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An�nimo
ingl�s - El
libro de la orientaci�n particular
(�ndice)
Prólogo
Mi querido amigo en Dios: este libro es para ti,
personalmente, y no para el público en general.
Quiero estudiar en él tu obra interior de
contemplación tal como he llegado a entenderla a ella
y a ti. Si escribiera para todos, tendría que hablar
en términos generales, pero, como escribo para ti
solo, me centraré en aquellas cosas que personalmente
creo más provechosas para ti en este momento. Si
algún otro comparte tus disposiciones interiores y
quisiera sacar también algún provecho de este
libro, tanto mejor. Será para mí una
satisfacción. Pero eres tú solo a quien en
este momento tengo presente, y tu vida interior, tal como he
llegado a entenderla. Por eso, a ti (y a otros como
tú) dirijo las siguientes páginas.
1
Cuando te retires a hacer oración tú solo,
aparta de tu mente todo lo que has estado haciendo o piensas
hacer. Rechaza todo pensamiento, sea bueno o malo. No ores
con palabras a no ser que te sientas movido a ello; y si
oras con palabras, no prestes atención a si son
muchas o pocas. No ponderes las palabras ni su significado.
No te preocupes de la clase de oraciones que empleas, pues
no tiene importancia que sean oraciones litúrgicas
oficiales, salmos, himnos o antífonas; o que tengan
intenciones particulares o generales; o que las formules
interiormente con el pensamiento o las expreses en voz alta
con palabras. Trata de que no quede en tu mente consciente
nada a excepción de un puro impulso dirigido hacia
Dios. Desnúdala de toda idea particular sobre Dios
(cómo es él en sí mismo o en sus obras)
y mantén despierta solamente la simple conciencia de
que él es como es. Déjale que sea así,
te lo pido, y no le obligues a ser de otra manera. No
indagues más en él, quédate en esta fe
como en un sólido fundamento. Esta simple conciencia,
desnuda de ideas y deliberadamente amarrada y anclada en la
fe, vaciará tu pensamiento y afecto dejando
sólo el pensamiento desnudo y la sensación
ciega de tu propio ser. Sentirás como si todo tu
deseo clamara a Dios y dijera:
- Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy,
- sin mirar a ninguna cualidad de tu ser
- sino al hecho de que tú eres como
eres;
- esto y nada más que esto.
Que este sosiego y oscuridad ocupe toda tu mente y que
seas tú un reflejo de ella. Pues quiero que el
pensamiento que tienes de ti mismo sea tan puro y simple
como el que tienes de Dios. Así podrás estar
espiritualmente unido a él sin fragmentación
alguna y sin disipación de tu mente. Él es tu
ser y en él tú eres lo que eres, no
sólo porque él es la causa y el ser de todo lo
que existe, sino porque él es tu causa y el centro
profundo de tu ser. En esta obra de contemplación,
por tanto, has de pensar en él y en ti de la misma
manera: esto es, con la simple conciencia de que él
es como es y de que tú eres como eres. En este
sentido tu pensamiento no quedará dividido o
disperso, sino unificado en él, que es el todo.
Acuérdate de esta distinción entre
él y tú: él es tu ser, pero tú
no eres el suyo. Cierto que todo existe en él como en
su fuente y fundamento del ser, y que él existe en
todas las cosas, como su causa y su ser. Pero queda una
distinción radical: él solo es su propia causa
y su propio ser. Pues así como nada puede existir sin
él, de la misma manera él no puede existir sin
él mismo. Él es su propio ser y el ser de
todas las demás cosas. De él sólo puede
decirse: él está separado y es distinto de
toda otra cosa creada. Y asimismo, él es el
único en todas las cosas y todas las cosas son una en
él. Repito: todas las cosas existen en él;
él es el ser de todo.
Siendo esto así, deja que la gracia una tu
pensamiento y afecto a él, mientras que tú te
esfuerzas por rechazar hasta la más mínima
indagación sobre las cualidades particulares de tu
ciego ser o del suyo. Mantén tu pensamiento
totalmente desnudo, tu afecto limpio de todo querer y tu ser
simplemente tal como eres. Así la gracia de Dios
puede tocarte y nutrirte con el conocimiento experimental de
Dios tal como es. En esta vida, semejante experiencia
permanecerá siempre oscura y parcial, de modo que tu
ardiente deseo por él esté siempre nuevamente
encendido por él. Levanta, pues, tus ojos con
alegría y di a tu Señor, con las palabras o el
deseo:
- Oh Señor, yo te ofrezco lo que soy
- pues tú eres todo lo que soy.
No prosigas, quédate en esta simple, firme y
elemental conciencia de que tú eres como eres.
2
No es difícil dominar esta manera de pensar. Estoy
seguro de que incluso el hombre o mujer menos culto,
acostumbrado al más primitivo estilo de vida, puede
aprenderlo fácilmente.
A veces me río de mí mismo (si bien no sin
un toque de tristeza) y me maravillo de los que afirman que
te escribo a ti y a otros una complicada, difícil,
elevada y extraña doctrina, sólo inteligible
para unos pocos espíritus inteligentes y altamente
preparados. No es ciertamente la gente sencilla y sin
formación la que dice esto; son los sabios y los
teólogos competentes. A estos en particular quiero
contestar.
Es una gran pena y un comentario bien triste sobre la
situación de aquellos supuestamente consagrados a
Dios el que, en nuestros días, no sólo unos
pocos sino casi todos (a excepción de uno o dos
amigos especiales de Dios, encontrados aquí y
allá) están tan ciegos por una loca contienda
sobre la más reciente teología o los
descubrimientos de las ciencias naturales, que no pueden
siquiera entender la verdadera naturaleza de esta simple
práctica. Una práctica tan simple que incluso
el rústico más analfabeto puede encontrar en
ella un camino a la unión real con Dios en la dulce
simplicidad del perfecto amor. Por desgracia, esta gente
sofisticada es tan incapaz de entender esta verdad con un
corazón simple, como lo es un niño que
comienza a deletrear el abecedario para entender las
exposiciones intrincadas de teólogos eruditos. Pero,
en su ceguera, insisten en llamar a este simple ejercicio
profundo y sutil; si lo examinaran con profundidad y de una
manera sensata descubrirían que es tan claro y
sencillo como una lección de principiante.
