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An�nimo
ingl�s - El
libro de la orientaci�n particular
(�ndice)
13
Y así, cuando en esta obra empieces a darte cuenta
de que percibes y experimentas tu yo y no a Dios,
llénate de sincera tristeza y anhela con todo tu
corazón ser absorbido totalmente en la experiencia de
Dios solo. No ceses de desear la pérdida de ese
despreciable conocimiento y conciencia corrupta de tu ciego
ser. Ansia huir de ti mismo como de un veneno. Olvida y
desprecia tu yo tan despiadadamente como manda el
Señor.
No entiendas mal mis palabras. No dije que debas desear
no-ser, pues eso sería locura y blasfemia contra
Dios. Dije que debes desear perder el conocimiento y la
experiencia del yo. Esto es esencial, si quieres llegar a
experimentar el amor de Dios tanto como es posible en esta
vida. Has de comprender y experimentar por ti mismo que si
no pierdes tu yo, no alcanzarás nunca tu meta.
Pues dondequiera que estés, en cualquier cosa que
hagas, o de cualquier modo que lo intentes, esa elemental
sensación de tu propio ser ciego quedará entre
ti y tu Dios. Es posible, por supuesto, que Dios pueda
intervenir a veces, llenándote con una experiencia
pasajera de él mismo. Pero fuera de estos momentos
esta desnuda conciencia de tu ciego ser te pesará y
será como una barrera entre ti y tu Dios, lo mismo
que al principio de esta obra los variados detalles de tu
ser fueron como una barrera para la conciencia directa de tu
yo. Entonces te darás cuenta de lo pesado y doloroso
que es el peso del yo. Que Jesús te ayude en esa
hora, pues tendrás gran necesidad de él.
Toda la miseria del mundo junta te parecerá como
nada al lado de esta, pues entonces serás una cruz
para ti mismo. Este es, sin embargo, el camino para nuestro
Señor y el significado real de sus palabras:
«Que el hombre tome su cruz» (la dolorosa cruz del
yo), para que después pueda «seguirme a la
gloria», o, como si dijéramos, «al monte de
la perfección». Pero escucha su promesa:
«Le haré saborear la delicia de mi amor en la
inefable experiencia de mi divina persona».
Fíjate en lo necesario que es llevar este peso
doloroso, la cruz del yo. Sólo así
estarás preparado para la experiencia trascendente de
Dios tal como es y para la unión con él en la
consumación del amor.
Y ahora, a medida que esta gracia te toca y te llama,
podrás ver y apreciar más y más el
valor altísimo de la obra
contemplativa.
-
14
Dime ahora, ¿sigues todavía esperando que tus
facultades te ayuden a alcanzar la contemplación?
Créeme, ciertamente no ocurrirá así.
Las meditaciones imaginativas y especulativas, por si
mismas, nunca te llevarán al amor contemplativo. Por
muy extraordinarias, sutiles, hermosas o profundas que sean,
y aunque se centren en tus pecados, en la Pasión de
Cristo, los gozos de nuestra Señora o de los santos y
ángeles del cielo; o en las cualidades, sutilezas y
estados de tu ser o del de Dios, son inútiles en la
oración contemplativa. Por mi parte prefiero no tener
nada más que esa pura y oscura percepción de
mi yo de la que te hablé arriba.
Fíjate en que he dicho de mi yo y no de mis
actividades. Muchas personas confunden sus actividades con
ellos mismos, creyendo que son lo mismo. Pero no es
así. El agente es una cosa y sus obras son otra. De
la misma manera, Dios, tal como es en si mismo, es
totalmente diferente de sus obras, que son también
algo distinto.
Pero, volviendo a mi punto, llegar a la simple conciencia
de mi ser es todo lo que deseo, aun cuando ello suponga el
peso doloroso del yo y rompa mi corazón con
lágrimas, porque sólo experimento mi yo y no a
Dios. Prefiero esto con su consiguiente dolor a todos esos
sutiles y raros pensamientos e ideas de que el hombre puede
hablar o que puede encontrar en los libros, por muy sublimes
y agradables que puedan parecer a tu aguda y sofisticada
mente. Porque este sufrimiento me inflamará con el
deseo amoroso de experimentar a Dios tal cual es.
