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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
DIOS ESCONDIDO EN
NUESTRA INTIMIDAD
¿Qué tipo de personas consigue hacer una
auténtica experiencia de Dios? La respuesta a esta
pregunta es: Todas las personas normales, independientemente
de su carácter, de su grado de cultura, de su
condición social y de su credo religioso, tienen
capacidad natural para hacer esta experiencia.
Mediante un pequeño esfuerzo, todos podemos
sumergirnos en nuestra propia intimidad, puesto que se trata
de una meditación hecha no sobre un objeto exterior
ya visto, ni tampoco se trata de recordar hechos o
experiencias pasadas. Es la experiencia actual de un
acontecimiento totalmente interior que se desarrolla a nivel
del conocimiento relativo que tenemos de nosotros mismos, de
lo que somos delante de Dios y de lo que Dios es para
nosotros. Dios se manifiesta directamente al alma en esa
intimidad. Como sabemos, él mora ahí y
está a nuestra espera. Si no lo percibimos, es porque
somos ciegos; si no lo oímos, es porque somos sordos;
si no lo encontramos, es porque andamos lejos de ese
santuario interior. Cabalgamos a lomos de nuestra propia
imaginación; con nuestra fantasía y nuestra
atención recorremos el mundo en busca de
él.
Vamos de una iglesia a otra, peregrinamos a santua-rios
famosos, visitamos los lugares de célebres
apariciones, viajamos a Tierra Santa..., y él nos
espera en un rincón recóndito de nuestra
propia casa...
La palabra meditación no es apropiada para
describir ese proceso de sumergirse y adentrarse en el
propio interior. "Meditar" significa reflexionar sobre el
significado de uno u otro texto del evangelio.
También puede consistir en ponderar alguna verdad
revelada. Mas reflexionar, ponderar, raciocinar, recordar,
comparar, deducir, concluir, etc., son todas
actividades del intelecto. Se trata siempre de un
empeño personal, de un trabajo.
Nada de eso acontece en la contemplación. El
esfuerzo que aquí se realiza es únicamente
para permanecer en una inactividad total: no pensar
activamente, no comparar, no deducir, no concluir... Mas el
cerebro produce espontáneamente imágenes,
fantasías, recuerdos, pensamientos..., actividad
mental de la que apenas podemos tener un conocimiento
pasivo.
Es posible tener involuntariamente conocimiento
más o menos superficial de cosas que acontecen en
nuestra cabeza, en nuestro corazón, en nuestra
con-ciencia, sin participar activamente de esos
fenómenos.
La única actividad posible en el acto
contemplativo es la atención. Pero fijar la
atención únicamente en aquello que se ve, que
se oye, que acogemos con alguno de nuestros cinco sentidos,
¿puede considerarse actividad? El esfuerzo que exige
es, únicamente, de no actuar ni física
ni mentalmente. Permanecer únicamente en actitud
interna y externa de escucha, de espera..., actitud de
apertura a lo que pueda venir.
Algunas condiciones externas pueden favorecer la
organización de ese estado interior, como, por
ejemplo, el ayuno o la elección de un lugar aislado y
silencioso.
El proceso de adentrarse en la intimidad más
profunda de uno mismo tiene lugar por etapas. La primera de
ellas consiste en un esfuerzo de recogimiento.
Recogerse es retirarse del mundo exterior, el cual
percibimos con nuestros cinco sentidos.
Jesucristo describe esta etapa cuando dice: "Cuando
orares, entra en tu habitación, cierra la puerta y
ora a tu Padre en secreto; y tu Padre, que ve en lo
más oculto, te recompensará" (Mt 6,6). La
habitación [o cámara] es lugar para
reunirse con otras personas, pero también puede ser
lugar solitario. "Cierra la puerta", es decir, cierra los
sentidos externos para que no entre nadie: ni personas, ni
animales, ni cosas, ni ruidos... Es preciso crear un clima
de secreto, esto es, de silencio, de misterio, de
confidencia. Se ha de tomar una postura lo suficientemente
cómoda que permita permanecer lo más
inmóvil posible, al menos unos diez o quince
minutos.