Es ciertamente un plato de principiante, y considero
desesperadamente estúpido y obtuso al que no puede
pensar y sentir que es o existe, no cómo o qué
es, sino que es o existe. Esta elemental autoconciencia la
posee por naturaleza la vaca más estúpida o la
bestia más irracional. (Hablo en broma, naturalmente,
pues no podemos decir que un animal es más
estúpido o más irracional que otro). Pero
sólo el ser humano puede darse cuenta y experimentar
esta existencia personal suya que es única, porque el
hombre es una criatura aparte en la creación, estando
muy por encima de todas las bestias y siendo la única
criatura dotada de razón.
Así, pues, abísmate en lo más
profundo de tu alma y piensa en ti de esta manera simple y
elemental. (Otros, refiriéndose a lo mismo, desde su
propia experiencia, hablan del «ápice» del
alma, y llaman a esta conciencia la «más alta
sabiduría humana»). De todos modos, no pienses
en lo que eres sino que eres o existes. Pues sin duda
percibir lo que eres exige el esfuerzo de tu inteligencia y
una buena dosis de reflexión y sutil
introspección. Pero esto ya lo has hecho bastante
tiempo con la ayuda de la gracia; y hasta cierto punto (en
la medida en que te es necesario por el momento) entiendes
lo que realmente eres -un ser humano por naturaleza, y un
ser despreciable, caído por el pecado, digno de
compasión-. Tú sabes bien esto. Y
probablemente crees también que tú solo
conoces demasiado bien, por experiencia, los vicios que
siguen y se apoderan del hombre a causa del pecado.
¡Recházalos! ¡Olvídalos, te lo
ruego! No reflexiones más sobre ellos por miedo a
contaminarte. Recuerda, más bien, que posees una
habilidad innata para conocer que eres o existes, y que
puedes experimentar esto sin ninguna disposición
especial natural o adquirida.
Olvídate de tu miseria y de tus pecados, y a este
simple nivel elemental piensa sólo que eres lo que
eres. Presumo, naturalmente, que has sido debidamente
absuelto de tus pecados, generales y particulares, como
exige la santa Iglesia. De lo contrario, yo nunca
aprobaría el que tú u otro cualquiera
iniciarais esta obra. Pero si piensas que has hecho lo que
debías en esta materia, sigue adelante. Quizá
sientas todavía el peso de tu pecado y miseria tan
terriblemente que llegues a dudar de lo que es mejor para
ti, pero haz como te digo.
Toma al buen Dios tal como es, tan sencillo como una
cataplasma común, y aplícala a tu
«yo» enfermo, tal como eres. O, si me permites
decirlo de otra manera, levanta tu «yo», tal como
eres, y que tu deseo llegue a tocar al Dios bueno y
misericordioso, tal cual es, ya que tocarle es salud eterna.
La mujer del Evangelio testifica esto cuando dice: «Con
sólo tocar la orla de su vestido sanaré».
Ella fue curada físicamente; y mucho más lo
serás tú de tu enfermedad espiritual por esta
encumbrada y sublime obra en que tu deseo llega hasta tocar
al mismo ser de Dios, querido por sí mismo.
Levántate, pues, con decisión y toma esta
medicina. Eleva tu yo enfermo, tal como eres, al Dios lleno
de gracia, tal como es. Deja atrás toda
indagación y especulación profunda sobre tu
ser o el suyo. Olvida todas estas cualidades y todo lo
referente a ellas, sean puras o pecaminosas, naturales o
gratuitas, divinas o humanas. Nada importa ahora sino el
libre ofrecimiento a Dios de esa ciega conciencia de tu ser
desnudo, para que la gracia pueda envolverte y hacer de ti
espiritualmente una sola cosa con el precioso ser de Dios,
de una manera totalmente simple según responde a su
ser.
3
Sin duda, cuando comiences este ejercicio, tus facultades
indisciplinadas, al no encontrar carne con que alimentarse,
te increparán airadamente para que lo abandones. Te
pedirán que emprendas algo más digno, que
significa, por supuesto, algo más adecuado a ellas.
Pero ahora tú estás entregado a una obra tan
por encima de su actividad acostumbrada, que piensan que
estás perdiendo el tiempo. Pero su desagrado, por
cuanto tiene aquí su origen, de hecho es una buena
señal, ya que prueba que has emprendido algo de gran
valor. Eso me complace. ¿Y por qué no? Pues no
puedo hacer nada, ni ningún ejercicio de mis
facultades físicas o espirituales me puede acercar
tanto a Dios y alejarme del mundo, como esta tranquila y
limpia conciencia de mi ciego ser y de mi entrega gozosa del
mismo Dios.
No te inquietes, pues, si tus facultades se rebelan y te
instigan a que abandones este ejercicio. Como te digo,
sólo es porque no encuentran pasto en él. Pero
no debes ceder. Domínalas negándote a
alimentarías a pesar de su rabia. Por
alimentarías entiendo el que te entregues a toda
clase de especulaciones intrincadas para hurgar en los
aspectos particulares de tu ser. Meditaciones como esta
tienen ciertamente su lugar y su valor, pero, a diferencia
de la ciega conciencia de tu ser y el don de ti mismo a
Dios, llevan a la ruptura y a la dispersión de la
unidad de tu ser tan necesario para un encuentro profundo
con Dios. Mantente, por tanto, recogido y anclado en el
centro profundo de tu espíritu y no te vuelvas
atrás para actuar con tus facultades bajo
ningún pretexto por sublime que sea.
Escucha el consejo y la instrucción que
Salomón dio a su hijo cuando dijo:
- Honra a Yavé con tus riquezas
- con las primicias de todas tus ganancias:
- tus trojes se llenarán de grano
- y rebosará de mosto tu lagar.
Salomón decía esto a su hijo, pero has de
tomarlo como dirigido a ti mismo, y entiéndelo
espiritualmente, según el sentido que yo,
poniéndome en su lugar, voy a explicarte.
