|
Inicio
Un
Cartujo - La oraci�n del coraz�n
(�ndice)
LA
ORACIÓN
TEOLOGAL
El sacramento del
hermano
Como hijos nacidos de
la fe
La dificultad de
lo sencillo
Aspirar al
encuentro
La luz que alumbra
nuestro corazón
Avanzando en
fe
Vivir en
esperanza
Los tres tipos de
amor
Entregados a
quien nos ama
La oración del corazón no es
más que la introducción a un tema muy amplio,
demasiado amplio tal vez, porque es algo muy sencillo y
siempre nos cuesta identificar y formular las cosas
sencillas. Hoy me gustaría hablarte de la
oración teologal que es, en realidad, otra forma de
acercarnos a la oración del corazón.
¿Que significa la fórmula
"oración teologal"? La fórmula "oración
teologal" evoca a una orientación del corazón
que se apoya en las tres virtudes teologales: fe, esperanza
y amor. Supongo que esto es algo bastante preciso; las
virtudes teologales son, en resumen, las capacidades que nos
da Dios gratis para poder llegar a él directamente,
mientras que las demás virtudes, las morales, tienen
que ver con los medios que nos ayudan a caminar hacia
Dios.
Nos reencontramos aquí con una
orientación esencial de la oración del
corazón que apunta directamente al corazón de
Dios. Es lo más profundo de mi corazón quien
está en la búsqueda de un encuentro directo
con Dios. No solamente es un encuentro afectivo para
experimentar la ternura divina que viene a satisfacer mis
necesidades más íntimas y secretas, de probar
la bondad de Dios siendo una persona hu-mana, sino
también la oportunidad que me ha sido ofrecida por el
Padre: es él quien viene a mi y, más
allá de todos los medios o intermediarios, este
encuentro se realiza porque él está de acuerdo
y me da esta oportunidad.
En este momento me pregunto si tú no
querrás interrumpirme para decirme: "¿Por
qué insistir en algo que parece más que
evidente? Rezar es buscar a Dios, es ir al encuentro
más inmediato entre él y yo en el amor".
Efectivamente, me parece que muy a me-nudo en
lugar de rezar así, gastamos el tiempo y la
energía en actividades que tal vez solo se parecen a
la oración. Ya no es Dios sino el yo de cada uno el
que se convierte en el centro de interés de semejante
actuación. Esto lo experimentamos todos pero
quizás no sacamos las conclusiones que conlleva.
Permíteme que te cuente algo de mi vida para ilustrar
lo dicho.
En la evolución de mi oración,
he vivido una aventura y sé que muchos han pasado por
una experiencia análoga; por eso creo útil
decir unas palabras sobre lo que ha golpeado y orientado el
resto de mi existencia. Cuando yo era adolescente, un
día, aparentemente por casualidad, encontré un
volumen de las obras de la gran santa Teresa. Y esta lectura
transformó mi vida. En cierto modo ella hizo surgir
instantáneamente de lo más profundo de mi
corazón una fuente cuyo contenido me seria
difícil de describir aunque yo sabia que esta lectura
estaba estableciendo un vinculo infinitamente profundo y
verdadero entre mi corazón y Dios.
Esta fuente era lo suficientemente abundante
como para regar toda mi vida; ella me llevó a mi
celda de la Cartuja donde respondía a todas mis
necesidades tanto las de soledad como las de liturgia. Sin
ni siquiera hacerme preguntas, podía volver a mi
fuente que nunca me decepcionó.
No obstante, un día se matizó
cuando se me presentó una duda. ¿Qué es
lo que me daba esta fuente? ¿Respondía de verdad
a los deseos íntimos de mi corazón? Dicho de
otra manera ¿era Dios lo que encontraba en ella?
¿O tal vez -y es ahí donde se hacía
dolorosa la pregunta- no era, en última instancia,
donde yo me encontraba a mí mismo aunque fuera a
través de ella, como me llegaba el reflejo de Dios
que me cautivaba desde hace años? La cuestión
se hacía cada vez más clara: esta fuente no
era Dios y yo sólo tenía sed de él.
