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An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
SEGUNDA
PARTE
PROLOGO
Para muchos de nuestros contemporáneos la pregunta
tradicional: «Decidme cómo puedo salvarme»,
ha dejado de tener sentido. ¿De qué
habría que salvar a un hombre bien naturalmente bueno
o bien «normalmente anormal»? Las únicas
actitudes que se ofrecen al «hombre de hoy» son un
optimismo desmentido no obstante por la realidad cotidiana,
un pesimismo desengañado, desesperado y desesperante,
o la espera utópica en un día en que los
hombres imperfectos creen al fin una sociedad perfecta que
les haga perfectos a ellos por arte de birlibirloque,
triunfando la razón por sí sola sobre las
bajezas y las pasiones.
Sin embargo, nuestros contemporáneos sienten a
menudo en el fondo de sí mismos, al igual que los
hombres de todos los tiempos, una profunda necesidad de
verdad absoluta, de belleza perfecta y de beatitud infinita.
Ocurre entonces que les llega, como al peregrino ruso y a
menudo gracias a él, el llamamiento de San Pablo:
¡Orad sin cesar!, y su corazón se
extraña: ¿Qué significa este llamamiento?
¿Qué es la oración? ¿Por qué
habría que rezar? ¿Cómo se puede rezar
sin cesar? ¿Responde la oración a esta necesidad
de verdad, de belleza y de beatitud que se siente como una
nostalgia, como una misteriosa llamada?
Para muchos también, la historia de la Iglesia no
revela en el fondo más que errores, ilusiones y
fracasos; éstos no conocen del cristianismo
más que algunas deformaciones o remedos, y se han
llenado de calumnias que les impiden desear ver por
sí mismos si no habrá acaso en la Iglesia una
realidad desconocida. Ellos desconocen, y a menudo hasta los
cristianos practicantes, la historia de los santos, la
respuesta dada por los místicos a los llamamientos
frecuentes e instantes de la Biblia a la oración y a
la práctica de los mandamientos, al conocimiento de
la Verdad y a la unión con nuestro Padre que
está en los cielos.
Los Relatos de un peregrino ruso nos colocan en
presencia, en un contexto no habitual para el europeo
occidental, de una tradición que remonta a Cristo y a
los Apóstoles, y que es la de la oración
continua, de la oración del corazón; de la
Iglesia primitiva a Rusia, pasando por el monte
Sinaí, el desierto de Egipto y el monte Athos, toda
una experiencia precisa, sabrosa, luminosa, santificante de
la oración y, por ella, del Amor misericordioso,
salvador y unificador de Dios se ha transmitido,
enseñada de maestro experimentado a discípulo,
vivida por religiosos o laicos. Una ilustración
relativamente reciente de esta tradición se encuentra
en la persona, la vida y la enseñanza de San
Serafín de Sarov (1759-1833), que muchos en Occidente
conocen, y en los célebres startsi de Optino,
el gran convento ruso.
En los cuatro primeros Relatos de un peregrino
ruso, el lector ha podido conocer al propio peregrino,
su vocación, sus experiencias espirituales nutridas
de la Biblia y de la Filocalía, que es una
recopilación de textos patrísticos que tratan
de la oración espiritual y la guarda del
corazón. Antes de internarse en la Vía, el
peregrino ha recibido de su starets una
bendición que ayuda a vivir de las gracias conferidas
por los sacramentos y a evitar los peligros del
individualismo orgulloso o caprichoso por la sumisión
humilde y ferviente a un maestro, que encarna para su
discípulo la Voluntad de Dios.
Los tres relatos que aparecen en esta parte permiten
volver a encontrar al peregrino. Fueron hallados entre los
papeles del starets Ambrosio de Optino y publicados
en Rusia en 1911.
