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An�nimo
ingl�s - La nube del no-saber
(�ndice)
30
Quién
tiene el derecho de juzgar y censurar
las faltas de los demás
Pero, podemos preguntar, ¿hay alguien que pueda
juzgar la vida de otro hombre?
Si, naturalmente, el que tiene la autoridad y la
responsabilidad del bien espiritual de los demás
puede con todo derecho censurar las obras de los hombres. Un
hombre puede recibir oficialmente este poder por medio de un
decreto y la ordenación de la Iglesia, o es posible
que el Espíritu Santo pueda inspirar a un individuo
particular bien fundado en el amor el asumir este oficio.
Pero que cada uno esté muy atento a no arrogarse a
sí mismo el deber de censurar las faltas de los
demás, porque está expuesto a un gran error.
Otra cuestión es si en la contemplación un
hombre realmente es inspirado a hablar.
Por eso te advierto que lo pienses dos veces antes de
emitir un juicio sobre la vida de los demás hombres.
En la intimidad de tu propia conciencia júzgate a ti
mismo como te ves delante de Dios o ante tu padre
espiritual, pero no te metas en la vida de los
demás.
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31
-
Cómo
han de conducirse los
principiantes
en la
contemplación con respecto a sus
pensamientos
-
e
inclinaciones al pecado
Cuando creas que has hecho lo que has podido para
enmendar tu vida de acuerdo con las leyes de la Iglesia,
entrégate apasionadamente a la actividad
contemplativa. Y si el recuerdo de tus pecados pasados o la
tentación de cometer otros nuevos rondara tu mente,
formando un obstáculo entre ti y tu Dios,
aplástalos con tus pies y pasa con decisión
por encima de ellos. Intenta sepultar el pensamiento de
estas obras bajo la espesa nube del olvido como si tú
o cualquier otro nunca las hubiera realizado. En una
palabra: tan pronto como surjan estos pensamientos,
habrás de rechazarlos. Si llegares a sentirte
duramente fatigado probablemente comenzarás a
investigar las técnicas, los métodos y las
secretas sutilezas de las ciencias ocultas para que te
ayuden a controlarlos. Pero, créeme, las
técnicas para controlar tus pensamientos se aprenden
mejor de Dios a través de la experiencia que de
cualquier hombre en esta vida.
-
-
32
- De dos
recursos espirituales que pueden
aprovechar
- a los
principiantes en la
contemplación
Te hablaré también un poco sobre dos
técnicas para dominar las distracciones.
Pruébalas y mejóralas si puedes.
Cuando te sientas molestado por pensamientos
impertinentes, trata de no enterarte de su presencia ni de
cómo se han colado entre ti y tu Dios. Mira
más allá de ellos -por encima de sus hombros,
como si dijéramos- como si estuvieras contemplando
algo distinto, como así es en verdad. Pues más
allá de ellos está oculto Dios en la oscura
nube del no-saber Haz esto y estate seguro de que pronto te
sentirás aliviado de la angustia que te producen. Te
puedo garantizar la ortodoxia de esta técnica, porque
en realidad significa un anhelo hacia Dios, un ansia de
verlo y gustarlo en cuanto es posible en esta vida. Y un
deseo como este ya es amor, que siempre trae paz.
Existe otra estrategia que deberías intentar
también. Cuando te sientas totalmente exhausto de
luchar contra tus pensamientos, dite a ti mismo: «Es
inútil luchar más con ellos», y
después ríndete a sus pies como un cobarde o
cautivo. Pues, al hacer esto, te encomiendas a Dios en medio
de tus enemigos y admites la radical impotencia de tu
naturaleza. Te aconsejo que recuerdes esta estratagema
particular, pues al emplearla te haces completamente
dócil en las manos de Dios. Y ciertamente, cuando
esta actitud es auténtica, equivale a un
autoconocimiento, ya que te ves a ti mismo como realmente
eres, una miserable y corrompida criatura, menos que nada
sin Dios. Es, en realidad, una humildad experiencial. Cuando
Dios te ve apoyado sólo en esta verdad, no puede
menos que apresurarse a ayudarte desquitándose en tus
enemigos. Luego como padre que corre a rescatar a su hijo
pequeño de las mandíbulas del jabalí o
de los osos salvajes, te cogerá y te
estrechará en sus brazos, enjugando tiernamente tus
lágrimas
espirituales.
