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An�nimo
ingl�s - La nube del no-saber
(�ndice)
40
Que
durante la contemplación la persona da de
lado
toda
meditaci�n sobre la naturaleza de la virtud
y del
vicio
Como ya he explicado, has de sumergir tu ser en la
realidad espiritual significada por la palabra
«pecado», no insistiendo, sin embargo, en una
clase particular de pecado tal como el orgullo, la ira,
envidia, codicia, pereza, gula, lujuria o cualquier otro
pecado, sea mortal o venial. Pues, para un contemplativo,
¿qué importa la clase o la gravedad del pecado?
A la luz de la contemplación cualquier cosa que le
separa de Dios, por leve que sea, aparece como un mal atroz
y le roba la paz interior.
Trata de experimentar el pecado como un conjunto de algo,
entendiendo que eres tú mismo, pero sin definirlo con
precisión. Luego grita en tu corazón esta
única palabra: «pecado»,
«pecado», «pecado», o
«socorro», «socorro»,
«socorro». Dios puede enseñarte lo que
quiero decir por medio de la experiencia mucho mejor de lo
que puedo hacerlo con palabras. Pues lo mejor es que esta
palabra sea totalmente interior sin un pensamiento definido
o un sonido real. En ocasiones, te sentirás tan
saturado de lo que es el pecado, que la tristeza y el peso
del mismo se extenderá por todo tu cuerpo y alma,
hasta llegar a exclamar la misma palabra.
Todo esto es igualmente cierto de la palabra
«Dios». Sumérgete en la realidad espiritual
de que te habla, pero sin ideas precisas de las obras de
Dios, sean grandes o pequeñas, espirituales o
materiales. No consideres ninguna virtud en particular que
Dios pueda enseñarte con su gracia, sea la humildad,
la caridad, paciencia, abstinencia, esperanza, fe,
moderación, castidad o pobreza evangélica.
Porque, en cierto sentido, para el contemplativo todas son
lo mismo. Él encuentra y experimenta todas ellas en
Dios, quien es la fuente y esencia de toda bondad. El
contemplativo ha llegado a comprender que si posee a Dios,
posee todos los bienes, y por eso no desea nada en
particular sino sólo al buen Dios mismo. Y tú
también debes hacerlo así, en cuanto te es
posible con su gracia. Que esta palabra represente para ti a
Dios en toda su plenitud y nada más que la plenitud
de Dios. Que nada sino Dios predomine en tu mente y en tu
corazón.
Y dado que, mientras vivas en esta vida mortal,
habrás de sentir en alguna medida el peso del pecado
como parte y parcela de tu ser, sé lo suficientemente
prudente para alternar entre estas dos palabras:
«Dios» y «pecado». Acuérdate de
este principio general: si posees a Dios te verás
libre del pecado, y cuando estás libre del pecado
posees a Dios.
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-
41
-
Que en
todo, excepto en la
contemplación,
la persona
ha de ser moderada
Si me preguntas ahora qué clase de
moderación has de observar en la obra de la
contemplación, te responderé lo siguiente:
ninguna. En todo lo demás, como el comer, beber y
dormir, la moderación es la regla. Evita los extremos
de calor y frío; guárdate contra el exceso por
más o por menos en la lectura, la oración o el
compromiso social. En todas estas cosas, repito, sigue el
sendero del medio. Pero en el amor no guardes medida. En
realidad, desearía que nunca cesaras en esta obra del
amor.
Has de darte cuenta, en efecto, de que en esta vida te
será imposible continuar en esta obra con la misma
intensidad durante todo el tiempo. La enfermedad, los
achaques del cuerpo y del espíritu y otras
innumerables necesidades de la naturaleza te dejarán
indispuesto y apartado de sus alturas. Al mismo tiempo, sin
embargo, te aconsejo que te mantengas siempre con buen
ánimo y si quieres, con alegría. Lo que quiero
decir es que con el deseo puedes permanecer en ella aun
cuando interfieran otras cosas. Por amor de Dios, evita,
pues, la enfermedad en cuanto te sea posible, a fin de que
no seas responsable de una enfermedad innecesaria.