Debería pues abandonar a mi querida fuente. Si esto
había sido posible, ahora yo la había secado y
obstruido pues empezaba a sentirla como un obstáculo
porque ocupaba el lugar de Dios en mi corazón.
Entonces fue cuando descubrí la necesidad de
encontrar el medio, la actitud del corazón a
través de la cual abriría la puerta
directamente a quien desde hacía tanto tiempo estaba
llamando en vano porque en mi oración, de lo primero
que me ocupaba era de mí mismo.
He contado este episodio para dar un ejemplo
de lo que me parece que es una trampa inevitable de la
soledad: bajo el pretexto de buscar a Dios, al final acaba
uno encontrándose a sí mismo, de manera muy
piadosa, y en esto consiste su felicidad. ¿Cómo
escapar a esta emboscada?
El
sacramento del hermano
Muchas veces me acuerdo de otra dificultad
tanto en mi vida personal como en la existencia religiosa de
los que están a mi alrededor. Aunque las relaciones
que mantengamos con nuestro entorno sean cordiales, es
difícil afirmar que siempre estamos dispuestos a
establecer con ellos verdaderas relaciones de intimidad. Si
ocurre así con un hermano mío al que puedo ver
¿cómo no imaginar que este mismo fenómeno
no se produce también con Dios al que no veo? Si
existe de verdad un lugar donde el sacramento del hermano
sea eficaz es en el encuentro auténtico con nuestro
amado Señor. La ventaja del sacramento del hermano
consiste en que se sitúa en un nivel en el que nos
resulta difícil negar un cierto número de
evidencias que escapan fácilmente en nuestro
corazón cuando intentamos preparar los caminos del
Altísimo.
De hecho ¿qué me enseña la
experiencia del encuentro con mi hermano? ¿Soy lo
suficientemente acogedor como para dejarle penetrar en lo
más profundo de mi ser? O, por el contrario,
¿tal vez estoy demasiado protegido, blindado, lleno de
rechazos? Esas fortalezas interiores forman parte de mi
fisonomía secreta; cumplen pues necesariamente su
papel en la oración y son obstáculo para la
marcha del Señor en la búsqueda del camino que
conduce al santuario íntimo de mi corazón.
Si yo observo la marcha del encuentro con mi
hermano en otro sentido, es decir, cuando yo soy la persona
que se esfuerza en ir hacia él, ¿soy mejor
actor? No lo creo. Estoy pensando por ejemplo en todas las
formas de agresividad que instintivamente se movilizan en
mí frente a cualquier otro ser humano: muy a menudo
adopto una actitud lejana frente a la atención
delicada y afectuosa que con razón se espera de
mí. A lo mejor esto es una expresión del miedo
de otro o mía pero el hecho es que esos reflejos
entran en juego en mis relaciones con el hermano y con el
Señor.
Perdóname por haber hablado tanto sobre
esas observaciones que sin lugar a duda te parecerán
fastidiosas o descorazonadoras, pero escucha lo que nos
aconseja el mismo Jesús:
"¿Quién de vosotros si quiere
edificar una torre, no se sienta primero y calcula los
gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?"
(Lc 14, 28).
Igual ocurre en el presente caso. ¿No
parecería una broma pesada hablar de la
construcción de una torre para el encuentro
íntimo con Dios sin ni siquiera preocuparse por saber
si tenemos el terreno libre para echar los cimientos? Es
inútil intentar un verdadero encuentro de mi yo con
el Padre en la libertad de los hijos de Dios si desde el
principio no me doy cuenta de que estoy atado a miles de
costumbres, y que liberarme de ellas representaría
una tarea bastante dura que, en última instancia, es
el Señor el único que puede realizarla
completamente.
