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An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
PRIMERA
PARTE
CAPÍTULO
CUARTO
- En la unión con Dios está mí
bien. Pongo en el Señor toda mi
esperanza.
- (Sal. LXXIII, 28.)
El proverbio tiene razón, dije al volver a casa de
mi padre espiritual: «El hombre propone y Dios
dispone». Era mi propósito partir hoy mismo para
la santa ciudad de Jerusalén, pero no va a ser
así; un acontecimiento totalmente imprevisto me
retiene aquí dos o tres días más. No he
podido menos de venir a veros para anunciároslo y
pediros consejo sobre esto que voy a contaros.
Me había ya despedido de todos y, con la ayuda de
Dios, me había puesto en camino; iba ya a pasar la
barrera, cuando he aquí que, junto a la puerta de la
última casa, veo a un peregrino a quien no
veía desde hacía tres años. Nos
saludamos y me preguntó a dónde iba. Yo le
respondí:
-Voy, si Dios quiere, hasta la antigua
Jerusalén.
-Si es así -me contestó- tienes aquí
un excelente compañero de ruta.
-Muy agradecido -le contesté-. ¿Pero no sabes
que yo nunca llevo compañero y que suelo caminar
siempre solo?
-Ya lo sé, pero escúchame un momento; no
debes dudar en aceptar a este compañero por las
ventajas que te traerá. Os entenderéis muy
bien. El padre del propietario de esta casa donde trabajo
como mozo ha hecho voto de ir a Jerusalén. Se trata
de un mercader de aquí, un buen anciano que
además es completamente sordo. Por mucho que le
grites, no oye absolutamente nada; si se le quiere decir
alguna cosa, hay que escribirla en un papel. Siempre guarda
silencio y en nada te molestará durante el viaje. En
cambio tú le vas a ser indispensable a él. Su
hijo le da un caballo y un carricoche que venderá en
Odesa. El viejo quiere hacer el viaje a pie, pero
llevará en el carro su equipaje y algunos dones para
el sepulcro del Señor. Tú también
podrás poner en él tu alforja
Ahora,
piénsatelo bien. ¿Te parece que es posible dejar
marchar solo a un anciano completamente sordo? Por todas
partes, hemos andado buscando a alguien que le sirva de
guía, pero todos piden mucho dinero, y además
es peligroso dejarle partir con un desconocido, porque lleva
dinero y otros objetos preciosos. Por mi parte, yo
saldré garante de ti, y mis patrones quedarán
muy contentos; son muy buena gente y me tienen mucho
cariño. Hace ya dos años que estoy con
ellos.
Después que hablamos así delante de la
puerta, me hizo entrar y allí pude echar de ver que
se trataba de una familia honrada. Así pues,
acepté su proposición. Decidimos partir dos
días después de Navidad, con la ayuda de Dios,
después de haber asistido a la divina liturgia.
Son éstos, acontecimientos que se entrecruzan en
el camino de la vida. Pero siempre es Dios y su divina
Providencia los que obran por nuestras acciones y nuestras
intenciones, según está escrito: porque es
Dios quien obra en vosotros así el querer como el
hacer 1.
Me respondió mi padre espiritual:
-Muchísimo me alegro y muy de corazón,
hermano mío, de que el Señor me haya permitido
verte una vez más. Y como ahora estás libre,
voy a hacer que te quedes aquí unos días
más, para que me vayas contando todo con lo que te
has tropezado en el curso de tu vida errante. Porque me ha
causado gran placer el escuchar los relatos precedentes.
-Lo haré con mucho gusto -le respondí, y me
puse a hablar.
Han pasado cosas, unas buenas y favorables y otras, en
cambio, nada agradables; no es posible contarlo todo y mucho
es también lo que se me ha olvidado, porque sobre
todo he procurado guardar en la memoria el recuerdo de
aquellas cosas que llevaban a mi alma perezosa a la
oración; todo lo demás raramente lo he evocado
o, mejor dicho, lo he procurado ir olvidando, según
lo que nos enseña el apóstol San Pablo, que
dejó escrito: Dando al olvido lo que ya queda
atrás y lanzándome en persecución de lo
que tengo delante, corro hacia la meta
2.
Y mi bienaventurado starets me decía que los
obstáculos en la oración pueden venir de la
derecha o de la izquierda 3,
es decir, si el Enemigo no puede desviar al alma de la
oración con vanos pensamientos o imágenes
culpables, hace revivir en la memoria recuerdos edificantes
o hermosas ideas, para alejar de esa manera al
espíritu de la oración, que él no puede
soportar. Esto se llama la desviación a la derecha:
el alma, dejando la conversación con Dios, entra en
deliciosa conversación consigo misma o con las
criaturas. Me enseñó igualmente que en tiempo
de oración no había que admitir en el
espíritu ni aun el más hermoso o más
alto pensamiento; y si al final del día cae uno en la
cuenta de haber pasado más tiempo en la
meditación o conversaciones edificantes que en la
oración absoluta y pura, hay que considerar eso como
una imprudencia o como una egoísta avaricia
espiritual, especialmente entre los principiantes, para
quienes el tiempo empleado en la oración ha de
superar al empleado en todas las demás ocupaciones
piadosas.
Pero no es posible olvidarlo todo. Ciertos recuerdos se
imprimen tan profundamente en la memoria que siempre
están presentes sin necesidad de evocarlos, como por
ejemplo el de aquella santa familia con la que Dios me
permitió pasar algunos días.
UNA FAMILIA
ORTODOXA
En ocasión de encontrarme atravesando la provincia
de Tobolsk, pasaba un día por una pequeña
ciudad. Apenas me quedaba pan, así que entré
en una casa para pedirlo. El dueño de la casa me
dijo:
-Llegas muy a tiempo; mi mujer acaba de sacar el pan del
horno. Toma esta hogaza y ruega a Dios por nosotros.
Dándole las gracias, estaba metiendo el pan en mi
alforja, cuando la señora me vio y me dijo:
-¡Qué alforja tan miserable llevas! ¡Si
está toda deshecha! Voy a darte otra mejor.
Y me dio una muy buena. Le di las gracias de todo
corazón y partí. Al salir de la villa,
pedí un poco de sal en una tienda y el dueño
me dio un saco lleno. Esto me produjo gran alegría y
di gracias a Dios que hizo que yo me dirigiera a tan buenas
gentes.
-Ya tengo bastante para una semana, pensaba entre
mí. Ahora podré dormir tranquilo.
¡Alma mía, bendice al Señor!
4.
Había caminado cinco verstas desde que salí
de la villa, cuando llegué a la vista de un
pueblecito mediocre que tenía una pobre iglesia de
madera, pero bien pintada en su exterior y bonitamente
decorada. El camino pasaba rozándola y tuve deseos de
postrarme delante del templo del Señor. Subí
la escalinata e hice una oración. En una pradera que
bordeaba la iglesia, había dos niños
pequeños jugando, como de cinco o seis años.
Yo pensé para mí que, a pesar de estar tan
bien puestos, serían los hijos del sacerdote.
Terminada mi oración, me alejé. Más
aún no había caminado diez pasos, cuando
oí gritar detrás de mí:
-¡Buen mendigo, buen mendigo! ¡Espera!
Los que gritaban eran los niños, que venían
hacia mí: un niño y una niña; yo me
detuve y llegando ellos corriendo me tomaron de la mano.
-Vamos a buscar a mamá, que tiene mucho
cariño a los mendigos.
-Yo no soy un mendigo, sino un caminante.
-¿Y esa alforja, qué es?
-Aquí llevo pan para el camino.
-Bueno, no importa; ven con nosotros. Mamá te
dará dinero para el camino.
-¿Y dónde está mamá? -les
pregunté.
-Allá, detrás de la iglesia, más
allá de la arboleda.
Fui con ellos y me hicieron entrar en un maravilloso
jardín, en medio del cual había una casa
grande y hermosa; entramos en el vestíbulo.
¡Qué limpio estaba todo y qué bien
arreglado! En seguida vino la señora hacía
nosotros.
-¡Qué felicidad la mía! ¿De
dónde te envía Dios a nuestra casa?
¡Siéntate, siéntate, querido!
Me quitó ella misma la alforja de encima, la puso
sobre una mesa y me hizo sentar en una silla muy
cómoda y blanda.
-¿Quieres comer alguna cosa? ¿Quieres tomar
té? ¿No tienes necesidad de nada?
-Os doy las gracias con toda humildad, le
respondí; tengo comida en mi alforja, y el té,
aunque puedo tomarlo, como soy un campesino no tengo
costumbre de hacerlo; vuestra amabilidad y gentileza me son
mucho más preciosas que una buena comida.
Rogaré a Dios que os bendiga por tan
evangélica hospitalidad.
Y al decir estas palabras, yo sentía un gran deseo
de recogerme en mi interior. La oración hervía
en mi corazón y sentía necesidad de calma y de
silencio para dejar a esta llama subir libremente, y para
ocultar un poco las señales externas de la
oración, lágrimas, suspiros y movimientos del
rostro y de los labios.
Por eso, me levanté y dije a la señora:
-Os pido perdón señora, pero tengo que
irme. Que el Señor Jesucristo sea con vos y con
vuestras preciosas criaturas.
-¡De ninguna manera! Dios te guarde de marcharte; no
puedo dejarte partir. Mi marido tiene que volver esta tarde
de la ciudad, pues es juez del tribunal del distrito.
¡Se sentirá tan dichoso de verte entre nosotros!
A todos los peregrinos los toma por enviados de Dios.
Además, mañana es domingo; tú
rezarás con nosotros en el oficio, y lo que Dios
quiera ofrecernos lo comeremos todos juntos. En nuestra
casa, en las fiestas, recibimos siempre cuando menos treinta
pobres mendigos, hermanos de Jesucristo. Y tú no has
dicho todavía nada de ti, ni de dónde vienes,
ni a dónde vas. Cuéntame todas estas cosas;
¡me gusta tanto oír hablar a los que veneran al
Señor! ¡Niños! Id a llevar la alforja del
peregrino al cuarto de las imágenes, donde ha de
pasar la noche.
