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Un Cartujo - La oraci�n del coraz�n  (�ndice)

 

 

LA ORACIÓN TEOLOGAL 

 

El sacramento del hermano

 

Como hijos nacidos de la fe

 

La dificultad de lo sencillo

 

Aspirar al encuentro

 

La luz que alumbra nuestro corazón

 

Avanzando en fe

 

Vivir en esperanza

 

Los tres tipos de amor

 

Entregados a quien nos ama

 

La oración del corazón no es más que la introducción a un tema muy amplio, demasiado amplio tal vez, porque es algo muy sencillo y siempre nos cuesta identificar y formular las cosas sencillas. Hoy me gustaría hablarte de la oración teologal que es, en realidad, otra forma de acercarnos a la oración del corazón.

¿Que significa la fórmula "oración teologal"? La fórmula "oración teologal" evoca a una orientación del corazón que se apoya en las tres virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Supongo que esto es algo bastante preciso; las virtudes teologales son, en resumen, las capacidades que nos da Dios gratis para poder llegar a él directamente, mientras que las demás virtudes, las morales, tienen que ver con los medios que nos ayudan a caminar hacia Dios.

Nos reencontramos aquí con una orientación esencial de la oración del corazón que apunta directamente al corazón de Dios. Es lo más profundo de mi corazón quien está en la búsqueda de un encuentro directo con Dios. No solamente es un encuentro afectivo para experimentar la ternura divina que viene a satisfacer mis necesidades más íntimas y secretas, de probar la bondad de Dios siendo una persona hu-mana, sino también la oportunidad que me ha sido ofrecida por el Padre: es él quien viene a mi y, más allá de todos los medios o intermediarios, este encuentro se realiza porque él está de acuerdo y me da esta oportunidad.

En este momento me pregunto si tú no querrás interrumpirme para decirme: "¿Por qué insistir en algo que parece más que evidente? Rezar es buscar a Dios, es ir al encuentro más inmediato entre él y yo en el amor".

Efectivamente, me parece que muy a me-nudo en lugar de rezar así, gastamos el tiempo y la energía en actividades que tal vez solo se parecen a la oración. Ya no es Dios sino el yo de cada uno el que se convierte en el centro de interés de semejante actuación. Esto lo experimentamos todos pero quizás no sacamos las conclusiones que conlleva. Permíteme que te cuente algo de mi vida para ilustrar lo dicho.

En la evolución de mi oración, he vivido una aventura y sé que muchos han pasado por una experiencia análoga; por eso creo útil decir unas palabras sobre lo que ha golpeado y orientado el resto de mi existencia. Cuando yo era adolescente, un día, aparentemente por casualidad, encontré un volumen de las obras de la gran santa Teresa. Y esta lectura transformó mi vida. En cierto modo ella hizo surgir instantáneamente de lo más profundo de mi corazón una fuente cuyo contenido me seria difícil de describir aunque yo sabia que esta lectura estaba estableciendo un vinculo infinitamente profundo y verdadero entre mi corazón y Dios.

Esta fuente era lo suficientemente abundante como para regar toda mi vida; ella me llevó a mi celda de la Cartuja donde respondía a todas mis necesidades tanto las de soledad como las de liturgia. Sin ni siquiera hacerme preguntas, podía volver a mi fuente que nunca me decepcionó.

No obstante, un día se matizó cuando se me presentó una duda. ¿Qué es lo que me daba esta fuente? ¿Respondía de verdad a los deseos íntimos de mi corazón? Dicho de otra manera ¿era Dios lo que encontraba en ella? ¿O tal vez -y es ahí donde se hacía dolorosa la pregunta- no era, en última instancia, donde yo me encontraba a mí mismo aunque fuera a través de ella, como me llegaba el reflejo de Dios que me cautivaba desde hace años? La cuestión se hacía cada vez más clara: esta fuente no era Dios y yo sólo tenía sed de él. Debería pues abandonar a mi querida fuente. Si esto había sido posible, ahora yo la había secado y obstruido pues empezaba a sentirla como un obstáculo porque ocupaba el lugar de Dios en mi corazón. Entonces fue cuando descubrí la necesidad de encontrar el medio, la actitud del corazón a través de la cual abriría la puerta directamente a quien desde hacía tanto tiempo estaba llamando en vano porque en mi oración, de lo primero que me ocupaba era de mí mismo.

