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La
Filocalia
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Nicodemo
el Hagiorita
De
qué forma el espíritu penetra en el
corazón
Os
diré ahora... como debéis guardar vuestro
espíritu, es decir, el acto (energía) de
vuestro espíritu y vuestro corazón.
Sabéis que todo acto mantiene una relación
natural con la esencia y la potencia que lo ejercita y que
(una vez ejecutado) retorna naturalmente hacia ella para
unírsele y reposar. Por eso una vez que se ha
liberado el acto del espíritu - que tiene por
órgano al cerebro - de todos los objetos exteriores
del mundo por medio de la guardia sobre los sentidos y la
imaginación, deberéis llevar nuevamente este
acto (energía) a su esencia y a su potencia propia.
En otros términos llevaréis el espíritu
al centro del corazón -que es, como hemos dicho, el
órgano de la esencia y de la potencia del
espíritu- y contemplaréis entonces,
mentalmente, al hombre interior en su integridad. Esta
conversión del espíritu, los principiantes
acostumbran practicarla, según la enseñanza de
los santos Padres «sobrios», inclinando la cabeza
y apoyando el mentón sobre el pecho. Que el retorno
del espíritu al corazón esté exento de
desviaciones.
Dionisio
el Areopagita, en su pasaje sobre los tres movimientos del
alma, llama, a esta conversión, el movimiento
circular y sin desviación del espíritu. Del
mismo modo en que la periferia del circulo vuelve sobre ella
misma y se une a ella misma, así el espíritu,
en esta conversión, vuelve sobre si mismo y se hace
uno. Por eso Dionisio, el más excelente de los
teólogos, ha dicho: «El movimiento circular del
alma, consiste en su entraña en ella misma por el
desprendimiento de los objetos exteriores y en la
unificación de sus potencias intelectuales, la que le
es conferida por su ausencia de desviación, como en
un circulo» (Noms divins, cap. 4). Por su lado, el gran
Basilio nos dice: «El espíritu que no
está disperso entre los objetos exteriores ni
extendido sobre el mundo por los sentidos, vuelve hacia si
mismo y sube por si mismo hacia el pensamiento de Dios»
(Carta 1).
El
espíritu, una vez en el corazón, no se detenga
solamente en la contemplación, sin hacer nada
más. Allí encontrará la razón,
el verbo interior gracias al cual razonamos y componemos
obras, juzgamos, examinamos y leemos libros íntegros
en silencio, sin que nuestra boca profiera una palabra. Que
vuestro espíritu, entonces, habiendo encontrado el
verbo interior, sólo le permita pronunciar la corta
oración llamada monológica: «Señor
Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de
mi».
Pero
esto no basta. Debéis, además, poner en
movimiento la potencia volitiva de vuestra alma, en otros
términos, decir esta oración con toda vuestra
voluntad, con toda vuestra potencia, con todo vuestro amor.
Más claramente, que vuestro verbo interior aplique su
atención, tanto con su vista mental como con su
oído mental, a esas únicas palabras, y mejor
aún, al sentido de las palabras. Así,
permaneciendo sin imágenes ni figuras, sin imaginar
ni pensar ninguna otra cosa, sensible o intelectual,
exterior o interior, se producirá algo bueno. Pues
Dios está más allá de todo lo sensible
y lo inteligible. Por lo tanto, el espíritu que
quiere unirse a Dios por la oración debe salir
también de lo sensible y de lo inteligible y
trascenderlo para obtener la unión divina. De
allí, las palabras del divino Nilo (Evagrio):
«En la oración, no te figures la divinidad, no
dejes a tu espíritu sufrir la impronta de una forma
cualquiera, permanece en cambio, inmaterial ante el
Inmaterial, y tú comprenderás» (Acerca de
la oración, 56). Que vuestra voluntad se aplique
enteramente, por el amor, a las palabras de la
oración, de ese modo vuestro espíritu, vuestro
verbo interior y vuestra voluntad, esas tres partes del
alma, serán uno y la unidad comprenderá a los
tres. De este modo el hombre, que es la imagen de la santa
Trinidad, adhiere y se une a su prototipo. Según la
expresión de ese gran héroe y doctor de la
oración y de la sobriedad mental, Gregorio Palamas de
Tesalónica: «Cuando la unidad del
espíritu se hace trinitaria permaneciendo una,
entonces se une a la mónada trina de la divinidad,
cerrando toda salida a la desviación,
manteniéndose por encima de la carne, del mundo y del
príncipe del mundo» (Acerca de la
oración, 2).