Al oír estas palabras quedé asombrado y me
dije: «¿Es esto un ser humano o una
aparición?»
Me quedé pues para esperar al dueño de la
casa. Les conté brevemente mi viaje y les dije que
iba para Irkutsk.
-¡Qué bien! -dijo la dama-. En ese caso
tú has de pasar por Tobolsk; mi madre vive
allí en un convento adonde se retiró hace
tiempo; te daremos una carta para ella y ella te dará
hospedaje. Muchas gentes van a ella a pedirle consejo;
además, podrás llevarle un libro de Juan
Clímaco 5
que hemos encargado a Moscú para ella.
¡Qué bien se combinan todas estas cosas!
Llegó la hora de comer y nos sentamos a la mesa.
Se presentaron además cuatro damas que se sentaron
con nosotros. Después del primer plato, se
levantó una de ellas, hizo inclinación a la
imagen y luego a nosotros y fue a traer el siguiente; para
el tercer plato, hizo otra lo mismo que la anterior. Viendo
esto, yo me dirigí a la señora:
-¿Puedo preguntar si estas damas son acaso de
vuestra familia?
-Sí, son mis hermanas, la cocinera, la mujer del
cochero, el ama de llaves y mi doncella; todas son casadas y
no hay en mi familia una sola sin casar.
Viendo y oyendo tales cosas, aún quedé
más asombrado y di gracias al Señor que me
había traído a casa de gentes tan piadosas. Y
sentía la oración subir con ímpetu en
mi corazón; de modo que, para encontrar soledad, me
levanté y dije a la señora:
-Vos debéis descansar después de la comida;
en cambio yo, que tan acostumbrado estoy a andar, iré
a pasear un poco por el jardín.
-No, yo no tengo costumbre de descansar, dijo la dama.
Iré contigo al jardín y tú me
contarás algo que me sirva de instrucción. Si
vas solo, los niños no te dejarán en paz; no
se apartarán de tu lado, pues tienen mucho
cariño a los mendigos, hermanos de Cristo, y a los
peregrinos.
No me quedaba otro remedio y fuimos juntos al
jardín. A fin de guardar mejor el silencio, hice una
inclinación a la señora y le dije:
-Decidme, buena madre, en nombre de Dios, ¿hace
mucho tiempo que lleváis una vida tan santa? Contadme
cómo habéis llegado a semejante grado de
bondad.
-Es cosa muy fácil de contestar, dijo ella. Mi
madre es biznieta de San Josafat 6,
cuyas reliquias son honradas en Bielgorod. Teníamos
allí una gran casa, una de cuyas alas la
habíamos arrendado a un gentilhombre de poca fortuna.
Vino éste a morir y su mujer murió
también después de haber dado a luz un hijo.
El recién nacido quedó completamente
huérfano. Mi madre lo recogió en su casa y al
año siguiente nacía yo. Fuimos creciendo
juntos, tuvimos los mismos preceptores y éramos como
hermano y hermana. Cuando murió mi padre, mi madre se
alejó de la ciudad y vino a establecerse con nosotros
en este lugar. Cuando estuvimos en edad, mi madre me
casó con su ahijado, nos naturalizó en este
villar y se decidió a entrar en un convento.
Después de habernos dado su bendición, nos
recomendó vivir como cristianos, orar a Dios de todo
corazón y guardar sobre todo el mandamiento
más importante, que es el del amor al prójimo,
ayudando a los pobres, hermanos de Jesucristo, educando a
nuestros hijos en el temor de Dios y tratando a nuestros
siervos como hermanos. Así vivimos desde hace diez
años en esta soledad, procurando cumplir los consejos
de mi madre. Tenemos un asilo para los mendigos, donde por
el momento hay más de diez, enfermos o achacosos; si
te parece, mañana podemos ir a verlos.
Cuando acabó de hablar, le pregunté:
-¿Y dónde está ese libro de Juan
Clímaco que queréis enviar a vuestra
madre?
-Entremos en casa y allí te lo
enseñaré.
Apenas habíamos empezado a leer, cuando
llegó el dueño de la casa. Nos abrazamos
cristianamente como hermanos, y me llevó a su cuarto
diciendo:
-Ven, hermano mío, a mi cuarto y bendícelo.
Seguramente que mi mujer te ha cansado bastante. En cuanto
encuentra a un peregrino o a un enfermo, se siente tan
dichosa que no se separa de él ni de día ni de
noche; es una antigua costumbre de su familia.
Entramos en su despacho. ¡Qué cantidad de
libros y de magníficos iconos! ¡Y qué
bella cruz de tamaño natural, delante de la cual
había un evangelio! Yo hice la señal de la
cruz y exclamé:
-Vos tenéis en casa, señor, el
paraíso de Dios. Ahí está el
Señor Jesucristo, su purísima Madre y sus
santos servidores; y aquí sus palabras y sus
vivientes e inmortales enseñanzas. No dudo que
tendréis sumo gozo en pasar buenos ratos en tan buena
compañía.
-Así es -me respondió-; me gusta mucho la
lectura.
-¿Qué clase de libros leéis -le
pregunté.
-Tengo muchos libros espirituales: aquí
está el Menologio 7,
las obras de San Juan Crisóstomo, de Basilio el
Grande, muchas obras filosóficas o teológicas
y no pocos sermones de predicadores de nuestro tiempo. Esta
biblioteca me costó cinco mil rublos.
-¿No tendréis acaso una obra sobre la
oración? -le pregunté.
-Tengo mucha afición por los libros que tratan de
la oración. Aquí hay un opúsculo muy
reciente, obra de un sacerdote de San Petersburgo.
El señor sacó un comentario sobre el Padre
Nuestro y comenzamos a leerlo. Muy pronto llegó la
señora con el té, y los niños
traían una gran bandeja de plata llena de cierta
clase de pasteles que yo no había visto ni comido
jamás. El señor tomó el libro de mis
manos, lo puso en las de su mujer y dijo:
-Ella nos va a leer, que lee muy bien; y mientras,
nosotros dos repondremos fuerzas.
La señora comenzó a leer. Al mismo tiempo
que escuchaba, sentía la oración subir a mi
corazón; y cuanto más leía, más
se desarrollaba la oración y me llenaba de
alegría. De repente, vi pasar una figura
rápidamente en el aire, como si fuera mi difunto
starets. No pude reprimir un movimiento, pero para
disimularlo les dije:
-Perdonadme, que me quería venir sueño.
En este momento, tuve la impresión de que el
espíritu de mi starets penetraba en el mío y
lo iluminaba; sentí en mí como una gran
claridad y abundantes ideas sobre la oración. Justo
cuando me persignaba, esforzándome por alejar tales
ideas, la dama acabó su lectura, y el señor me
preguntó si me había gustado. Y comenzamos a
hablar sobre el tema.
-Lo leído me ha gustado mucho, le respondí;
por supuesto que el Padre Nuestro es más grande y
más precioso que todas las oraciones escritas que
poseemos, por habérnosla enseñado el mismo
Jesucristo. El comentario que de él habéis
leído es bueno, pero todo él se refiere a la
vida activa del cristiano, mientras que yo he leído
en los Padres una explicación que es sobre todo
mística y orientada a la contemplación.
-¿En qué Padres has encontrado esto?
-Pues en Máximo el Confesor
8,
por ejemplo, y, en la Filocalía, en Pedro
Damasceno 9.
-¿Te acordarías de alguna cosa?
Repítenosla, si te acuerdas.
-Desde luego que sí. Comienza así la
oración: Padre nuestro que estás en los
cielos; en el libro que acabáis de leer, estas
palabras significan que hay que amar fraternalmente a
nuestro prójimo, por ser todos hijos de un mismo
Padre. Y esto es muy cierto, pero los Padres ponen a estas
palabras un comentario más espiritual, y dicen que
cuando se pronuncian estas palabras hay que levantar el
espíritu hacia el Padre celestial y recordar la
obligación de estar en todo momento en la presencia
de Dios. Las palabras: santificado sea tu nombre se
explican en este libro por el cuidado que hay que tener en
no invocar en vano el nombre del Señor; mas los
comentadores místicos ven en ellas la petición
de la oración interior del corazón, es decir
que para que el nombre de Dios sea santificado, es preciso
que se grave en el interior del corazón y que por la
oración perpetua santifique e ilumine todos los
sentimientos y todas las fuerzas del alma. Las palabras
venga a nos el tu reino son explicadas así por
los Padres: Que vengan a nuestros corazones la paz interior,
el descanso y la alegría espiritual. En el libro se
dice que las palabras: El pan nuestro de cada día
dánosle hoy, se refieren a las necesidades de
nuestra vida corporal, y a las cosas necesarias para correr
en auxilio de nuestro prójimo. Pero Máximo el
Confesor entiende por el pan cotidiano el pan celestial que
alimenta al alma, es decir la Palabra de Dios y la
unión del alma con Dios por la contemplación y
la oración continua en el interior del
corazón.
-La oración interior -dijo él-, es cosa
difícil y aun casi imposible para los que viven en el
mundo; aun para que hagamos sin pereza la oración
ordinaria tiene que ayudarnos el Señor con todo su
favor.
-No habléis así, repliqué. Si fuera
una empresa que sobrepuja a las fuerzas humanas, Dios no la
hubiera exigido a todos. En la flaqueza se perfecciona mi
poder 10,
y los Padres nos ofrecen medios que facilitan el camino a la
oración interior.
-Nunca he leído cosa alguna referente a esto, dijo
mi interlocutor.
-Si queréis, yo puedo leeros algunos extractos de
la Filocalía.
Tomé este libro, busqué un pasaje de Pedro
Damasceno en la tercera parte, y leí lo que sigue:
«Debemos ejercitarnos en invocar el nombre del
Señor, más que en la respiración, en
todo momento, en todo lugar y en toda situación.
