|
Inicio
An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
PRIMERA
PARTE
CAPÍTULO
SEGUNDO
Seguí viajando durante mucho tiempo por toda
suerte de regiones, acompañado de la oración
de Jesús, que me fortificaba y me consolaba en todos
los caminos, en todas las ocasiones y en toda
situación. Al fin, pensé que debía
detenerme en algún lugar a fin de hallar mayor
soledad y ponerme a estudiar la Filocalía, que
sólo por la noche podía leer o durante la
siesta del mediodía; grandes eran mis deseos de
dedicarme de lleno a su estudio para extraer de ella con fe
la verdadera doctrina de la salud del alma por la
oración del corazón. Por desgracia, para
satisfacer este deseo no podía emplearme en
ningún trabajo manual, pues había perdido el
uso de mi brazo derecho desde mi infancia; y así, en
la imposibilidad de radicarme en ninguna parte, me
dirigí a los países siberianos, hacia San
Inocente de Irkutsk 1,
en la creencia de que en las llanuras y bosques de Siberia
encontraría mayor silencio y podría entregarme
más cómodamente a la lectura y a la
oración. Allá me fui, pues, recitando
incesantemente la oración.
Al cabo de cierto tiempo noté que la
oración se originaba sola dentro de mi
corazón, es decir que mi corazón, latiendo con
toda regularidad, se ponía en cierto modo a recitar
las palabras santas a cada latido; por ejemplo:
1-Señor, 2-Jesu
, 3-cristo, y así con lo
demás. Dejaba de mover los labios y escuchaba con
atención lo que decía mi corazón,
acordándome de cuán agradable es esto
según me decía mi difunto starets.
Después, sentía un ligero dolor en el
corazón, y en mi espíritu tan grande amor a
Nuestro Señor Jesucristo, que me parecía que,
si lo hubiera visto, me hubiera echado a sus pies, los
hubiera abrazado y bañado con mis lágrimas,
dándole gracias por los consuelos que nos procuraba
con su nombre, en su bondad y su amor por la criatura
indigna y pecadora.
Muy pronto brotó en mi corazón un dulce
calor que inundó todo mi pecho. Esto me condujo en
particular a una atenta lectura de la
Filocalía para ver qué decía de
estas sensaciones y estudiar en ella el desarrollo de la
oración interior del corazón; sin este
control, temía caer en la ilusión, tomar las
acciones de la naturaleza por las de la gracia y
ensoberbecerme por tan rápida adquisición de
la oración, según lo que me había
explicado mi difunto starets. Por esta razón,
caminaba sobre todo de noche y pasaba el día leyendo
la Filocalía sentado en el bosque a la sombra
de los árboles. ¡Cuántas cosas nuevas,
profundas e ignoradas llegué a descubrir en estas
lecturas! Mientras duraba esta ocupación,
sentía una beatitud mucho más perfecta que
todo lo que hasta entonces había podido imaginar.
Indudablemente que ciertos pasajes quedaban sin que mi pobre
espíritu pudiera entenderlos, pero los efectos de la
oración del corazón aclaraban lo que yo no
entendía. Además, a veces veía en
sueños a mi difunto starets, que me explicaba
muchas de las dificultades e inclinaba cada vez más a
la verdad a mi alma tan poco inteligente. En esta absoluta
felicidad pasé dos largos meses del verano. Viajaba
sobre todo por los bosques y caminos de la campiña;
cuando llegaba a una aldea, pedía un saco de pan, un
puñado de sal, llenaba de agua mi calabaza y
seguía caminando otras cien verstas.
EL PEREGRINO ES
ATACADO POR LOS LADRONES
2
En castigo sin duda de mis pecados y de la dureza de mi
alma, o para el progreso de mi vida espiritual, las
tentaciones hicieron su aparición al fin del verano.
Y fue así: una tarde que había salido a la
carretera, encontré a dos hombres que tenían
aspecto de soldados; me pidieron dinero. Cuando les dije que
no tenía ni un céntimo, no quisieron creerme y
gritaron brutalmente:
-¡Mientes! Que los peregrinos recogen mucho dinero.
-Uno de ellos añadió: Es inútil hablar
mucho con él-. Y me dio con un palo en la cabeza;
caí sin sentido.
No sé si estuve mucho tiempo así, pero
cuando volví en mí me di cuenta de que estaba
en el bosque cerca de la carretera. Mis ropas estaban hechas
jirones y mi alforja había desaparecido. Gracias a
Dios, me habían dejado mi pasaporte, que llevaba
escondido en el forro de mi viejo sombrero, a fin de poderlo
enseñar fácilmente cuando fuera necesario. Me
levanté y lloré amargamente, no tanto por el
dolor cuanto por la pérdida de mis libros, la Biblia
y la Filocalía, que estaban en la alforja que
me robaron. Lloré y me afligí todo el
día y toda la noche. ¿Dónde estaba mi
Biblia, que yo leía desde pequeño y que
siempre había llevado conmigo? ¿Dónde mi
Filocalía, de la que tan grandes
enseñanzas y consuelo sacaba? Infeliz, que he perdido
el único tesoro de mi vida sin haberlo aprovechado
como debía. Mejor me hubiera sido morir que vivir
así sin mi alimento espiritual. Jamás
podré volverlos a tener.
Por espacio de dos días apenas si pude caminar por
la aflicción; al tercer día, caí sin
fuerzas junto a un matorral y me dormí. Y he
aquí que, en sueños, me vi en el eremitorio,
en la celda de mi starets, a quien lloré mi
dolor. El starets, después de haberme
consolado, me dijo:
-Que este acontecimiento te sirva de lección de
desapego de las cosas de la tierra, a fin de poder volar
más libremente hacia el cielo. Esta prueba te ha sido
enviada a fin de que no caigas en la voluptuosidad
espiritual. Dios quiere que el cristiano renuncie a su
propia voluntad y a todo apego a ella, para poder ponerse
así enteramente en los brazos de la voluntad divina.
Todo lo que Él hace es para el bien y la
salvación de los hombres. Él quiere que
todos los hombres sean salvos 3.
De modo que ten ánimo y cree que Dios
dispondrá con la tentación el éxito
para que podáis resistirla
4.
Pronto recibirás un consuelo mayor que todas tus
penas.
Al oír estas palabras, desperté y
sentí en mi cuerpo fuerzas renovadas y en mi alma
como una aurora y una nueva tranquilidad. ¡Qué
se cumpla la voluntad de Dios!, dije. Me levanté,
hice la señal de la cruz y partí. La
oración obraba de nuevo en mi corazón como
antes, y durante tres días seguí tranquilo mi
camino.
De repente, me encontré en él con una tropa
de forzados, que eran conducidos bajo escolta. Al llegar
junto a ellos, vi a los dos hombres que me habían
robado, y como iban a la cabeza de la columna pude echarme a
sus pies y suplicarles que me dijeran dónde estaban
mis libros. Al principio fingieron no conocerme, pero al
final uno de ellos dijo:
-Si nos das alguna cosa, te diremos dónde
están tus libros. Necesitamos un rublo de plata.
Yo les juré que de un modo u otro se lo
daría, aunque tuviese que mendigar para hacerme con
él.
-Tomad en prenda, si os interesa, mi pasaporte.
Entonces me dijeron que mis libros estaban en los carros
con los objetos robados que les habían recogido.
-¿Cómo podré conseguirlos?
-Pídeselos al capitán de la escolta.
Me fui donde estaba el capitán y le
expliqué todo tal como había sucedido. En la
conversación, me preguntó si sabía leer
la Biblia.
-No sólo sé leerla, le contesté,
sino que también sé escribir; vos mismo
veréis en la Biblia una inscripción que indica
que me pertenece; y aquí tenéis en mi
pasaporte mi nombre y apellido.
El capitán me dijo:
-Estos ladrones son desertores; vivían en una
cabaña y se dedicaban a desplumar a los viandantes.
Un cochero muy hábil los detuvo ayer, cuando
querían robarle su troica. Tendré sumo placer
en devolverte tus libros, si acaso están allí;
pero tendrás que venir con nosotros hasta la posada.
Estamos a cuatro verstas solamente y yo no puedo detener
todo el convoy para buscarlos ahora.
Lleno de alegría, me puse en marcha junto al
caballo del capitán, y fui conversando con él.
Pronto me di cuenta de que era un hombre honesto y bueno y
que ya no era joven. Me preguntó quién era yo,
de dónde venía y a dónde iba.
Respondí a todas sus preguntas y poco a poco llegamos
a la posada donde se hacía el alto. Fue en busca de
mis libros, y me los entregó diciendo:
-¿Adónde piensas ir ahora? Es ya de noche;
sería mejor que te quedases conmigo.
Y con él me quedé. Sentía tal
contento por haber recobrado mis libros que no sabía
cómo dar gracias a Dios; los apretaba contra mi
corazón hasta sentir calambres en los brazos.
Lágrimas de felicidad corrían por mis mejillas
y mi corazón palpitaba de gozo y dicha.
El capitán me miró y me dijo:
-Veo que sientes placer en leer la Biblia.
En mi alegría, no me fue posible responderle una
sola palabra. Yo no hacía más que llorar.
Él continuó:
-Yo también, hermano, leo cada día con gran
atención el Evangelio -Y al momento, entreabriendo su
uniforme, sacó de él un pequeño
Evangelio de Kiev 5
con cubierta de plata-. Siéntate y te contaré
cómo me fui acostumbrando a ello. ¡Mesonero!,
que nos traigan la cena.
HISTORIA DEL
CAPITÁN
Nos sentamos a la mesa. El capitán comenzó
su relato:
«-Desde mi juventud he servido en el ejército
y nunca en una guarnición. Conocía bien mi
oficio y mis superiores me consideraban como un oficial
modelo. Pero yo era joven, al igual que mis amigos. Por
desgracia empecé a beber, y de tal modo me
entregué a la bebida, que caí enfermo. Cuando
no bebía era un excelente oficial, pero al primer
vaso que volvía a beber, tenía que guardar
cama seis semanas. Me aguantaron durante mucho tiempo; pero
al fin, por haber insultado a un jefe después de
haber bebido, fui degradado y condenado a servir tres
años en una guarnición; me amenazaron con un
castigo más severo aún, si no abandonaba la
bebida. En situación tan miserable, quise luchar por
contenerme, pero fue inútil; me fue imposible
renunciar a mi pasión y decidieron enviarme a un
batallón disciplinario. Cuando me lo hicieron saber,
yo no sabía lo que me cogía.
»Un día, sentado en mi dormitorio, iba
pensando en todas estas cosas. Y en esto se presentó
un monje que pedía para una iglesia. Cada cual daba
lo que podía. Al llegar junto a mí, me
preguntó por qué estaba tan triste. Yo
hablé un poco con él y le conté mi
desgracia. El monje se compadeció de mi
situación y me dijo:
»-Lo mismo que a ti le sucedió a un hermano
mío, y voy a contarte cómo consiguió
vencer su vicio. Su padre espiritual le dio un Evangelio y
le ordenó leer un capítulo cada vez que le
vinieran ganas de beber; si las ganas volvían,
debía leer el capítulo siguiente. Mi hermano
puso en práctica el consejo, y de allí a poco
tiempo quedó libre de la pasión por la bebida.