El quinto relato muestra el carácter tenebroso e
irracional de la naturaleza dejada a ella misma, y la
urgente necesidad de la oración para escapar
misericordiosamente de la pesantez que arrastra al hombre al
abismo; habla de la Providencia, del Amor de Dios, de la
intercesión de la Santa Virgen María, de la
protección que asegura la oración. Siguen
consejos directos y prácticos sobre la
confesión, consideraciones sobre la excelencia y la
grandeza de la fórmula Señor Jesucristo,
Hijo de Dios, tened piedad de mí, pecador, que
constituye lo que se llama la «Oración de
Jesús»; es ella la que, en la Ortodoxia, y a
veces con una forma simplificada, constituye el
«soporte» de la oración continua desde el
inicio de su aprendizaje. Luego, el relato habla de los
dones del Espíritu Santo, del amor al prójimo;
responde a los temores de los que no se atreven a recurrir a
la oración, y da por último un método
evangélico de oración, mostrando en el Santo
Evangelio una enseñanza progresiva sobre la
oración y sus frutos.
El sexto relato habla de la función de los
Evangelios; da, apoyándose en la enseñanza de
los santos, el secreto de la salvación, revelado por
la oración continua: «Estar en Él
(Cristo) quiere decir sentir continuamente Su presencia,
invocar continuamente Su Nombre»; se trata de la
gravedad y poder de la oración, de la posibilidad de
rezar en medio de ocupaciones absorbentes o en
compañía, de la pereza o de la avidez de goce
espiritual; por último, un breve resumen vuelve a
examinar algunos puntos importantes.
El séptimo relato habla del eremitismo, de la
función del starets, de los peligros de la
imaginación, del desaliento, y muestra, para
terminar, cómo rezar por los demás.
Estos relatos contienen instrucciones precisas, apoyadas
en la Tradición e ilustradas por pequeñas
anécdotas. Se trata, en particular, de la frecuencia
de la oración, que es «el único
método de llegar a la oración pura y
verdadera
Para convenceros definitivamente de la
necesidad y de la fecundidad de la oración frecuente,
reparad en:
-Que todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del
Espíritu Santo y la voz de nuestro ángel
custodio.
-Que el nombre de Jesucristo invocado en la
oración contiene en sí mismo un poder salvador
que existe y actúa por sí
mismo
»
Este carácter de la invocación del Nombre
de Jesús tiene origen bíblico; los
Apóstoles hablan de él, después de
haber sido invitados por Jesucristo a rezar en Su
Nombre y vueltos atentos por el Pater Noster: Sea
santificado vuestro Nombre y por el Magnificat: Santo es Su
Nombre. La Santa Virgen conocía evidentemente el
sentido del Nombre de Jesús, que es: Dios salvador, y
ella ha invocado este Nombre que resume toda la
misericordiosa Revelación del Padre en Su Hijo y toda
la historia de la salvación; los Apóstoles lo
han invocado, a su vez, como lo muestran los textos
bíblicos y la maravillosa historia del
discípulo de San Juan, San Ignacio de
Antioquía, quien invocaba continuamente el Nombre de
Jesús y hasta lo había inscrito en letras de
oro en su corazón. La «Oración de
Jesús» de la que habla el peregrino ruso muestra
la continuidad de esta invocación a través de
los tiempos, asociada con un llamamiento explícito a
la Misericordia. Pero los Nombres de «Padre» y de
«María» han sido también invocados
con frecuencia, al igual que los de «Dios» o de
«Señor».
La práctica de la invocación de un Nombre
divino puede apoyarse, por ejemplo, en estas citas de los
Salmos: Pero yo he invocado el Nombre del Señor;
Señor salvad mi alma; Sacrificaré una hostia
de alabanza e invocaré el Nombre del Señor;
Bienaventurados los que aman Vuestro Nombre. El santo
obispo Ignacio Brianchaninov escribía en el siglo
pasado: «El Nombre, por su forma exterior, es limitado,
pero representa un objeto ilimitado, Dios, de quien recibe
un valor infinito, divino, el poder y las propiedades de
Dios». Es la doctrina de la Tradición.
Los católicos se preguntarán acaso si
pueden encontrar en su Iglesia una enseñanza parecida
a la que encontramos en los Relatos de un peregrino
ruso. No es lugar aquí de responder detenidamente
a esta pregunta; digamos simplemente que si la Iglesia
ortodoxa ha desarrollado y continúa enseñando
una doctrina particularmente precisa de la invocación
del Nombre de Jesús y de la oración continua,
la Iglesia católica también ha respondido a la
exhortación de San Pablo: ¡Orad sin
cesar!, y predica la devoción al Santo
Nombre.
