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An�nimo
ingl�s - La nube del no-saber
(�ndice)
INTRODUCCIÓN
A LA EDICIÓN INGLESA
Nuestro tiempo ha sido testigo de un resurgimiento del
interés por la mística de Occidente. Se
diría que Occidente, largo tiempo abierto al Zen y al
Yoga así como a los sistemas espirituales de Oriente,
quiere buscar ahora su tradición y su herencia
espiritual propia. Y lo extraño es que este
interés por la mística no es solamente
académico. Es también práctico. Son
muchos los que ansían leer a los místicos para
practicar la doctrina que enseñan y de este modo
experimentar los estados de conciencia que describen. En
pocas palabras, el interés por la mística
cristiana forma parte de un ansia muy generalizada de
meditación, de contemplación, de hondura. Es
un deseo de superar los fenómenos cambiantes, el
shock del futuro y la vida de la ciudad para llegar a una
realidad más honda que se encuentra en el centro de
las cosas. La mística ha dejado de ser algo
intrascendente; está en el aire que respiramos.
En este clima, los que buscan un guía
místico no pueden hacer nada mejor que dirigirse al
autor anónimo del siglo XIV de La Nube del No Saber
Se trata de un inglés, místico, teólogo
y director de almas, que se sitúa en plena corriente
de la tradición espiritual de Occidente. Un escritor
de gran fuerza y de notable talento literario, que
compuso cuatro tratados originales y tres traducciones.
Sus dos obras principales, La Nube del No Saber y El Libro
de la Orientación Particular que incluimos en este
volumen, las hemos puesto en inglés moderno
sirviéndonos de los textos originales. Estoy
persuadido de que el lector, cautivado por el encanto
místico del autor, encontrará en su lectura
una experiencia auténticamente contemplativa.
Los dos libros se completan mutuamente. La Nube es bien
conocida como obra literaria de gran belleza en su estilo y
en su mensaje. Ampliamente leída en el siglo XIV
cuando fue escrita, nunca ha perdido su sitio de honor entre
los clásicos espirituales de lengua inglesa. Menos
conocido es El Libro de la Orientación Particular Es
la obra de madurez del autor. Como suele suceder con alguna
frecuencia, el autor, un poco mas viejo, ha perdido algo de
su festivo encanto de juventud. Ello hace que la lectura de
su segunda obra sea más difícil. Pero, en todo
caso, la pérdida de encanto queda más que
compensada por la precisión teológica, la
hondura espiritual y la equilibrada autoridad, fruto de
años de profunda experiencia. Ahora tiene confianza
en sí mismo y está convencido de que, aunque
alguien diga lo contrario, la contemplación
enseñada por él es valiosísima.
Este último libro es ya en muchos aspectos un
libro de orientación, tal como entendemos hoy esta
palabra. Es la obra de un amigo, deseoso de ayudar y
orientar, de un hombre dotado de penetración
psicológica sutil, que conoce el espíritu
humano, que se da cuenta de la triste capacidad que tiene el
hombre de engañarse a sí mismo, y, no
obstante, posee una delicada compasión hacia los que
sufren cuando luchan por permanecer en un amor silencioso en
el centro de su ser. Pero, confesémoslo, su
orientación no es de tipo no-directivo sobre la que
hoy tanto se habla. Es más bien autoritaria, como
conviene a un hombre que ha recorrido la senda
mística personalmente y que da la mano a quienes
quieran escuchar sus palabras. Si esta edición que
ofrecemos al público tiene algún valor
especial, quizá se deba a la inclusión de El
Libro de la Orientación Particular
Guía
práctica de la Contemplación
Los dos tratados, pues, son eminentemente
prácticos. Guían al lector en la senda de la
contemplación. Hay muchos libros que enseñan
la meditación de tipo discursivo, pero no abundan los
que enseñan la oración contemplativa que va
más allá de la idea y de la imagen,
adentrándose hasta la nube supraconceptual del
no-saber. Y esto es precisamente lo que el autor
inglés nos enseña. En su rechazo de la
conceptualización es tan radical como cualquier
Zen-Budista. Todo concepto, todo pensamiento y toda imagen
han de ser sepultados bajo una nube de olvido. Mientras
tanto, nuestro amor desnudo -desnudo por estar despojado de
pensamiento- ha de elevarse hacia Dios, oculto en la Nube
del No-Saber. Con La Nube del No Saber por encima de mi,
entre mi Dios y yo, y la nube del olvido debajo, entre todas
las criaturas y yo, me encuentro en el silentium miysticum,
que el autor inglés conoce por la obra de
Dionisio.
Si La Nube es radical en su rechazo de la
conceptualización, lo es más todavía la
Orientación Particular, cuyo primer párrafo
contiene palabras que resumen el tema de todo el tratado:
«Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo». Es
algo bastante duro. Dios puede ser amado, pero no puede ser
pensado; puede ser percibido por el amor, jamás por
los conceptos. Así que... menos pensar y más
amar.
La meditación que va más allá del
pensamiento es popular en el mundo moderno. Por eso mismo
pienso que estos dos libros tienen una especial relevancia
hoy día. Por lo que se refiere a ir más
allá del pensamiento, nuestro autor inglés
tiene una metodología concreta. Después de
hablar de meditaciones buenas y piadosas sobre la vida y
muerte de Cristo, introduce al discípulo a un camino
que no dejará de ser atractivo también para el
lector moderno, es decir, el mantra o palabra sagrada:
«Si quieres centrar todo tu deseo en una
simple palabra que tu mente pueda retener
fácilmente, elige una palabra breve mejor que una
larga. Palabras tan sencillas como "Dios' o 'Amor"
resultan muy adecuadas. Pero has de elegir una que tenga
significado para ti. Fíjala luego en tu mente, de
manera que permanezca allí suceda lo que suceda.
Esta palabra será tu defensa tanto en la guerra
como en la paz. Sírvete de ella para golpear la
nube de la oscuridad que está sobre ti y para
dominar todas las distracciones, fijándolas en la
nube del olvido, que tienes debajo de ti. Si algún
pensamiento te siguiera molestando queriendo saber lo que
tú haces, respóndele con esta única
palabra. Si tu mente comienza a intelectualizar el
sentido y las connotaciones de esta "palabrita",
acuérdate de que su valor estriba en su
simplicidad. Haz esto y te aseguro que tales pensamientos
desaparecerán. ¿Por qué? Porque te has
negado a desarrollarlos discutiendo con ellos».
Como puede verse, la palabrita se usa para barrer de la
mente toda imagen y pensamiento dejándola libre para
amar con el ímpetu ciego que tiende hacia Dios. En la
Orientación Particular el autor habla de dos pasos
bien definidos en el camino de la iluminación. El
primero es el rechazo de todos los pensamientos acerca de
qué soy yo y qué es Dios, con el fin de quedar
consciente únicamente de que yo existo y de que Dios
existe. Quisiera llamar a esta oración existencial,
por razón de su abandono de todas las esencias o
modos de ser. Pero es sólo el primer paso. El segundo
es el rechazo de todo pensamiento y sentimiento de mi propio
ser, para estar consciente solamente del ser de Dios. De
este modo, el autor lleva a un total autoolvido, a una
pérdida total de si mismo para pasar a una conciencia
exclusiva del ser a quien amamos.