Hace ya quince años que no ha probado ninguna bebida
fuerte. Imita su ejemplo, y pronto verás
cuánto bien te hace abstenerte como él. Yo
tengo un Evangelio; si quieres, mañana te lo
traeré.
»A lo que yo repliqué:
»-¿Y qué voy a hacer yo con el
Evangelio, cuando ni mis esfuerzos, ni los remedios de los
médicos han podido conseguir que me abstenga de
beber? (Hablaba así porque jamás había
leído el Evangelio.)
»-No digas eso, replicó el monje. Yo te
aseguro que si haces lo que te he dicho, encontrarás
provecho.
»Al día siguiente, en efecto, volvió
el monje con el Evangelio que aquí ves. Lo
abrí, lo miré, leí algunas frases y le
dije:
»-No lo quiero, pues no entiendo nada. No estoy
acostumbrado a leer los caracteres de iglesia
6.
»El monje continuó exhortándome,
diciendo que en las mismas palabras del Evangelio se
encierra una fuerza bienhechora; porque es el mismo Dios el
que pronunció las palabras que en él
están impresas. No importa que no entiendas nada;
basta con que leas con atención. Un Santo ha dicho:
"Si tú no comprendes la Palabra de Dios, los demonios
comprenden lo que tú lees, y tiemblan." Y seguramente
que el deseo de beber es obra de los demonios. Y te digo
además esto: San Juan Crisóstomo escribe que
hasta el lugar donde está el Evangelio espanta a los
espíritus de las tinieblas y es un obstáculo a
sus intrigas.
»No me acuerdo ya muy bien, pero creo que di alguna
cosa al monje; tomé su Evangelio y lo eché en
mi baúl entre mis otras cosas, olvidándolo
completamente. Algún tiempo después
llegó el momento de beber. Tenía unas ganas
terribles de hacerlo; abrí el baúl para coger
algún dinero y entrar en la taberna. El Evangelio se
me presentó delante de los ojos y, acordándome
de repente de todo lo que me había dicho el monje, lo
abrí y comencé a leer el primer
capítulo de San Mateo. Lo leí hasta el fin sin
entender cosa alguna; pero me acordé de lo que me
había dicho el monje: "No importa que no entiendas
nada; basta con que leas con atención".
¡Está bien!, me dije; leamos un capítulo
más. La lectura me pareció más clara.
Veamos el tercero; apenas lo había comenzado, cuando
se oyó una campana: era la retreta o llamada de la
tarde. Y ya no había tiempo de salir del cuartel, con
lo que me quedé sin beber por aquel día.
»Al día siguiente, por la mañana,
estando para salir a comprar aguardiente, me dije: ¿Y
si leyese un capítulo del Evangelio? Después
veremos. Lo leí y no me moví. Algo
después tuve de nuevo ganas de beber, pero me puse a
leer y me sentí aliviado. Me sentí fuerte
igualmente, y a cada asalto de la tentación de beber
la vencía leyendo mi capítulo del Evangelio.
Cuanto más tiempo pasaba, me iba mejor. Cuando hube
acabado los cuatro Evangelios, mi pasión por el vino
había desaparecido completamente; me era ya del todo
indiferente. Y hace ya veinte años que no he llevado
a mis labios ninguna bebida fuerte.
»Todos se extrañaron de mi cambio. Pasados
tres años fui admitido de nuevo en el cuerpo de
oficiales; fui ascendiendo los grados sucesivos y
quedé nombrado capitán. Contraje matrimonio
con una excelente mujer; hemos reunido algunos bienes y
ahora, gracias a Dios, las cosas van marchando. Ayudamos a
los pobres en la medida de nuestras posibilidades y damos
alojamiento a los peregrinos. Tengo un hijo que ya es
oficial y que vale mucho.
»Pues bien, después que me puse bueno del
todo, prometí leer cada día, durante toda mi
vida, uno de los cuatro Evangelios entero, sin admitir
dispensa alguna. Y así lo hago. Cuando estoy abrumado
de trabajo y me siento muy fatigado, me acuesto y le pido a
mi mujer o a mi hijo que lean el Evangelio junto a
mí, y de esta manera cumplo mi promesa. En testimonio
de agradecimiento y para gloria de Dios, he hecho cubrir
este Evangelio de plata maciza y siempre lo llevo sobre mi
corazón.»
Yo le escuché con gran placer, y le dije:
-Yo he conocido un caso semejante: en nuestro pueblo, en
la fábrica, había un excelente obrero, muy
hábil en las cosas de su oficio; pero para su
desgracia, bebía con demasiada frecuencia. Un hombre
piadoso le aconsejó que, cada vez que le viniesen
ganas de beber aguardiente, recitase treinta y tres veces la
oración de Jesús en honor de la
Santísima Trinidad y en memoria de los años de
la vida de Jesús sobre la tierra. Y no es esto todo:
tres años después entraba en un
monasterio.
-¿Y qué vale más, la oración de
Jesús o el Evangelio?
-Ambos son la misma cosa, le respondí. El
Evangelio es como la oración de Jesús, porque
el divino nombre de Jesús encierra en sí todas
las verdades evangélicas. Los Padres dicen que la
oración de Jesús es un resumen de todo el
Evangelio.
Después de esta conversación dijimos
nuestras oraciones; el capitán comenzó a Feer
el Evangelio de San Marcos desde el principio; yo le
escuchaba haciendo oración en mi corazón. El
capitán terminó su lectura a las dos de la
madrugada y nos fuimos a acostar.
Según tengo por costumbre, me levanté muy
temprano cuando todos aún dormían. Apenas
apuntaba el día cuando yo me enfrascaba ya en mi
Filocalía. ¡Con cuánta
alegría la abrí! Me parecía haber
vuelto a encontrar a mi padre después de una larga
ausencia o a un amigo que hubiera resucitado de entre los
muertos. La abracé y di gracias a Dios por
habérmela devuelto; comencé a leer a Teolepto
de Filadelfia 7,
en la segunda parte de la Filocalía.
Quedé asombrado al leer que propone entregarse a la
vez a tres diversas clases de actividad: cuando te sientes a
la mesa, dice, da alimento al cuerpo, lectura a tu mente y
oración a tu corazón. Pero el recuerdo de la
bienhechora sobremesa de la víspera me explicaba
prácticamente este pensamiento. Y entonces
comprendí el misterio de la diferencia entre el
corazón y la mente.
Cuando se despertó el capitán, quise darle
gracias por su bondad y despedirme de él. Me
sirvió el té, me dio un rublo de plata y nos
dijimos adiós. Yo emprendí la marcha lleno de
alegría.
Al fin de la primera versta, me acordé de que
había prometido a los soldados un rublo, y ahora
tenía uno en mi bolsillo. ¿Debía
dárselo, o no? Por un lado, pensaba para mis
adentros, te dieron de golpes y te robaron, y ya no pueden
hacerte mal alguno porque están detenidos; pero por
otro lado, acuérdate de lo que está escrito en
la Biblia: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer
8.
Y el mismo Jesucristo dijo: Amad a vuestros enemigos
9;
y en otro lugar: Y al que quiera litigar contigo para
quitarte la túnica, déjale también el
manto 10.
Hechas estas reflexiones, volví sobre mis pasos y
llegué a la posada en el preciso momento en que el
convoy se estaba formando para iniciar la marcha.
Corrí en busca de los dos malhechores y les puse el
rublo en las manos, diciéndoles:
-Orad y haced penitencia; Jesucristo es el amigo de los
hombres y nunca os abandonará.
Dichas estas palabras, me alejé siguiendo el
camino en dirección contraria a la que llevaban
ellos.
SOLEDAD
Después de haber caminado cincuenta verstas por el
camino real, entré por unos caminos de campo,
más solitarios y propios a la lectura. Durante un
tiempo fui vagando por los bosques; de cuando en cuando
encontraba una aldea. Con frecuencia, me quedaba todo el
día en el bosque leyendo la Filocalía,
en la que encontraba admirables y profundas
enseñanzas. Mi corazón se inflamaba en deseos
de unirse con Dios mediante la oración interior, que
yo me esforzaba por estudiar y descubrir en la
Filocalía. Al mismo tiempo estaba triste por
no haber podido hallar un abrigo donde poder entregarme a la
lectura en paz y sin distraerme en otras cosas.
Por esa época, leía también mi
Biblia y veía que empezaba a entenderla mejor;
encontraba en ella menos pasajes oscuros. Razón
tienen los Padres al decir que la Filocalía es
la llave que descubre los misterios encerrados en las
Escrituras. Bajo su dirección, comencé a
comprender el sentido oculto en la Palabra de Dios;
descubrí lo que significan el hombre interior
oculto en el corazón 11,
la verdadera oración: la adoración en
espíritu 12
el Reino de Dios dentro de nosotros
13,
la intercesión del Espíritu Santo
14;
entendí el sentido de estas palabras: Vosotros
estáis en mi 15,
dame tu corazón 16,
revestíos del Señor Jesucristo
17,
los desposorios del Espíritu en nuestros corazones
18,
la invocación: ¡Abba, Padre!
19,
y otras muchas cosas. Cuando oraba en lo más profundo
de mi corazón, todas las cosas que me rodeaban
aparecíanme bajo un aspecto encantador:
árboles, hierbas, aves, tierra, aire, luz, todas
parecían decirme que existen para el hombre y que dan
testimonio del amor de Dios por el hombre; todas oraban,
todas cantaban la gloria de Dios. Así llegué a
comprender aquello que la Filocalía llama
«el conocimiento del lenguaje de la
creación», y veía cómo es posible
conversar con las criaturas de Dios.
HISTORIA DE UN
GUARDABOSQUES
Así anduve caminando durante mucho tiempo.
Llegué al fin a un país tan apartado que
estuve tres días sin ver una sola aldea. Había
terminado mi pan y me preguntaba no sin inquietud
cómo haría para no morir de hambre. Al momento
de haber empezado a orar en mi corazón,
desapareció mi angustia, me puse en las manos del
Señor, y me volvió la alegría y la
tranquilidad. Continué luego un poco por el camino a
través de un inmenso bosque, cuando apareció
ante mi vista un perro de guarda que salía de entre
los árboles; le llamé y se me acercó
muy cariñoso, dejándose acariciar. Yo me
alegré y me dije: He aquí también la
bondad de Dios; seguramente habrá en este bosque
algún rebaño y este será el perro del
pastor, o acaso sea el perro de algún cazador. De
cualquier modo, ahora tendré ocasión de pedir
un poco de pan, pues hace ya dos días que no pruebo
bocado; o al menos me indicarán dónde puedo
encontrar el pueblo más cercano. El perro,
después de haber dado unas vueltas a mi alrededor, y
al ver que no encontraba nada que comer, se volvió al
bosque por el mismo sendero por donde había venido.
Yo le seguí, y al cabo de unos doscientos metros
volví a verlo, a través de los árboles,
en una guarida de la que sacaba la cabeza, ladrando.
Luego vi que se acercaba por entre los árboles un
campesino delgado y pálido, ya entrado en años
sin ser viejo. Me preguntó cómo había
llegado hasta allí, y yo le dije qué es lo que
hacía en un lugar tan apartado, cambiando algunas
palabras amistosas. Me rogó que entrase en su
cabaña y me explicó que era guardabosques y
que tenía a su cuidado aquel monte, que iba a ser
talado. Me ofreció el pan y la sal, y entablamos
conversación.