A pesar de todo, estas meditaciones tienen su lugar y su
valor. Un pecador recién convertido y que acaba de
comenzar a orar, encontrará en ellas el camino
más seguro para el conocimiento espiritual de
sí mismo y de Dios. Creo, además, aparte la
especial intervención de Dios, que es humanamente
imposible para un pecador llegar al reposo pacifico en la
experiencia espiritual de si mismo, hasta no haber
ejercitado primero su imaginación y razón en
el aprecio de su propio potencial humano, así como en
las multiformes obras de Dios, y hasta que no haya aprendido
a llorar su pecado y a encontrar su gozo en el bien obrar.
Créeme, quien no siga este camino se
extraviará. En este caso uno ha de permanecer fuera
de la contemplación, ocupado en la meditación
discursiva, aun cuando preferiría entrar en el reposo
contemplativo que está por encima de ella. Muchos
creen erróneamente que han penetrado por la puerta
espiritual, cuando, en realidad, siguen todavía
fuera. Y lo que es más, permanecerán fuera
hasta que no aprendan a buscar la puerta con un amor
humilde. Algunos encuentran la puerta y entran antes que
otros, no porque posean una entrada especial o un
mérito extraordinario, sino simplemente porque el
portero les deja
entrar.
15
¡Y qué delicioso lugar es esta morada del
espíritu! Aquí el mismo Señor no
sólo es portero sino también la puerta. Como
Dios, es el portero; como hombre, es la puerta. Por eso dice
en el Evangelio:
- Yo soy la puerta de las ovejas,
- si uno entra por mí, estará a
salvo;
- entrará y saldrá y
encontrará pasto.
- El que no entra por la puerta
- en el redil de las ovejas,
- sino que sube por otro lado,
- es un ladrón y un salteador.
En el contexto de todo lo que venimos diciendo sobre la
contemplación, puedes entender las palabras de
nuestro Señor como sigue: «En cuanto Dios, yo
soy el portero todopoderoso y por lo mismo, a mi me
pertenece determinar quién puede entrar y
cómo. Pero preferí prepararle un camino claro
y común al rebaño, abierto a todo aquel que
quiera venir. Por eso me revestí de una naturaleza
humana ordinaria, poniéndome totalmente a
disposición de todos, de manera que nadie pudiera
excusarse de venir porque no conociera el camino. En mi
humanidad, yo soy la puerta, y quien entra por medio de mi
será salvo».
Los que deseen entrar por la puerta comenzarán
meditando la Pasión de Cristo y aprenderán a
llorar sus pecados personales, que motivaron esa
Pasión. Que se reprueben a si mismos
arrepintiéndose sinceramente y se muevan a
compasión y piedad por su buen maestro, pues
habiéndolo merecido ellos, no han sufrido, mientras
que él, no mereciéndolo, sufrió tan
lastimosamente. Y que levanten sus corazones a recibir el
amor y la bondad de su Dios, que prefirió descender
tan bajo como para hacerse hombre mortal. Todo el que hace
esto entra por la puerta y será salvo. Sea que entre,
contemplando el amor y la bondad de la Divinidad, o que
salga, meditando los sufrimientos de su humanidad,
encontrará pastos espirituales de devoción en
abundancia. Si, y aunque no avance más en esta vida,
tendrá mucha devoción, muchísima, para
fomentar la salud de su espíritu y llevarle a la
salvación.
Algunos, no obstante, rehusarán entrar por esta
puerta, pensando llegar a la perfección por otros
medios. Tratarán de atravesar la puerta con toda
suerte de sabias especulaciones, entregando sus no
refrenadas e indisciplinadas facultades a extrañas y
exóticas fantasías, con desprecio de la
entrada común abierta a todos, de la que hablé
más arriba, así como de la guía segura
de un padre espiritual. Tal persona (y no me importa
quién sea) no sólo es un ladrón
nocturno sino un vagabundo de día. Es un
ladrón nocturno, porque opera en la oscuridad del
pecado. Lleno de presunción, confía en sus
ideas y antojos personales más que en el consejo
seguro o en la seguridad de esa senda clara y común
que he descrito. Es un vagabundo de día, porque
disfrazado de una auténtica vida espiritual roba
secretamente y se arroga los signos externos y las
expresiones de un verdadero contemplativo, mientras que en
su vida interior no produce ninguno de sus frutos.