¿Cómo podemos aceptar esto los hombres del
siglo XX, que tanto hablamos de personalidad?
La pérdida del
«yo»
Permítaseme decir que este problema de la
pérdida del «yo» es de suma importancia en
el clima religioso de hoy. Clima que se halla dominado por
la confluencia de las grandes religiones en un foro
común y en un diálogo fascinante que el
historiador Arnold Toynbee no ha dudado en calificar como el
acontecimiento más significativo del siglo. En este
momento el intercambio religioso de Oriente-Occidente, el
problema central sobre el que gravita toda la
discusión es el de la existencia y la naturaleza del
«yo». ¿Puede una religión tan
sumamente personalizada como el cristianismo tener un campo
común con un sistema aparentemente autoaniquilante
como es el budismo? Es este un problema que aparece
constantemente sobre el tapete en las reuniones
ecuménicas a las que yo mismo he asistido. Cualquiera
que se enfrente con él hará bien en escuchar
la sabiduría del autor inglés. Enraizado en la
tradición cristiana, habla un lenguaje que entiende
el budista. Es un gran portavoz de Occidente.
Detengámonos en algunos pasajes en que justifica
su consejo de que debemos olvidarnos de nuestro propio
«yo».
En La Nube afirma que el sentimiento de la propia
existencia es el mayor sufrimiento para el hombre:
«Todo hombre tiene muchos motivos de
tristeza, pero sólo entiende la razón
universal y profunda de la tristeza el que experimenta
que es (existe). Todo otro motivo palidece ante este.
Sólo siente auténtica tristeza y dolor
quien se da cuenta no sólo de lo que es sino de
que es. Quien no ha sentido esto debería llorar,
pues nunca ha experimentado la verdadera tristeza».
Es un pasaje importante. Pudiera parecer como un rechazo
de la vida y de la existencia, si no tuviéramos la
afirmación explícita del autor de que este no
es su significado.
«Y sin embargo, en todo esto no desea dejar
de existir, pues esto es locura del diablo y blasfemia
contra Dios. De hecho, se alegra de existir y desde lo
hondo de su corazón rebosante de agradecimiento da
gracias a Dios por el don y el bien de su existencia. Al
mismo tiempo, sin embargo, desea incesantemente verse
libre del conocimiento y sentimiento de su ser».
Está claro que el autor no aboga por la
autoaniquilación, ni niega tampoco la existencia
ontológica del «yo». Más bien afirma
que hay una conciencia del «yo» que produce
alegría y gratitud. Y existe una conciencia del
«yo» que reporta agonía.
¿Qué clase de conciencia del «yo»
es causa de esta tristeza?
Pienso que la mística cristiana puede entenderse
únicamente a la luz de la resurrección,
así como el misticismo budista sólo puede
entenderse a la luz del nirvana. Sin la resurrección,
la personalidad del hombre, su verdadero «yo»,
está incompleta. Esto vale también para
Cristo, de quien Pablo dice «que fue constituido Hijo
de Dios en poder según el Espíritu de
santificación por su resurrección de la
muerte» (Rom 1,4). En otras palabras, Cristo se
perfeccionó a través de su
resurrección, encontrando su verdadero «yo»
y su última identidad. Hasta esta etapa final el
hombre se encuentra separado de su fin. Y no sólo el
hombre, sino todo el universo, que gime esperando la
revelación de los hijos de Dios.
Este estado imperfecto de incompletez, aislamiento y
separación de la meta es el origen básico de
la angustia existencial del hombre -angustia que surge no
por su existencia, sino por su existencia separada-. La
tristeza por esta separación, afirma el autor, es
mucho más fundamental y más engendradora de
humildad que la tristeza de los propios pecados o de
cualquier otra cosa. De aquí nace la angustia que
corre a través de los escritos de los místicos
y que se refleja en el grito angustioso de san Juan de la
Cruz: «¿Adónde te escondiste, Amado, y me
dejaste con gemido?».
Vemos al místico separado de su amado, cuya
experiencia había comenzado a sentir. Y anhela la
plenitud, la unión, la meta. Si esto significa morir,
morirá gozosamente. «Rompe ya la tela de este
suave encuentro». Es como si dijera: aparta el velo que
me separa de mi amado y de mi todo. Está claro que la
angustia es la de la separación e incompletez a nivel
de la existencia. Se puede experimentar la propia
limitación emocional o económicamente,
cultural o sexualmente; y todo ello es doloroso. Pero
qué terrible es su experiencia al más profundo
nivel, el de la existencia! Todas las demás tristezas
son experiencias parciales de una experiencia fundamental de
la contingencia existencial. Y esta, a mi juicio, es la
tristeza del hombre que sabe no sólo lo que es sino
que es.
Todo esto no está lejos de la angustia de los
filósofos existencialistas de la que tanto se oye
hablar desde hace tiempo. Su agonía no es
necesariamente teísta. Más bien tenía
su origen en un sentido radical de la insuficiencia del
hombre, de su contingencia, incompletez, mortalidad, tal
como queda resumido en la terrible definición que
Heidegger hace del hombre como «ser para la
muerte». Una vez más, no es precisamente la
existencia la que causa el dolor, sino una existencia
limitada. El hombre, enfrentado a la perspectiva de la
extinción, no tiene el control de su propio
destino.
Dejemos a los existencialistas. En La Orientación
Particular del autor inglés se insiste
fundamentalmente en la idea de separación con todo el
sufrimiento que esto supone. Pero aquí su lenguaje es
más preciso. El sufrimiento del hombre no nace de su
existencia, sino de ser como es. Y el autor hace esta
oración existencial: «(Yo te ofrezco) lo que soy
y la manera como soy» (p. 202):
Ahora ya ha dejado suficientemente claro que el problema
no es la existencia misma, sino una existencia limitada, por
eso ya no necesita otra explicación.
Al principio de este tratado hace una afirmación
que se repite a lo largo de toda la obra: «Él es
tu ser y en él eres lo que eres». Para que esto
no suene a panteísta, el autor se apresura a
añadir: «Él es tu ser, pero tú no
eres el suyo». Como para recordarnos que aunque Dios es
nuestro ser, nosotros no somos Dios. Pero, una vez hecha
esta distinción, sigue insistiendo en que el gran
sufrimiento e ilusión del hombre es su incapacidad
para experimentar que Dios es su ser. Más bien tiene
la experiencia de estar alejado de Dios. Todo el anhelo de
su dirección consiste en llevarnos a la experiencia
de que él «es tu ser y de que en él
tú eres lo que eres». El hombre no encuentra su
verdadero «yo» en el aislamiento ni en la
separación del todo, sino sólo en Dios. El
conocimiento y el sentimiento de cualquier otro
«yo» distinto a este ha de destruirse.
