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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
LA OTRA
REALIDAD
Las antiguas culturas orientales han conservado, a lo
largo de los siglos, notables tradiciones ascéticas y
contemplativas. En el documento Ad gentes 18, el Vaticano II
anima a los estudiosos de la espiritualidad cristiana a que
incorporen, con prudencia evangélica, algunas de esas
simientes en las prácticas religiosas de
oración de acuerdo con la tradición cristiana
de Occidente.
Cristo dijo que venía a anunciar la buena nueva a
los pobres. Cualquier libro escolar de geografía nos
indica cómo en las diversas regiones
climáticas de la tierra se produce una
vegetación de características diferentes.
Aquellos que se ocupan de la agricultura en el Brasil,
por ejemplo, dividirán el país en muchas
regiones, cada una de las cuales se presta mejor a
determinados cultivos. Así, es prácticamente
inútil querer producir maíz en el nordeste o
algodón en Río Grande do Sul.
Es interesante notar cómo las grandes religiones
tuvieron siempre su origen en ambientes de pobreza. Cristo
hace frecuentes referencias a este aspecto como
condición de prosperidad de la doctrina que vino a
enseñar: "¡Qué difícil es que un
rico entre en el reino de los cielos...!" "¡Ay de
vosotros, ricos...!" Lo mismo en la parábola del rico
Epulón y del pobre Lázaro... "Bienaventurados
los pobres...", etc. O también esta otra
parábola: "El reino de los cielos es como un
tesoro..., dice, el que lo encuentra..."
Para una inteligente comprensión, dos hechos:
Todos sabemos que la pobreza para aquellas personas apegadas
a los bienes materiales es su infelicidad, su desgracia;
para el que nada tiene a qué apegarse, la pobreza
constituye su libertad. Los primeros en descubrir el
"tesoro" descrito por Cristo fueron los pobres. En la
opulenta Roma fueron los esclavos.
Actualmente, nuestro viejo mundo rebosa de pobres por
doquier. Existen en gran número en todos los
países sin excepción. Viven en chozas, en
cabañas, en casas de mala muerte, en palacios, en
lujosas zonas de apartamentos...
En cierto modo, el hombre occidental de nuestros
días se siente paradójicamente más
pobre que muchos orientales, africanos y latinoamericanos.
La posesión de la riqueza material o cultural no
compensa la pobreza de existir. Únicamente la riqueza
de existir, de vida, puede dar un sentido a la
existencia.
Si la vida no tiene un sentido, un significado de valor
trascendental, la existencia se torna en sufrimiento
inútil y rechazable.
Los inquietos hombres de negocios, los esforzados
artistas, los drogadictos, los ladrones de guante blanco o
los "chorizos", los señoritos de corbata de colorines
o los descamisados, los deportistas, los
científicos... son, todos ellos, personas
insatisfechas que corren tras aquello que pueda mejorar su
suerte. También aquellos que pasan de una
religión a otra. Todos somos buscadores de tesoros.
La esperanza es la última que se pierde en ese correr
desenfrenado tras las cosas perecederas de acá abajo,
que hasta a los religiosos contagia.
¡Cuántas ilusiones!... ¡Cuántas
vidas frustradas y destruidas!...
¡Feliz aquel que descubre el "tesoro" escondido en
el campo del reino de Dios!
La condición para hallarlo es que lo busquemos en
el reino de Dios y no en otros lugares, en otros reinos. Y
lo encontrarán porque lo buscarán en el
único campo en que se halla escondido: Agustín
de Hipona, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús,
Marcelino Champagnat, Carlos de Foucauld, Gandhi, Francisco
de Asís... y tantos otros que se despojaron de todo
cuanto tenían para adquirirlo.
Cada día vemos aumentar el número de
aquellos que ya no creen en la posibilidad de vivir en paz,
en la felicidad del progreso material, en el mundo de la
co-municación de masas, ni siquiera en el ambiente
engañoso de la droga...
Desde lo más profundo del ser humano resuena una
voz, casi siempre reprimida y sofocada, que nos reclama algo
capaz de dar un sentido permanente a nuestra vida. Pero, por
fortuna, ahí tenemos a las iglesias, a los templos
recoletos de nuestras ciudades, que están puestos
precisamente en ese lugar para ayudarnos a escuchar esa
llamada interior, cada vez más imperiosa, y
orientarnos en la búsqueda de esa misteriosa piedra
filosofal capaz de resolver todos nuestros problemas.
En tanto no encuentra el remedio para su profunda
insatisfacción vital, el hombre vive inquieto, cuando
no desesperado.
Todos los hombres tienen la facultad de percibir a Dios,
presente en el mundo y en la historia. Pero pocos son
suficientemente capaces de atender la llamada interior para
tener una auténtica experiencia personal de Dios.
Porque muchos cristianos, e incluso religiosos, no se dan
cuenta de la realidad palpable de cómo alguien "nos
sondea y nos conoce..., de lejos penetra nuestros
pensamientos..., todas nuestras sendas le son familiares...,
nos estrecha detrás y delante..., nos cubre con su
palma..." (Sal 138).
La oración más profunda o la
relación de mayor intimidad con Dios es la
contemplación. Al contrario de lo que muchos piensan,
todos los hombres son potencialmente contemplativos. Algunos
privilegiados de Dios recibirán el don de la
contemplación infusa. Pero la inmensa mayoría,
para hacer oración contemplativa, deben aprender este
arte, el más sublime de todos.
Sin embargo, no hay quien no haya recibido el don de
predisposición para ese aprendizaje a través
de la suficiente información teórica y del
perseverante ejercicio, como sucede en el aprendizaje de
cualquier otro arte. La auténtica oración, a
cualquier nivel, corresponde siempre a un descubrimiento que
se hace por medio de la experiencia.