Mi querido amigo en Dios, pasa por alto las interminables
y complicadas investigaciones del intelecto y da culto al
Señor tu Dios con todo tu ser. Ofrécele tu
mismo yo con toda simplicidad, todo lo que eres y tal como
eres, sin concentrarte en ningún aspecto particular
de tu ser. De esta manera no puede dispersarse tu
atención ni enredarse tu afecto, pues ello
estropearía tu unidad de corazón y
consiguientemente tu unión con Dios.
Con las primicias de todas tus ganancias. Se refiere
aquí al más importante de todos los dones
especiales de la naturaleza y de la gracia que se te han
otorgado al crearte y se te han fomentado a través de
los años hasta este momento. Con estos dones de Dios,
estos frutos, estás obligado a nutrir y ayudarte no
sólo a ti mismo sino a todos los que son tus hermanos
y hermanas por naturaleza y gracia. A los más
importantes de estos dones los llamo primicias. Es el don
del ser mismo, el primer don que recibe toda criatura.
Cierto que todos los atributos de tu existencia personal
están tan íntimamente ligados a tu ser que de
hecho son inseparables de él. En cierto sentido, sin
embargo, no tendrían realidad alguna, si tú no
existieras antes que ellos. Tu existencia, por tanto, merece
ser llamada la primicia de tus dones, porque realmente lo
es. Solamente ser ha de llamarse la primicia de tus
frutos.
Si comienzas a analizar hasta el fondo de algo una o
todas las sutiles facultades y las excelsas cualidades del
hombre (pues es la más noble criatura de Dios),
llegarás al final a las más lejanas conquistas
y a las últimas fronteras del pensamiento para
encontrarte allí a ti mismo cara a cara con el ser
puro mismo. Y si te sirvieras de este análisis para
elevarte tú mismo al amor y a la alabanza de tu
Señor Dios que te dotó del ser, ¡y
qué ser tan noble! (como puede revelarlo la
meditación sobre la naturaleza humana), fíjate
adónde te puede llevar eso. Al principio a lo mejor
dices: «Yo soy existo; veo y siento que soy que existo.
Y no sólo existo sino que poseo toda clase de
talentos y dones personales». Pero después de
hacer el recuento de todo esto en tu mente, aún
podrías dar un paso más y recogerlo todo en
una sencilla oración que abarca todo esto. Hela
aquí:
- Lo que soy y la manera como soy
- con todos mis dones de naturaleza y de
gracia,
- tú me los has dado, Señor, y
tú eres todo esto.
- Yo te lo ofrezco, principalmente
- para alabarte y para ayudar
- a mis hermanos cristianos
- y a mí mismo.
Puedes ver así que, prosiguiendo tu
meditación hasta las más lejanas conquistas y
las últimas fronteras del pensamiento, te
encontrarás al final a ti mismo, en el fondo esencial
del ser, en una percepción desnuda y conciencia ciega
de tu propio ser. Y por eso únicamente tu ser puede
llamarse la primicia de tus frutos.
Así, pues, el ser desnudo ocupa el primer lugar
entre todos los frutos, ya que los demás están
enraizados en él. Y ahora has llegado a un momento en
que ya no sacarás ningún provecho revistiendo
tu conciencia del ser desnudo, es decir, acumulando en ella
algunos o todos esos dones particulares, que yo llamo tus
frutos y en los que has concentrado tu esfuerzo meditativo
durante tanto tiempo. Ahora basta para dar culto perfecto a
Dios hacerlo con la sustancia de tu alma, es decir, con el
ofrecimiento de tu ser desnudo. Sólo esto constituye
la primicia de tus frutos; será el interminable
sacrificio de alabanza, que exige el amor de ti y de todos
los hombres. Deja la conciencia de tu ser, desnuda de todo
pensamiento sobre sus atributos, y tu mente totalmente
vacía de todo detalle particular relativo a tu ser o
a cualquier otra criatura. Tales pensamientos no pueden
satisfacer tu necesidad presente, tu ulterior crecimiento,
ni te pueden llevar a ti o a otros a una mayor
perfección. Abandónalos. En verdad, estas
meditaciones te son ahora inútiles. Pero esta
conciencia global de tu ser, concebida en un corazón
indiviso, satisfará tu necesidad presente, tu
ulterior crecimiento, y te llevará a ti y a toda la
humanidad a una perfección más alta.
Créeme, supera el valor de cualquier pensamiento
particular, por sublime que sea.
4
Todo esto lo puedes verificar con la autoridad de las
Escrituras, el ejemplo de Cristo y el examen de una
lógica fiable. Así como todos los hombres se
perdieron en Adán cuando se apartó del amor
que le hacia uno con Dios, de la misma manera, todos los que
por fidelidad a su propio camino de vida manifiestan su
deseo de salvación, lo recibirán por la sola
Pasión de Cristo. Pues Cristo se dio todo entero, en
sacrificio perfecto y completo. No se limitó a la
salvación de una persona en particular, sino que se
dio a sí mismo sin reserva por todos. Con amor
universal se dio a si mismo en ofrenda verdadera y perfecta,
entregándose sin reserva de manera que todos los
hombres pudieran unirse a su Padre tan efectivamente como
él lo estaba.
Y el hombre no puede tener mayor amor que sacrificar su
mismo yo por el bien de todos los que son sus hermanos y
hermanas por naturaleza y por gracia. Pues el
espíritu es de mayor dignidad que la carne y por lo
mismo es más valioso unir el espíritu a Dios
(que es su vida) por el sublime alimento del amor que unir
la carne al espíritu (que es su vida) por la comida
de la tierra. Es importante, por supuesto, alimentar el
cuerpo, pero si no alimentas también el
espíritu, no has hecho nada. Los dos son buenos, pero
el primero, por si mismo, es el mejor. Un cuerpo sano nunca
merecerá la salvación; pero un espíritu
robusto, aunque esté en un cuerpo frágil, no
sólo puede merecer la salvación sino
también llegar a la plena perfección.
5
Has llegado a un punto en que tu ulterior crecimiento en
la perfección exige que no alimentes tu mente con
meditaciones sobre los múltiples aspectos de tu ser.