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33
-
Que la
persona se purifica de sus
pecados
particulares
y de sus consecuencias por medio
-
de la
contemplación; sin embargo, nunca
llega
a la
seguridad perfecta en esta vida
No entraré ahora directamente en otras
técnicas. Si dominas estas, creo que estarás
más capacitado para enseñarme a mi que yo a
ti. Pues, a pesar de que todo lo que te he dicho es cierto,
estoy muy lejos de ser un experto en ellas. Por eso espero
sinceramente que me puedas ayudar progresando tú
mismo en ellas.
Te animo a que te mantengas durante algún tiempo
en esta tarea y si no puedes dominar inmediatamente estas
técnicas, aguanta pacientemente el sufrimiento de las
distracciones. Pero tu sufrimiento pasará y Dios
comenzará a enseñarte sus propios
métodos por medio de su gracia y a través de
la experiencia. Entonces sabré que has sido
purificado del pecado y de sus efectos; de los efectos de
tus propios pecados personales, es decir, no de los del
pecado original. Pues las secuelas del pecado original te
asediarán hasta la tumba, a pesar de tus esfuerzos.
No te molestarán tanto, sin embargo, como los efectos
de tus pecados personales. Has de comprender, no obstante,
que en esta vida no podrás vivir sin gran angustia.
Por lo que respecta al pecado original, cada día te
traerá alguna nueva tentación al mal que
habrás de derribar y cercenar con la vehemente espada
de doble filo del discernimiento. La experiencia te
enseñará que en esta vida no hay absoluta
seguridad ni paz duradera.
Pero no cedas nunca ni te pongas demasiado nervioso por
la posible caída. Pues si tienes la gracia de dominar
los efectos de tus pecados personales con la ayuda de los
recursos que he descrito (o si puedes con otras formas
mejores), confía en que los efectos del pecado
original y demás tentaciones que puedan derivarse de
ellos apenas habrán de impedir tu
crecimiento.
-
34
- Que Dios
da el don de la contemplación
libremente
- y sin
recurrir a métodos; los métodos
solos
- nunca
pueden suscitarla
Si me preguntas ahora cómo se ha de proceder para
realizar la obra contemplativa del amor, me pones en un
aprieto. Todo lo que puedo decir es que pido a Dios
todopoderoso que en su gran bondad y dulzura te
enseñe él mismo. Pues debo admitir con toda
honradez que yo no lo sé. Y no te has de
extrañar, pues es una actividad divina y Dios puede
realizarla en cualquiera que elija. Nadie puede merecerla.
Por paradójico que pueda parecer, ni siquiera puede
ocurrírsele a persona alguna -no, ni a un
ángel ni a un santo- el desear el amor de
contemplación en caso de que no estuviera ya vivo en
él. Creo también que, con frecuencia, llama el
Señor deliberadamente a trabajar en esta obra a los
que han sido pecadores habituales con preferencia a aquellos
que, en comparación, nunca le ofendieron gravemente.
Sí, parece que lo hace con mucha frecuencia. Pues
pienso que quiere hacernos comprender que es todo
misericordia y poder, y que es perfectamente libre para
obrar como, donde y cuando le plazca.
No da, sin embargo, su gracia ni realiza esta obra en una
persona que no tenga aptitud para ella. Pero una persona que
no tiene capacidad de recibir su gracia no la
alcanzará tampoco a través de sus propios
esfuerzos. Nadie, ni pecador ni inocente, puede conseguirla.