También, ocasionalmente, este joven puede sentir una
ligera inclinación hacia la unión con Dios, y,
cegado por esto, lo toma como una aprobación de lo
que hace. En realidad, cediendo a sus deseos incontrolados y
rehusando el consejo, se encuentra en una pendiente
peligrosísima. Su peligro es todavía mayor al
ambicionar cosas que están muy por encima de
él y fuera de la senda ordinaria y clara de la vida
cristiana. Ya expliqué esta senda a la luz de las
palabras de Cristo, al mostrar el lugar y la necesidad de la
meditación. La llamé la puerta de la
devoción, y te aseguro que es la entrada más
segura para la contemplación en esta vida.
16
Pero volvamos a nuestro tema, que te concierne a ti
personalmente y a cuantos compartan tus disposiciones.
Dime ahora, si Cristo es la puerta, ¿qué
deberá hacer el hombre una vez la ha encontrado?
¿Deberá permanecer allí a la espera sin
entrar? Contestando en tu lugar, te digo: si, esto es
exactamente lo que debe hacer. Hace bien en seguir estando a
la puerta, pues hasta ahora ha vivido una existencia ruda
según la carne, y su espíritu se halla
corroído por una gran herrumbre. Es justo que espere
a la puerta hasta que su conciencia y su padre espiritual
estén de acuerdo en que este orín ha sido
totalmente quitado. Pero, sobre todo, ha de aprender a ser
sensible al Espíritu que le guía secretamente
en lo profundo de su corazón y a esperar hasta que el
Espíritu mismo le mueva y le llame desde dentro. Esta
secreta invitación del Espíritu de Dios es el
signo más inmediato y cierto de que Dios llama y
mueve a una persona a una vida más alta de gracia en
la contemplación.
Pues puede suceder que un hombre lea u oiga sobre la
contemplación y sienta incesantemente en sus
devociones ordinarias un suave deseo de unirse más
íntimamente a Dios, incluso en esta vida, a
través de la obra espiritual sobre la que ha
leído u oído. Esto indica, ciertamente, que la
gracia le está tocando, pues otros oirán o
leerán la misma cosa, permaneciendo totalmente
inmóviles, sin experimentar deseo especial alguno por
ella en sus devociones ordinarias. Estas personas hacen bien
en seguir pacientemente a la puerta, como llamados a la
salvación pero no aún a su
perfección.
Permítaseme a estas alturas una leve
digresión para advertirte (y a cualquiera que pueda
leer esto) una cosa en particular. Es algo aplicable en todo
caso, pero especialmente aquí, donde hago una
distinción entre los llamados a la salvación y
los llamados a su perfección. Que te sientas llamado
a una u otra carece de importancia. Lo que es importante es
que atiendas a tu propia llamada y no discutas o juzgues los
designios de Dios en la vida de los otros. No te mezcles en
sus asuntos: de a quién mueve y llama, y a
quién no; de cuándo llama, si pronto o tarde;
o de por qué llama a uno y no a otro. Créeme,
si te metes a juzgar todo esto que atañe a otras
personas, pronto caerás en el error. Presta
atención a lo que digo y trata de captar su
importancia. Si te llama, alábale y pídele que
puedas responder perfectamente a su gracia. Si no te ha
llamado todavía, pídele humildemente que lo
haga a su debido tiempo. Pero no te atrevas a decirle lo que
ha de hacer. Déjale solo. Es poderoso, sabio y lleno
de deseo de hacer lo mejor para ti y para todos los que le
aman.
Vive en paz en tu propia vocación. Sea que
estés esperando fuera en la meditación o
entres dentro por la contemplación, no tienes motivo
para quejarte; las dos vocaciones son preciosas. La primera
es buena y necesaria para todos, aunque la segunda es mejor.
Agárrate a ella, pues, si puedes; o mejor dicho, si
la gracia te agarra y escuchas la llamada del Señor.
Sí, te hablo con toda verdad al decirte esto. Pues
abandonados a nosotros mismos podemos caer en forzar
orgullosamente la contemplación, lo cual sólo
nos lleva a tropezar al final. Sin él, además,
es demasiado esfuerzo perdido. Recuerda lo que dice:
«Sin mi no podéis hacer nada». Es como si
dijera: «Si no os muevo y atraigo yo primero y vosotros
no respondéis consintiendo y sufriendo mi
acción, nada de lo que hagáis me
agradará por completo». Y ya sabes desde ahora
que la obra contemplativa que he descrito, por su misma
naturaleza, ha de agradar enteramente a Dios.