En el pasado, estas meditaciones piadosas te ayudaban a
entender algo de Dios. Alimentaban tu afecto interior con
una suave y deliciosa atracción hacia él y a
las cosas espirituales, y llenaban tu mente de una cierta
sabiduría espiritual. Pero ahora es importante que te
concentres seriamente en el esfuerzo de morar continuamente
en el centro profundo de tu espíritu, ofreciendo a
Dios la conciencia ciega y desnuda de tu ser, que yo llamo
las primicias de tus frutos. Si haces esto, y lo puedes
hacer con la ayuda de la gracia de Dios, confía en
que la recomendación que Salomón te hace, de
alimentar al pobre con las primicias de tus frutos, se
realizará puntualmente, tal como promete; y todo sin
que tus facultades interiores tengan que buscar o
escudriñar minuciosamente entre los atributos de tu
ser o del de Dios.
Quiero que entiendas claramente que en esta obra no es
necesario indagar hasta el más mínimo detalle
sobre la existencia de Dios ni tampoco de la tuya. Pues no
hay nombre, ni experiencia, ni intuición tan
afín a la eternidad de Dios como la que tú
puedes poseer, percibir y experimentar de hecho en la ciega
conciencia amorosa de esta palabra: es. Descríbelo
como quieras: como Señor bueno, amable, dulce,
misericordioso, justo, sabio, omnisciente, fuerte,
omnipotente; o como conocimiento sumo, sabiduría,
poder, fuerza, amor o caridad, y encontrarás todo
esto junto escondido y contenido en esta palabrita: es. Dios
en su misma existencia es todas y cada una de estas cosas.
Si hablaras de él de mil maneras diferentes, no
irías más allá ni aumentarías el
significado de esta única palabra: es. Y si no usaras
ninguna de ellas, no habrías quitado nada de la
misma. Sé, pues, tan ciego en la amorosa
contemplación del ser de Dios como lo eres en la
desnuda conciencia de ti mismo. Cesen tus facultades de
inquirir minuciosamente en los atributos de su ser o del
tuyo. Deja esto atrás y dale culto enteramente con la
sustancia de tu alma: todo lo que eres, tal cual eres,
ofrecido a todo lo que él es, tal cual es. Pues tu
Dios es el ser glorioso de si mismo y de ti, en su ser
totalmente simple y puro.
Así es como podrás juntar todas las cosas,
y de una manera maravillosa, glorificarás a Dios con
él mismo, puesto que lo que eres lo tienes de
él y es él, él mismo. Tuviste,
naturalmente, un comienzo -ese momento en el tiempo en que
te creó de la nada-, pero tu ser ha estado y
estará siempre en él, desde la eternidad y por
toda la eternidad, pues él es eterno. Y por tanto,
seguiré gritando esta sola cosa:
- Honra a Yavé con tus riquezas
- con las primicias de todas tus ganancias:
- tus trojes se llenarán de grano
- y rebosará de mosto tu lagar.
La promesa contenida en estas últimas palabras es
que tu afecto interior quedará colmado con una
abundancia de amor y una bondad práctica que
manará de tu vida en Dios, el cual es el fondo de tu
ser y la simplicidad de tu corazón.
Y rebosará de mosto tu lagar Este lagar son tus
facultades espirituales interiores. Antes tú las
forzabas y las violentabas con toda clase de meditaciones y
búsqueda racional en un esfuerzo de conseguir alguna
comprensión espiritual de Dios y de ti mismo, de sus
atributos y de los tuyos. Pero ahora están llenas y
rebosan de mosto. La Sagrada Escritura habla de este vino y
lo interpreta místicamente como esa sabiduría
espiritual que destila la contemplación profunda y el
paladeo excelso del Dios trascendente.
Y de qué modo tan espontáneo, gozoso y sin
esfuerzo sucederá esto a través de la
acción de la gracia. Ya no es necesario tu rudo
esfuerzo, pues por la eficacia de esta gentil, oscura y
contemplativa obra, los ángeles te traerán la
sabiduría. Sí, el conocimiento de los
ángeles está especialmente dirigido a este
servicio, como una criada a su
señora
6
Por su misma naturaleza, este ejercicio le abre a uno a
la alta sabiduría del Dios trascendente, que
desciende amorosamente a las profundidades del
espíritu del hombre, uniéndole y
ligándole a Dios en delicado y espiritual
conocimiento. Como alabanza de esta gozosa y exquisita
actividad el sabio Salomón prorrumpe alborozado y
dice:
- Feliz el hombre que ha encontrado la
sabiduría,
- dichoso el que alcanza la inteligencia.
- Mejor es andar en busca de
sabiduría
- que en busca de plata.
- No hay tesoro escondido que te dé mejor
provecho...
- Hijo mío, actúa en todo con
reflexión y prudencia,
- no las pierdas de vista
- y te servirán de adorno.
- Entonces caminarás seguro y tu pie no
tropezará,
- no tendrás miedo al acostarte,
- reposarás y tu sueño te
será bueno.
- No temerás el espanto repentino, ni la
agresión
- de algún malvado.
- Yavé estará a tu lado y
cuidará que tu pie
- no se prenda en la red.
Explicaré el significado oculto de lo que
aquí se dice. Feliz, en verdad, es ese hombre que
encuentra la sabiduría que le unifica y le une a
Dios. Feliz aquel que ofreciendo a Dios la oscura conciencia
de su propio yo enriquece su vida interior con una ciencia
amorosa, delicada y espiritual que trasciende con mucho todo
conocimiento connatural o adquirido. Vale mucho más
esta sabiduría y el sosiego de esta obra interior,
llena de delicadeza y de finura, que poseer oro y plata. En
este pasaje, el oro y la plata simbolizan todo conocimiento
de los sentidos y del espíritu. Nuestras facultades
espirituales adquieren este oro y plata
concentrándose en las cosas que están o por
debajo de nosotros o dentro de nosotros o al mismo nivel que
nosotros, en las meditaciones sobre los atributos del ser de
Dios o el ser de las criaturas.
Después continúa diciendo por qué
esta obra interior es mejor, al afirmar que es el primero y
más puro de los frutos del hombre. Y no es
extraño si tienes en cuenta que la alta
sabiduría espiritual conseguida en este trabajo brota
libre y espontáneamente del fondo más profundo
e íntimo del espíritu. Es una sabiduría
oscura e informe, que está muy lejos de todas las
fantasías de la razón o de la
imaginación. Jamás la fatiga y el esfuerzo de
las facultades naturales serán capaces de producir
algo semejante. Pues lo que producen, por sublime o sutil
que sea, comparado con esta sabiduría, es poco
más que la fingida vacuidad de la ilusión.