Te hablo seriamente cuando digo que esta obra exige una
disposición relajada, sana y vigorosa tanto de cuerpo
como de espíritu. Por amor de Dios,
disciplínate en el cuerpo y en el espíritu a
fin de mantener tu salud el mayor tiempo posible. Pero si, a
pesar de tus mejores esfuerzos, la enfermedad te domina,
sé paciente en soportarla y espera con humildad la
misericordia de Dios. Esto basta. En efecto, tu paciencia en
la enfermedad y en la aflicción puede ser a menudo
más grata a Dios que los tiernos sentimientos de
devoción en tiempos de salud.
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42
-
Que no
teniendo moderación en la
contemplación,
el hombre
puede llegar a la perfecta
moderación
-
en todo lo
demás
Quizá estés preguntándote ahora
cómo determinar la medida adecuada en la comida, la
bebida, el sueño y demás. Te contestaré
brevemente: conténtate con aceptar las cosas
según vienen. Si te entregas generosamente a la obra
del amor, estoy seguro de que sabrás cuándo
has de comenzar y terminar cualquier otra actividad. No
puedo creer que una persona entregada con toda su alma a la
contemplación pueda errar por exceso o por defecto en
estos asuntos externos, a menos que sea una persona que
siempre yerre.
¡Ojalá yo pudiera estar siempre preocupado y
ser fiel a la obra del amor en mi corazón! Dudo que
entonces me preocupase mucho de mi comida, bebida,
sueño y conversación. Pues ciertamente se
consigue antes moderación en estas cosas por
despreocupación de las mismas que a través de
una introspección angustiosa, como si esta ayudara a
determinar la medida adecuada. Con seguridad nada de lo que
haga o diga puede realmente conseguirlo. Que otros digan lo
que quieran; la experiencia es mi testigo.
Por eso te digo, una vez más, eleva tu
corazón con un ciego impulso de amor, consciente ora
del pecado, ora de Dios, deseando a Dios y detestando el
pecado. A este lo conoces demasiado bien, pero tu deseo
tiende hacia Dios. Pido que el buen Dios venga en tu ayuda,
pues al llegar a este punto le necesitarás
muchísimo.
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43
-
Que el
hombre ha de perder la conciencia
radical
de
concentración en su propio
ser,
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si es que
quiere llegar a las altas cimas
de la
contemplación en esta
vida
Sé cauto al vaciar tu mente y tu corazón de
todo excepto de Dios durante el tiempo de esta obra. Rechaza
el conocimiento y la experiencia de todo lo que es inferior
a Dios, dejándolo bajo la nube del olvido. Y has de
aprender también a olvidar no sólo a toda
criatura y sus obras sino también a ti mismo,
juntamente con cuanto has hecho por el servicio de Dios.
Pues un verdadero amante no sólo quiere a su amado
más que a si mismo sino que en cierto sentido se
olvida de si mismo en relación al único que
ama.
Y esto es lo que has de aprender a hacer. Has de llegar a
abominar y detestar todo lo que ocupa tu mente excepto a
Dios, pues todo es un obstáculo entre él y
tú. Apenas si te ha de extrañar el que llegues
a odiar el pensar sobre ti mismo en vistas a tu mayor
comprensión del pecado. Esta mancha fétida y
detestable llamada pecado no es sino tú mismo, y
aunque no lo consideres con todo detalle, ahora sabes que es
parte y parcela de tu mismo ser y algo que te separa de
Dios.
Rechaza, pues, el pensamiento y la experiencia de todas
las cosas creadas, pero aprende más especialmente a
olvidarte de ti mismo, ya que todo tu conocimiento y
experiencia depende del conocimiento y sentimiento de ti
mismo. Todo lo demás se olvida fácilmente en
comparación con uno mismo. Comprueba si la
experiencia no me da a mí la razón. Aun mucho
después de haberte olvidado con éxito de las
criaturas y de sus obras, te darás cuenta de que un
elemental conocimiento y sentimiento de tu ser sigue
permaneciendo entre ti y Dios. Créeme, no
serás perfecto en el amor hasta que esto sea
también destruido.
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44
- Cómo
se ha de disponer la persona a fin de
destruir
- la
conciencia elemental de
concentración
- en su
propio ser
Me preguntas ahora cómo podrás destruir
este elemental conocimiento y sentimiento de tu propio ser.
