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Pedro
Finkler - La oraci�n contemplativa
(�ndice)
CONTEMPLACIÓN
Y APOSTOLADO
En los años ochenta daba yo un curso intensivo
sobre el tema Vida de oración, invitado por una
comunidad religiosa masculina en el norte de Italia. La
comunidad estaba compuesta por unos cuarenta hombres, todos
ellos religiosos consagrados, la mitad de los cuales eran
también sacerdotes. Constituían una comunidad
de trabajo. Su actividad estaba relacionada con la
edición y distribución de libros.
El motivo de invitarme a darles aquel curso intensivo de
formación permanente fue la necesidad que
sentían de mejorar la vida de oración. El
superior me decía que, en una autovaloración
que la comunidad hiciera, se pudo constatar el bajo nivel de
vida de oración de aquellos hombres, intensamente
ocupados en actividades manuales y administrativas. Por eso
habían llegado a la conclusión de que algo
deberían hacer para no acabar perdiendo el
significado de su intensa actividad verdaderamente
apostólica. Reconocían, preocupados, el gran
riesgo que corrían de perder su propia identidad de
religiosos consagrados.
De muy buena gana acepté la invitación que
me hacía aquella comunidad para darle un curso sobre
la esencia, la necesidad y el valor de la vida de
oración. Las razones alegadas en la invitación
que me hicieron eran, para mí, la prueba evidente de
unas condiciones óptimas para asegurar el
éxito del curso en cuestión. En efecto, un
curso sobre la oración sólo puede producir
efectos positivos en personas suficientemente motivadas para
acogerse a la gracia.
La oración no es cosa para materialistas. "No se
arrojan las perlas a los cerdos". Todo religioso
auténtico, que no esté deformado por una
mentalidad contaminada por ideologías extrañas
en desacuerdo con el evangelio de Jesucristo, conserva
siempre una profunda estima por la oración, ya que
ésta constituye el único medio eficaz para
lograr y mantener la unión con Dios. El religioso
entregado a actividades apostólicas, tal vez muy
intensas y aparentemente de extrema utilidad para el pueblo
de Dios, si no ora, no puede hacer verdadero apostolado.
¿Y por qué no? La respuesta es sencilla:
únicamente el apóstol es capaz de hacer
apostolado.
Expliqué a aquellos religiosos italianos que un
gran amor a Dios se descubre, a nivel psicológico,
por la frecuencia con que una persona se acuerda de estar en
presencia de Dios durante el día. Les expliqué
también que el amor a Dios no consiste en pensar
continuamente en él. El recuerdo de un gran amor no
exige esfuerzo alguno. Es una reacción
espontánea del corazón apasionado.
Para ayudarles a comprender mis explicaciones, les
cité el ejemplo de la madre.
Toda madre normal ama instintivamente al hijo,
acordándose de él con tanta mayor frecuencia
cuanta mayor es la dificultad que tiene de verlo. Incluso de
noche se desvela pensando en su hijo, del que no puede
olvidarse. Sueña con él. De algún modo,
el objeto de su amor maternal está permanentemente
presente en su mente, en el consciente y en el
subconsciente. Cierto que no siempre tiene consciencia muy
clara de esa presencia, sobre todo mientras trabaja o se
ocupa de otras cosas. Pero sus distracciones ordinarias,
cuando está ocupada, consisten casi siempre en
pensamientos relacionados con su preocupación
maternal por el hijo que en ese momento no puede ver.
Este es el modelo de lo que acontece en el interior de la
persona íntimamente ligada al Señor con
estrechos lazos de amor.
Cuando terminé de explicar esto al grupo, un
sacerdote anciano levantó su mano y pidió la
palabra. Explicó con sencillez su caso particular:
"Cuando trabajo o cuando converso con alguien -dijo-, mi
atención está puesta en lo que hago. Mas
cuando interrumpo mi trabajo, cuando no estoy conversando
con alguien o cuando voy de un lugar a otro, siempre me
viene el recuerdo de la presencia del Señor. Entonces
me ocupo con él; por la noche, antes de dormirme, me
encuentro en la presencia de Dios. Al despertar, durante la
noche, mi pensamiento se va con el Señor".