Está tan distante de la verdad, visible a la luz
radiante del sol espiritual, como la palidez de los rayos de
la luna en una noche de invierno lo están del
esplendor del sol en el día más claro en pleno
verano.
Luego Salomón prosigue aconsejando a su hijo
guardar esta ley y consejo, en que están
perfectamente contenidos todos los mandamientos y leyes del
Antiguo Testamento, sin esforzarse de modo especial en
concentrarse en alguno de ellos en particular. Esta obra
interior se llama ley simplemente porque incluye en
sí misma todas las ramas y frutos de la ley entera.
Pues si la examinas con detenimiento, podrás
averiguar que su vitalidad está enraizada y
fundamentada en el glorioso don del amor que es, como
enseña el Apóstol, la perfección de
toda ley. «La perfección de la ley es el
amor».
Te digo, pues, que si guardas esta ley del amor y este
consejo vivificador, será realmente la vida de tu
espíritu, como dice Salomón. En tu interior
conocerás el reposo de morar en el amor de Dios.
Hacia él exteriormente, toda tu personalidad
unificada irradiará la belleza de su amor, pues con
una fidelidad indefectible te inspirará la respuesta
más adecuada en tu trato con tus hermanos cristianos.
Y de estas dos actividades (el amor interior de Dios y la
expresión externa de tu amor a los demás)
penden toda la ley y los profetas, como dicen las
Escrituras. Después, a medida que te perfecciones en
la obra del amor, tanto de dentro como de fuera, irás
adelantando en tu camino apoyado en la gracia (tu
guía en este viaje espiritual), ofreciendo
amorosamente tu ciego y puro ser al glorioso ser de tu Dios.
Aunque son distintos por naturaleza, la gracia los ha hecho
uno.
7
Entonces caminarás seguro y tu pie no
tropezará. Esto significa que cuando, con la
experiencia, esta obra interior se hace un hábito
espiritual, no serás fácilmente seducido o
apartado de ella por las dudas impertinentes de tus
facultades naturales, aunque al principio te sea
difícil resistirías. Podríamos expresar
esto mismo de la siguiente manera: «Entonces
caminarás seguro y tu pie no tropezará ni
caerás en ninguna clase de ilusión que surja
de la insaciable búsqueda de tus facultades». Y
ello porque, como te dije más arriba, en la obra de
contemplación toda su búsqueda inquisitiva
queda totalmente rechazada y olvidada, a menos que la
inclinación humana a la falsía contaminen la
conciencia desnuda de tu ciego ser y te aparte de la
dignidad de esta obra.
Cualquier pensamiento particular de las criaturas que
penetre en tu mente, además o en vez de esa simple
conciencia de tu desnudo ser (que es tu Dios y tu deseo de
él), te arrastra a la actividad de tus sutiles e
inquisitivas facultades. Entonces ya no estás
totalmente presente a ti mismo ni a tu Dios, y esto aumenta
la fragmentación y dispersión de toda
concentración en su ser y en el tuyo. Por eso, con la
ayuda de su gracia y a la luz de la sabiduría que
nace de la perseverancia en esta obra, mantente recogido y
abismado en las profundidades de tu ser cuantas veces
puedas.
Como ya te he explicado, esta simple obra no es contraria
a tus actividades diarias. Con tu atención centrada
en la ciega conciencia de tu puro ser unido al de Dios,
podrás realizar tus faenas diarias, comer y beber,
dormir y pasear, ir y venir, hablar y escuchar, acostarte y
levantarte, estar de pie o de rodillas, correr o montar a
caballo, trabajar o descansar. En medio de todo esto puedes
ofrecer a Dios cada día el más preciado don
que puedes hacerle. Esta obra estará en el centro de
todo lo que haces, sea activo o contemplativo.
Dice también Salomón en este pasaje que, si
te duermes en esta oscura contemplación, lejos del
ruido y de la agitación del maligno, del mundo
engañador y de la carne frágil, no
temerás ningún peligro ni ningún
engaño del enemigo. Pues, sin duda, cuando el enemigo
te descubra en esta obra, quedará totalmente
aturdido, y cegado por una ignorancia de muerte ante lo que
haces, se verá arrastrado por una loca curiosidad de
averiguarlo. Pero no te preocupes, pues reposarás en
la amorosa unión de tu espíritu con el de
Dios. Y tu sueño te será bueno; sí,
porque te reportará una profunda fortaleza espiritual
y un alimento que renovará tanto tu cuerpo como tu
espíritu. Salomón confirma esto cuando dice a
continuación: es la salud completa para la carne.
Quiere decir simplemente que dará la salud a la
fragilidad y enfermedad de la carne. Y así
será, pues toda enfermedad y corrupción vino
sobre la carne cuando el hombre abandonó esta obra.
Pero, cuando con la gracia de Jesús (que es siempre
el principal agente en la contemplación), el
espíritu vuelva a ella, la carne quedará
completamente curada. Y debo recordarte que sólo por
la misericordia de Jesús y tu amoroso consentimiento
podrás esperar conseguirlo. Por eso uno mi voz a la
de Salomón cuando habla en este pasaje, y te animo a
permanecer firme en esta obra, ofreciendo continuamente a
Dios tu pleno consentimiento en la alegría del
amor.
No temerás el espanto repentino, ni la
agresión de algún malvado... El sabio dice
aquí lo siguiente: «No te dejes vencer por el
miedo angustioso si el enemigo viene (como vendrá)
con repentina saña, golpeando y martilleando en las
paredes de tu casa; o si mueve alguno de sus poderosos
agentes a que se levanten repentinamente y te ataquen sin
previo aviso». Seamos claros en esto: el enemigo se ha
de tomar en serio. Todo el que comienza esta obra (no
importa quién sea) está expuesto a sentir,
oler, gustar u oír algunos efectos sorprendentes
amañados por este enemigo en uno u otro de sus
sentidos. No te extrañes, por tanto, si llega a
suceder. No hay nada que no quiera intentar a fin de echarte
abajo de las alturas de una obra tan valiosa. Y por eso te
digo que vigiles tu corazón en el día del
sufrimiento, esperando con gozosa confianza en el amor de tu
Señor. Pues el Señor está a tu lado y
tu pie no tropezará. Si, estará muy cerca de
ti, pronto a ayudarte.