Por una parte, el cristianismo de los santos de la
Iglesia de Oriente es de una autenticidad tal que su
enseñanza atañe a todos los que quieren ser
realmente cristianos; por otra parte, las obras de un San
Bernardo de Claraval, de un San Buenaventura, de un San
Bernardino de Siena o de un San Alfonso M.ª de Ligorio,
que son santos de Occidente, contienen igualmente
enseñanzas sobre la invocación del santo
Nombre de Jesús así como del de María,
del que San Efrén ha escrito: «El Nombre de
María es la llave que abre las puertas del
cielo.» Y un Frère Laurent de la
Résurrection, por ejemplo, ha escrito magistralmente
sobre La experiencia de la presencia de Dios.
Si es difícil encontrar actualmente en Occidente
un starets, un maestro de la vida de oración,
hay que pedir la ayuda del Espíritu Santo. Él
suple la ausencia de maestro humano o puede dar
ocasión a encontrar uno, pues Él mismo es el
Maestro por excelencia y todo maestro humano, cualquiera que
sea su grado de santidad, no es más en cierto modo
que Su representante y Su encarnación.
Como lo enseña el monje en el sexto relato:
«Todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del
Espíritu Santo». ¡Que este mismo
Espíritu guíe los pasos del que busca la
Vía, la Verdad y la Vida!
En la fiesta del Santo Nombre de Jesús.
Charles KRAFFT
CAPÍTULO
QUINTO
EL STARETS: Un año había
transcurrido desde que vi al peregrino por última
vez, cuando al fin un suave golpe en la puerta y una voz
suplicante anunciaron la llegada de ese piadoso hermano, a
quien le aguardaba una cordial bienvenida.
-Entra, querido hermano, y demos juntos gracias a Dios
por haber bendecido tu camino y haberte traído de
vuelta.
EL PEREGRINO: Alabanza y gracias sean dadas al Padre que
está en los cielos por Su generosidad en todas las
cosas, a las que ordena según su mejor parecer y
siempre para el bien de nosotros, peregrinos y extranjeros
en tierra extraña. He aquí a este pecador, que
os dejó el año pasado, y a quien la
misericordia de Dios ha creído digno de ver y
oír de nuevo vuestra jubilosa bienvenida. Y, por
supuesto, vos esperáis oír de mí una
descripción completa de la Santa Ciudad de Dios,
Jerusalén, por la que mi alma suspiraba y a la que
estaba firmemente resuelto a ir. Pero nuestros deseos no
siempre pueden ser satisfechos, y así fue en mi caso.
Y con razón, porque ¿cómo podría
yo, infeliz pecador, ser considerado digno de hollar esa
tierra sagrada en la que los divinos pasos de Nuestro
Señor Jesucristo dejaron su huella?
Vos recordáis, Padre, que me fui de aquí el
año pasado con un anciano sordo como
compañero, y que tenía una carta de un
comerciante de Irkutsk para su hijo de Odesa
pidiéndole que me mandase a Jerusalén. Pues
bien, llegamos a Odesa perfectamente en no mucho tiempo. Mi
compañero compró en seguida un pasaje para
Constantinopla y partió. Yo, por mi parte, me puse a
buscar al hijo del comerciante por la dirección de la
carta. Pronto encontré su casa, pero allí me
enteré, para sorpresa y pesar míos, que mi
bienhechor ya no contaba entre los vivos. Había
muerto, tras una corta enfermedad, y había sido
enterrado tres semanas antes. Esto me desalentó
mucho, pero aun así confié en el poder de
Dios. Toda la casa estaba de luto, y la viuda, que quedaba
con tres niños pequeños, tenía tal
aflicción que lloraba continuamente y varias veces al
día se desvanecía de dolor. Su pena era tan
grande, que se hubiera dicho que ella no iba ya tampoco a
vivir mucho tiempo. A pesar de todo, en medio de todo esto,
ella me recibió amablemente, aun cuando en tal estado
de cosas no podía mandarme a Jerusalén. Pero
me pidió que me quedase con ella unos quince
días hasta que su suegro viniese a Odesa, tal como
había prometido, para poner en orden los asuntos de
la desamparada familia.