17
Consagro este capitulo a refutar la ignorante
presunción de ciertas personas que insisten en que el
hombre es el agente principal en todo, incluso en la
contemplación. Confiando demasiado en su natural
sabiduría y en la teología especulativa,
afirman que Dios es el que consiente pasivamente, incluso en
esta actividad. Pero quiero que entiendas que en lo que
respecta a la contemplación, ocurre todo lo
contrario. Dios solo es el agente principal aquí, y
no quiere actuar en nadie que no haya dado de mano todo
ejercicio de su entendimiento natural entretenido en una
especulación inteligente.
No obstante, en toda obra buena, el hombre act�a en
colaboraci�n con Dios, sirvi�ndose de su natural ingenio y
conocimiento para su mayor bien. Dios es tambi�n aqu� totalmente
activo, pero aplicando, por decirlo as�, una medida diferente. Aqu�
permite la acci�n del hombre y la asiste a trav�s de los medios
secundarios: la luz de la Escritura, la orientaci�n fiable y los
dictados del sentido com�n que incluyen las exigencias del propio
estado, de la edad y las circunstancias de la vida. De hecho, en
todas las actividades ordinarias el hombre nunca debe seguir una
inspiraci�n -aunque sea piadosa o atractiva-; hasta no haberla examinado
racionalmente a la luz de estos tres testigos.
Es razonable, ciertamente, esperar a que un hombre sea
capaz de actuar responsablemente. La santa Iglesia
así lo hace, y por derecho y decreto no permite que
uno llegue a obispo (el grado más alto de vida
activa) hasta que tras riguroso examen no haya determinado
que es capaz de realizar este oficio.
Así, en todas las actividades ordinarias el
ingenio natural y los conocimientos del hombre (dirigidos
por la Escritura, el buen consejo y el sentido común)
toman iniciativas responsables, mientras Dios con su gracia
permite y asiste en todos los asuntos pertenecientes al
ámbito de la sabiduría humana. Pero en lo que
respecta a la contemplación, ha de rechazarse incluso
la más refinada sabiduría humana. Pues
aquí Dios solo es el agente principal y él
solo toma la iniciativa, mientras que el hombre consiente y
sufre su acción divina.
Esta es, pues, mi manera de entender las palabras del
Evangelio: «Sin mí, no podéis hacer
nada». Significan una cosa en todas las actividades
ordinarias y otra completamente diferente en la
contemplación. Todas las obras activas (agraden a
Dios o no) están hechas con Dios, pero su parte
consiste, como si dijéramos, en consentirías y
permitirías. En la obra contemplativa, sin embargo,
la iniciativa le pertenece a él solo, y sólo
pide que el hombre consienta y sufra su acción.
Puedes tomar esto como principio general: «No podemos
hacer nada sin él; nada bueno ni nada malo; nada
activo ni nada contemplativo».
Antes de dejar este punto, añadiré que Dios
está con nosotros también en el pecado, no
porque coopere en nuestro pecado, pues no coopera, sino
porque nos permite pecar si es que optamos por ello. Si, nos
deja tan libres que podemos ir a la condenación si,
al final, optamos por esto en vez de por un sincero
arrepentimiento.
En nuestras buenas acciones hace algo más que
simplemente permitir nuestra acción. Nos asiste
realmente; para gran mérito nuestro si avanzamos, si
bien para vergüenza nuestra si retrocedemos. Y por lo
que se refiere a la contemplación, él toma la
iniciativa completa, primero para despertarnos, y
después, como maestro artesano, para trabajar en
nosotros conduciéndonos a la más alta
perfección, uniéndonos espiritualmente a
él en un amor consumado.
Y así, cuando nuestro Señor dice: «Sin
mí, no podéis hacer nada», habla a todos,
ya que todos en la tierra caen en uno de estos tres grupos:
pecadores, activos o contemplativos. En los pecadores
está activamente presente, permitiéndoles
obrar como quieren; en los activos está presente,
permitiendo y asistiendo, y en los contemplativos, como
único dueño, despertándolos y
conduciéndolos en esta obra divina.
¡Ay! He empleado muchas palabras y he dicho muy
poco. Pero quería que entendieras cuándo has
de usar tus facultades y cuándo no. Quería que
vieras cómo actúa Dios en ti cuando usas tus
facultades y cuando no. Creí que esto era importante
porque este conocimiento podría prevenirte de caer en
ciertas decepciones que de otra manera podrían
enredarte. Y ya que está escrito, dejémoslo
así, aun cuando no tiene mayor importancia para
nuestro tema. Pero volvamos a él ahora.