El que consigue sumergirse en la oración profunda,
tiende a permanecer espontáneamente inmóvil
durante todo el tiempo en que se encuentra en ese estado.
Con cuanta más atención se detenga fijamente
en un punto de gran interés, tanto más el
cuerpo entra en un estado como de adormecimiento. No ocurre
así cuando nos movemos internamente a nivel de la
imaginación o de la fantasía activas,
voluntariamente dirigidas a cualquier objetivo consciente.
En este caso siempre sabemos que nuestro yo está en
plena actividad. En el momento en que dejamos de producir y
de controlar interiormente lo que queremos que sea, pasamos
a un estado de observación pasiva, mucho más
atenta a lo que acontece. En ese momento comienza el proceso
de inmersión en nuestro interior más
íntimo.
El grado de intimidad del encuentro con el Padre depende
directamente de ese clima. Cuanto más íntima
es la relación entre los protagonistas del encuentro,
tanto más profundas, entrañables e insondables
son las cosas que uno y otro se comunican. Aquí el
discurso verbal y las fórmulas empleadas pierden su
sentido. Constituyen más bien un estorbo y un
impedimento para la realización de los hechos. Es
como si todo el acontecimiento se redujese a un puro acto de
conocimiento, vivido con asombro, con enorme estima, con
indescriptibles sentimientos de sorpresa, de
admiración y de maravilla.
Maravillosa es la llama de la vela que emerge de la
oscuridad. Sorprendente, el acorde melodioso que rompe el
silencio de la noche, el canto armonioso de las aves que
saludan jubilosas el despuntar del nuevo día. Todo
esto es algo prodigioso e inesperado dentro de una
situación de aborrecimiento y de tedio.
El progresivo vaciarse del conocimiento de uno mismo no
quiere decir que no se tenga consciencia de nada. En
realidad, ser consciente significa siempre tener
consciencia de algo. Una de las cuestiones que
aquí se tratan se refiere a ese. algo, que debe
interpretarse como contenido de consciencia, que
puede presentarse fundamentalmente bajo dos formas
distintas: 1) forma activa, creada libremente por el sujeto
en plena actividad, ya sea creadora, ya sea defensiva; 2)
forma pasiva, que se origina espontáneamente a partir
de sensaciones, de recuerdos y de imaginaciones
involuntarias.
Los contenidos de consciencia de la segunda forma siempre
pueden ser sustituidos voluntariamente por el sujeto por
otro contenido voluntario cualquiera, atendiendo siempre a
un determinado interés personal. Se les puede
también dar vida de una manera pasiva, sin
participación activa del sujeto, a la manera de un
actor de cine, sin prestar una atención consciente al
hecho mismo que en ese momento interpreta.
Vaciar la mente consiste precisamente: 1) en no prestar
atención voluntaria alguna, en permanecer pasivo, en
no dejarse envolver de modo alguno en los contenidos
involuntarios del conocimiento (imágenes,
fantasías, recuerdos...); 2) en fijar la
atención voluntariamente en ese vacío, en esa
ausencia, en espera de que él venga, de que se
manifieste.
En ese momento el alma se transforma en un inmenso deseo:
"Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma
está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como
tierra reseca, agostada, sin agua" (Sal 62,2).
Pero no se puede alcanzar la luz de la oración
contemplativa sin atravesar ese túnel oscuro de
vacío total. Éste cobra vida con un estado de
pobreza absoluta, de dolorosa solidaridad, de penuria
interior, de ansiosa búsqueda.
Se trata de un ejercicio de ascesis amargo y penoso que
exige perseverancia, valor y entrega personal. La fuerza y
el aliento para aguantar y perseverar en el esfuerzo de
búsqueda proviene únicamente de la fe y de la
esperanza de hallar el "tesoro escondido".
La fe nos da la certeza de que el "tesoro" que buscamos
existe realmente en el campo que nos disponemos a excavar.
La idea de que, en un momento dado, podamos dar con
él nos comunica una energía y un vigor que nos
anima a arrostrar cualquier dificultad. La confianza
inquebrantable de un próximo encuentro impide que nos
desalentemos en el camino.