Como
hijos nacidos de la fe
A decir verdad, tengo la impresión de
que no soy un socio muy atractivo para Dios. ¿Pero es
ésta la respuesta que espera de mí? Dios ha
enviado a su Hijo para encontrarme a mí, tal y como
soy en la realidad que estoy viviendo hoy. Desde este punto
hay que intentar tener una mirada de fe de la
situación. ¿Consistirá el proyecto de
Dios en ponerse en contacto con seres sin tacha, sin
defectos y sin debilidades? ¿O más bien nos dice
lo contrario? El Padre ha enviado a su Hijo para cogernos
sobre sus hombros, perdidos y heridos como estamos, y
llevarnos al aprisco donde se puede gozar de la inmensa
alegría de ver cómo los pecadores acogen en
sus corazones a Jesús.
Nos estamos aproximando paso a paso a lo que
constituye la oración teologal: el encuentro en mi
ser real de hoy con Dios que viene a mí no para
rechazarme ni para condenarme, sino para hacer de mí
su hijo nacido en la fe:
"A los que creen en su nombre los ha
permitido llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1,12).
El tres veces Santo no exige como
preámbulo a nuestro encuentro que yo sea perfecto,
que tenga obras importantes que ofrecerle ni que sea capaz
de servirle en el futuro. Todo esto no le interesa. No me
pone ninguna condición. El único elemento
indispensable para que el nacimiento se produzca es que yo
tenga fe en su amor y que desee sinceramente ser
transformado. Si pudiera ofrecerle una huella de esta fe,
todo sería posible.
La
dificultad de lo sencillo
Esto es sencillo. Es infinitamente sencillo. Y
eso es, tal vez, lo que hace la cosa tan difícil para
mí. Se parece un poco a la historia de Naamán
el Sirio que estaba dispuesto a someterse a cualquier tipo
de pruebas difíciles pero que no aceptaba la idea de
que Dios le podía curar tan solo con bañarse
en el Jordán fiándose de la palabra de
Eliseo.
Me gustaría mucho que me dijeran que la
calidad de mi encuentro con Dios es obra mía.
Serían mis cualidades, mis virtudes, las que
agradarían a Dios y le atraerían a mi
corazón. Gracias a mis esfuerzos yo llegaría a
ser santo a mis propios ojos y ante los ojos del
Todopoderoso. ¿No nos seduciría este programa, a
pesar de ser costoso y exigente?
Por el contrario, el camino propuesto por Dios
nos desvía tanto que dudamos muchísimo antes
de lanzarnos en él y, si empezamos con un paso
indeciso, nos quedamos con la impresión de que falta
seriedad en nuestro deseo de gustar a Dios.
Sin embargo ¿no es éste el sentido
de la primera de las bienaventuranzas? "Bienaventurados los
pobres de espíritu porque de ellos será el
Reino de los cielos" (Mt 5,3). ¿Que Reino es
éste sino el que pedimos una y mil veces en el
Padrenuestro? "Padre, santificado sea tu nombre, venga a
nosotros tu reino". El reino que se nos propone es poder
glorificar el nombre del Padre; poder decirle que él
es verdaderamente nuestro Padre porque nos engendra como a
hijos suyos. Pero, para esto, hay que ser pobres y nosotros
tenemos miedo. Estamos expuestos a la tentación del
joven rico que se retiró hundido en la tristeza
porque poseía grandes riquezas. Y aunque todas
nuestras riquezas sean falsas, nos sentimos seguros
teniéndolas porque en lo más profundo de
nosotros mismos tenemos miedo a ser pobres en
espíritu.
Tal vez éste es el principal
obstáculo que nos disuade de entregarnos a la
oración del corazón. Parece que es algo que
está por encima de nuestras fuerzas presentarnos ante
Dios sin tener nada más para ofrecerle que nuestra
pobreza, una pobreza que nos da miedo porque es la de
nuestras heridas, nuestra extrema indigencia espiritual,
nuestra incapacidad para franquear por nuestras solas
fuerzas la distancia que nos separa de la santidad de
Dios.