18
Después de todo lo que he dicho sobre las dos
vocaciones a la vida de gracia, veo que surge una pregunta
en tu mente. Quizá estés pensando algo
parecido a esto:
«Dime, por favor, ¿hay uno o más signos
que me ayuden a discernir este creciente deseo que siento
por la oración contemplativa, y este embriagador
entusiasmo que se apodera de mi siempre que oigo hablar o
leo sobre él? ¿Es Dios realmente el que me llama
a través de ellos a una vida más intensa de
gracia tal como la has descrito en este libro, o es que los
da como un simple alimento y fuerza para mi espíritu,
de forma que pueda esperar sosegadamente y trabajar en esa
gracia ordinaria que tú llamas la puerta y la entrada
común para todos los cristianos?».
Contestaré lo mejor que pueda.
Ante todo, advertirás que te he dado dos clases de
pruebas para discernir si Dios te llama o no espiritualmente
a la contemplación. Una era interior y la otra
exterior. Mi convicción es que para discernir un
llamamiento a la contemplación, ninguna de las dos,
por si sola, es prueba suficiente. Han de ir juntas,
indicando las dos la misma cosa, antes de que puedas confiar
en ellas sin miedo de equivocarte.
La se�al interior es ese deseo creciente por la
contemplaci�n que se mete constantemente en tus devociones diarias.
Y puedo decirte adem�s lo siguiente sobre este deseo. Es un ciego
anhelo del esp�ritu y, sin embargo, viene acompa�ado de una especie
de visi�n espiritual que persiste despu�s de �l, y que renueva el
deseo y lo acrecienta. (Llamo ciego a este deseo, porque semeja la
facultad de moci�n del cuerpo -como en el tacto o al andar-, que como tú sabes no se
dirige directamente a sí mismo y es, por tanto, en
cierto sentido, ciego). Así, pues, observa
cuidadosamente tus devociones diarias y fíjate en lo
que sucede. Si están llenas del recuerdo de tus
propios pecados, de consideraciones de la Pasión de
Cristo o de otra cosa cualquiera perteneciente a la forma
ordinaria de oración cristiana que he descrito
anteriormente, has de saber que la intuición
espiritual que acompaña y sigue a este ciego deseo es
fruto de la gracia ordinaria. Y esta es una señal
segura de que Dios todavía no te mueve ni te llama a
una vida más intensa de gracia. Te da, más
bien, este deseo como alimento y fuerza para seguir
esperando tranquilamente y actuando con la gracia
ordinaria.
La segunda señal es exterior y se manifiesta como
un entusiasmo gozoso que mana desde tu interior, siempre que
oyes o lees sobre contemplación. La llamo exterior,
porque se origina fuera de ti y entra en tu mente a
través de las ventanas de tus sentidos corporales
(tus ojos y tus oídos), cuando lees. Por lo que
respecta al discernimiento de esta señal,
fíjate en si persiste este gozoso entusiasmo,
quedando contigo cuando has dejado tu lectura. Si desaparece
inmediatamente o poco después y no te persigue en
todo lo que haces, sábete que no es un toque especial
de la gracia. Si no está contigo cuando vas a dormir
y al levantarte, y si no va delante de ti,
introduciéndose en todo lo que haces, encendiendo y
robando tu deseo, no es la llamada de Dios a una vida
más intensa de gracia, más allá de lo
que llamo la puerta común y la entrada para todos los
cristianos. En mi opinión, su misma transitoriedad
demuestra que es simplemente la alegría natural que
todo cristiano siente cuando lee u oye sobre la verdad y
más especialmente una verdad como esta, que tan
profunda y sutilmente habla de Dios y de la
perfección del espíritu humano.
19
Pero si el gozoso entusiasmo que se apodera de ti cuando
lees u oyes sobre la contemplación es realmente el
toque de Dios que te llama a una vida más alta de
gracia, notarás efectos muy diferentes. Será
tan abundante que te acompañará al lecho por
la noche y se levantará contigo por la mañana.
Te seguirá a través del día en todo lo
que hagas, penetrando en tus devociones diarias como una
barrera entre ellas y tú.
Parecerá además que se presenta
simultáneamente con ese ciego deseo que, mientras
tanto, sigue creciendo silenciosamente en intensidad. El
entusiasmo y el deseo pueden parecer ser parte uno de otro.