Cuando hubo dicho esto, el viejecito miró en su
derredor y continuó con la ingenuidad de las personas
transparentes: "Yo supongo que esto mismo ocurre con todos
nosotros, sacerdotes y religiosos. Conmigo siempre fue
así
Vi cómo alguno de los presentes abría unos
ojos como platos, tal vez de admiración o
quizá de duda. Respondí discretamente al
anciano sacerdote que eso mismo era lo que yo trataba de
explicar: que él había comprendido muy bien lo
que es la vida espiritual.
En mi interior, di muchas gracias a Dios y me
sentí exultante de gozo al comprobar aquel elocuente
testimonio de elevada espiritualidad, que venía a
confirmar providencialmente lo que yo me esforzaba en
explicar.
En otro momento, cuando ese santo sacerdote no estaba en
la sala de conferencias (llegó luego, un tanto
rezagado), aproveché para retomar brevemente el
asunto, y añadí: "He aquí un vivo
ejemplo de lo que es un verdadero contemplativo en
acción". Todos los presentes comprendieron.
Alguien del grupo comentó: "¡Qué
extraño! ¡Si no se ve nada de extraordinario en
ese sacerdote, nuestro compañero de
comunidad!..."
Otro de los presentes añadió:
"¡Ya...!, pero no se puede criticar nada en su vida. Es
hombre sencillo, se lleva bien con todos... Pero yo no
pensaba que su vida espiritual fuese tan profunda.
¡Ahora lo entiendo!..."
Para saber si una actividad desarrollada con gran
entusiasmo en beneficio de los pobres es de hecho
apostolado, no basta con verificar los resultados materiales
de esa benemérita labor. Éstos pueden no pasar
de unos benéficos resultados, fruto de un esfuerzo
filantrópico que incluso un ateo puede llegar a
producir. El verdadero apostolado produce siempre, directa o
indirectamente, consecuencias de naturaleza espiritual para
los beneficiarios de esa actividad apostólica.
¿De qué depende, entonces, el fruto
apostólico de la actividad pastoral de un religioso o
de otros cristianos comprometidos? El fruto realmente
evangélico de la actividad apostólica depende
mucho más del ser de aquel que desempeña esa
actividad que de lo que dice o hace. Hay mucho activista en
el campo social que coge excelentes frutos de naturaleza
económica, política y organizativa, sin que
los atendidos crezcan en el conocimiento y en el amor de
Dios. Es muy de elogiar y de celebrar tal cometido,
altamente meritorio desde el punto de vista social. Pero. no
se diga, sin embargo, que se trata de apostolado.
Voy a permitirme ilustrar aquí lo arriba apuntado
con la historia que me fue contada por un colega
marista.
Un vicario de cierta parroquia del interior de Río
Grande do Sul resolvió emprender la
restauración económica y social de la
población de su área de influencia. La
población estaba formada, en su casi totalidad, de
pobres minifundistas, moral y socialmente hundidos en un
bajo nivel de miseria.
El celoso sacerdote tenía razón al pensar
que la simiente de su predicación evangélica
en la iglesia no caía en terreno fértil.
Permanecía más bien estéril. Aquellos
corazones, excesivamente maltratados por toda suerte de
miserias humanas, ya no eran sensibles a la palabra de Dios.
Esto era tristemente evidente.
El inteligente párroco, después de analizar
seriamente la situación, llegó a la
conclusión de que urgía resolver aquello. En
efecto, escuchó, juzgó y se resolvió a
actuar. Llamó a técnicos agrícolas
entendidos en análisis del terreno, cooperativismo,
artes domésticas, etc.; pidió y obtuvo la
debida asistencia de agrónomos y veterinarios;
recurrió a todo cuanto de bueno y mejor existe a
nivel estatal y municipal para la importante obra de
asistencia social y de recuperación que tenía
intención de realizar en su territorio de influencia
eclesiástica.