Es decir, todo lo que sabemos, lo que constituye nuestro
bagaje de conocimientos, es fruto únicamente de
nuestras experiencias personales.
Podemos vivir auténticamente en presencia de Dios
y percibir a Dios presente con los ojos de la fe. Tener fe y
creer como si se viese con los ojos corporales o lo
hubiésemos visto como pudieron verlo los
apóstoles y los amigos más íntimos de
Jesús.
Los símbolos religiosos pueden ser importantes,
incluso necesarios para algunos. Templos, imágenes,
fórmulas, objetos piadosos... ayudan a la fe; pero, a
fin de cuentas, ocultan la realidad sobrenatural. Contemplar
es, en esencia, ver; es relacionarse directamente con el
Señor sin la mediación de objetos o de
personas. El, y sólo él, es templo, es imagen,
es todo.
Desgraciadamente, en nuestra cultura prima el desarrollo
de la razón. La razón nos permite ver las
cosas materiales y las relaciones complejas que entre ellas
existen. Nuestra razón funciona en base a los
sentidos externos. Por este motivo, la razón es ciega
con relación a las cosas del espíritu.
La cultura moderna procura alimentar lo más
in-tensamente posible nuestros cinco sentidos. Por eso no
sobra espacio para ver esa otra cara de la realidad total:
la cara del espíritu, la cual solamente puede
percibirse con los sentidos internos. La oración no
es fruto de la razón, como tampoco lo es el amor. "Si
no os hiciereis como niños..., no podréis
entrar en el reino de los cielos". El reino de los cielos es
privilegio de los pequeños, de los sencillos, de
aquellos que son capaces de maravillarse delante de las
cosas grandes, nuevas, bellas...
Lo fundamental de la religiosidad es la experiencia
interior. El gran misterio de Dios, que de modo tan
maravilloso nos envuelve, es tal que no puede ser entendido
por unas simples criaturas ni por unos formales ejercicios
de religiosidad externa.
El gran problema de la Iglesia no es cómo
demostrar intelectualmente la existencia de Dios. La
situación verdaderamente trágica del
cristianismo es, hasta cierto punto, de vida religiosa; es
la ceguera del hombre, que se mueve por una
civilización materialista.
Cristianos, sacerdotes y religiosos, inmersos en la
materialidad de la era tecnológica, simplemente no
saben ni conocen lo que podrían ver. Es por esto que
la oración, la catequesis y el apostolado educativo
resultan totalmente inútiles si no consiguen curar el
corazón ciego y empedernido.
No se puede despertar el corazón del hombre para
las cosas de Dios con métodos científicos, con
técnicas y estrategias pedagógicas y
psicológicas, de las cuales se sirven los
teólogos y pedagogos en su arte de demostrar
realidades al intelecto humano.
Educación y formación religiosas obedecen a
otros criterios. Tratan de sensibilizar a los corazones para
que se abran a lo bueno, a lo bello, a lo maravilloso
delante de una persona excepcionalmente grande, bella, buena
y maravillosa en todos los sentidos.
Este objetivo no se consigue con mera palabrería,
con discursos y disertaciones encaminados a formar
convicciones. La visión interna de la fe es un don a
disposición de todos. Para conseguirlo es necesario
tomarlo con humildad, renunciar a fórmulas
intelectuales y dejarse vencer por ella. Nosotros no podemos
entrar en el maravilloso mundo de la espiritualidad, sino
que hemos de dejar que ella entre en nosotros. Todo esto es
posible si somos lo suficientemente abiertos y receptivos.
"El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc
17,21). Está y no lo vemos. Somos ciegos.
¿Quién nos abrirá los ojos si no lo
hacemos nosotros mismos?
El descubrimiento del maravilloso mundo del reino de Dios
en nosotros es posible mediante la inmersión
voluntaria en el interior más íntimo de
nosotros mismos. Allá donde nos encontremos
absolutamente solos, delante de aquel que nos espera con los
brazos abiertos para la mayor aventura humana: la
inmersión de una vida en la más íntima
unión de amor con Dios.
¿Cómo se hace esa inmersión en lo
más íntimo de nuestro ser? Los más
insignes maestros de la vida espiritual aconsejan algunas
veces prácticas y técnicas psicológicas
concretas. Hablan de esconderse en el propio interior y
permanecer absolutamente inactivo, en espera de los
acontecimientos. Que debemos apagar completamente los
sentidos externos, de modo que ya no perciban nada del mundo
exterior. Una actitud de nada ver, de nada oír, de
nada sentir, de nada saber. Olvidarse, en fin, de sí
mismo. Permanecer, así, en actitud de atenta espera
de que él se revele, se manifieste al alma.
Dios permanece inaccesible a la razón humana. El
se manifiesta y se revela al corazón abierto,
acogedor. No hay ciencia que pueda alcanzar a Dios. Es
inútil buscarlo con métodos
científicos. Él se encuentra en un lugar
completamente oscuro, absolutamente impenetrable a la luz de
la razón humana. Solamente le podemos percibir por
una luz especial, que no nace del cerebro: la luz del
amor.
El descubrimiento de Dios no es el resultado de la
deducción lógica de premisas
científicas. Dios se revela directamente a aquellos
que le buscan con recto corazón.
Buscad a Dios concretamente en la meditación, en
la oración, en la experiencia y no en el estudio.
El esfuerzo no ha de ser de la inteligencia, que necesita
comprender, sino del corazón, que busca
únicamente ver, admirar, contemplar,
maravillarse...
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