Tanto es así, que llegarás a pensar que es
solamente un deseo lo que tú sientes, aunque
dudarás en decir qué es precisamente lo que
estás deseando.
Tu personalidad quedará totalmente transformada,
tu porte irradiará una belleza interior, y mientras
lo sientas nada te entristecerá. Correrías mil
kilómetros para hablar con otro del que supieras que
efectivamente también lo siente, y, sin embargo, al
llegar allí, te encontrarías sin palabras. Que
otros digan lo que quieran, tu única alegría
seria hablar de ello. TUs palabras serán pocas, pero
tan fructuosas y tan llenas de fuego que lo poco que dices
llenará al mundo de sabiduría (aunque parezca
tontería a los que todavía son incapaces de
trascender los limites de la razón). TU silencio
será pacífico, tu conversación
provechosa y tu oración secreta en las profundidades
de tu ser. TU autoestima será natural y no
estará estropeada por el engaño, tu
comportamiento con los demás será
cortés y tu risa alegre, como quien goza de todo con
la alegría de un niño. Con qué ansia
amarás el sentarte aparte, sabedor de que otros, que
no comparten tu deseo y atracción, sólo te
molestarían. Habrá desaparecido todo deseo de
leer y escuchar libros, pues tu único deseo
será oír hablar de la
contemplación.
Así el deseo creciente de contemplación y
el gozoso entusiasmo que te embarga cuando oyes o lees sobre
ella se dan la mano y se hacen uno. Cuando estas dos
señales (una interior y otra exterior) están
de acuerdo, puedes confiar en ellas como prueba de que Dios
te llama a entrar dentro y a comenzar una vida más
intensa de gracia.
20
Aprenderás a darte cuenta de que todo lo que he
escrito sobre estas dos señales y sus maravillosos
efectos es cierto. Y sin embargo, después de que
hayas experimentado alguno de ellos, o quizá todos,
llegará un día en que desaparezcan,
dejándote, como si dijéramos, árido, o,
en tu opinión, peor que árido. Habrá
desaparecido tu nuevo fervor pero también tu
habilidad para meditar como habías hecho durante
tanto tiempo anteriormente. ¿Qué hacer entonces?
Sentirás como si hubieras caído en alguna
parte entre dos caminos sin tener ninguno, pero intentando
agarrarte a los dos. Y así será, pero no te
desanimes demasiado. Súfrelo humildemente y espera
con paciencia para que nuestro Señor obre como
quiera. Pues ahora te encuentras en lo que yo
llamaría una especie de océano espiritual, en
viaje desde la vida de la carne hasta la vida en el
espíritu.
Durante este viaje surgirán sin duda grandes
tempestades y tentaciones, dejándote aturdido y sin
saber a qué camino volverte para encontrar ayuda,
pues tu afecto se sentirá privado tanto de tu gracia
ordinaria como de tu gracia especial. Te repito: no temas.
Aun cuando pienses que tienes grandes motivos para temer, no
te angusties. Por el contrario, mantén en tu
corazón una cordial confianza en nuestro
Señor, o, en todo caso, haz lo que puedas
según las circunstancias. Ciertamente, él no
está lejos y quizá en cualquier momento se
volverá hacia ti tocándote más
intensamente que en el pasado con una reavivación de
la gracia contemplativa. Entonces, mientras dura,
sentirás que estás curado y que todo va bien.
Pero, cuando menos lo esperes, se irá de nuevo, y
otra vez te sentirás abandonado en tu barco, de
acá para allá, sin saber dónde.
Vendrá a su propia hora. Con fuerza y más
maravillosamente que antes vendrá en tu ayuda y
aliviará tu angustia. Volverá tantas veces
como se vaya.
Y si aguantas virilmente todo esto con amor dócil,
cada venida será más maravillosa y más
gozosa que la última. Recuerda que todo lo que hace,
lo hace con una intención sabia; quiere que llegues a
ser tan dúctil espiritualmente y tan moldeado a su
voluntad como un fino guante de cabritilla a tu mano.
Y así, unas veces irá y otras
vendrá, de manera que tanto con su presencia como con
su ausencia pueda prepararte, educarte e introducirte en las
profundidades secretas de tu espíritu para esta obra.