Así que me quedé. Pasó una semana,
luego un mes y luego otro. Pero, en vez de venir, el
comerciante escribió diciendo que sus propios asuntos
no le iban a permitir venir y aconsejando que se despidiese
a los empleados y se fuesen todos en seguida a Irkutsk con
él. Empezó, pues, un gran bullicio y ajetreo,
y como vi que ya no estaban interesados en mí, les
agradecí su hospitalidad y me despedí. Una vez
más partí errante por Rusia.
Yo pensaba y pensaba. ¿A dónde había
de ir? Al fin decidí que primero iría a Kiev,
donde no había estado desde hacía muchos
años. Partí, pues, para allí.
Naturalmente, al principio me disgusté por no haber
podido realizar mi deseo de ir a Jerusalén, pero
reflexionando vi que ni tan sólo esto había
sucedido sin la providencia de Dios, y me tranquilicé
con la esperanza de que Dios, amante de los hombres,
aceptaría la intención por el acto y no
dejaría que mi infeliz viaje fuera falto de
edificación y provecho espiritual. Y así fue,
puesto que me tropecé con gentes que me
enseñaron muchas cosas que ignoraba y que, para mi
salvación, llevaron luz a mi alma oscura. Si la
necesidad no me hubiera puesto en este viaje, no
habría encontrado a estos bienhechores espirituales
míos.
Así pues, de día andaba con la
oración, y al atardecer, cuando me detenía
para pasar la noche, leía mi Filocalía
para fortalecer y estimular a mi alma en su lucha con los
enemigos invisibles de la salvación.
De camino, a unas setenta verstas de Odesa, me
topé con un hecho asombroso. Había una larga
hilera de carros cargados de mercancías;
habría unos treinta. Los alcancé. El conductor
de delante, que era el guía, andaba al lado de su
caballo, y los demás le seguían en grupo a
cierta distancia. La ruta pasaba por una laguna, que era
atravesada por una corriente, y en la cual el hielo quebrado
de la primavera remolineaba y se apilaba en las orillas con
un ruido horrible. De repente, el primer conductor, un
hombre joven, detuvo su caballo, y toda la fila de carros
que iba detrás tuvo que hacer alto también.
Los otros conductores acudieron corriendo hacia él, y
vieron que había comenzado a desnudarse. Le
preguntaron por qué lo hacía, y les
respondió que deseaba muchísimo darse un
baño en la laguna. Algunos de los atónitos
conductores empezaron a reírse de él, otros a
reprenderle, llamándole loco, y el de más
edad, su propio hermano, intentó detenerle,
dándole un empujón para hacerle continuar. El
otro se defendía, y no tenía la menor
intención de hacer caso a lo que se le decía.
Varios conductores jóvenes empezaron a sacar agua de
la laguna en los cubos con los que abrevaban a los caballos,
y se la arrojaron, en plan de broma, al que quería
bañarse, por la cabeza y a la espalda, diciendo:
«¡Toma; nosotros te vamos a dar un
baño!» Tan pronto como el agua hubo tocado su
cuerpo, exclamó: «¡Ah, qué
bien!», y se sentó en el suelo. Aquéllos
siguieron echándole agua por encima, y en eso a poco
se tendió y allí mismo murió
plácidamente. Todos se sobrecogieron, sin tener idea
de por qué había ocurrido. Los más
mayores se agitaron mucho, diciendo que las autoridades
debían ser avisadas, mientras que los demás
llegaron a la conclusión de que era su destino el
tener una muerte así.
Permanecí con ellos cerca de una hora, y luego
seguí mi camino. Unas cinco verstas más
adelante, vi una aldea en la carretera, y al entrar en ella
me encontré a un anciano sacerdote que paseaba por la
calle. Se me ocurrió que podía contarle lo que
acababa de ver, para conocer cuál era su
opinión. El sacerdote me llevó a su casa, yo
le conté el suceso, pidiéndole que me
explicase la causa de lo que había ocurrido.
-No puedo decirte nada sobre ello, querido hermano, salvo
quizá que hay en la naturaleza muchas cosas
asombrosas que nuestra razón no puede comprender.
