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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
CONTEMPLAR NO ES
RACIOCINAR
Pensamientos intelectivos y conceptos exegéticos
son prácticamente inevitables durante el esfuerzo de
la contemplación. Pero es muy importante no dejarnos
enrollar por ellos, ya que, de lo contrario,
acabarían fatalmente por transformar lo que
debería ser oración contemplativa en simple
reflexión o piadosa meditación.
Esta tiende a producir únicamente una
adhesión intelectiva a Dios, lo que, en principio, no
es oración profunda, capaz de convertir el
corazón. La unión afectiva con el Señor
lleva a querer estar sólo con él, sin
consideración alguna de conocimiento intelectual.
Todo lo que siendo inferior a Dios mismo ocupa nuestra
mente constituye, en cierto modo, un obstáculo entre
Dios y nosotros. Por eso es necesario estar siempre en
guardia, para que, al ocuparnos mentalmente de los atributos
de Dios, no perdamos de vista al propio Dios.
Las ideas claras y piadosas con respecto a Dios no
Ayudan a captarlo en persona. Únicamente el
corazón puede abrazarlo. Un amoroso deseo ciego,
dirigido a Dios mismo, es más valioso que cualquier
otra cosa que pudiéramos hacer por él.
La experiencia interior de deseo de encontrar y de amar a
Dios vale más que cualquier pensamiento piadoso, por
más santo que sea.
Hay quienes dudan de que los hechos sucedan de este modo.
Sin embargo, otros experimentados maestros de la vida
espiritual afirman categóricamente que realmente es
así. Esta certeza se basa probablemente en la
experiencia personal de esos autores... La certeza del
propio saber nace siempre realmente del descubrimiento
personal, a través de una experiencia.
La piadosa consideración de los atributos de Dios
es, sin duda, cosa muy buena. Meditar sobre la bondad de
Dios, sobre su grandeza y su dignidad, sobre su
inconmensurable misericordia, es algo sublime.
Pensar en la santísima Virgen, entretener la mente
con los ángeles, los santos, las maravillas del
cielo, es acto de piedad ciertamente muy meritorio. Pero
todo eso no puede alimentar la contemplación.
Para aquel que ha entrado en el reino de la
oración contemplativa, esas piadosas consideraciones
ya no bastan. Se pierden en la misteriosa vorágine de
la contemplación propiamente dicha. Con todo, alabar
a Dios por sus admirables atributos y por el gran amor que
nos tiene es oración muy digna de elogio. Pero no
cabe duda de que reposar en el simple acto de consciencia
que tenemos de Dios, amarle y alabarle por lo que él
es en sí mismo, es oración de calidad muy
superior.
Contemplar no es pensar o raciocinar respecto de Dios.
Podemos pensar y raciocinar sobre cosas conocidas, sobre
personas, sobre un acontecimiento determinado, sobre
informaciones respecto de cosas desconocidas...
Cuando nos paramos delante de una obra de arte para
admirarla, para contemplarla, no pensamos ni raciocinamos de
una manera activa. El tiempo que pasamos delante de ese
objeto se divide espontáneamente en dos tiempos:
tiempo de búsqueda activa para descubrir la belleza y
valor de ese objeto, y tiempo de pasividad absoluta para
admirar y contemplar de vista esa obra de arte que nos
ocupa. La visión contemplativa propiamente dicha de
un objeto de arte o de Dios es difícil de describir.
Pero más difícil aún es definirla.
El acto contemplativo no es acto de conocimiento. Es
más bien un acto de gozo o de pura admiración
y de asombro ante el objeto en sí.
Podemos conocer muchas cosas. Pero no podemos, sin
embargo, conocer al Creador de todas ellas tal como
él es. Conocemos algunos de sus atributos porque
él mismo los reveló directa o
indirectamente.
Podemos, sí, intuir algo de la esencia de Dios.
Contemplar es maravillarnos, por intuición, de lo que
Dios es en sí mismo, sin que, por otra parte, seamos
capaces de llegar a comprender totalmente esa maravilla.
El contemplativo prefiere amar la maravilla que descubre
en vez de tratar de comprenderla. Aquí es posible
amar lo que no se conoce todavía. El amor puede,
realmente, alcanzar y abrazar lo que la mente todavía
no conoce.
Así es el amor de la madre para con el hijo que
todavía no ha nacido. Si ese hijo que va a nacer, e
incluso ya nacido, tuviese alguna noción del gran
amor de la madre hacia él, no cabe duda de que
éste correspondería también a la madre,
que le dio la vida y le sustenta con tanto cariño y
dedicación.
Lo que pasa entre Dios y el hombre es algo parecido a lo
que sucede entre la madre y el hijo, pero con una
diferencia: al comienzo de su existencia, el hijo que va a
nacer nada sabe del amor privilegiado de aquella madre
respecto al fruto de sus entrañas.