-Te envidio esta vida solitaria que llevas, le dije; no
es como yo, que ando caminando de continuo y estoy en
contacto con todo el mundo.
-Si te gusta, me respondió, puedes vivir
aquí; ahí cerca hay una cabaña vieja
que ha servido de vivienda al guarda que estuvo aquí
antes que yo; está un poco en ruinas, pero para el
verano puede valer. Tú tienes tu pasaporte; hay pan
para los dos con lo que me traen cada semana del pueblo, y
junto a nosotros corre este arroyo que no se seca
jamás. Yo hermano, hace diez años que no como
otra cosa que pan y no bebo más que agua. Para el
otoño, cuando se hayan terminado los trabajos de la
recolección, vendrán doscientos hombres para
la tala de árboles; yo ya no tendré nada que
hacer aquí y a ti tampoco te permitirán
continuar en este lugar.
Al oír estas palabras sentí tanta
alegría que me faltó poco para echarme a sus
pies. No sabía cómo agradecer a Dios su bondad
para conmigo.
Todo lo que yo podía desear y por lo que tanto
había suspirado, aquí se me ofrecía en
un momento. Hasta el otoño aún quedan cuatro
meses y yo puedo, durante este tiempo, aprovechar el
silencio y la paz del bosque para estudiar con ayuda de la
Fiocalía la oración continua en el
corazón. De modo que resolví instalarme en la
dicha cabaña. Continuamos hablando y aquel buen
hermano me contó su vida y sus ideas.
-En mi pueblo -me dijo- yo no era el último;
tenía un oficio que consistía en teñir
las telas de rojo y azul; vivía con holgura, pero no
sin pecado; engañaba mucho a mi clientela y juraba
continuamente; era grosero, bebedor y pendenciero.
En ese pueblo había un viejo chantre que
tenía un libro antiguo, muy antiguo sobre el Juicio
final 20.
Iba a menudo a casa de los fieles ortodoxos para leer en
ellas y recibía por ello alguna pequeña
retribución; alguna vez también venía a
mi casa. La mayor parte de las veces, le daba unos ochavos y
él se quedaba a leer hasta el canto del gallo. Una
vez estaba yo trabajando y oyéndole al mismo tiempo;
leía un pasaje sobre los tormentos del infierno y
sobre la resurrección de los muertos, cómo
Dios vendrá a juzgar; cómo harán los
Angeles sonar sus trompetas, el fuego y la pez que
habrá allá y cómo los gusanos
devorarán a los pecadores. De repente, sentí
un miedo espantoso y me dije: ¡Yo no escaparé a
esos tormentos! Desde ahora voy a dedicarme a salvar mi alma
y acaso llegue a conseguir el rescate de mis pecados.
Reflexioné detenidamente y decidí abandonar mi
oficio; vendí mi casa, y como vivía solo me
hice guardabosques, no pidiendo de salario más que el
pan, vestido con que cubrirme y algunos cirios para encender
durante las oraciones.
Y ya llevo viviendo así más de diez
años. Solamente como una vez al día y no tomo
sino pan y agua. Todas las noches me levanto al primer canto
del gallo y hasta que amanece hago genuflexiones y
salutaciones hasta tierra; mientras rezo enciendo siete
velas delante de las imágenes. Durante el día,
mientras recorro el bosque, llevo unas cadenas de sesenta
libras sobre la piel. No juro, no bebo ni cerveza ni
alcohol, ni peleo con nadie; mujeres, no las he conocido
jamás.
Al principio me sentía muy contento de vivir
así, pero de cuando en cuando me veo asaltado por
reflexiones que no puedo echar de la mente. Dios sabe si
podré alcanzar el perdón de mis pecados, pero
esta vida es bien dura. Y además, ¿sería
verdad lo que decía el libro? ¿Cómo puede
resucitar un hombre? Pues de aquellos que murieron hace cien
años y más, hasta el polvo ha desaparecido. Y
¿quién sabe si habrá un infierno o no?
Por lo menos, ninguno ha vuelto del otro mundo; cuando el
hombre muere, se corrompe y ninguna huella queda de
él. Ese libro, acaso lo hayan escrito los popes o los
funcionarios para asustarnos, a nosotros los
imbéciles, a fin de tenernos cada vez más
sumisos. De modo que en esta vida vivimos miserablemente y
sin consuelo alguno, y a lo mejor en la otra no habrá
cosa alguna. Entonces, ¿para qué continuar
así? ¿No será preferible aprovechar
inmediatamente las buenas ocasiones? Estas ideas me
persiguen -añadió-, y tengo miedo de tener que
volver a mi antigua ocupación.
Yo sentía gran compasión por él y me
decía a mí mismo: Se dice que sólo los
sabios y los intelectuales se hacen librepensadores e
incrédulos, pero por lo visto también nuestros
hermanos, los sencillos campesinos, se forman ideas bien
raras y faltas de fe. Seguramente que el mundo oscuro llega
a todos y acaso ataca más fácilmente
aún a los simples. Hay que buscar las mejores razones
posibles y fortalecerse contra el enemigo por la Palabra de
Dios.
Por eso, a fin de sostener un poco a este hermano y
confirmar su fe, saqué de mi bolsillo la
Filocalía y la abrí en el
capítulo 109 del bienaventurado Hesiquio
21.
Le leí y expliqué que el miedo del castigo no
es el único freno contra el pecado, porque el alma no
puede librarse de los pensamientos culpables sino mediante
la vigilancia del espíritu y la pureza del
corazón. Todo esto se adquiere por la oración
interior. Si alguno escoge el camino del ascetismo no
sólo por miedo de las torturas del infierno, sino
también por el deseo del reino celestial,
añadí, los Padres comparan esta acción
con la de un mercenario. Dicen que el miedo a los tormentos
es la vía del esclavo, y el deseo de recompensa, la
del mercenario. Pero Dios quiere que vayamos a Él
como hijos; quiere que el amor y el celo nos empujen a
comportarnos dignamente, y que gocemos de la perfecta
unión con Él en el alma y en el corazón
22.
-En vano te agotarás y te impondrás las
pruebas y penitencias físicas más duras; si no
llevas constantemente a Dios en el espíritu y la
oración de Jesús en el corazón, nunca
estarás al abrigo de los malos pensamientos;
estarás siempre dispuesto a pecar a la menor
ocasión. Comienza, pues, hermano, a rezar de continuo
la oración de Jesús; esto te resultará
fácil en esta soledad, y pronto verás el
provecho de esta oración. Las ideas impías
desaparecerán, a la vez que la fe y el amor a
Jesucristo se revelarán en tu interior. Y
comprenderás cómo los muertos pueden
resucitar, qué es verdaderamente el Juicio final y
qué significa. Y encontrarás tanto gozo y
ligereza en tu corazón, que quedarás admirado;
y ya no te cansarás ni serás turbado por tu
vida de penitencia.
Luego le expliqué como mejor pude, cómo
debía recitar la oración de Jesús
según el divino mandamiento y las enseñanzas
de los Padres. Él parecía no desear otra cosa,
y su turbación fue disminuyendo. Entonces,
separándome de él, entré en la vieja
cabaña que me había indicado.
TRABAJOS
ESPIRITUALES
¡Qué alegría, Dios mío, y
qué consuelo! ¡Qué embeleso sentía
al penetrar en aquella cabaña, o mejor dicho en
aquella tumba! Parecíame como un hermoso palacio
lleno de alegría, y me dije: Ahora, en este silencio
y esta paz, vamos a trabajar como Dios manda y pedir al
Señor que esclarezca mi espíritu. Y
así, comencé a leer la Filocalía
con gran atención, desde el principio hasta el fin.
En poco tiempo había acabado mi lectura y
comprendía la sabiduría, la santidad y la
profundidad de este libro. Mas como se trata en él de
múltiples materias, yo no podía comprenderlo
todo, ni reunir las fuerzas de mi espíritu sobre la
única enseñanza de la oración interior
para llegar a la oración espontánea y continua
en el interior del corazón. Y no obstante, eran
grandes mis deseos de ello, según el mandamiento
divino transmitido por el Apóstol: Aspirad a los
dones más perfectos 23;
y en otro lugar: No apaguéis al
Espíritu 24.
En vano reflexionaba, pues no sabía lo que hacer. No
tengo bastante inteligencia ni comprensión, ni a
nadie que me enseñe. Voy a cansar al Señor a
fuerza de oraciones, y acaso consienta en iluminar mi
espíritu. Y así pasé un día
entero rezando sin interrumpir ni un instante mi
oración. Y he aquí que me vi, en
sueños, en la celda de mi starets, que me
explicó la Fiocalía diciendo:
-Este santo libro es de una gran sabiduría. Es un
misterioso tesoro de enseñanzas acerca de los
secretos designios de Dios. No en cualquier lugar, ni a
todos es accesible este libro; pero encierra máximas
escritas para cada uno: profundas para los espíritus
profundos, y sencillas para los simples. Por eso, vosotros,
las gentes sencillas, no debéis leer los libros de
los Padres en el orden que están puestos aquí.
Esta es una disposición conforme a la
teología; pero aquel que no es instruido y desea
aprender la oración interior en la
Filocalía, debe practicar el orden siguiente:
primero leer el libro del monje Nicéforo (en su
segunda parte); segundo, el libro de Gregorio el
Sinaíta entero, salvo los capítulos más
cortos; tercero, las tres formas de oración de
Simeón el Nuevo Teólogo y su Tratado de la Fe;
y cuarto, el libro de Calixto e Ignacio. En estos textos
cualquiera puede encontrar la enseñanza completa de
la oración interior del corazón. Si quieres un
texto todavía más inteligible, lee en la
cuarta parte el modelo abreviado de oración de
Calixto, patriarca de Constantinopla.
Yo, que tenía la Filocalía en mis
manos, buscaba el pasaje indicado sin poder encontrarlo.
El
, volviendo algunas páginas, me dijo:
-Yo te lo voy a enseñar: aquí está.
-Y tomando un trozo de carbón del suelo, hizo una
señal al margen de la página frente al pasaje
indicado. Yo escuchaba con mucha atención todas las
palabras del starets y procuraba grabarlas en mi
memoria con firmeza y con detalle.
En esto, me desperté, y como todavía era de
noche continué acostado, recordando todo lo que
había visto en sueños y repitiendo lo que me
había dicho el starets. Después me puse
a reflexionar. Dios sabe si es el alma de mi difunto la que
se me aparece así, o si son mis propias ideas las que
toman forma, porque pienso con mucha frecuencia y durante
mucho tiempo en la Fiocalía y en el starets.
Me levanté en esta incertidumbre de espíritu,
pues ya apuntaba el día. Y he aquí que, en la
piedra que me servía de mesa, veo la
Filocalía abierta en la página indicada
por el starets y marcada con una raya de
carbón, exactamente como en mi sueño; hasta el
carbón estaba junto al libro. Me quedé
impresionado, acordándome de que no había
dejado el libro allí la noche anterior, sino que lo
había cerrado y colocado junto a mí antes de
dormirme; y me acordaba además de que no había
en él raya alguna que marcase aquella página.