He contado este episodio para dar un ejemplo de lo que me parece que es una trampa inevitable de la soledad: bajo el pretexto de buscar a Dios, al final acaba uno encontrándose a sí mismo, de manera muy piadosa, y en esto consiste su felicidad. ¿Cómo escapar a esta emboscada?

 

El sacramento del hermano

Muchas veces me acuerdo de otra dificultad tanto en mi vida personal como en la existencia religiosa de los que están a mi alrededor. Aunque las relaciones que mantengamos con nuestro entorno sean cordiales, es difícil afirmar que siempre estamos dispuestos a establecer con ellos verdaderas relaciones de intimidad. Si ocurre así con un hermano mío al que puedo ver ¿cómo no imaginar que este mismo fenómeno no se produce también con Dios al que no veo? Si existe de verdad un lugar donde el sacramento del hermano sea eficaz es en el encuentro auténtico con nuestro amado Señor. La ventaja del sacramento del hermano consiste en que se sitúa en un nivel en el que nos resulta difícil negar un cierto número de evidencias que escapan fácilmente en nuestro corazón cuando intentamos preparar los caminos del Altísimo.

De hecho ¿qué me enseña la experiencia del encuentro con mi hermano? ¿Soy lo suficientemente acogedor como para dejarle penetrar en lo más profundo de mi ser? O, por el contrario, ¿tal vez estoy demasiado protegido, blindado, lleno de rechazos? Esas fortalezas interiores forman parte de mi fisonomía secreta; cumplen pues necesariamente su papel en la oración y son obstáculo para la marcha del Señor en la búsqueda del camino que conduce al santuario íntimo de mi corazón.

Si yo observo la marcha del encuentro con mi hermano en otro sentido, es decir, cuando yo soy la persona que se esfuerza en ir hacia él, ¿soy mejor actor? No lo creo. Estoy pensando por ejemplo en todas las formas de agresividad que instintivamente se movilizan en mí frente a cualquier otro ser humano: muy a menudo adopto una actitud lejana frente a la atención delicada y afectuosa que con razón se espera de mí. A lo mejor esto es una expresión del miedo de otro o mía pero el hecho es que esos reflejos entran en juego en mis relaciones con el hermano y con el Señor.

Perdóname por haber hablado tanto sobre esas observaciones que sin lugar a duda te parecerán fastidiosas o descorazonadoras, pero escucha lo que nos aconseja el mismo Jesús:

"¿Quién de vosotros si quiere edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?" (Lc 14, 28).

Igual ocurre en el presente caso. ¿No parecería una broma pesada hablar de la construcción de una torre para el encuentro íntimo con Dios sin ni siquiera preocuparse por saber si tenemos el terreno libre para echar los cimientos? Es inútil intentar un verdadero encuentro de mi yo con el Padre en la libertad de los hijos de Dios si desde el principio no me doy cuenta de que estoy atado a miles de costumbres, y que liberarme de ellas representaría una tarea bastante dura que, en última instancia, es el Señor el único que puede realizarla completamente.

 

Como hijos nacidos de la fe

A decir verdad, tengo la impresión de que no soy un socio muy atractivo para Dios. ¿Pero es ésta la respuesta que espera de mí? Dios ha enviado a su Hijo para encontrarme a mí, tal y como soy en la realidad que estoy viviendo hoy. Desde este punto hay que intentar tener una mirada de fe de la situación. ¿Consistirá el proyecto de Dios en ponerse en contacto con seres sin tacha, sin defectos y sin debilidades? ¿O más bien nos dice lo contrario? El Padre ha enviado a su Hijo para cogernos sobre sus hombros, perdidos y heridos como estamos, y llevarnos al aprisco donde se puede gozar de la inmensa alegría de ver cómo los pecadores acogen en sus corazones a Jesús.

Nos estamos aproximando paso a paso a lo que constituye la oración teologal: el encuentro en mi ser real de hoy con Dios que viene a mí no para rechazarme ni para condenarme, sino para hacer de mí su hijo nacido en la fe:

"A los que creen en su nombre los ha permitido llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12).

