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La
Filocalia
(�ndice)
Calixto
e Ignacio Xantopoulos
Método
y regla detallada, inspirada por los santos, para uso de los
que han elegido la vida hesicasta
El
principio de toda actividad agradable a Dios es la
invocación, llena de fe, del nombre salvador de
nuestro Señor Jesucristo. Es él quien nos ha
dicho: «Sin mi nada podéis hacer» (Jn 15,
5); después le sigue la paz, pues es necesario
«orar sin ira ni discusiones» (1 Tim 2, 8), y
luego la caridad, porque «Dios es amor, y el que
está en el amor está en Dios, y Dios en
él» (1 Jn 4, 16). La paz y 1. caridad no
sólo hacen la oración agradable a Dios, sino
que, a su vez, ellas nacen de la oración, tal como
rayos divinos gemelos, y por ella crecen y se
consuman...
*
* *
Muy
sabiamente, nuestros gloriosos jefes y doctores, movidos por
el santo Espíritu que habita en ellos, nos
enseñan a todos - sobre todo a los que quieren
descender a la arena de la divinizante hesychia- a tener
como ocupación y ejercicio incesante el nombre muy
santo y muy dulce, a llevarlo sin cesar en nuestro
espíritu, nuestro corazón y sobre nuestros
labios...
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* *
Nos
parece bueno, y particularmente útil, exponer primero
el método natural del bienaventurado Nicéforo,
referido a la entrada en el corazón por medio de la
inspiración y que contribuye en cierta medida al
recogimiento del espíritu.
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La
primera intención del bienaventurado padre es, a
través de este método natural, separar al
espíritu de su distracción acostumbrada, de su
cautividad, de su disipación, para llevarlo a la
atención y, mediante la atención, unirlo a
sí mismo y a la oración haciéndolo
descender en el corazón al mismo tiempo que ella y
fijarlo allí definitivamente. Otro sabio, comentando
esas palabras, explica las cosas del mismo modo a partir de
su propia experiencia.
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* *
Es
necesario agregar esto para el espíritu que desea
instruirse. Si dirigimos nuestro espíritu para que
descienda en nosotros al mismo tiempo que nuestro soplo,
hemos de saber claramente, que el espíritu que
así descendió no debe salir hasta no haber
renunciado a todo pensamiento, hasta no haberse convertido
en uno y desnudo, hasta no tener otro recuerdo que la
invocación de Jesucristo, y que si se retirara para
salir se fraccionaria, atentando contra si mismo, en la
memoria múltiple.
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* *
Los
santos Padres y los doctores recomiendan y enseñan -
a partir de su experiencia de ese bienaventurado ejercicio -
a todo aquel que se aplica a la sobriedad espiritual del
corazón, a mantenerse en todo tiempo, y
particularmente en las horas fijadas para la oración,
en un rincón tranquilo y oscuro. La vista distrae y
dispersa naturalmente al espíritu en la multiplicidad
de objetos vistos y mirados, lo atormenta y lo diversifica.
Que se lo aprisione en una celda tranquila y oscura y
cesará de estar dividido y diversificado por causa de
la vista y la mirada. Así, de buen o mal grado, el
espíritu se calmará parcialmente y se
recogerá en si mismo.
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* *
Pero,
antes que por esto, mejor dicho, antes que por cualquier
otra cosa, es con el auxilio de la gracia divina como el
espíritu llega al término de ese combate. Es
la gracia divina la que corona la invocación
monológica dirigida por el corazón a
Jesucristo, con una fe viva, con toda pureza, sin
distracción. Esto no es un efecto puro y simple del
método natural de la respiración practicado en
un lugar tranquilo y oscuro. ¡ Claro que no! Los santos
Padres, al elaborar este método, no han tenido en
vista más que un auxiliar para recoger el
espíritu, para conducirlo, desde su habitual
distracción, hacia si mismo y lograr la
atención. Gracias a tales disposiciones nace en el
espíritu la oración constante, pura y sin
distracción. Como lo dijo san Nilo (Evagrio):
«La atención que busca la oración
encontrará la oración. Si alguna cosa sigue a
la atención, es la oración.
Apliquémonos entonces a la
atención».
Es
suficiente. Para ti, hijo mío, si deseas pasar
días felices y «vivir incorporalmente en tu
cuerpo», vive según la regla que te he
expuesto.
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* *
A la
caída del sol, después de haber solicitado la
ayuda del Señor Jesucristo, soberanamente bueno y
poderoso, siéntate en tu escabel, en una celda
tranquila y oscura, reúne tu espíritu
apartándolo de su habitual distracción y de su
vagabundeo; impúlsalo entonces lentamente hacia tu
corazón al mismo tiempo que tu soplo y lígate
a la oración: «¡Señor Jesucristo,
Hijo de Dios, tened piedad de mi!». Me explico:
paralelamente al soplo, introduce, por así decirlo,
las palabras de la oración según el consejo de
Hesiquio: «A tu respiración une la sobriedad, el
nombre de Jesús y la meditación sobre la
muerte. Pues ambos son preciosos: oración y
pensamiento en el juicio».
