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Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
AMAR Y
CONTEMPLAR
Era verdaderamente maravilloso el amor que Jesús
sintió por María, la pecadora arrepentida. Y
no menos maravillosa fue la correspondencia de aquella feliz
mujer al amor de Jesús.
Hechos semejantes se han visto después, muchas
veces, en la Iglesia. Grandes pecadores arrepentidos que se
han transformado en insignes amantes del Señor.
El fenómeno es relativamente fácil de
entender. Nadie experimenta mayor alegría y se apega
más a una persona amada que aquel que vuelve a
encontrarse con el amigo. El mismo Cristo nos
confirmó esta verdad claramente cuando nos expuso en
su evangelio la hermosa parábola de la oveja perdida:
"En verdad os digo que habrá mayor júbilo en
el cielo por un solo pecador que hace penitencia que por
noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento"
(Lc 15,7).
Después de esto, se comprende muy bien la ternura
del amor de Jesús por María y la maravillosa
respuesta de esta pecadora arrepentida a quien la
recibió con los brazos abiertos. Es ésta una
historia muy seria. El amor de María por el maestro
fue incondicional. Por él, ella renunció a
todo aquello que podía proporcionarle alguna
comodidad personal. Y es a ella -a María Magdalena- a
quien vemos llorar desconsoladamente ante la tumba
vacía de Jesús en la madrugada de la
resurrección. Solamente ella. Ninguno de los otros
discípulos permanecía junto al sepulcro del
maestro para llorar inconsoladamente la irreparable
pérdida. Son los mismos ángeles los que se
apresuran a consolarla: "¿Por qué lloras,
María?", le preguntan. Y ella, sin cesar de llorar,
les responde: "Porque se han llevado a mi Señor y no
sé donde lo han puesto" (Jn 20,13).
Sólo la explicación de los ángeles
de que Jesús había resucitado ya y que se
encontraría con sus discípulos en Galilea
podía haberla consolado. Pero ella siguió
llorando a lágrima viva, pues, como mujer amante, no
podía contener su dolor. La sola idea de haber
perdido a su Señor era para la Magdalena por
demás dolorosa. Tan turbada estaba a causa de ese
sufrimiento que, al ver inesperadamente, delante de
sí, al que ella buscaba, no lo reconoció, sino
que le confundió con el jardinero del huerto.
Jesús, dulcemente, le preguntó: "Mujer,
¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" Y
ella, como respuesta al supuesto jardinero: "Señor,
si tú lo has llevado, dime dónde lo pusiste, y
yo lo retiraré". Díjole entonces Jesús:
"¡María!" Y entonces María le
reconoció, y exclamó: "¡Maestro!
" y
se arrojó a los pies de Jesús... (Jn
20,11-17).
Como se ve, el amor de María por Jesús era
total. Esta conmovedora historia de amor fue escrita y
publicada para provecho de todos los discípulos de
Cristo. El ejemplo de María Magdalena constituye una
invitación para todos: el Señor nos pide el
arrepentimiento de nuestros pecados y que entremos en ese
maravilloso juego de amor con él.
Sólo los verdaderos convertidos pueden
transformarse en auténticos contemplativos, capaces
de descubrir los amorosos prodigios que encierra esta
historia. Únicamente el contemplativo posee el
discernimiento suficiente para entender el alcance
espiritual de esta saga admirable.
Es fácil descubrir, en el amor demostrado por
Jesús a la pecadora arrepentida, el inmenso amor que
él siente por todos los pecadores que se arrepienten
de sus pecados y cambian de vida. El amor de Jesús
por María Magdalena fue tan grande que no dudó
en defender a esa mujer de mala fama contra las agresiones
de la hermana. Incluso recriminó al anfitrión
de la fiesta por el simple hecho de haber pensado mal de
María.
María Magdalena es el modelo del pecador
arrepentido y penitente que recupera la gracia de Dios
perdida. Dios defiende a los que vuelven a su amistad contra
los que les atacan y acusan. Ser acusado injustamente y ser
agredido sin motivo alguno es causa de gran sufrimiento.
Pero la certidumbre del perdón y del amor de Dios nos
da la fuerza espiritual suficiente para poder soportar con
paciencia cualquier injusticia. Todo el que se entrega
decididamente a Dios debe estar preparado para seguir al
maestro hasta el Calvario.
No es raro que personas piadosas, fieles a Jesús,
sean incomprendidas y ofendidas con observaciones mordaces y
humillantes. Pero si estas personas perseveran animosamente
en su generosa dedicación, no podrán ser
destruidas. El Señor las protegerá y les
dará fuerza para continuar dando testimonio de
fortaleza cristiana. Un gran amor resiste a todo. Es fiel
hasta la muerte.