El tres veces Santo no exige como preámbulo a nuestro encuentro que yo sea perfecto, que tenga obras importantes que ofrecerle ni que sea capaz de servirle en el futuro. Todo esto no le interesa. No me pone ninguna condición. El único elemento indispensable para que el nacimiento se produzca es que yo tenga fe en su amor y que desee sinceramente ser transformado. Si pudiera ofrecerle una huella de esta fe, todo sería posible.

 

La dificultad de lo sencillo

Esto es sencillo. Es infinitamente sencillo. Y eso es, tal vez, lo que hace la cosa tan difícil para mí. Se parece un poco a la historia de Naamán el Sirio que estaba dispuesto a someterse a cualquier tipo de pruebas difíciles pero que no aceptaba la idea de que Dios le podía curar tan solo con bañarse en el Jordán fiándose de la palabra de Eliseo.

Me gustaría mucho que me dijeran que la calidad de mi encuentro con Dios es obra mía. Serían mis cualidades, mis virtudes, las que agradarían a Dios y le atraerían a mi corazón. Gracias a mis esfuerzos yo llegaría a ser santo a mis propios ojos y ante los ojos del Todopoderoso. ¿No nos seduciría este programa, a pesar de ser costoso y exigente?

Por el contrario, el camino propuesto por Dios nos desvía tanto que dudamos muchísimo antes de lanzarnos en él y, si empezamos con un paso indeciso, nos quedamos con la impresión de que falta seriedad en nuestro deseo de gustar a Dios.

Sin embargo ¿no es éste el sentido de la primera de las bienaventuranzas? "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el Reino de los cielos" (Mt 5,3). ¿Que Reino es éste sino el que pedimos una y mil veces en el Padrenuestro? "Padre, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino". El reino que se nos propone es poder glorificar el nombre del Padre; poder decirle que él es verdaderamente nuestro Padre porque nos engendra como a hijos suyos. Pero, para esto, hay que ser pobres y nosotros tenemos miedo. Estamos expuestos a la tentación del joven rico que se retiró hundido en la tristeza porque poseía grandes riquezas. Y aunque todas nuestras riquezas sean falsas, nos sentimos seguros teniéndolas porque en lo más profundo de nosotros mismos tenemos miedo a ser pobres en espíritu.

Tal vez éste es el principal obstáculo que nos disuade de entregarnos a la oración del corazón. Parece que es algo que está por encima de nuestras fuerzas presentarnos ante Dios sin tener nada más para ofrecerle que nuestra pobreza, una pobreza que nos da miedo porque es la de nuestras heridas, nuestra extrema indigencia espiritual, nuestra incapacidad para franquear por nuestras solas fuerzas la distancia que nos separa de la santidad de Dios.

 

Aspirar al encuentro

Éste es pues el camino del cual quiero hablarte porque creo que corresponde a lo que el Señor nos pide: aspirar a un encuentro entre él, tal y como es realmente, y yo tal y como soy de verdad.

Primera pregunta: ¿Cómo llegar a Dios tal y como él es? Cuando se habla de Dios, nos resulta más cómodo definirle de manera negativa que positiva. Es más fácil decir lo que no es Dios que lo que es. Simplificando un poco las cosas, al final incluso admitimos que es imposible saber quién es en verdad. Nuestras facultades naturales no disponen de ningún medio para ponerse en contacto directo con él. ¿Estaría entonces perdida la causa por adelantado? No, porque el Todopoderoso desde siempre desea encontrarnos implicándose totalmente en esta búsqueda.

Personalmente yo no puedo llegar a él solo por mis medios. Pero él sí puede, cuando quiere, traspasar la infinita distancia que nos separa. "La luz verdadera ilumina a todo hombre" dice Juan. En el fondo de cualquier corazón humano brilla una llamita que pregunta: "¿Me quieres?" y la respuesta global es como la de Juan: "Él vino a los suyos (a ti, a mí...) y los suyos no le recibieron" (Jn 1,11). Entonces el Padre de la viña envió a sus servidores, los profetas, a los que los viñadores asesinaron. Y al final envió a su propio hijo que hoy todavía sigue llamando a la puerta de tu corazón.

