|
Inicio
Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
DIOS NOS
LLAMA
El cristiano en general y el religioso en particular no
están obligados a cultivar la oración
contemplativa. No se trata de una obligación. Pero es
una cuestión de amor. Por tanto, de coherencia.
La gran ley del cristianismo es el amor. Orar y amar. Y
amar implica responsabilidades. No se habla de amor de Dios
para bromear. El Señor nos toma siempre en serio. Si
en estos textos se habla de amor de Dios es porque el hombre
puede realmente amarlo, relacionarse con Él de manera
semejante a aquella con la que él se relaciona con
sus semejantes. Y la relación interpersonal con Dios
es oración.
¿Amar a Dios? No son raros los que se preguntan al
respecto de este problema qué hacer para convertirlo
en una realidad concreta. La decisión personal de
abandonarlo todo para seguir a Cristo que nos llama,
ciertamente es señal inequívoca de cierto
grado de auténtico amor de Dios. Semejante gesto es
la premisa indispensable para alcanzar la oración de
intimidad más profunda, o de
contemplación.
Oración contemplativa es la experiencia que se
adquiere en la intimidad del alma o del conocimiento
interior. La experiencia interior presupone una previa
experiencia exterior. La vida de oración se
profundiza de fuera hacia adentro. Es inútil buscar
esa profundidad en la oración si antes no tenemos una
auténtica experiencia de oración externa. Esta
se hace de palabra.
Aquélla, cuando ya se ha conseguido el don de
saber rezar externamente, y tiende a profundizar
espontáneamente en la vida de oración
(contemplación).
Una de las condiciones básicas para que alguien
tenga éxito en su esfuerzo por descubrir la
oración profunda, es la de disponer del tiempo
preciso para ello.
La mayoría de los cristianos y también
muchos religiosos y sacerdotes tienen tantas cosas que hacer
que, para poder rezar de verdad, tienen que hacer grandes
esfuerzos para no comprometer los compromisos ya adquiridos.
Y esto es trágico y, a la vez, ridículo.
Ridículamente contradictorio y mezquino. Es terrible
la calamitosa situación de una vida fundada en una
actividad vana y que mueve a la mofa y a la crítica
de los que debían ser sus admiradores en la piedad y
en el cumplimiento de sus obligaciones.
Afirmar que ni siquiera se tiene tiempo para rezar un
poco, es algo tan falso como decir que no se tiene tiempo
para respirar.
La vida de oración contemplativa realmente no
está hecha para personas superocupadas y siempre
llenas de negocios. Tampoco se recomienda, por
inútil, a personas livianas, escrupulosas,
entrometidas, indiferentes. Tales espíritus
difícilmente podrían entender la grandiosa
sencillez de las cosas espirituales.
Ni se puede esperar mucho provecho de aquellos que leen
muchos libros sobre la oración únicamente por
curiosidad y con espíritu crítico.
En cambio, aquellos que son sensibles a las inspiraciones
del Espíritu que llama al amor, podrán obtener
buenos y abundantes frutos.
Hay realmente personas que tienen consciencia de falta de
oración en sus vidas y sufren por ello. A
éstas les falta muy poco para que se conviertan y
entreguen a la oración. El encuentro inesperado con
una buena lectura, un retiro espiritual, una
reflexión más profunda, puede marcar el inicio
de un completo cambio en su vida espiritual. Basta con que
soplen con cuidado en el pequeño fuego para que, poco
a poco, la hoguera del amor aumente, prospere y se
agigante.
Lo más importante en la búsqueda de una
vida de oración más auténtica es la
actitud permanente de escucha de los impulsos del
Espíritu Santo. Él alienta en todos nosotros y
suspira ininterrumpidamente en deseos de nacer en nuestras
almas.
Por otro lado, la vida del espíritu solamente es
posible en un clima de oración. Pero el
Espíritu Santo no puede nacer en el alma de aquel que
se le resiste, de aquellos que no lo reciben. Este es,
siempre, un problema personal de cada uno de nosotros,
problema del que sólo nosotros somos
responsables.
Dios llama a todos a una vida de amor y de unión
con Él. Y no sólo llama de manera general, por
medio de su Palabra escrita en la Biblia, sino que, personal
y concretamente, se dirige a todos y cada uno de nosotros,
llamándonos por nuestro propio nombre, de tal modo
que no nos quede la menor duda de su llamamiento. Todo el
que oye su voz no puede por menos de reconocer:
"¡Está conmigo!... No hay engaño:
Él es quien me llama..."
