|
Inicio
Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
DESCUBRIR
Meditar es una de las cosas más hermosas que el
hombre es capaz de hacer. Practicar la oración
contemplativa es la experiencia más sublime, una de
las que más deleitan el espíritu humano. Los
efectos humanos y espirituales que produce son estupendos.
San Pablo, que fue uno de los mayores contemplativos del
cristianismo, dice de esos efectos: "Ni el ojo vio, ni el
oído oyó, ni vino a la mente humana lo que
Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor 2,9). Uno de
los efectos más palpables de una oración
contemplativa auténtica, fácilmente apreciada
por el que la practica, es un vivo e irresistible deseo de
estar siempre con el Señor. Ese deseo se agranda y se
impregna de diferentes aspectos de vida práctica. El
contemplativo ya no consigue disfrazarlo en su pensamiento,
en su sentir, en su orar. El amor apasionado por el
Señor que le anima se trasluce en su mirada, en su
cara, en sus actitudes, en sus gestos y en su comportamiento
en general.
En la apariencia de conjunto que refleja su personalidad
se observa inmediatamente un profundo recogimiento.
Los directores espirituales, generalmente profundos
conocedores de los caminos de Dios por propia experiencia,
acostumbran a poner en guardia al novel contemplativo para
que no llegue a ser presa de posibles falsificaciones por
parte del común enemigo.
Apuntan como un error de apreciación estados de
somnolencia, de fantasía y de sutiles razonamientos
propios de personas curiosas o románticas. La
oración es verdadera cuando nace de un corazón
puro (no desordenadamente apegado a otras personas),
sencillo, humilde y sincero. Ejercicios psicológicos
propuestos para habituarse a actitudes favorables a la
oración contemplativa deben ser superados. Si el
aprendiz se acostumbra a tales prácticas y a no
seguir el hilo de la experiencia interior, puramente humana,
andará seguramente perdido, descaminado.
El hallazgo de la oración contemplativa no es
resultado de hercúleos esfuerzos de una fe singular y
casi ingenua por un corazón sencillo, generoso y
amante que busca afanosamente... Busca trabajosamente a
aquel que le llama para el encuentro interior más
íntimo de su ser.
En ese trabajo de investigación no hay que forzar
la mente ni la imaginación. Basta fijar
tranquilamente la atención en aquel de quien se tiene
una idea suficientemente clara a través del estudio
constante de la Sagrada Escritura y procurar ver en ella las
cosas más codiciadas por el entendimiento humano: el
bien, la verdad, la belleza y la
vida. De hecho, la esencia de todo lo que el
corazón humano desea se resume en estas cuatro
preciosas palabras. ¡Feliz el que halla ese tesoro!
Pero nadie lo encuentra por una mera casualidad, por un
golpe de suerte. Podrán encontrarlo únicamente
aquellos que descubran el terreno donde aquél se
encuentra escondido.
Para alcanzarlo, es necesario cavar, cavar profundo, muy
profundo
Con fe y perseverancia, cualquier persona de
buena voluntad puede hallar ese tesoro. El esfuerzo vale la
pena. El valor de esa riqueza supera al del oro, al de los
diamantes, al de las piedras preciosas del mundo y al de
todas las obras de arte creadas por el ingenio humano.
¡Si lo dudas, pregúntaselo, amable lector, a
quienes encontraron ese tesoro inestimable de la
oración contemplativa!
La labor de búsqueda que lleva al descubrimiento
de la oración no se realiza a la clara luz de la
inteligencia con que se elabora una investigación
científica, sino que es una labor ejecutada en la
oscuridad de la fe con el conocimiento de la propia
ignorancia y la convicción humilde de no poder
entender jamás los arcanos del misterio divino con
nuestra limitada inteligencia humana.
Aquí la ciencia humana nada vislumbra. Es
sencillamente ciega. Condición previa para buscar con
posibilidad de éxito en este terreno que nos ocupa es
la humilde convicción de que "si el Señor no
construye la casa, en vano trabajan los que la
construyen"... (Sal 126). El camino seguido para esta
búsqueda se hace en una total oscuridad. La
única fuente de luz es la fe. Si ésta fuere
demasiado débil, o quizá no existiese,
será totalmente inútil proseguir en el
intento.
Pero es necesario recordar aquí que la fe no es un
acto de bondad. La fe es una luz interior que nace
únicamente en un corazón muy humilde y
sencillo, desinteresado, limpio y confiado, como el alma de
un niño inocente.
La fe nace por el contacto frecuente e íntimo con
el Señor. Puede surgir también por la
experiencia de la oración.
¿Y si fueras pecador? Y está claro que lo
eres, ya que todos pecamos... Debes saber, sin embargo, que,
por el arrepentimiento sincero, el alma negra del mayor
pecador, bañada en la sangre redentora de Jesucristo,
se vuelve blanca como la nieve. Por eso todos podemos
convertirnos en criaturas inocentes delante del
Señor.
Aquellos que tienen el valor de convertirse a Dios todos
los días son firmes candidatos al premio, siempre que
tengan fe y perseveren en la búsqueda del gran
tesoro... El Señor os guiará y
conducirá de la mano a través de la estrecha
senda que conduce al escondrijo de ese tesoro.
Entre Dios y nosotros hay una densa oscuridad. En este
terreno, con la inteligencia humana, no es posible ver nada
a un palmo de nuestra nariz. Esta es otra realidad, en nada
semejante a la del mundo en que vivimos: el mundo
material.