Orad sin cesar, dice el Apóstol; y con estas
palabras enseña que nos hemos de acordar de Dios en
todo tiempo, en todo lugar y en toda ocupación. Si
haces alguna cosa, has de pensar en el Creador de todo lo
que existe; si ves la luz, acuérdate de quien te la
dio; si te acontece contemplar el cielo, la tierra, el mar y
las cosas que en ellos están contenidas, admira y
glorifica a Aquel que las creó; si te pones un
vestido, piensa en Aquel a quien se lo debes y dale gracias
por él, a Él que provee a tu existencia. En
una palabra, que todo movimiento te sea motivo para celebrar
al Señor, y así orarás sin cesar y tu
alma estará siempre en la alegría.»
-Ved qué sencillo, fácil y accesible es
este método para cualquiera que tenga el menor
sentimiento humano.
Este texto les gustó mucho. El señor me
abrazó con entusiasmo, me dio las gracias,
miró mi Filocalía y dijo:
-Tengo que comprar este libro; lo encargaré a San
Petersburgo; pero a fin de acordarme mejor de él, voy
a copiar inmediatamente este pasaje que has leído;
díctamelo.
Y lo transcribió inmediatamente con una escritura
rápida y bonita. Luego exclamó:
-¡Dios mío! Precisamente tengo aquí un
icono de San Damasceno 11.
Abrió el cuadro y fijó debajo del icono el
papel que acababa de escribir, y dijo:
-La palabra viva de un siervo de Dios puesta debajo de su
imagen me moverá a menudo a poner en práctica
este saludable consejo.
Fuimos después a cenar. Todos estaban de nuevo en
la mesa junto con nosotros, hombres y mujeres.
¡Qué silencioso recogimiento y qué
tranquilidad durante la cena! Terminada ésta, hicimos
la oración todos juntos, incluso los niños, y
me hicieron leer el himno acatista al Dulcísimo
Jesús.
Los siervos se fueron a descansar y nosotros tres
continuamos en el comedor. Entonces la señora me
trajo una camisa blanca y unas medias, pero yo,
inclinándome profundamente, le dije:
-Buena madre, no puedo aceptar las medias, que no me he
puesto jamás; nosotros llevamos siempre las bandas
12.
Al poco rato volvió con una vieja blusa amarilla
que fue cortando en bandas. Y su esposo, diciéndome
que mis zapatos no valían ya nada, me trajo unos
nuevos del todo que él calzaba por encima de sus
botas.
-Vete al cuarto de al lado, me dijo; no hay nadie en
él y podrás cambiarte de ropa.
Me fui a cambiar y luego volví donde ellos. Me
hicieron sentar en una silla y se pusieron a calzarme; el
marido me enrollaba las bandas y la señora se puso a
calzarme los zapatos. Al principio me resistí cuanto
pude, pero ellos me hicieron sentar diciendo:
-Siéntate y calla, que también Cristo
lavó los pies de sus discípulos.
No pude resistir más y me eché a llorar;
ellos lloraban igualmente.
Entonces la señora se fue con sus niños a
dormir, y yo me fui con el señor al jardín a
conversar un poco. Allí pasamos largo rato.
Estábamos sentados en tierra, y de repente, se me
acercó y me dijo:
-Respóndeme en conciencia y dime toda la verdad;
¿quién eres tú? Tú debes ser de
noble familia y quieres pasar por un infeliz. Sabes leer y
escribir a la perfección y piensas y hablas
correctamente; de seguro, tú no has recibido la
educación de un campesino.
-Os he hablado con el corazón en la mano a vos y a
vuestra señora; os he contado mis orígenes en
toda verdad y nunca he pensado en mentiros ni
engañaros. ¿Y para qué? Lo que yo
sé decir no viene de mí, sino de mi sabio y
difunto starets o de los Padres en los que he
leído. La oración interior que como ninguna
otra cosa ilumina mi ignorancia, no la he adquirido de
mí mismo; ella nació en mi corazón por
la divina misericordia y merced a las enseñanzas del
starets. Cualquiera puede llegar a lo que yo he
llegado; basta con sumergirse más silenciosamente en
su corazón e invocar un poco más el nombre de
Jesucristo, y luego empieza a descubrirse la luz interior,
todo aparece claro y en esta claridad se hacen patentes
ciertos misterios del Reino de Dios. Y es ya un gran
misterio el que el hombre descubra esta capacidad de entrar
en sí, que se conozca en verdad y que llore
dulcemente sus caídas y su voluntad pervertida. No es
muy difícil pensar rectamente y hablar con las
gentes; antes es una cosa posible, porque el espíritu
y el corazón existían antes que la ciencia y
la sabiduría humanas. Siempre está en nuestras
manos cultivar el espíritu por la ciencia y la
experiencia; pero donde no hay inteligencia, nada
conseguirá nuestra educación. Lo que sucede es
que estamos lejos de nosotros mismos y que no sentimos el
menor deseo de acercarnos; andamos siempre huyéndonos
de miedo de encontrarnos frente a nosotros mismos;
preferimos las bagatelas a la verdad y pensamos: mucho me
gustaría llevar vida espiritual y ocuparme de la
oración, pero no tengo tiempo para eso; los negocios
y las ocupaciones me impiden entregarme a estas cosas con
seriedad. Pero, ¿qué es más importante y
más necesario, la vida eterna del alma santificada, o
la vida pasajera del cuerpo por la que pasamos tantas
fatigas? Esta es la explicación de por qué las
gentes llegan o a la sabiduría o a la animalidad.
-Perdóname, querido hermano; yo no te he
preguntado por simple curiosidad, sino por benevolencia y
por sentimiento cristiano; y además porque hace ya
más de dos años que encontré un caso
totalmente curioso e interesante: Un día llegó
a nuestra casa un viejo mendigo muy débil y
decaído; llevaba el pasaporte de un soldado libre y
estaba tan pobre que iba casi desnudo; hablaba poco y
tenía las maneras de un campesino. Le dimos entrada
en el asilo; pasados cinco días, cayó enfermo.
Le llevamos al pabellón y mi mujer y yo nos ocupamos
enteramente de él. Cuando vimos claro que iba a
morir, nuestro sacerdote lo confesó y le dio la
comunión y los últimos sacramentos. La
víspera de su muerte, se levantó, me
pidió papel y pluma, e insistió en que la
puerta estuviera cerrada y en que nadie entrase mientras
escribiera su testamento, el cual yo debía hacer
llegar a su hijo, en San Petersburgo. Quedé
estupefacto cuando vi que escribía a la
perfección, y que sus frases eran perfectamente
correctas y elegantes y que rebosaban ternura. Mañana
te quiero enseñar el testamento, del que guardo una
copia. Todo esto me causó gran admiración, y
llevado de la curiosidad, le rogué que me contase su
origen y su vida. Me hizo jurar que nada diría a
nadie antes de su muerte, y para gloria de Dios me hizo el
siguiente relato:
«-Yo era un príncipe y poseía grandes
riquezas; llevaba la vida más disipada, brillante y
lujosa que se pueda imaginar. Mi mujer había muerto y
yo vivía con mi hijo que era capitán de la
guardia. Una noche, mientras me preparaba para ir a un gran
baile, me irrité contra mi criado; en mi impaciencia
le golpeé en la cabeza y mandé que fuera
enviado a su aldea. Esto era por la noche, y a la
mañana siguiente el criado moría de una
inflamación en la cabeza. No se dio mayor importancia
al asunto y, aunque lamenté mi violencia,
olvidé completamente lo sucedido. Pasadas seis
semanas, el criado comenzó a aparecérseme en
sueños; noche tras noche venía a importunarme
y a hacerme reproches repitiendo sin cesar: "¡Hombre
sin conciencia, tú fuiste mi asesino! " Más
tarde, comencé a verle estando despierto. Las
apariciones comenzaron a ser cada vez más frecuentes,
hasta que acabé por tenerlo presente casi de
continuo. Al fin, al mismo tiempo que a mi criado,
comencé a ver a otros muertos: hombres a quienes
había ofendido gravemente y mujeres a las que
había seducido. Todos me hacían reproches
hasta no dejarme descansar; tanto que ya no me era posible
ni dormir, ni comer, ni hacer cosa alguna. Mis fuerzas
estaban consumidas y ya no tenía sino huesos y
pellejo. Los esfuerzos de los mejores médicos nada
podían conseguir. Partí para el extranjero en
busca de remedio; pero, pasados seis meses de cura, no
sólo no había progresado nada mi
mejoría, sino que las terribles apariciones iban cada
vez más en aumento. Me volvieron a casa más
muerto que vivo; mi alma conoció así, antes de
estar separada del cuerpo, los tormentos del infierno; desde
entonces creí en el infierno y ya he experimentado lo
que es.
»Mientras padecía estas torturas,
comprendí al fin mi infamia; me arrepentí, me
confesé, envié a sus casas a mis servidores e
hice voto de pasar el resto de mi vida en medio de los
trabajos más duros y de ocultarme bajo los harapos de
un mendigo para ser así el más humilde siervo
de las gentes de la más baja condición. Apenas
había tomado esta decisión, cuando cesaron las
apariciones. Mi reconciliación con Dios me daba una
alegría tal y tan grande sentimiento de confianza,
que no me lo puedo explicar todavía. De este modo
comprendí también por experiencia lo que es el
paraíso y cómo el Reino de Dios se difunde por
nuestros corazones. Al poco tiempo, ya estaba completamente
sano y puse mi proyecto en ejecución; provisto del
pasaporte de un soldado que terminaba su servicio,
abandoné en secreto el lugar de mi nacimiento. Hace
ya quince años que ando recorriendo Siberia. Unas
veces me he colocado en casa de algún campesino para
trabajar según mis fuerzas, y otras he andado
mendigando en nombre de Cristo. ¡Cuánta
felicidad he encontrado en medio de estas privaciones! Esto
sólo lo puede comprender aquel a quien la divina
misericordia ha librado de un infierno de dolor para
transportarlo al paraíso de Dios.»
-Luego me entregó su testamento a fin de que yo lo
remitiera a su hijo, y al día siguiente moría.
Aquí tengo una copia en la Biblia que está en
mi saco. Si quieres leerla, te la enseñaré.
Vela aquí.
