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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
RELIGIOSOS
ACTIVOS Y RELIGIOSOS CONTEMPLATIVOS
Hace siglos que existe cierta tensión en la
Iglesia entre religiosos de vida activa y religiosos de vida
contemplativa. Los de vida activa critican a los de la vida
puramente contemplativa y les acusan de omisión ante
los graves problemas que asolan grandes parcelas del pueblo
de Dios.
Los de vida contemplativa se defienden y afirman que,
como María, eligieron lo "unicum necessarium".
Estos últimos piensan que Cristo los defiende de esas
criticas que les hacen los religiosos de vida activa con las
mismas palabras del Señor: "¡Marta,
Marta!
" Y, al mismo tiempo, acusan por su parte a los
religiosos de congregaciones activas de correr el riesgo de
perderse en el activismo apostólico, espiritualmente
estéril.
Pero, en realidad, la contemplación no es
privilegio de los religiosos que ingresan en las llamadas
"órdenes contemplativas", ni de aquellos cristianos
que reciben el don de la contemplación infusa y se
retiran de la sociedad para vivir en soledad.
Quien redacta estas líneas tuvo contacto personal
bastante intimo con millares de religiosos de ambos sexos,
tanto de órdenes y congregaciones de vida activa como
de religiosos de vida contemplativa. Basándose en esa
experiencia, puede testimoniar que religiosos de vida activa
y religiosos de vida contemplativa se encuentran,
prácticamente, en todas las órdenes y
congregaciones existentes en la Iglesia.
Las denominaciones de orden contemplativa y de
congregación de vida activa parecen indicar
más bien el objetivo ideal propuesto de hecho a los
respectivos miembros. Pero es cierto que entre los
religiosos llamados contemplativos están aquellos
que, simplemente, no alcanzan los secretos de una verdadera
oración contemplativa.
Por el contrario, es indiscutible que muchos religiosos,
que profesan en congregaciones llamadas de "vida activa"
descubren con el tiempo los arcanos de una auténtica
contemplación. Aun cuando viven internamente en un
permanente estado de oración contemplativa, se
entregan, al mismo tiempo, a actividades apostólicas
propias de su congregación. Basándose, una vez
más, en su experiencia personal, el autor de este
libro deduce que el contingente de estos últimos
-verdaderos contemplativos en acción- tiende a
aumentar constantemente hoy en día.
Ésta es una maravillosa constatación, sobre
todo entre religiosos con mayor experiencia en la vida de
oración. Y lo que contribuye a ese excepcional
reflorecimiento de verdadera oración contemplativa
entre los religiosos de vida activa son, sin lugar a duda,
los numerosos cursos de perfeccionamiento y
profundización de espiritualidad cristiana. Una
espiritualidad, al volverse profunda, no puede menos de
tocar y de explorar las riquezas de la oración
contemplativa.
Lo mismo se podría afirmar de innumerables
cristianos laicos o seglares. Los hay -ciertamente en
número mayor del que se podría pensar- que muy
bien podrían dar lecciones de oración
contemplativa a sacerdotes y religiosos consagrados. Los
grupos carismáticos, bien dirigidos y preservados de
la natural degradación en que muchos de ellos
vendrían a caer con el paso del tiempo, son
verdaderas escuelas de formación a la vida de
oración profunda.
Los frutos logrados prueban esta afirmación. Marta
se quejó de María, pero ésta fue
defendida por Jesús. Por lo visto, la historia se
repite: personas puramente contemplativas son pocas veces
bien vistas por personas normalmente activas. Parece que la
mayoría de los hombres tiende naturalmente a realizar
tareas creativas con preferencia a cultivar actitudes
filosóficas o contemplativas. La actitud
contemplativa parece corresponder más bien a una
particular estructura de la personalidad.
Por eso parece que no hay razón para criticas
recíprocas entre religiosos y cristianos
contemplativos y activos. Marta y María
no son enemigas. Son hermanas de índole diversa. En
la Iglesia hay lugar para ambas actitudes. Personas de vida
de oración contemplativa son tan necesarias como
aquellas que se ocupan sobre todo de las obras
apostólicas.
A juzgar por los hechos, sobre todo en las congregaciones
de vida activa, las dos actitudes prácticas -la de
vida contemplativa y la de vida activa- no se excluyen
recíprocamente. Maravillosamente se completan en la
práctica dentro de la vida comunitaria de la
Iglesia.