Pues esta gracia es un don, y no se da a la inocencia ni es
negada al pecado. Advierte que digo negada, no retirada.
Cuidado con el error aquí, te lo suplico. Recuerda
que cuanto más cerca está el hombre de la
verdad, más sensible ha de ser al error. La
advertencia que hago es correcta, pero si ahora no puedes
captarla, déjala hasta que Dios te ayude a
entenderla. Haz como te digo y no te devanes los sesos.
¡Alerta con el orgullo! Es una blasfemia contra Dios
en sus dones y hace al pecador temerario. Si fueras
realmente humilde entenderías lo que intento decir.
La oración contemplativa es don de Dios, totalmente
gratuito. Nadie puede merecerlo. Corresponde a la naturaleza
de este don el que, quien lo recibe, reciba también
la aptitud correspondiente. Nadie puede tener la aptitud sin
el don mismo. La aptitud para esta obra se identifica con la
obra misma; son idénticas. Quien experimenta la
acción de Dios en lo hondo de su espíritu
tiene la aptitud para la contemplación y no otra
cosa. Sin la gracia de Dios una persona sería tan
insensible a la realidad de la oración contemplativa
que seria incapaz de desearla o buscarla. La posees en la
medida en que deseas poseerla, ni más ni menos. Pero
nunca deseas poseerla hasta que aquel que es inefable e
incognoscible te mueve a desear lo inefable e incognoscible.
No seas curioso por saber más, te lo suplico.
Sé constantemente fiel a esta obra hasta que llegue a
ser toda tu vida.
Para expresarlo de una manera más simple, deja que
la gracia misteriosa actúe en tu espíritu como
quiera y síguela donde te lleve. Que ella sea el
agente activo y tú el receptor pasivo. No te
interfieras con ella (como si te fuera posible aumentar la
gracia), más bien déjala actuar, no sea que la
estropees totalmente. Tu parte es la de la madera con
respecto al carpintero o la casa en relación al que
la habita. Permanece ciego durante este tiempo desechando
todo deseo de conocer, ya que el conocimiento es aquí
un obstáculo. Conténtate con sentir
cómo se despierta suavemente en lo hondo de tu
espíritu esta gracia misteriosa. Olvídate de
todo excepto de Dios y fija en él tu puro deseo, tu
anhelo despojado de todo interés propio.
Si esto de que hablo forma parte de tu experiencia,
entonces llénate de confianza porque realmente es
Dios, y él solo, quien despierta tu voluntad y deseo.
Él no necesita técnicas ni tu asistencia. No
tengas miedo del maligno, pues él no se atreve a
acercarse a ti. Por astuto que sea, es incapaz de violar el
santuario interior de tu voluntad, si bien algunas veces
puede atentarlo por medios indirectos. Ni siquiera un
ángel puede tocar directamente tu voluntad.
Sólo Dios puede entrar aquí.
Estoy tratando de aclarar con palabras lo que la
experiencia enseña más convenientemente: que
las técnicas y métodos son en última
instancia inútiles para despertar el amor
contemplativo.
Es inútil venir a esta actividad armado con ellos.
Pues todos los buenos métodos y medios dependen de
él, mientras que él no depende de nada.
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35
-
De la
«lectura», el «pensamiento» y la
«oración»,
tres
h�bitos que ha de desarrollar el principiante
-
en la
contemplación
No obstante, todo aquel que aspira a la
contemplación ha de cultivar el Estudio, la
Reflexión y la Oración, o dicho de otra
manera, la lectura, el pensamiento y la oración.
Otros han escrito sobre estas disciplinas con más
detenimiento de lo que yo puedo hacer aquí, por eso
no hay necesidad de que trate de ellas ahora en detalle.
