|
Inicio
Un
Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
MI
CUERPO, LUGAR DE ENCUENTRO CON EL VERBO Y TEMPLO DEL
ESPÍRITU
A menudo nos gustaría tomar la formula
"oración del corazón" de manera
simbólica. Hablar del corazón seria un modo
imaginario de evocar algo de nuestro interior, es decir algo
espiritual. Eso no es correcto. Todos los movimientos del
corazón que representan el soporte de nuestra
relación con el Padre son movimientos ligados a
nuestro ser sensible, material. Sabemos por experiencia -a
veces incluso a precio de nuestra salud- que las emociones
verdaderamente profundas afectan a nuestro corazón
físico.
Dios nos ha hecho así. En el relato del
Génesis vemos a Yhavé modelando al hombre del
barro de la tierra y afirmando al mismo tiempo que este ser
material estaba hecho a su imagen y semejanza. Nuestro
cuerpo no es un obstáculo en la relación con
Dios. Al contrario, es la mismísima obra del
Señor que nos ,ha creado como hijos llamados a
recibirle a El en herencia.
Toda la economía de la
encarnación del Hijo de Dios nos sitúa en las
mismas perspectivas. La Iglesia, desde los primeros siglos,
ha luchado con mucho empeño por defender la realidad
de que Jesús es verdaderamente un hombre.
Nació en la carne y vivió; nos
enseñó, sufrió, murió y
resucitó.
Estas son las obras humanas del Verbo de Dios
que nos han dado y siguen dándonos la vida cada
día. La Palabra de Dios llega a nosotros con palabras
humanas. Nuestro pecado no ha sido purificado de manera
simbólica sino a través de la efusión
de la sangre que brota del cuerpo de Jesús. Él
verdaderamente ha muerto y resucitado en su carne. Es esta
resurrección material la que salva nuestras almas
igual que nuestros cuerpos.
En fin, el Espíritu se nos dio a partir
de la resurrección corporal del Hijo. Es él,
el hijo de María quien nos envía al
Espíritu desde el seno del Padre. No es la Palabra
increada sino la Palabra encarnada que ha compartido nuestra
existencia convirtiéndose en uno de los nuestros.
Experimentamos esta encarnación cada
día a través de los sacramentos, la liturgia,
la vida en comunidad, la pertenencia al cuerpo de la
Iglesia. Todo esto es el fundamento inmediato, la presencia
en nuestras vidas de la realidad de Cristo. Sepamos pues
acoger a Jesús tal y como viene a nosotros, es decir
dirigiéndose a nosotros en nuestro cuerpo. No nos
precipitemos deshaciéndonos rápidamente de
este intermediario que a veces consideramos un poco como una
falta de pureza en nuestra relación con Dios. Eso no
es verdad, no es una impureza, sino el mismísimo
lugar de encuentro con nuestro Abba.
Igual que nos sería imposible imaginar
la vida en comunidad si nuestros hermanos fueran seres sin
cuerpo, puros espíritus a los que deberíamos
de llegar más allá de su envoltura carnal, de
la misma forma sería un rechazo a la realidad del
amor de Dios querer abstraerse de la realidad material y
carnal presente en el Hijo que viene a nosotros.
Efectivamente, la Eucaristía que celebramos cada
día es la celebración de un acto que ha
contribuido a llegar en su Cuerpo y su Sangre a
transformaciones profundas sin abandonarlas ni olvidarlas
sino dándoles su plena significación: son una
realidad material que es el Hijo de Dios. De la misma
manera, nuestro cuerpo es la realidad de lo que somos
nosotros con todo su peso, sus límites, sus
restricciones. Es mi cuerpo quien entra en contacto con
aquella realidad de la cual Jesús dijo:
"Esto es mi cuerpo." En el encuentro de
las dos realidades corporales se establece el contacto de
vida entre Dios y yo.
"Si no coméis mi cuerpo y no
bebéis mi sangre no tendréis vida en vosotros.
Igual que el Padre me ha enviado y yo estoy vivo por
él, así el que me come vivirá por
mí" (Jn 6,57).
La consecuencia de este estado de cosas es que
yo no podría rezar si no orara en mi cuerpo. No puedo
abstraerme de mi realidad encarnada cuando me dirijo a Dios.
Tampoco es una simple cuestión de disciplina
religiosa si hay ciertos gestos impuestos y si existen
condiciones materiales que me limitan cuando tengo que
dirigirme a Dios. Todo esto corresponde a una única
verdad: que Dios me quiere tal y como me ha creado.
¿Por qué voy a querer yo ser más
espiritual que él?
Es necesario, pues, aprender a vivir con mi
cuerpo y con todas las restricciones que me impone. La
comida, el sueño, el sosiego, las enfermedades, los
limites de mis fuerzas... no son obstáculos entre
Dios y yo, al contrario representan la trama de la tela que
establece la continuidad que no puede fallar entre lo
más íntimo de la realidad divina y lo
más concreto de mi existencia cotidiana.
¿Quién de nosotros no ha pasado por esta
experiencia a veces terriblemente dolorosa de sentirse
limitado, casi prisionero por culpa, por ejemplo, de
problemas de salud?
Si nuestro corazón es leal no podemos
decir más que una cosa: que es Dios quien viene a
nosotros a través de esos contratiempos dolorosos.
Ellos son el verdadero punto de inserción del amor de
Dios en nuestra vida. Nuestro corazón acoge a Dios en
la medida en que está atento a esta realidad que nos
gustaría poder considerar inferior a nuestra
vocación espiritual. Tengamos cuidado con las
mentiras permanentes que el Príncipe de las mentiras
intenta sembrar en nuestro corazón. No juguemos a
espíritus puros; sepamos ser algo mucho mejor: hijos
de Dios.
Anterior
�ndice
Siguiente
|