Recibió también apreciables ayudas de las
arcas públicas para la realización de su
maravilloso y bien elaborado proyecto social. Decidió
aflojar un tanto la formación propiamente religiosa
de su pueblo para liderar personalmente el movimiento de
recuperación económica.
Poco a poco consiguió hacerse con la
adhesión cada vez más numerosa de la pobre
gente, tímida y desconfiada, que habitaba aquellas
tierras depauperadas. En menos de cinco años la
región estaba desconocida. Las míseras
tierras, ahora plenamente productivas, rendían
cosechas abundantes, que compensaban generosamente a sus
colonos. El rumor de los tractores, multiplicado por el eco,
resonaba casi incesante en el valle, las vacas lecheras
mugían en los establos, las trojes -tantos
años vacías- se henchían ahora de
abundante grano e, incluso, algunos automóviles de
segunda mano comenzaban a circular por los polvorientos o
embarrados caminos vecinales del lugar.
Varias cooperativas de producción y consumo
abrían ahora sus tiendas repletas. El viejo hospital
fue reformado y la asistencia sanitaria funcionaba a
satisfacción de todos. El dinámico vicario, en
fin, proyectaba también la promoción de los
escasos artesanos del contorno, así como la
electrificación e incluso una modesta red
telefónica rural.
Todo iba viento en popa. De pronto, el victorioso vicario
despertó de su maravilloso sueño, ahora
espléndida realidad. Al hacer el balance y comprobar
los resultados finales, cayó en la cuenta de que su
modesta iglesia aparecía casi desierta. El pueblo
apenas la frecuentaba. Todo esto le hizo reaccionar
rápidamente. Comenzó por volver a su
abandonada predicación pastoral. Los escasos
asistentes a la misa dominical comparecían, eso si,
muy bien vestidos, pero no parecían mostrar mucho
interés por las cosas de la religión. El pobre
religioso casi perdió la cabeza y, con ella, su fe,
antes tan robusta.
Resolvió, entonces, reflexionar seriamente sobre
todo lo ocurrido en los últimos años. En su
imaginación volvió a ver la vieja iglesia
rebosante de gente desarrapada, de niños llorando
asidos al cuello de sus madres, hombres cansados y
somnolientos durante sus sermones. La gente era realmente
mucho más pobre, pero todos iban a la iglesia. La
frecuencia a los sacramentos era buena. Incluso notable.
Pero ¿y ahora?... ¡Qué triste
transformación...! ¿Qué había
sucedido?
Al comentar el hecho, medio desalentado y embotado, con
un colega de sacerdocio, ambos resolvieron profundizar en el
estudio de la situación y ver el modo de poner
remedio. En efecto, los dos sacerdotes se reunieron varias
veces para discutir juntos el problema. Nuestro vicario
estaba realmente preocupado por la situación
religiosa de sus feligreses, que parecían haber
perdido la fe.
Bien, analicemos ahora lo que esta historia -realmente
ocurrida- nos enseña. Veamos.
Esta historia no es una novedad. En muchos lugares del
mundo se ha visto ya la misma "película". Al menos en
mi país (Brasil) hay una insistencia muy grande, por
parte de los religiosos, en afirmar que los pobres son el
pueblo de Dios. Que Dios ama a los pobres y aborrece a los
ricos. Que los religiosos deben ocuparse de los pobres y
sólo de los pobres, porque de ellos es el reino de
Dios. Son muchos los religiosos y sacerdotes que se ocupan
en un cien por cien de los pueblos pobres. Hay una gran
insistencia también para que los religiosos abandonen
sus actividades tradicionales en escuelas y en otras obras
asistenciales para que se ocupen exclusivamente de la
pastoral popular.
