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An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
Introducción
A Pierre Pascal
Habiéndome llamado la atención una breve
nota de Nicolás Berdiaev, descubrí este
librito en la Biblioteca de Lenguas Orientales de
París. A pesar de las preocupaciones de un
período de exámenes, no lo dejé de mis
manos durante toda una tarde, porque mejor que muchas
novelas, estudios y ensayos, revela el misterio del pueblo
ruso en lo que posee de más secreto: sus creencias y
su fe.
Nadie se extrañará de la oscuridad en que
quedaron los Relatos de un peregrino, si se tiene en
cuenta las condiciones de su publicación. Vieron la
luz por primera vez en Kazán hacia el año
1865, en forma muy primitiva, con muchas faltas. Hasta el
año 1884 no se hizo una edición correcta y
accesible de esta obra. Ni era posible que en pleno
movimiento socialista y naturalista tuviera mucha
resonancia. Sólo después del 1920 se echa en
falta una nueva edición, con ocasión de que
muchos corazones emigrados conocerán la nostalgia de
la patria. El libro fue impreso de nuevo en 1930 bajo la
dirección del profesor Vyscheslavtsev
1. La presente
traducción está hecha según este
texto.
Los Relatos fueron publicados sin nombre de autor.
Según el prefacio de la edición de 1884, el
Padre Paisius, abad del monasterio de San Miguel
Arcángel de los cheremisos en Kazán,
habría copiado su texto de un monje ruso de Athos,
cuyo nombre ignoramos. Numerosos indicios nos inclinan a
creer que las narraciones fueron redactadas por un religioso
después de sus conversaciones con el peregrino. Esta
hipótesis no quita en modo alguno al libro su
carácter de autenticidad. El peregrino, simple
campesino de treinta y tres años, sólo conoce
el estilo oral. La redacción de sus aventuras le
habría costado grandes esfuerzos, y parecería
que numerosas expresiones convencionales habrían
reemplazado el lenguaje arcaico y sencillo que constituye el
encanto de sus narraciones. En cambio, un confidente
inteligente habría podido captar exactamente el tono
del peregrino y transmitir sus palabras al lector. Muchos
son los místicos que no nos han comunicado sus
experiencias sino con la ayuda de un cronista que con gran
arte sabe ocultarse tras los misterios que revela. Acaso sea
este personaje el ermitaño de Athos, o quizá
el Padre Ambrosio, el gran solitario de Optino -maestro de
Iván Kireevski, amigo de Dostoievski, de Tolstoi y de
Leontiev-, entre cuyos manuscritos fueron encontrados otros
tres relatos 2,
de tono más didáctico, y publicados en
1911.
Los relatos pertenecerían así al movimiento
literario ruso del siglo XIX, en lo que tiene de más
sereno y de más puro. En el tumulto de los escritos
poéticos, romancescos y revolucionarios, en los que
con tanta violencia se entrechocan las tendencias extremas
del carácter ruso, se echaba de menos esta nota
inocente y cristalina que sin duda constituye su
tónica secreta.
El peregrino hace que el lector penetre en el
corazón mismo de la vida rusa, poco después de
la guerra de Crimea y antes de la abolición de la
servidumbre, o sea entre los años 1856 y 1861.
Desfilan por la obra todos los personajes de la novela rusa:
el príncipe que intenta expiar su vida disipada, el
conductor de postas borracho y pendenciero, y el escribano
de provincias, incrédulo y liberal. Los condenados a
trabajos forzados pasan en caravanas hacia Siberia, los
correos imperiales agotan a sus caballos en las llanuras
infinitas, los desertores rondan en las selvas apartadas;
nobles, campesinos, funcionarios, miembros de diferentes
sectas, maestros y curas de pueblo, toda esta antigua Rusia
resucita con sus defectos, el menor de los cuales no es la
embriaguez, y con sus virtudes, entre las que brilla con
mayor esplendor la caridad, el amor espiritual del
prójimo, iluminado por el amor de Dios. Todo esto
encuadrado en la tierra rusa, llanura inmensa hasta perderse
de vista, selvas desiertas, ventas a la vera de los caminos,
iglesias de colores claros y campanas refulgentes y sonoras.