Esto nos lleva a la ley inexorable de que el
«yo» incompleto debe morir, a fin de que pueda
surgir el verdadero «yo». «Si el grano de
trigo que cae en tierra no muere, queda infecundo; pero si
muere, produce mucho fruto».
En este contexto podemos quizá entender la
constante afirmación del autor de que el pensamiento
y el sentimiento del «yo» ha de ser aniquilado.
Pero esta aniquilación es menos terrible porque es
obra del amor.
«Tal es el proceder de todo verdadero amor.
El amante se despojará plenamente de todo, aun de
su mismo ser, por aquel a quien ama. No puede consentir
vestirse con algo si no es del pensamiento de su amado. Y
no es un capricho pasajero. No, desea siempre y para
siempre permanecer desnudo en un olvido total y
definitivo de si mismo».
Si amamos, la muerte sobrevendrá inevitablemente y
el «yo» quedará anegado en un final
terrible. Pero será una muerte gozosa.
Permítaseme una palabra sobre la conexión
entre amor y muerte.
En la filosofía tomista, a la que el autor
inglés es tan fiel, el amor es
«extático», en cuanto nos saca de nosotros
mismos para vivir en lo que amamos.
Si amamos el dinero, vivimos en el dinero; si amamos a
nuestros amigos, vivimos en ellos; si los amamos en Dios,
vivimos en Dios. Esto significa que en el amor hay una
unión real, como lo expresa san Juan de la Cruz (otro
tomista profundo) en sus enigmáticas palabras:
«Mas ¿cómo perseveras, oh vida!, no
viviendo donde vives...?». ¿No es porque su vida,
fuera de su cuerpo, palpita en aquel a quien ama? Y se
pregunta cómo puede continuar esta vida. Pues la
muerte es una consecuencia inevitable del amor
extático.
El dilema es terrible. Si el hombre se niega a amar, su
«yo» separado permanece en su angustioso
aislamiento sin un acabamiento definitivo, aunque
ontológicamente Dios esté en su ser. Si ama,
elige la muerte para el «yo» separado y la vida
para el «yo» resucitado. Precisamente el
«yo» resucitado es el que actúa en la
contemplación, y esta ya nunca cesará.
«Pues en la eternidad no habrá
necesidad de obras de misericordia como la hay ahora. La
gente no tendrá hambre ni sed, ni morirá de
frío o de enfermedad, sin hogar o cautiva. Nadie
necesitará una sepultura cristiana, pues no
morirá nadie. En el cielo ya no habrá que
lamentarse por nuestros pecados o por la Pasión de
Cristo. Por eso, si la gracia te llama a elegir la
tercera parte, elígela con Maria».
Esto nos lleva al problema de la relación del
verdadero «yo» con el todo. El autor afirma que
hay una unión total («Él es tu ser»)
y, sin embargo, no es total, porque yo no soy el ser de Dios
(«Tú no eres el suyo»). Un riguroso tomista
del siglo XIV lo hubiera explicado según la
noción platónica de las ideas en la mente de
Dios, esto es, que la creación existe desde la
eternidad en su mente, de forma que existe una total unidad
frente a la variedad. La experiencia de esto sería el
«casto y perfecto amor» en el que uno está
«ciegamente» unido a Dios; es decir, sin
pensamientos, sentimientos o imágenes de ninguna
clase, experimentándose a sí mismo en Dios y
por Dios. San Juan de la Cruz parece estar apuntando a esto
cuando dice que al principio experimentamos al Creador a
través de sus criaturas, mas en la cumbre
experimentamos las criaturas a través del
Creador.
Pero estoy convencido de que esta metafísica tiene
menos sentido para el hombre moderno que la
concepción dinámica de Teilhard de Chardin. La
de este último es más bíblica, poniendo
como centro a Cristo resucitado omega así como la
resurrección de todos los hombres. Contempla la
unión escatológica definitiva como una total
inhabitación de Dios en el hombre y del hombre en
Dios y de todos en Cristo que va hacia el Padre de acuerdo
con las palabras de Jesús en Jn 17. Por lo que se
refiere a la paradoja de que todo es uno y no uno, Teilhard
contesta con un principio que se repite a lo largo de su
obra: en el ámbito de la personalidad, la
unión crea la diferencia: cuanto más unido
estoy con Dios, más soy yo mismo. Aquí la
unión se distingue claramente de la absorción
aniquilante: en la unión con el otro encuentro mi
verdadero ser. ¿Paradoja increíble? Sin embargo,
en este mismo sentido explicamos la Trinidad. ¿Y no se
aplica también el principio de que la unión
crea la diferencia a las uniones humanas y a las relaciones
interpersonales? En la más honda y amorosa
unión con otro, lejos de perdernos a nosotros mismos,
descubrimos nuestro «yo» más profundo en el
centro de nuestro ser. Si esto es cierto de las relaciones
humanas, se ha de aplicar también a la unión
más íntima: la de Yavé con su
pueblo.
He tratado de explicar la posición del autor con
respecto a la pérdida del «yo», que es
parte integral de su dirección y problema importante
del escenario religioso moderno. Pero me apresuro a delatar
que el autor es reacio a dar explicaciones y, cuando las da,
lo hace solamente como concesión a los
teólogos eruditos que pudieran leerlo y criticar su
libro.
Cuántas veces observa que «sólo quien
tiene experiencia puede realmente entender». Si existe
algún problema, existe solamente a nivel verbal o
metafísico. Pero a nivel del amor experiencial no
existe tal problema ya que entonces uno sabe
existencialmente lo que es perderse y encontrarse a si mismo
al mismo tiempo. El talante del autor es no explicar (pues
no es posible explicación alguna), sino conducir al
discípulo a un estado de conciencia en que pueda
verlo por si mismo.
«Por eso te insto: ve en pos de la
experiencia más que del conocimiento. Con respecto
al orgullo, el conocimiento puede engañarte con
frecuencia, pero este afecto delicado y dulce no te
engañará. El conocimiento tiende a fomentar
el engreimiento, pero el amor construye. El conocimiento
está lleno de trabajo, pero el amor es
quietud»
Es lo mismo que en el caso de los zen budistas, que, sin
explicarlo, insisten en que uno se ha de sentar simplemente
a meditar.
El lugar de
Cristo
Otro punto crucial en estos dos libros, lo mismo que en
las obras de todos los místicos cristianos, se
refiere al lugar de Cristo. En pocas palabras, el problema
es este: la teología cristiana, siguiendo al Nuevo
Testamento, sitúa a Cristo en el centro mismo de la
oración.
Cristo el hombre, la Palabra Encarnada. Pero
¿cómo se acopla el hombre Cristo en este
vacío sin imágenes, supraconceptual?
¿Dónde está Cristo cuando yo me encuentro
entre La Nube del No Saber y la nube del olvido? Es un
verdadero dilema. Creo, no obstante, que el autor de La Nube
puede ciertamente ser calificado de
cristocéntrico.