Pero diré esto a los que puedan leer este libro,
tanto principiantes como un poco avanzados (aunque no a los
muy expertos en la contemplación): estas tres cosas
son tan interdependientes que es imposible pensar sin
primero leer o -lo que es lo mismo- haber oído leer a
otros. Pues la lectura y la audición son realmente
una misma cosa; los sacerdotes aprenden leyendo libros y los
no letrados aprenden de los sacerdotes que predican la
palabra de Dios. Los principiantes y los poco avanzados que
no se esfuerzan por meditar la palabra de Dios no
deberían sorprenderse si son incapaces de orar. La
experiencia confirma esto.
La palabra de Dios, hablada o escrita, es como un espejo.
La razón es tu ojo espiritual, y la conciencia tu
semblante espiritual. Y así como empleas un espejo
para detectar un defecto en tu persona -y sin un espejo o
alguien que te diga dónde está la mota no
podrías descubrirla-, de la misma manera, en el orden
espiritual, sin la lectura o la audición de la
palabra de Dios, el hombre, ciego espiritualmente a causa de
su pecado habitual, es incapaz de ver la mancha en su
conciencia.
Cuando una persona descubre en el espejo -o se entera por
otra- que su cara está sucia, va inmediatamente a la
fuente y se lava. De la misma manera, cuando un hombre de
buena voluntad se ve a si mismo reflejado por las Escrituras
o por la predicación de otros y se da cuenta de que
su conciencia está manchada, corre inmediatamente a
limpiarse. Si es una mala obra particular la que descubre,
entonces la fuente que ha de buscar es la Iglesia y el agua
que ha de aplicarse es la Confesión según la
costumbre de la Iglesia. Pero si es la raíz ciega y
la tendencia al pecado lo que ve, entonces la fuente que
debe buscar es el Dios de toda misericordia y el agua que ha
de emplear es la oración con todo lo que esto
supone.
Por eso quiero que entiendas con claridad que para los
principiantes y los poco avanzados en la
contemplación, la lectura o la escucha ponderada de
la palabra de Dios ha de ser lo primero, ya que sin un
tiempo consagrado a la reflexión seria no puede haber
oración genuina.
-
-
36
- Del modo
de meditar propio de los
contemplativos
Los que, sin embargo, están continuamente ocupados
en la contemplación, experimentan todo esto de modo
diferente. Su meditación se parece más a una
intuición repentina o a una oscura certeza. Intuitiva
y repentinamente se darán cuenta de sus pecados o de
la bondad de Dios, pero sin haber hecho ningún
esfuerzo consciente para comprender esto por medio de la
lectura u otros medios. Una intuición como esta es
más divina que humana en su origen.
De hecho, en este punto no me importa que dejes de
meditar tanto en tu naturaleza caída como en la
bondad de Dios. Supongo, naturalmente, que estás
movido por la gracia y que has pedido consejo para dejar
atrás estas prácticas. Pues entonces basta con
centrar tu atención en una simple palabra tal como
pecado o Dios (u otra que prefieras), y sin la
intervención del pensamiento analítico puedes
permitirte experimentar directamente la realidad que
significa. No emplees la inteligencia lógica para
examinar o explicarte esta palabra, ni consientas ponderar
sus diferentes sentidos, como si todo ello te permitiera
incrementar tu amor. No creo que el razonamiento ayude nunca
en la contemplación. Por eso te aconsejo que dejes
estas palabras tal cual, como un conjunto, por así
decirlo.
Cuando pienses en el pecado, no te refieras a ninguno en
particular; sino sólo a ti mismo, y tampoco a nada
particular en ti mismo. Creo que esta oscura conciencia
global del pecado (refiriéndote sólo a ti
mismo, pero de una manera indefinida, como a conjunto) puede
incitarte a la furia de un animal salvaje enjaulado.
Cualquiera que te observe, sin embargo, no notará
ningún cambio en tu expresión y
supondrá que estás perfectamente tranquilo y
en orden. Sentado, caminando, echado, descansando, de pie o
de rodillas aparecerás completamente relajado y en
paz.