Jesús, me atrevo a expresarme así, no es nada más que el enviado del Padre. Esta es una de las ideas más relevantes de la oración sacerdotal: "Ellos han creído que tú me enviaste" (Jn 17). Y, a partir del momento en que Jesús hace asumir a sus discípulos la certeza de que es el Enviado del Padre, ya ha cumplido su misión y él vuelve al Padre. Desde entonces hay un abismo permanente entre nosotros y él.

 

La luz que alumbra nuestro corazón

¿Qué abismo permanente es éste que perfora los cielos y nos permite llegar a este Dios inaccesible? Es la fe. Ella no ve la cara del Padre pero en la cara de Jesús, la fe de los discípulos ha visto al Padre. Y de manera análoga nos llega hasta hoy día el testimonio de Jesús transmitido por los apóstoles:

"Te pido por ellos, pero no solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mi y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17, 20-21).

Nuestra fe es el fruto de la oración de Jesús. Es la convicción del corazón, cuya raíz es el mismo Dios, de que Dios viene a nosotros, ahora, a través de su Hijo, por medio de su Palabra, su Iglesia, sus sacramentos, en el Espíritu que nos ha sido definitivamente entregado.

Allí está el punto decisivo: sólo la fe nos permite acoger de verdad al mismo Dios que viene a nosotros. Ella no ilumina nuestra inteligencia sobre él porque seguimos permaneciendo en las tinieblas, pero estamos seguros porque hemos descubierto un más allá de las luces de la inteligencia: el amor del Padre que la inteligencia no sabría abrazar pero que descubre la verdad en esta estabilidad que le da la fe.

En la fe que transforma tu corazón puedes acoger al mismo Dios presente en ti por su Espíritu: "El amor de Dios llena nuestro corazón por el Espíritu que se nos ha dado" (Ro 5,5). En esto tienes el verdadero y eficaz medio de llegar a Dios en la persona del Padre, del Hijo y del Espíritu, en su ternura, fidelidad y misericordia por ti y por todas las criaturas.

Puede ser que hayas tenido una cierta duda sobre lo que he dicho acerca de la manera por la que la fe se implanta y crece en nuestro corazón. Es verdad; se trata de un punto delicado y no quisiera atosigar con largas explicaciones teóricas. En última instancia, me he dicho que lo más seguro es simplemente observar cómo actúa Jesús en el Evangelio; precisamente, los relatos de Pascua nos ofrecen dos ejemplos notables.

Maria Magdalena y los discípulos de Emaús en contextos aparentemente muy distintos llegaron a la fe en Jesús resucitado por caminos espirituales tan parecidos que se les podría tomar como una descripción simbólica del camino hacia la fe plena que todos estamos destinados a recorrer si queremos ser fieles a la llamada que nos ha llevado al desierto.

Miremos los discípulos caminando tristemente, al atardecer, por el camino que lleva de Jerusalén a Emaús. Están hablando y discutiendo mientras van de camino pero tienen el corazón triste, sumergido en la oscuridad, abatido y desanimado. Hasta aquel momento, su vida había estado iluminada por la predicación de Jesús y éste acababa de morir, estaba muerto de verdad. ¿A dónde dirigirse ahora?

Pero, he aquí que Jesús está de nuevo a su lado. Ellos no le reconocen pero, sin ruido, desde las primeras palabras, él recobra su sitio en sus corazones a los que una nueva llama convierte en ardientes. Luego, repentinamente, en el momento en que el misterioso extranjero empieza a partir el pan, resplandece el rayo. Es él, que desaparece en el acto aunque en sus corazones brilla la fe, una fe que nunca más se apagara.

Algo parecido le ocurre a Maria Magdalena. Desconsolada al no poder, por lo menos, recuperar el cuerpo del crucificado, se lamenta a la entrada de la tumba. También parece haber perdido la auténtica fe en Jesucristo vivo. Tiene una única preocupación que no la deja en paz: han robado el cuerpo del Señor; si pudiera encontrarlo lo cogería porque eso es todo que queda según ella de su querido Señor.

Pero él está aunque ella no le reconoce. ¿Ha intentado por lo menos verle ya que está obsesionada con sus recuerdos y con su propósito de encontrar el cuerpo? ¿Es capaz, por lo menos, de suponer que el extraño que la habla podría ser Jesús? Una sola palabra, María, es suficiente para que resplandezca la luz. Ahora, aunque la envíe lejos de él, ya nada podrá arrancarle la certeza que ha llenado el corazón de la Magdalena.