Digamos primero que podemos considerar a Cristo en su
existencia histórica o en su existencia de
resucitado. En ambos casos tenemos, por supuesto, al mismo
Jesús; pero su modo de existencia es totalmente
diferente. Sobre el Cristo histórico podemos tener
pensamientos, ideas o imágenes de la misma manera que
podemos describir las aldeas por las que caminó; pero
de Cristo resucitado no podemos tener una imagen adecuada.
Así lo afirma categóricamente san Pablo,
cuando al ser preguntado cómo es el cuerpo
resucitado, responde diciendo (traduciéndolo en el
argot moderno): ¡No preguntéis sandeces!
«Alguno preguntara:
¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con
qué cuerpo? ¡Necio1 no todos los cuerpos son
iguales; uno es el cuerpo de los hombres, otro el de los
ganados, otro el de las aves y otro el de los peces» (I
Cor 15,3539). De la misma manera hay muchas formas de
existencia y la del resucitado es diferente de la que ahora
gozamos.
Ahora bien, el cristiano, siguiendo a san Pablo, no se
dirige en su oración a una figura histórica,
sino al Cristo resucitado y actualmente vivo que lleva en si
toda la experiencia de su existencia histórica pero
transformada, como él mismo indicó al mostrar
sus heridas a sus discípulos.
Por lo que se refiere a la manera de hablar sobre Cristo
que vive entre nosotros hoy, Teilhard de Chardin,
influenciado por las últimas cartas paulinas, habla
del «Cristo cósmico» que corre paralelo al
universo. Por la muerte, su cuerpo se universalizó,
entrando en una nueva dimensión y en una nueva
relación con la materia. En esta dimensión,
Cristo resucitado se hace presente a nosotros.
Dimensión en la que también nosotros entramos
por la muerte. Pero en esta vida podemos tocarla en
algún modo por el amor en la Nube del
No-Saber.
El autor inglés, a mi juicio, está hablando
aquí del Cristo cósmico, aunque no emplee esta
terminología. De hecho, hace una unión
brillante y ortodoxa del Jesús histórico y del
Jesús resucitado en el motivo de Maria Magdalena,
que, como es obvio, le atrae sobremanera:
«En el Evangelio de san Lucas leemos que
nuestro Señor entró a casa de Marta, y
mientras ella se puso inmediatamente a prepararle la
comida, su hermana Maria no hizo otra cosa que estar
sentada a sus pies. Estaba tan embelesada
escuchándole que no prestaba atención a lo
que hacia Marta. Ciertamente las tareas de Marta eran
santas e importantes... Pero Maria no les daba
importancia. Ni se daba cuenta tampoco del aspecto humano
de nuestro Señor, de la belleza de su cuerpo
mortal, o de la dulzura de su voz y conversación
humanas, si bien esta podría haber sido una obra
más santa y mejor... Pero se olvidó de todo
esto y estaba totalmente absorta en la altísima
sabiduría de Dios oculta en la oscuridad de su
humanidad.
María se volvió a Jesús con todo
el amor de su corazón, inmóvil ante lo que
veía u oía hablar y hacer en torno a ella.
Se sentó en perfecta calma, con el amor gozoso y
secreto de su corazón disparado hacia esa nube del
no-saber entre ella y su Dios. Pues, como he dicho antes,
nunca hubo ni habrá criatura tan pura o tan
profundamente inmersa en la amorosa contemplación
de Dios que no se acerque a él en esta vida a
través de esta suave y maravillosa nube del
no-saber Y fue a esta misma nube donde Maria
dirigió el oculto anhelo de su amante
corazón».
Por lo que acabamos de ver está claro que la
entrada en la nube no significa abandonar a Cristo.
Jesús está presente; es el centro divino al
que se dirige el amor de María. Pero no mira las
imágenes precisas de su hermoso y mortal cuerpo, ni
tiene oídos para la suavidad de su voz humana. Ha ido
más allá de todo esto, hacia un conocimiento,
un amor y una belleza más hondos. Aquí
está en la práctica la paradoja de una
contemplación que es a un tiempo
cristocéntrica y sin imágenes.
Ejemplos de este acercamiento sin imágenes al
hombre Cristo abundan en nuestro autor inglés. No es
necesario citar aquí su alusión en La
Orientación Particular a Cristo, que es al mismo
tiempo el portero y la puerta. O su interesante
interpretación de la ascensión de Cristo que
tiene que irse («Es conveniente que yo me vaya»)
para que sus discípulos no queden tan apegados a su
cuerpo histórico que no puedan amar su cuerpo
glorificado. Como ya he dicho, nuestra palabra
«cósmico» no aparece; pero la idea
está incesantemente presente.
Con la comprensión de que Cristo está
presente al universo, entra en la contemplación una
dimensión cósmica y social. La mística
cristiana no puede reducirse a una preocupación
egoísta por el propio «yo»; ha de ser una
apertura a los demás y al universo. Una vez
más, el autor inglés nos explica esto en la
cosmología de su tiempo.
«Pues cuando pones tu amor en él y
te olvidas de todo lo demás, los santos y los
ángeles se regocijan y se apresuran a asistirte en
todos los sentidos, aunque los demonios rabien y
conspiren sin cesar para perderte. Los hombres, tus
semejantes, se enriquecen de modo maravilloso por esta
actividad tuya, aunque no sepas bien cómo. Las
mismas almas del purgatorio se benefician, pues sus
sufrimientos se ven aliviados por los efectos de esta
actividad. Y por supuesto, tu propio espíritu
queda purificado y fortalecido por la actividad
contemplativa más que por todas las demás
juntas».
Ningún rincón del universo está
ausente de este ejercicio del amor. En términos
teilhardianos podríamos decir que la noosfera
está constituida por este ejercicio contemplativo; o
que este fresco impulso es debido al empuje de la conciencia
en su movimiento hacia la omega. No deja de ser, por
supuesto, una gran paradoja el que podamos ayudar a las
personas olvidándonos precisamente de ellas.
«Has de rechazar, por tanto, con firmeza todas las
ideas claras por piadosas o placenteras que sean.
Créeme lo que te digo: un amoroso y ciego deseo hacia
Dios.., es... de más ayuda a tus amigos, tanto vivos
como difuntos, que cualquier otra cosa que pudieras
hacer». Esto sólo se conoce por la experiencia
nacida de la fe.
La dimensión social y progresivamente
cósmica de la contemplación es puesta de
relieve en La Orientación Particular en que se
describe esta labor como desarrollo de lo
«corporal» a lo «espiritual». Y he
traducido estas palabras por la «carne» y
«espíritu» paulinos. Para Pablo
naturalmente «carne» no es carne sensual y
platónica; no es la parte instintiva del hombre,
significa más bien el hombre enraizado en este mundo.