La vida contemplativa no es incompatible con cualquier
tipo de actividad profesional. Aquel que se dedica a las
cosas de Dios en una obra contemplativa tiene asegurada la
protección de Dios. El Padre celestial no
permitirá que le falte lo necesario para su propio
sustento y sus necesidades materiales. A veces, incluso le
multiplica milagrosamente sus pocos haberes pecuniarios.
Una cosa es cierta. A quien lo abandonó todo para
seguir a Cristo, el Señor le promete el ciento por
uno. En todo caso, el Señor comunica también
una fuerza muy grande a sus amigos para que carguen con la
cruz del sufrimiento y de la pobreza con ánimo y
decisión, sin desalentarse hasta el fin.
Precisamente, una de las pruebas más claras de la
autenticidad de una vida contemplativa es justamente la
capacidad de una tranquila y confiada aceptación de
la realidad cotidiana de la vida, sin desanimarse y sin
revelarse contra la divina voluntad.
La humilde aceptación de la maravillosa
trascendencia de Dios y de su extraordinaria bondad ayuda
más al contemplativo a crecer que la contrita
consideración de sus pecados personales.
A fin de cuentas, en el juego contemplativo lo importante
es Dios y no el hombre. La misericordia de Dios borra y hace
desaparecer los pecados del hombre por repugnantes que sean.
Los pequeños y los humildes son incuestionablemente
los más queridos por Dios. Él vela tiernamente
sobre todos ellos. Ellos son sus mejores amigos. Por eso el
Señor no permite que les falte de nada.
Pequeño y humilde es todo aquel que reconoce la
enormidad de su culpa y se pone confiadamente a los pies del
Padre.
Un verdadero amor contemplativo es siempre
auténticamente humilde. Está tan centrado en
Dios que se vuelve ciego para todo lo demás. El
contemplativo ama a Dios por ser quien es, y al
prójimo porque éste es imagen de Dios y templo
en que Dios habita. El secreto de ese amor reside en el
hecho de que el hombre se siente naturalmente atraído
por Dios por ser quien es. Es un impulso espontáneo y
totalmente desinteresado. La persona ve únicamente a
Dios como el todo de su propia existencia. Como cualquier
otro ser vivo, busca ansiosamente aquello que le asegura su
existencia. Casi da la impresión de que él
mismo tiene algo que ver con el instinto de
conservación personal. Tiene dos cosas sin las cuales
el hombre no puede vivir: el aire, que le asegura la vida
biológica, y Dios, que le asegura la vida espiritual.
Cuerpo y espíritu son una sola realidad existencial
en el hombre.
El verdadero contemplativo tiene también relativa
facilidad para cumplir el mandamiento del amor al
prójimo. Considera a todas las personas como hermanos
y hermanas en Jesucristo. Para vivir ese amor al
prójimo no tiene necesidad de muchos contactos y
encuentros. Su relación informal y ocasional se
caracteriza siempre por la sencillez y espontaneidad de
actitudes. El contemplativo no tiene enemigos. A todos los
tiene por amigos. Cuando reza por los hombres, no se fija en
ninguna persona en particular. Su pensamiento se ocupa
únicamente de Dios. No tiene espacio para otros
recuerdos. Pero cuando reza con otras personas, su
devoción y su fervor contagian a las personas del
grupo.
El contemplativo no omite ninguna de sus obligaciones
sociales. Cuando es necesario abandona
momentáneamente su contemplación para
dedicarse en cuerpo y alma al servicio del prójimo.
Tampoco se muestra indiferente con los demás.
Espontáneamente experimenta emociones afectivas hacia
determinadas personas, sobre todo con relación a las
personas que le son más intimas.
Ni siquiera Cristo quiso huir de ese fenómeno
humano de la afectividad, sino que mantenía una
relación afectiva especial con los discípulos
Pedro, Juan y María Magdalena.
De un modo parecido, el contemplativo puede alimentar un
afecto humano especial por algunos amigos. Si esta
relación es auténtica, no perjudica en
absoluto al amor que debemos sentir por todos los hombres y
que el contemplativo tiene muy presente cuando intercede por
ellos delante de Dios.
Su actitud contemplativa es semejante a la de Cristo
cuando sufría y oraba a su Padre por la
salvación de la gran familia de Dios. Quien quiere
seguir a Cristo debe, primero, incorporarse a esa gran
familia: la humanidad. Debe ser consciente de que él
mismo es un querido hijo de Dios entre otros muchos,
igualmente queridos por el Padre del cielo.
La oración contemplativa es el resultado de un
aprendizaje. Se trata de una gracia especial, ligada al
prolongado y perseverante esfuerzo que ha de hacerse en los
ejercicios de oración. Pero no todos la descubren.