Es aquí donde el Evangelio del que acabamos de hablar, nos revela el secreto que permite a la fe nacer en nuestro corazón. Nos la da el mismo Jesús que por su propia iniciativa viene como si se estuviera escondiendo, sin hacerse reconocer, se queda en nuestra compañía y enciende un fuego en nosotros hasta el momento en que descubramos que él está aquí. Por encima de la muerte está aquí vivo y resucitado en nuestros corazones.

Apenas hemos tenido tiempo de darnos cuenta de esta maravilla cuando ya ha desaparecido pero queda la luz que alumbra nuestro corazón, luz de la fe, puro don gratuito surgido de su misteriosa presencia y capaz de afrontar la prueba del tiempo, de las tinieblas, de las contradicciones. La fe es esa luz que sale del Resucitado que brilla en nosotros e ilumina a todo lo que tocamos para llevárselo al misterio de la resurrección, más allá de las tinieblas mortales de las que antes hemos sido esclavos.

Por lo tanto, la fe nunca se extiende de golpe a todas las profundidades de nuestra alma. En cierto modo progresa como por ondas sucesivas llegando hasta los lugares que permanecen en la oscuridad y cada vez se repite más o menos el mismo escenario. Un día descubrimos que nuestra oración parece haber cogido un camino sin salida. Si: los medios de los que disponemos son insuficientes para llegar más lejos; entonces nos invade la incertidumbre y nos desanimamos. Jesús es el único que nos podrá sacar de este agujero. Cuando esta certeza empieza a crecer en nuestro corazón, es ya una señal de que el Señor ha vuelto, nos acompaña en el camino y "nos explica lo que dicen de él las Escrituras" (Lc 24,27). De forma misteriosa el Señor destila la fe en nuestro corazón; cuando desaparece es porque la oscuridad ha hecho lugar a la paz, a una luz discreta pero fuerte que no nace de la lógica de nuestros razonamientos si no que es un don gratuito del Espíritu, más sólido y más puro que cualquier seguridad humana.

 

Avanzando en fe

La luz de la fe te introduce en la vida eterna porque es la única que puede hacerlo. Todo lo demás queda al lado de acá de lo que nos ofrece Dios desde el día en que Jesús ha resucitado. Cualquier otra luz intelectual o cualquier otra experiencia espiritual sobre las que nos gustaría apoyarnos de vez en cuando son res-petables y dignas de estima, pero al fin y a cabo no son fuentes de vida en la medida en que no llevan a la fe.

La fe nos ha sido dada por Dios desde el bautismo y es un don que se multiplica de acuerdo con nuestro deseo de recibirlo y según nuestra voluntad de hacerlo fructificar. Si dejamos nuestra fe desocupada por ignorancia o negligencia, se oxidará, se volverá esclerótica mientras gastamos nuestras fuerzas en ejercicios espirituales que nos gustan más pero que no nos van a dar fruto.

Si quieres vivir en fe, tienes que desarrollar la que el Espíritu Santo ya ha depositado en ti: Dios espera que le pidas con insistencia y perseverancia un crecimiento de tu fe. Es una oración que, más que cualquier otra, puedes estar seguro de que Dios siempre quiere acoger porque él desea mucho más que tú verte progresar sobre los caminos de la vida eterna. Lo que no significa que -sobre todo en el principio- no vas a tener la sensación de que el Señor no se da demasiada prisa en hacer aumentar tu fe. Esto prueba que la tuya es todavía bastante débil y que primero tienes que plantar las raíces antes de ver desarrollarse el tallo. No te desanimes pues aunque tus primeros pasos parecieran vanos, seguro que no lo son. Pon en obra la fe de la que eres portador y cree firmemente que tu Padre del cielo ya te ha acogido.

Entonces podrás empezar a vivir cada vez más y más en la fe. Durante la liturgia, en el tiempo de la oración, en el trabajo, tu corazón se pondrá más fácilmente en contacto con el Señor si recibes de él este amor oscuro, a menudo poco gratificante pero tan divino; el amor que él te da si tú le entregas tu fe carente de bellas ideas o de los caprichos de tu sensibilidad. No tengo trucos que enseñarte. Tienes que pedir a Dios con fe viva que te enseñe a rezar. Es él quien ocupará tu corazón, tu atención, poco importa que no tengas una imagen exacta en la que fijarte. El Señor está vivo y tú estás en su presencia.

