|
Inicio
Un
Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
ABBA,
SANTIFICADO SEA TU NOMBRE
Cuando me pongo a rezar no me dirijo al Dios
de los filósofos ni siquiera, en un cierto sentido,
al Dios de los teólogos. Me dirijo a mi Padre o mejor
dicho a nuestro Padre. Aun más exactamente me dirijo
a quien Jesús en plena intimidad llamaba: Abba.
Cuando los discípulos pidieron al Señor que
les enseñara a rezar, él les dijo
sencillamente: "Cuando oréis, decid:
Abba."
Llamar así a Dios significa tener la
certeza de que nos quiere. Una certeza que no forma parte de
ideas muy sabias, sino de una convicción muy
íntima. Tenemos la impresión de haber llegado
a esta certeza, a la fe, al término de una serie de
reflexiones, meditaciones y voces interiores pero, al fin y
a cabo, esta certeza es un don. Creemos en el amor en
nuestro corazón porque es el mismo Padre quien ha
enviado a su Espíritu y desde entonces su Hijo
está glorificado.
Porque el Padre me ama, yo puedo dirigirme a
él con plena seguridad y confianza. No me presento
respaldado por mis méritos o razones sino que
confío en la ternura infinita del Abba de
Jesús por su Hijo que es también mi Abba.
Él es el Padre. ¿Qué
significa esto? Que da la vida. Pero no la da como un objeto
diferente de él mismo. La da entregándose a
sí mismo. El único regalo que puede hacer es
su propia persona y el resultado de este regalo es su Hijo,
un hijo al que quiere infinitamente, por el cual siente
ternura y a quien el Hijo en respuesta también siente
lo mismo por su padre.
Ese es el Abba a quien me dirijo yo. El
único que me puede dar una vida que es copia exacta
de la suya; él me exige que sea su propia imagen y
semejanza en este momento y no por una cierta apariencia
exterior a mi mismo sino porque él me ha engendrado a
partir de su propia subsistencia.
Eso es lo que quiero decir cuando le pido:
"Santificado sea tu nombre, Abba". Que seas tú
mismo, Abba, dentro de mí. Que tu nombre de Padre se
realice a la perfección en la relación que se
establece entre nosotros. Abba, te pido que seas mi Padre,
que me engendres a tu imagen y semejanza por puro amor para
que yo en respuesta pueda llegar a ser, por pura gratuidad
tuya, ternura hacia ti.
La oración del corazón consiste
simplemente en encontrar el camino que me permita tener
respecto al Padre una actitud gracias a la cual él
mismo pueda santificar su nombre en mí. En mi y en
todos sus hijos. En su único hijo compuesto de
sí mismo y de todos sus hermanos.
Rezar es acoger al Padre, participar en esta
vida que él nos da por gracia. Acoger al Padre es
permitirle engendrar al Hijo y hacer nacer su reino en mi
corazón. De esta manera, el Espíritu
podrá establecer entre yo y el Padre lazos que no se
pueden destruir, relaciones de unidad que se
extenderán a todos mis hermanos.
Anterior
�ndice
Siguiente
|