El hijo comienza a amar a la madre poco a poco, en la
medida de que es capaz de tomar conciencia del gran amor que
ella le tiene. La condición para que él pueda
desarrollar ese amor hacia la madre es saber que la madre le
ama. Cuanto más la madre ame a su hijo, tanto
más éste podrá amarla.
Pero el hombre adulto, al contrario de ese niño
recién nacido, sabe que Dios es su creador. Sabe
también que el mismo Padre del cielo le ama desde el
comienzo de su existencia en el seno materno. "Tú has
creado mis entrañas, me has tejido en el seno
materno... Cuando, en lo oculto, me iba formando, y
entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos
veían mis acciones, se escribían todas en tu
libro, calculados estaban mis días antes que llegase
el primero" (Sal 138,13-16).
El Creador ama a su criatura mucho más de lo que
la madre puede amar a su hijo. Para tener éxito en la
oración contemplativa, la condición personal
del hombre es saber que Dios lo ama personalmente más
de lo que la propia madre podría amarlo. Al tomar
conciencia de ese inmenso amor de su Creador por él
desde el comienzo de su existencia en el seno materno, el
hombre no puede por menos de sentirse inundado por un gran
amor a Dios. Y sabido es que "amor con amor se paga
Reflexionar de vez en cuando sobre los maravillosos
atributos de Dios -su majestad, su misericordia, su
fidelidad, etc.- es incentivo importante para crecer en el
amor de Dios. Mas la contemplación va más
allá de esas piadosas consideraciones intelectuales.
Para lograrlo es necesario dejarse arrastrar del amoroso
deseo de alcanzar a Dios mismo, ya que él se esconde
en un misterio impenetrable a la inteligencia humana. Pero
lo que es imposible para la mente humana, lo puede
comprender un corazón amante y apasionado, que vive
para Dios.
¿Y qué hacer con los pensamientos que nos
distraen cuando queremos rezar o simplemente contemplar a
Dios?
Antes de nada, es preciso saber que nadie es capaz de
controlar y de gobernar totalmente sus propios pensamientos.
Estos son producto de nuestro cerebro rebelde e inquieto. No
nos es posible evitarlos.
En estado normal, con ayuda de la voluntad, conseguimos
encaminarlos, hasta cierto punto, en la dirección
deseada. Mas esta posibilidad está limitada por la
propia falta de libertad del hombre.
Esos pensamientos de distracción procuran desviar
nuestra atención de la única cosa que en ese
momento debería interesarnos. La fuerza de la
costumbre hace que tendamos a relacionarnos con las cosas
del mundo material a través de nuestros sentidos
externos para conocerlas. Mas las cosas del
espíritu no pueden conocerse
científicamente. Únicamente se pueden alcanzar
por la fe, por el amor, por la esperanza... El amor
verdadero nace siempre del descubrimiento de los valores que
en si encierra el objeto que se propone a nuestra
consideración. El amor a la cosas materiales nace con
los valores descubiertos por los sentidos externos
controlados por la razón crítica. La realidad
espiritual, en cambio, escapa por completo a toda
consideración que tenga que ver con nuestros sentidos
externos. Únicamente puede captarse por la
percepción crítica de los sentidos internos:
la fe, el amor, la esperanza, el deseo, la intuición,
la imaginación, la fantasía, etc.
Hay una curiosidad natural que tenemos para saber
quién es Dios y cómo es Dios. Ya sabemos que
él es aquel que nos creó a nosotros y a todas
las cosas que fuera de él existen; que él nos
salvó para la eternidad y que, solicito, nos
acompaña a lo largo de nuestra vida. Esto, y algunas
cosas más, es lo poco que de Dios sabemos. Por eso es
mejor abandonar de una vez para siempre el intento de captar
a Dios por la ciencia, porque esto es tiempo perdido.
Aparte de lo dicho, la piadosa reflexión sobre los
admirables atributos de Dios puede resultar una desacertada
búsqueda de placenteras sensaciones espirituales.
Esto es bueno, pero no alcanza a Dios en su esencia. Vale
más entregarse completamente a Jesucristo con un
intenso deseo amoroso de estar con él.
La meditación de la pasión del
Señor, la piadosa reflexión sobre la
misericordia, la bondad, la fidelidad de Jesucristo, e
incluso sobre nuestra condición de pecadores, son
necesarias. Nadie puede progresar en la vida espiritual sin
el recurso a esos importantes medios de oración.
La meditación es generalmente muy importante,
sobre todo al comienzo de un camino serio de oración.