Si
las lágrimas no llegan, permanece sentado, atento a
esos pensamientos, así como a la oración,
durante aproximadamente una hora. Luego levántate,
salmodia atentamente el pequeño apodeipnon
(completas), siéntate nuevamente, aplícate a
la oración con todas tus fuerzas, puramente y sin
distracción, es decir, sin preocupación,
pensamiento ni imaginación, con total vigilancia
durante media hora, en obediencia al que dijo: «Fuera
de la respiración y del alimento, deja fuera todas
las cosas durante la oración si quieres ser uno con
tu espíritu». Santíguate entonces,
siéntate sobre tu lecho, piensa en los últimos
fines.., pide perdón con fervor.., escucha, sin dejar
la oración, dócil al consejo: «Que el
recuerdo de Jesús comparta tu sueño»
(Juan Clímaco).
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* *
A tu
despertar, da gracias a Dios y, sentado, llámale en
tu ayuda y vuelve a la obra esencial, a la oración
pura y sin distracción, la oración del
corazón durante una hora. Es el momento en que el
espíritu está, a menudo, tranquilo y calmo.
Nos ha sido prescrito inmolar a Dios nuestras primicias, es
decir, elevar directamente nuestro primer pensamiento hacia
Jesucristo mediante la oración del corazón...
Luego tú dirás el mésonyktichon
(maitines) con toda la aplicación y atención
posibles. Enseguida te sentarás de nuevo y
orarás en tu corazón con toda pureza y sin
distracción, como te he mostrado, durante una hora.
Más aún si el dispensador de todo bien te lo
acuerda.
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* *
Sabe,
hermano mío, que todos los métodos, reglas y
ejercicios no tienen otro origen ni razón que nuestra
impotencia para orar en nuestro corazón con pureza y
sin distracción. Cuando, por la benevolencia y la
gracia de nuestro Señor Jesucristo, hemos llegado a
ello, abandonamos la pluralidad, la diversidad y la
división, y nos unimos inmediatamente, por encima de
todo discurso, al único, al simple, a aquél
que unifica. Es el «Dios unido a los dioses y conocido
por ellos» del teólogo, pero ése es un
privilegio rarísimo...
*
* *
Hay
cinco obras que honran a Dios, por las cuales debe pasar el
novicio día y noche. En primer lugar, la
oración, es decir, el recuerdo del Señor
Jesucristo introducido sin interrupción, a
través de la nariz, en el corazón, lentamente
y enseguida espirado, con los labios cerrados, sin
ningún otro pensamiento ni imaginación. Esto
se obtiene por una temperancia general en el alimento, el
sueño, las sensaciones, ejercitada en la celda con
una muy sincera humildad. Luego la salmodia, la lectura del
salterio, del apóstol, de los evangelios, de las
obras de los santos Padres - sobre todo aquellas que se
refieren a la oración y a la sobriedad-, el recuerdo
doloroso de los pecados en el corazón, la
meditación sobre el juicio, sobre la muerte, el
castigo y la recompensa, etc., seguido de un pequeño
trabajo manual como freno a la avidez. Luego se debe volver
a la oración, aun a costa de un gran esfuerzo, hasta
que el espíritu sea llevado a renunciar
fácilmente a sus divagaciones naturales por la
conversación única con Jesucristo, por su
recuerdo constante, por una inclinación continua que
lo lleva hacia la cámara interior, la región
secreta del corazón por un arraigamiento
obstinado.
*
* *
Las
palabras «Señor Jesucristo, Hijo de Dios»
conducen al espíritu, inmaterialmente, hacia aquel
que ellas nombran. Por las palabras «tened piedad de
mi» el espíritu vuelve sobre si mismo, como si
no pudiera soportar la idea de no orar por sí mismo.
Cuando haya progresado, por la experiencia, en el amor, se
dirigirá únicamente hacia el Señor
Jesucristo, pues tendrá la certidumbre evidente del
perdón de sus pecados.
*
* *
Esto
explica el que los santos Padres no siempre pronuncien la
oración completa, sino aquél, una parte; un
tercero, otra... según las fuerzas, sin duda, o el
estado del que ora.
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* *
La
oración del corazón se remonta a los
apóstoles, y éste es uno de los elementos
esenciales de su justificación... Luego, los Padres
agregaron y ajustaron las palabras salvadoras «tened
piedad», a causa, sobre todo, de aquellos que estaban
todavía en la primera edad de la virtud, es decir,
los principiantes y los imperfectos... Los avanzados y los
perfectos pueden contentarse con la primera
fórmula... y, a veces, con la sola invocación
del nombre de Jesús, que constituye toda su
oración...
*
* *
Esta
oración perpetua del corazón y todo lo que la
acompaña no se obtienen muy fácilmente ni en
forma simple y con un corto y modesto esfuerzo. Esto ha
sucedido a veces por una disposición inefable de
Dios, pero es necesario, por regla general, mucho tiempo,
trabajo y esfuerzo corporal y espiritual y una violencia
sostenida.
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* *
La
oración del corazón, pura y sin
distracción, es la que produce calor en el
corazón.