Dios concede esta gracia únicamente a aquellos que ya
dieron prueba de fidelidad a las inspiraciones de la
gracia.
Todo el que quiera aprender a contemplar debe, por tanto,
entregarse a ese ejercicio con gran generosidad y fidelidad,
sin descanso. No siempre es fácil habituarse a ese
esfuerzo constante. Pero la verdad es que únicamente
aquellos que se dedican animosamente a esa tarea
podrán llegar a buenos resultados. El precio a pagar
para conquistar ese tesoro inestimable de la vida espiritual
es éste. Cuesta, pero vale la pena disponer de
nuestras energías para adquirir ese tesoro.
Amar no es doloroso. Pero amar contemplativamente no es
siempre fácil. Exige un esfuerzo constante, un
esfuerzo que podemos realizar con más o menos dolor,
ya que exige una total renuncia a cosas humanamente muy
gratas.
El hombre tiende naturalmente a preferir un placer
inmediato a un sufrimiento también inmediato, aun
cuando ese sufrimiento vaya ligado a un valor superior a
medio o largo plazo.
El mayor sufrimiento que causa el aprendizaje de la
oración contemplativa está relacionado
ciertamente con la dificultad de mantener el pensamiento y
el corazón fijos en Dios. Las distracciones en la
oración debilitan e incluso anulan la
motivación necesaria para el esfuerzo creativo
constante del pensamiento, de la imaginación, de la
fantasía... Por tanto, el sufrimiento de que
aquí se habla viene únicamente del hombre.
Dios no tiene nada que ver con eso. El sólo llama,
alienta, procura seducir al hombre para el amor. Hace todo
lo posible para suscitar el amor en el hombre. Pero el
camino para ir a su encuentro ha de ser allanado por el
hombre mismo.
El Señor, al ofrecernos su amor y su misericordia,
nos da también la gracia para no desanimarnos en la
lucha por superar todas las dificultades que se nos
presenten. Lo importante es perseverar en el amor. Dios, por
su parte, ciertamente no nos fallará
jamás.
"El que la sigue, la consigue", dicen los cazadores. En
este frente, nadie lucha sólo. El Señor
está siempre muy cerca de nosotros, para echarnos una
mano siempre que lo necesitemos. Hasta que no se
experimenta, al menos una vez, el gozo interior en el
encuentro con el Señor, todo parece difícil.
Un cierto temor nos acongoja y desalienta. Para vencer esa
dificultad es necesario aguantar el miedo y la duda mientras
se persevera en la búsqueda. Pero recordemos una vez
más las palabras de Jesús en el evangelio: "El
que busca halla..." Basta la experiencia de un solo
encuentro verdadero con Jesús, tiernamente amado,
para que todo se vuelva más fácil.
Aparte de marcar profundamente y para siempre a la
persona que se dispone a la contemplación, el primer
encuentro significa también el descubrimiento del
camino de la contemplación. A partir de ese momento
crucial, la motivación para orar contemplativamente
aumenta y la distancia para llegar a la meta se acorta.
Todo se hace más fácil. Ese pregustar el
gozo interior por la experiencia del primer encuentro
despierta energías inusitadas para proseguir con
redoblado empeño en los trabajos de aprendizaje del
método de oración contemplativa.
En ese momento el Espíritu Santo comienza a
trabajar en el alma de aquel que lo busca con amor. El
resultado de ese esfuerzo de búsqueda no se hace
esperar. Insensiblemente, casi sin darse cuenta, el hombre
comienza a transformarse en un verdadero contemplativo.
Pero conviene saber que ese verdadero contemplativo no
llega a hacerse nunca un contemplativo perfectamente
acabado. No existe un contemplativo que viva
ininterrumpidamente en permanente estado interior de
contemplación de la faz de Dios. Existen
altibajos.
A momentos de inefable coloquio interior con el
Señor amado por encima de todas las cosas suceden
períodos de distracción, de alejamiento, de
pérdida de visión interior de Dios. Al tomar
conciencia de ese momentáneo desfase espiritual, el
contemplativo generalmente se asusta.
El camino de la espiritualidad nos conduce a
través de esas alternativas de alegría y de
optimismo y de sufrimiento y desánimo. A veces, esa
alegría puede ser tan estupenda que el contemplativo
llega a pensar que el cielo debe ser algo parecido a aquello
que en aquellos momentos experimenta en la oración.
Otras veces, en cambio, experimenta también
sufrimientos y desalientos, que le dan la impresión
de estar en un infierno.
Es importante, pues, no desanimarse. No tendría
sentido echarse uno todas las culpas por causa de esa
dificultad natural. Mejor, mucho mejor es dejarse conducir
dócilmente por el Espíritu Santo, que, en
realidad, nunca falla al contemplativo.
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