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37
- De la
oración personal propia de los
contemplativos
El experto contemplativo, pues, no depende del
razonamiento discursivo del mismo modo que los principiantes
y los poco avanzados. Sus conocimientos surgen
espontáneamente sin la ayuda del proceso intelectual,
como intuiciones directas de la verdad. Algo similar puede
decirse también de su oración. Hablo de su
oración personal, no del culto litúrgico de la
Iglesia, aunque no quiero dar a entender que se desprecia la
oración litúrgica. Por el contrario, el
verdadero contemplativo tiene la más alta estima de
la liturgia y es cuidadoso y exacto en su
celebración, siguiendo la tradición de
nuestros padres. Pero estoy hablando ahora de la
oración privada y personal del contemplativo. Esta,
lo mismo que su meditación, es totalmente
espontánea y no depende de métodos
específicos de preparación.
Los contemplativos raras veces oran con palabras, y si lo
hacen, son pocas. En realidad, cuanto menos mejor. Y
además una palabra monosílaba es más
adecuada a la naturaleza espiritual de esta obra que las
largas. Pues desde ahora el contemplativo se ha de mantener
continuamente presente en el más profundo e intimo
centro del alma.
Déjame ilustrar lo que digo con un ejemplo tomado
de la vida real. Si un hombre o mujer, aterrorizado por un
repentino desastre, toca el límite de sus
posibilidades personales, concentra toda su energía
en un gran grito de auxilio. En circunstancias extremas como
esta, una persona no se entrega a muchas palabras, ni
siquiera a las más largas. Por el contrario,
reuniendo toda su fuerza, expresa su desesperada necesidad
en un grito agudo: «¡Socorro!". Y con esta
exclamación suscita efectivamente la atención
y la asistencia de los demás.
De manera semejante, podemos entender la eficacia de una
palabrita interior, que no llega a pronunciarse o pensarse,
pero que surge desde lo hondo del espíritu de un
hombre y que es la expresión de todo su ser. (Por lo
hondo o profundidad entiendo lo mismo que altura, pues, en
el ámbito del espíritu, altura y profundidad,
largura y anchura, es lo mismo). Por eso esta simple
oración que prorrumpe desde lo hondo de tu
espíritu mueve el corazón de Dios todopoderoso
con más seguridad que un largo salmo recitado
mecánicamente en voz baja.
Este es el significado de aquel dicho de la Escritura:
«Una breve oración penetra los cielos».
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38
- Cómo
y por qué una breve oración penetra los
cielos
¿Por qué supones que esta breve
oración es tan poderosa como para penetrar los
cielos? Sin duda, porque es la oración de todo el ser
del hombre. Un hombre que ora como este, ora con toda la
altura y profundidad, la largura y la anchura de su
espíritu. Su oración es alta porque ora con
todas las fuerzas de su espíritu; es profunda, porque
ha reunido todo su pensamiento y comprensión en esta
palabrita; es larga, porque si este sentimiento pudiera
durar estaría gritando siempre como lo hace ahora; es
ancha, porque con preocupación universal desea para
todos lo que desea para si mismo.
Con esta oración la persona llega a comprender con
todos los santos la largura y la anchura, la altura y la
profundidad del Dios eterno, misericordioso, omnipotente y
omnisciente, como dice san Pablo. No totalmente, por
supuesto, sino parcialmente y de esa manera oscura,
característica del conocimiento contemplativo. La
largura habla de la eternidad de Dios, la anchura de su
amor, la altura de su poder y la hondura de su
sabiduría. No ha de extrañarnos, pues, que
cuando la gracia transforma de esta manera a una persona a
imagen y semejanza de Dios, su creador, su oración
sea oída tan rápidamente. Y estoy seguro de
que Dios oirá y ayudará siempre a todo hombre
que ore como este; sí, aun cuando sea pecador y, por
así decirlo, enemigo de Dios. Pero si su gracia le
mueve a lanzar este angustiado grito desde la profundidad y
la altura, la largura y la anchura de su ser, Dios le
escuchará.