Razones por
las cuales se debe retener la respiración durante la
oración
Dado
que vuestro espíritu -el acto de vuestro
espíritu - tiene por costumbre extenderse y
dispersarse sobre los objetos sensibles y exteriores del
mundo, es necesario que, al pronunciar esta santa
oración, no respiréis continuamente como se
acostumbra según la naturaleza. Retened un poco
vuestra respiración hasta que vuestro verbo interior
haya dicho una vez la oración. Entonces respirad,
según la enseñanza de los Padres.
*
* *
Porque
la retención mesurada de la respiración
atormenta, comprime y, además, hace penar al
corazón que no recibe el aire reclamado por su
naturaleza. El espíritu, por su lado, gracias a este
método, se recoge más fácilmente y
retorna al corazón, por causa, a la vez, del
esfuerzo, del dolor del corazón y del placer que nace
de ese recuerdo vivo y ardiente de Dios. Pues Dios procura
placer y alegría a aquellos que lo recuerdan
según las palabras: «Cuando de Dios me acuerdo,
gimo» (Sal 76, 4). Aristóteles
señaló, por otra parte, que el espíritu
se localiza y se recoge en el órgano que experimenta
la sensación de pena o de placer.
*
* *
Porque
la retención mesurada de la respiración vuelve
sutil al corazón endurecido y pesado. Los elementos
húmedos del corazón, convenientemente
comprimidos, calentados, se vuelven más tiernos,
más sensibles, humildes, mejor dispuestos para la
compunción y más aptos para derramar
fácilmente las lágrimas. El cerebro
también se utiliza y, al mismo tiempo, el acto del
espíritu se hace uniforme, transparente y más
apto para la unión que procura la iluminación
sobrenatural de Dios.
*
* *
La
retención mesurada de la respiración comprime
y hace sufrir al corazón, y la pena y el dolor le
hacen vomitar el anzuelo envenenado del placer y del pecado
que había tragado. Según el adagio de los
antiguos médicos, lo contrario cura a lo contrario,
de allí las palabras de Marco: «El recuerdo de
Dios es una pena de Cristo abrasada por la piedad»
«cualquiera que olvida a Dios se hace amigo del placer
e insensible»; y aún, «el espíritu
que ora sin distracción comprime al
corazón»; y «a un corazón contrito y
humillado, Dios no lo desprecia».
*
* *
Mediante
esta retención mesurada de la respiración,
todas las otras potencias del alma se unen también y
vuelven al espíritu y, por el espíritu, a
Dios, lo que es admirable. Así el hombre ofrece a
Dios toda la naturaleza sensible e intelectual, de la que
él es el lazo y la síntesis según
Gregorio de Tesalónica (Vida de san Pedro, el
Atonita).
Afirmo
además, que son los principiantes quienes, cuando
oran, tienen mayor necesidad de esta retención
mesurada de la respiración. Puesto que, si bien
pueden penetrar en el corazón a través del
verbo interior y permanecer allí, cuando llega el
momento de hacer reentrar al espíritu en el
corazón, y fijarlo con mayor celo - sobre todo en la
etapa de la guerra con las pasiones y los pensamientos- y,
por ese retorno orar más integralmente, deben hacerlo
recurriendo a la retención mesurada de la
respiración.
Tal
es, en resumen, la célebre oración a la cual
los santos Padres han dado el nombre de oración
mental y cordial. Si deseáis saber más, leed
en el libro de la santa Filocalia el tratado de san
Nicéforo, el discurso de Gregorio de
Tesalónica sobre los santos hesicastas y la Centuria
de Calixto e Ignacio Xanthopoulos.
Os
exhorto calurosamente, fuera de la lectura de las siete
horas canónicas cotidianas fijadas por la antigua
legislación de la Iglesia, a dedicaros a esta
oración cordial y mental y hacer de ella vuestra obra
incesante y perpetua. A pronunciar en vuestro corazón
el nombre, suave y amable entre todos, de Jesús, a
pensar en Jesús en vuestro espíritu, a desear
a Jesús y amarlo con vuestra voluntad. A dirigir
hacia Jesús todas las potencias de vuestra alma. A
buscar cerca de Jesús la misericordia en toda
contrición y humildad. Si os es imposible, a causa de
las preocupaciones y las inquietudes de este mundo dedicaros
a ello sin cesar, por lo menos fijaos una hora o dos, de
preferencia hacia la tarde y en un lugar tranquilo y oscuro,
para consagraros a esta santa y espiritual
ocupación.
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