Quizá tú llegas a comprender por fin que, si
destruyes esto, cualquier otro obstáculo
quedaría destruido. Si has llegado a entender esto,
ya es mucho. Pero para responderte he de explicar que sin
una gracia especial de Dios, libremente otorgada, y sin la
perfecta correspondencia a esta gracia por tu parte, no
puedes nunca esperar la destrucción de ese elemental
conocimiento y sentimiento de tu ser. La perfecta
correspondencia a esta gracia consiste en un fuerte y
profundo dolor o tristeza interior.
Pero es de suma importancia modelar este dolor. Has de
ser cauto para no forzar nunca de forma irreverente tu
cuerpo o tu espíritu. Siéntete relajado y
tranquilo pero sumergido en el dolor. El dolor del que hablo
es genuino y perfecto, y bendito el hombre que lo
experimente. Todo hombre tiene muchos motivos de tristeza,
pero sólo entiende la razón universal y
profunda de la tristeza el que experimenta que es (existe).
Todo otro motivo palidece ante este. Sólo siente
auténtica tristeza y dolor quien se da cuenta no
sólo de lo que es sino de que es. Quien no ha sentido
esto debería llorar, pues nunca ha experimentado la
verdadera tristeza. Esta tristeza purifica al hombre del
pecado y del castigo del pecado. Aún más,
prepara su corazón a recibir aquella alegría
por medio de la cual trascenderá finalmente el saber
y el sentir de su ser.
Cuando esta tristeza es auténtica, está
henchida del anhelo reverente de la salvación de
Dios, pues de otra manera ningún hombre podría
aguantarla. Si el hombre no estuviera un tanto alentado por
el consuelo de la oración contemplativa,
quedaría completamente aplastado por el conocimiento
y sentimiento de su ser. Pues cuántas veces quiere
llegar a un conocimiento y sentimiento verdaderos de Dios en
pureza de su espíritu (hasta el punto que es posible
en esta vida) y siente luego que no puede -pues se da cuenta
constantemente de que su conocer y su sentir están
como ocupados y llenos de una fétida y pestilente
mancha de si mismo, que siempre ha de odiarse, despreciarse
y desecharse, si se quiere ser perfecto discípulo de
Dios y enseñado por él solo en el monte de la
perfección-, casi se desespera por la tristeza que
siente, llorando, gimiendo, retorciéndose, imprecando
y reprochándose a sí mismo. Siente, en una
palabra, el peso de si mismo de una manera tan
trágica que ya no se cuida de si mismo con tal de
poder amar a Dios.
Y sin embargo, en todo esto no desea dejar de existir,
pues esto es locura del diablo y blasfemia contra Dios. De
hecho, se alegra de existir y desde lo hondo de su
corazón rebosante de agradecimiento da gracias a Dios
por el don y el bien de su existencia. Al mismo tiempo, sin
embargo, desea incesantemente verse libre del conocimiento y
sentimiento de su ser.
Antes o después todos han de darse cuenta en
alguna medida tanto de esta tristeza como de este anhelo de
libertad. Dios, en su sabiduría,
enseñará a sus amigos espirituales,
según la fuerza física y moral de cada uno, a
soportar esta verdad, de acuerdo con el progreso y la
apertura a su gracia de cada uno. Él los
instruirá poco a poco hasta que sean completamente
uno en la plenitud de su amor; esa plenitud posible en la
tierra con su gracia.
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45
-
Una buena
exposición de ciertos
engaños
que pueden
acechar al contemplativo
Te debo advertir que un joven novicio, sin experiencia en
la contemplación, está expuesto a una gran
decepción si no está constantemente alerta y
no es lo suficientemente sincero para buscar un guía
seguro. El peligro es que puede dar al traste con su
fortaleza física y caer en aberraciones mentales por
medio del orgullo, la sensualidad y una engañosa
sofistería.
He aquí cómo puede insinuarse la
decepción. Un joven o una joven recién
iniciado en el camino de la contemplación empieza a
oír hablar del deseo por el que el hombre eleva su
corazón a Dios, ansiando incesantemente experimentar
su amor; oye hablar también sobre la tristeza que
acabo de describir. Considerándose vanamente diestro
y sofisticado en la vida espiritual, no tarda en comenzar a
interpretar lo que oye en términos literales y
materiales, perdiendo completamente de vista el sentido
espiritual más profundo. Y por eso violenta locamente
sus recursos físicos y emocionales más
allá de toda razón. Despreciando la
inspiración de la gracia y excitado por la vanidad y
la presunción, fuerza su aguante tan
mórbidamente que en poco tiempo se encuentra fatigado
y extenuado en cuerpo y espíritu. Después
siente la necesidad de aliviar la tensión creada
buscando una compensación baladí, material o
física, como relajación del cuerpo y del
espíritu.