Hay institutos dedicados a la formación y a la
preparación de líderes religiosos y laicos
para que se enrolen en las luchas populares por la
"liberación". La queja de uno de esos institutos de
formación de líderes es que, una vez formados,
la mayoría de ellos no son aceptados por las iglesias
para el trabajo específico para el que fueron
formados. Otro se queja de que los líderes de las CEB
(Comunidades Eclesiales de Base), cuando podrían ser
lanzados a la acción en áreas más
amplias de la Iglesia, son "pescados" e incorporados a
alguno de los partidos políticos de izquierda.
¿Por qué ocurre todo esto?
La explicación más plausible parece ser la
de aquel párroco que justificó su negativa a
aceptar uno de esos líderes: "Al parecer -dijo-,
estos líderes actúan únicamente a nivel
político, lo desorganizan todo y siembran la
subversión en la Iglesia". Cuanto a la queja de que,
apenas salen de la institución, ingresan
espontáneamente en un partido político de
signo izquierdista, baste recordar lo que afirmó el
presidente del partido comunista del Brasil cuando dijo: "El
partido comunista del Brasil va muy bien. No tiene mucho que
hacer, porque la Iglesia católica trabaja por
él".
Es realmente muy fácil trabajar con el pobre en
tanto es pobre. Es también relativamente fácil
evangelizarlo, sobre todo si se le promete la
"liberación". El pobre es generalmente muy sensible a
las promesas, a la esperanza y al cariño que la
religión le ofrece. Cuando comienza a mejorar su
situación material y, más aún, cuando
comienza a enriquecerse, las cosas cambian.
El bienestar material y, más todavía, la
relativa riqueza disminuyen la necesidad de ayuda, incluso
de la ayuda de Dios. El nuevo rico se siente como embutido
en otra piel. Cambia también su manera de pensar y de
sentir. Desaparece espontáneamente su natural
solidaridad con sus hermanos más pobres. Tiende a
aproximarse a los ricos y no tarda en copiar sus usos y
costumbres. Y ya se sabe, el rico es generalmente muy poco
sensible a la palabra de Dios, porque vive materialmente
satisfecho. ¿Por qué habría de
preocuparse de las cosas de "otra realidad", si su realidad
material le hace humanamente feliz? Por lo menos, mucho
más feliz que en los años anteriores, cuando
prácticamente le faltaba de todo...
¿Estaríamos realmente en el buen camino si,
de repente, todos los sacerdotes y religiosos nos
entregásemos, en cuerpo y alma, a la lucha por la
liberación económica y política del
pueblo doliente de la América Latina?
¿No correríamos, más bien, el riesgo
de perseguir objetivos por demás utópicos y
descabellados?
Lo cierto es que no habría contingente humano
suficiente en número ni en energía para forzar
esa transformación política y
económica. Además, ¿quién
libertó al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto?
Ciertamente, no fue Moisés ni ningún otro
hombre cualquiera. Fue obra únicamente de Dios. Para
hacerlo podría haberse valido de cualquiera
mediación humana. Pero, en su eterna
sabiduría, quiso servirse de Moisés y de otros
hombres elegidos por él para ser sus instrumentos,
los vehículos de comunicación entre él,
el pueblo y el faraón.
Moisés fue el elegido para los planes de Dios. Fue
el intermediario entre Dios y su pueblo, entre Dios y el
faraón... Fue Dios quien desencadenó las
plagas bíblicas para convencer al faraón de su
voluntad divina. Él fue quien orientó
directamente a Moisés -y sólo a él- en
cada paso que el pueblo tenía que dar para la gran
operación libertadora.
El pueblo sabia y reconocía públicamente a
Dios como a su libertador. Para convencerlo de que era
realmente él y no el líder Moisés ni
ningún otro, obró constantemente maravillas y
prodigios de todo orden. En ninguna circunstancia el pueblo
prestó homenaje a Moisés en reconocimiento de
los prodigios que misteriosamente acontecían. A cada
nueva señal milagrosa, el pueblo cantaba y danzaba de
alegría y de gratitud a Dios.