Y cuando lo usa en un sentido peyorativo, apunta hacia el
hombre que sólo ve este mundo y está ciego a
cuanto lo trasciende. Por otra parte, el hombre espiritual
es el hombre abierto al universo y que está bajo la
influencia del Espíritu. De ahí que el
crecimiento en la contemplación, crecimiento hacia el
espíritu, es un desarrollo hacia la conciencia
cósmica, de manera que el contemplativo se
sitúa en la mente del Cristo cósmico y se
ofrece a si mismo al Padre por la salvación de la
raza humana. Aquí está, realmente, el
verdadero clímax del pensamiento del autor, vertido
en la bella oración de La Orientación
Particular
- «Lo que soy y la manera como soy,
- con todos mis dones de naturaleza y de
gracia,
- tú me los has dado, Señor, y
tú eres todo esto.
- Yo te lo ofrezco, principalmente
- para alabarte y ayudar a mis hermanos
cristianos
- y a mí mismo».
Esta es la verdadera cima en que el contemplativo unido a
Cristo se ofrece a si mismo al Padre por el género
humano. Ahora se ha adentrado tan de lleno en el
espíritu de Cristo que en cierto sentido sólo
existe el Padre. Es Cristo quien desde el interior ora y se
ofrece a si mismo al Padre. «Vivo yo, mas no yo, es
Cristo, quien vive en mi». Y naturalmente, toda la
oración es eminentemente trinitaria y
desconcertadamente paradójica. Hay un Dios que es mi
misma existencia. Y sin embargo, mi existencia es algo
distinto y yo se la puedo ofrecer a él.
En esta cristología, no obstante, algunos lectores
pueden quedar desorientados por el uso que el autor hace de
la Biblia. Aquí, lo mismo que en La
Orientación Particular y en todas sus obras, su
aparente retorcimiento de la Escritura para ilustrar y
probar su punto de vista puede hacer surgir una sonrisa en
los labios del exégeta moderno. Sin embargo, esta
postura es típica de los místicos desde
Orígenes hasta san Juan de la Cruz. Y a mi modo de
ver, es legítima, e incluso provechosa al moderno
exégeta.
Que hay un acercamiento a la Escritura,
típicamente contemplativo, lo señaló ya
el Vaticano II al escribir:
«Pues hay un crecimiento en la comprensión de
las realidades que acabamos de exponer. Tal acontece en la
contemplación y el estudio de aquellos creyentes que
atesoran estas cosas en sus corazones a través de una
íntima comprensión de las cosas espirituales
que experimentan» (Documento sobre la Divina
Revelación, 2, 8). El crecimiento en la
comprensión viene de los místicos que, por
así decirlo, viven las Escrituras desde dentro.
Cierto que, como dice san Pablo, nadie puede entender el
espíritu del hombre si no es su propio
espíritu. Pero qué verdad es que nadie puede
comprender las Escrituras (por mucha exégesis que
haga) excepto el que posee el Espíritu que las
compuso. El acercamiento contemplativo a la Escritura
completa a la exegética y está, según
creo, poniéndose cada vez más de
actualidad.
Primacía del
Amor
Por lo dicho está claro que en el autor
inglés el lugar central del ejercicio contemplativo
está reservado al amor. Que el amor es la esencia de
todo el problema se afirma una y otra vez en palabras como
estas: «Pues en la caridad verdadera uno ama a Dios por
sí mismo, por encima de todo lo creado, y ama a su
hermano el hombre porque esta es la ley de Dios. En la
actividad contemplativa, Dios es amado por encima de toda
criatura pura y simplemente por él mismo. En
realidad, el verdadero secreto de esta obra no es otra cosa
que un puro impulso hacia Dios por ser él quien
es».
Por lo mismo, el secreto de esta obra es el amor, al que
el autor inglés hace referencia con expresiones como
estas: «amorcito secreto», «puro impulso de
la voluntad», «tensión ciega»,
«suave movimiento de amor», «esta obra»,
o simplemente «esto».
Habría que notar, sin embargo, que emplea estas
expresiones para una actividad que incluye un conocimiento o
conciencia de alguna clase. De cara al análisis es
posible hablar de conocimiento y amor en la
contemplación. Pero la actividad de que habla el
autor es una mezcla de ambos, una experiencia totalmente
simple que surge en lo más íntimo del
corazón del contemplativo. En último
análisis, es algo indescriptible, como declara el
mismo autor cuando dice que: «Lo que podemos decir de
ella no es ella, sino sólo sobre ella» (p. 218).
No duda en afirmar, sin embargo, que su elemento
predominante es el amor, y sobre este pone todo el acento.
La práctica del no-saber con su dejación de
todo conocimiento claro bajo la nube del olvido no es
más que la preparación para el cultivo de este
movimiento ciego que es lo más importante de la vida.
Lo repite muchas veces, como, por ejemplo, en las palabras
siguientes:
«Así, pues, para mantenerte firme y
evitar las trampas, mantente en la senda en que
estás. Deja que tu incesante deseo golpee en La
Nube del No Saber que se interpone entre ti y tu Dios.
Penetra esa nube con el agudo dardo de tu amor, rechaza
el pensamiento de todo lo que sea inferior a Dios y no
dejes esta actividad por nada. La misma obra
contemplativa del amor por si misma llegará a
curarte de todas las raíces del pecado».
Este pasaje típico muestra cómo el problema
del olvido queda relegado a un segundo plano, ya que no se
trata más que de dar lugar al «agudo dardo..,
del amor» que, sin embargo, va acompañado de una
profunda conciencia de Dios. Podríamos multiplicar
los ejemplos en que el autor expresa su entusiasmo por el
pequeño amor que llega a dominar la vida
rústica. «Tu personalidad quedará
totalmente transformada, tu porte irradiará una
belleza interior, y mientras lo sientas nada te
entristecerá. Correrías mil kilómetros
para hablar con otro del que supieras que efectivamente
también lo siente, y, sin embargo, cuando llegaras
allí, te encontrarías sin palabras». A
medida que el contemplativo penetra más hondamente en
la nube, el amor llega a guiarle, enseñándole
a elegir a Dios, que no puede ser pensado, entendido o
hallado por ninguna actividad racional. A medida que se
fortalece, llega a tomar posesión de él de tal
forma que domina toda acción. Le ordena que elija a
Dios, y si no sigue su mandato, le hiere y no le deja en paz
hasta que hace su voluntad. Tenemos una hermosa
ilustración de esto en un pasaje de otra obra del
autor que, por desgracia, no aparece en este libro.
Permítaseme citar de Una Carta sobre los Impulsos un
párrafo sobre la calidad dinámica del impulso
ciego del amor:
«Eso mismo que sientes te hará saber
cuándo has de hablar y cuándo has de estar
callado. Y te dirigirá discretamente en toda tu
vida sin mezcla de error, enseñándote
misteriosamente cómo has de comenzar y cesar en
todos tus actos naturales con una grande y soberana
discreción. Si con la gracia puedes mantener esto
habitualmente en continuo ejercicio, cuando te sea
necesario hablar, comer dentro de lo que es normal o
vivir en comunidad, o realizar cualquier otra
acción propia de los cristianos o de la
naturaleza, primero te impulsará suavemente a
hablar o hacer cualquier otra obra de la naturaleza. Y
luego, si no lo haces, punzará como un
aguijón tu corazón sin dejarte reposo, y no
tendrás paz hasta que lo hagas.
