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Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
MI
DEBILIDAD, LUGAR PARA DESCUBRIR Y ENCONTRAR LA TERNURA DEL
PADRE
El reflejo espontáneo del ser humano es
tener miedo de sus propias debilidades. En el momento en que
constatamos que no siempre podemos contar con nuestras
propias fuerzas, una cierta inquietud nos invade y corremos
el riesgo de acabar angustiados. De hecho, todo lo escrito
hasta aquí nos lleva a perder la seguridad personal
que tenemos, sacando a la vista nuestra vulnerabilidad,
nuestros desequilibrios escondidos, los límites de
nuestra condición de criaturas, etc. Y cada vez
decimos: sólo hay una solución que consiste en
reconocer la verdad de lo que somos y entregarla al
Señor para que se ocupe de ella.
Acordémonos del episodio de la tormenta
calmada. Los apóstoles están asustados por la
tempestad que sacude el barco y despiertan a Jesús
que les pregunta sorprendido: "¿Por qué
tenéis miedo, hombres de poca fe?" Luego, con un
solo gesto calma las olas.
¿Por qué tener miedo de mis
debilidades? Existen. Durante mucho tiempo me he negado a
mirarlas a la cara. Poco a poco he empezado a
domesticarías. Estoy obligado a reconocer que forman
parte de mi mismo. No son un efecto exterior del cual
podré deshacerme definitivamente un día.
Aún más: si tuviera la tendencia a olvidarlas,
el Padre se encargaría rápidamente de
recordármelas. Me permitirá algún
error, ante el cual no podré negar mi naturaleza de
pecador. Dejará que la salud me falle de tal forma
que tendré que declararme vencido y entregarme sin
defensa al amor del Padre. Así me hará
comprobar, sin posibilidad de duda alguna, la gran
limitación de mis facultades.
Pero lo nuevo en todo esto es que a partir de
ahí, en lugar de representar un peligro para
mí, mis propias debilidades se convertirán en
una oportunidad para ponerme en contacto con Dios. Por esta
razón tengo que dejarme domesticar por ellas; dejar
de considerarlas como un lado inquietante de mi personalidad
para verlas como una dimensión deseada o aceptada por
el Padre. Esto no supone un paso atrás sino una
estructura fundamental de la vida divina tal y como me ha
sido dada. Cuando me veo inesperadamente enfrente de una
nueva debilidad de mi carácter que todavía no
había descubierto, mi primera reacción
debería ser intentar ver al Padre en ella en lugar de
asustarme.
Entonces, ¿cómo no plantear una
pregunta? La transformación de la debilidad -parecida
en todo a un fracaso- en victoria del amor
¿podría ser una especie de recuperación a
través de la cual Dios transforma el mal en bien? o,
al contrario ¿no estaríamos en presencia de una
dimensión fundamental del orden divino?
Muchas cosas se podrían decir sobre
este punto. Conformémonos con comprobar simplemente
que incluso en la naturaleza todo auténtico amor es
una victoria de la debilidad. Amar no consiste en dominar,
poseer o imponerse. Amar quiere decir acoger al otro sin
pensar en defensa o protección, teniendo, por tanto,
la certeza de ser acogido de todo corazón por el otro
sin ser juzgado, condenado y, aún menos, comparado.
No hay pruebas entre dos seres que se aman. Hay una especie
de inteligencia mutua interior gracias a la cual no se teme
ningún mal que venga del otro.
Esta experiencia, aunque nunca llega a ser
perfecta, es bastante convincente. Y por lo tanto es solo un
reflejo de la realidad divina.
A partir del momento en que empezamos a creer
de verdad, con el corazón, en la ternura infinita del
Padre, nos sentimos en cierto grado
obligados a ir bajando -cada vez más y
más- hacia una aceptación positiva y alegre
del hecho de no tener, no saber, no poder. En esto no hay
ninguna autohumillación malsana. Simplemente estamos
penetrando en el mundo del amor y de la confianza. Y
así, casi sin darnos cuenta, entramos en
comunión con la vida divina. Las relaciones del Padre
y el Hijo en el Espíritu son, a un nivel que desborda
totalmente nuestra capacidad de comprender, la
encarnación perfecta de esta debilidad plenamente
asumida en la comunión.
De manera más cercana a nosotros, se
manifiesta la ternura íntima del tres veces Santo en
la relación del Hijo encarnado con su Padre.
¿Cómo no asombrarse de la serenidad y de la
infinita seguridad con la que Jesús declara
tranquilamente que él no tiene nada suyo, que no
puede hacer nada por si mismo si no fuera por el Padre?
¿Qué hombre aceptaría semejante
desposesión? Por lo tanto ¿no es ésta la
dirección que estamos obligados a seguir si queremos
realmente vivir en la profundidad de nuestro corazón
tal y como lo ha creado el Padre y tal y como lo ha
transformado a través de la muerte y la
resurrección de su Hijo?
María nos orienta en el mismo sentido.
El Magnificat es a la vez un cántico de triunfo y el
reconocimiento de un desprendimiento total.
Ambos van a la par. Desde el principio ella
reconoció y aceptó su completa debilidad y
así fue capaz de acoger al Hijo que el Padre le da.
Ella se convirtió en la Madre de Dios porque es la
que está más cerca de la pobreza de
Dios.
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