Abrí el papel y leí:
«En el nombre de Dios, glorificado en la Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
»Hijo mío muy querido:
»Hace ya quince años que no has visto a tu
padre, pero en su retiro él recibía a veces
noticias tuyas y sentía por ti un amor paternal. Este
amor es el que le mueve a enviarte estas postreras palabras,
a fin de que te sirvan de lección en tu
existencia.
»Tú sabes cuánto he sufrido para
rescatar mi vida culpable y ligera; pero no sabes la
felicidad que me han traído, durante mi vida oscura y
errante, los frutos del arrepentimiento.
»Muero en paz en casa de mi bienhechor que lo es
también tuyo, porque los beneficios que recibe un
padre se extienden igualmente al hijo afectuoso.
Exprésale mi agradecimiento de todas las maneras que
te sea posible.
»Al mismo tiempo que te dejo mi paternal
bendición, te exhorto a acordarte de Dios y a
obedecer a tu conciencia; sé bueno, prudente y
razonable; trata con benevolencia a tus subordinados, no
desprecies a los mendigos ni a los peregrinos,
acordándote de que sólo la desnudez y la vida
errante han permitido a tu padre encontrar la tranquilidad
de su alma.
»Pidiendo a Dios que te conceda su gracia, cierro
tranquilamente los ojos en la esperanza de la vida eterna
por la misericordia del Redentor de los hombres,
Jesucristo.»
Así conversábamos con este buen hombre que
me hospedaba en su casa. En un momento dado yo le dije:
-Yo creo, señor, que vuestro asilo os trae
bastantes dolores de cabeza. Hay tantos hermanos nuestros
que no se hacen peregrinos sino por dejadez o por pereza, y
que andan por esos caminos como libertinos, según yo
mismo he podido ver más de una vez.
-No, esos tipos son más bien raros, me
respondió. Aquí apenas hemos acogido sino a
verdaderos peregrinos. Y cuando se presenta alguno que no
parece tan serio, nos portamos con él con mayor
simpatía y lo tenemos un tiempo en el asilo. Puestos
en contacto con nuestros pobres, hermanos de Cristo, a
menudo se corrigen y parten con un corazón manso y
humilde. No hace mucho que tuvimos un caso de estos. Un
comerciante de nuestra ciudad había caído
tanto que todos lo echaban a palos y nadie le quería
dar ni siquiera un pedazo de pan. El tal comerciante era
borracho, violento, camorrista, y además robaba
cuanto podía. Un día llegó hasta
nuestra casa empujado por el hambre; pidió pan y
aguardiente, pues le gustaba mucho beber. Le recibimos muy
amablemente, y le dijimos:
«Quédate aquí y tendrás cuanto
aguardiente te apetezca, pero con una condición:
después de haber bebido, irás a acostarte y si
armas el menor escándalo, no sólo te echaremos
para siempre, sino que pediré al preboste que te
encierre por vagabundo.» Aceptó y se
quedó entre nosotros. Durante más de una
semana, bebió cuanto le vino en gana; pero cada vez
cumplió su promesa, y acaso por miedo de verse
privado del alcohol, iba a buscar su cama o a acostarse
silenciosamente en el fondo del jardín. Cuando
volvía en sí, nuestros hermanos del asilo le
hablaban y le exhortaban a beber siquiera un poco menos.
Así comenzó a hacerlo y a los tres meses se
había vuelto completamente sobrio. Ahora trabaja en
alguna parte y no come el pan ajeno. Anteayer estuvo a
visitarme.
¡Cuánta sabiduría en esta disciplina
conducida por la caridad!, pensé yo y
exclamé:
-¡Bendito sea Dios que con su misericordia
está presente en vuestra casa!
Acabada esta conversación, comenzó a
invadirnos un poco el sueño; pero oyendo tocar la
campana que llamaba al oficio de la mañana, nos
fuimos a la iglesia donde ya estaba la señora con sus
niños. Oímos el oficio y después la
divina liturgia. Yo estaba en el coro con el señor y
su hijo, mientras que la señora y su hijita estaban
donde se abre el iconostasio a fin de poder ver la
elevación de los Santos Dones. ¡Oh,
Señor, y cómo oraban todos y cuántas
lágrimas de gozo derramaban! Sus rostros estaban tan
iluminados, que mirándolos me puse a llorar.
Terminados los oficios, los señores, el sacerdote,
los sirvientes y los mendigos se sentaron todos juntos a la
mesa. Había como unos cuarenta mendigos, enfermos y
niños. ¡Qué silencio y que paz alrededor
de la mesa! Yo, entrando en confianza, dije en voz baja al
señor:
-En los monasterios es costumbre leer las vidas de los
santos durante la comida; aquí podríais hacer
lo mismo ya que tenéis el Menologio completo.
El señor volvióse a su esposa, y le dijo:
-Verdaderamente, María, estará bien
introducir esta novedad que será un bien para todos.
Yo haré la lectura en la primera comida, luego
tú, después nuestro sacerdote y nuestros
hermanos, cada uno según su turno y según sus
conocimientos.
El sacerdote dejó de comer y dijo:
-Escuchar, eso se hace con gran placer, pero leer, para
eso yo no tengo un momento libre. Apenas he puesto los pies
en mi casa, ya no sé qué hacer ni por
dónde empezar: que si los niños, que si los
animales entran en campo ajeno; todo el día se pasa
en cosas por el estilo sin que a uno le quede un minuto para
instruirse. Todo lo que aprendí en el seminario, hace
ya tiempo que lo tengo olvidado.
Al oír tales cosas yo me estremecí, pero la
señora me tomó del brazo y me dijo:
-Él habla así por humildad. Siempre rebaja
los propios méritos, pero es un hombre excelente y
piadoso; quedó viudo desde hace veinte años,
educa a sus hijos y además celebra los oficios muy a
menudo.
Estas palabras me recordaron una sentencia de Nicetas
Stethatos 13
en la Filocalía: «La naturaleza de los
objetos se aprecia según la disposición
interior del alma», es decir que cada uno se forma una
idea de los demás según lo que es él
mismo. Y más adelante añade: «El que ha
llegado a la oración y al verdadero amor no distingue
ya entre los objetos, ni distingue al justo del pecador,
sino que ama por igual a todos los hombres y no los condena;
lo mismo que Dios que hace salir el sol sobre malos y
buenos y caer la lluvia sobre justos e injustos»
14.
De nuevo guardamos silencio; enfrente de mí estaba
sentado un mendigo del asilo, completamente ciego. El
señor le daba de comer, le partía el pescado,
le llevaba la cuchara a la boca y le servía de beber.
Yo le miraba con mucha atención y notaba que, en su
boca siempre entreabierta, su lengua se movía
continuamente; yo me pregunté si acaso
recitaría la oración y seguí
mirándole con más atención. Al final de
la comida, una anciana se puso mal, se ahogaba y daba
grandes gemidos. El señor y su esposa la llevaron a
su cuarto a acostarla y la echaron en el lecho; la
señora se quedó a cuidarla, el sacerdote, por
lo que pudiera suceder, se fue en busca de los Santos Dones,
y el señor mandó preparar un coche para ir a
buscar un doctor a la ciudad. Cada uno se fue por su
lado.
Yo sentía en mí como un hambre de
oración; notaba como una violenta necesidad de
dejarla salir, pues hacía ya dos días que
carecía de tranquilidad y silencio. Sentía en
mi corazón como un río pronto a desbordarse y
a extenderse por todos los miembros; pero, como lo
retenía dentro, tuve un violento dolor en el
corazón -pero un dolor bienhechor, que
únicamente me inclinaba a la oración y al
silencio-. Entonces comprendí por qué los
verdaderos adeptos de la oración continua
huían del mundo y se escondían lejos de todos;
comprendí igualmente por qué el bienaventurado
Hesiquio dice que la conversación más elevada
no pasa de ser una charla si se prolonga demasiado, y me
acordé asimismo de las palabras de San Efrén
el Sirio 15:
«Un buen discurso es plata, pero el silencio es oro
puro.» Pensando en todas estas cosas, llegué al
asilo: todos dormían después de la comida. Yo
subí al desván, me calmé,
descansé y oré un poco. Cuando los pobres se
despertaron, fui en busca del ciego y lo llevé al
jardín; nos sentamos en un rincón solitario y
comenzamos a hablar.
-Dime, en el nombre de Dios y por el bien de tu alma,
¿tú rezas la oración de Jesús?
-Hace mucho tiempo que la repito sin cesar.
-¿Qué efectos produce en ti?
-Sólo sé que ni de día ni de noche
puedo prescindir de ella.
-¿Cómo te reveló Dios esta actividad?
Cuéntamelo con todo detalle, querido hermano.
-Así lo haré. Yo soy un artesano de este
lugar, que ganaba mi pan trabajando de sastre.
Recorría también las otras provincias, iba por
los pueblos y cosía los trajes de los campesinos. En
una aldea, me aconteció que hube de quedarme
bastantes días en casa de uno de sus habitantes para
vestir a toda su familia. Un día de fiesta en que
nada había que hacer, vi tres libros en la repisa
sobre los iconos. Y les pregunté:
»-¿Hay alguien entre vosotros que lea?
»Y me respondieron:
»-No hay nadie; esos libros eran de un tío;
él era instruido.
»Tomé uno de los libros, lo abrí al
azar y leí las siguientes palabras, que
todavía recuerdo: "La oración continua
consiste en invocar sin cesar el nombre del Señor;
sentado o de pie, en la mesa o en el trabajo, en toda
ocasión, en todo lugar, en todo tiempo se ha de
invocar el nombre del Señor."
»Reflexioné en lo que había
leído y vi que eso me convenía mucho; de modo
que, mientras me hallaba cosiendo, me ponía a repetir
por lo bajo la oración y con esto me sentía
muy feliz. Las gentes que vivían conmigo en la izba
se dieron cuenta de lo que hacía y se burlaban de
mí:
»-¿Eres un brujo para que estés
murmurando sin cesar? ¿O es que estás ensayando
algunos pases de magia?
»Para que no me vieran, dejé de mover los
labios y me puse a decir la oración moviendo
sólo la lengua. Al fin, me he acostumbrado tanto a
ello que mi lengua la recita día y noche y esto me
hace mucho bien.
