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Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
PURIFICACIÓN
DEL CORAZÓN
No es necesaria una larga experiencia de la
existencia humana y menos todavía de la vida
espiritual para saber que estamos presos en un mundo inmerso
en un desorden casi sin arreglo: pecados, desequilibrios
emocionales, heridas no cicatrizadas, costumbres malsanas,
etc. Todo esto constituye las impurezas de nuestro
corazón.
Continuamente vemos que el lenguaje de nuestro
corazón está situado al nivel de las
emociones. Todos los desequilibrios que acabo de enumerar se
convierten en emociones fuera de lo normal; aparecen casi
sin que nos demos cuenta, nos mandan, nos destruyen, nos
cierran a Dios, nos unen a una especie de automatismo del
mal. Y todo esto viene de nuestro corazón.
"Lo que sale de la boca proviene del
corazón y eso es lo que ensucia al hombre. Del
corazón provienen las malas intenciones, los
asesinatos... Esas son las cosas que manchan al hombre" (Mt
15, 18-20).
Si quiero quitar la suciedad de mi ser,
primero tengo que purificar mi corazón.
Ante esta urgente necesidad de
rectificación, normalmente acudimos a lo que podemos
llamar la "ascesis clásica". Es una técnica
probada y practicada por numerosas generaciones de monjes
cristianos, hombres de buena voluntad, decididos a liberarse
de la esclavitud en la que estamos apresados. Es una forma
de accionar que apela a todos los recursos de nuestra
voluntad, de nuestra energía y de nuestra
perseverancia iluminados por la fe y el amor. La ascesis
tiene sus méritos y no hay por que abandonarla, pero
también tiene sus límites.
En particular, en lo que se refiere a la
auténtica purificación del corazón, hay
que ir más allá de las técnicas
humanas. Releamos la invitación que hace San Bruno a
su amigo Raúl:
"¿Qué hacer entonces, querido
amigo? ¿Qué hacer sino creer en los consejos
divinos, creer en la verdad que nunca engaña?
Efectivamente ésta avisa a todo el mundo: "Venid a mi
todos los agobiados y yo os aliviaré". ¿No es
cierto que es una pena horrible e inútil estar
atormentados por los propios deseos, castigarse sin piedad
por las preocupaciones y las penas, el miedo y el dolor que
dan vida a esos deseos? ¿Qué carga más
aplastante que ésta puede haber, cuyo peso rebaja el
espíritu injustamente de su sublime dignidad hasta lo
más bajo de este mundo?" (A Raúl, 9).
Existe pues una manera de purificación
donde, antes que cualquier otra, hay que dirigirse a
Jesús, llegar a él con el fin de recibir
alivio. Él nos dirige esta invitación justo
después de habernos dicho que teníamos que
renunciar a ser sabios e inteligentes para convertirnos en
pequeños. Entrar en el camino del corazón es
reconocer que la única pureza verdadera es un don de
Jesús.
"Tomad mi yugo y aprended de mi que soy manso
y humilde de corazón y hallaréis alivio en
vuestras fatigas" (Mt 11,29).
La purificación fundamental se produce
a partir del momento en que las impurezas y los
desequilibrios que me afectan los ponemos cara a cara con
Jesús. Esto no es una tarea más difícil
que la ascesis clásica pero es más eficaz
porque nos obliga a establecernos en la verdad: la verdad
sobre nosotros mismos que nos obliga a abrir los ojos sobre
la realidad de nuestro pecado; la verdad de Jesús que
es el verdadero salvador de nuestras almas no solo de manera
general y lejana sino porque también entra en
contacto inmediato y concreto con cada una de las suciedades
que nos afectan. Es necesario, pues, que aprenda a ofrecerme
a él, a entregarme a él sin esperar nada, en
medio de las circunstancias o a través de un
movimiento profundo de mi corazón que quiere por fin
re-encontrarse con su verdadera libertad.
Cada vez que constato en mi la presencia de
uno de esos lazos que me paralizan, me convenzo a mí
mismo de que lo más necesario no es declarar la
guerra a esta servidumbre porque en la mayoría de los
casos no haría más que cortar las ramas sin
llegar a la raíz. Lo más importante es sacar
fuera esas raíces, ponerlas a la luz del día,
aunque resulten muy feas y muy desagradables. Se trata
precisamente de asumirlas tal y como son y poder ofrecerlas
al Señor con un gesto libre y consciente. Desde esta
perspectiva, la clásica invocación:
"Jesús, Hijo del Dios, ten piedad de mí,
pecador", no corre el riesgo de convertirse en una
repetición vana. Es la constatación
indefinidamente renovada de que va a producirse un nuevo
encuentro entre el corazón purificador de
Jesús y mi sucio corazón.
Es evidente que en este proceso hay un
elemento de pura psicología humana pero
¿qué es entonces lo chocante? ¿No
actúa siempre la gracia sobre las estructuras de la
naturaleza? En este caso se convierte en soporte de la
Redención que realiza en mi corazón la
transformación y cicatrización de las heridas
por el encuentro personal con el Jesús resucitado.
Así nos acostumbramos poco a poco a dirigirnos a
Él siempre, sobre todo cuando se trata de lo que hay
de oscuro, tenebroso e inquietante dentro de nosotros.
Esta actitud del corazón en el
principio asusta. Demasiadas veces nos han enseñado
que lo único que se le puede ofrecer al Señor
son actuaciones buenas y bellas. Todo lo demás no
forma parte de las virtudes así que no se le puede
presentar. Pero esto ¿no va en contra del Evangelio? El
mismo Jesús afirma que ha venido no para curar a los
sanos sino a los enfermos. Habrá que aprender pues,
sin falsa vergüenza, a ser auténticos enfermos
delante del medico divino que reconocen lealmente todo lo
tienen de falso, engañoso y contrario a Dios. El es
el único que nos puede curar.
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