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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
TRABAJO,
MEDITACIÓN Y CONTEMPLACIÓN
La curiosidad natural del hombre es prueba de su
inteligencia. Esta capacidad nos lleva a observar los
fenómenos y a tratar de desentrañar sus
causas, su dinámica y sus efectos. Es precisamente
desde este conjunto de funciones mentales desde el que nace
toda actividad humana y creativa, base de toda
organización y de toda civilización.
Las ideas actúan poderosamente sobre las
disposiciones, las actitudes y los comportamientos humanos.
Las ideas son moralmente neutras. Asumen contornos de bondad
o de maldad de acuerdo con el objetivo con que se miren.
Ideas y pensamientos positivos evocan sentimientos buenos.
Estos pueden ayudar a orar y a crecer en devoción.
Pueden llevarnos a exultar de alegría cuando
meditamos los misterios gozosos del rosario y pueden hacer
llorar de emoción al leer con devoción el
relato de la pasión de Cristo... Y pueden hacer
estremecer de miedo cuando consideramos nuestras propias
infidelidades.
A pesar de ser buena y útil, la piadosa
reflexión sobre temas evangélicos, la
meditación, como actividad intelectual, no es
compatible con la contemplación propiamente
dicha.
Contemplar no es pensar. Tampoco es reflexionar o
raciocinar, no obstante la utilidad de tales actividades en
la vida espiritual. Ciertamente, es muy bueno estudiar y
procurar entender la Palabra de Dios. Las ideas claras
pueden favorecer la oración contemplativa. Ayudan a
penetrar en el conocimiento racional de Dios. Pero ellas, de
suyo, no son oración contemplativa. Conocer,
comprender y saber son siempre excelentes frutos de la
inteligencia que Dios nos dio justamente para eso. La
reflexión intelectual sobre la realidad de Dios y
sobre la realidad humana puede ayudar a comprender las
maravillas de la grandeza, del poder, del amor y de la
misericordia de Dios y la miseria humana. De esta manera, la
meditación ayuda a la devoción.
La actividad intelectual de reflexión es
fundamentalmente ambivalente. Puede construir y puede
también corromper; y puede incluso causar grandes
estragos en la vida de una persona. Puede llevar al orgullo,
a la vanidad, a la envidia, a los celos, a la agresividad,
al odio y a la destrucción.
Quien quiera aprender a contemplar tendrá que
vigilar rigurosamente la actividad de su inteligencia para
no dejarse arrastrar por sentimientos de orgullo. Debe
controlar también con mucho cuidado la natural
curiosidad, que busca informaciones sobre las cosas
mundanas. La satisfacción de la curiosidad y el deseo
inmoderado de saberlo todo despiertan fácilmente
egoísmos y ambiciones absolutamente incompatibles con
la vida espiritual.
Con relación a la manera de vivir la
espiritualidad, se dan básicamente dos diferentes
estilos de vida en la Iglesia: la vida activa y la vida
contemplativa. Tomando como base la palabra de Cristo, la
vida contemplativa es superior a la vida activa. Y esto se
deduce inmediatamente de la respuesta de Jesús a
Marta, que criticaba a su hermana Maria por permanecer
sentada e inactiva a los pies del maestro para escuchar y
contemplar su palabra: "Marta, Marta, te afanas y preocupas
por muchas cosas; pero una sola cosa es necesaria;
María ha elegido la mejor parte, que no le
será quitada" (Lc 10,41-42).
Ambos estilos de vida -vida activa y vida contemplativa-
se pueden vivir con diferentes grados de profundidad. El
grado más elevado de espiritualidad de la vida activa
toca y en cierto modo penetra en el grado menos elevado de
espiritualidad contemplativa. De tal modo que, en la
práctica, existe una amplia franja de espiritualidad
en que la vida activa y la vida contemplativa se
confunden.
El autor de este libro trabajó en el campo
asistencial con numerosos miembros, tanto de congregaciones
de vida religiosa llamada activa como con miembros de vida
religiosa llamada contemplativa. Y se encontró
también con un buen número de religiosos de
órdenes contemplativas que, en realidad, poco o nada
tenían de vida contemplativa. Esto nos lleva a pensar
que la división de las congregaciones y de las
órdenes religiosas, tanto de vida contemplativa como
de vida activa, en diferentes categorías es
más arbitraria y teórica que real.