»Continué muchos años en mi trabajo,
hasta que de repente quedé ciego. En nuestra casa, en
la familia, casi todos tenemos cataratas. Como soy pobre, el
municipio me encontró una plaza en el asilo de
Tobolsk. Allí pienso ir, pero los dueños de
esta casa me han retenido aquí porque quieren
prepararme un carricoche que me lleve hasta
allí.»
-¿Cómo se llama el libro que leíste?
¿No era la Filocalía?
-La verdad es que no lo sé. Nunca se me
ocurrió mirar el título.
Fui en busca de mi Filocalía. Busqué
en la cuarta parte las palabras del patriarca Calixto que me
había repetido de memoria el anciano, y
comencé a leer.
-Es lo mismo que yo leí, exclamó el ciego.
Lee, lee, hermano mío, porque estas cosas son
preciosas.
Cuando llegué al pasaje que dice que hay que orar
con el corazón, me preguntó qué
significaba aquello y cómo se practicaba. Yo le dije
que toda la enseñanza de la oración del
corazón estaba expuesta en detalle en este libro que
se llama la Filocalía, y él me
pidió con insistencia que le leyera todo lo que a
ella se refería.
-Así lo haremos -le dije-. ¿Cuándo
piensas partir para Tobolsk?
-Si quieres, partimos inmediatamente -me
respondió.
-Muy bien, entonces. Yo quisiera marcharme mañana;
podemos partir juntos y durante el camino yo te iré
leyendo todo lo que se refiere a la oración del
corazón y te enseñaré cómo
descubrir tu corazón y el modo de penetrar en
él.
-¿Y el carricoche? -me dijo.
-No te acuerdes del carricoche. De aquí a Tobolsk
sólo hay ciento cincuenta verstas, que haremos
caminando, sin apresurarnos. Y mientras vayamos caminando
podremos muy bien ir leyendo y conversando sobre la
oración.
De esta manera nos pusimos de acuerdo. A la noche, vino
el señor a llamarnos para la cena, y después
de ésta le declaramos nuestro propósito de
marcharnos y que no teníamos necesidad del carruaje,
porque preferíamos ir leyendo la
Filocalía. A lo que nos respondió:
-La Filocalía me ha gustado mucho; ya he
escrito la carta y preparado el dinero, y mañana, al
ir a los tribunales pienso enviarlo todo a San Petersburgo
para que me envíen el libro con el primer correo.
Y según lo convenido, al día siguiente por
la mañana nos pusimos en marcha, después de
haber dado rendidas gracias a nuestros bienhechores por su
gran caridad y mansedumbre. Los dos nos acompañaron
una versta, y nos dijimos adiós.
EL CAMPESINO
CIEGO
Caminábamos despacito con el ciego; sólo
hacíamos de diez a quince verstas por día, y
el resto del tiempo lo pasábamos sentados en lugares
solitarios y leíamos la Filocalía. Le
leí todo lo que tiene relación con la
oración del corazón, siguiendo el orden
indicado por mi starets, es decir comenzando por los
libros de Nicéforo el Monje, de Gregorio el
Sinaíta, etc. ¡Qué atención y
qué fervor ponía en escuchar estas cosas!
¡Cómo le emocionaban y le llenaban de felicidad!
En seguida comenzó a hacerme tales preguntas sobre la
oración que mi espíritu no encontraba ciencia
suficiente para resolvérselas.
Después de haber escuchado mi lectura, el ciego me
pidió que le enseñase un medio práctico
de encontrar el corazón por medio del
espíritu, de introducir en él el divino nombre
de Jesucristo, y de orar así interiormente con el
corazón. Yo le dije:
-Indudablemente, tú no ves; pero por la
inteligencia puedes representarte las cosas que antes has
visto: un hombre, un objeto o uno de tus miembros, tu brazo
o tu pierna. ¿Puedes imaginarlo con la misma claridad
que si lo vieras, y te es posible, aunque ciego, dirigir a
él tu mirada?
-Sí puedo -respondió.
-Entonces, represéntate así tu
corazón, vuelve tus ojos como si lo miraras a
través de tu pecho y escucha con tus oídos
cómo trabaja, latiendo rítmicamente. Cuando te
hayas acostumbrado a esto, esfuérzate por ajustar a
cada latido de tu corazón sin perderlo de vista, las
palabras de la oración. Es decir, al primer latido di
o piensa Señor; al segundo,
Jesú
; al tercero, cristo; al
cuarto, tened piedad; al quinto, de mí;
y repite con frecuencia este ejercicio. Esto te será
fácil porque ya estás preparado para la
oración del corazón. Después, cuando ya
estés habituado a esta actividad, comienza a
introducir en tu corazón la oración de
Jesús y a hacerla salir al mismo tiempo que la
respiración; es decir, al inspirar el aire di o
piensa: Señor Jesucristo, y al espirarlo:
Tened piedad de mí. Si lo haces así a
menudo y durante mucho tiempo, pronto notarás un
ligero dolor en el corazón, y luego se
producirá en él un calor vivificante. Con la
ayuda de Dios, llegarás así a la acción
constante de la oración en el interior del
corazón. Pero sobre todo guárdate de cualquier
representación o imagen que brote en tu
espíritu mientras estés orando. Rechaza todas
las imaginaciones, ya que los Padres nos ordenan, para no
caer en ilusiones, que guardemos el espíritu libre y
vacío de toda forma durante la oración.
El ciego, que me había escuchado con
atención, se ejercitó con gran celo en lo que
yo le había enseñado, y por la noche, en la
posada, pasó en ello largo rato. Al cabo de cinco
días, sintió en el corazón un calor muy
fuerte y una indecible felicidad; además,
tenía grandes deseos de entregarse sin cesar a la
oración, que le revelaba el amor que sentía
hacia Jesucristo. A veces veía una luz, sin que
apareciera ningún objeto; cuando entraba en su
corazón, le parecía ver brotar en él la
brillante llama de un cirio que, saliendo afuera, le
iluminaba enteramente; y esta llama le permitía ver
hasta objetos lejanos, como sucedió una vez.
En una ocasión, atravesábamos un bosque, y
él estaba silencioso y abstraído en la
oración. En esto, me dijo:
-¡Qué desgracia! La iglesia está
ardiendo y la torre acaba de caer.
-No quiero evocar esas vacuas imágenes -le dije
yo- porque eso es una tentación. Los sueños
hay que rechazarlos cuanto antes. ¿Cómo es
posible ver lo que acontece en la ciudad? Todavía
estamos a doce verstas de ella.
Obedeció, y volviendo a la oración se
calló. Hacia el atardecer llegamos a la ciudad, y yo
pude echar de ver efectivamente muchas casas incendiadas y
un campanario, que descansaba sobre dos columnas de madera,
caído. Por los alrededores, la gente discutía
y se admiraba de que al caer no hubiera aplastado a ninguna
persona. Por lo que pude entender, la desgracia había
ocurrido en el momento preciso en que el ciego me
habló en el bosque. Entonces le oí que
decía:
-Según decías tú, mi visión
no era nada, y sin embargo todo ha sucedido según
ella. ¿Cómo no dar gracias y amar a nuestro
Señor Jesucristo, que revela su gracia a los
pecadores, a los ciegos y a los insensatos? Gracias
también a ti que me has enseñado la actividad
del corazón.
Yo le respondí:
-Amar a Jesucristo está muy bien, y darle gracias,
también; pero tomar cualquier visión como una
revelación directa de la gracia, eso no debes
hacerlo, pues es cosa que a menudo se produce naturalmente
según el orden de las cosas. El alma humana no
está enteramente sujeta a la materia. Por eso puede
ver en la oscuridad, tanto los objetos lejanos como los que
están cerca. Pero nosotros no cultivamos esta
facultad del alma, sino que la abrumamos con el peso de
nuestro pesado cuerpo y con la confusión de nuestros
pensamientos distraídos y ligeros. Cuando nos
concentramos en nosotros mismos y nos abstraemos de todo lo
que nos rodea, y aguzamos nuestro espíritu, entonces
el alma vuelve completamente sobre sí misma, opera
con toda su energía y todo esto no es más que
una acción natural. Mi difunto starets me
decía que no solamente los hombres de oración,
sino ciertos enfermos o algunas personas especialmente
dotadas, al encontrarse en un cuarto oscuro, ven la luz que
se desprende de los objetos, notan la presencia de sus
dobles y penetran los pensamientos de los demás. Mas
los efectos directos de la gracia de Dios, durante la
oración del corazón, son tan deliciosos que no
hay lengua humana capaz de describirlos; a ninguna cosa
material son comparables; el mundo sensible es cosa muy baja
comparado con las sensaciones que la gracia despierta en el
corazón.
El ciego escuchó con gran atención estas
palabras y todavía se hizo más humilde; la
oración se iba desarrollando sin cesar en su
corazón y le producía un gozo inefable. Mi
alma se sentía feliz por ese motivo y yo daba gracias
al Señor, que me había hecho conocer tan
grande piedad en uno de sus servidores.
Finalmente, llegamos a Tobolsk; allí, le conduje
al asilo, y después de haberle dicho adiós con
gran afecto, volví a mi camino solitario.
Un mes entero caminé poco a poco, e iba sintiendo
cuán útiles nos son y cuánto bien nos
hacen los ejemplos vivos. Leía a menudo la
Filocalía, y por lo que en ella leía,
me iba confirmando en lo que le había dicho al ciego.
Sus ejemplos inflamaban mi celo y mi amor al Señor.
La oración del corazón me hacía tan
dichoso que no pensaba que fuera posible serlo más en
la tierra, y me preguntaba cómo podrían ser
mayores que éstas las delicias del Reino celestial.
