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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
ESCUCHAR Y
RESPONDER
La reflexión más profunda sobre el
insondable amor de Dios por nosotros nos deja francamente
perplejos. Si nos detuviéramos a considerar nuestra
realidad humana personal, no podríamos entender
fácilmente el porqué de ese privilegio.
¿Mérito personal? ¡Decididamente, no!
¿Quién soy yo? Nada más que un simple
hombre, una simple mujer, como millones de hombres y
mujeres. ¿Por qué esa elección a dedo de
unos pocos? "Muchos son los llamados, pero pocos los
escogidos" (Mt 22,14).
En realidad, todos somos llamados. Parece que todos somos
candidatos. ¿Pero los seleccionados?...
¿Quiénes son los llamados? De acuerdo con la
palabra de Dios, con el evangelio de Cristo, todos aquellos
que responden de algún modo a la invitación de
trabajar en la viña del Señor reciben la
recompensa según sus obras, según el trabajo
que realizan. Habrá sin duda una diferencia en la
manera de ser tratados por el dueño de la
viña. Al final habrá sorpresas en la manera de
ser juzgados por Dios, que conoce todos los secretos del
corazón humano. Sucederá que algunos -los
humildes, los sencillos, los desinteresados...-, tenidos por
últimos, serán preferidos a los que el mundo
juzga por primeros, más dignos, más
importantes.
Aquellos que descubren la oración y la belleza
espiritual de la intimidad contemplativa con el Señor
están muchas veces expuestos a una peligrosa
tentación: o de orgullo o de autocomplacencia. Pueden
sentirse llevados a creer que tienen algún
mérito en las cosas maravillosas que el Señor
comienza a obrar en ellos. Mas eso es puro engaño. Se
trata de una mentira como cualquier otra y, como dice el
refrán, "antes se coge a un mentiroso que a un cojo".
Ese tal no irá muy lejos.
Todo lo que de bueno acontece en el hombre que se entrega
a Dios es fruto de la gracia únicamente. Esta es
fuerza, energía, capaz de hacer crecer en la vida
espiritual.
Tiene su origen en Dios mismo. Basta con que el
Señor suprima ese auxilio para que el hombre vuelva a
su miseria anterior. "Sin mí, nada podéis
hacer". Suprímase la luz o el calor del sol y la
humanidad entera, y la planta más robusta acaba por
perecer o morir miserablemente.
¡Ay de la flor que se envaneciese,
atribuyéndose a sí misma el brillante colorido
de sus pétalos, su exquisito perfume, la robustez del
tallo en que se yergue altanera!
La marca de autenticidad de vida de oración es la
humildad. El sincero reconocimiento de que todo lo que de
bueno acontece en torno a nosotros es obra del
Señor.
Es preciso reconocer también lo mucho que el
Señor hace por nosotros de manera totalmente
gratuita, y ¿quiénes somos nosotros para que
él se digne inclinar-se ante nosotros?
¡Jamás podremos comprender por qué Dios
nos ama tanto!
Pensar que Dios me ama más que a mis hermanos por
el motivo de ser capaz de rezar mejor que ellos es una
puerilidad. Puede ser señal de estar en un doble
error: primero, porque pensar que rezo mejor que los
demás es una mera suposición
egocéntrica; segundo, porque seria
inequívocamente un pensamiento de orgullo, capaz por
sí solo de infeccionar de falso y negativo cualquier
grado de vida de oración.
La santidad no es fruto espontáneo de la llamada o
invitación del Señor. Judas Iscariote
también fue llamado, y sin embargo... Tampoco un
cierto progreso en la vida de oración es
garantía de salvación. "Sólo quien
persevere hasta el fin, será salvo". Poner la mano en
el arado y mirar atrás implica un grave riesgo de
echarlo todo a perder. Sólo la gracia de Dios puede
ayudarnos a perseverar en el esfuerzo de "orar siempre, y
orar sin desfallecer".
Esta aventura divina no depende exclusivamente de la
voluntad del hombre. Un mínimo de colaboración
humana para asegurar el éxito en esa aventura es la
sincera disposición de querer caminar y de ser
dócil para dejarnos llevar de la mano de Dios, que
nos ayuda y nos sustenta.
Ningún niño aprende a caminar si no tiene
deseo de hacerlo por si mismo o lanzándose a la
aventura ante las manos cariñosas y acogedoras de la
madre, que le estimula y regocija con sus pequeños
pasitos.
Se trata, por tanto, de no desalentarnos jamás, de
confiar alegre y humildemente en la poderosa mano paternal
de Dios. Ninguno más interesado que él en el
éxito de nuestra amorosa iniciativa de corresponder
en su plan de amor.
Lo más importante que él nos pide para
alcanzar el objetivo de unión, de comunicación
de amor mutuo, es que nos dejemos amar por él. El
resto -él lo sabe muy bien- vendrá por
sí mismo, porque "amor con amor se paga". La
reacción más espontánea del amado es la
de corresponder a ese irresistible estímulo. Es
difícil, por no decir imposible, no amar a quien nos
ama.
