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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
COLABORAR CON LA
GRACIA
No pocas personas mantienen el grave error de pensar que
el hombre es el agente principal de todo cuanto acontece en
el mundo. Hay también quienes se juzgan
víctimas de fuerzas misteriosas y ocultas, sobre todo
cuando les sucede algo malo. Existen incluso falsos
contemplativos que están convencidos de ser capaces
de producir, por sí mismos, aparentes
fenómenos místicos extraordinarios. Afirman
que Dios les permite hacer, a ellos mismos, esto o aquello,
y lo de más allá, sobre todo cuando se trata
de fenómenos más o menos maravillosos. El
papel de Dios se reduciría, según ellos, a un
simple conocimiento.
Es necesario saber que, con respecto a la
contemplación auténtica, sucede exactamente
todo lo contrario.
En una vida espiritual auténtica y verdaderamente
profunda, Dios es siempre el agente principal. Cuando el
hombre intenta hacerse santo por sus propias fuerzas, por su
propia inteligencia, Dios se retira, porque ya no tiene nada
que hacer. "Como el sarmiento no puede dar fruto por
sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco
vosotros si no permaneciereis en mí. Yo soy la vid,
vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo
en él, ése da mucho fruto, porque sin
mí no podéis hacer nada. El que no permanece
en mí, es echado fuera, como el sarmiento, y se
seca... (Jn 15, 4-6).
Todo el bien que somos capaces de hacer es siempre fruto
de la gracia. Ésta obra en nosotros si la acogemos y
si colaboramos con ella mediante nuestra docilidad y nuestra
buena voluntad. Nuestra buena voluntad y nuestra
colaboración decidida con la gracia se manifiesta por
actitudes y gestos, como, por ejemplo, estudio asiduo de la
palabra de Dios, empleo de nuestro sentido crítico,
fidelidad a los deberes de nuestro estado y lectura de los
signos de los tiempos en las más diversas
circunstancias de nuestra vida. La capacidad de interpretar
correctamente los signos de los tiempos y de orientar la
propia conducta espiritual por esa comprensión es una
cuestión de la responsabilidad personal del hombre.
Aquí entra no sólo la inspiración
personal, sino que influyen también los criterios de
la razón. Cuando el hombre es temeroso de Dios, la
gracia divina fecunda también las iniciativas humanas
basadas en la razón.
Para formar al hombre contemplativo, la más
refinada sabiduría humana es insuficiente.
Aquí sólo Dios es el agente principal.
Sólo él toma la iniciativa. El hombre puede
únicamente colaborar con la gracia. En la actividad
común del hombre, Dios la respeta y, por así
decirlo, le permite actuar por propia iniciativa, de acuerdo
con los criterios personales de la propia razón.
En la contemplación y en el aprendizaje de la
misma, la iniciativa pertenece a Dios. El hombre no tiene
que hacer más que asentir y dejar hacer. Sin la
participación directa o indirecta de Dios, el hombre
nada bueno o malo puede hacer. Es evidente que Dios no
coopera con el hombre cuando éste obra mal. Muy a su
pesar y con gran disgusto, él respeta nuestra
libertad cuando nosotros tomamos la triste iniciativa de
pecar. Dios respeta incluso, con inmenso dolor de Padre, el
libre albedrío del hombre a condenarse eternamente.
En las buenas acciones, Dios ayuda al hombre con su gracia.
En la contemplación él lo hace todo, incluso
estimula continuamente al contemplativo para que sea
dócil a la gracia y colabore gustoso.
Por tanto, cuando Cristo dice que "sin él nada
podemos hacer", esta afirmación vale para todos:
pecadores, apóstoles activos y personas
contemplativas. A unos, Dios les permite que hagan lo que
quieren; a otros, les asiste y ayuda y, en cuanto a los
contemplativos, él lo hace todo. El pecador usa
únicamente sus propias facultades cuando peca. Dios
así lo permite. Al apóstol activo, Dios le
ayuda y suple con su gracia lo que le falta al hombre. El
contemplativo es llevado por Dios como el barco de vela es
llevado por el viento.
La vida de la gracia se vive, por consiguiente, de dos
maneras, de acuerdo con la vocación de cada uno: la
vida de oración común a todos los cristianos y
la vida contemplativa. Tanto unos como otros pueden
también ejercer la actividad apostólica,
más o menos intensa, en diversos sectores de la
Iglesia. Algunos contemplativos se encierran en conventos de
clausura rigurosa para favorecer al máximo su
intimidad con el Señor. Pero ésta no es una
condición indispensable para ser contemplativo. Hay
también religiosos consagrados verdaderamente
contemplativos, y que al mismo tiempo desarrollan una
intensa actividad apostólica.
La vocación a la vida contemplativa se manifiesta
más claramente por unas señales
características. De entre ellas, citamos las
siguientes: un particular toque de Dios, experimentado
intensamente y que persiste de noche y de día; al
dormirse, en las interrupciones del sueño, y al
despertar, por la mañana; un misterioso pero intenso
y persistente anhelo de intimidad mayor con Dios vivido
durante el día y que, en los momentos de
oración, se hace particularmente claro. A veces, la
persona experimenta ese deseo vehemente sin saber
exactamente cuál es el objeto preciso del mismo.