Si para la liberación del pueblo oprimido de
América Latina hubiera de producirse un nuevo
éxodo, éste no sería ciertamente obra
de algún osado innovador en el modo de interpretar la
teología. Tampoco seria obra de legiones de
pastoralistas comprometidos en la lucha contra los poderes
constituidos y en el esfuerzo por desmantelar el sistema
vigente. Todo esto es una gran ilusión. No hay
organización eclesial capaz de operar por sí
misma para llevar a cabo la liberación del pecado, de
la opresión y de la miseria económica del
pueblo latinoamericano. Esta obra es tan ingente que
sólo Dios puede obrar ese milagro.
¿Qué es lo que la Iglesia puede hacer, pues,
para socorrer a esa ingente masa humana pisoteada por la
prepotencia de los poderosos?
La afirmación de que la Iglesia debe desarrollar
una acción política, a pesar de todo cuanto se
dice a ese respecto, no es defendible a la luz del evangelio
de Jesucristo. Jesús nunca fue jefe político.
Tampoco fue guerrillero, como algunos quieren hacer creer.
La misión de Cristo fue otra, clarísima y
enfáticamente afirmada, y siempre reafirmada por
él a lo largo de su vida pública: "Todo fue
hecho por él y, sin él, nada fue hecho. En
Él estaba la vida, y la vida era la luz de los
hombres. La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas
no la recibieron" (Jn 1,3-5).
Corresponde a la Iglesia la misión de ser luz que
brilla en las tinieblas. Los pastores, los religiosos, los
catequistas, todos los apóstoles han de ser luz para
los hombres que caminan en las tinieblas del pecado y de la
miseria humana.
Esta es nuestra misión específica en las
actividades de pastoral junto a los pobres. Todo lo que
hacemos en concreto para ayudarles a superar sus inmensas
limitaciones derivadas de la pobreza, como hambre,
enfermedades e ignorancia, es obra de misericordia
obligatoria, no sólo para los cristianos, sino
también para todos los hombres en general. Esto
constituye también, sin duda alguna, una importante
ayuda para la liberación a que todo pobre aspira.
Pero es una ilusión pensar que en esto consiste la
liberación como tal.
Ilusión también seria -mucho mayor- pensar
que nosotros, CNBB, CRB y cristianos comprometidos
libertaremos al pueblo oprimido de América Latina.
Ilusoria es también la esperanza de que el propio
pueblo podrá, algún día, liberarse
sólo por las armas de sus opresores nacionales y
extranjeros.
La liberación necesaria para que el pueblo de
América Latina pueda liberarse de la esclavitud en
que vive sumido y gozar en plena libertad de sus derechos
naturales es una labor tan enorme que sólo Dios puede
realizarla. A nosotros, la Iglesia católica, y al
propio pueblo oprimido nos compete orar y suplicar:
Hubo entre los judíos gran desolación, y
ayunaron, lloraron y clamaron, acostándose muchos
sobre la ceniza y vestidos de saco" (Est 4,3).
Si trabajamos directamente con los pobres, ante todo
habremos de revigorizar su fe. Hemos de ayunar con ellos, de
llorar con ellos, de hacer penitencia con ellos. Hemos de
vestirnos de saco y dormir con ellos sobre la ceniza.
"Ve y reúne a los judíos todos de Susa y
ayunad por mi, sin comer ni beber por tres días, ni
de noche ni de día. Yo también ayunaré
igualmente con mis doncellas, y después iré al
rey, a pesar de la ley, y si he de morir, moriré"
(Est 4,15-16). Y Mardoqueo, el poderoso ministro del rey
Asuero, "oró al Señor, recordando todo lo que
había hecho: Señor -dijo-, rey omnipotente, en
cuyo poder se hallan todas las cosas, a quien nada
podrá oponerse, si quisieres salvar a Israel..." (Est
13,8-9). Y continúa: "Ahora, pues, Señor, mi
Dios y mi rey, Dios de Abrahán, perdona a tu pueblo
cuan-do ponen en nosotros los ojos para nuestra
perdición, con el ansia de destruir tu antigua
heredad. No eches en olvido esta tu porción, que para
ti rescataste de la tierra de Egipto. Escucha mi plegaria y
muéstrate propicio a tu heredad; torna nuestro duelo
en alegría para que viviendo cantemos, Señor,
himnos a tu nombre, y no cierres, Señor, la boca de
los que te alaban" (Est 13,15-17). Por su parte, la reina
Ester, "despojándose de sus vestidos de corte, se
vistió de angustia y duelo, y en vez de los ricos
perfumes, se cubrió la cabeza de polvo y ceniza,
humillándose..." (Est 14,2).