De la misma manera, si después de haber estado
hablando o haciendo cualquier otra cosa propia de la
naturaleza, ahora te conviene y debes estar tranquilo
pasando a lo contrario, como, por ejemplo, del ayuno a la
comida, de la soledad a la compañía u otras
obras semejantes, todas ellas de indudable santidad, te
sentirás impulsado a hacerlas».
Por lo que acabamos de decir, podemos ver que el impulso
ciego del amor se convierte en una viva llama que
guía todas las decisiones del contemplativo. Le
impulsa blanda y suavemente a obrar; pero le impele
también a hacer la voluntad de Dios con una cierta
inevitabilidad, de tal forma que es inútil luchar:
parece estar atrapado por algo más fuerte que
él a lo que ha de obedecer aun a riesgo de perder la
paz interior cuando golpea su corazón. Que esta sea
la dirección de Dios mismo lo vemos indicado en La
Nube, donde el autor habla de la acción directiva de
Dios en lo más profundo del alma, donde no puede
entrar ningún espíritu y donde ningún
razonamiento puede hacer impacto. Y esto, repito, es la suma
de la moralidad cristiana. No más fidelidad a la ley
sino sumisión a la dirección del amor.
Además, es precisamente este amor el que da la
sabiduría, el conocimiento más verdadero. En
realidad, el proceso meditacional que nos enseña
nuestro autor inglés podría describirse en
tres etapas. En primer lugar existe el conocimiento claro y
distinto producido por la meditación discursiva. Esta
queda abandonada por la dirección del amor.
Después este amor encuentra la sabiduría. En
otra obra, Tratado del Estudio de la Sabiduría, el
autor describe este proceso con un símil tradicional.
Como la vela encendida se ilumina a si misma y los objetos
de su alrededor, así la luz del amor nos permite ver
tanto nuestra miseria como la gran bondad de Dios:
«Lo mismo que cuando la vela está
encendida puedes ver la vela misma por la luz que sale de
ella, y también las demás cosas, así
cuando tu alma arde en amor de Dios, es decir, cuando
sientes que tu corazón arde en deseos del amor de
Dios, entonces a la luz de su gracia que envía a
tu razón, podrás ver tu indignidad y su
gran bondad. Por tanto... acerca tu vela al fuego»
(S. W 43, 8).
Santo Tomás enseña una doctrina semejante.
Sostiene que un gran amor de Dios hace descender al
Espíritu, según la promesa de Cristo en la
última cena de que si alguien le ama será
amado por el Padre, quien enviaría otro
Paráclito: progreso en la caridad significa, pues,
progreso en la sabiduría. Esta clase de
sabiduría es, creo yo, evidente en las relaciones
humanas, donde el amor puede descubrir una belleza y
potencialidad que la razón sola no puede
encontrar.
Y así el autor se afirma en la corriente de la
tradición que considera la mística como un
asunto de amor entre el novio y la novia, entre Yavé
y su pueblo. Es aquí donde hay que encontrar el
más hondo significado de la mística
occidental.
Dionisio
Este inglés pertenece a la tradición
llamada «apofática» por su tendencia a
acentuar que Dios es mejor conocido por la negación:
podemos saber más sobre lo que no es Dios que sobre
lo que es. Influido por el neoplatonismo, es una doctrina
que debe mucho a Gregorio de Nisa y a Dionisio Areopagita. A
este último se le reconoce al final de su obra:
«Quien lea el libro de Dionisio verá confirmado
en él todo lo que he venido tratando de
enseñar en este libro desde el principio hasta el
final» (p. 139). De la sinceridad de estas palabras da
fe el hecho de que el autor inglés hizo una
traducción de la Teología Mística de
Dionisio, que corre con el nombre de Hid Divinity. Sin
embargo, eruditos recientes han demostrado que tal obra era
menos dionisiana de lo que él mismo suponía.
Una razón de ello es que ningún medieval
logró una visión objetiva de los escritos del
Areopagita. Sólo recientemente ha quedado establecido
con certeza que Dionisio fue un monje sirio de principios
del siglo VI. Para los de la Edad media fue un convertido de
san Pablo que escribe a Timoteo con una autoridad que raya
en la de las Escrituras mismas. Sus escritos influyeron no
sólo en los místicos griegos, especialmente
Máximo el Confesor, en el siglo VIII, sino que
después de la traducción de Juan Escoto
Eriúgena en el 877 tuvieron un impacto incalculable
en toda la Iglesia latina. Se multiplicaron los comentarios;
Tomás de Aquino y Buenaventura no escaparon a la
influencia del Areopagita, incluso Dante cantó las
alabanzas del Areopagita. En consecuencia, el Dionisio que
llegó al autor de La Nube, como el Aristóteles
que a veces llega a los tomistas, venía cargado de
una tradición que ningún medieval
podría haber reconocido. Y fue este Dionisio adornado
el que influyó en nuestro autor inglés. No
oculta, además, el hecho de que no quiere seguir
«la pura letra» del libro de Dionisio; trata de
interpretarlo por si mismo y de echar mano de otros
intérpretes. Es casi seguro que no leyó el
texto original de Dionisio sino que usó la
versión latina de Juan Sarraceno, junto con el
comentario de Thomas Gallus, abad de Vercelli.
Sin embargo, aun concediendo que Dionisio fue bastante
adornado en los años que transcurren entre el siglo
VI y el XlV todavía es cierto que sus ideas
básicas son fundamentales al pensamiento del autor de
La
Nube. Intentaré, pues, hacer un breve resumen de
su doctrina.
Según Dionisio, el hombre puede conocer a Dios de
dos maneras: una por la vía de la razón
(logos) y la otra por la contemplación mística
(mystikon zeama). El conocimiento racional de Dios se
obtiene por medio de la teología especulativa y la
filosofía. Pero el conocimiento místico es
infinitamente superior a este, ya que proporciona un
conocimiento de Dios intuitivo e inefable. De ahí su
nombre de «místico» o
«escondido». Dionisio habla mucho de la
trascendencia de Dios, destacando el hecho de que por el
razonamiento conocemos poco sobre él. Pero nunca
niega el poder de la razón discursiva para darnos
algún conocimiento de Dios, acentuando simplemente la
superioridad del conocimiento místico.
De hecho, enseña dos vías de conocimiento
de Dios por la razón, una afirmativa y otra negativa.
Podemos afirmar de Dios todo bien que puede atribuirse a su
creación diciendo que él es santo, sabio,
benevolente, que es luz y vida. Todas estas cosas vienen de
Dios, de manera que podemos afirmar que la fuente posee sus
perfecciones en su más alto grado. Pero (y este es el
punto que pone de relieve Dionisio) hay también una
forma negativa de saber de Dios, puesto que está por
encima de todas sus criaturas. Es sabio, pero con una
sabiduría diferente de la de los hombres. Su belleza,
su bondad y su verdad son diferentes de las que conocemos.