Tu pie no tropezará... El pie de que habla
aquí es el amor por el cual asciendes a Dios. Y
promete que Dios te protegerá a fin de que no seas
vencido por los ardides y engaños de tus enemigos.
Estos, naturalmente, son el diablo y toda su corte, el mundo
engañoso y la carne.
Amigo mío, ¡fíjate! Nuestro poderoso
Señor, él que es amor, él que
está lleno de sabiduría y de poder, él
mismo guardará, defenderá y socorrerá a
todos los que se olvidan totalmente de sí mismos y
ponen su amor y confianza en
él.
8
Pero ¿dónde encontrar una persona tan
enteramente comprometida y tan firmemente anclada en la fe,
tan sinceramente transparente y verdadera que ha reducido su
yo a nada, por así decir, y tan exquisitamente
alimentada y guiada por el amor de Dios? ¿Dónde
encontraremos una persona amante rica en experiencia
trascendente que tiene conocimiento vivo de la omnipotencia
del Señor, de su inefable sabiduría y bondad
radiante? ¿Alguien que perciba la unidad de su
presencia esencial en todas las cosas y la unicidad de todas
ellas en él, tan bien que someta todo su ser a
él, en él, y convencida por su gracia de que
si no lo hace nunca será totalmente transparente y
sincera en su esfuerzo por reducir a nada su propio yo?
¿Dónde está ese hombre sincero que,
llevado de su noble resolución de reducir a nada su
propio yo y con el alto deseo de que Dios sea todo en la
perfección del amor, merezca experimentar la vigorosa
sabiduría y bondad de Dios que le socorre, le ampara
y le guarda de sus enemigos de dentro y de fuera? Ese hombre
estará ciertamente henchido del amor de Dios y en la
plena y final pérdida del yo hasta llegar a nada o
menos que nada, si esto fuera posible; y así
permanecerá firme y sin que le puedan perturbar ni
una actividad febril, ni el trabajo, ni la
preocupación por su propio bienestar.
¡Quedaos con vuestras objeciones humanas, hombres de
corazón dividido! Aquí tenéis una
persona tan tocada por la gracia que puede entregarse a si
misma en un sincero y total olvido de si. No me
digáis que está tentando a Dios por alguna
elucubración racional. Decís eso, porque
vosotros mismos no os atrevéis a hacerlo. No,
contentaos con vuestra vocación a la vida activa;
ella os llevará a la salvación. Pero dejad en
paz a estas otras personas. Lo que hacen está por
encima de la comprensión de vuestra razón, y
por lo mismo, no os debéis extrañar o
sorprender por sus palabras y obras.
Oh, qué vergüenza! ¿Hasta cuándo
seguiréis oyendo o leyendo esto sin creerlo y
aceptarlo? Me refiero a todo lo que nuestros padres
escribieron y hablaron en los tiempos pasados, a lo que es
la flor y nata de las Escrituras. O estáis tan ciegos
que la luz de la fe ya no puede ayudaros a entender lo que
leéis, o estáis tan envenenados por una
secreta envidia, que sois incapaces de creer que un bien tan
grande pueda llegar a vuestros hermanos y no a vosotros.
Creedme, si sois sensatos, estaréis vigilando a
vuestro enemigo y sus insidias; pues lo que quiere es que
confiéis más en vuestra propia razón
que en la antigua sabiduría de nuestros padres
verdaderos, el poder de la gracia y los designios de nuestro
Señor.
Cuántas veces no habéis leído o
escuchado en los santos, sabios y seguros escritos de los
padres, que tan pronto como nació Benjamín, su
madre, Raquel, murió. Aquí Benjamín
representa la contemplación, y Raquel la
razón. Cuando uno está tocado por la gracia de
la auténtica contemplación (como lo
está él en su noble resolución de
reducir su yo a nada, y en su alto deseo de que Dios lo sea
todo), en cierto sentido podemos decir que la razón
muere. ¿Y no habéis leído y oído
esto con frecuencia en las obras de varios autores santos y
sabios? ¿Qué es lo que os detiene para creerlo?
Y si lo creéis, ¿cómo os atrevéis
a dejar que vuestro curioso intelecto divague entre las
palabras y obras de Benjamín? Porque Benjamín
es figura de todos los que han sido arrebatados por encima
de sus sentidos en un éxtasis de amor, y de ellos
dice el profeta: «Allí Benjamín, el
pequeño, abriendo marcha». Os lo advierto:
vigilad para que no lleguéis a imitar a esas madres
desgraciadas que mataron a sus hijos apenas nacieron. Velad,
no sea que os ocurra que acometáis a toda fuerza con
vuestro venablo atrevido contra el poder, sabiduría y
designios del Señor. Yo sé que sólo
queréis realizar sus planes; pero, si no
tenéis cuidado, podéis erróneamente
destruirlos en la ceguera de vuestra inexperiencia.
9
En la primitiva Iglesia, cuando la persecución era
común, toda clase de personas (sin preparación
especial de prácticas piadosas y devocionales)
estaban tan maravillosa y espontáneamente tocadas por
la gracia, que sin otro recurso ulterior a la razón
corrían a la muerte con los mártires. Leemos
de artesanos que arrojaron sus herramientas y de
niños de escuela que abandonaron sus libros, tan
grande era su ansia de martirio. En nuestro tiempo, la
Iglesia está en paz, pero ¿es tan difícil
creer que Dios puede y quiere tocar los corazones de toda
clase de gente con la gracia de la oración
contemplativa en el mismo sentido maravilloso e imprevisto?
¿Es tan extraño el que quiera y de hecho haga
esto? No, y yo estoy convencido de que Dios en su gran
bondad continúa actuando como quiere en los que
elige, y de que finalmente podrá verse su bondad en
toda su dimensión para asombro de todo el mundo. Y
todo el que esté gozosamente determinado a reducir su
yo a nada y ansiosamente anhele que Dios sea todo, se
verá protegido de la embestida de sus enemigos
internos y externos, por la bondad gratuita de Dios mismo.