Aspirar
al encuentro
Éste es pues el camino del cual quiero
hablarte porque creo que corresponde a lo que el
Señor nos pide: aspirar a un encuentro entre
él, tal y como es realmente, y yo tal y como soy de
verdad.
Primera pregunta: ¿Cómo llegar a
Dios tal y como él es? Cuando se habla de Dios, nos
resulta más cómodo definirle de manera
negativa que positiva. Es más fácil decir lo
que no es Dios que lo que es. Simplificando un poco las
cosas, al final incluso admitimos que es imposible saber
quién es en verdad. Nuestras facultades naturales no
disponen de ningún medio para ponerse en contacto
directo con él. ¿Estaría entonces perdida
la causa por adelantado? No, porque el Todopoderoso desde
siempre desea encontrarnos implicándose totalmente en
esta búsqueda.
Personalmente yo no puedo llegar a él
solo por mis medios. Pero él sí puede, cuando
quiere, traspasar la infinita distancia que nos separa. "La
luz verdadera ilumina a todo hombre" dice Juan. En el fondo
de cualquier corazón humano brilla una llamita que
pregunta: "¿Me quieres?" y la respuesta global es como
la de Juan: "Él vino a los suyos (a ti, a
mí...) y los suyos no le recibieron" (Jn 1,11).
Entonces el Padre de la viña envió a sus
servidores, los profetas, a los que los viñadores
asesinaron. Y al final envió a su propio hijo que hoy
todavía sigue llamando a la puerta de tu
corazón.
Jesús, me atrevo a expresarme
así, no es nada más que el enviado del Padre.
Esta es una de las ideas más relevantes de la
oración sacerdotal: "Ellos han creído que
tú me enviaste" (Jn 17). Y, a partir del momento en
que Jesús hace asumir a sus discípulos la
certeza de que es el Enviado del Padre, ya ha cumplido su
misión y él vuelve al Padre. Desde entonces
hay un abismo permanente entre nosotros y él.
La luz que
alumbra nuestro corazón
¿Qué abismo permanente es
éste que perfora los cielos y nos permite llegar a
este Dios inaccesible? Es la fe. Ella no ve la cara
del Padre pero en la cara de Jesús, la fe de los
discípulos ha visto al Padre. Y de manera
análoga nos llega hasta hoy día el testimonio
de Jesús transmitido por los apóstoles:
"Te pido por ellos, pero no solamente por
éstos, sino también por los que han de creer
en mí por la palabra de ellos, para que todos sean
uno; como tú, Padre, en mi y yo en ti; que
también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo
crea que tú me has enviado" (Jn 17, 20-21).
Nuestra fe es el fruto de la oración de
Jesús. Es la convicción del corazón,
cuya raíz es el mismo Dios, de que Dios viene a
nosotros, ahora, a través de su Hijo, por medio de su
Palabra, su Iglesia, sus sacramentos, en el Espíritu
que nos ha sido definitivamente entregado.
Allí está el punto decisivo:
sólo la fe nos permite acoger de verdad al mismo Dios
que viene a nosotros. Ella no ilumina nuestra inteligencia
sobre él porque seguimos permaneciendo en las
tinieblas, pero estamos seguros porque hemos descubierto un
más allá de las luces de la inteligencia: el
amor del Padre que la inteligencia no sabría abrazar
pero que descubre la verdad en esta estabilidad que le da la
fe.
En la fe que transforma tu corazón
puedes acoger al mismo Dios presente en ti por su
Espíritu: "El amor de Dios llena nuestro
corazón por el Espíritu que se nos ha dado"
(Ro 5,5). En esto tienes el verdadero y eficaz medio de
llegar a Dios en la persona del Padre, del Hijo y del
Espíritu, en su ternura, fidelidad y misericordia por
ti y por todas las criaturas.