Por eso, en un sentido, Dios es distinto a todo lo que
conocemos: hemos de grabar en la mente que las ideas que
tenemos de él son totalmente inadecuadas para
contenerle.
Pero hay una manera superior de conocer a Dios.
«Además del conocimiento de Dios, fruto de un
proceso de especulación filosófica y
teológica, existe el más divino conocimiento
de Dios que tiene lugar a través de la ignorancia. En
este conocimiento el intelecto es iluminado por «la
insondable hondura de la sabiduría». Este
conocimiento no se encuentra en los libros ni se obtiene
mediante el esfuerzo humano, pues es un don divino. El
hombre, sin embargo, puede prepararse a recibirlo, y lo hace
por la oración y la purificación. Este es el
consejo de Dionisio:
«A la hora, pues, de intentar la
práctica de la contemplación
mística, has de dejar atrás los sentidos y
las operaciones del intelecto, todo lo que los sentidos y
el intelecto pueden percibir, las cosas que son y las que
no son, y has de adentrarte hacia el no-saber y, en lo
posible, hacia la unión con aquel que está
por encima de todas las cosas y de todo conocimiento. Por
el constante y absoluto abandono de ti mismo y de todas
las cosas, dejando todo y viéndote libre de todo,
te abrirás al rayo de la divina oscuridad que
supera a todo ser» (De myst. Theol., 1,1).
La idea de Dionisio es que los sentidos humanos y el
intelecto son incapaces de llegar hasta Dios y por tanto,
han de «vaciarse» de las criaturas o purificarse a
fin de que Dios pueda derramar su luz sobre ellos. En este
sentido están en completa oscuridad con respecto a
las cosas creadas, pero al mismo tiempo quedan llenos de la
luz de Dios. De ahí que podamos decir que «la
Divina Oscuridad es la luz inaccesible en que, según
se dice, Dios habita». Cuando las facultades
están vacías de todo conocimiento humano,
reina en el alma un «silencio místico» que
la lleva al clímax que es unión con Dios y la
visión de él tal cual es en sí
mismo.
Tal es la doctrina que fluye desde los místicos
apofáticos hasta el tiempo de san Juan de la Cruz. El
punto fundamental es que nuestras facultades ordinarias,
tanto sensibles como intelectuales, son incapaces por si
mismas de representarnos a Dios. Por lo mismo, ha de
abandonarse su uso ordinario. Dios está por encima de
todo lo que podemos representar en nuestra
imaginación o concebir en nuestra mente. Los
capítulos 4 y 5 de la Teología mística
de Dionisio dan un formidable y detallado catálogo de
todas las cosas que no se parecen a Dios. En primer lugar
ninguna cosa sensible semeja a Dios, de manera que
«quitamos de él todas las cosas corporales, y
todas las que pertenecen al cuerpo o a cosas corporales como
son la figura, la forma, la calidad, cantidad, peso,
posición, visibilidad, sensibilidad... Pues él
ni es ninguna de estas cosas ni tiene ninguna de ellas; ni
parcial ni conjuntamente no es ni tiene ninguna de estas
cosas sensibles». Una vez más, no se parece a
nada de cuanto podamos concebir en nuestra mente, y una vez
más, sigue el catálogo de las cosas
espirituales que no se parecen a Dios. Tal es la
teología negativa que subyace a los místicos
apofáticos.
En su versión de la Mystica Theologia, el autor
inglés añade por su cuenta algunas anotaciones
al texto original. La principal de todas es su
inserción del amor como el elemento más
importante de la oración contemplativa.
En esto va más adelante que Dionisio y sigue
probablemente a un escritor anterior, Thomas Gallus, cuyo
comentario debe haber usado. Ya he hablado detenidamente
sobre el énfasis que el autor inglés pone en
el amor. Permítaseme, no obstante, citar un pasaje
más de La Nube en que volvemos a encontrar un acento
dionisiano sobre la incapacidad del conocimiento, unido a un
nuevo y fuerte acento sobre la centralidad del amor:
«Intenta entender este punto; las criaturas
racionales, como los hombres y los ángeles, poseen
dos facultades principales, una facultad de conocer y una
facultad de amar. Nadie puede comprender totalmente al
Dios increado con su entendimiento; pero cada uno, de
maneras diferentes, puede captarlo plenamente por el
amor. Tal es el incesante milagro del amor: una persona
que ama, a través de su amor, puede abrazar a
Dios, cuyo ser llena y trasciende la creación
entera. Y esta obra maravillosa del amor dura para
siempre, pues aquel a quien amamos es eterno».
De este modo, el autor inglés, que comienza en un
marco neoplatónico, se ha adentrado más
hondamente en una contemplación que está llena
del amor cristiano. En ciertos aspectos, su obra puede
considerarse como un himno al amor, lo mismo que la de ese
gran español que cantó: «¡Oh llama
de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma el
más profundo centro ! ».
En este ensayo introductorio he puesto de relieve la
doctrina del amor de nuestro autor no sólo porque es
la clave para entender su pensamiento, sino también
porque es particularmente relevante para nuestros
días, en que la ciencia está explorando los
«estados alterados de la conciencia», que no son
muy distintos de los estados a los que apunta el
místico. No hay por qué hablar aquí de
bio-retroalimentación, del control de la mente, de
las drogas, ni de otras técnicas que transportan a la
gente más allá del pensamiento hacia la
conciencia silenciosa e intuitiva.
Lo que distingue a la contemplación
enseñada por el autor inglés y otros
místicos cristianos es la centralidad del amor.
Motivada por el amor es una respuesta a una llamada que
termina en un ágape mutuo y cualquier cambio de
conciencia no es más que una consecuencia de este
puro impulso del amor.
El fondo
histórico
Creo que el lector está ya ansioso de saber algo
más sobre este autor. Por desgracia, los datos son
mínimos y poco podemos decir. Sin duda, la mejor
manera de conocerlo es leer sus obras, donde, como siempre,
el estilo es el hombre. A pesar de los muchos intentos,
nadie ha conseguido darle un nombre; tampoco sabemos a
qué orden religiosa perteneció, si es que
realmente fue religioso. Hasta tal punto llegó su
humilde deseo de permanecer anónimo. Los manuscritos
de sus obras son, sin embargo, numerosos; el más
antiguo de los manuscritos data de principios del siglo XV
Puesto que el autor parece haber conocido la obra de Richard
Rolle, y Walter Hilton parece haberle conocido a él,
los historiadores concluyen que debió escribir en los
últimos años del siglo XIV Ello está
corroborado por su estilo, que, además, indica que
los tratados están escritos en las tierras centrales
del nordeste.
Pertenece a un siglo famoso en los anales de la
espiritualidad por los nombres de Richard Rolle, Juliana de
Norwich y Walter Hilton en Inglaterra; por el maestro
Eckhart, Juan Taulero y Enrique Suso en Alemania; por Jan
van Ruysbroeck en Flandes; por Jacopone da Todi y Catalina
de Siena en Italia. Es una época vinculada a los
nombres de Ángela de Foligno y Tomás de
Kempis, una edad, en fin, en que, a pesar de las
convulsiones y de los inminentes presagios de tormenta,
Europa era profundamente religiosa.