Esto, creo, está dispuesto de este modo por Dios para
mostrar a los hombres más claramente su gobierno y
providencia sobre la naturaleza, por medio de ciertos casos
de cambios anormales en las leyes de ésta. Se da la
circunstancia de que yo mismo fui en una ocasión
testigo de un caso semejante. Cerca de nuestra aldea hay un
barranco muy profundo y abrupto, no muy ancho pero de
setenta pies o más de profundidad. Estremece mirar a
su fondo oscuro. Han construido una especie de pasarela para
franquearlo. Un campesino de mi parroquia, padre de familia
muy respetable, fue súbitamente preso, sin ninguna
razón, del irresistible deseo de arrojarse desde este
pequeño puente al fondo del barranco. Luchó
contra la idea y resistió al impulso durante toda una
semana. Al fin, no pudo contenerse más. Se
levantó temprano un día, partió de casa
como un rayo y saltó al abismo. Pronto oyeron sus
quejidos y, con gran dificultad, lo extrajeron de la hoya,
con las piernas rotas. Cuando le preguntaron la razón
de su caída, respondió que, a pesar del gran
dolor que ahora sufría, su espíritu se
había serenado al haber realizado el irresistible
deseo que le había obsesionado durante toda una
semana, y por la satisfacción del cual había
estado dispuesto a perder la vida. Estuvo todo un año
en el hospital, recuperándose. Yo solía ir a
verle, y a menudo encontraba a los médicos que
estaban a su alrededor. Igual que tú, yo quise
escuchar de ellos la razón de este suceso.
Unánimemente, los médicos contestaban que se
trataba de «frenesí». Y cuando les
pedía una explicación científica de lo
que era esto y de qué provocaba que atacase a un
hombre, no podía sacarles nada más, excepto el
que éste era uno de los secretos de la naturaleza
aún no revelados a la ciencia. Yo, por mi parte,
hacía notar que, si en semejante misterio de la
naturaleza, uno se volviese hacia Dios en oración, y
hablase también de ello con la gente de bien,
entonces este irrefrenable «frenesí» de que
hablaban no lograría su propósito.
En verdad, nos encontramos en la vida humana con muchas
cosas de las que no podemos tener una comprensión
clara.
Mientras estábamos hablando, había
oscurecido, y pasé allí la noche. Por la
mañana, el alcalde envió a su secretario a
pedir al sacerdote que enterrase al difunto en el
cementerio, y a decir que los médicos, después
de la autopsia, no habían detectado ningún
signo de locura, y daban como causa de la muerte un ataque
repentino.
-Fíjate en esto ahora -me dijo el sacerdote-. La
ciencia médica no puede dar una razón precisa
para ese impulso incontrolable hacia el agua.
Y así, dije adiós al sacerdote y
reanudé mi camino. Después que hube viajado
varios días, y sintiéndome bastante fatigado,
llegué a una ciudad comercial de considerables
dimensiones llamada Bielaya Tcherkov. Como la tarde estaba
ya cayendo, me puse a buscar alojamiento para la noche. En
el mercado me tropecé con un hombre que
parecía ser también un viajero. Hacía
indagaciones por las tiendas sobre la dirección de
cierta persona que vivía en el lugar. Cuando me vio,
vino hacia mí y dijo:
-Pareces también un peregrino, así que
vayamos juntos a encontrar a un hombre llamado Evreinov, que
vive en esta ciudad. Es un buen cristiano, y dirige una
espléndida posada donde acoge a los peregrinos. Mira,
tengo anotado algo acerca de él.
Yo consentí de buena gana, y pronto hallamos su
casa. Aunque el posadero no estaba en casa, su esposa, una
amable anciana, nos recibió muy cariñosamente
y nos ofreció una pequeña buhardilla retirada,
en el desván. Nos instalamos y descansamos un
rato.
Luego vino nuestro posadero y nos pidió que
cenásemos con ellos. Durante la cena se habló
de quiénes éramos y de dónde
veníamos, y por una u otra razón la
conversación vino a parar a la cuestión del
por qué se llamaba Evreinov 1.