 

Vivir en esperanza

Sin embargo, si permites a la fe que se desarrolle en tu corazón, un día llegarás a descubrir que la esperanza está actuando en ti. Ella estuvo ya activa desde el principio en la medida en que tu fe se basa en la certeza de que Dios te quiere. Esta certeza es ya un aspecto de la esperanza a partir del momento en que ya no se trata únicamente de acceder a la realidad del mundo divino sino de percibir claramente hasta qué punto tú también existes para Dios. Tú tienes valor a sus ojos y él está dispuesto a regalar universos enteros solo por ti.

Este es el punto inicial de la esperanza: saber que Dios te ama a ti de manera irrepetible. Nadie logrará ocupar tu lugar en su corazón. El ha dado a su Hijo por ti y sigue entregándolo cada día en la celebración eucarística. Respaldado por esta certeza tú puedes pedir a tu Padre todo, sin cesar y sin vacilar, siempre y cuando reces en el nombre de Jesús. Puedes estar seguro de que te va a escuchar y de que los frutos que obtendrás de tu oración van a ser mejores de lo que esperabas.

La esperanza tiene otro aspecto que a me-nudo pone a prueba nuestra pobre inseguridad humana. A partir del momento en que sé que Dios me ama de manera única y como consecuencia se ha hecho cargo de mi existencia, todo es diferente. El me envía por caminos desconocidos en los que yo dependo únicamente de su luz, de su fuerza, de su amor. Entonces me pide, en el sentido más banal de la palabra, confiar en él. A menudo en la oscuridad, en la incertidumbre, pero finalmente en la paz, siem-pre y cuando que no me aleje de su mano y de su corazón.

"Bienaventurados los pacíficos porque ellos se llamarán hijos de Dios". Por encima de todas las inquietudes -tuyas o de los demás- el Padre te pide que le ayudes a que reine la paz en tu corazón por la única razón , más sólida que cualquier razón humana, de que él te ama sin cesar y vela sobre ti. Cuántas tormentas le gustaría calmar, si tú escucharas su llamada y confiaras en él. Entonces te llamarás hijo de Dios y lo serás de verdad (cf. 1 Jn 3-1).

Esta esperanza es válida no solo para ti sino para todos tus seres queridos, si intercedes por ellos, te identificas con sus necesidades y también con la realidad del amor que despiertan en el corazón de Dios. Cuanta más confianza tengas en este doble amor del Señor por ti y por los que tú amas, mejor acogida tendrás.

Igual que la fe, la esperanza no es una capacidad natural del corazón. Es tuya pero es un don gratuito, está en ti desde el bautismo y necesita crecer y llegar a ser "operativa" bajo la acción del Espíritu Santo y gracias a las ocasiones que se te presentan para entrenaría y ablandarla a fin de que te mantenga disponible y en alerta en las manos del Señor. Pero no olvides que tienes que entrenaría, hacerla trabajar fuertemente para llegar a esto. A cambio, qué alegría saber que el Señor encuentra en ti su felicidad.

 

Los tres tipos de amor

Nos queda la última de las virtudes teologales, la más grande según san Pablo, la caridad, el amor. Ella ejerce en tres registros: el amor al Señor, el amor hacia el de al lado, el amor por nosotros mismos. Esos tres amores no son iguales pero crecen sobre la misma raíz: los tres juntos son la imagen del amor eterno que une al Padre y al Hijo en el Espíritu. Es el mismo Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés el que nos permite amar como aman el Padre y el Hijo.

Este amor divino tiene, por supuesto, puntos en común con el amor humano que es un reflejo de Dios en nuestros corazones porque Dios es amor. Cualquier amor verdadero, sean cuales sean sus límites, nos remite a Dios aunque muchas veces lo hace de manera lejana. Pero el amor divino que nos interesa aquí, más todavía que la fe y la esperanza, es un don nuevo, salido directamente del corazón de Dios. No es una técnica a pesar de tener que aprenderlo paso a paso para introducirlo en nuestra vida real. No es una técnica, es el mismo ímpetu que viven las personas divinas y del que participamos para poder vivir a su imagen.