De hecho, la espiritualidad cristiana es una sola. Todos
los cristianos, seglares, religiosos consagrados de
congregaciones activas y religiosos consagrados
contemplativos, son llamados a profundizar lo más
posible en su vida de oración. Y el grado más
elevado de ésta es sin duda la oración
contemplativa, cuya cima se llama propiamente
contemplación.
La contemplación puede ser infusa o adquirida. La
primera forma se concede a algunas almas privilegiadas como
un don totalmente gratuito de Dios. La contemplación
adquirida es el resultado de un esfuerzo personal bendecido
por Dios para crecer continuamente en el amor divino a
través del ejercicio de la oración y de la
conversión personal.
La vida en la que predomina más la actividad
apostólica que la oración propiamente dicha es
menos perfecta. Si María, con su actitud
contemplativa, "escogió la mejor parte", como
declaró Cristo Jesús, es que la otra parte -la
de la actividad propiamente dicha- es de calidad
inferior.
Cierto que María no podría permanecer
durante días sentada a los pies del Señor para
contemplarlo. Cristo sabía que el trabajo de Marta
para servirle a él y a sus amigos era algo muy
valioso y meritorio. El servicio a los hermanos o el trabajo
apostólico propiamente dicho es un deber impuesto por
Jesús a los que le siguen: "id por todo el mundo y
predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea
bautizado, se salvará; pero el que no crea
será condenado" (Mc 16,15-16).
Éste es el trabajo apostólico que Cristo
pide concretamente a los que le siguen: predicar el
evangelio. Pero la predicación de una doctrina y de
un ideal no se hace exclusivamente con la palabra hablada o
escrita. Esta continúa también en el modo
privilegiado de comunicar el mensaje. Y este mensaje
evangélico se transmite asimismo por medio de todo
aquello que se puede percibir a través del
mensajero.
Todos aquellos que entran en contacto con él, su
manera de pensar, de raciocinar, de sentir, de juzgar, de
actuar, de relacionarse con los demás, de comportarse
en las diferentes situaciones y circunstancias en que el
mensajero se encuentre, son a la vez mensaje.
El auténtico discípulo de Cristo presenta
algo de misterioso y característico en su manera de
ser, típicamente diferente de aquellos que no son
discípulos de Cristo. El genuino discípulo de
Cristo contagia siempre, por así decir, su propia
manera de ser y de manifestarse en todo cuanto dice y hace.
Y lo que hace, esa manera tan original de comportarse el
discípulo de Cristo, es precisamente por convivir
íntimamente con el maestro. "Dime con quién
andas y te diré quién eres".
Contemplar es gozar de la constante intimidad afectiva de
Cristo. La convivencia amorosa en la oración
contemplativa no puede dejar de producir profundas
transformaciones, internas y externas, en el
contemplativo.
Poco a poco, éste se identifica con el maestro de
modo semejante a como, por la convivencia más o menos
prolongada del hijo con la madre, aquél acaba
identificándose con ella. El hijo adquiere las mismas
cualidades de la madre. La identificación es a veces
tan marcada que, por la simple observación de la
persona desconocida, es posible adivinar su procedencia
familiar. Así, el auténtico contemplativo es
apostólicamente más eficaz por lo que es que
por lo que dice y hace.
El testimonio que todo cristiano y todo religioso
consagrado está llamado a dar a los hombres es, sobre
todo, el de representar a Cristo reencarnado en el mundo. Y
esto es posible únicamente si el cristiano es una
persona totalmente distinta de los demás hombres. El
verdadero discípulo de Cristo no se distingue de los
demás hombres por lo que hace, sino por la manera
distinta de hacer lo que prácticamente todos hacen
cuando trabajan.
El trabajo es obligación de todos los hombres.
Pero orar y contemplar no es trabajar. Es algo mucho
más sublime. Es lo que el hombre comienza aquí
en la tierra y que continuará realizando eternamente
en la otra vida. Es, en efecto, un pálido ensayo de
vida eterna en este mundo. Es darle la preferencia debida a
la vida contemplativa, ya que en este mundo privilegiamos la
actividad apostólica en detrimento de la
oración.