Suponiendo que salga de esto, su ceguera espiritual y el
abuso que inflige a su cuerpo en esta
pseudocontemplación (pues difícilmente se
puede llamar espiritual) le pueden llevar a fomentar sus
pasiones de forma no natural o a crear en él un
estado frenético. Y todo ello es el resultado de una
pseudoespiritualidad y de un mal trato del cuerpo.
Está instigado por su enemigo, el demonio, que se
vale de su orgullo, sensualidad y presunción
intelectual para engañarle.
Esta clase de personas creen, por desgracia, que la
exaltación que sienten es el fuego del amor encendido
en sus pechos por el Espíritu Santo. De este
engaño y otros semejantes surgen males de todas
clases, mucha hipocresía, herejía y error.
Esta especie de pseudoexperiencia trae consigo el falso
conocimiento propio de la escuela del diablo, de la misma
manera que la auténtica experiencia comporta la
comprensión de la verdad enseñada por Dios.
Créeme cuando te digo que el diablo tiene sus
contemplativos como Dios tiene los suyos.
La falsedad de las pseudoexperiencias y del falso
conocimiento se da de mil maneras y situaciones según
las diferentes mentalidades y disposiciones de los
engañados, de la misma manera que la experiencia
verdadera asume muy diferentes formas subjetivas. Pero voy a
detenerme aquí. No quiero cargarte con más
conocimientos de los que necesitas para hacer seguro tu
camino. ¿De qué puede servirte el oír que
el maligno ha engañado a grandes clérigos y en
diferentes etapas de su vida? De nada, estoy seguro. Por
eso, sólo describiré aquellas trampas que
puedes encontrar con mas facilidad a medida que avanzas en
esta obra. Te digo que puedes ser avisado de antemano y
evitarías.
-
-
46
-
Una
instrucción provechosa para evitar estos
engaños;
que en la
contemplación se ha de confiar
más
-
en un
entusiasmo gozoso que en la simple fuerza
bruta
Por el amor de Dios, pues, sé cauto y no te
fuerces imprudentemente en esta obra. Confía
más en un alegre entusiasmo que en la simple fuerza
bruta. Pues cuanto más alegremente procedas,
más humilde y espiritual se hará tu
contemplación. Si, por el contrario, te conduces
morbosamente, los frutos resultantes serán toscos y
no naturales. Por eso, sé cauto. En efecto, todo el
que pretende acercarse a esta encumbrada montaña de
la oración contemplativa por medio de la simple
fuerza bruta, será arrojado con piedras. Sabes que
las piedras son cosas ásperas y secas que hieren
terriblemente cuando golpean. Sin duda que una
represión morbosa dañará tu salud, pues
carece del rocío de la gracia y está
completamente seca. Causará, además, un gran
daño a tu mente alocada, llevándola a tropezar
en ilusiones diabólicas. Por eso te vuelvo a decir
que evites todo impulso no natural y que aprendas a amar con
alegría con una suave y dulce disposición de
cuerpo y de alma. Espera con alegre y modesta finura la
iniciativa del Señor y no trates de arrebatar
impacientemente la gracia cual codicioso lebrel muerto de
hambre.
Hablo ahora
medio en broma, pero trata de dominar el agudo y espont�neo suspiro
de tu esp�ritu e intenta ocultar el ansia de tu coraz�n a los ojos
del Se�or. Quiz� desprecies esto que te digo como algo infantil y
fr�volo, pero cr�eme, quien tenga la luz para entender lo que estoy
diciendo y la gracia de seguirlo, experimentar�, en efecto, las
delicias de los gozos del Se�or. Pues como un padre que juguetea con
su hijo, estrechar� y besar� a quien viene a �l con un coraz�n de
ni�o.
-
47
-
Cómo
crecer hasta la perfección de la
pureza
del
espíritu; cómo manifiesta un
contemplativo
-
su deseo a
Dios de una manera y los hombres de
otra
No te molestes si te parece que hablo infantil y
alocadamente y como si careciera de sano juicio. Lo hago
adrede, pues creo que el Señor me ha inspirado en los
últimos días para pensar y sentir así y
decir a algunos de mis otros buenos amigos lo que ahora te
digo a ti.