-Les contaré una extraña cosa acerca de
esto -dijo, y empezó su relato:
«Verán lo que pasó. Mi padre era
judío. Había nacido en Schklov, y odiaba a los
cristianos. Desde su más temprana edad se preparaba
para ser rabino y estudiaba a fondo toda la
charladuría judía dirigida a refutar al
cristianismo. Cierto día acertó a pasar por un
cementerio cristiano. Vio una calavera humana, que
debía de haber sido sacada de alguna tumba
recientemente removida. Conservaba ambas mandíbulas y
había en ellas algunos dientes de aspecto horrible.
En un arrebato de mal genio, empezó a mofarse de
ella; la escupió, la cubrió de insultos y la
dio de puntapiés. No contento con esto, la
recogió y la fijó a un poste, como hacen con
los huesos de animales para ahuyentar a los pájaros
voraces. Después de haberse divertido de este modo,
se fue a casa. La noche siguiente, apenas se había
quedado dormido, cuando un desconocido se le apareció
y le reprendió violentamente, diciendo:
«¿Cómo osas insultar a lo que queda de mis
pobres huesos? Yo soy cristiano; pero en cuanto a ti,
tú eres un enemigo de Cristo.» La visión
se fue repitiendo varias veces todas las noches, y él
no logró ni sueño ni descanso. Más
tarde, la misma visión empezó a relampaguear
ante sus ojos en pleno día, mientras oía el
eco de aquella voz reprochadora. Con el tiempo, la
visión se hizo más frecuente hasta que, al
fin, empezó a sentirse abatido, lleno de espanto, y a
perder las fuerzas. Fue a su rabino, quien le cubrió
de rezos y exorcismos. Pero la aparición no
sólo no cesó, sino que se hizo más
frecuente y amenazadora.
»Este estado de cosas se supo y, oyendo hablar de
ello, un amigo suyo, cristiano, se puso a aconsejarle que
aceptase la religión cristiana, y a incitarle a
pensar que no había otro medio de verse libre de su
perturbadora aparición. Pero el judío era
remiso a dar este paso. Aun así, dijo en respuesta:
"Haría de buena gana lo que deseas con tal de
librarme de esta atormentadora e intolerable
aparición." El cristiano se alegró de
oír esto, y le persuadió de que mandase al
obispo local una petición de bautismo y de
recepción en la Iglesia cristiana. La petición
fue escrita, y el judío, no muy ansioso, la
firmó. Y mira por donde, justo en el mismo momento en
que la petición era firmada, la aparición
cesó y ya nunca volvió a molestarle. Su gozo
fue ilimitado, y con el ánimo enteramente sosegado,
sintió una fe tan ardiente en Jesucristo, que se fue
volando al obispo, le contó toda la historia y
expresó el profundo deseo de ser bautizado.
Aprendió con ahínco y rapidez los dogmas de la
fe cristiana, y después de su bautizo vino a vivir a
esta ciudad. Aquí se casó con mi madre, una
buena cristiana. Llevó una vida piadosa y de
bienestar, y fue muy generoso con los pobres. Él me
enseñó a ser igual, y antes de su muerte me
dio sus instrucciones al respecto, junto con su
bendición. He aquí el motivo por el cual me
llamo Evreinov.»
Escuché esta historia con respeto y humildad, y
pensé para mí: ¡Qué bueno y
cuán benévolo es Nuestro Señor
Jesucristo, y cuán grande es su amor! ¡Por
qué caminos tan distintos atrae a los pecadores hacia
sí! Con qué sabiduría emplea cosas de
poca importancia para conducir hacia las cosas grandes!
¿Quién podría haberse imaginado que el
juego malévolo de un judío con unos huesos sin
vida había de llevarle al conocimiento verdadero de
Jesucristo, y había de ser el medio para conducirle a
una vida piadosa?
Después de cenar, dimos gracias a Dios y a nuestro
anfitrión, y nos retiramos a nuestra buhardilla. No
queríamos irnos a la cama todavía, así
que nos pusimos a conversar. Mi compañero me
contó que era un comerciante de Moguilev, y que
había pasado dos años en Besarabia como
novicio en uno de los monasterios de allí, pero
sólo con un pasaporte que expiraba en fecha fija. Iba
ahora de vuelta a casa para obtener el consentimiento de la
corporación de comerciantes a su entrada definitiva
en la vida monástica.