Ester oraba al Señor con palabras verdaderamente
conmovedoras. Invito al lector a que lea la Biblia (Libro de
Ester, 14,1-19), para que aprenda de la reina Ester a
suplicar a Dios que remedie la aflictiva situación de
todo un pueblo amenazado de exterminio. La historia que en
ese libro sagrado está tan maravillosa y tan
elocuentemente descrita, debería ser leída y
releída por todos aquellos que se preocupan por la
aflictiva situación del pueblo latinoamericano.
Mediante la oración, el ayuno y la penitencia, el
destino del pueblo judío, exiliado y terriblemente
oprimido, se cambió. El pueblo, amenazado de
exterminio por poderosos enemigos, suplicaba la
intervención del Señor por todos los medios a
su alcance.
Sensibilizado por tan insistente súplica, el
Señor más de una vez salvó a su pueblo
de la ruina total. Ésta es, sin duda, la estrategia
indicada también para otros elocuentes
"sinaíes" de los tiempos actuales para que Dios
intervenga y salve al pueblo de la América
Latina.
También la historia reciente de Alemania, Italia y
Japón puede enseñarnos algo positivo.
Después de la inmensa tragedia de que esas tres
naciones fueron autores y víctimas,
hundiéndose en un mar de miseria, se volvieron en
bloque, con gran fe y profundo arrepentimiento, al
Señor de la vida y de la muerte. Todo indica que Dios
escuchó el clamor unánime de su pueblo
arrepentido. Hoy los tres países están de
nuevo entre las naciones económicamente más
adelantadas del mundo.
Y sería ingenuo pensar que se trata
únicamente de un problema económico o
político. Es extremadamente dudoso que los
políticos o los técnicos en
macroeconomía sean capaces de resolver el problema de
la pobreza en América Latina.
Todo indica que, en el fondo, se trata de un problema de
religión. A lo largo de los quinientos años de
historia de estos pueblos americanos, la Iglesia fue muchas
veces más política que formadora de
conciencias y de corazones. En el pasado, la Iglesia estuvo
políticamente más de parte de las "personas de
bien". Fue un error. Hoy, en cambio, parece posicionarse,
incluso políticamente, más "del lado de los
pobres". Todo lleva a la conclusión de que, entonces
como ahora, la actividad apostólica de la Iglesia
latinoamericana, globalmente considerada, asume actitudes
excesivamente políticas.
Es una actitud apostólica que siempre se
caracterizó por estar a favor o en contra del poder
secular. Pero en política no se puede ser humanamente
neutral. O se está con los gobiernos de turno o se
está en la oposición.
Jesucristo, en sus predicaciones de amor y de justicia,
no se posicionó nunca ni a favor ni en contra de
facción política alguna. Se limitaba,
sencillamente, a anunciar a todos la buena nueva del reino.
Jamás hacía acepción de personas en lo
referente a una posición política o
económica. Eso si, la mayoría del pueblo que
le seguía era de clase económicamente pobre,
discriminada y oprimida. Por otro lado, el pobre está
generalmente más dispuesto a novedades.
Está abierto a los acontecimientos, como si
esperase, de un momento a otro, la redención de sus
miserias. Por eso los necesitados son más sensibles a
la novedad del reino de Dios, que significa la
redención de todas las miserias humanas ligadas al
pecado personal y colectivo.