Todas estas coincidencias me daban fe de la verdad de la
aparición y me confirmaron en la santidad de la
memoria de mi starets. De modo que comencé a
leer la Filocalía según el orden que me
había sido indicado. Lo leí una vez, luego
otra, y esta lectura inflamó mi celo y mis deseos de
ver confirmado en actos todo cuanto había
leído. Descubrí claramente el sentido de la
oración interior y los medios de llegar a ella y sus
efectos; comprendí cuánto regocija al alma y
cómo es posible distinguir si esta felicidad viene de
Dios, de la naturaleza sana, o de la ilusión.
Y ante todo procuraba encontrar el lugar del
corazón, según las enseñanzas de San
Simeón el Nuevo Teólogo. Habiendo cerrado los
ojos, dirigía mi mirada hacia el corazón,
procurando representármelo tal como se encuentra en
la parte izquierda del pecho y escuchando sus latidos.
Primero practiqué este ejercicio durante media
hora, varias veces al día. Al principio, no
veía más que tinieblas; pero bien pronto mi
corazón apareció y comencé a sentir su
profundo movimiento; después, conseguí
introducir en mi corazón la oración de
Jesús, y hacerla brotar de él, según el
ritmo de la respiración, tal como lo enseñan
San Gregorio el Sinaíta, así como Calixto e
Ignacio. Para conseguirlo, miraba mentalmente a mi
corazón, inspiraba el aire y lo retenía en mi
pecho diciendo: «Señor Jesucristo», y lo
espiraba añadiendo: «tened piedad de
mí». Al principio me ejercité en esto
durante una o dos horas, después me apliqué
cada vez con mayor frecuencia a este ejercicio, y al fin me
ocupaba en él casi todo el día. Cuando me
sentía pesado, fatigado o inquieto, en seguida
leía en la Filocalía los pasajes que
tratan de la actividad del corazón, y pronto
volvían a renacer en mí el deseo y las ansias
por la oración. Al cabo de tres semanas, sentí
un dolor en el corazón, y luego un agradable calor y
gran sentimiento de consuelo y de paz. Esto me dio mayores
fuerzas para ejercitarme en la oración, a la cual
iban todos mis pensamientos, y comencé a sentir una
gran alegría. A partir de aquel momento, de vez en
cuando sentía diversas sensaciones nuevas en el
corazón y en el espíritu. A veces era como una
agitación en mi corazón y una agilidad, una
libertad y un gozo tan grandes, que quedaba transformado y
me veía en éxtasis. A veces, sentía muy
ardiente amor a Jesucristo y a toda la divina
creación. A veces las lágrimas
25
corrían sin esfuerzo de mi parte como un
reconocimiento al Señor, que había tenido
compasión de mí, pecador empedernido. A veces
mi pobre y limitado espíritu se llenaba de tales
luces, que comprendía con toda claridad cosas que
antes yo no hubiera podido siquiera concebir. A veces el
dulce calor de mi corazón se extendía por todo
mi ser y empezaba a sentir con gran emoción la
presencia del Señor. Y a veces, en fin, sentía
una intensa y profunda alegría al pronunciar el
nombre de Jesucristo y comprendía el significado de
sus palabras: El Reino de Dios está dentro de
vosotros 26.
En medio de estas bienhechoras consolaciones, iba echando
de ver que los efectos de la oración aparecían
bajo tres formas: en el espíritu, en los sentidos y
en la inteligencia. En el espíritu, por ejemplo, la
dulzura del amor de Dios, la tranquilidad interior, el
arrobamiento del espíritu, la pureza de los
pensamientos, el esplendor de la idea de Dios; en los
sentidos, el agradable calor del corazón, la plenitud
de dulzura en los miembros, el estremecimiento de gozo del
corazón, la ligereza y vigor de la vida, la
insensibilidad ante las enfermedades y el dolor; en la
inteligencia, la iluminación de la razón, la
comprensión de las Santas Escrituras, el conocimiento
del lenguaje de la creación, el desapego de vanos
cuidados, la conciencia de la suavidad de la vida interior,
la certidumbre de la proximidad de Dios y de su amor por
nosotros 27.
Después de cinco meses de soledad en estos
trabajos y en esta felicidad, me iba habituando tan bien a
la oración del corazón que la practicaba
ininterrumpidamente, y al fin noté que ella se
hacía de por sí sola, sin actividad alguna de
mi parte; brotaba en mi espíritu y en mi
corazón no sólo en estado de vigilia, sino
también durante el sueño, y no se
interrumpía ni un solo instante.
Llegó el tiempo de la tala de árboles, se
fueron juntando leñadores y yo tuve que abandonar mi
silenciosa morada. Después de haber dado las gracias
al guarda y haber rezado una oración, besé
aquel rincón de tierra en que el Señor se
había dignado manifestarme tan claramente su bondad,
eché mi saco sobre mis hombros y partí.
Caminé durante mucho tiempo, y recorrí muchas
regiones antes de llegar a Irkutsk. La oración
espontánea de mi corazón me sirvió de
consuelo durante todo el camino, y nunca dejó de
alegrarme, si bien de diversas maneras; en ninguna parte, ni
en momento alguno me fue impedimento para ninguna cosa, y
nada la pudo tampoco disminuir. Si trabajo, la
oración opera sola en mi corazón y realizo mi
tarea con mayor ligereza; si escucho o leo alguna cosa con
atención, la oración no sufre
interrupción, y voy sintiendo a la vez una y otra,
como si estuviera desdoblado o como si en mi cuerpo
trabajaran dos almas. ¡Oh, Dios mío, y
qué misterioso es el hombre!
EL SALTO DEL
LOBO
Qué grandes son tus obras, oh Señor:
todo lo hiciste con sabiduría
28.
En mis peregrinaciones me he encontrado con casos bien
extraordinarios. Si debiera narrarlos todos, tendría
para muchos días. Voy a contaros éste: una
tarde de invierno iba yo caminando solo por un bosque con
intención de pasar la noche a dos verstas más
adelante, en un pueblecito que estaba ya a la vista. De
repente un gran lobo saltó sobre mí. Yo
tenía en la mano el rosario de lana
29
de mi starets que, como siempre, llevaba conmigo, e
hice huir a la fiera con este rosario. ¿Y lo
creeréis? El rosario se me fue de las manos y se
quedó rodeando el cuello del lobo. Este
retrocedió al instante y, saltando a través de
las matas, quedó preso por las patas traseras en los
espinos, mientras que el rosario quedaba enganchado de la
rama de un árbol seco; el lobo se debatía con
todas sus fuerzas, pero no conseguía desprenderse
porque el rosario le apretaba la garganta. Yo hice con gran
fe la señal de la cruz y corrí a soltar al
lobo, temiendo sobre todo que arrancase el rosario y huyese
con un objeto que yo estimaba tanto. Apenas me había
acercado y puesto la mano sobre el rosario, el lobo, en
efecto, lo rompió y echó a correr con toda la
ligereza de sus patas. Dando gracias al Señor y
acordándome de mi bienaventurado starets,
llegué sin novedad al pueblo: me dirigí a la
posada y pedí hospedaje. Entré en la casa, en
la que dos viajeros estaban sentados a la mesa; el uno era
ya viejo y el otro de edad madura y corpulento.
Pregunté quiénes eran al campesino que
guardaba sus caballos, y éste me contestó que
el anciano era maestro y el otro escribano del juez de paz.
Los dos son de origen noble y los llevo a la feria a veinte
verstas de aquí.
Después de haber descansado un rato, pedí a
la patrona aguja e hilo, me acerqué a la luz y
comencé a recoser mi rosario. El escribano me
miró y dijo:
-Mucho has debido de rezar para llegar a romper tu
rosario.
-No soy yo quien lo ha roto, sino un lobo
-¡Toma! ¿De modo que hasta los lobos rezan?
-respondió riendo el escribano.
Les conté entonces al detalle lo que me
había sucedido, y les dije la mucha estima en que
tenía yo a este rosario. El escribano se echó
a reír y dijo:
-Para vosotros, gente crédula, siempre existen
milagros. ¿Qué ves de misterioso en eso que has
contado? Tú le has tirado sencillamente algún
objeto, el lobo ha tenido miedo y se ha puesto en fuga. Los
perros y los lobos tienen siempre miedo de esos objetos que
se les tira; y que se le hayan enredado las patas en la
maleza no tiene nada de particular. De modo que no hay que
creer que todo lo que sucede en el mundo es por milagro.
Entonces comenzó el profesor a discutir con
él:
-No hable usted de esa manera, señor: que no
entiende usted mucho de estos asuntos. Yo al menos, veo en
la historia de este campesino un doble misterio, sensible y
espiritual.
-¿Cómo se entiende eso? -preguntó el
escribano.
-Escúcheme usted: aunque no posea usted una
instrucción muy profunda, habrá estudiado
seguramente la historia sagrada por preguntas y respuestas,
que se edita para las escuelas. Usted se acuerda que cuando
el primer hombre, Adán, se hallaba en el estado de
inocencia, todos los animales le estaban sometidos; se le
acercaban sin miedo y él les ponía a cada uno
su nombre. El starets al cual pertenecía este
rosario era santo; ¿y qué es la santidad?, pues
no es otra cosa que la resurrección, en el hombre
pecador, del estado de inocencia del primer hombre merced a
sus esfuerzos por adquirir las virtudes. El alma santifica
al cuerpo. El rosario estaba sin cesar en las manos de un
santo; pues bien, por el contacto continuado con su cuerpo,
este objeto ha sido penetrado por una fuerza santa, la
fuerza del estado de inocencia del primer hombre. He
aquí el misterio de la naturaleza espiritual
Esta fuerza la sienten naturalmente todos los animales,
sobre todo por el sentido del olfato, ya que el olfato es el
órgano esencial de los sentidos en el animal. He
aquí el misterio de la naturaleza sensible
-Para ustedes, los sabios, no hay sino fuerzas e
historias de este género; pero nosotros vemos las
cosas desde otro punto de vista: servirse un vaso de licor y
echárselo al estómago, esto es lo que da
fuerza y vigor -dijo el escribano, y se dirigió hacia
el armario.
-Diga usted lo que quiera -respondió el maestro-,
pero por lo menos no pretenda usted negar lo que creen
quienes saben más que usted.
Mucho me gustaron las palabras del maestro; y así
me acerqué a él y le dije:
-Permítame usted contarle alguna cosa a
propósito de mi starets.
Le expliqué cómo se me había
aparecido en sueños, y cómo después de
haberme enseñado, había hecho una señal
con carbón en la Filocalía. El maestro
escuchó mi relato con atención. Pero el
escribano refunfuñaba, recostado sobre un banco.
-Ahora veo claro que hay gentes que se vuelven locas de
tener siempre la nariz metida en la Biblia. No hay
más que ver y oír a este buen hombre.
¿Quién será el coco que viene de noche a
manchar tus libros con carbón? Seguramente que has
dejado caer tu libro al suelo, mientras dormías, y
los residuos de la ceniza te lo han manchado
En eso ha
consistido todo tu milagro. ¡Ay, estos cortos de
alcances! ¡Si no os conociéramos a ti y a todos
los de tu cofradía!
Después que hubo hablado de este modo, se
volvió hacia la pared y se durmió.
Oídas estas palabras, me incliné hacia el
maestro y le dije:
-Si usted quiere, yo le enseñaré el libro
que lleva esta marca y no unos residuos de ceniza.