-Aquellos monasterios me satisfacen -dijo- por su orden y
su constitución y por la vida rigurosa de los muchos
piadosos startsi que allí viven.
Me aseguró que poner los monasterios de Besarabia
al lado de los rusos era como comparar el cielo con la
tierra, y me animó a que hiciera como él.
Mientras hablábamos de estas cosas, trajeron a un
tercer huésped a nuestra habitación. Se
trataba de un suboficial del ejército que
volvía ahora a casa de permiso. Vimos que estaba muy
cansado por el viaje. Dijimos juntos nuestras oraciones y
nos acostamos. A la mañana siguiente,
estábamos en pie temprano preparándonos para
el camino, y sólo queríamos ya ir a dar las
gracias a nuestro posadero, cuando de pronto oímos
las campanas que llamaban a maitines. El comerciante y yo
nos pusimos a considerar lo que haríamos.
¿Cómo partir sin ir a la iglesia después
de haber oído las campanas? Mejor sería
quedarnos a maitines, rezar nuestras oraciones en la iglesia
y marchar así luego con más alegría.
Una vez decidido así, llamamos al suboficial. Pero
éste dijo:
-¿Qué objeto tiene ir a la iglesia mientras
estás de viaje? ¿Qué saca Dios con que
vayamos? Vayámonos a casa, y ya rezaremos luego
nuestras oraciones. Ustedes dos vayan si quieren. Yo no voy
a ir. Para cuando hayan asistido a maitines, yo ya
estaré a unas cinco verstas de aquí, y quiero
llegar a casa lo antes posible.
A esto el comerciante dijo:
-Tenga cuidado, hermano; no vaya tan deprisa con sus
proyectos hasta conocer cuáles son los planes de
Dios.
Nosotros fuimos a la iglesia, pues, y él
emprendió el camino.
Nos quedamos a maitines y también a la misa.
Luego, volvíamos a nuestra buhardilla para preparar
nuestras alforjas para la marcha, cuando ¿qué
vemos sino a nuestra posadera trayendo el samovar?
-¿A dónde van? -dijo-. Han de tomar una taza
de té; sí, y comer con nosotros,
también. No podemos dejarles ir hambrientos.
Nos quedamos, pues. No habíamos estado sentados
junto al samovar ni media hora, cuando, de pronto, vemos a
nuestro suboficial entrar corriendo sin resuello.
-Vengo a ustedes con pena y con alegría a la
vez.
-¿Cómo es eso? -le preguntamos.
Y esto es lo que dijo:
-Cuando les dejé y partí, pensé en
entrar en la taberna para cambiar un billete y tomar algo al
mismo tiempo, para así poder proseguir mejor.
Así lo hice, y después de coger el cambio y
beber algo, me fui volando. Cuando había hechos unas
tres verstas, se me ocurrió contar el dinero que el
hombre de la taberna me había dado. Me senté
al borde del camino, saqué mi portamonedas y lo
examiné. Sin novedad. Luego, de repente,
descubrí que mi pasaporte no estaba. Sólo
algunos papeles y el dinero. Me asusté tanto como si
hubiese perdido mi propia cabeza. En un instante vi lo que
había ocurrido. Sin duda, se me había
caído al pagar en la taberna. Tenía que volver
en seguida. Corrí y corrí. Otra idea espantosa
se apoderó de mí: ¿Y si no está
allí? Esto significaría problemas. Me
precipité al hombre de detrás del mostrador y
le pregunté. «No lo he visto», dijo.
¡Qué desaliento! Busqué de un lado para
otro; examiné por todas partes, donde quiera que
hubiese estado. Y, ¿qué creen?: Tuve la suerte
de encontrar mi pasaporte. Allí estaba, aún
doblado, en el suelo, entre la paja y los desperdicios, todo
pisoteado. ¡Gracias a Dios! Me alegré, se lo
aseguro. Era como si me hubiese quitado un gran peso de
encima. Por supuesto, estaba sucio y cubierto de barro, lo
bastante como para ganarme un coscorrón, pero esto no
tiene importancia. De todos modos, puedo ir a casa y volver
sano y salvo. Pero vine para contárselo. Y lo que es
más: a fuerza de correr, en mi sobresalto, se me ha
puesto el pie en carne viva por el roce, y ya no puedo
andar. Así que he venido a pedirles un poco de
ungüento para ponérmelo antes de vendarlo.