La gran mayoría del reino de Dios es la doctrina
del amor. Os pido que os améis los unos a los
otros... (Jn 15,17). La evangelización que emerge de
la opción preferencial por los pobres debe, por
tanto, preocuparse sobre todo de ser fiel a las
enseñanzas de Jesús:
"Perseverad en mi amor. Si guardáis mis
mandamientos, seréis constantes en mi amor, como
también yo guardo los preceptos de mi Padre y
permanezco en su amor... Vosotros sois mis amigos si
hacéis lo que os mando" (Jn 15,9-14).
El nuevo evangelizador ha de predicar, por tanto, el amor
y no la lucha. La lucha contra los poderes constituidos, en
la que no pocos evangelizadores de América Latina
están comprometidos para hacer justicia, es muy
desigual. El poder de la Iglesia y de los pobres es
incomparablemente menor que el de los poderosos de este
mundo. La "injusticia institucionalizada" está
fuertemente anclada en el dinero y en las armas. No existe
una organización de la Iglesia que sea capaz de
desmantelaría. Su poder de destrucción del
Reino sólo por Dios puede ser aniquilado.
Nos cabe a nosotros, los religiosos, ponernos del lado de
los pobres con toda suerte de obras de caridad, corporales y
espirituales, para aliviar su gran sufrimiento. Al mismo
tiempo, imploremos todos la misericordia del Padre celestial
con oraciones, con ayunos y penitencias, para que mande un
nuevo Moisés capaz de guiar al pueblo esclavizado y
sacarlo del nuevo Egipto.
El nuevo Moisés, que todos esperamos,
vendrá ciertamente, porque Yavé no abandona
jamás a su pueblo elegido -los pobres que le temen y
esperan en él-, aun cuando ahora no tengamos ni idea
de cómo ocurrirá la esperada
liberación.
A nosotros, que vivimos en medio del pueblo oprimido, nos
cabe animar a los pobres y oprimidos a no desfallecer en la
fe. Y es nuestra misión estimularlos y animarlos a su
conversión, a que se purifiquen y se fortalezcan
constantemente en su vida de relación con Dios.
Para salvarlos de la inmensa injusticia de que son
víctimas y de la opresión a que son sometidos
por hombres prepotentes y por organizaciones nacionales e
internacionales perversas, muy poco verdaderamente eficaz es
lo que podemos hacer. La liberación integral de que
hablamos es labor muy por encima de nuestras fuerzas, y
sólo Dios la puede realizar.
Está claro que Dios se sirve generalmente de
personas por él designadas o surgidas de
providenciales acontecimientos históricos para
influir en el mundo. No hay duda de que, mientras esperamos
ese anhelado momento, debemos purificarnos constantemente y
hacer penitencia para obtener la intervención de Dios
en favor de su pueblo. La salvación vendrá,
pero esa salvación vendrá únicamente de
lo alto. Dios siempre fue, y continúa
siéndolo, Señor de la historia. Él
nunca falló, ni tampoco esta vez fallará en
sus intentos de venir en socorro de su afligido pueblo, que,
penitente, a él recurre con sentimientos de
arrepentimiento y de amor.
La afirmación de que "los pobres y sólo
ellos" son los amados de Dios no pasa de ser un vano
sentimentalismo, que no sirve para nada. Dios es Padre de
todos y a todos nos gobierna. De poco o nada nos vale
lamentarnos con los que sufren y estallar en cólera
contra los opresores. Mejor seria solidarizarnos con los
"pobres" en la oración, en la penitencia, en el
ayuno, en la esperanza, en la conversión sincera y en
la vuelta al Señor. La salvación sólo
viene de Dios.
El contemplativo en acción, con su palabra y con
su ejemplo de vida, lleva a los "pobres" a redescubrir la fe
y, consiguientemente, su esperanza en Dios. Dios les
inspirará también caminos nuevos para superar
sus dificultades. Si los pobres se amasen y viviesen
más unidos en la fe y en el amor, encontrarían
también mejores soluciones humanas para sus problemas
humanos. El contemplativo se esfuerza por llevar la luz de
la fe y el calor de la esperanza y del amor de Dios a los
hombres, a fin de prepararlos para la venida salvadora de
nuestro Señor Jesucristo.
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