Saqué la Filocalía de mi saco y se
la enseñé diciendo:
-Yo nunca puedo entender que sea posible a un alma
incorpórea tomar un carbón y
escribir
Miró el maestro la señal sobre el libro y
dijo:
-Este es el misterio de los espíritus. Y te lo
quiero explicar:
Cuando los espíritus aparecen a un hombre bajo una
forma corpórea, forman su cuerpo visible de luz y de
aire, empleando para esto los elementos de los que
había estado hecho su cuerpo mortal. Y como el aire
está dotado de elasticidad, el alma que de él
se reviste está dotada de la facultad de obrar, de
escribir, de apoderarse de objetos. Pero ¿qué
libro es ese que tienes en la mano? Déjame que lo
vea.
Lo abrió y se encontró con el tratado de
Simeón el Nuevo Teólogo.
-Esto debe ser sin duda un libro teológico. No lo
conozco.
-Este libro, abuelo, contiene casi únicamente la
enseñanza de la oración interior del
corazón en el nombre de Jesucristo; esa
enseñanza está explicada aquí en todos
sus detalles por veinticinco Padres.
-¿La oración interior? Ya sé lo que es
-replicó el maestro.
Me incliné profundamente delante de él y le
supliqué que me dijera algunas palabras sobre la
oración interior.
-Muy bien. Está escrito en el Nuevo Testamento que
el hombre y toda la creación están
sometidos a su pesar a la vanidad, y que todas las cosas
suspiran y tienden hacia la libertad de los hijos de
Dios 30:
este misterioso movimiento de la creación, este deseo
innato de las almas es precisamente la oración
interior. No es posible aprenderla, porque se halla en todos
y en todo
-Pero, ¿cómo adquirirla, descubrirla y
sentirla en el corazón? ¿Cómo adquirir
conciencia de ella y aceptarla voluntariamente, conseguir
que opere activamente, regocijando, iluminando y salvando al
alma? -le pregunté.
-No sé si hablaran de esto los tratados
teológicos -respondió el maestro.
-Sin duda que sí; porque aquí todo esto
está escrito -repliqué
El maestro cogió una pluma y anotó el
título de la Filocalía y dijo:
-Voy a pedir este libro a Tobolsk y lo quiero leer.
Y sin más palabras, nos separamos. Al marcharme,
di gracias a Dios por mi conversación con aquel
hombre y rogué al Señor que concediera al
escribano la gracia de leer alguna vez la Filocalia y
de comprender su sentido para el bien de su alma.
LA JOVEN DE LA
ALDEA
En otra ocasión, por primavera, llegué a un
pueblecito y me detuve en casa del sacerdote. Era
éste un hombre excelente que vivía solo.
Pasé tres días en su casa. Habiéndome
examinado durante esos días, me dijo:
-Quédate conmigo y yo te pagaré un salario,
pues tengo necesidad de un hombre de confianza. Ya has visto
que está en construcción una iglesia nueva de
piedra junto a la vieja que es de madera. No me es posible
encontrar un hombre de conciencia para vigilar a los obreros
y estar en la capilla para recoger las limosnas para la
construcción; veo que tú serías a
propósito para esto y que este género de vida
te convendría mucho. Podrás estar solo en la
capilla para rezar y pedir a Dios, pues hay en ella un lugar
solitario donde pasar el día. Quédate, por
favor, al menos hasta que la iglesia esté
terminada.
Yo me resistí cuanto pude, pero al fin debí
ceder a las súplicas apremiantes del sacerdote. Me
quedé pues hasta el otoño, y me instalé
en la capilla. Al principio tuve bastante tranquilidad y
pude ejercitarme en la oración; pero los días
de fiesta, sobre todo, venía mucha gente, unos a
rezar, otros a bostezar, y otros para sisar algunas monedas
de la bandeja de la colecta. Y como yo leía la Biblia
o la Filocalía, algunos de los visitantes
solían conversar conmigo, y otros me pedían
que les hiciera un poco de lectura.
Al cabo de algún tiempo, observé que una
joven del lugar venía con frecuencia a la capilla y
se quedaba en ella largo tiempo haciendo oración.
Como yo prestase atención a lo que rezaba, oí
que decía oraciones muy raras, y hasta algunas
totalmente desfiguradas. Le pregunté quién le
había enseñado aquellas cosas. Y me
respondió que su madre que era ortodoxa, mientras que
su padre era un cismático 31,
de la secta de los «sin sacerdotes». Esta
situación me pareció muy triste y le
aconsejé recitar las oraciones correctamente,
según la tradición de la Santa Iglesia. Le
enseñé el Padre Nuestro y el Ave
María. Al fin le dije:
-Reza sobre todo la oración de Jesús; ella
nos acerca a Dios más que todas las demás
oraciones y por ella conseguirás la salvación
de tu alma.
La joven me escuchó con atención y se
condujo con toda sencillez según mis consejos.
¿Y lo creeréis? Poco tiempo después me
anunció que se había acostumbrado a la
oración de Jesús y que sentía el deseo
de repetirla incesantemente siempre que le era posible.
Cuando rezaba, sentía alegría y finalmente un
gran gozo, así como el deseo de continuar rezando.
Todo esto me causó gran contento, y le
aconsejé que siguiera rezando cada día
más, invocando el nombre de Jesucristo.
El verano tocaba a su fin. Muchos de los visitantes de la
capilla venían a visitarme, no solamente para pedir
un consejo o una lectura, sino para contarme sus
dificultades familiares y aun a preguntarme cómo
hacer para encontrar los objetos perdidos; indudablemente
muchos me tomaban por un adivino. Y he aquí que un
día de aquellos, vino la joven, toda llena de
amargura, a preguntarme qué es lo que debía
hacer. Su padre quería casarla contra su voluntad con
un cismático como él y el oficiante
sería un campesino. «¿Es esto un matrimonio
legal?», clamaba la pobre; ¡esto no es sino puro
libertinaje! Quiero huir a cualquier lugar que sea. Yo le
repliqué:
-¿A dónde huirás, que no te encuentren
en seguida? En estos tiempos, en ninguna parte podrás
ocultarte, pues careces de toda documentación;
fácilmente darán contigo. Es mejor rogar a
Dios con fervor y celo que desbarate por sus caminos los
propósitos de tu padre y que guarde tu alma del
pecado y de la herejía. Esto es siempre mejor que tu
idea de fuga.
Pasaba el tiempo. El ruido y las distracciones me
resultaban cada vez más penosas. Y por fin, al
terminar el verano, decidí abandonar la capilla y
volver a peregrinar como antes. Me presenté al
sacerdote y le dije:
-Padre mío, usted conoce mi manera de ser. Yo
necesito tranquilidad para ocuparme en la oración, y
aquí no encuentro sino bulla y distracciones. Ya he
cumplido con lo que usted me había pedido,
quedándome todo el verano; ahora, permítame
seguir mi camino y bendiga mi solitaria ruta.
El sacerdote no quería dejarme ir y buscó
convencerme aún con un discurso:
-¿Qué es lo que te puede impedir orar en este
lugar? Ninguna ocupación tienes más que
permanecer en la capilla, y la mesa la encuentras puesta.
Continúa rezando aquí día y noche si
así te place, y vive con Dios. Tú vales y eres
útil aquí; no dices tonterías a los
visitantes, eres fiel y honrado y además aseguras
ciertas limosnas a la iglesia de Dios. Esto es mejor a los
ojos del Señor que tu oración solitaria.
¿Por qué vivir todo el día solo? Entre la
gente, la oración se hace con mucha más
alegría. Dios no creó al hombre para que no se
conozca más que a sí mismo, sino para que cada
uno ayude a su prójimo, comunicándose unos a
otros la salvación, según las posibilidades de
cada cual. Fíjate en los santos y en los doctores
ecuménicos: día y noche estaban en movimiento
y preocupados por la Iglesia, predicaban en todas partes y
no se ocultaban en la soledad lejos de sus hermanos.
-Cada uno recibe de Dios el don que más le
conviene, padre mío: muchos predicaron a las
muchedumbres y otros muchos vivieron en la soledad. Cada uno
obraba según su propia inclinación, creyendo
que era el camino de salvación que Dios mismo le
indicaba. Pues ¿cómo explicará usted que
tantos santos hayan rechazado todas las dignidades y los
honores de la Iglesia huyendo al desierto, a fin de no ser
tentados en el mundo? San Isaac el Sirio abandonó de
esta manera a sus fieles, y el bienaventurado Atanasio el
Athonita 32
dejó su monasterio: consideraban estos lugares como
demasiado seductores, y creían en verdad en las
palabras de Jesucristo: ¿De qué le sirve al
hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?
33.
-Pero es que esos eran grandes santos -contestó el
sacerdote.
-Si los santos se guardaban con tanto cuidado del
contacto con los hombres -respondí yo-,
¿qué no deberá hacer un desgraciado
pecador?
Finalmente, dije adiós a aquel buen sacerdote y
nos separamos afectuosamente.
Después de caminar diez verstas, me detuve para
pasar la noche en un pueblecito. Había allí un
campesino enfermo de muerte. Yo aconsejé a su familia
que le hiciera comulgar con los santos misterios de Cristo,
y llegada la mañana mandaron al pueblo en busca del
sacerdote. Yo me quedé allí a fin de
inclinarme delante de los Santos Dones y rezar durante la
administración de tan gran sacramento. Estaba sentado
en un banco delante de la casa esperando la llegada del
sacerdote, cuando de repente vi venir corriendo hacia
mí a aquella joven que había visto rezando en
la capilla.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? -le
pregunté.
-Es que en mi casa estaba ya todo preparado para casarme
con el cismático, y he huido.
Y luego echándose a mis pies, me
suplicó:
- ¡Ten compasión de mí! Tómame
contigo y llévame a un convento; yo no quiero
casarme, sino vivir en el convento rezando la oración
de Jesús. A ti te escucharán, y me
recibirán.
-¿Qué es lo que dices? ¿A dónde
quieres que te lleve, si no conozco un solo convento por
estos lugares? ¿Ni cómo llevarte conmigo no
teniendo, como no tienes, pasaporte? En estas condiciones no
te será posible detenerte en ninguna parte; te
harán volver a tu casa y te castigarán por
vagabunda. Mejor será que te vuelvas a casa y ruegues
a Dios; y si no quieres casarte, finge alguna incapacidad.
Se llama a esto una ficción piadosa; así
obró la santa madre de Clemente, la bienaventurada
Marina 34,
que se santificó en un monasterio de hombres, y otros
muchos.
Mientras hablábamos de esta manera, vimos llegar a
cuatro campesinos en un carricoche galopando derechos adonde
estábamos nosotros. Apoderándose de la joven,
la hicieron subir al carro y la enviaron por delante con uno
de ellos; los otros tres me ataron mano con mano y me
volvieron al lugar donde había pasado el verano. A
todas mis explicaciones, respondían vociferando:
-¡Vaya con el santito este! ¡Ya te vamos a
enseñar a seducir a las muchachas!
Hacia el atardecer, me llevaron a la cárcel, me
pusieron el cepo en los pies y me encerraron para juzgarme
por la mañana siguiente. El sacerdote, al saber que
me hallaba preso, vino a visitarme, me trajo de comer, me
consoló y me dijo que él tomaría a su
cargo mi defensa y declararía, como confesor, que yo
estaba bien lejos de tener las intenciones que me
querían atribuir. Estuvo un poco de tiempo conmigo y
se fue.