Puede ser que hayas tenido una cierta duda
sobre lo que he dicho acerca de la manera por la que la fe
se implanta y crece en nuestro corazón. Es verdad; se
trata de un punto delicado y no quisiera atosigar con largas
explicaciones teóricas. En última instancia,
me he dicho que lo más seguro es simplemente observar
cómo actúa Jesús en el Evangelio;
precisamente, los relatos de Pascua nos ofrecen dos ejemplos
notables.
Maria Magdalena y los discípulos de
Emaús en contextos aparentemente muy distintos
llegaron a la fe en Jesús resucitado por caminos
espirituales tan parecidos que se les podría tomar
como una descripción simbólica del camino
hacia la fe plena que todos estamos destinados a recorrer si
queremos ser fieles a la llamada que nos ha llevado al
desierto.
Miremos los discípulos caminando
tristemente, al atardecer, por el camino que lleva de
Jerusalén a Emaús. Están hablando y
discutiendo mientras van de camino pero tienen el
corazón triste, sumergido en la oscuridad, abatido y
desanimado. Hasta aquel momento, su vida había estado
iluminada por la predicación de Jesús y
éste acababa de morir, estaba muerto de verdad.
¿A dónde dirigirse ahora?
Pero, he aquí que Jesús
está de nuevo a su lado. Ellos no le reconocen pero,
sin ruido, desde las primeras palabras, él recobra su
sitio en sus corazones a los que una nueva llama convierte
en ardientes. Luego, repentinamente, en el momento en que el
misterioso extranjero empieza a partir el pan, resplandece
el rayo. Es él, que desaparece en el acto aunque en
sus corazones brilla la fe, una fe que nunca más se
apagara.
Algo parecido le ocurre a Maria Magdalena.
Desconsolada al no poder, por lo menos, recuperar el cuerpo
del crucificado, se lamenta a la entrada de la tumba.
También parece haber perdido la auténtica fe
en Jesucristo vivo. Tiene una única
preocupación que no la deja en paz: han robado el
cuerpo del Señor; si pudiera encontrarlo lo
cogería porque eso es todo que queda según
ella de su querido Señor.
Pero él está aunque ella no le
reconoce. ¿Ha intentado por lo menos verle ya que
está obsesionada con sus recuerdos y con su
propósito de encontrar el cuerpo? ¿Es capaz, por
lo menos, de suponer que el extraño que la habla
podría ser Jesús? Una sola palabra,
María, es suficiente para que resplandezca la luz.
Ahora, aunque la envíe lejos de él, ya nada
podrá arrancarle la certeza que ha llenado el
corazón de la Magdalena.
Es aquí donde el Evangelio del que
acabamos de hablar, nos revela el secreto que permite a la
fe nacer en nuestro corazón. Nos la da el mismo
Jesús que por su propia iniciativa viene como si se
estuviera escondiendo, sin hacerse reconocer, se queda en
nuestra compañía y enciende un fuego en
nosotros hasta el momento en que descubramos que él
está aquí. Por encima de la muerte está
aquí vivo y resucitado en nuestros corazones.
Apenas hemos tenido tiempo de darnos cuenta de
esta maravilla cuando ya ha desaparecido pero queda la luz
que alumbra nuestro corazón, luz de la fe, puro don
gratuito surgido de su misteriosa presencia y capaz de
afrontar la prueba del tiempo, de las tinieblas, de las
contradicciones. La fe es esa luz que sale del Resucitado
que brilla en nosotros e ilumina a todo lo que tocamos para
llevárselo al misterio de la resurrección,
más allá de las tinieblas mortales de las que
antes hemos sido esclavos.
Por lo tanto, la fe nunca se extiende de golpe
a todas las profundidades de nuestra alma. En cierto modo
progresa como por ondas sucesivas llegando hasta los lugares
que permanecen en la oscuridad y cada vez se repite
más o menos el mismo escenario. Un día
descubrimos que nuestra oración parece haber cogido
un camino sin salida. Si: los medios de los que disponemos
son insuficientes para llegar más lejos; entonces nos
invade la incertidumbre y nos desanimamos. Jesús es
el único que nos podrá sacar de este agujero.