La fe penetraba hasta el fondo de los corazones del
pueblo e influía no sólo su arte, su
música y literatura, sino todos los aspectos de su
vida.
La alegre Inglaterra estaba saturada de una fe religiosa
que irrumpe en Piers Plowman y en Canterbury Tales. Chaucer
puede reírse con buen humor de las debilidades de
monjas y frailes, pero aceptaba la religión
establecida con espíritu sumiso. Tal era la sociedad
en que el autor de La Nube vivió y escribió:
tanto él como su público daban por buena una
Iglesia, una fe y una vida sacramental que ya no son
aceptadas sin cuestionárselo por muchos de sus
lectores de hoy.
Fue, pues, un medieval perfecto, anclado en el
espíritu de su tiempo e incluso de su
tradición. Tantas palabras, frases e ideas suyas se
encuentran también en La Imitación de Cristo,
De Adhaerendo Deo, en los escritos de los místicos de
las orillas del Rin y en otros tratados devocionales de la
época que uno lo ve inmediatamente como parte de la
gran corriente de la espiritualidad medieval. Estaba
también al tanto de lo que se decía y pensaba
en la cristiandad, pues no existía ningún
«espléndido aislamiento» en aquel tiempo.
Los monjes ingleses y los sabios frecuentaban los grandes
centros del saber diseminados por Europa.
Si necesitáramos pruebas de su carácter
tradicionalista, no tendríamos más que citar
su constante alusión no sólo a la Escritura
sino también a Agustín, Dionisio, Gregorio,
Bernardo, Tomás de Aquino, Ricardo de San
Víctor y demás. La modestia y el miedo a la
vanidad le prohíben citar ampliamente a estos autores
con alguna extensión, pero no puede evitar el
referirse a sus obras y reflexionar sobre su pensamiento. Y
una vez más, la riqueza de la tradición
latente en sus escritos aparece en las figuras e
ilustraciones que llenan sus páginas. La misma
«nube del no-saber», el motivo Marta-María,
la figura de Moisés que sube a la montaña, la
noción del alma como espejo en el que puede ver a
Dios, la comparación de la oración
mística con el sueño, «el puro impulso de
la voluntad», «el casto y perfecto amor de
Dios», «el punto soberano del
espíritu», todas ellas, expresiones tan
impregnadas de tradición y usadas por tantos autores
cristianos que es casi imposible afirmar
categóricamente de quién toma prestado el
autor inglés o de quién saca fundamentalmente
su inspiración.
Pero cuando se llega a estudiar a este autor en su marco
histórico, surge otro problema que es necesario
mencionar aquí: su sorprendente semejanza con san
Juan de la Cruz. No pocos comentaristas se han percatado de
esto, llamando al autor inglés un san Juan de la Cruz
de dos siglos antes que él. Pues la verdad es que
casi todos los detalles de su doctrina tienen su paralelismo
en el místico español posterior, y no
sólo la doctrina sino también las palabras y
frases son en muchos casos idénticas.
¿Cómo explicar esta afinidad digna de tenerse en
cuenta?
No es imposible que el místico español
leyera la versión de La Nube que pudo haber circulado
en el continente europeo de su época. Sea lo que
fuere, parece claro que ambos escritores pertenecen a la
misma tradición espiritual. A través de sus
páginas hablan Agustín, Dionisio, Los
Victorinos, Taulero, Ruysbroeck y demás; y sabemos,
también, que ambos eran tomistas declarados. Es,
pues, la gran corriente de una tradición común
la que ha tomado los espíritus de estos dos hombres,
Los dos forman parte de una corriente mística que ha
fluido a través de la cultura cristiana, rompiendo
las barreras de tiempo y espacio que separan la Inglaterra
del siglo XIV y la España del siglo XVI. Sus potentes
olas no han perdido fuerza ni siquiera en el siglo XX.
En las notas he dado una lista de las citas de las obras
de san Juan de la Cruz. No quieren ser exhaustivas, pero son
suficientes para demostrar que ambos escritores pertenecen a
la misma tradición. Y quizá ellos nos ayuden a
refutarla teoría, sugerida a veces, de que el autor
inglés fue un rebelde, un extraño a la
tradición, innovador sospechoso y heterodoxo. Nada
más lejos de la verdad. Es el místico
occidental más representativo, un guía seguro
tanto en el siglo XX como en el XIV Y su orientación
será altamente valiosa tanto para los que siguen la
oración tradicional como para los que practican la
meditación trascendental u otras formas
contemplativas recientemente importadas de Oriente.
Respecto a la
edición inglesa
Diré, finalmente, una palabra sobre esta
edición, que es un esfuerzo para hacer accesible e
inteligible al mundo moderno el pensamiento del autor. Y de
modo particular al lector actual que desee practicar la
forma de oración aquí descrita. He usado como
base el texto critico verdaderamente excelente del profesor
Phyllis Hodgson: The Cloud of Unknowing y The Book of Priv y
Counseling, edición tomada de los manuscritos, con
introducción, notas y glosario, Oxford University
Press, 1944 (reimpresión 1958). Sólo una vez
me he apartado de este texto. Es al final de El Libro de la
Orientación Particular Mi último
párrafo no se encuentra en la edición del
profesor Hodgson. Aparece, sin embargo, en algunos
manuscritos tardíos y lo he incluido en mi
edición, porque creo que sin él el libro
termina con bastante brusquedad.
Por lo que se refiere a las citas de la Escritura, me he
servido de la versión de Donay cuando la
exégesis del autor parecía exigirlo. En otros
casos me he valido de traducciones modernas.
He mantenido el título de El Libro de la
Orientación Particular (The Book of Priv y
Counseling), en parte porque creo que no hay por qué
discutir el titulo de un clásico y, en parte, porque
es más o menos intraducible. Además, la
palabra «counseling, «orientación»,
como he señalado ya, tiene pleno sentido para la
gente de nuestro tiempo. Por lo que respecta a la palabra
«privy», «particular», supone por una
parte que la carta no va dirigida a cualquiera sino
sólo a los que quieran entender y también, que
el contenido es íntimo y confidencial. Pienso que
ambos sentidos se mantienen mejor conservando la palabra
original.
Las divisiones de capítulos de El Libro de la
Orientación Particular son mías. El texto
original es de una pieza y no tiene capítulos.
Creí, sin embargo, que esta edición seria
más fácil de leer dividiendo el texto
más o menos en la misma forma que La Nube.
Concluiré haciendo mías las palabras del
autor: «Me despido de ti con la bendición de
Dios y la mía. Que Dios te dé a ti y a todos
los que le aman la verdadera paz, la orientación
sabia y prudente, y su alegría interior en la
plenitud de la gracia. Amén».
William Johnston
Universidad de Sophia, Tokyo, sept. 1973
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