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Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
VER
A TRAVÉS DEL CORAZÓN
¿Qué camino debemos tomar
para llegar a ese encuentro con el Padre al que
aspiramos? ¿Qué facultades ha puesto a
nuestra disposición para esto? ¿Será
la inteligencia, como capacidad de conocer y de
reflexionar? Escuchemos la respuesta de
Jesús:
"Te doy gracias, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, por haber escondido estas cosas a los
sabios y habérselas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien"
(Mt 11, 25-26).
Esto parece extraño: el camino
está cerrado a los inteligentes y a los que saben
pensar y calcular. No es a ellos a quienes Dios ha decidido
revelar sus secretos.
Sin embargo, ¿no nos ha dado Dios la
cabeza y la capacidad de reflexionar, de ver las cosas, de
imaginárnoslas, como medio para ponernos en contacto
con los demás?
Efectivamente, estas facultades nos las ha
dado Dios. Son buenas. Son indispensables. No debemos
odiarlas ni despreciarlas. Pero debemos, sin embargo,
reconocer sus límites.
Cuando pienso en un problema -o con más
precisión en una persona muy cercana- con mi cabeza y
no con mi corazón, la mantengo a distancia. La
manipulo de manera que la puedo analizar a mi voluntad sin
comprometerme con ella. En el fondo, no me implico, mantengo
mis distancias, conservo mi seguridad respecto a esa
persona.
Hago todo lo que puedo para conocerla sin
dejar que me "lleve o contamine" el dinamismo que
podría emanar de su corazón. Quiero permanecer
libre respecto a ella. En ciertos casos, este método
de actuar quizás sea bueno. Pero si lo que yo quiero
es amar, seguro que no es éste el camino a
seguir.
Jesús nos sigue enseñando:
"Todo me lo ha dado el Padre y nadie conoce
al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre salvo el Hijo
y aquel a quien el Hijo decide revelarlo" (Mt
11,27).
"Todo me lo ha dado el Padre". Esto quiere
decir que entre el Padre y el Hijo están suprimidas
todas las distancias. Ninguno de los dos ha buscado
conservar su seguridad ante el otro. Han asumido implicarse
recíprocamente. Y de esta manera pueden conocerse uno
a otro con un conocimiento de amor que se presenta como un
misterio del que solo los iniciados pueden participar.
"Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al
Padre sino el Hijo". Nadie le conoce porque nadie le
abre su corazón. Si queremos conocer al Padre hay que
aceptar el hecho de que vamos a recibir este conocimiento
del Hijo en la medida en que él vea que nuestro
corazón está preparado para acogerle.
Para conocer de verdad a Dios tendré
que renunciar pues a mis seguridades. Tengo que eliminar las
distancias que el pensamiento y el mundo material me
permiten guardar respecto a él. Tengo que reconocer
que soy vulnerable. Este hecho que yo suelo esconder tan
bien, lo tengo que aceptar a plena luz del día,
vivirlo, es decir dejar que se expresen las verdaderas
reacciones de mi corazón. A partir de este momento
tendré la oportunidad de ponerme en relación
con el Padre y el Hijo... y con todos mis hermanos.
Esto significa -en la realidad concreta- que
tengo que aceptar situarme al nivel de mi corazón. Le
tengo que dar el derecho a existir, a manifestarse, a
expresarse según su propio modo, es decir a
través de sentimientos profundos: confianza,
alegría, entusiasmo, pero también miedo, a
veces angustia, rabia. Esto no quiere decir que hay que
vivir al nivel de la sensibilidad superficial. Al contrario,
significa que tenemos que aceptar que se están
desarrollando en nosotros esos movimientos profundos que nos
llevan a encontrar la verdadera cara del otro. Eso es ser
"pequeño": expresarse espontáneamente y
dejarse querer por el que está ante nosotros.
¡Qué difícil es tener el valor de ser
pequeños!
Estas reflexiones que se sitúan en el
contexto del Evangelio también encuentran su sitio en
un proceso psicológico normal. Los dos niveles son
evidentemente distintos, pero se completan y compenetran.
Tenemos que aprender a llegar a todo a través de la
mirada de amor de Jesús hacia todas sus criaturas e
incluso hacia las personas divinas. Eso es lo que yo llamo
"ver con el corazón": aceptar que el Hijo me revela
al Padre si yo soy capaz de asumir esta revelación,
es decir siempre y cuando, y según mi capacidad de
ser humano, que haya en mí y en mi corazón una
imagen de la relación de intimidad que existe entre
el Hijo y el Padre.
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