Al llegar la noche, el preboste de la jurisdicción
vino a pasar por aquel lugar, y le contaron lo que
sucedía. Dio orden de convocar la asamblea comunal y
de llevarme a la casa de justicia. Entrados en ella,
permanecimos de pie, esperando. En esto llegó el
preboste dispuesto a proceder inmediatamente. Se
sentó en el estrado, guardando su sombrero, y
gritó:
-A ver, Epifanio: esta joven, tu hija, ¿no se ha
llevado nada de tu casa?
-Nada, señor.
-¿No ha hecho alguna bellaquería con este
idiota?
-Ninguna, señor.
-Entonces el asunto está terminado y juzgado, y
decidimos:
Con tu hija, arréglate como mejor te parezca; a
este tunante le pediremos que se vaya lejos de aquí,
después de haberle impuesto un buen correctivo, para
que nunca se le ocurra poner de nuevo los pies en este
pueblo. Y se acabó.
Y sin añadir una palabra más, el preboste
se levantó y se fue a dormir. A mí, me
devolvieron a la prisión. Al día siguiente,
muy de mañana, vinieron dos gañanes
35
que me dieron mis buenos azotes dejándome luego en
libertad. Yo me alejé, dando gracias a Dios que me
había permitido padecer en nombre suyo. Todo esto me
llenó de grandísimo consuelo y me animó
más y más a la oración.
Estos acontecimientos no me causaron la más
pequeña aflicción. Parecía como si se
le acaecieran a otra persona y yo no fuera más que un
espectador; y esto aun cuando me estaban dando los azotes.
La oración, que llenaba de alegría mi
corazón, no me permitía prestar
atención a cosa alguna. Cuando llevaba recorridas
cuatro verstas, me encontré con la madre de la joven,
que volvía del mercado. Se detuvo y me dijo:
-El novio de la niña nos ha dejado. Se ha enojado
contra Akulka 36,
y todo por haberse ido de casa.
Luego me dio un pan y un pastel, y yo seguí mi
camino.
El tiempo era seco y yo no tenía ganas de dormir
en poblado. En esto vi en el bosque dos montones de heno, y
a ellos me fui para pasar la noche. Me quedé dormido
y empecé a soñar que iba camino adelante,
leyendo los capítulos de San Antonio el Grande
37
en la Filocalia. En esto, se presentó el
starets y me dijo: «No es esto lo que tienes que
leer»; y me indicó el capítulo treinta
1cinco de Juan de Cárpatos 38
en donde está escrito: «
a veces el
discípulo se ve expuesto al deshonor, pero sobrelleva
estas pruebas por aquellos a quienes ha ayudado
espiritualmente». Y me señaló asimismo el
capítulo cuarenta y uno en el que se dice:
«
todos aquellos que se entregan con mayor ardor
a la oración están más expuestos a
terribles y fortísimas tentaciones».
Luego me dijo:
-¡Animo y no decaigas nunca de valor! No olvides las
palabras del Apóstol: Mayor es quien está
en vosotros que quien está en el mundo
39.
Ahora has visto por experiencia que no hay tentación
que esté sobre las fuerzas del hombre. Porque Dios
dispondrá con la tentación el éxito
para que podáis resistirla
40.
Por la esperanza en el auxilio del Señor fueron
sostenidos los santos, que no pasaron la vida solamente
rezando, sino que buscaron, por amor, enseñar y dar
luz a los demás. Mira lo que dice a este
propósito San Gregorio de Tesalónica
41:
«No basta orar incesantemente según el
mandamiento divino, sino que debemos exponer esta
enseñanza a todos: monjes, laicos, inteligente o
simples, hombres, mujeres o niños, a fin de despertar
en ellos el celo por la oración interior.» El
bienaventurado Calixto Teicoudas 42
se expresa de la misma manera: «La actividad espiritual
(es decir, la oración interior) -escribe--, el
conocimiento contemplativo y los medios de elevar el alma no
se han de guardar para uno mismo, sino que se deben
comunicar por la escritura o por el discurso a fin de
procurar el bien y el amor de todos. Y la Palabra de Dios
declara que el hermano a quien su hermano ayuda es como
una ciudad alta y fortificada 43.
En todas estas cosas hay que huir de la vanidad con toda la
fuerza del alma, y vigilar para que la buena semilla de las
divinas enseñanzas no sea arrastrada por el
viento.»
Cuando me desperté, sentí una gran
alegría en mi corazón y muy renovado vigor en
mi alma. Y sin más continué mi camino.
CURACIONES
MARAVILLOSAS
Bastante tiempo después, todavía tuve otra
aventura. Os la voy a contar si no os parece enojoso.
Un día, el 24 de marzo, sentí
grandísima necesidad de comulgar con los Santos
Misterios de Cristo el día consagrado a la Madre de
Dios en recuerdo de su divina Anunciación.
Pregunté si había por aquellos lugares alguna
iglesia, y me dijeron que había una a treinta
verstas.
Emprendí la marcha, caminando lo que quedaba del
día y toda la noche a fin de llegar a la hora de
Maitines. El tiempo era muy malo: a ratos nevaba, a ratos
llovía y soplaba además un viento violento y
frío. La ruta atravesaba un riachuelo; y daba sobre
él los primeros pasos, cuando el hielo se
rompió bajo mis pies. Caí al agua hasta la
cintura, y llegué todo empapado a Maitines, que
oí, así como la Misa, durante la cual Dios
permitió que pudiera comulgar.
Para poder pasar el día en paz, sin que nada
turbase, mi gozo espiritual, pedí al guardián
que me permitiera estar hasta el día siguiente en la
casilla de guardia. Pasé este día en medio de
una dicha indecible y en la paz del corazón; tendido
en un banco en esta helada cabina, estuve tan bien como si
reposara en el seno de Abraham; la oración obraba con
eficacia. El amor a Jesucristo y a la Santa Madre de Dios
recorría mi corazón en oleadas bienhechoras y
tenía sumergida mi alma en un éxtasis lleno de
consuelo. En el momento de echarse la noche encima,
sentí de repente un violento dolor en las piernas y
recordé que me las había mojado. Pero
rechazando esta distracción, me concentré de
nuevo en la oración y ya no volví a sentir el
mal. Cuando por la mañana quise levantarme, me fue
imposible mover las piernas, que estaban sin fuerzas y tan
blandas como unos algodones. El guardián me
tiró del banco abajo, y allí me quedé
dos días por no poderme mover. Al tercer día,
el guardián me echó de la barraca
diciendo:
-Si mueres aquí, aun tendremos el trabajo de
correr y ocuparnos de ti.
Arrastrándome con las manos, pude llegar hasta la
escalinata de la iglesia y allí quedé echado
por tierra. Las gentes que pasaban no prestaban la menor
atención ni a mí ni a mis ruegos.
Hasta que al fin un campesino se acercó a
mí y empezó a hablarme. Después de
algunas palabras vino a decir:
-¿Qué me darás si te curo? Yo tuve
exactamente lo mismo que tú, y conozco un remedio.
-Le respondí que no tenía nada que darle-.
¿Qué es lo que tienes entonces en tu
alforja?
-No tengo sino pan seco y algunos libros.
-Bueno, entonces dame palabra de trabajar en mi casa
durante un verano si llegas a sanar.
-Tampoco puedo trabajar. ¿No ves que no tengo
más que un brazo que pueda valerse?
-¿Qué es lo que sabes hacer, entonces?
-Nada, fuera de leer y escribir.
-¡Ah! ¿Con que sabes escribir? Bueno; entonces
podrás enseñar a escribir a mi hijo; sabe leer
un poco, pero yo quiero que aprenda a escribir. Pero los
maestros piden mucho: veinte rublos para aprender toda la
escritura.
Llegamos, pues, a una avenencia, y con la ayuda del
guardián me transportaron a casa del campesino en la
que me pusieron en un viejo baño
44
al fondo del cercado.
Comenzó el campesino a curarme: reunió en
el campo, en el corral y en los hoyos de la basura una gran
olla de viejos huesos de animales, de aves y de cualquiera
otra alimaña; los lavó, los hizo pedazos muy
pequeños rompiéndolos con una piedra y los
echó en una gran marmita; la tapó con una
tapadera que tenía un agujero en el centro y lo
echó todo en un recipiente que había puesto
bien hondo en tierra. Untó con gran cuidado el fondo
de la marmita con una espesa capa de tierra arcillosa y la
cubrió de troncos que dejó arder durante
más de veinticuatro horas. Al colocar los troncos
decía: «Todo esto va a formar un
alquitrán de huesos.» Al día siguiente,
desenterró el recipiente, en el cual se había
depositado por el orificio de la tapadera como un litro de
un liquido espeso, rojizo y aceitoso que olía a carne
fresca. Los huesos que quedaron en la marmita, de negros y
podridos que eran, tenían ahora un color tan blanco y
transparente como el nácar o las perlas. Cinco veces
al día me friccionaba las piernas con este
líquido. ¿Y lo creeréis? Al día
siguiente, noté que podía mover los dedos; al
tercer día, ya podía doblar las piernas; y al
quinto me podía tener de pie y caminar por el patio
con la ayuda de un bastón. Al cabo de una semana, mis
piernas habían recobrado la normalidad. Di gracias a
Dios y me decía a mí mismo: la
sabiduría de Dios échase de ver en sus
criaturas. Unos huesos secos, o podridos, prontos a
convertirse en tierra, conservan en sí una fuerza
vital, un color y un olor, y ejercen una acción sobre
los cuerpos vivientes, a los que son capaces de devolver la
vida. Prueba es todo esto de la Resurrección futura.
¡Con qué placer hubiera hecho conocer todas
estas cosas al guarda forestal en cuya casa había yo
vivido, quien dudaba de la resurrección de los
cuerpos!
Habiendo recobrado la salud, como queda dicho,
comencé a ocuparme del niño. Escribí
como modelo la oración de Jesús y se la hice
copiar enseñándole cómo ir formando las
letras con arte. Tal ocupación me resultaba muy
cómoda, pues el niño servía durante el
día en casa del intendente, y sólo
venía a buscarme mientras aquél dormía,
es decir, por la mañana muy temprano. El niño
era inteligente, y pronto aprendió a escribir casi
correctamente.
El intendente, al verle escribir, le preguntó:
-¿Quién es el que te da lecciones de
escritura?
Respondió el niño que era el peregrino
manco que vivía en la casa de su padre en el viejo
baño. El intendente, curioso -era un polaco-, vino a
verme y me encontró cuando yo empezaba a leer la
Filocalía. Habló unos momentos conmigo
y me dijo:
-¿Qué es lo que lees ahí?
Yo le enseñé el libro.
-¡Ah, es la Filocalía! -dijo---. Yo vi
ese libro en casa de nuestro cura, cuando vivía en
Vilna. Pero he oído decir que contiene
fórmulas muy raras de oraciones, inventadas por
algunos monjes griegos a ejemplo de los fanáticos de
la India y de Bukhara, que hinchan sus pulmones y creen
tontamente, en cuanto empiezan a sentir cierta
sensación en el corazón, que esta
sensación natural es una oración dada por el
mismo Dios. Hay que orar con toda sencillez, para cumplir
los deberes para con Dios; al levantarse, hay que rezar el
Padre Nuestro como lo enseña Jesucristo, y ya basta
para todo el día. Pero si se repite siempre la misma
cosa, hay peligro de volverse loco y de enfermar del
corazón.
