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Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
ENTRAR
EN EL SILENCIO
Siguiendo el camino del que estoy hablando es
normal que, progresivamente, la actividad intelectual se
apacigüe durante el tiempo de oración; en la
medida en que las emociones del corazón están
canalizadas, cualquier distracción o
divagación pierde su razón de ser. Es decir,
que la oración del corazón, de un movimiento
casi espontáneo, nos orienta hacia el silencio.
Algunos días esta sensación es más
fuerte y resulta inevitable no encontrarse expuesto, por
así decirlo, a la "tentación del
silencio".
El silencio es un bien que seduce el
corazón desde el momento en que haya tenido una
agradable experiencia. Pero hay muchas formas de silencio y
no todas son buenas. La mayoría incluso se pueden
considerar deformaciones antes que auténtica
oración de silencio.
La primera tentación es hacer del
silencio una actuación a pesar de estar convencido
íntimamente de lo contrario. Bajo el pretexto de que
la inteligencia está parada y que el corazón
parece estar en reposo, nos imaginamos que hemos llegado al
verdadero silencio del ser. En realidad, este silencio,
aunque posea una indiscutible autenticidad, es el resultado
de una tensión de la voluntad que al fin y a cabo es
lo más sutil pero también lo más
pernicioso. En lugar de tener nuestro corazón
disponible, eso nos mantiene en un estado que nos impone una
actitud artificial que, en última instancia, no
ofrece al Señor una acogida porque nos estamos
apoyando en nuestras propias fuerzas. En el caso de personas
con una voluntad enérgica, esto puede representar
mayor obstáculo para una verdadera disponibilidad al
Señor. Hablando materialmente, el silencio es grande
pero es un silencio replegado sobre sí mismo, y
apoyado en sí mismo.
Otra tentación representa el deseo de
hacer del silencio un fin. Nos imaginamos que la
razón de ser de la oración del corazón
e incluso de cualquier existencia contemplativa es el
silencio. Estamos en una realidad material. No nos paramos
en la persona del Padre o en la de su Hijo, ni en la del
Espíritu. Es mi estado el que cuenta y no la
relación real de amor y de disponibilidad que tengo
respecto a Dios. Ya no es una oración sino una
contemplación de mi mismo.
Una tentación análoga a la
anterior consiste en hacer del silencio una realidad en
sí misma. El silencio es suficiente. A partir del
momento en que todos los ruidos de los sentidos, de la
inteligencia, de la imaginación han sido calmados, se
instala en nosotros un auténtico placer y esto es
suficiente. No necesitamos nada más. Nos negamos a
buscar otra cosa. Todo lo que introduciría una nueva
idea, aunque sea sobre el Señor, aunque venga de
él parece un obstáculo. La única
realidad divina en aquel momento es el silencio. Ya no hay
oración; estamos creando un ídolo llamado
silencio.
No digo que el auténtico silencio no
sea una realidad muy importante a la cual hay que atribuir
su gran precio. Pero si queremos entrar en el
auténtico silencio habrá que renunciar al
silencio en el fondo del corazón. O sea, no hay que
deshonrarle, ni despreciarle, ni siquiera renunciar a
buscarle sino evitar convertirle en un fin.
Sobre todo hay que evitar creer que el
verdadero silencio es el resultado de mi esfuerzo personal.
No tengo por qué construir el silencio pieza a pieza
como si fuera un producto de fábrica. Demasiado a
menudo nos imaginamos que el silencio consiste
únicamente en establecer la paz en las facultades
intelectuales, imaginativas y sensuales. Si, esto es un
aspecto del silencio pero no es todo el silencio.
Además, es necesario que nuestro corazón
profundo, en la medida en que se identifique con la
voluntad, esté él mismo en silencio y que
esté calmado cualquier otro deseo distinto al de
hacer la voluntad del Padre. Es decir, que mi deseo en lugar
de estar dispuesto a imponerse al resto del ser humano,
permanezca en pura disponibilidad, a la escucha y acogedor.
Entonces aparece la posibilidad de entrar en un
auténtico silencio del ser entero ante Dios, un
silencio que nace de la conformidad real de mi ser profundo
con el Padre, del que es imagen y semejanza.
Sólo Dios basta. Lo demás es
nada. El auténtico silencio es la
manifestación de esta realidad fundamental de
cualquier oración. Hay un verdadero silencio en el
corazón a partir del momento en que han desaparecido
todas las impurezas que se oponen al Reino del Padre. El
verdadero silencio se establece únicamente en un
corazón puro, en un corazón que haya llegado a
ser parecido al de Dios.
Por esta razón, un corazón puro
de verdad puede guardar un silencio completo hasta cuando
está sumergido en diferentes actividades porque ya no
hay desacuerdo entre él y Dios. Incluso si su
inteligencia y su sensibilidad están en actividad,
por estar en conformidad con la voluntad de Dios, el
auténtico silencio continúa reinado en ese
corazón.
"Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios".
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