Cuando esta certeza empieza a crecer en nuestro
corazón, es ya una señal de que el
Señor ha vuelto, nos acompaña en el camino y
"nos explica lo que dicen de él las Escrituras" (Lc
24,27). De forma misteriosa el Señor destila la fe en
nuestro corazón; cuando desaparece es porque la
oscuridad ha hecho lugar a la paz, a una luz discreta pero
fuerte que no nace de la lógica de nuestros
razonamientos si no que es un don gratuito del
Espíritu, más sólido y más puro
que cualquier seguridad humana.
Avanzando
en fe
La luz de la fe te introduce en la vida eterna
porque es la única que puede hacerlo. Todo lo
demás queda al lado de acá de lo que nos
ofrece Dios desde el día en que Jesús ha
resucitado. Cualquier otra luz intelectual o cualquier otra
experiencia espiritual sobre las que nos gustaría
apoyarnos de vez en cuando son res-petables y dignas de
estima, pero al fin y a cabo no son fuentes de vida en la
medida en que no llevan a la fe.
La fe nos ha sido dada por Dios desde el
bautismo y es un don que se multiplica de acuerdo con
nuestro deseo de recibirlo y según nuestra voluntad
de hacerlo fructificar. Si dejamos nuestra fe desocupada por
ignorancia o negligencia, se oxidará, se
volverá esclerótica mientras gastamos nuestras
fuerzas en ejercicios espirituales que nos gustan más
pero que no nos van a dar fruto.
Si quieres vivir en fe, tienes que desarrollar
la que el Espíritu Santo ya ha depositado en ti: Dios
espera que le pidas con insistencia y perseverancia un
crecimiento de tu fe. Es una oración que, más
que cualquier otra, puedes estar seguro de que Dios siempre
quiere acoger porque él desea mucho más que
tú verte progresar sobre los caminos de la vida
eterna. Lo que no significa que -sobre todo en el principio-
no vas a tener la sensación de que el Señor no
se da demasiada prisa en hacer aumentar tu fe. Esto prueba
que la tuya es todavía bastante débil y que
primero tienes que plantar las raíces antes de ver
desarrollarse el tallo. No te desanimes pues aunque tus
primeros pasos parecieran vanos, seguro que no lo son. Pon
en obra la fe de la que eres portador y cree firmemente que
tu Padre del cielo ya te ha acogido.
Entonces podrás empezar a vivir cada
vez más y más en la fe. Durante la liturgia,
en el tiempo de la oración, en el trabajo, tu
corazón se pondrá más fácilmente
en contacto con el Señor si recibes de él este
amor oscuro, a menudo poco gratificante pero tan divino; el
amor que él te da si tú le entregas tu fe
carente de bellas ideas o de los caprichos de tu
sensibilidad. No tengo trucos que enseñarte. Tienes
que pedir a Dios con fe viva que te enseñe a rezar.
Es él quien ocupará tu corazón, tu
atención, poco importa que no tengas una imagen
exacta en la que fijarte. El Señor está vivo y
tú estás en su presencia.
Vivir en
esperanza
Sin embargo, si permites a la fe que se
desarrolle en tu corazón, un día
llegarás a descubrir que la esperanza está
actuando en ti. Ella estuvo ya activa desde el principio en
la medida en que tu fe se basa en la certeza de que Dios te
quiere. Esta certeza es ya un aspecto de la esperanza a
partir del momento en que ya no se trata únicamente
de acceder a la realidad del mundo divino sino de percibir
claramente hasta qué punto tú también
existes para Dios. Tú tienes valor a sus ojos y
él está dispuesto a regalar universos enteros
solo por ti.
Este es el punto inicial de la esperanza:
saber que Dios te ama a ti de manera irrepetible. Nadie
logrará ocupar tu lugar en su corazón. El ha
dado a su Hijo por ti y sigue entregándolo cada
día en la celebración eucarística.