Vemos, por desgracia, cómo hay algunos operarios
de la viña del Señor que a veces se sienten
desbordados por el trabajo y por las actividades cotidianas,
hasta el punto de no tener espacio para la oración,
con lo cual entran en una senda peligrosa: el error del
activismo. Y, ciertamente, el que no reza deja de hacer
apostolado. Quien no es amigo íntimo de Jesús,
quien ya no tiene tiempo para encontrarse frecuentemente con
él para tener un coloquio de intimidad afectiva, no
es amigo de Cristo. Por eso esa persona no es
apóstol, por más sublimes que sean las obras
que realiza. Tal agente apostólico puede ser una
bella persona, un profesional competente, pero su obra nada
tiene que ver con el apostolado, sencillamente porque
aquí ya no hay nada de Cristo.
De todo esto se deduce que la vida cristiana de
oración y de contemplación es
nítidamente superior a una vida de trabajo
supuestamente apostólica, pero a la que le falta el
alma de la oración. Y esto vale lo mismo para todos
los cristianos laicos en general, así como para todos
los miembros religiosos pertenecientes a órdenes y
congregaciones llamadas de vida contemplativa o de vida
activa. Unos y otros serán apostólicamente
eficaces en la medida en que imitaren a Jesucristo y se
identifiquen con él en la vida de oración:
"¡Vigilad! ¡Sed firmes en la fe! ¡Sed
hombres! ¡Sed fuertes! Todo lo que hagáis,
hacedlo en la caridad" (1 Cor 16,13).
Advertimos, sin embargo, que cuanto acabamos de exponer
no encierra desprecio alguno de las actividades
apostólicas en si mismas. Sabido es que, sin las
obras de caridad y de apostolado, nuestra fe estaría
muerta, como dice san Pablo. El apóstol que trabaja
por amor a Cristo deja siempre olor a Cristo en todo aquello
que toca. El que permanece constantemente en Dios es siempre
apóstol, y todo cuanto hace es realmente
apostolado.
El contemplativo en acción es persona que funciona
externa e internamente con toda su potencialidad. Piensa y
razona con la cabeza, trabaja con los músculos y ama
con el corazón. Ser verdaderamente humano es
funcionar en todas las dimensiones del propio ser.
Tanto aquel que sólo piensa en trabajar como aquel
que únicamente se dedica a la contemplación
frustran una importante dimensión de la personalidad
humana. En la parte más elevada de la vida
contemplativa el hombre trasciende el aspecto animal de su
naturaleza para penetrar en las fronteras que separan la
naturaleza humana de la naturaleza divina. Y es precisamente
entonces cuando el hombre llega a participar de la propia
naturaleza divina en comunión de amor con Dios.
En la escena evangélica antes citada, Cristo no
desprecia el importante trabajo de Marta al servir a los
hermanos. Advierte, eso sí, de la necesidad de saber
interrumpir de vez en cuando la obra que nos ocupa en un
momento dado para ocuparnos de lleno en lo únicamente
necesario: orar y contemplar.
Orar y contemplar significa siempre no hacer nada
más que eso durante el espacio destinado a la
oración. Ocuparse durante el tiempo de oración
en pensar en no sé qué cosas, o preocuparse en
qué haré después, hace infructuosa la
oración. Cuando se trata de buscar a Dios, el
único objeto de meditación y de deseo ha de
ser él y nadie más que él.
Rezar y contemplar es estar con Dios y con ningún
otro. Y lo mismo se diga de los pensamientos piadosos y
santos, que no deben ocupar lugar ni en la cabeza ni en el
corazón del hombre en contemplación.
Dios ocupa totalmente todos los espacios disponibles de
nuestra persona. Por eso, cuando queremos contemplar, es
necesario concentrar tranquilamente toda la atención
únicamente en Dios mismo, sin admitir otro
pensamiento por más santo que sea. Pero esto no se
puede alcanzar por el mero conocimiento. Las realidades
espirituales no pueden ser entendidas por nuestra
inteligencia humana como entendemos las realidades
materiales.
Nuestros razonamientos nunca son pensamiento puro como
es, por ejemplo, el pensamiento de los ángeles. La
pretensión de querer abarcar a Dios con nuestro pobre
pensamiento humano nos llevaría fatalmente al error.
Por eso es preferible buscarle con el corazón, como
aquel que nos ama, sin que sepamos exactamente cómo
es ni conozcamos su insondable y misterioso ser.
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