-No habléis así de este libro santo, pues
no son unos monjes griegos cualesquiera quienes lo
escribieron, sino unos antiguos y santos personajes que
vuestra Iglesia también venera, como Antonio el
Grande, Macario el Grande 45
Marcos el Asceta 46,
Juan Crisóstomo y otros. Los monjes de la India y de
Bukhara han imitado de ellos la técnica de la
oración, pero la han desfigurado y echado a perder,
según me lo ha contado mi starets. En la
Filocalía, todas las enseñanzas
están tomadas de la Palabra divina, de la Santa
Biblia, en la cual, Jesucristo, al propio tiempo que mandaba
rezar el Padre Nuestro, enseñaba que había que
orar sin cesar, al decir: Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
toda tu mente 47;
velad y orad 48
permaneced en mí y yo en vosotros
49.
Y los Santos Padres, citando el testimonio del Rey David en
los Salmos: Gustad y ved cuán bueno es el
Señor 50
lo interpretan diciendo que el cristiano debe esforzarse
mucho por conocer la dulzura de la oración, que en
todo momento debe buscar consuelo en ella y no contentarse
con decir una sola vez el Padre Nuestro. Escuchad y os
leeré lo que dicen los Padres de aquellos que no
ponen cuidado alguno en estudiar la bienhechora
oración del corazón. Declaran que los tales
cometen un triple pecado; porque: 1º., se ponen en
contradicción con las Sagradas Escrituras; 2°.,
no admiten que exista para el alma un estado superior y
perfecto. Contentándose con las virtudes exteriores,
permanecen ignorantes del hambre y sed de justicia y se
privan de la beatitud de Dios; y 3º., considerando sus
virtudes exteriores, a menudo caen en el contentamiento de
sí mismos y en la vanidad.
-Muy elevado es eso que has leído, dijo el
intendente; pero nosotros, los laicos, ¿cómo
podríamos ir por tan alto camino?
-Mirad, voy a leeros cómo muchos hombres de bien
han podido, en su estado de laicos, aprender la
oración incesante y nunca interrumpida. Abrí
la Filocalía en el tratado de Simeón el
Nuevo Teólogo sobre el joven Jorge
51,
y empecé a leer.
Gustó la lectura al intendente, y me dijo:
-Dame este libro, que lo iré leyendo en mis ratos
libres.
-Si queréis, os lo prestaré para un
día, pero no para más, pues yo lo leo sin
cesar y me es imposible pasar sin él.
-Pero por lo menos podrás copiarme ese pasaje;
hazlo y te daré algún dinero.
-No tengo necesidad de vuestro dinero; pero os lo
copiaré de muy buena gana, esperando que Dios os
dé celo por la oración.
Sin pérdida de tiempo, saqué una copia del
pasaje que le había leído. Se lo leyó
él a su mujer y ambos lo encontraron muy interesante
y hermoso. Desde aquel día, me enviaban a buscar de
vez en cuando. Iba yo a su casa con la
Filocalía y les hacía alguna lectura,
que ellos escuchaban tomando el té. Un día, me
hicieron quedar a comer. La mujer del intendente, una muy
amable señora de edad, estaba comiendo pescado asado
a la parrilla, cuando, de repente, se tragó una
espina. A pesar de todos nuestros esfuerzos, nos fue
imposible sacársela; la señora sufría
mucho de la garganta y al cabo de dos horas hubo de
acostarse. Enviaron a buscar al médico, que
vivía a treinta verstas de allí, y yo me
volví a casa entristecido.
Durante la noche, como yo durmiera con un sueño
ligero, oí de repente la voz de mi starets,
sin ver a nadie. La voz me dijo:
-Tu patrón te curó a ti, y tú
¿nada puedes hacer por la intendente? Dios nos
mandó compadecernos de los males del
prójimo.
-De buena gana le ayudaría, pero ¿cómo
he de hacerlo? Yo no conozco remedio alguno.
-Esto es lo que has de hacer: esa señora
sintió siempre gran repugnancia por el aceite de
ricino, cuyo solo olor le produce náuseas. Ve, pues,
y dale una buena cucharada de ese aceite; con esto la
señora vomitará, la espina saldrá fuera
y además el aceite le suavizará la herida de
la garganta y sanará.
-¿Y cómo podré yo hacerle tomar el
aceite, si tanto horror siente por él?
-Pídele al intendente que la tenga bien por la
cabeza, y échale por la fuerza el liquido en la
boca.
Me desperté y fui inmediatamente a casa del
intendente, a quien le conté todo al detalle.
Él me replicó:
-No sé para qué podrá servir tu
aceite. Mí esposa tiene ya fiebre y delira, y su
cuello está muy inflamado. Mas si quieres probar tu
remedio, puedes hacerlo; si el aceite no hace bien alguno,
tampoco hará ningún mal.
Echó el intendente aceite de ricino en un vasito,
y al fin pudimos conseguir hacérselo tragar.
Inmediatamente tuvo un fuerte vómito y echó la
espina 52
con un poco de sangre; se sintió mejor y se
durmió profundamente.
Al día siguiente, por la mañana,
volví para ver cómo iban las cosas, y la
encontré con su marido tomando el té; estaba
muy admirada de su curación y sobre todo de lo que me
había sido dicho en sueños acerca de su
repugnancia por el aceite de ricino, porque nunca
habían hablado de eso con nadie. En aquel momento
llegaba el médico; le contó el intendente
cómo había sido curada, y yo le referí
cómo me había curado las piernas el campesino.
El médico declaró que ninguno de los dos casos
tenía nada de sorprendente, pues una fuerza de la
naturaleza había intervenido en ambas ocasiones.
-Pero -añadió- los voy a anotar para no
olvidarme. -Sacó una pluma de su bolsillo, y
escribió algunas líneas en su cuaderno.
Muy pronto corrió el rumor de que yo era adivino,
curandero y brujo; de todas partes venían a verme
para consultarme, me traían regalos y comenzaron a
venerarme como a un santo. Pasada una semana, comencé
a reflexionar sobre el caso, y tuve miedo de caer en la
vanidad y en la disipación. A la noche siguiente,
abandoné la aldea en secreto.
LLEGADA A
IRKUTSK
Así me vi de nuevo caminando por el camino
solitario, y me sentía tan ligero como si de mis
hombros hubiera caído una pesada montaña. La
oración me consolaba cada vez más. A veces mi
corazón hervía en un infinito amor a
Jesucristo; y este hervor maravilloso corría en
oleadas bienhechoras por todo mi ser. La imagen de
Jesucristo estaba tan fuertemente grabada en mi
espíritu que, al pensar en los hechos del Evangelio,
me parecía como si los contemplase con mis propios
ojos. Esto me emocionaba y lloraba de alegría, y en
algún momento sentía en mi corazón una
felicidad tal que no acierto a describirla. A veces, me
quedaba durante tres días lejos de la gente y de las
casas, y como en éxtasis me sentía solo en la
tierra, yo miserable pecador delante del Dios misericordioso
y amigo de los hombres. Esta soledad era mi felicidad, y la
dulzura de la oración me resultaba en ella mucho
más sensible que viviendo con los hombres.
Llegué por fin a Irkutsk. Después de
haberme postrado ante las reliquias de San Inocente, me
preguntaba a dónde iría después. No
tenía ganas de estar en la ciudad por mucho tiempo,
pues era muy populosa. Y así iba caminando y pensando
en estas cosas. Encontré, de repente, a un
comerciante del país, que me detuvo y me dijo:
-Tú eres un peregrino. ¿Por qué no
vienes conmigo a mi casa?
Llegamos a su rica morada. Me preguntó
quién era, y yo le conté mi viaje y andanzas.
A esto me contestó:
-Tú deberías ir hasta la antigua
Jerusalén. Allí hay una santidad tal como no
se la encuentra en parte alguna.
-De muy buena gana iría allí -le
respondí-; pero la travesía cuesta muy cara y
yo no tengo dinero con qué pagarla.
-Si te parece bien, yo te indicaré un medio para
hacerlo -dijo el mercader-; el año pasado
envié allí a un amigo nuestro.
Yo caí a sus pies, y él me dijo:
-Mira, yo te daré una carta para uno de mis hijos,
que está en Odesa y hace el comercio con
Constantinopla; allí, en sus oficinas, te
pagarán el viaje hasta Jerusalén. No es tan
caro como te imaginas.
Estas palabras me llenaron de alegría; di las
gracias emocionado a este bienhechor y sobre todo se las di
a Dios, que tan paternal amor demostraba hacia mí,
pecador empedernido, que ni a Él ni a los
demás hacía bien alguno y comía
inútilmente el pan ajeno.
Permanecí tres días en casa de este
generoso comerciante. Me dio una carta para su hijo y yo me
dirigí a Odesa con la esperanza de llegar a la santa
ciudad de Jerusalén, pero ignorando si el
Señor me permitiría postrarme de hinojos
delante de su sepulcro vivificador.
NOTAS AL
CAPÍTULO II
1
Inocente (Kulchitski), primer obispo de Irkutsk (1682-1731).
Originario de la provincia de Chernigova en la
Pequeña Rusia, hizo sus estudios en el colegio de
Kiev; fue profesor en la Academia eslavo-greco-latina de
Moscú, hieromonje, después superior en la
Laura de San Alejandro Nevski en San Petersburgo. Enviado en
misión a China con el título de obispo, hubo
de pasar casi cinco años en Selenginsk, y en 1727 fue
nombrado obispo de Irkutsk. Su lucha contra los abusos, su
celo por la mejora de las costumbres, su paciencia, su
mansedumbre y su caridad le crearon gran reputación
de santidad. Sus reliquias fueron solemnemente expuestas a
la veneración de los fieles en 1805, y su fiesta
fijada el 26 de noviembre, con el título de
pontífice y taumaturgo. volver
2
Esta historia recuerda un episodio de la vida de San
Serafín de Sarov. En el otoño de 1801, estando
cortando leña en el bosque, el monje fue atacado por
unos ladrones que querían quitarle el dinero. Como
les dijera que no tenía nada, le golpearon en la
cabeza y le hirieron gravemente. El solitario no quiso
dejarse cuidar por los médicos, confiando en el
socorro del Señor que le había dado una
visión mientras yacía en tierra. Y
pidió que no se persiguiera a sus agresores,
según las palabras del Evangelio: No temáis a
aquellos que matan el cuerpo, que al alma no pueden matarla;
temed más bien a aquel que puede perder el cuerpo y
el alma en la gehena (Mt., X, 28). volver
3 I
Tim., II, 4. volver
4 I
Cor., X, 13. volver
5
Se trata de un libro publicado por la célebre
imprenta de la Laura de Kiev. volver
6
El alfabeto eslavo tiene treinta y siete letras.