Respaldado por esta certeza tú puedes pedir a tu
Padre todo, sin cesar y sin vacilar, siempre y cuando reces
en el nombre de Jesús. Puedes estar seguro de que te
va a escuchar y de que los frutos que obtendrás de tu
oración van a ser mejores de lo que esperabas.
La esperanza tiene otro aspecto que a me-nudo
pone a prueba nuestra pobre inseguridad humana. A partir del
momento en que sé que Dios me ama de manera
única y como consecuencia se ha hecho cargo de mi
existencia, todo es diferente. El me envía por
caminos desconocidos en los que yo dependo únicamente
de su luz, de su fuerza, de su amor. Entonces me pide, en el
sentido más banal de la palabra, confiar en
él. A menudo en la oscuridad, en la incertidumbre,
pero finalmente en la paz, siem-pre y cuando que no me aleje
de su mano y de su corazón.
"Bienaventurados los pacíficos porque
ellos se llamarán hijos de Dios". Por encima de todas
las inquietudes -tuyas o de los demás- el Padre te
pide que le ayudes a que reine la paz en tu corazón
por la única razón , más sólida
que cualquier razón humana, de que él te ama
sin cesar y vela sobre ti. Cuántas tormentas le
gustaría calmar, si tú escucharas su llamada y
confiaras en él. Entonces te llamarás hijo de
Dios y lo serás de verdad (cf. 1 Jn 3-1).
Esta esperanza es válida no solo para
ti sino para todos tus seres queridos, si intercedes por
ellos, te identificas con sus necesidades y también
con la realidad del amor que despiertan en el corazón
de Dios. Cuanta más confianza tengas en este doble
amor del Señor por ti y por los que tú amas,
mejor acogida tendrás.
Igual que la fe, la esperanza no es una
capacidad natural del corazón. Es tuya pero es un don
gratuito, está en ti desde el bautismo y necesita
crecer y llegar a ser "operativa" bajo la acción del
Espíritu Santo y gracias a las ocasiones que se te
presentan para entrenaría y ablandarla a fin de que
te mantenga disponible y en alerta en las manos del
Señor. Pero no olvides que tienes que
entrenaría, hacerla trabajar fuertemente para llegar
a esto. A cambio, qué alegría saber que el
Señor encuentra en ti su felicidad.
Los tres
tipos de amor
Nos queda la última de las virtudes
teologales, la más grande según san Pablo, la
caridad, el amor. Ella ejerce en tres registros: el amor al
Señor, el amor hacia el de al lado, el amor por
nosotros mismos. Esos tres amores no son iguales pero crecen
sobre la misma raíz: los tres juntos son la imagen
del amor eterno que une al Padre y al Hijo en el
Espíritu. Es el mismo Espíritu que nos ha sido
dado en Pentecostés el que nos permite amar como aman
el Padre y el Hijo.
Este amor divino tiene, por supuesto, puntos
en común con el amor humano que es un reflejo de Dios
en nuestros corazones porque Dios es amor. Cualquier amor
verdadero, sean cuales sean sus límites, nos remite a
Dios aunque muchas veces lo hace de manera lejana. Pero el
amor divino que nos interesa aquí, más
todavía que la fe y la esperanza, es un don nuevo,
salido directamente del corazón de Dios. No es una
técnica a pesar de tener que aprenderlo paso a paso
para introducirlo en nuestra vida real. No es una
técnica, es el mismo ímpetu que viven las
personas divinas y del que participamos para poder vivir a
su imagen.
La realidad del amor en ti se reconoce por la
calidad de la mirada que diriges a una persona; es decir, si
eres incapaz de condenarla, de no respetarla, de no
admirarla, vivirás en una pobreza completa ante ella
sin retener nada de lo que le puedes dar. Al mismo tiempo,
aspiras a recibir lo mismo de su parte no como un derecho
que podrías exigir sino como un cumplimiento de tu
amor.