Quien así se siente, envuelto por esa misteriosa
vivencia, comienza a vivir una paz y serenidad interior que
difícilmente se altera con los acontecimientos
negativos que pueden sobrevenirle. Su relación o
trato social se vuelve también más dulce,
más reposado y sereno. Al mismo tiempo, siente un
deseo muy grande de hablar de lo que él siente con
otra persona que se halle en circunstancias parecidas a las
suyas, pero no se decide a hacerlo. Semejante experiencia
interior es, de hecho, muy difícil de traducir en
palabras. Una real y profunda experiencia de Dios
sólo puede comunicarse parcialmente a otros,
más con actitudes, con gestos y con exclamaciones que
con palabras. Son cosas del corazón inexplicables por
la razón.
La persona verdaderamente empeñada en buscar a
Dios porque se siente irresistiblemente atraída por
él, se vuelve progresivamente silenciosa,
pacífica y profundamente devota y, al mismo tiempo,
infantilmente alegre. Manifiesta también una cierta
búsqueda de soledad para estar a solas con el que
ama. Cuanto mayor es el deseo de contemplación, tanto
más desaparece la necesidad de leer, de estudiar, de
trabajar y de moverse.
En todos los diversos caminos de la espiritualidad se dan
períodos de falta de entusiasmo y de aridez, de
inspiración. Se entibia el fervor y disminuye la
capacidad de reflexión y de meditación.
Incluso puede haber momentos de desaliento por no saber
qué camino seguir. Se trata de una fase muy valiosa
en el aprendizaje de los caminos de la contemplación.
Es una oportunidad para darse cuenta de que por si solo es
imposible contemplar. El aprendiz puede hasta confundirse.
Puede tener la impresión de estar extraviado. En este
punto es muy importante mantener los ánimos. La
actitud interna ha de ser la de aguantar, de sufrir y de
perseverar en la búsqueda.
Es un momento muy delicado. Diría incluso que
decisivo. En él el aprendiz tiene la posibilidad de
transformarse de hombre carnal en hombre espiritual. Lo
importante es no tener miedo y proseguir con gran confianza
en el Señor. Es cierto que Dios asiste muy de cerca a
todo el drama. En cualquier momento podrá encontrarse
de nuevo con toda la gracia contemplativa. El estar seguro
de la presencia de esa gracia trae consigo la certidumbre de
la curación. Aunque la crisis de aridez puede volver.
Y puede volver más de una vez, pero a cada nueva
dificultad habrá una recuperación maravillosa
de fervor. A cada reencuentro de la gracia contemplativa
habrá una fiesta de reencuentro. Todo ese
vaivén de fervor y de aridez forma parte de la
pedagogía del Señor para introducir a sus
amigos más íntimos en los arcanos de su
insondable grandeza y de su inconmensurable amor.
El camino para llegar a la contemplación requiere
mucha paciencia. Ésta es el ingrediente indispensable
en todas las grandes obras del Señor. La falta de
entusiasmo en la vida de oración no significa que el
Señor se haya retirado. Dios puede retirar
temporalmente las emociones positivas de la
consolación y los deseos ardientes de amar; mas nunca
retira su gracia de aquellos que le buscan con
sinceridad.
Emociones positivas, deseos ardientes y consolaciones de
todo orden no son la esencia de la oración
contemplativa. No pasan de ser aspectos accidentales;
útiles, pero no necesarios. Esto no siempre es
fácil de entender. No se puede valorar la riqueza de
la vida de oración por esos aspectos humanos de la
misma. Pueden ser, si, señales de la gracia, pero no
son la gracia propiamente dicha. Las delicias de fervor
sensible jamás se pueden comparar con un suplemento
de la gracia para mantener el esfuerzo del hombre por
permanecer en el amor.
La perseverancia en el amor purificado conduce a la
perfección del amor a Dios. Este amor será
perfecto cuando el hombre se transforme realmente en una
sola cosa con su Señor. Únicamente la perfecta
unión con
Dios lleva a experimentar la presencia de Dios tal cual
es. Experimentar o sentir a Dios no quiere decir
comprenderlo en toda su extensión. Nadie puede
entender a Dios tal como es. Mas cuanto mayor fuere la
intimidad con él tanto más profundamente le
adoraremos como a nuestro todo. Todo el que ve y experimenta
a Dios, se unifica con él por la gracia.
El que tenga alguna experiencia de esas señales de
la presencia de Dios puede ya discernir la naturaleza y el
significado del despertar de la gracia que llama al alma. El
que percibe esa llamada de Dios en el alma debe examinar ese
fenómeno a la luz de la Escritura para verificar si
esa experiencia no tiene nada de contrario a la
revelación escrita. No es que haya nuevas
revelaciones, aunque puede haber únicamente
repetición o explicación de las mismas.
Una vez adquirida la certeza de que Dios se nos revela en
la oración contemplativa, es hora de abandonar el
raciocinio especulativo y la reflexión imaginativa.
