirmando que el espíritu no está ni
dentro ni fuera del cuerpo, no está en
contradicción con ellos. Pues los otros colocan el
espíritu en el cuerpo en tanto que lo consideran
unido a él. Hablan simplemente colocándose en
otro punto de vista pero no tienen una opinión
diferente.
Anterior
�ndice
Siguiente
|