No necesita ordenar sus defensas, pues con una gran
fidelidad propia de su bondad, Dios protegerá
infaliblemente a aquellos que, absortos en su amor, se han
olvidado de sí mismos. ¿Puede sorprendernos, por
tanto, que estén tan maravillosamente seguros? No,
porque la verdad y la docilidad les han hecho perder el
miedo y estar fuertes en el amor.
Pero quien no se atreve a abandonarse a Dios y critica a
otros que lo hacen, manifiesta un vacío interior.
Porque, o el enemigo ha robado de su corazón la
confianza amorosa que debe a su Dios y el espíritu de
buena voluntad que debe a sus hermanos cristianos, o de lo
contrario no está todavía lo suficientemente
anclado en la docilidad y en la verdad para ser un verdadero
contemplativo. Tú, sin embargo, no debes temer
entregarte a una radical dependencia de Dios ni abandonarte
al sueño de la contemplación ciega u oscura de
Dios tal cual es, lejos del tumulto del mundo corrompido,
del enemigo engañoso y de la carne débil.
Nuestro Señor estará a tu lado dispuesto a
socorrerte, guardará tus pasos para que no
caigas.
No sin razón vinculo esta actividad al
sueño. Pues en el sueño las facultades
naturales cesan de su trabajo y todo el cuerpo permanece en
pleno reposo, reponiéndose y renovándose. De
una manera semejante, en este sueño espiritual, esas
facultades espirituales siempre en movimiento, la
imaginación y la razón, quedan completamente
recogidas y vacías del todo. Feliz el
espíritu, entonces, pues queda libre para dormir un
sueño saludable y descansar en quietud contemplando
amorosamente a Dios tal cual es, mientras que todo el hombre
interior se repone y renueva maravillosamente.
¿Ves ahora por qué te dije que recogieras tus
facultades negándote a trabajar con ellas y, en
cambio, ofrecieras a Dios la desnuda y ciega conciencia de
tu propio ser? Pero ahora te repito: asegúrate de que
está desnuda y no vestida con cualquier idea sobre
los atributos de tu ser. Podrías estar inclinado a
vestirla con ideas sobre la dignidad y bondad de tu ser o
con interminables detalles relativos a la naturaleza del
hombre o a la naturaleza de las demás criaturas.
Pero, tan pronto como hagas esto, habrás dado
pábulo a tus facultades y tendrán la fuerza y
oportunidad de conducirte a toda suerte de cosas. Te aviso,
antes de que lo experimentes; tu atención
quedará dispersa y te encontrarás a ti mismo
distraído y abrumado. Guárdate de esta trampa,
te lo
suplico.
10
Pero quizá tus insaciables facultades han estado
ya ocupadas examinando lo que he dicho sobre la obra
contemplativa. Están inquietas porque está por
encima de su habilidad y te han dejado perplejo y dubitativo
sobre este camino a Dios. En realidad, no ha de sorprender.
Porque, en el pasado, dependiste tanto de ellas que ahora no
puedes darles de mano fácilmente, aun cuando la obra
contemplativa exige que lo hagas. Al presente, sin embargo,
veo que tu corazón está turbado e inquieto por
todo esto. ¿Es realmente tan grato a Dios como te digo?
Y silo es, ¿por qué? Quiero contestar a todo
esto, pero quiero que comprendas que precisamente estas
cuestiones surgen de una mente tan inquisitiva que de
ningún modo te dejarán en paz para asentir a
esta actividad, hasta que su curiosidad no haya sido
apaciguada en cierta medida por una explicación
racional. Y puesto que este es el caso, no me puedo negar a
ello. Complaceré a tu soberbio intelecto,
descendiendo al nivel de tu presente comprensión, a
fin de que después tú puedas remontarte al
mío, confiando en mi orientación y no poniendo
trabas a tu docilidad. Apelo a la sabiduría de san
Bernardo, quien afirma que la perfecta docilidad no pone
trabas.
Pones trabas a tu docilidad cuando vacilas en seguir la
orientación de tu padre espiritual antes de que tu
propio juicio la haya ratificado. ¡Mira cómo
deseo ganar tu confianza! Si, yo realmente lo quiero y lo
conseguiré. Ahora bien, es el amor lo que me mueve,
más que cualquier otra habilidad personal, grado de
conocimiento, profundidad de comprensión o adelanto
en la misma contemplación. De todos modos, espero y
pido a Dios que supla mis deficiencias, pues mi conocimiento
es sólo parcial mientras que el suyo es
completo.
11
Ahora, para satisfacer tu orgulloso intelecto,
cantaré las alabanzas de esta actividad.
Créeme, si un contemplativo tuviera lengua y palabras
para expresar su experiencia, todos los sabios de la
cristiandad quedarían mudos ante su sabiduría.
Sí, porque en comparación, todo el
conocimiento humano junto aparecería como simple
ignorancia. No te sorprendas, pues, si mi desmañada y
humana lengua no acierta a explicar su valor de manera
adecuada. Y no quiera Dios que la experiencia misma degenere
tanto que tenga que adaptarse a los estrechos limites del
lenguaje humano. ¡No, no es posible y nunca lo
será; y no quiera Dios que yo lo desee alguna vez! Lo
que podemos decir de ella no es ella, sino sólo sobre
ella. No obstante, puesto que no podemos decir lo que es,
tratemos de describirla, para confusión de todos los
intelectos soberbios, especialmente del tuyo, que es la
razón verdadera por la que escribo esto ahora.
Comenzaré haciéndote una pregunta. Dime,
¿cuál es la sustancia de la perfección
última del hombre y cuáles son los frutos de
esta perfección? Contestaré por ti. La
más alta perfección del hombre es la
unión con Dios en la consumación del amor, un
destino tan alto, tan puro en sí mismo y tan por
encima del pensamiento humano que no puede ser conocido o
imaginado tal como es. Siempre que encontramos sus frutos,
sin embargo, podemos suponer que se da en abundancia. Al
declarar, por tanto, la dignidad de la obra contemplativa
sobre las demás, debemos primero distinguir los
frutos de la perfección última del hombre.