¿Cómo podría yo reconocer
concretamente esta llamada personal? Es relativamente
sencillo. Basta con recogerme en lo más profundo de
mi intimidad, de mí mismo, y examinar mis
deseos. Estos pueden ser bastante numerosos. Examinar
si entre ellos no existe aquel que se relacione con el
sentimiento y el anhelo de una relación más
íntima y más familiar con Dios.
Estoy seguro de que alguna vez en tu vida experimentaste
el fenómeno emocional de un cierto enamoramiento por
alguna persona particularmente atrayente. Y si ello fue
así, ese sentimiento creció y creció...
Es posible que, en este caso, no haya ocurrido nada concreto
entre ti y esa persona en el sentido de un encuentro
personal. Con todo, es probable que la experiencia te haya
dejado aparcado para el resto de tu vida.
La atracción emocional y afectiva hacia una
persona determinada puede describirse como un deseo
de aproximación, de unión, de comunión
con ella. Y ese deseo no tiene su origen en el
sujeto, es decir, en el que lo experimenta, sino que, por el
contrario, nace en el objeto considerado en nuestro caso -en
la persona que nos atrae-.
En la fenomenología del amor humano podemos
afirmar con razón que esa persona que nos atrae
llama. Y llamar de esta manera significa hacerse
presente para darse a conocer, despertar en nosotros
interés y aceptación, hacerse desear.
Dios nos llama mostrándosenos como el
grande, inmenso y único valor capaz de satisfacer
nuestras ansias de unión, de intimidad y de
comunicación.
Todos los amores humanos a personas y cosas acaban por
decepcionar la profunda exigencia del corazón del
hombre, tal como dice san Agustín por propia
experiencia: "El corazón del hombre está
inquieto, y no descansará hasta que descanse en
Dios".
El amor que Dios nos tiene es tan grande, que
literalmente él nos ata a sí. El
comportamiento de Dios para con nosotros es semejante a
aquel con el que la madre ata a su hijo consigo misma con
los lazos de su innato amor materno. En definitiva, que
nadie puede resistirse a un amor tan atractivo y
seductor.
Si realmente prestamos atención a nosotros mismos,
es imposible no escuchar la voz misteriosa, delicada,
seductora y, al mismo tiempo, poderosa y muy tenaz que nos
llama al encuentro. El Señor nos hizo para él.
Por eso jamás se desinteresará de nuestro
destino. Constantemente nos persigue con amabilísima
y seductora importunidad. Ni de día ni de noche nos
deja de su mano. Siempre nos sigue la pista. Siempre nos
sigue de cerca. Nunca nos pierde de vista. ¡Oh, si
supiésemos ver y escuchar!...
¡Estimado lector! Si lees estas páginas con
interés, supongo que eres uno de esos privilegiados
-cristiano, seglar, sacerdote o religioso- que Dios
llama para estar más cerca de él.
¿Por qué esta distinción y
regalía? Éste es un misterio de su
amantísimo corazón. Como nosotros, los
hombres, él tiene sus preferencias. Y podemos suponer
que su predilección es por aquellos que son
internamente más sensibles a sus gestos, a sus
palabras. A la menor señal de correspondencia por
nuestra parte, él, por así decir, moviliza
toda su generosidad y benevolencia para conquistarnos
definitivamente. Y no se deja vencer en generosidad. Nos
gana, sencillamente, por la grandeza de su munificencia, por
la riqueza de sus dones.
Sería extremadamente difícil, si no
imposible, amar a Dios si no supiéramos que
él nos ama por encima de cualquier medida
imaginable. No contento con amarnos de esta manera tan
maravillosa y tan incomprensible, él quiso incluso
hacernos experimentar ese su inconmensurable cariño
que nos tiene. ¡Cuánta gentileza por su
parte!
La mejor respuesta que podemos darle será,
ciertamente, el aprovecharnos totalmente de ese empuje, de
ese vivo deseo que él pone en nosotros para que le
acompañemos en el camino de la perfección.
Vivir con él, caminar con él, lo facilita
todo. ¿No sería precisamente esto lo que
Jesús nos quiso dar a entender cuando dijo: "Venid a
mí todos los que estáis cansados y yo os
aliviaré"? (Mt 11,28).
Anterior
�ndice
Siguiente
|