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Un
Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
EL
MISMO ESPÍRITU ORA EN
MÍ
Estamos hablando de oración. ¿Pero
sabemos rezar? Me pregunto si incluso sé en
qué consiste la verdadera oración.
Sinceramente tengo que admitir que no. Siento en mí
un llamamiento profundo en un sentido, pero sigo en la
oscuridad. Felizmente:
"El Espíritu viene en ayuda de
nuestra debilidad; pues no sabemos pedir como conviene; pero
el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos
indecibles. El que escudriña los corazones sabe
cuál es la intención del Espíritu
porque conforme a la voluntad de Dios intercede por
nosotros" (Rm 8, 26-27).
La oración está en mi
corazón. Brota de mi corazón. Y, por tanto, no
es obra de mí solo. El Espíritu que me ha sido
dado, ocupa enteramente mi corazón y es el que reza
en mi. El Espíritu viene del corazón de Dios
deseando encender en mi propio corazón la misma llama
que en el suyo.
Conocemos todos los pasajes de san Pablo que
nos repiten lo mismo pero ¿no tenemos demasiada
tendencia a considerarlos como algo puramente
teórico? O, por expresarnos de manera más
noble, como "verdades de la fe" es decir algo de lo que se
habla con convicción pero que lo vivimos en total
oscuridad.
Esta presencia del Espíritu en mi
corazón seria algo que se situaría
únicamente al nivel de Dios y con la cual no
podría yo comunicarme más que a través
de fórmulas intelectuales. La misma realidad
escaparía totalmente de mi experiencia. ¿Es esto
lo que verdaderamente quiere decir san Pablo?
En reacción ante lo que esta actitud
tiene de excesiva, ¿es necesario exigir que toda
existencia cristiana auténtica sea una experiencia de
Espíritu, como la de los Apóstoles cuando
recibieron las lenguas de fuego el día de
Pentecostés? Esto nunca lo ha enseñado
así la Iglesia. Pero, entre los dos extremos, se
sitúa una actitud verdadera, accesible a todos los
cristianos, en la que la presencia del Espíritu en
nuestras vidas es una realidad que tiene una influencia
directa sobre nuestra manera de ser, sobre nuestras
relaciones de amor con nuestros hermanos y sobre nuestra
oración.
Si retomamos las diferentes etapas de las que
hemos hablado, constatamos una progresión. Renunciar
a considerar el centro de nuestra actividad de
oración al nivel de la cabeza, de las
representaciones, de los sistemas de pensar, entrar en
nuestro corazón, y descubrir todo un mundo
desordenado de emociones y heridas que emanan de nuestro
corazón y que tienen necesidad de ser purificadas.
Tenemos que descubrir que hay una posibilidad efectiva de
integrar todas las heridas de nuestro corazón en el
movimiento de la redención, sacándolas a la
luz, de manera que las podamos ofrecer conscientemente a la
acción redentora de Jesús.
De esta manera y sin haberlo dicho, hemos
conseguido hablar del movimiento del Espíritu en
nosotros. Podemos realizar lo que acabo de decir, o sea que,
realmente, el Espíritu del Señor actúe
en nosotros, que nos permita desenredar, en la compleja red
de nuestras emociones, lo que podemos ofrecer con paciencia
y perseverancia a la gracia de purificación y de
resurrección del Salvador. Todo lo que hemos hablado
es ya obra del Espíritu.
Sigamos el mismo camino. Más
allá de todos los movimientos caóticos del
corazón y sobre todo a partir del momento en que
Jesús empieza a restablecer el orden en él,
observamos movimientos menos confusos que progresivamente
acaban siendo ordenados y así sin más cuidado,
el fondo de nuestro corazón aprende a volverse
espontáneamente hacia el Señor. Y
únicamente más tarde, observando lo ocurrido,
nos damos cuenta de que, en verdad, el Espíritu del
Señor ha estado actuando en lo más profundo de
nuestro corazón en pleno silencio y con mucha
discreción. A medida que la paz se instala, nace un
cierto dinamismo misterioso con el que tenemos que aprender
a cooperar.
De esta manera nos acostumbramos a asumir
todos los movimientos de nuestro corazón, los buenos,
los menos buenos y los malos, para orientarlos hacia Dios.
Unos provienen directamente del Padre y vuelven a él.
Otros necesitan estar transformados y asumidos por la muerte
y la resurrección de Jesús. Todos piden estar
integrados conscientemente en este dinamismo del
Espíritu extendido en nuestros corazones. Se trata de
aprender a estar atentos a los movimientos de nuestro
corazón para llegar a unirlos voluntaria y
conscientemente a la acción del Espíritu Santo
que mora en nosotros.
Todo esto no supone ninguna "gracia
mística". Es cuestión únicamente de
darse cuenta, con ayuda de la ternura y de la simplicidad,
de que nuestro corazón sigue vivo y que esta vida la
podemos ofrecer al Espíritu Santo para que él
la lleve en su movimiento hacia el Padre.
San Pedro dice que el Espíritu nos
habla con susurros difíciles de expresar. Esto
último merece que le prestemos atención. La
acción normal del Espíritu no es darnos ideas
claras, ni iluminarnos, ni nada de esto. La acción
del Espíritu consiste en llevarnos hacia el
Padre.
"Todos los que se dejan llevar por el
Espíritu de Dios son hijos de Dios. Porque no
habéis recibido el espíritu de esclavos para
caer en el temor; si no que se os ha dado un Espíritu
de hijos adoptivos que os hace gritar: "¡Abba! Padre!"
El Espíritu en persona se une a nuestro
espíritu para confirmar que somos hijos de
Dios".
El Espíritu es un testigo, un dinamismo
que nos arrastra. No busquemos para nada atraparle,
identificarle, asirle con el fin de poder controlarle. Esto
significaría expulsarle de nuestro corazón y
apagarle. Dejémosle libertad plena para orar en
nosotros con su manera velada, oculta y misteriosa que
valoraremos luego por los resultados. Cuando empecemos a
constatar que estamos aprendiendo a rezar y que, sin saber
por qué, somos capaces de pedir a Dios y ser
acogidos, podríamos considerar que a pesar de todas
nuestras debilidades evidentes, el Espíritu ora en
nosotros.
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