Esta felicidad no iluminaba solamente el interior de mi
alma; también el mundo exterior se me representaba
bajo un aspecto encantador, y todo me invitaba a amar y
alabar a Dios: los hombres, los árboles, las plantas,
los animales, todo me resultaba familiar, y en todas partes
encontraba la imagen del nombre de Jesucristo. A veces me
sentía tan ligero, que tenía la
impresión de no tener ya cuerpo y de flotar
suavemente en el aire; a veces entraba totalmente dentro de
mí mismo. Allí veía claramente mi
interior y admiraba el maravilloso edificio del cuerpo
humano; otras veces sentía un gozo tan grande como si
hubiera llegado a ser rey; y en medio de todas estas
consolaciones, deseaba que Dios me permitiera morir cuanto
antes y que me fuera dado dejar desbordar mi agradecimiento
a sus pies, en el mundo de los espíritus.
Indudablemente, yo me complacía demasiado en estas
sensaciones, o acaso Dios decidió que así
fuera; mas, pasado algún tiempo, sentí en mi
corazón una especie de temor que me dio que pensar.
¿No será esto, dije para mí, una nueva
desdicha o una tribulación como la que hube de sufrir
por aquella joven a la que enseñé la
oración de Jesús en la capilla? Los
pensamientos me agobiaban como unas nubes negras, y me
acordé de las palabras del bienaventurado Juan de
Cárpatos, que dice que muchas veces el maestro queda
deshonrado y sufre tentación y tribulación por
aquellos a quienes ayudó espiritualmente.
Después de haber luchado contra estos pensamientos,
me entregué a la oración, que los hizo
desaparecer completamente. Entonces me sentí
más fortalecido y me dije: ¡Que se haga siempre
la voluntad de Dios! Estoy dispuesto a soportar todo lo que
Nuestro Señor Jesucristo quiera enviarme a fin de
expiar mi endurecimiento y mi soberbia. Por lo demás,
todos aquellos a quienes he revelado recientemente el
misterio de la oración interior fueron preparados a
ella por la misteriosa acción de Dios, antes de que
yo los encontrara en mi camino. Este pensamiento me
calmó del todo, y así pude continuar caminando
en la oración y en la alegría, más
dichoso que antes. Durante dos días llovió sin
cesar, y el camino estaba tan lleno de barro que era un
pantano continuo; caminaba en este tiempo por la estepa, y
en quince verstas no encontré un solo lugar habitado.
Hasta que al fin, al atardecer, pude ver a lo lejos una
posada en el camino, cosa que me llenó de
alegría, pensando que al menos allí
podría descansar y pasar la noche. Y al día
siguiente, Dios dirá; acaso mejore el tiempo.
LA CASA DE
POSTAS
Cuando me fui aproximando a la casa, vi a un viejo con un
capote de soldado; estaba sentado en un declive del terreno
delante de la venta y parecía borracho. Le
saludé y le dije:
-¿A quién puedo pedir permiso para pasar la
noche aquí?
-¿Quién te podrá dejar entrar sino yo?
-gritó el viejo-; yo soy aquí el dueño.
Soy maestro de postas y aquí se hacen los
relevos.
-Muy bien; permitidme entonces, abuelo, pasar la noche en
vuestra casa.
-¿Tienes pasaporte? ¡A ver tus papeles!
Le mostré el pasaporte, y teniéndolo en sus
manos comenzó a gritar:
-Bueno, ¿dónde está ese pasaporte?
-Lo tenéis en vuestras manos -le
respondí.
-Está bien, vamos adentro.
El maestro de postas se puso las gafas, examinó el
pasaporte y dijo:
-Parece que todo está en regla; puedes quedarte
aquí. Como ves, soy un buen hombre; espera, voy a
servirte una copa.
-Nunca bebo -le respondí.
-Bueno, no importa. Pero, por lo menos, cena con
nosotros.
Se sentó a la mesa con la cocinera, una mujer
joven que también estaba bastante bebida, y yo me
senté junto a ellos. Durante toda la cena no dejaron
de disputar y de hacerse reproches mutuamente, hasta que al
fin estalló una verdadera batalla. El dueño se
fue a dormir al cuarto de las provisiones, y la cocinera se
quedó a lavar los platos, mientras decía mil
pestes contra el hombre.
Yo seguía sentado, y viendo que no llevaba trazas
de callarse, le dije:
-¿Dónde podré yo dormir, buena mujer?
Estoy muy cansado del camino.
-Voy en seguida a prepararte la cama.
Y colocó un banco cerca del que estaba debajo de
la ventana del frente, extendió sobre él una
manta de fieltro y puso una almohada. Yo me dejé caer
sobre aquel lecho y cerré los ojos, haciendo ver que
ya dormía. La cocinera siguió todavía
mucho tiempo llena de enojo, yendo de acá para
allá en el cuarto; al fin, acabó sus tareas,
apagó la luz y vino cerca de mí. De repente,
toda la ventana que estaba en el ángulo de la fachada
salió de su quicio en medio de un estruendo
espantoso, y los marcos, los cristales y los montantes
volaron hechos añicos; al mismo tiempo, se oyeron
afuera gemidos, gritos y un ruido como de pelea. La mujer,
aterrorizada, saltó hasta el centro de la
habitación y cayó por tierra. Yo salté
del banco, creyendo que la tierra se abría a mis
pies. En esto vi a dos cocheros que llevaban a la
izba a un hombre todo cubierto de sangre, y cuyo
rostro no era posible distinguir. Esto aumentó mi
angustia. Se trataba de un correo del Estado que
tenía que cambiar allí sus caballos. El
cochero había tomado mal la curva para entrar y con
el pértigo se había llevado la ventana, y,
como delante de la izba había un hoyo, el
carro había volcado y el correo se había
herido la cabeza contra una estaca puntiaguda que
sostenía la tierra. El correo pidió agua y
alcohol para lavar su herida. La humedeció con
aguardiente, bebió él luego un vaso y
gritó:
-¡Los caballos!
Yo me acerqué a él y le dije:
-¿Cómo queréis seguir viaje con
semejante herida?
-Un correo no tiene tiempo de estar enfermo
-respondió, y se fue.
Los mozos llevaron a la mujer hasta un rincón
cerca de la estufa, y la cubrieron con una manta
diciendo:
-Por el miedo se ha desmayado.
El jefe de postas se sirvió un buen vaso y se fue
a dormir. Yo quedé solo.
Al poco rato, se levantó la mujer y se puso a
andar de un lado para otro, como una sonámbula;
finalmente, salió de la casa. Yo dije una
oración y, sintiéndome débil,
caí dormido antes de amanecer.
Por la mañana, dije adiós al jefe de postas
y, mientras caminaba, elevé mis preces con fe,
esperanza y agradecimiento al Padre de toda misericordia y
de toda consolación, que había alejado de
mí una inminente desgracia.
Seis años después de estos acontecimientos,
al pasar cerca de un convento de monjas, entré en la
iglesia para rezar. La abadesa me recibió amablemente
en su casa después del oficio y me hizo servir
té. En ese momento le anunciaron que habían
llegado huéspedes de paso; acudió a saludarles
y yo quedé con las monjas que vivían con ella.
Viendo una de ellas que me servía el té con
mucha humildad, sentí curiosidad y le
pregunté:
-¿Cuánto tiempo hace, hermana, que
estáis en el convento?
-Cinco años -me respondió-; cuando me
trajeron a este lugar, yo no tenía la cabeza bien,
pero Dios tuvo compasión de mí. La madre
abadesa me tomó consigo en su celda y me hizo
pronunciar los votos.
-¿Y cómo habíais perdido el
juicio?
-De un susto. Trabajaba en una casa de postas. Una noche,
mientras dormía, los caballos hicieron saltar una
ventana y de terror enloquecí. Durante todo un
año mis padres me llevaron por los lugares de
peregrinación, pero hasta llegar aquí no
recobré la salud.
Al oír estas palabras, me alegré en el alma
y glorifiqué a Dios, cuya sabiduría hace que
todo se torne en provecho nuestro.
UN CURA DE
PUEBLO
-Todavía me acaecieron otras aventuras -dije,
dirigiéndome a mi padre espiritual-. Si quisiera
contároslo todo, con tres días no
tendría bastante. Pero si os parece bien, voy a
contaros una más.
Un luminoso día de verano, vi a cierta distancia
del camino un cementerio, o más bien una comunidad
parroquial, es decir, una iglesia con la casa de los
servidores del culto y un cementerio. Las campanas tocaban
llamando al oficio, y yo me apresuré a ir a la
iglesia. Las gentes de los alrededores llevaban el mismo
camino; pero muchos se sentaban en la hierba antes de llegar
a la iglesia, y, viendo que yo me daba prisa, me
decían:
-No vayas tan de prisa, que llegas con tiempo; en esta
iglesia los oficios se hacen muy despacio: el cura
está enfermo y además es muy calmoso.
Y en efecto, la liturgia no iba muy de prisa. El
sacerdote, joven, pero pálido y flaco, celebraba muy
despacio, con piedad y sentimiento; al final de la misa,
pronunció un excelente sermón sobre la manera
de llegar al amor de Dios.
El sacerdote me invitó a comer con él.
Durante la comida le dije:
-Celebráis los oficios con gran piedad, Padre
mío, pero también con mucha lentitud.
-Ciertamente -me respondió-; y esto no gusta mucho
a mis parroquianos y por ello murmuran. Pero pierden el
tiempo, porque a mí me gusta meditar y ponderar cada
palabra antes de pronunciarla; si se les priva de este
sentimiento interior, las palabras no tienen ningún
valor ni para uno mismo ni para los demás. Todo
está en la vida interior y en la oración
atenta. ¡Ah, y qué poco interesa a nadie la
actividad interior! -añadió-. No hay voluntad
ni preocupación alguna por la iluminación
espiritual interior.
Yo volví a preguntar:
-¿Pero cómo llegar a ella? ¡Es una cosa
tan difícil!
-No es difícil en modo alguno. Para recibir la
iluminación espiritual y llegar a ser un hombre
interior, hay que tomar un texto cualquiera de la Escritura
y concentrar en él toda la atención tanto
tiempo como se pueda. Por este camino se llega a descubrir
la luz de la inteligencia. Para orar, hay que proceder de la
misma manera:
Si quieres que tu oración sea pura y recta y que
produzca buenos efectos, hay que elegir una oración
corta, compuesta de algunas palabras breves, pero
enérgicas, y repetirla durante mucho tiempo y con
mucha frecuencia; por ahí se llega a tomar gusto a la
oración.