Una razón que tengo para aconsejarte que ocultes
el deseo de tu corazón de los ojos de Dios es que,
cuando tú lo ocultas, más clara y realmente lo
ve él. Al ocultarlo consigues tu propósito y
ves tu deseo cumplido antes que por otros medios que
pudieras discurrir para atraer la atención de Dios.
Otra segunda razón es que quiero que vayas
independizándote de tus constantes emociones y que
llegues a experimentar a Dios en la pureza y profundidad de
tu espíritu. Finalmente, quiero ayudarte a anudar el
nudo espiritual del amor ardiente que te atará a Dios
en comunión de ser y de deseo. Pues, como sabes, Dios
es espíritu, y todo aquel que desea unirse a
él ha de entrar en la verdad y la profundidad de una
comunión espiritual que trasciende con mucho toda
representación terrena.
Dios, como es obvio, lo sabe todo y nada puede quedar
oculto a sus ojos, sea material o espiritual. Pero, por ser
espíritu, algo que se ha introducido a fondo en el
espíritu es para él más claro y
evidente que lo que se mezcla con las emociones. Y por eso
lo espiritual es algo connatural a él. Por esta
razón creo que cuanto más enraizado
está nuestro deseo en las emociones, se encuentra
más alejado de Dios que si surgiera simplemente de la
actitud gozosa de un espíritu puro y profundo.
Ahora ya puedes entender mejor por qué te aconsejo
alegremente cubrir y ocultar tu deseo de Dios. Con ello no
te estoy sugiriendo que lo ocultes totalmente, pues
sería el consejo de un loco y además, una
tarea imposible. Pero te ruego que eches mano de tu
ingenuidad para ocultarlo a sus ojos lo mejor que puedas.
¿Por qué te digo esto? Porque quiero que lo
metas en el fondo de tu espíritu, lejos del contagio
de caprichosas emociones que lo hacen menos espiritual y
más alejado de Dios.
Sé, además, que a medida que tu
corazón vaya creciendo en pureza de espíritu,
estará menos dominado por la carne y más
íntimamente unido a Dios. Él te verá
más claramente y tú serás una fuente de
delicias para él. Su visión, por supuesto, no
queda literalmente afectada por esto o por aquello, pues es
inmutable. Lo que trato de decirte es que cuando tu
corazón se haya transformado por la pureza de
espíritu, se hará connatural a Dios, pues
él es espíritu.
Tengo todavía otra razón para aconsejarte
que escondas tu ansia de la mirada de Dios. Tú y yo,
y muchos como nosotros, estamos muy inclinados a desfigurar
la realidad espiritual y a concebirla literalmente.
Quizá si yo te hubiera urgido a mostrar el deseo de
tu corazón a Dios, lo hubieras demostrado
físicamente con gestos, sonidos, palabras o con
cualquier otra actividad ingeniosa que hubieras podido
emplear para manifestar un sentimiento secreto de tu
corazón a un amigo humano. Pero esto sólo
convertiría tu obra de contemplación en menos
simple y depurada, pues nosotros presentamos las cosas al
hombre de una manera y a Dios de otra.
-
-
48
-
Que Dios
desea ser servido por el hombre en
cuerpo
y alma;
que él glorificará a ambos; y cómo
distinguir
-
entre
goces espirituales buenos y
malos
Mi intención en todo esto no es ciertamente
disuadirte de que ores en voz alta cuando el Espíritu
Santo te inspire hacerlo así. Y si el gozo de tu
espíritu inunda tus sentidos de manera que comienzas
a hablar a Dios como hablarías a un hombre
cualquiera, diciendo cosas como «Jesús»,
«dulce Jesús», y otras parecidas, no
necesitas apagar tu espíritu. Dios no permita que me
entiendas mal en esta materia. Pues ciertamente no quiero
apartarte de expresiones externas de amor. Dios me libre de
querer separar cuerpo y espíritu, pues fue él
mismo quien los hizo una unidad. En efecto, debemos honrar a
Dios con toda la persona, cuerpo y espíritu juntos. Y
en la eternidad él glorificará perfectamente
toda nuestra persona, cuerpo y espíritu. Como
primicia de su eterna gloria, Dios puede inflamar a veces
los sentidos de sus fieles amigos con indecible delicia y
consuelo, incluso aquí mismo, en esta vida. Y no
solamente una o dos veces, sino quizá con mucha
frecuencia, según juzgue más conveniente. Este
goce, sin embargo, no se origina fuera de la persona
entrando a través de las fuerzas de los sentidos,
sino que brota de una abundancia de alegría
espiritual y de verdadera devoción del
espíritu. Consolación y gozo como este no ha
de ser nunca puesto en duda o temido. En una palabra, creo
que todo el que lo experimenta no podrá ya dudar de
su autenticidad.