Y no obstante, jamás se detiene el campesino a
describir el rostro de estas apariencias sensibles.
Cristiano ortodoxo como es, su preocupación se fija
en lo absoluto.
Para conducir sus pasos en este empeño, no tiene
el peregrino sino dos libros, la Biblia y una
colección de textos patrísticos, la
Filocalía 3.
Basta este nombre para definir la escuela a la cual
pertenece. Ruso del siglo XIX, el peregrino es un hesicasta
(de calma, silencio, contemplación).
El hesicasmo se remonta a los primeros siglos del
cristianismo. Su origen se encuentra en el monte
Sinaí y en los desiertos de Egipto. En la Iglesia
oriental aparece como la corriente mística por
oposición a la tradición puramente
ascética que arranca de San Basilio y que domina
durante mucho tiempo como consecuencia de la
condenación del origenismo en los siglos V y VI.
Inspirándose en Orígenes y en Gregorio de Nisa
4, la
mística oriental pone como fin del alma la
definición. La naturaleza humana es buena, pero
está deformada por el pecado. Hacerla retornar a su
primera virtud, restablecer en el hombre, hecho a imagen de
Dios, la semejanza divina, obra de la gracia, he aquí
el camino de la salvación. Bajo la acción de
la gracia, el espíritu, liberado de las pasiones por
la ascesis, se eleva a la contemplación de las
razones de las cosas creadas, y llega a veces hasta la
«noche luminosa», la oscura contemplación
de la Santísima Trinidad. Tal es el fin al que se
consagran los solitarios y los grandes místicos de
los diez primeros siglos cristianos. Para fijar el
espíritu en las realidades invisibles, algunos de
ellos adoptarán procedimientos técnicos, tales
como la repetición frecuente de una breve plegaria,
el Kyrie eleison. Ningún católico se
extrañará de esto que no deja de tener
semejanza con el rezo del rosario. Por estar unida al dogma
de la resurrección futura, la idea de una
participación del cuerpo en la vida espiritual es en
sí profundamente ortodoxa. Así es como poco a
poco se va desarrollando lo que, un día, en medio de
encarnizadas controversias, será llamado
hesicasmo.
A partir del siglo XI, esta doctrina tiende a
corromperse. Bajo la indirecta influencia de San
Simeón el Nuevo Teólogo, se atribuye a las
visiones y revelaciones sensibles exagerado valor. Nadie
podrá ser considerado cristiano si no ha conocido y
experimentado concretamente la gracia. Inquietante
teología a la cual se oponen las palabras de Santa
Juana de Arco a los doctores que le preguntaban si estaba en
estado de gracia: Si no lo estoy, que Dios me ponga en
él, y si lo estoy, que en él me guarde
Dios. Más allá no puede ir el cristiano
sin correr riesgos. La acción de Dios en el alma es
esencialmente misteriosa,
«transpsicológica», empleando la
expresión de Stolz 5.
El andar tras las iluminaciones conduce, en efecto, al
menosprecio de las prácticas ascéticas y a
buscar medios considerados como más eficaces para
llegar a las visiones. Que es el peligro del «camino
breve» y del quietismo en el que el alma corre el
riesgo de quedar fulminada. Por parecida evolución se
concede demasiada atención a los procedimientos
corporales, a la posición del cuerpo y al papel del
corazón en la oración. El hesicasta del siglo
XIV que espera salvarse «sin trabajo y sin dolor»,
olvida que, en la vida espiritual, todo es gracia, y que
nadie puede decir: Jesús es el Señor, si no
es por gracia del Espíritu Santo (I Cor., 12,
3).
Esta doctrina es la que, a pesar de las controversias del
siglo XIV, fue transmitida a Rusia por el starets
Nilo Sorski (1433-1508), una de las figuras más
puras del monaquismo ruso, y el que quería que se
prohibiera a los conventos poseer bienes materiales.