Se trata de estrategias que, a su tiempo, fueron
útiles para alimentar el entendimiento y favorecer la
conversión inicial. Cuando alguien comienza a
escuchar la llamada del Señor en lo íntimo de
su alma, reflexionar y raciocinar sobre las cosas de Dios no
tiene ya sentido. La actitud que entonces se impone por si
misma es la de una simple y total entrega al
Señor.
Jesucristo fue el más perfecto contemplativo de
todos los tiempos. Felices los que pudieron verlo con sus
propios ojos, los que convivieron con él. Sin
embargo, no tenemos motivos para envidiar a los
apóstoles y demás discípulos. Nosotros,
que somos también sus discípulos, podemos en
realidad alcanzar una perfección cristiana que nada
tiene que envidiar a la de muchos de aquellos que
acompañaban a Cristo en la tierra.
El contemplativo que no tuvo la suerte de conocer
físicamente al Señor siente, con todo, la
dicha de conocerlo espiritualmente y de amarlo en su
divinidad. Ya antes de su pasión, muerte y
ascensión, Jesús hizo notar a los suyos la
necesidad de desaparecer físicamente a su vista por
el propio bien de ellos: "Os conviene [que yo me
vaya]; mas si me fuere, os lo enviaré" (se
refiere aquí al Espíritu Santo) (Jn 16,7).
De estas palabras se deduce que la contemplación
de la divinidad de Jesucristo es posible mediante la fe, sin
percibir nada de la realidad de Dios a través de los
sentidos físicos. La contemplación es obra
puramente espiritual. Tiene lugar únicamente por
medio de los sentidos interiores de la fe.
La contemplación espiritual es la más alta
de las gracias que puede alcanzar un cristiano que vive
aún sobre la tierra. Quienes cultivan con esmero su
vida de oración suspenden a veces la
meditación discursiva, para entregarse con gran
alegría a la experiencia puramente espiritual del
amor de Dios.
Este libro indica el camino a recorrer a todos aquellos
que, impelidos por la gracia, desean hacer esa experiencia
de amor de Dios. Se trata de una experiencia maravillosa que
sólo es posible mediante la entrega continua y
absolutamente desinteresada del propio ser a Dios.
Exigencia fundamental de ese gesto es que se haga con
total despego de uno mismo. Pero esto no es fácil.
Implica la renuncia total al uso de los sentidos externos.
El conocimiento contemplativo es puramente espiritual, sin
punto de referencia físico perceptible por los
sentidos externos. El conocimiento puramente espiritual de
Dios permite la experiencia espiritual de Dios, lo que
supone siempre un puro don de la gracia. En la
oración contemplativa, la experiencia interior es
más importante que el conocimiento intelectual. Este
último puede engañar. Aquél, es decir,
la experiencia del puro amor de Dios, no engaña
nunca. Además de lo dicho, en el terreno espiritual
sólo el amor manda.
Y todavía una advertencia final para prevenir
contra el peligro del desánimo. La oración
contemplativa no es precisamente un descanso, sino que se
realiza en medio de luchas y sufrimientos de todo orden. La
tentación de abandonarlo todo asalta con frecuencia.
Mas aquel que ya degustó alguna vez la maravillosa
experiencia de Dios, difícilmente sucumbirá a
la tentación de desánimo.
El contemplativo vive en una lucha permanente contra su
propia comodidad. No conoce descanso. El camino de la
contemplación es siempre difícil, sobre todo a
los comienzos, simplemente porque se trata de aprender algo
totalmente nuevo. Nadie nace ya sabiendo contemplar
espiritualmente. El valor espiritual de la
contemplación no puede apreciarse inmediatamente sin
la experiencia personal. Aprender a contemplar no es una
tarea fácil que digamos. Mas, para aquel que la
practica, la contemplación se convierte en un
verdadero descanso para el espíritu, libre de
cualquier ansiedad.
El tiempo de oración contemplativa propiamente
dicha no debe extenderse, ordinariamente, más
allá de la media hora. Se puede reducir incluso a
veinte minutos. Orar de esa manera dos veces al día
-por la mañana y por la tarde- sería, sin
duda, un excelente ritmo de vida de oración
contemplativa. (No se incluyen aquí el rezo de los
salmos, la oración vocal y otros ejercicios de piedad
que los religiosos consagrados hacen diariamente por
prescripción regular).
Las personas que no conocen el método de la
oración contemplativa se limitan generalmente a
recitar vocalmente una serie de oraciones y a una cierta
meditación reflexiva. Esto es extremadamente
válido. Pero sucede que muchos no se sienten
satisfechos con eso. El espíritu los impele a buscar
algo más. A esas personas hambrientas de
oración les aconsejamos seguir esa llamada interior y
tratar de entrar por el camino de la oración
contemplativa. Ésta es la más sublime, y por
eso también el más perfecto de los ejercicios
de oración.
Vale la pena perseverar en la oración
contemplativa. Ésta es el comienzo de lo que
será nuestra felicidad suprema por toda la
eternidad.
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