Pero te prevengo para que seas cauto ante otros
consuelos, sonidos, alegrías o goces provenientes de
fuentes externas que no puedes identificar, ya que pueden
ser buenos o malos, obra de un ángel bueno o del
espíritu maligno. Pero si evitas vanas especulaciones
y tensiones físicas y emocionales no naturales en los
caminos que yo te he enseñado (o en caminos mejores
que tú puedas descubrir), importa poco que sean
consuelos buenos o malos, pues no pueden hacerte mal.
¿Por qué está tu seguridad tan afianzada?
Sin duda, porque la fuente de la auténtica
consolación es el deseo reverente y amoroso que
habita en un corazón puro. Esta es la obra del Dios
todopoderoso labrada sin recurso de técnicas y por lo
mismo libre de la fantasía y del error que llevan a
caer a un hombre en esta vida.
Por lo que se refiere a otros consuelos, sonidos y goces,
no entraré en los criterios para discernir si son
buenos o malos ahora, pues no creo que sea necesario. Han
sido tratados en toda su extensión en la obra de otro
hombre que es muy superior a cuanto yo pudiera escribir o
decir. Allí puedes encontrar cuanto he dicho y cuanto
tú necesitas saber, y mucho mejor tratado. Pero
¿qué importa eso? De todos modos yo
proseguiré, pues no me molesta contestar al deseo de
tu corazón que busca la comprensión de la vida
interior. Este deseo me lo manifestaste antes a mí
con palabras y ahora lo veo claramente en tus acciones.
Diré una cosa relativa a estos sonidos y goces que
percibes a través de las facultades naturales y que
pueden o no ser malas. Aprende a estar continuamente ocupado
en el ansia ciega reverente y gozosa del amor contemplativo
como te he enseñado. Si haces esto, estoy cierto que
este amor mismo te permitirá discernir sin error
entre el bien y el mal. Es posible que estas experiencias
puedan cogerte desprevenido al principio por ser tan poco
comunes. Pero el ciego impulso del amor afirmará tu
corazón y no les darás crédito hasta
que reciban su aprobación desde dentro, por el
Espíritu Santo, o desde fuera por la
orientación de un prudente padre espiritual.
-
-
49
-
Que la
esencia de toda perfección es una
buena
voluntad;
los consuelos sensibles no son
esenciales
-
para la
perfección en esta vida
Y así puedes apoyarte confiadamente en este limpio
impulso del amor que brota de tu corazón y seguirle
donde te lleve, pues es tu guía seguro en esta vida y
te llevará a la gloria de la venidera. Este
pequeño amor es la esencia de una buena vida y sin
él nada bueno es posible. Básicamente, el amor
significa una radical y personal entrega a Dios. Esto supone
que tu voluntad está armoniosamente sintonizada a la
suya en una permanente alegría y entusiasmo por
cuanto él hace.
Una buena voluntad como esta es la esencia de la
más alta perfección. El goce y consolaciones
del espíritu y del sentido, por sublimes que sean,
son meramente accidentales en comparación con ella y
de ella dependen totalmente. Digo que son accidentales,
porque importa poco el que una persona las experimente o no.
Son contingentes a la vida en la tierra, pero en la
eternidad serán elementos esenciales de la gloria
final del hombre, tan pronto como su cuerpo (que las siente
ahora) se una real y esencialmente para siempre con su
espíritu. Pero en la tierra el meollo de toda
consolación es la realidad íntima de una buena
voluntad.
Estoy seguro, además, de que la persona que ha
madurado en la perfección de su voluntad (al menos en
lo que le es posible en esta vida) no experimenta delicia o
consolación a la que no pudiera renunciar voluntaria
y gozosamente si Dios quisiera.
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