Mas al cabo de algunos años meditando sobre los
atributos de Dios y sobre las virtudes de Nuestra
Señora y de los santos, el alma siente deseos de
avanzar en el camino real de la perfección. Quiere
avanzar más. Para eso es necesario aprender a no
pensar activamente, a no decir nada y a asumir una actitud
de espera pasiva ante las posibles manifestaciones del
Señor. Él se revela al alma que encuentra en
silenciosa y atenta contemplación.
Para contemplar basta elevar el corazón a Dios con
el simple y amoroso deseo de estar con él y esperar.
Esperar con atención los sutiles movimientos amorosos
de nuestra alma. Controlar la mente y la imaginación
-esa loca de la casa- para desear sólo a Dios, que
nos ama y nos atrae misteriosamente.
No es fácil entender esto si antes no lo has
experimentado personalmente.
Aquel que se entrega con paciencia y perseverancia a este
ejercicio, difícilmente deja de descubrir, con
gratísima sorpresa, la oración puramente
contemplativa. La gran dificultad de muchos para realizar
este descubrimiento es la falta de paciencia. Son
relativamente raras las personas, en Occidente, que no
estén de algún modo contaminadas por los
vicios de una agitada mentalidad pragmática y
utilitarista. ¡Nos sentimos tan llevados a hacer, a
actuar siempre..., siempre!
Trabajar y reposar. Reposar significa únicamente,
para la mayoría de los occidentales de hoy, sentarse
o tumbarse y, al mismo tiempo, ver la televisión,
oír la radio, conversar, leer o dormir... Se aborrece
la soledad y el silencio, porque las personas se sienten
vacías.
Contemplar exige una actitud de quietud externa y gran
atención interna al Señor, en cuya misteriosa
presencia nos hallamos. Al mismo tiempo, debemos estar
siempre atentos a posibles o probables manifestaciones del
Señor en nuestro interior más
íntimo.
Ciertamente, es imposible ver y poseer plenamente a Dios
en esta vida. Mas experimentar y probar algo de lo que
él es en sí mismo, no es sólo
hipótesis probable. Los contemplativos de todos los
tiempos afirman que esto es una realidad maravillosa e
indescriptible. Quienes hicieron la experiencia concreta de
esta realidad espiritual para llegar a descubrir a Dios por
la contemplación coinciden unánimemente en un
punto. Afirman que es condición fundamental para este
descubrimiento el ánimo de lanzarse a esa
búsqueda completamente libre de cualquier otra
preocupación.
Los pensamientos y las ideas con respecto a Dios no nos
relacionan precisamente con Dios por necesidad. Incluso el
ateo puede cultivarlos por simple curiosidad o mera
afición intelectual. Sólo el amor puede
aproximar a Dios. El pensar activamente obstaculiza
más que ayuda al amor. Esto es también verdad
cuando se trata de pensamientos inequívocamente
santos y edificantes. Todo aquel que busca a Dios nunca
podrá contentarse únicamente con pensar en
él o en sus admirables atributos, o en otras cosas,
por muy santas que sean.
El fenómeno de la percepción constituye el
acontecimiento fundamental de toda la dinámica mental
del hombre. A partir de ese primer acto de naturaleza
psicológica, se desencadena toda una serie sucesiva
de fenómenos de vida mental, que culminan con el
comportamiento y la conducta.
Los actos psíquicos se suceden
espontáneamente por el siguiente orden:
percepción, pensamiento, sentimiento y
emoción, actitud interna, actitud externa,
comportamiento y, finalmente, conducta. Es a nivel de
pensamiento como se manifiesta con mayor claridad la
naturaleza racional del hombre.
El pensamiento espontáneo hecho de
imaginación, fantasía, intuición,
impresión... es más o menos caótico. La
inteligencia y la voluntad constituyen la capacidad que
tiene el hombre de poner orden en ese caos. Ellas
intervienen para seleccionar imágenes y organizar
conjuntos lógicos e intelegibles, y encaminarlos,
acto seguido, en la apreciación del yo con el fin de
realizar valores más o menos libremente idealizados y
concretados a través de unos determinados
comportamientos
La permanente valoración subjetiva de ese
dinamismo y de sus respectivos resultados concretos permite
al hombre hacerse sujeto de su propia historia. El
éxito o el fracaso en ese intento favorecen u
obstaculizan el proceso de maduración a que
está condicionado el grado de responsabilidad
personal del hombre por sus actos y por su vida.
Por tanto, el punto crítico en que el hombre
decide el sentido de su propia vida se sitúa
claramente en el momento en que se decide a hacer uso de su
capacidad de pensar, de imaginar, de intuir, de fantasear,
de formular una intención. Y es precisamente en ese
punto donde se sitúa la libertad del hombre. En
consecuencia, él puede ser también responsable
de sus actos consecuentes, aun a pesar suyo.