Hay numerosos santos que, en vida, se dedicaron
afanosamente a obras de caridad y misericordia. Por este
lado no podríamos considerarlos propiamente
contemplativos como los que viven dentro de la clausura de
un convento, dedicados casi exclusivamente a la
oración. Pero seria un error considerarlos menos
santos que santa Teresa de Jesús u otros grandes
contemplativos de Occidente.
Jesús no criticó a Marta por el mero hecho
de estar atareada en una obra santa. Simplemente
aprovechó la circunstancia para demostrar la
excelencia de la contemplación. Es como si quisiese
decir a sus amigos, ocupados en importantes obras de
apostolado, que de vez en cuando interrumpiesen su actividad
personal para reabastecerse, para cobrar fuerzas a su
lado.
Parece, sin duda, una advertencia; y éste es el
sentido de sus palabras. La actividad y el trabajo
corresponden a una necesidad natural del hombre. El reino de
Dios exige violencia, una violencia que el hombre debe
hacerse a si mismo para ser fiel al llamamiento del
Señor para el amor, la única cosa necesaria
para la salvación. El hombre natural, que no se
preocupa por llegar al amor de Dios, se rebaja al nivel de
animal irracional, desligándose de su destino de
eternidad.
Este libro pretende ser una especie de portavoz de Dios
encaminado a la tarea de alertar a los cristianos y a los
religiosos de vida activa para que consideren la necesidad
de la oración.
La acción nunca sustituye ni suple a la
oración en los tiempos explícitamente
señalados a cada religioso; la oración es
necesaria para dar sentido evangélico a la actividad
apostólica.
Aquellos que acusan a los contemplativos de inoperantes y
de ociosos generalmente ignoran el significado más
elevado de una oración adelantada. Por desgracia, hay
cristianos -y también religiosos- que de la vida
espiritual sólo conocen lo que ellos mismos viven. No
caen en la cuenta de la inmensa variedad de dones que Dios
reparte entre sus amigos y de la gran diversidad de
respuestas que los hombres dan a la llamada del
Señor. Y es porque ignoran la gran diferencia de los
grados de generosidad con que responden las personas, e
imitan simplemente a Marta, que reclamó y se
quejó de la actitud de su hermana María,
totalmente entregada a la oración. Pero, una vez
instruida por el Señor sobre el sentido espiritual de
la actitud de su hermana María, Marta entendió
la lección y dejó de censurar a
María...
Por eso, cuantos comprenden el valor de la vida de
oración difícilmente reclaman o se quejan del
género de vida de los llamados contemplativos. Si
tuviesen la fortuna de vivir con una persona contemplativa,
ya fuese de su propia familia, ya de una comunidad
religiosa, se alegrarían no poco y se
sentirían estimulados a imitarles siguiendo su
admirable ejemplo.
¿Qué actitud se podría aconsejar a los
que desean cultivar la vida contemplativa, ante la absurda
hostilidad de aquellos que los critican o desprecian
precisamente por eso? La mejor política que debemos
adoptar ante esas agresiones y esas ofensas parece ser la de
la simple tolerancia. Discutir con el adversario para
defenderse parece ser, más o menos,
inútil.
Quienes se oponen a la vida contemplativa son,
generalmente, personas que desconocen los misterios de la
vida de oración profunda. Por eso los argumentos de
experiencia personal del contemplativo son generalmente
considerados dislates de la imaginación y del
sentimiento.
El que logró descubrir los secretos de la
intimidad amorosa de Dios hace muy bien en guardar en
secreto la preciosa perla, en lugar de mostrársela a
quien desconoce su valor. Dios defiende a sus amigos, como
defendió a María Magdalena cuando, embelesada,
le escuchaba sentada a sus pies. Es cierto que Dios prefiere
a aquellos que se mantienen más próximos a
él. No existe una tarea apostólica realizada
lejos de Jesús que pueda compararse con los momentos
de intimidad amorosa pasados a los pies del maestro.
Pero esta afirmación no entraña
condenación alguna de las actividades
apostólicas en si. Al contrario. La actividad
apostólica más eficaz espiritualmente nace
precisamente de un corazón profundamente
contemplativo. Y esto lo entienden perfectamente los
auténticos apóstoles. Ellos lo saben muy bien
por propia experiencia.
Por eso es también muy cierto que, por parte de
ellos, no hay que temer nunca criticas agresivas o de
menosprecio a los verdaderos contemplativos. Al contrario.