En la ausencia de todo entusiasmo te enseñará
el significado real de la paciencia. Desaparecido tu
entusiasmo, podrás pensar que le has perdido
también a él, pero no es así;
sólo quiere enseñarte la paciencia. Mas no te
equivoques sobre esto; Dios puede a veces retirar las suaves
emociones, el entusiasmo gozoso y los ardientes deseos, pero
nunca retira su gracia de los que ha elegido, excepto en
caso de pecado mortal. Estoy seguro de ello. Por lo
demás, las emociones, el entusiasmo y los deseos no
son en sí mismos gracia, sino regalos de la gracia. Y
estos los puede retirar con frecuencia, unas veces para
fortalecer nuestra paciencia; otras, por otras razones, pero
siempre para nuestro bien espiritual, aunque quizá
nunca lo entendamos.
Debemos recordar que la gracia, en sí misma, es
tan alta, tan pura y tan espiritual que nuestros sentidos y
emociones son de hecho incapaces de experimentarla. El
fervor sensible que experimentan son los regalos de la
gracia, no la gracia misma.
Estos los retirará el Señor de vez en
cuando para ahondar y madurar nuestra paciencia.
También lo hace por otras razones, pero no
entraré ahora en ellas. Sigamos más bien con
nuestro tema.
21
Aunque puedas llamar a las delicias del fervor sensible
la llegada del Señor, estrictamente hablando no es
así. Nuestro Señor alimenta y fortalece tu
espíritu por la excelencia, la frecuencia y la
hondura de estos favores, que a veces acompañan a la
gracia a fin de que puedas vivir perseverantemente en su
amor y servicio. Pero él obra en dos sentidos. Por un
lado aprendes la paciencia en su ausencia, y por otro te
robusteces con el alimento generoso y vivificador que te
proporcionan con su venida. Nuestro Señor te modela
así por medio de ambos, hasta hacerte gozosamente
dócil y tan suavemente plegable que pueda conducirte
finalmente a la perfección espiritual y a la
unión con su voluntad, que es el amor perfecto.
Entonces estarás tan dispuesto y a punto para
abandonar todo sentimiento de consuelo cuando él lo
considere mejor, como a gozarlos sin cesar.
En este tiempo de sufrimiento, además, tu amor se
hace casto y perfecto. Entonces podrás ver a tu
Señor y su amor, y te convertirás en una sola
cosa con él por su amor, experimentándole
desnudamente en el ápice soberano de tu
espíritu. Aquí, totalmente despojado del yo y
vestido de nada más que de él, le
experimentarás tal cual es, desnudo de todos los
adornos de los deleites sensibles, aunque sean los placeres
más suaves y sublimes de la tierra. Esta experiencia
será ciega, como ha de ser en esta vida; sin embargo,
con la pureza de un corazón indiviso, totalmente
alejado de la ilusión y del error propio del hombre
mortal, percibirás y sentirás que es él
realmente y sin lugar a engaño.
La mente, finalmente, que ve y experimenta a Dios tal
cual es en su desnuda realidad, no está más
separada de él de lo que lo está de su propio
ser, que, como sabemos, es uno en esencia y naturaleza. Pues
así como Dios es uno con su ser, pues son una y la
misma cosa por naturaleza, de la misma manera, el
espíritu que ve y experimenta a Dios es uno con aquel
a quien ve y experimenta, porque se han convertido los dos
en uno por gracia.
22
¡Mira, pues! Aquí están las
señales que pedías. Si tienes alguna
experiencia de ellas, podrás discernir (parcialmente
al menos) la naturaleza y el significado de la
intimación y del despertar de la gracia que sientes
que te toca interiormente durante tus devociones
espirituales, y exteriormente siempre que lees u oyes acerca
de la contemplación. Como regla, pocas personas se
ven tocadas tan singularmente y confirmadas en la gracia de
la contemplación de tal manera que pasen a una
experiencia inmediata y auténtica de todos estos
dones juntos en el mismo comienzo. Si crees, no obstante,
que has experimentado realmente uno o dos de ellos,
contrástalos tú mismo con los rigurosos
criterios de la Escritura, de tu padre espiritual y de tu
propia conciencia. Si crees que todos ellos lo aprueban con
unanimidad, es hora de dar de mano a todo razonamiento
especulativo así como a toda reflexión
imaginativa profunda sobre las sutilezas de tu ser o del de
Dios, de tus actividades o de las suyas. Al principio
alimentaron tu entendimiento y te llevaron más
allá de una existencia mundana y material al umbral
de la contemplación. Pero la imaginación y la
razón te han enseñado todo lo que
podían, y ahora debes aprender a entregarte
totalmente al simple y espiritual conocimiento de tu yo y de
tu Dios.