Por eso, al contrario de lo que ocurre con la
percepción y el entendimiento, el pensamiento puede
ser controlado y, más o menos libremente, orientado
hacia objetivos preestablecidos. Ello nos lleva a la
conclusión de que el hombre normal puede escoger y
realizar libremente -al menos a nivel de intención-
la calidad moral de su propia vida.
El pensamiento involuntario respecto de aquello que se
quiere que sea no es pecado. Otra cosa seria si
aceptásemos un mal pensamiento y
voluntariamente nos deleitásemos en él.
Tal actitud seria subjetivamente, cuando menos, una
peligrosa ocasión próxima de pecar incluso en
el acto que no fuese plenamente voluntario. Porque "quien
ama la ocasión debe atenerse a las consecuencias". El
tener una idea exagerada de la propia fuerza lleva a hacer
experiencias imprudentes, que fácilmente conducen a
fracasos no imprevistos.
Por eso es mejor considerar que cualquier pensamiento
contrario a la ley de Dios constituye virtualmente
ocasión próxima de pecado. El sincero deseo de
organizar y de vivir una auténtica espiritualidad
exige de nosotros que decididamente los orientemos hacia
Dios. Pero, a pesar de esa clara actitud subjetiva, se
produce siempre una férrea lucha a muerte contra la
natural inclinación del hombre hacia las exigencias
de la carne.
La vida es lucha. Y no luchar es dejarse arrastrar
río abajo y correr el riesgo de estrellarnos de
improviso contra algún peñasco o precipitarnos
por la cascada, con inminente peligro de muerte. La
prudencia humana y evangélica es la compañera
imprescindible e inseparable de aquellos que desean ir por
el camino de la auténtica espiritualidad.
La decisión de buscar la vida de oración
contemplativa supone tomar una radical opción por
Dios. Y esa opción no se cancela, afortunadamente,
por eventuales caídas-sorpresa debidas a la natural
flaqueza humana. Pero la voluntaria falta de vigilancia de
un agitado revuelo de pensamientos espontáneos puede
dar el desagradable susto de lamentables fracasos morales.
Cualquier pensamiento o imaginación que incite
seriamente al corazón a uno de los siete pecados
capitales -ira, envidia, pereza, orgullo, ambición,
gula, lujuria. . . - constituye siempre una peligrosa
ocasión próxima de pecado.
\Si queremos realmente progresar en la vida espiritual,
no basta con el esfuerzo por eliminar todo pecado grave de
nuestra vida. Es necesario preocuparnos también por
eliminar hasta la sombra misma de cualquier acto más
o menos voluntario contrario a la voluntad de Dios.
A pesar de que esto es un objetivo utópico en la
práctica, la intención y el esfuerzo sincero
de evitar la más mínima ofensa voluntaria a
Dios es condición indispensable para una
auténtica vida de oración.
Afirmar que estamos decididos a buscar a Dios y caminar
al mismo tiempo, más o menos voluntariamente, en
sentido contrario es, cuando menos, una repugnante
contradicción interna. Aceptar con conciencia
tranquila pequeños desvíos voluntarios del
camino que nos lleva a Dios abre camino para caídas
mayores, quizá fatales para la vida espiritual. El
amor o es total e irrevocable o no es amor.
La contemplación destruye el pecado. La
oración verdadera sana las raíces más
profundas del pecado, sin que ello quiera decir, con todo,
que elimine por completo nuestra fragilidad y la permanente
posibilidad real de ofender a Dios. No olvidemos que nuestro
cuerpo es fundamentalmente caprichoso, como criatura humana
que es.
Para imponerle una cierta disciplina es conveniente
vigilar, ayunar, entrenarse en la renuncia voluntaria de
cosas buenas y agradables, pero que en si mismas son
innecesarias. Ayunos y mortificación de los sentidos
son medios eficaces para fortalecer el espíritu
contra los ataques de la sensualidad y del sibaritismo, que
tanto entorpecen la fuerza del alma. Nuestro esfuerzo de
conversión ha de ser permanente. Así
creceremos constantemente en gracia. Aunque excelentes las
prácticas ascéticas de Marta, la amorosa
actitud contemplativa de María es mejor en la
práctica de la espiritualidad.
La contemplación es la coronación de las
obras de piedad cristiana. Es también superior a las
obras de caridad. La oración contemplativa da valor y
consistencia a las obras de misericordia. Purifica la
intención, viciada de sutil egoísmo, que
infecciona nuestra vida de relación social. La bondad
auténtica actúa siempre con manifiesta
benevolencia. Está animada por el amor del hombre
hacia Dios y no únicamente de sentimientos
filantrópicos. La filantropía es algo muy
bonito, pero no entra dentro de la categoría de las
virtudes cristianas. La actitud interna del
filántropo es puramente humana. En cambio, la virtud
cristiana de amor al prójimo no es un puro
sentimiento de humanidad. Emana directamente del amor de
Dios, que habita en nosotros.
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