Por otra parte, es necesario, en este asunto, tener
siempre presente la advertencia que Jesús nos hace en
su evangelio: "Sin mí nada podéis hacer". Y es
verdad. Por eso, en la vida espiritual la iniciativa siempre
es de él. Nos corresponde a nosotros abrirle nuestro
corazón, acoger y permanecer atentos a todo lo que
ocurra en el diálogo extraordinariamente constructivo
de nuestra completa realización humana.
Si sabemos corresponder a la maravillosa
invitación del Señor, es seguro que nos
veremos envueltos en acontecimientos también
maravillosos y extraordinarios. El es sencillamente
insuperable en generosidad, en magnanimidad. No existe una
madre que se le pueda comparar en cuanto al amor que nos
tiene. En la parábola del buen pastor, Jesús
se esfuerza por darnos a entender algo de esa su
disponibilidad, de su amorosa preocupación por
nosotros. Basta con leer con atención a los profetas
en los pasajes en que él mismo se nos presenta como
pastor enteramente consagrado a nosotros, como al
rebaño cuyo pastoreo le fue confiado por el Padre.
Él nos alimenta con su amor y emprende cualquier
iniciativa salvadora con todos aquellos de nosotros que
andan extraviados, expuestos a ser devo-rados por el
lobo.
En el ejercicio de la búsqueda de intimidad con
Cristo es mejor no preocuparse mucho por el pasado
histórico de la propia vida. Recordemos aquí
que "agua pasada no mueve molino". Que el pasado es cosa
muerta. Es innegable que muchos aspectos de nuestra
actualidad personal tienen su origen en nuestro pasado. Mas
preocuparnos excesivamente del pasado para mejor comprender
nuestro presente, nuestra manera de ser en algunos aspectos
&endash;psicoanálisis-, no es precisamente lo mejor
para modificar nuestra situación actual.
La mayoría de las personas deseosas de cambiar la
vida obtienen mejores resultados cuando dejan de preocuparse
de su pasado histórico para confiar más en la
misericordia de Dios. Por mucho que lloremos a los muertos,
no lograremos traerlos nuevamente a la vida. Por el
contrario, puede morir un poco el que los llora. Es mejor
mirar adelante y hacia arriba. Ver lo que podemos alcanzar.
Descubrir nuevas posibilidades. Elaborar un proyecto
generoso y poner manos a la obra. Tomar ánimos y
llegar a una decisión. Después, experimentar
sencillamente. Y si es necesario, recurrir a algún
experimentado amigo que nos pueda ayudar, que sepa apoyar y
estimular.
Lo primero que hay que hacer, si queremos comenzar una
vida de oración o profundizar en ella, si ya existe,
es alimentar el deseo de una mayor intimidad con Dios, con
Jesucristo, con la santísima Virgen. El deseo de
éxito personal en esta empresa es condición
previa para el triunfo. El deseo de alcanzar el objetivo,
visto como un valor por el cual vale la pena luchar, es el
motor capaz de mover la máquina.
Las sucesivas etapas recorridas con éxito
constituyen un motivo poderoso para continuar adelante. La
sensación grata de contabilizar resultados positivos
es como una inyección de energía que nos
permite arremeter y superar cualesquiera dificultades.
De este modo, el proceso de crecimiento, el avance y la
progresiva aproximación al objetivo propuesto se
suceden ininterrumpidamente.
La alegría de vivir no está ligada al hecho
de ser adulto. Nace de la consciencia de que vamos creciendo
día a día. En la vida espiritual nadie llega a
la plena madurez. Siempre tiene un margen para avanzar un
poco más en el sentido de la santidad y de la
perfección de Dios. Por eso no hay ni habrá
nunca un "¡basta ya! Ya alcancé la meta"... La
oración es vida, y ésta tiende a no acabar.
Muerte, en el sentido común de esta palabra, es
transformación: el aspecto material de la vida cesa y
el aspecto espiritual de la misma se intensifica y
eterniza.
En la vida espiritual el hombre vive en la verdad en
cuanto progresa en ella. La vida espiritual es
análoga a la vida biológica. Tiene su origen
en Dios, pero su conservación y progreso dependen de
la colaboración del hombre. Compete al hombre
alimentarla. Dios quiere ser amado por encima de todas las
cosas. En realidad quiere todo nuestro amor.
La disposición personal de no negarle nada, de no
resistírsele, de vivir sólo para él, es
el tipo de cooperación que él espera de
aquellos a quienes él concede el privilegio de sus
dones divinos.
La gran pregunta que nos hacemos es: ¿Qué
haremos y cómo viviremos, en la práctica, para
mantenernos y para crecer continuamente en la vida
espiritual?
En el capítulo siguiente nos ocuparemos de esta
cuestión.
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