Esta enseñanza del sacerdote me agradó
mucho por ser práctica y fácil y al mismo
tiempo profunda y sabia. Di gracias a Dios en
espíritu por haberme hecho conocer a un verdadero
pastor de su Iglesia.
Terminada la comida, el sacerdote me dijo:
-Vete a descansar un poco; yo voy a leer la Palabra de
Dios y a preparar mi sermón de mañana.
Yo me fui a la cocina. No había en ella sino una
cocinera muy vieja toda encorvada, sentada en un
rincón y que tosía. Yo me senté junto a
una ventana, saqué la Filocalía del
zurrón y me puse a leer en voz baja. Al poco tiempo
reparé en que la vieja sentada en el rincón
recitaba sin cesar la oración de Jesús. Me dio
gran alegría oír invocar el Santo Nombre del
Señor y le dije:
-¡Qué bueno es, buena mujer, que estés
rezando así la oración! Es la mejor y la
más cristiana de las obras.
-Así es -me respondió. En el declinar de mi
vida, este es mi consuelo. Que el Señor me
perdone.
-¿Hace ya mucho tiempo que rezas así?
-Desde mi juventud; y sin esto no podría vivir,
porque la oración de Jesús me ha salvado de la
desgracia y de la muerte.
-¿Cómo sucedió eso? Cuéntamelo,
por favor, para gloria de Dios y en honor de la poderosa
oración de Jesús.
Puse la Fiocalía en mi zurrón, me
senté junto a la vieja y ésta comenzó
su relato:
-Cuando yo era joven y bonita, mis padres me desposaron;
la víspera del matrimonio, iba mi novio a entrar en
nuestra casa, cuando cayó muerto de repente a pocos
pasos de la puerta. A su vista, fue tal el terror que
sentí, que en ese mismo instante hice
propósito de permanecer virgen y de ir a los Santos
Lugares a rezar a Dios. Sin embargo, yo tenía miedo
de ir sola por esos caminos, pues las gentes malvadas
podían atacarme a causa de mi juventud. Una anciana
que hacía tiempo que llevaba vida errante me
enseñó que había de rezar sin cesar la
oración de Jesús y me aseguró con
palabras muy persuasivas que esta oración me
preservaría de cualquier peligro en el camino. Yo di
crédito a lo que aquella mujer me decía y
jamás me sucedió cosa alguna desagradable, aun
en las regiones más lejanas. Mis padres me enviaban
el dinero necesario para el viaje. Al hacerme vieja, me he
puesto también enferma, y felizmente para mí
el sacerdote de esta iglesia me da de comer y me hospeda por
pura bondad.
Escuché con gran alegría aquel relato y no
sabía cómo dar gracias a Dios por aquel
día, que tan edificantes ejemplos me había
revelado. Un poco más tarde, pedí a ese bueno
y santo sacerdote que me diera su bendición, y me
puse de nuevo en camino, lleno de gozo.
CAMINO DE
KAZÁN
Y fijaos bien; no hace todavía mucho tiempo,
cuando atravesaba la provincia de Kazán para venir
aquí, una vez más me ha sido dado conocer los
efectos de la oración de Jesús. Aun para los
que la practican inconscientemente, es ella el medio
más seguro y más rápido para conseguir
los bienes espirituales.
Una tarde, hube de quedarme en una aldea tártara.
Al entrar por las calles del pueblo, vi delante de una casa
un coche y un cochero ruso; los caballos estaban sueltos y
pacían cerca del carruaje. Con gran alegría,
me decidí a pedir poder pernoctar en aquella casa, en
la que esperaba encontrar por lo menos almas cristianas. Me
acerqué y pregunté al cochero a quién
llevaba en su coche. Me respondió que su amo iba de
Kazán a Crimea. Mientras estaba hablando con el
cochero, el señor entreabrió la cortinilla de
cuero de la ventanilla, me miró y dijo:
-Yo pienso pasar la noche aquí, pero no entro en
casa de los tártaros porque son muy sucios; prefiero
dormir en el coche.
Un poco después, salió el señor a
pasearse un poco, pues era una tarde muy hermosa, y entramos
en conversación. Hablamos de diferentes cuestiones y
me contó más o menos lo que sigue:
«-Hasta los sesenta y cinco años he estado
sirviendo en la flota como capitán de navío.
Al irme haciendo viejo, enfermé de gota y me
retiré a Crimea, a unas tierras de mi mujer; casi
siempre estaba enfermo. Mi mujer era muy aficionada a las
recepciones, y más aún a jugar a las cartas.
Acabó por cansarse de vivir constantemente con un
enfermo y se marchó a Kazán a casa de nuestra
hija, que es esposa de un funcionario; se lo llevó
todo consigo, hasta los servidores domésticos,
dejándome por servidor a un niño de ocho
años, ahijado mío.
»Así continué, privado de toda
compañía, durante tres años. El
muchachito era muy despierto: arreglaba el cuarto,
encendía el fuego, me cocía el puchero y
calentaba mi tetera. Pero al mismo tiempo era muy impulsivo,
un verdadero pilluelo. Corría, gritaba, jugaba, daba
golpes por todas partes y me molestaba mucho; por mi
enfermedad y por pasar el tiempo, yo leía mucho
autores espirituales. Tenía un libro excelente de
Gregorio Palamas 16
sobre la oración de Jesús. Lo leía casi
de continuo y hacía un poco la oración. El
ruido que armaba el chico me resultaba muy desagradable, y
ninguna medida ni castigo alguno conseguían de
él ninguna enmienda. Acabé por inventar un
medio: le obligué a sentarse en el cuarto en un
banquito pequeño y a repetir allí la
oración de Jesús. Al principio esta medida le
resultaba tan violenta que, para no cumplirla, callaba.
»Mas para obligarle a ejecutar mi orden,
llevé unas varas a casa. Cuando él rezaba la
oración, yo leía tranquilamente, o escuchaba
lo que él decía; pero en cuanto se callaba, yo
le mostraba las varas, y temblando de miedo comenzaba de
nuevo el rezo. Esto me hacía mucho bien porque por
fin en mi casa comenzaba a haber calma y silencio. Pasado
algún tiempo, pude ver que ya no era necesaria la
amenaza de las varas: ejecutaba mi orden con gusto y mucha
alegría; más tarde, su carácter
cambió completamente; empezó a ser suave y
tranquilo y cumplía mucho mejor con los trabajos
domésticos. Yo me alegré mucho y empecé
a darle mayor libertad. ¿Cuáles fueron los
resultados? Pues que se habituó tan bien a la
oración que la repetía sin cesar y sin que yo
tuviera que obligarle a ello en modo alguno. Cuando le
hablaba de ello, me respondía que sentía unos
deseos irrefrenables de recitar la oración.
»-¿Qué sientes cuando rezas?
»-Nada especial; pero me siento bien cuando rezo la
oración.
»-¿Pero cómo, bien?
»-No sé cómo explicarlo.
»-¿Te sientes alegre?
»-Sí, me siento alegre.
»Tenía doce años el muchacho cuando
estalló la guerra de Crimea. Yo partí para
Kazán y lo llevé conmigo a casa de mi hija.
Allí, lo instalamos en la cocina con los otros
domésticos, y se sentía muy desdichado porque
éstos pasaban el tiempo entreteniéndose y
jugando y también burlándose de él, sin
dejarle ocuparse en la oración. Pasados tres meses
vino a buscarme y me dijo:
»-Me voy a casa; no puedo aguantar esta vida de
tanto barullo.
»Yo le respondí:
»-¿Cómo quieres irte tan lejos, solo y
en pleno invierno? Espera hasta que yo me vuelva, y te
llevaré conmigo.
»A1 día siguiente, el muchacho había
desaparecido. Enviamos a buscarle por todas partes, pero
todo fue inútil. Al fin, un buen día
recibí una carta de Crimea; los encargados de la casa
que tengo allí me anunciaban que, el 4 de abril, al
día siguiente de la Pascua 17,
habían encontrado al chico muerto en la casa
solitaria. Lo encontraron tendido en el suelo, en mi cuarto,
las manos cruzadas sobre el pecho, su sombrero debajo de la
cabeza y con el pobre vestido que siempre llevaba encima y
con el que había huido. Lo enterraron en mi
jardín.
»Al recibir esta noticia, yo quedé admirado
de la rapidez con la que había llegado hasta
allí. Había partido el 26 de febrero y el 4 de
abril lo encontraron muerto. Tres mil verstas en un mes,
apenas las puede hacer un caballo, pues son cien verstas al
día. Además, con muy poca ropa, sin pasaporte
y sin una moneda. Aun en el supuesto de que encontrara un
carruaje que lo hubiera llevado, esto no habría
podido acontecer sin intervención divina. Por donde
se echa de ver que mi pequeño criado encontró
el fruto de la oración, mientras que yo, al final de
mi vida, todavía no he podido llegar tan alto como
él.»
Dije yo entonces al señor:
-Ese excelente libro de Gregorio Palamas que vos
habéis leído, yo lo conozco; pero en él
se habla más bien de la oración oral.
Deberíais leer este otro libro que se llama la
Filocalía. En él encontraréis la
completa enseñanza de la oración de
Jesús en el espíritu y en el
corazón.
Y al decir esto, le enseñé la
Filocalía. Escuchó mi consejo con
alegría y respondió que iba a adquirir el
libro.
¡Dios de bondad!, me dije yo. ¡Qué
maravillosos efectos del poder divino se descubren por esta
oración! ¡Qué edificante y profundo es
este relato; las varas enseñaron la oración a
ese muchacho y le dieron la felicidad! Las desgracias y
tristezas con que nos encontramos, ¿qué otra
cosa son sino las varas de Dios? ¿Por qué temer,
pues, cuando la mano de nuestro Padre celestial nos amenaza
con ellas? Él está siempre lleno de infinito
amor para con nosotros, y estas varas nos enseñan a
orar con mayor fervor y nos conducen a la dicha
inefable.