Estos frutos son las virtudes que deben abundar en todo
hombre perfecto. Ahora bien, si estudias cuidadosamente la
naturaleza de la obra contemplativa y consideras
después la esencia y la manifestación de cada
virtud por separado, descubrirás que todas las
virtudes se encuentran clara y distintamente contenidas en
la contemplación misma, no deterioradas por una
voluntad retorcida o egoísta.
No mencionaré aquí ninguna virtud
particular, ya que no es necesario y, además, has
leído sobre ellas en mis otros libros. Bastará
con decir que la obra contemplativa, cuando es
auténtica, es ese amor reverente, ese fruto sazonado
y cosechado del corazón de un hombre del que te
hablé en mi pequeña Carta sobre la
Oración. Es la nube del no-saber, el amor secreto
plantado hondamente en un corazón indiviso, el Arca
de la Alianza. Es la teología mística de
Dionisio, lo que él llama su sabiduría y su
tesoro, su luminosa oscuridad y su entender no entendiendo.
Es lo que te lleva al silencio por encima del pensamiento y
de las palabras y lo que hace tu oración sencilla y
breve. Y es lo que te enseña a olvidar y repudiar
todo lo que es falso en el mundo.
Hay más todavía. Es lo que te enseña
a olvidar y repudiar tu mismo yo, según la exigencia
del Evangelio: «El que quiera venir en pos de
mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz
y me siga». En el contexto de todo lo que hemos venido
diciendo sobre la contemplación, es como si Cristo
dijera: «El que quiera venir humildemente en pos de mi
-a la alegría de la eternidad o al monte de la
perfección-...». Cristo fue delante de nosotros
porque este era su destino por naturaleza; nosotros vamos en
pos de él por gracia. Su naturaleza divina tiene una
categoría superior en dignidad que la gracia, y la
gracia la tiene más alta que nuestra naturaleza
humana. En estas palabras nos enseña que podemos
seguirle al monte de la perfección tal como se
experimenta en la contemplación, sólo a
condición de que él nos llame primero y nos
conduzca allí por la gracia.
Esta es la verdad absoluta. Y quiero que entiendas (y
otros como tú que puedan leer esto) una cosa muy
claramente. Aunque yo te he animado a seguir el camino de la
contemplación con simplicidad y rectitud, estoy
seguro, no obstante, sin duda o miedo a equivocarme, de que
Dios todopoderoso, independientemente de todas las
técnicas, ha de ser siempre el agente principal de
toda contemplación. Es él quien ha de
despertar en ti este don por la gracia. Y lo que tú y
otros como tú habéis de procurar es haceros
completamente receptivos, consintiendo y sufriendo su divina
acción en las profundidades de vuestro
espíritu. El consentimiento pasivo y la perseverancia
que aportáis a la obra es, sin embargo, una actitud
específicamente activa. Pues por la unicidad de tu
deseo, dirigido en anhelo constante hacia tu Señor,
te abres continuamente a su acción. Todo ello, sin
embargo, lo aprenderás por ti mismo a través
de la experiencia y de la comprensión de la
sabiduría espiritual.
Pero puesto que Dios en su bondad mueve y toca a
diferentes personas de diferentes maneras (a algunas a
través de causas segundas y a otras directamente),
¿quién se atreve a decir que no pueda tocarte a
ti, y a otros como tú, a través y por medio de
este libro? Yo no merezco ser su servidor, mas en sus
designios misteriosos puede operar a través de mi, si
así lo quiere, pues es libre de obrar como le plazca.
Pero supongo que, después de todo, no
entenderás realmente esto hasta que no te lo confirme
tu propia experiencia contemplativa. Digo simplemente esto:
prepárate a recibir el don del Señor
escuchando sus palabras y dándote cuenta de su pleno
significado. «Quien quiera venir en pos de mi, que se
niegue a si mismo». Y dime, ¿de qué mejor
manera puede uno abandonarse y despreciarse a sí
mismo y al mundo que negándose a volver su mente
hacia lo uno o lo otro ni hacia nada relacionado con
ellos?
12
Quiero que entiendas ahora que, aunque al principio te
dije que te olvidaras de todo, a excepción de la
ciega conciencia de tu desnudo ser, quería llevarte
incluso hasta el punto en que te olvidaras también de
esto, experimentando así solamente el ser de Dios.
Con un ojo fijo en esta última experiencia pude
decirte al principio: Dios es tu ser En aquel momento
creí que era prematuro esperar que pudieras
levantarte de repente a tan alta conciencia espiritual del
ser de Dios. Por eso dejé que subieras hacia
él por grados, enseñándote primero a
roer la desnuda y ciega conciencia de ti mismo hasta
adquirir por la perseverancia espiritual una facilidad en
esta obra interior. Sabía que ello te
prepararía a experimentar el sublime conocimiento del
ser de Dios. Y finalmente, en esta obra, tu único y
ardiente deseo debe ser este: el ansia de experimentar
sólo a Dios. Es cierto que al principio te dije que
cubrieras y vistieras la conciencia de tu Dios con la
conciencia de tu propio yo, pero sólo porque eras
todavía espiritualmente desmañado y sin
desbastar. Con perseverancia en esta práctica,
esperaba que crecieras incesantemente en la soledad del
corazón hasta que estuvieras dispuesto a despojar,
destruir y desnudar totalmente la conciencia personal de
todas las cosas, incluso la conciencia elemental de tu
propio ser, a fin de que puedas vestirte nuevamente con la
graciosa y radiante experiencia de Dios tal como es en
sí mismo.
Tal es el proceder de todo verdadero amor. El amante se
despojará plenamente de todo, aun de su mismo ser,
por aquel a quien ama. No puede consentir vestirse con algo
si no es del pensamiento de su amado. Y no es un capricho
pasajero. No, desea siempre y para siempre permanecer
desnudo en un olvido total y definitivo de sí mismo.
Esta es la tarea del amor, si bien sólo el que lo
experimente lo podrá entender realmente. Tal es el
significado de las palabras de nuestro Señor:
«El que quiera amarme, niéguese a si
mismo». Es como si dijera: «El hombre ha de
despojarse de su mismo yo, si es que quiere sinceramente ser
vestido de mi, pues yo soy el vestido que fluye del amor
eterno y sin fin».
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