Por muy aguda que sea nuestra vista fisiológica,
ésta no alcanza más allá de la materia
que nos rodea. Aquí no existen microscopios
electrónicos ni poderosos telescopios como el de
Palomar, ni radar u otros instrumentos que nos permitan
vislumbrar la menor señal de esa otra realidad.
Sin embargo, existe, nos rodea y nos toca directamente
como el aire que respiramos. Y, entre tanto, los sentidos
externos nada perciben. Los maravillosos instrumentos
fisiológicos -ojos, oídos, tacto, gusto y
olfato- no nos pueden ayudar en la localización y en
el conocimiento de Dios. Pero sabemos muy bien, sin embargo,
que él está muy cerca. Que está dentro
de nosotros. Mejor aún: nosotros estamos
sumergidos en él. Él nos envuelve
completamente, como la luz y las tinieblas, entre las cuales
nos movemos de día y de noche. Todo esto lo sabemos;
pero no sabemos cómo sabemos la existencia de
esa realidad.
No obstante, el misterio de Dios no nos es totalmente
ajeno. Todos sabemos que él oculta el mayor tesoro
del mundo creado. Todos intuimos también que
él está al alcance de nuestras manos. Todos lo
deseamos. Sin embargo, la mayoría no hace nada en
concreto para conquistarlo. En esto, todo se queda apenas en
la forma de un vago sueño. En un deseo ineficaz.
Muchos, seducidos por las señales evidentes de
poder localizar y de alargar la mano hacia esa maravilla que
no puede compararse con nada de este mundo, se toman el
trabajo de alcanzarla sin descanso. Tanto creen en la
posibilidad de tener éxito en su búsqueda, que
no dudan en abandonar por ella cualquier otra
preocupación. Intuyen que con la conquista de ese
bien supremo nada les faltará. Confían. Y
tienen motivos para creer en la validez de su proyecto. Con
mucha humildad y con un granito de fe auténtica
allá se va, con la certeza de no volver con las manos
vacías.
Para descubrir qué es la oración
contemplativa es preciso penetrar en la densa oscuridad en
que se oculta Dios y tener el necesario valor de permanecer
en esa soledad hasta que se haga luz. Pero la luz no puede
aparecer mientras nos hallemos sumergidos en la materialidad
de este mundo, en que ordinariamente moramos y nos movemos.
No es fácil desligarnos por completo de la materia de
que estamos hechos y en la que nos movemos. No es
fácil romper las cadenas que nos atan al mundo de las
cosas y de los acontecimientos en que estamos inmersos desde
que nacimos.
Todo ello constituye una barrera que se interpone entre
nosotros, pobres criaturas, y Dios creador, que nos llama,
nos atrae y nos seduce por la maravilla que él es. Lo
que de él sabemos, por intuición natural,
enriquecido por la estupenda revelación que él
hace de sí mismo a través de la historia, no
deja dudas. Vale la pena sacrificar cualquier cosa para
entrar en contacto personal más íntimo con
él. Este es un objetivo perfectamente viable,
conforme a la experiencia que tenemos de innumerables
cristianos de todos los tiempos.
La mayor dificultad en esa búsqueda estriba en
saber penetrar a fondo, sin miedo, en esa oscuridad total y
descubrir ahí una pequeñísima luz. En
la medida en que nos aproximamos a ese casi imperceptible
centelleo, aumenta progresivamente en intensidad. Poco a
poco nos va revelando todo el contenido sorprendente del que
es apenas un insignificante anuncio.
Para tener éxito en esta empresa de
descubrimientos es necesario que nos desliguemos de todo lo
demás. Este todo lo demás incluye
también los acontecimientos que tienen lugar en
nuestro interior: pensamiento activo, raciocinio,
imaginación, fantasía, emociones,
expectativas...
El problema reside en la dificultad de controlar la
atención. La actitud interna de quien desea encontrar
al Señor debe ser la de la atención dirigida
directamente sobre él, sin desviaría hacia
otros motivos. Causa de muchas distracciones de ese
único motivo necesario son los recuerdos de
experiencias anteriores. Los recuerdos son, en sí,
prácticamente inevitables.
Existen fundamentalmente dos tipos de recuerdos: los que
se refieren a cosas que nada tienen que ver con el
Señor, y los que están directamente
relacionados con él.
Los primeros nos afectan en el objetivo que buscamos. Los
últimos pueden facilitar nuestro trabajo de
búsqueda. Pero no siempre podemos elegir libremente
nuestros recuerdos del pasado ni siempre resulta posible
controlar adecuadamente nuestras preocupaciones. Por eso es
prácticamente imposible mantener por largo tiempo la
atención concentrada exclusivamente en el
Señor.
Las distracciones son inevitables. Pero esto no es motivo
para abandonar el esfuerzo por ver el rostro del
Señor. Lo importante es que no nos detengamos
voluntariamente en la consideración de cosas que nada
tienen que ver con nuestro objetivo intencional: el
Señor.
Cualquier actividad mental, por muy santa que sea,
constituye un obstáculo para la oración
contemplativa.
Pensar en Dios o en Nuestra Señora,
meditar sobre los atributos de Dios, constituye una
actividad mental incompatible con la oración
contemplativa.
Contemplar es función pasiva, receptiva, en
la que el sujeto permanece fijo, tranquilamente, en el
conocimiento del objeto de su amor y reacciona interiormente
con sentimientos de admiración, de alabanza, de
exaltación... La reacción interna no es
provocada por el sujeto. Éste permanece como activo
observador, atento únicamente a las revelaciones que
le hace el objeto observado.
Anterior
�ndice
Siguiente
|