Se sienten apoyados y estimulados en sus trabajos por
aquellos que se pierden en la intimidad amorosa con el
Señor.
Es prácticamente inevitable que el apóstol,
dedicado de lleno a sus hermanos por amor a Cristo, se
sienta también, al mismo tiempo, muy preocupado de
sí mismo. Existe, por tanto, una dispersión de
la atención que el apóstol ha de prestar a la
única cosa necesaria: el amor y alabanza a
Dios por lo que El es en si mismo. No existe obra humana
más importante que ésta. Es el mismo Cristo
quien lo afirma: "¡Marta, Marta!... Una sola
cosa es necesaria... El maestro se refería claramente
a aquello que María estaba haciendo en aquel
instante. Pero fijémonos en que Cristo no
aconsejó a Marta que dejase sus tareas
domésticas e imitase a su hermana, dando a entender
con ello que ambas estaban haciendo cosas importantes y
santas. Sólo quiso destacar la superioridad en si de
la obra contemplativa en que se hallaba inmersa
María. Quiso, con ello, hacer notar a sus
discípulos la necesidad de saber hacer de cuando en
cuando un paréntesis en su labor apostólica,
por importante que ésta sea, para entregarse por
algún tiempo a la oración propiamente dicha.
Nos quiso enseñar también que la acción
apostólica que no va impregnada del amor de Dios
pierde su significado más profundo de elemento
constructor del reino de Dios.
La fecundidad espiritual de la acción
apostólica depende, de hecho, directamente de la vida
de oración personal del apóstol. Lo
demás es sociología o filantropía
barata, que poco o nada tiene que ver con el evangelio.
Cuanto más perfecto es el amor de Dios, tanto menos
ese amor estará condicionado por las cosas puramente
humanas. El valor apostólico de toda obra humana
está condicionado por la situación espiritual
del apóstol en ese momento preciso y no por el valor
humano de la obra en sí.
En el pasaje evangélico de Lucas, ya citado con
motivo de la visita a Lázaro y a sus hermanas, el
Señor se refiere a un todo de las actitudes humanas:
trabajo y oración. Ambas cosas son importantes y
necesarias en la vida, pero Cristo establece una
jerarquía entre ambas. Dice que la parte de la
oración contemplativa es la mejor. Afirma que de dos
partes de una misma unidad o de un todo, una de ellas es
mejor, pero afirma también que la otra parte es
igualmente buena. Y en la Iglesia, que nos enseña la
doctrina del divino maestro, se habla consecuentemente de
dos formas de vida cristiana: la vida activa y la vida
contemplativa. En realidad, se recogen aquí tres
grados distintos de vida cristiana: primer grado:
vida cristiana en la que predomina la acción avalada
por obras de misericordia corporal; segundo grado:
vida cristiana en que la persona comienza a meditar
asiduamente las verdades eternas. El primer grado de
perfección cristiana es bueno, pero el segundo es
evidentemente mejor. La persona que vive el primer grado de
perfección cristiana no puede progresar
espiritualmente sí no interrumpe
periódicamente su actividad para meditar y rezar. Por
su parte, el contemplativo no puede tampoco huir de
ejercitar una cierta actividad apostólica limitada,
ya sea doméstica, ya sea pública; tercer
grado: vida cristiana contemplativa propiamente dicha,
cuya actividad interna de amorosa relación con el
Señor no deja espacio para otras ocupaciones.
El primer grado de vida cristiana es bueno. El segundo es
mejor. El tercero, sin embargo, es el mejor de todos: es la
parte de todo lo que corresponde a María, sentada a
los pies de Jesús. Pero Cristo no dice que la vida
contemplativa de María es mejor que las otras maneras
de vivir la vida cristiana. Afirma solamente que la mejor
parte de la vida cristiana es la que María ha
elegido.
¿Y por qué la contemplación es la
parte mejor de la vida cristiana? Esto se explica porque la
contemplación, como tal, es un pálido anticipo
de lo que constituye la ocupación de los
ángeles y de los santos en el cielo. En la eternidad,
los dos primeros grados de vida cristiana
desaparecerán. Únicamente permanecerá
la contemplación en su forma más pura, sin
mezcla de nada humano.
Algunos cristianos están obligados a hacerse
contemplativos, pero todos debemos vivir una
auténtica vida cristiana. El grado de
perfección con que cada cual la viva depende de la
opción de cada uno.
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