*
* *
Este
calor elimina los obstáculos que impiden a la primera
oración pura consumar su
perfección...
Calixto
II
¿Queréis
aprender la verdad? Tomad como modelo el ejecutante de
citara. Inclina ligeramente la cabeza hacia un costado,
dirige el oído al canto mientras su mano maneja el
arco y las cuerdas se contestan armoniosamente. La
cítara emite su música, y el citarista resulta
transportado por la suavidad de la
melodía.
*
* *
Laborioso
obrero de la viña, que este ejemplo os decida, no
hesitéis. Sed vigilantes («sobrios») como
el citarista, quiero decir en el fondo del corazón, y
poseeréis sin esfuerzo lo que buscáis. Pues el
alma colmada por el amor divino ya no puede volver sobre sus
pasos. Pues, dice el profeta David: «Mi alma
está apegada a ti...» (Sal 63, 9).
*
* *
Mi
bienamado, por la citara entended el corazón. Las
cuerdas son los sentidos, el citarista es la inteligencia
que por medio de la razón no cesa de mover el arco, o
sea, el recuerdo de Dios, que hace nacer en el alma una
indecible felicidad y hace reflejar en el intelecto
purificado los rayos divinos.
*
* *
En
tanto no taponemos los sentidos del cuerpo, el agua
surgiente que el Señor otorgó generosamente a
la samaritana no brotará en nosotros. Ella buscaba el
agua material y encontró el agua de vida que
brotó en su interior. Pues, del mismo modo que la
tierra, a la vez contiene naturalmente el agua y la derrama,
así la tierra del corazón contiene esta agua
surgente: quiero decir la luz original que Adán
perdió por su desobediencia.
*
* *
Esta
agua viva y burbujeante brota del alma como una fuente
perpetua. Es ella la que frecuentaba el alma de Ignacio el
Teóforo y le hacía decir: «Lo que tengo
en mí, no es el fuego ávido de materia, es el
agua que opera y que habla».
*
* *
La
bendecida -¿qué digo? la tres veces bendecida-
sobriedad del alma es semejante al agua que surge y brota de
la profundidad del corazón. El agua que brota de la
fuente llena la fuente, la que brota del corazón, la
que el Espíritu agita sin cesar, llena totalmente al
hombre interior con el rocío divino, y con el
Espíritu, mientras hace de fuego al hombre
exterior.
*
* *
El
intelecto que se ha purificado de todo lo que es exterior y
que ha sometido enteramente sus sentidos por la virtud
activa, permanece inmóvil como el eje celestial.
Detiene su mirada sobre su centro, en las profundidades de
su corazón. Desde la cabeza, fija el corazón y
proyecta, semejantes a relámpagos, los rayos de su
pensamiento, impulsa las contemplaciones divinas y somete
todos los sentidos del cuerpo.
*
* *
Que
ningún profano, que ningún niño con
edad de lactante toque esos objetos prohibidos antes de
tiempo. Los santos Padres denunciaron la locura de aquellos
que buscan las cosas antes de tiempo e intentan penetrar en
el puerto de la impasibidad (apatheia) sin disponer de los
medios necesarios. Aquel que no conoce las letras es incapaz
de descifrar un escrito.
*
* *
En
el combate interior, el santo Espíritu produce un
movimiento que toma al corazón apacible y grita en
él: ¡Abba! ¡Padre! Esta noción no
tiene forma ni figura, nos transfigura por el resplandor de
la luz divina, nos conforma en el fuego del Espíritu
divino, pero también nos altera y nos transforma como
sólo Dios puede hacerlo por su poder
divino.
*
* *
El
intelecto purificado por la sobriedad se oscurece
fácilmente cuando no se aparta totalmente del mundo
exterior por el recuerdo constante de Jesús. Aquel
que une la acción a la contemplación, es
decir, al cuidado del corazón, no se subleva contra
los ruidos, confusos o no, pues el alma herida por el amor
de Cristo lo sigue como se sigue a su bienamado.
*
* *
Entre
las aguas vivas, algunas tienen un movimiento más
rápido, otras, más apacible y lento. Las
primeras no se dejan enturbiar fácilmente, en
razón misma de la rapidez de su movimiento, es decir,
se enturbian algún tiempo, pero recuperan
fácilmente su pureza por la misma razón.
Cuando el flujo disminuye y se suaviza no solamente se
enturbia sino que se hace casi inmóvil y necesita una
nueva purificación y un impulso.
*
* *
Los
demonios atacan a los principiantes de la vida activa por
medio de ruidos confusos o no. Para aquellos que
están en la contemplación, ellos forjan
imaginaciones, colorean el aire con una especie de luz, a
veces lo presentan bajo una forma de fuego para desviar al
atleta de Cristo hacia el lado equivocado.
*
* *
Si
queréis aprender a orar, considerad la finalidad de
la atención y la oración, y no os
desviaréis. Su finalidad es, mi bienamado, la
constante compunción, la contrición del
corazón, el amor al prójimo. Su opuesto es,
evidentemente, el pensamiento ambicioso, el murmullo de la
calumnia, el odio hacia el prójimo y cualquier otra
disposición semejante.
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