23
En la vida de Cristo tenemos una poderosa
ilustración de todo cuanto he intentado decir. Aunque
no hubiera habido mayor perfección en esta vida que
verle y amarle en su humanidad, no creo que hubiera
ascendido a los cielos mientras perdurase este siglo, ni que
retirara su presencia física de sus amigos de la
tierra que tanto le amaban. Pero una más alta
perfección era posible al hombre en esta vida: la
experiencia puramente espiritual de amarle en su Divinidad.
Por esta razón dijo a sus discípulos que
estaban poco dispuestos a dejar su presencia física
(lo mismo que tú estás poco dispuesto a dejar
las reflexiones especulativas de tus sutiles y sabias
facultades), que para su propio bien debía apartar su
presencia física de ellos. Les dijo: «Es
necesario que yo me vaya», dando a entender: «Es
necesario para vosotros que yo me separe físicamente
de vosotros». El santo doctor de la Iglesia, san
Agustín, comentando estas palabras dice: «Si la
forma de su humanidad no se hubiera quitado de sus ojos, el
amor hacia él en su Divinidad nunca hubiera penetrado
en sus ojos espirituales». Y por eso te digo que en
cierto momento es necesario abandonar la meditación
discursiva y aprender a gustar algo de esa profunda y
espiritual experiencia del amor de Dios.
Abandonado a la gracia de Dios que te conducirá y
te guiará, podrás llegar a esta honda
experiencia de su amor siguiendo la senda que he trazado
ante ti en estas páginas. Ello exige que tú te
esfuerces siempre más y más por llegar a la
conciencia desnuda de tu yo, ofreciendo constantemente tu
ser a Dios como tu más preciado don. Pero te recuerdo
una vez más: fíjate en que esté
desnudo, no sea que caigas en el error. Cuanto más
desnuda sea esta conciencia, más terriblemente
doloroso te será al principio permanecer en ella
cualquier duración de tiempo, ya que, como he
explicado, tus facultades no encontrarán en ella
alimento para si mismas. Pero no hay daño en esto; de
hecho, estoy complacido realmente. Sigue adelante.
Déjalas que ayunen un poco de su natural deleite en
conocer. Con razón se ha dicho que el hombre, por
naturaleza, desea conocer. Pero, al mismo tiempo, es
también verdad que ningún conocimiento natural
o adquirido le llevará a gustar la experiencia
espiritual de Dios, pues es un puro don de la gracia. Por
eso te insto; ve en pos de la experiencia más que del
conocimiento. Con respecto al orgullo, el conocimiento puede
engañarte con frecuencia, pero este afecto delicado y
dulce no te engañará. El conocimiento tiende a
fomentar el engreimiento, pero el amor construye. El
conocimiento está lleno de trabajo, pero el amor es
quietud.
24
Quizá puedas decir: «¿Quietud? ¿De
qué estará hablando? Todo lo que siento es
zozobra y dolor, no descanso. Cuando intento seguir este
consejo, el sufrimiento y la lucha me salen al encuentro por
todos lados. Por un lado, mis facultades me azuzan a dejar
esta obra, y yo no quiero; por otro, anhelo perder la
experiencia de mi mismo y experimentar sólo a Dios, y
no puedo. La lucha y el dolor me asaltan por todas partes.
¿Cómo puede hablar de descanso? Si esto es
descanso, raro descanso es».
Mi respuesta es sencilla. Encuentras esta actividad
difícil porque no estás acostumbrado a ella.
Si estuvieras acostumbrado y comprendieras su valor, no la
abandonarías por todos los goces materiales del
mundo. Si, lo sé, es difícil y trabajosa. Pero
a pesar de ello, la llamo descanso porque tu espíritu
descansa en una libertad alejada de toda duda y ansiedad
acerca de lo que ha de hacer; y porque durante el tiempo
real de la oración está seguro en el
conocimiento de que no errará mayormente.
Así, pues, persevera en ella con humildad y gran
deseo, ya que es una obra que comienza aquí en la
tierra y que seguirá en la eternidad sin fin. Pido
que Jesús todopoderoso te lleve a ti y a todos los
que ha redimido con su preciosa sangre a su gloria.
Amén.
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