El descubrimiento del Señor en lo profundo, en lo
más íntimo de sí mismo, da al sujeto
una sensación de ser uno, fundamentalmente
indivisible con él.
Esta experiencia puede evolucionar después y
darnos la sensación de unidad con el todo
cósmico: la plenitud de estar en Dios. La
experiencia de sentirse envuelto por algo inmenso, infinito,
de que formamos parte.
Cuando se piensa en las palabras de Cristo "el reino de
Dios está dentro de vosotros..." (en medio de
vosotros, en el centro de vosotros...), esta experiencia de
unión profunda parece el camino natural para una
verdadera experiencia de Dios.
No se trata sólo de una teoría, sino de una
verdadera experiencia realizada en carne y hueso. Aquellos
que consiguen realizar esa experiencia, comienzan a vivir la
palabra de Dios, a "vivenciar" con emoción los
misterios de la liturgia.
Muchos místicos alimentan su espiritualidad en la
fuente de esa experiencia. El gran san Juan de la Cruz, por
ejemplo, puede ser plenamente comprendido solamente por
aquellos místicos que pasaron, como este santo, por
una auténtica experiencia de Dios a ese nivel de
profundidad.
La contemplación propiamente dicha se hace en un
estado especial de consciencia. Consta, por lo general, de
tres distintos estados de consciencia:
-
cuando estamos despiertos y conscientemente
atentos a cualquier cosa que sea: CONSCIENTE;
-
cuando dormimos y no tenemos consciencia de lo
que acontece en nuestro mundo exterior:
INCONSCIENTE;
-
cuando soñamos y tenemos consciencia
bastante clara del desarrollo de acontecimientos
imaginarios o fantásticos, generalmente
relacionados con recuerdos de nuestra vida pasada:
SUBCONSCIENTE.
En la contemplación se da un cuarto estado de
consciencia que supera en claridad y agudeza intelectiva a
los otros tres estados. En este que ahora nos ocupa, la
persona contemplativa aparece externamente como dormida: su
cuerpo se encuentra realmente en una situación
aparentemente igual a la de una persona durmiente.
Sin embargo, a nivel fisiológico, hay diferencias,
sobre todo en cuanto a la manera de respirar, metabolismo
basal, pulso cardíaco, variación de la
temperatura del cuerpo, etc. Se trata de un estado de
concentración máxima y tranquila de la persona
total, reducida casi completamente a su dimensión
espiritual.
La atención descansa total y tranquilamente,
absorta en la estupenda realidad puramente interior,
percibida únicamente por los sentidos interiores: fe,
intuición, iluminación, visión
interna... De los sentidos internos participan igualmente la
imaginación, la fantasía, la impresión,
el sentimiento, el deseo...
Testimonios tomados de personas que se encuentran en este
estado, como en la "Meditación trascendental", nos
muestran que aquí la persona se encuentra en un
reposo más profundo que cuando duerme.
La contemplación espiritual es, de hecho, menos
trabajosa que cualquier otra actividad, como, por ejemplo,
cantar, rezar, leer, soñar, imaginar, fantasear... En
realidad, no es actividad. Es reposo en Dios. No requiere
prácticamente esfuerzo alguno. Si algún
esfuerzo hay que hacer es el de obligarse a no hacer nada.
Se trata de permanecer en un estado absolutamente pasivo,
aunque de vigilante espera y calurosa acogida a aquel que
nos ama infinitamente más de lo que nosotros
pudiéramos amarlo.
No conviene salir repentinamente del estado de
oración contemplativa. Es mejor salir lentamente de
ese mundo interior para readaptarse, poco a poco, al mundo
exterior, en el que pasamos ordinariamente la mayor parte
del día.
La mejor manera de llevar a cabo, sin atropellos, esa
delicada transición de un estado de consciencia a
otro consiste en rezar lentamente, por ejemplo, el
padrenuestro. Recitarlo pausadamente, de modo que nos
vayamos dando cuenta del sentido de las palabras. Es la
oración perfecta que el propio Señor nos
enseñó.
Éste es también un modo excelente de ligar
íntimamente nuestra vida interior con la jornada
ordinaria de trabajo y ocupaciones que a cada uno nos
aguarda.
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