Caída en el olvido, fue restaurada a fines del siglo
XVIII por otro starets, Paisius Velichkovski. Los
textos hesicastas que reúne y publica en 1794
habrán de guiar a los solitarios y místicos
rusos del siglo XIX.
Vinculado a la monótona cadena de las
generaciones, el peregrino encuentra la doctrina hesicasta
deformada por largos siglos de historia. Pero su
espiritualidad es pura. Si por momentos parece creer que
sólo la práctica de la oración puede
llevarlo a conocer «cuán bueno es el
Señor», su amor de Dios es demasiado grande para
no ser de origen sobrenatural. El ascetismo casi
espontáneo de su vida es también una guarda
para él. Viviendo siempre errante de una parte a
otra, no teniendo siquiera una piedra donde reposar su
cabeza, la oración perpetua es ante todo para
él el medio de fijar la atención sobre el
misterio de la fe, y de hacer volver al alma hacia esa misma
fe. Su espíritu permanece siempre en actividad, y su
fe se ilumina por una ardiente y sincera solicitud.
La fe del peregrino no es una respetuosa emoción
en presencia de poéticos misterios, sino que se nutre
de enseñanzas teológicas. A quienes se dirigen
a él, les ofrece consejos técnicos y
explicaciones doctrinales; no generosas e imprecisas
exhortaciones. Como conoce al hombre a la luz de Dios, sabe
también su lugar y sus deberes en el universo.
La moral del peregrino no es un conjunto de reglas
aprendidas, como tampoco es una higiene interior. Todas sus
acciones van guiadas por el deseo de la perfección
espiritual. El ascetismo es la condición de la
contemplación, y no tiene sentido en sí mismo.
La vida espiritual queda de este modo reducida a la unidad.
De la fe proceden las obras, pero sin obras la fe no existe.
Procedente del mundo de la caída, de la ignorancia y
de la debilidad, el peregrino se dirige hacia la nueva
Jerusalén, en la que entrará entero, en cuerpo
y alma, cuando llegue la consumación de los tiempos.
Reuniendo todas las fuerzas de su espíritu para
contemplar al Ser Absoluto, recibe a veces de Cristo, el
nuevo Adán, alguno de los privilegios del primer
Adán. Consigue llegar a ignorar al frío, el
hambre y el dolor; la misma naturaleza le aparece
transfigurada:
- «Arboles, hierbas, tierra, aire, luz;
todas estas cosas me dicen que existen para el
hombre, y que para el hombre dan testimonio de
Dios. Todas oraban, todas cantaban la gloria de
Dios.»
Este optimismo liberador no es privativo del Oriente
cristiano, sino que es la profunda tendencia del
cristianismo. Que la creación sea buena y que
después de la caída deba ser conducida en su
totalidad por el camino de la salvación, es cosa que
la enseña San Agustín y después de
él los grandes doctores medievales, lo mismo que San
Gregorio de Nisa. Si la Edad Media occidental se inclina
sobre todo al misterio del pecado y de la Cruz, es porque
las maravillosas implicaciones de la Encarnación han
sido ya reveladas a la conciencia cristiana por los Padres.
Sólo las crisis y el desquiciamiento del mundo
moderno han hecho que se oscurezca este sentido
«cósmico» de la teología
patrística, sin el cual el pensamiento de los grandes
doctores occidentales no puede ser verdaderamente
comprendido.
Ante estas inmensas perspectivas, puede el peregrino
conducir a los que le escuchan con sinceridad. ¿Es esto
privarle de su carácter ruso? Al contrario, pues es
el tipo perfecto de la piedad rusa. Esta no ha llegado a
formar una escuela de pensamiento, una doctrina propia. Pero
de la misma manera que un icono de Novgorod con sus colores
frescos y vigorosos ha renovado los modelos recibidos de
Bizancio, así también esa piedad ha dado a las
doctrinas del Oriente cristiano un tono nuevo y
original.