Dé jame ilustrar lo que estoy diciendo con otro
ejemplo. Imagínate que en medio de la noche oyes
gritar a tu peor enemigo con todo su ser
«¡Socorro!» o «¡Fuego!». Aun
cuando este hombre fuera tu enemigo, ¿no te
moverías de compasión por la agonía de
ese grito y te lanzarías a ayudarle? Si, por supuesto
que lo harías. Y aunque estuvieras en lo más
crudo del invierno te apresurarías a apagar el fuego
o a calmar su angustia. ¡Dios mío! Si la gracia
puede transformar de tal manera a un hombre hasta el punto
de poder olvidar el odio y tener tal compasión por su
enemigo, ¿qué no deberemos esperar de Dios
cuando oiga gritar a una persona desde lo más alto y
más bajo, desde lo largo y ancho de su ser? Pues Dios
es por naturaleza la plenitud de cuanto nosotros somos por
participación. La misericordia de Dios pertenece a la
esencia de su ser; por eso decimos que es todo misericordia.
Con toda seguridad, pues, podemos esperar confiadamente en
él.
-
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39
-
Cómo
ora el contemplativo avanzado;
qué
es la oración; y qué palabras son las
más
-
adecuadas
a la naturaleza de la oración
contemplativa
Hemos de orar, pues, con toda la intensidad de nuestro
ser en su altura y profundidad, en su largura y anchura. Y
no con muchas palabras sino con una palabrita.
Pero ¿qué palabra emplearemos? Ciertamente,
la palabra más apropiada es aquella que refleja la
naturaleza de la oración misma. ¿Y qué
palabra es esa? Bueno, tratemos primero de determinar la
naturaleza de la oración y luego quizá estemos
en mejores condiciones de decidir.
En si misma, la oración es simplemente una
apertura reverente y consciente a Dios, llena del deseo de
crecer en bondad y de superar el mal. Y ya sabemos que todo
mal, sea por instigación o por obra, se resume en una
palabra: «pecado». Por eso, cuando deseamos
ardientemente orar para la destrucción del mal no
debemos decir, pensar y significar otra cosa que esta
palabra: «pecado». No se necesitan otras palabras.
Y cuando queramos pedir la bondad, que todo nuestro
pensamiento y deseo esté contenido en esta
pequeña palabra: «Dios». No se necesita
nada más, ni otras palabras, pues Dios es el
compendio de todo bien. Él es la fuente de todo bien,
pues constituye su verdadero ser.
No te sorprendas de que ponga estas palabras por encima
de todas las demás. Si supieras que hay otras
palabras más pequeñas y que expresaran tan
adecuadamente todo lo que es bueno y malo, o que Dios me
hubiere enseñado otras, ciertamente las
usaría. Y te aconsejo que tú hagas lo mismo.
No te turbes investigando la naturaleza de las palabras, de
lo contrario nunca te pondrás a la tarea de aprender
a ser contemplativo. Te aseguro que la contemplación
no es fruto de estudio sino un don de la gracia.
Aun cuando he recomendado estas dos palabritas, no tienes
por qué hacerlas tuyas si la gracia no te indina a
elegirías. Pero si por la atracción de la
gracia de Dios encuentras que tienen significado, entonces
fíjalas por todos los medios en tu mente siempre que
te sientas arrastrado a orar con palabras, porque son cortas
y simples. Si no te sientes inclinado a orar con palabras,
entonces olvídate también de estas.
Creo que
encontrar�s que la simplicidad en la oraci�n, que tan vivamente te
he recomendado, no impedir� su frecuencia, porque, como expliqu�
arriba, esta oraci�n se hace en la largura del esp�ritu, lo que
significa que es incesante, hasta que recibe respuesta. Nuestra
ilustraci�n confirma esto. Cuando una persona est� aterrorizada y en
gran zozobra, se encontrar� gritando ��Socorro!� o ��Fuego!�, hasta
que alguien oiga su grito y acuda en su auxilio.
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