No hay que confundir el amor teologal con los
grandes impulsos pasionales que despiertan los estratos del
fondo del corazón o de nuestra sensibilidad. No se
oponen necesariamente al verdadero amor pero están
situados a otro nivel. La verdadera caridad no se acaba en
este mundo ni en el otro. Las grandes pasiones se parecen a
las olas del mar, violentas, a veces poderosas pero
cambiantes y que pueden dar lugar a la tranquilidad
absoluta.
Parece enseñarnos la experiencia que el
amor más difícil de desarrollar en nuestro
corazón y sobre todo al principio, es el amor hacia
nosotros mismos que no tiene nada que ver con el
egoísmo, el amor propio o el repliegue sobre uno
mismo. Es un don del Todopoderoso que nos llega porque somos
sus hijos: cualquiera que sean las miserias que podamos
descubrir en nosotros mismos casi no cuentan al lado de esta
divinización. Esto no puede por menos que provocar
nuestra admiración, alegría, respeto y amor,
en la luz y la transparencia. No dejes jamás de
cuidar este amor en ti, porque si fuera demasiado deficiente
toda la comunión con Dios lo padecería.
Hay que leer de nuevo el discurso de
Jesús en la última Cena y la primera carta de
san Juan si queremos escuchar lo que nos dice el
corazón de Dios sobre el amor a los demás.
Todos tenemos la oportunidad de practicarlo en la vida
cotidiana pero hay que desarrollarlo y profundizarlo sin
descanso en la oración abriendo cada vez más
nuestro corazón al del Padre y del Hijo.
Hablando del amor a Dios llegamos al
único fin de esas paginas. Un fin cuyas arras hemos
recibido desde el principio de la vida espiritual, pero que
no podremos llevar a su plenitud antes de la segunda llegada
del Señor cuando, en cuerpo y alma, en la
comunión de todos los santos, veremos a Dios que se
nos entrega y seremos capaces de acogerle.
Entregados
a quien nos ama
Después de haber evocado brevemente la
cara de las tres virtudes teologales me gustaría
decirte una palabra sobre algo que me parece ser una
característica completamente distinta de la
oración teologal. Al principio de estas
páginas te decía que su objetivo era hacernos
llegar directamente a Dios. Esto es lo que quisiera precisar
de manera más rigurosa. La oración teologal
nos pone en relación personal con Alguien y no con
algo: es un verdadero encuentro entre tú y el Padre o
su Hijo o su Espíritu. Ya no vas a ellos a
través de la mediación de las ideas por muy
sublimes que sean o de contemplaciones intelectuales del
misterio. La palabra de Jesús, que es el fundamento
de nuestra fe, nos lleva directamente a su corazón
sin ningún intermediario, igual que al del Padre o al
del Consolador, en la simplicidad de la unidad divina.
¿Te has dado cuenta como a lo largo del
evangelio de san Juan el reproche que Jesús lanza
constantemente a los judíos, que no pueden o no
quieren creer, es siempre el mismo? Son incapaces o se hacen
incapaces de acogerle a él. Escuchan las mismas
palabras que los discípulos, son testigos de las
mismas señales, son herederos de las mismas promesas
pero se quedan lejos de Jesús, no entran en contacto
con él. Lo único que hacen es proyectar sobre
él sus pensamientos y sus teorías en lugar de
verle y dejarse iluminar hasta lo más profundo de su
corazón. No creen. Quieren mantener una distancia
entre las ideas que creen que son de su propiedad y la
realidad del don de Dios que les obligaría a
despojarse de todo y abrir sus corazones a la persona del
Hijo.
Eso es más o menos lo que estamos
vivien-do nosotros también en la medida que como los
judíos nos atamos a las cosas creadas que nos dan
más seguridad en lugar de entregarnos a la Persona
divina que no puede darnos nada más que a ella misma.
¿Y no es la oración teologal precisamente este
don de nosotros mismos, sin límite ni
restricción, al que nos ama?
Anterior
�ndice
Siguiente
|