El innato sentido del misterio en el hombre -la
compasión y la piedad ante el dolor y el pecado-, la
simplicidad de corazón, que espontáneamente
purifica las exaltadas doctrinas de la Edad Media bizantina
-la imitación directa y casi la mímica de la
vida de Cristo y de las verdades evangélicas-, tales
son los fundamentos de la piedad rusa. De modo que en Rusia
existe un inmenso potencial religioso, una pujante fuerza
popular que no ha llegado a expresarse en una doctrina
propia. Hasta el siglo XIX, la teología rusa no
existe; todo es traducido, calcado del griego o
secundariamente del latín. Exceptuando quizá
la Edad Media rusa, la fusión, la síntesis
entre el pensamiento religioso y la corriente de la piedad
popular no ha sido una realidad sino en algunos casos
individuales, de los que el peregrino es un ejemplo. En la
vida de la Iglesia, esta ausencia de unidad da a la idea
religiosa rusa su trágico carácter, fuente de
crisis espantosas. Abandonada a sí misma, la Iglesia
rusa conoció muy pronto la injerencia del Estado.
Privada de apoyo sucumbió, el cisma vino a
desgarrarla y ha ido quedando agotada y esquilmada poco a
poco. En los bosques donde Nilo Sorski realizaba su
meditación solitaria, es dado ver en el siglo XVII
las trágicas hogueras de los «viejos
creyentes». El vigor espiritual se refugia en los
eremitorios, en los monasterios; de cuando en cuando irradia
sobre el pueblo, pero la unidad orgánica está
rota. Los grandiosos esfuerzos de los laicos por crear en el
siglo XVIII una doctrina religiosa rusa se apoyan
únicamente en una difusa realidad, carecen de
sostén y quedan aislados. Indudablemente, el alma
rusa sigue siendo ante todo religiosa. Pero a la fe sucede
la religiosidad; y basadas en ésta, nacen las
terribles excrecencias del oscuro fanatismo, del nihilismo
total y del ateísmo militante, que es el poder de las
tinieblas.
Enamorado de lo absoluto, por una misteriosa
vocación, el pueblo ruso, como todos los pueblos de
Europa, ha hecho traición a su misión
histórica, que es la de una civilización
progresivamente impregnada de la Verdad, en un activo
equilibrio entre los abismos del pecado y la infinitud de la
divina luz. La visión de una Rusia reconciliadora del
Oriente con el Occidente, que Soloviev entrevió un
instante, parece desvanecerse definitivamente. Pero de un
mal radical puede nacer un bien infinito. En el temor y el
temblor es donde se prepara la resurrección.
«Llora, llora, pueblo miserable, canta el
Inocente de Mussorgsky, ese hermano del peregrino; gime,
gime, pueblo hambriento, que Dios tendrá piedad de
ti. »
Jean GAUVAIN
NOTAS AL
CAPÍTULO I
1
Oskrovennye razskazy Strannika dukhovnomu svoemu
otcu, París, YMCA Press, 1930. Una primera
traducción francesa fue publicada en la revista
Irénikon (Amay/Meuse, Bélgica).
Traducción alemana: Em russisches Pilgerleben,
por R. von WALTER, Berlín, 1925. volver
2
Sobre los bienhechores efectos de la oración de
Jesús, Ladimirova u Svidnika, Checoeslovaquia,
1933 (en ruso). (Son estos relatos los que componen la
segunda parte de la presente edición.) volver
3
Ver nota 15 del primer relato. volver
4
Cfr. Gregorio de NISA, Vie de Moïse, traducida y
presentada por J. Daniélou, S. J., Col. «Sources
chrétiennes», Lyon-Paris, 1943. En
alemán: Gregor VON NYSSA, Der Versiegelte
Quell, trad. e introd. de Baus Urs von Balthasar,
Salzburgo, O. Müller, 1939. En lo que concierne a la
teología oriental, ver más en particular C.
CONGAR: «La notion de déification en
Orient», Vie spirituelle, 1935, p. 99, y Mme.
Lot BORODINE: «La déification dans
l'église grecque», Revue d'Histoire des
Religions, t. 105, 106, 107 (1933). volver
5
Anselmo STOLZ, O. S. B., Theologie der Mystik, Ratisbona,
1936. volver
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