Aquí di fin a mis relatos y dije a mi Padre
espiritual:
-Perdonadme en nombre de Dios; he hablado mucho y los
Padres enseñan que una conversación, aun
espiritual, es sólo vanidad si se prolonga demasiado.
Ya es tiempo de ir a buscar de nuevo al que me va a
acompañar a Jerusalén. Rogad por mí,
pobre pecador, a fin de que el Señor en su
misericordia haga que todo me suceda bien en mi
peregrinación.
-Así te lo deseo con todo mi corazón, amado
hermano en el Señor -me respondió-. Que la
sobreabundante gracia de Dios ilumine tus pasos y te
acompañe en tu camino, como el ángel Rafael
acompañó a Tobías.
NOTAS AL
CAPÍTULO IV
1
Flp., II, 13. volver
2
Flp., III, 13. volver
3
Cfr. EVAGRIO PÓNTICO (Pseudo-Nilo),
Tratado de la oración (trad. francesa de
Hausherr, Rev. Asc. Myst., t. XV, enero-abril, 1935),
or. 72. «Una vez que la inteligencia ha llegado a la
pura y verdadera oración, los demonios no vienen ya a
ella por la izquierda sino por la derecha. Le representan
una visión ilusoria de Dios, alguna figura agradable
a los sentidos, haciéndole creer que ya ha conseguido
totalmente el fin de la oración
»
Que el P. Hausherr comenta así: «Leamos las
Centurias de Evagrio, supl. 27: "Los pensamientos
diabólicos ciegan el ojo izquierdo, que es el que
sirve para la contemplación de los seres." No
necesita mucha imaginación el comentador sirio Babai
para comprender que el ojo derecho sirve para la
contemplación de Dios. Ahora bien, esta es la etapa
en la que nos encontramos, ya que el entendimiento ya "ora
en verdad". Es, pues, fácil comprender que los
demonios vengan de la derecha y no por los pensamientos,
sino por pasos físicos» (Op. cit., p.
121). volver
4
Sal., 103 y 104-1. Esta invocación, puesta
al principio de numerosos salmos, es cantada en las
liturgias de San Juan Crisóstomo y de San Basilio
durante la primera parte de la misa, en forma de
antífona. volver
5
Llamado también Juan del Sinaí
(525-616). Gran doctor místico, pasó toda su
vida en soledad, al pie de la montaña santa, fuera de
algunos años que dirigió el monasterio de
Santa Catalina del Sinaí. Su obra más
célebre es la Escala del Paraíso.
Escrita en un estilo enérgico en el que abundan las
sentencias, este tratado de perfección está
dentro de la tendencia mística y contemplativa de
Evagrio y, por éste, de Gregorio de Nisa y de
Orígenes (Texto en MIGNE, P. G.,. t. 88, cols.
596-1209). En la Escala del Paraíso se
encuentra una de las primeras alusiones a la
«Oración de Jesús»: «Que la
oración de Jesús sea una cosa con tu
respiración, y verás el fruto del silencio y
de la soledad» (P. G., t. 88, col. 1112 c). volver
6
Llamado en el siglo Joaquín Gorlenko.
Nació en 1705 y murió en 1754. Monje desde los
dieciocho años de edad, dejó diversos
escritos, entre los que se encuentra El combate de los
siete pecados contra las siete virtudes, editado en Kiev
en 1892. Parece poco probable que San Josafat hubiera dejado
descendencia. Se trata sin duda de otro Josafat (Mitkevich),
obispo de Bielgorod y Kursk desde el 1758, muerto el 30 de
junio de 1763, que fue durante mucho tiempo sacerdote y
profesor en un seminario, y era casado. volver
7
El Menologio es una colección que
contiene las vidas de los santos siguiendo las fechas de sus
fiestas. El menologio ruso, obra de San Demetrio de Rostov,
fue publicado en Kiev de 1684 a 1705. Apareció en
Moscú en la imprenta sinodal en 1759 bajo la
dirección de Josafat Mitkevich y fue reeditado muchas
veces. volver
8
Fue el mayor teólogo griego del siglo VII
(hacia 580-662). Al principio, fue secretario privado del
emperador Heraclio, y después, monje y abad del
monasterio de Crisópolis, cerca de Constantinopla.
Luchó contra la herejía monotelita y hubo de
pasar desterrado a Africa del norte y a Roma. Detenido en
653, le hicieron volver a Bizancio donde fue martirizado por
su fe. Acabó la vida en el destierro en un
rincón de un monasterio.
Comentador del Pseudo-Dionisio, purificó la
doctrina del gran místico de Oriente de toda huella
de neoplatonismo. Fue conocido en Occidente a través
de Juan Escoto Eríngena.
Su obra esencial, las Cuatro Centurias sobre la
Caridad, ha sido publicada en francés en la
colección «Sources chrétiennes»
(Lyón-París). Un comentario alegórico
sobre la misa, la Mystagogia, ha aparecido en
versión francesa en la revista Irénikon
(edic. de los Benedictinos de Amay-Chevetogne,
Bélgica) en 1938-39.
En alemán: Hans URS VON BALTHASAR, «Die
gnostichen Centurien des Maximus Confessor», Freib.
Theol. Studien, fasc. 61, Friburgo de Brisgovia, 1941.
volver
9
Llamado también Pedro Mansur. Vivió
hacia el 1158. Autor de numerosas obras ascéticas que
han quedado inéditas, tiene dos escritos sobre la
Santa Cena. Cfr. STEITZ, Jahrbücher für
Deutsche Theologie, 13 (1868), páginas 23-31.
volver
10
II Cor., XII, 9. volver
11
Probablemente, San Juan Damasceno. Vivió
hacia los años 700-750. Monje en el monasterio de San
Sabas en Jerusalén, desempeñó un papel
muy importante como defensor de las imágenes en el
primer período iconoclasta. Sus obras esenciales son
los Tres discursos contra los iconoclastas (726-737)
y la Fuente del Conocimiento (II0(Z (<FgTH),
vasta síntesis de las doctrinas filosóficas y
teológicas, a la vez que reunión de las
principales herejías. Este libro fue el «Manual
dogmático de la Edad Media griega». Traducido al
latín ya en el siglo XIII, fue conocido por Santo
Tomás de Aquino y por Pedro Lombardo. (Texto en
MIGNE, P. G., t. 94-95.) volver
12
Es bastante común entre los campesinos
rusos llevar arrolladas a las piernas unas bandas de lienzo,
algo parecidas a las que usaban los militares. volver
13
Nicetas PECTORATUS para los latinos. Fue monje
del monasterio de Studion a mediados del siglo XI. Fue un
fervoroso discípulo de Simeón el Nuevo
Teólogo. Se conocen de él algunas obras de
polémica contra los latinos y los armenios, pero lo
esencial de su obra es de orden ascético y
místico. En sus tres Centurias, repite la
doctrina de Simeón y de San Máximo sobre los
tres grados de la vida espiritual. Su Vida de
Simeón el Nuevo Teólogo ha sido publicada
con una traducción francesa por el P. HAUSHERR
(Orientalia Christiana, vol. XII, julio-septiembre,
1928). volver
14
Mt., V, 45. volver
15
Doctor de la Iglesia y el más antiguo de
los escritores sirios después de Bardasanes y
Afraates. Nacido en Nísibe de padres paganos, fue
bautizado por el obispo Jacobo; compuso muchas
poesías y comentarios a la Biblia. Se retiró a
Edesa donde murió el 9 de junio del año 373.
Su influencia fue muy grande, como lo atestiguan las
numerosas traducciones de sus escritos, en griego, en
árabe y en armenio. Gregorio de Nisa conoció
sus obras y escribió su panegírico.
Fue sobre todo un comentador de la Biblia, y pocas veces
se aventuró en especulaciones metafísicas o
teológicas. Uno de los temas favoritos de sus
sermones es el Juicio final. «Una de sus predicaciones
hacía de este terrible anuncio una
representación muy viva por el diálogo que se
entablaba entre él y su auditorio; la inquietud de
las preguntas, la terrible exactitud de las respuestas. Este
discurso o más bien este drama, célebre en
toda la cristiandad oriental, era en el siglo XXII citado
con admiración por Vicente de Beauvaís, y sin
duda también lo conoció Dante.»
(VILLEMAIN, Tableau de l'Eloquence chrétienne au
IV siècle, pp. 254-255; citado por NAU,
Dictionnaire de Théologie catholique, art.
«Ephrem».) volver
16
Arzobispo de Tesalónica en 1349. Rechazado
por la ciudad, se retiró a la isla de Lemnos, y
murió hacia el año 1360. Ardiente partidario
de los hesicastas, quiso dar a sus doctrinas una base
dogmática. En ese empeño, lanzóse a
formular tesis audaces y poco seguras, sobre todo la
distinción en Dios de la esencia y de las
energías u operaciones, que tiende a admitir en Dios
una división y por consiguiente a inducir a error.
Considerado hereje por Roma, Gregorio Palamas,
después de la lucha hesicasta, fue canonizado por
Bizancio. La Iglesia de Oriente celebra su fiesta el segundo
domingo de Cuaresma. La mayor parte de sus escritos
ascéticos están reunidos en la
Filocalía y se encuentran en MIGNE, P. G., t.
150, cols. 909-1225; t. 151, cols. 9-549.
Para el punto de vista latino, véase el
artículo del Padre JUGIE, escrito con energía
pero con un espíritu ligeramente polémico:
Palamas, en el Dictionnaire de Théologie
catholique. Para el punto de vista ortodoxo, el estudio
del padre Basilio KRIVOSHEIN, La doctrina de San Gregorio
Palamas. Semin. Kondakovianum, Praga, 1938 (en ruso).
Cfr. igualmente Sébastien GUICHARDAN, Le
problème de la simplicité divine en Orient et
en Occident aux XIV-XV siècles, Lyon, 1933.
volver
17
En el calendario juliano, el año 1860 es
el único entre el 1850 y el 1870 en que haya
caído la Pascua el 3 de abril. volver
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