Sus caracteres son bastante diferentes de los del alfabeto
ruso. volver
7
Vivió a fines del siglo XIII. Muchas de sus obras
están inéditas todavía. Hay en MIGNE
(P. G., t. 143, cols. 381-408) muchos de sus escritos
ascéticos, una polémica contra los
cismáticos y algunos himnos en traducción
latina. volver
8
Prov., XXV, 21. volver
9
Mt., V, 44. volver
10
Mt., V, 40. volver
11
I Pe., III 4. volver
12
Jn. IV 23. volver
13
Lc. XVII 21. volver
14
Rom., VIII, 26. volver
15
Jn., XV, 4. volver
16
Prov., XXIII, 26. volver
17
Rom., XIII, 14 y Gál., III, 27. volver
18
Cf. Ap., XXII, 17. volver
19
Cf. Rom., VIII, 15-16. volver
20
Se trata sin duda de un sermón de Efrén el
Sirio, en el cual se describe el Juicio en forma
particularmente dramática. volver
21
De Jerusalén. Sacerdote y exegeta, sin duda del siglo
V. Autor de comentarios alegóricos sobre el Antiguo y
el Nuevo Testamento según el método de
Orígenes y de los Alejandrinos. El texto al que hace
alusión el peregrino se debe a otro monje del mismo
nombre, Hesiquio de Batos (siglos VI-VII), discípulo
de Juan Clímaco. Se halla en la segunda centuria
dedicada a Teódulo, sentencia 7 (Cfr. MIGNE, P. G.,
t. 93, cols. 1480-1544). volver
22
Cfr. Gregorio DE NISA, Vie de Moïse, ed.
Daniélou, p. 174. «Porque en eso está
realmente la perfección; no en abandonar la vida
pecadora por miedo del castigo, al modo de los esclavos, no
en hacer el bien con la esperanza de la recompensa, sino en
temer una sola cosa: perder la amistad divina, y en no
estimar sino la única cosa estimable y amable: llegar
a ser amigo de Dios.» volver
23
I Cor., XII, 31. volver
24
I Tes., V, 19. volver
25
Cfr. Isaac el Sirio. «El corazón se vuelve como
un niño pequeño, y cuando se empieza a rezar,
corren las lágrimas.» (Citado por ARSENIEV en
Die Religion in Geschichte und Gegenwart, Tubinga,
1927-1931, art. Mystik.) volver
26
Lc., XVII, 21. volver
27
Hay aquí una analogía con la división
tripartita de la vida espiritual, tal como la define
Máximo el Confesor y antes que él Evagrio:
«El espíritu que triunfa en la acción
corre hacia la prudencia; si triunfa en la
contemplación, avanza hacia la ciencia. La primera
conduce al que lucha a la distinción de la virtud y
del vicio; la segunda conduce al que en ella participe a la
ciencia de los seres incorporales y corporales. En cuanto a
la gracia del conocimiento de Dios, la obtiene cuando,
habiendo atravesado todo lo demás con las alas de la
caridad y llegado a Dios, considera con el espíritu
la ciencia divina cuanto es posible al hombre.»
(MÁXIMO, Centurias sobre la caridad, II, 26. Citado
por VILLER, «Aux sources de la spiritualité de
saint Maxime», Revue d'Asc. et Mystique, t. XI,
abril-julio de 1930, p. 165). volver
28
Sal., CIV, 24. volver
29
El rosario, que los religiosos rusos tienen
constantemente alrededor de la mano, está formado por
un largo cordón de seda o de lana en el cual los
nudos hacen las veces de las cuentas de los rosarios
occidentales. volver
30
Rom., VIII, 19-20. volver
31
Dicho de otro modo un raskolnik, un
«viejo-creyente». Hacia mediados del siglo XVII
(1652-1658), las reformas emprendidas por el patriarca
Nikón dieron origen a un cisma dentro de la Iglesia
rusa. Las raskolniki, dirigidos por Avvakum, se separaron de
ésta antes que aceptar los cambios. Este cisma fue
agravado por los decretos «modernistas» de Pedro
el Grande, que instituyó en 1721 un sínodo en
lugar del Patriarca, arrebatando así a la Iglesia la
independencia que Nikón reclamaba. El cisma dio lugar
a la creación de múltiples sectas, entre las
que se distinguen dos ramas principales: la de los que
conservaron la jerarquía eclesiástica, los
popovtsy, y los que la rechazaron desde el principio, los
bezpopovtsy o «sin sacerdotes». Entre estos
últimos se desarrollaron tendencias a la
mística naturalista, o por el contrario al rigor
moral de tipo jansenista. Véase a este
propósito LEROY-BEAULIEU, L'Empire des Tsars et les
Russes, t. III, y sobre todo P. PASCAL, Avvakum et les
débuts du Raskol: La crise religieuse au XVII
siècle en Russie, Ligugé, 1938, y del mismb
autor: La vie de l'Archiprêtre Avvakum écrite
par lui-méme, París, 1938. volver
32
Fundador del monasterio de la Gran Laura del monte Athos.
Nacido en Trebizonda hacia el 920, tomó el
hábito en el monte Kyminas en Bitinia. Hizo
allí vida eremítica, huyendo después al
monte Athos para no ser nombrado higúmeno superior
(hacia el año 958). Oculto entre los solitarios con
el nombre de Doroteo, fue encontrado por su amigo
Nicéforo Focas, quien le hizo aceptar, contra su
voluntad, una suma de dinero para construir un convento y
una iglesia dedicada a la Virgen. Este fue el monasterio de
la Laura, el primero del monte Athos. En 963, proclamado
emperador Nicéforo Focas, Atanasio huyó a
Chipre para escapar de los honores que le reservaba su
amigo. Volvió, no obstante, y después de
varias disputas con los ermitaños, a los que
quería imponer la vida cenobítica,
murió en 1003, aplastado, con otros cinco monjes, por
la caída de una arcada en el momento de colocarle la
clave. Su fiesta se celebra el 5 de julio. volver
33
Mt., XVI, 26. volver
34
Su fiesta es celebrada por la Iglesia latina el 17 de julio,
y por la griega el 12 de febrero. Probablemente originaria
de Bitinia, vivió en el siglo VIII. Su padre,
Eugenio, que había entrado en el monasterio al
enviudar, no podía soportar vivir separado de su
hija. No atreviéndose a manifestarlo al padre abad,
hízole creer que se trataba de un hijo. Habiendo sido
autorizado a tener a su hijo consigo, vistió a Marina
de chico, le dio el nombre de Marino y la instaló en
el monasterio. Tenía 17 años cuando su padre
murió. Habiéndose quedado en el convento, dio
siempre pruebas de una gran piedad. Acosada de haber forzado
a una joven, se sometió a una dura penitencia.
Solamente después de su muerte pudo descubrirse su
identidad. (Cfr. Acta Sanctorum [Bol.], julio, tomo
IV, pp. 278-287.) volver
35
Literalmente: el «centenero» y el
«decenero». Elegido por la asamblea comunal, el
«centenero» era el agente activo de la
policía rural, bajo el control directo del comisario
de policía. Estas funciones, que remontan a la Edad
Media, no recibieron una definición precisa hasta
1837, año de la fundación de la policía
rural. Los «centeneros» tenían bajo sus
órdenes a los «deceneros», elegidos
igualmente por la asamblea comunal. volver
36
Akulka es un diminutivo de Akulina, forma popular de
Acylina, santa cuya fiesta cae el 7 de abril y el 13 de
junio en la Iglesia griega. volver
37
Se trata de las Instrucciones de San Antonio en 170
capítulos, que abren las Filocalías
griega y eslava. Pueden leerse en MIGNE, P. G., t. 40. Son
ciertamente apócrifas, lo mismo que los demás
escritos atribuidos al iniciador de la vida anacoreta
(excepto la carta al abad Teodoro, P. G., t. 40, cols.
1065-1066), y se reducen a un escrito esencialmente estoico
con ligeras interpolaciones por una mano cristiana. (Cfr.
HAusherr, Orientalia Christiana, t. XXX, 3 de junio de
1933.) Cfr. igualmente: Antoine le Grand, pare des moines.
Su vida, por San Atanasio. Traducida y presentada por el
padre Benoit Lavaud, Friburgo, 1943. volver
38
Vivió probablemente en los siglos VII y VIII. A veces
se lo menciona como obispo, a veces como monje, y
habría vivido en la isla de Cárpatos. Sus
obras conocidas comprenden:
1ª. Capitula Consolatoria C ad monachos Indiae
(Filocalia, Venecia, 1782, páginas 241-257;
MIGNE, P. G., t. 85, cols. 791-812).
2ª. Ad eosdem Capitula physiologico-ascetica CXVI
(MIGNE, ibid., cols. 812-826).
3ª. Capitula moralia, etc., reproducidos en MIGNE
bajo el nombre de Elías el Ecdico, P. G., t. 127,
cols. 1148-1176. Los manuscritos prueban que estos
«Capítulos» han de ser atribuidos a Juan de
Cárpatos. volver
39
I Jn., IV, 4. volver
40
I Cor., X, 13. volver
41
Llamado también Gregorio Palamas. Véase el
cuarto relato, nota 17. volver
42
Asceta de la escuela de Calixto y de Ignacio Xanthopoulos.
Se conoce de él un opúsculo: Sobre la
práctica hesicasta, reproducido por MIGNE (P. G., t.
147, cols. 817-825). volver
43
Prov. XVIII, 19. volver
44
Es una casita especialmente dispuesta para los baños
de vapor en uso en toda Rusia. Para evitar los peligros de
incendio se la coloca en un rincón del cercado, bien
alejada de los demás edificios. volver
45
También llamado Macario el Egipcio (300-390),
anacoreta durante sesenta años en el desierto.
Originario del Alto Egipto, fue sin duda discípulo de
San Antonio. De las obras publicadas con su nombre,
sólo la carta a los monjes jóvenes (MIGNE, P.
G., t. 34, cols. 405.410), conocida desde el siglo V, puede
serle atribuida con probabilidad. Las cincuenta
homilías que llenan el tomo 34 de la
Patrología griega de Migne han suscitado muchas
discusiones y generalmente son consideradas como
apócrifas. Cfr. STOEFFELS, Die mystiche Theologie
Makarius des Aegypters, Bonn, 1908. volver
46
Conocido también por Marcos el Ermitaño
(muerto hacia d año 430), es autor de escritos
ascéticos y parece haber vivido a principios del
siglo y. Discípulo de San Juan Crisóstomo, fue
abad de un monasterio en Ancyra de Galacia (Ankara) y
después ermitaño en el desierto de Judea.
Escritor de un ascetismo «sobrio y de buena ley»,
dejó nueve tratados ascéticos, el más
conocido de los cuales es el De Lege spirituali, y dos
tratados dogmáticos, uno de los cuales está
escrito contra los nestorianos. Sus obras están en
MIGNE, P. G., tomo 65, cols. 905-1140. Cfr. KUNZE, Marcus
Eremita, em neuer Zeuge für das altchristliche
Taufbekenntnis, Leipzig, 1895. volver
47
Mt., XXII, 37. volver
48
Mc., XIII, 33. volver
49
Jn., XV, 4. volver
50
Sal., XXXIV, 9. volver
51
Este tratado es una Catequesis de San
Simeón reproducida en MIGNE, P. G., t. 120, cola.
693-702. volver
52
Un episodio análogo se encuentra en la vida del
arcipreste Avvakum (Pierre PASCAL, op. cit., pp. 205-210).
El arcipreste se ahogaba con una espina de pescado, pero su
hija Agripina «tomó aliento, y con sus
pequeños codos me golpeó en la espalda;
saltó un poco de sangre de la garganta y pude
respirar». volver
Anterior
�ndice
Siguiente
|