La realidad del amor en ti se reconoce por la calidad de la mirada que diriges a una persona; es decir, si eres incapaz de condenarla, de no respetarla, de no admirarla, vivirás en una pobreza completa ante ella sin retener nada de lo que le puedes dar. Al mismo tiempo, aspiras a recibir lo mismo de su parte no como un derecho que podrías exigir sino como un cumplimiento de tu amor.

No hay que confundir el amor teologal con los grandes impulsos pasionales que despiertan los estratos del fondo del corazón o de nuestra sensibilidad. No se oponen necesariamente al verdadero amor pero están situados a otro nivel. La verdadera caridad no se acaba en este mundo ni en el otro. Las grandes pasiones se parecen a las olas del mar, violentas, a veces poderosas pero cambiantes y que pueden dar lugar a la tranquilidad absoluta.

Parece enseñarnos la experiencia que el amor más difícil de desarrollar en nuestro corazón y sobre todo al principio, es el amor hacia nosotros mismos que no tiene nada que ver con el egoísmo, el amor propio o el repliegue sobre uno mismo. Es un don del Todopoderoso que nos llega porque somos sus hijos: cualquiera que sean las miserias que podamos descubrir en nosotros mismos casi no cuentan al lado de esta divinización. Esto no puede por menos que provocar nuestra admiración, alegría, respeto y amor, en la luz y la transparencia. No dejes jamás de cuidar este amor en ti, porque si fuera demasiado deficiente toda la comunión con Dios lo padecería.

Hay que leer de nuevo el discurso de Jesús en la última Cena y la primera carta de san Juan si queremos escuchar lo que nos dice el corazón de Dios sobre el amor a los demás. Todos tenemos la oportunidad de practicarlo en la vida cotidiana pero hay que desarrollarlo y profundizarlo sin descanso en la oración abriendo cada vez más nuestro corazón al del Padre y del Hijo.

Hablando del amor a Dios llegamos al único fin de esas paginas. Un fin cuyas arras hemos recibido desde el principio de la vida espiritual, pero que no podremos llevar a su plenitud antes de la segunda llegada del Señor cuando, en cuerpo y alma, en la comunión de todos los santos, veremos a Dios que se nos entrega y seremos capaces de acogerle.

 

Entregados a quien nos ama

Después de haber evocado brevemente la cara de las tres virtudes teologales me gustaría decirte una palabra sobre algo que me parece ser una característica completamente distinta de la oración teologal. Al principio de estas páginas te decía que su objetivo era hacernos llegar directamente a Dios. Esto es lo que quisiera precisar de manera más rigurosa. La oración teologal nos pone en relación personal con Alguien y no con algo: es un verdadero encuentro entre tú y el Padre o su Hijo o su Espíritu. Ya no vas a ellos a través de la mediación de las ideas por muy sublimes que sean o de contemplaciones intelectuales del misterio. La palabra de Jesús, que es el fundamento de nuestra fe, nos lleva directamente a su corazón sin ningún intermediario, igual que al del Padre o al del Consolador, en la simplicidad de la unidad divina.

¿Te has dado cuenta como a lo largo del evangelio de san Juan el reproche que Jesús lanza constantemente a los judíos, que no pueden o no quieren creer, es siempre el mismo? Son incapaces o se hacen incapaces de acogerle a él. Escuchan las mismas palabras que los discípulos, son testigos de las mismas señales, son herederos de las mismas promesas pero se quedan lejos de Jesús, no entran en contacto con él. Lo único que hacen es proyectar sobre él sus pensamientos y sus teorías en lugar de verle y dejarse iluminar hasta lo más profundo de su corazón. No creen. Quieren mantener una distancia entre las ideas que creen que son de su propiedad y la realidad del don de Dios que les obligaría a despojarse de todo y abrir sus corazones a la persona del Hijo.

Eso es más o menos lo que estamos vivien-do nosotros también en la medida que como los judíos nos atamos a las cosas creadas que nos dan más seguridad en lugar de entregarnos a la Persona divina que no puede darnos nada más que a ella misma. ¿Y no es la oración teologal precisamente este don de nosotros mismos, sin límite ni restricción, al que nos ama?

 

 

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