-Ya lo ve, hermano -dijo el comerciante-. Esto es por no
haber querido escucharnos y venir con nosotros a la iglesia.
Quería tomarnos una buena delantera y, por el
contrario, aquí está de nuevo, y cojo, de
propina. Ya le dije que no corriera tanto con sus planes; ya
ve en qué ha parado todo. Era poca cosa el no venir a
la iglesia, pero emplear un lenguaje como
«¿qué bien le hacemos a Dios con
rezar?», eso, hermano, estaba mal. Desde luego, Dios no
necesita nuestras oraciones de pecadores, pero, aun
así, en su amor por nosotros, Le agrada que recemos.
Y no es sólo esa santa plegaria que el propio
Espíritu Santo nos ayuda a ofrecer y despierta en
nosotros la que Le complace, puesto que esto nos lo pide
cuando dice: Permaneced en mí y yo en
vosotros, sino que cada intención, cada impulso,
incluso cada pensamiento que va dirigido a Su gloria y a
nuestra propia salvación, tiene valor a Sus ojos. Y
por ellos, la infinita misericordia de Dios concede
generosas recompensas. El amor de Dios concede gracia mil
veces más de lo que las acciones humanas merecen. Si
Le das el más simple óbolo, te
devolverá oro en pago. Si te propones tan sólo
ir hacia el Padre, Él vendrá a tu encuentro.
Dices una sola palabra, corta y sin sentimiento:
«Acógeme; ten piedad de mí», y
Él se vuelca sobre ti y te besa. Así es el
amor del Padre celestial hacia nosotros, indignos como
somos. Y por causa simplemente de este amor, Él se
regocija de cada paso que damos hacia la salvación,
por corto que sea. Pero usted lo ve de este modo:
¿Qué gloria hay para Dios y qué ventaja
para uno, si uno reza un poco y luego deja vagar de nuevo
sus pensamientos, o si hace alguna pequeña
acción meritoria, como decir una plegaria haciendo
cinco o diez reverencias, o invoca en un sincero suspiro el
Nombre de Jesús, o se aplica a algún buen
pensamiento, o se entrega a alguna lectura espiritual, o se
abstiene de comer, o soporta alguna afrenta en silencio?
-todo esto no le parece bastante para su total
salvación, y cree que resulta infructuoso el
hacerlo-. ¡No!, ninguno de estos pequeños actos
es en vano, pues Dios, que todo lo ve, lo tendrá en
cuenta y le dará una recompensa cien veces mayor, no
sólo en la vida eterna, sino en esta vida. San Juan
Crisóstomo afirma: «Ningún bien de
cualquier clase, por insignificante que sea, será
desdeñado por el recto Juez. Si los pecados son
indagados con tal detalle que responderemos por las
palabras, por los deseos y por los pensamientos, tanto
más las buenas obras, por pequeñas que sean,
serán tenidas en cuenta con todo detalle y
contarán para nuestro mérito ante nuestro Juez
lleno de amor.
»Le contaré un caso que yo mismo vi el
año pasado. En el monasterio de Besarabia donde yo
vivía, había un starets, un monje de
santa vida. Un día, una tentación le
asaltó. Sintió un gran deseo de comer pescado
seco. Y como era imposible conseguirlo en el monasterio en
aquel momento, proyectó ir al mercado y comprarlo.
Durante largo rato luchó contra la idea, razonando
que un monje debería contentarse con la comida
habitual de que se provee a los hermanos y evitar a toda
costa el caer en la gratificación de los propios
deseos. Además, andar por el mercado, entre la
muchedumbre, era también para un monje motivo de
tentación y algo impropio para él. Al final,
las mentiras del Enemigo le pudieron a sus razonamientos y
él, rindiéndose a su propia
obstinación, se decidió y salió a por
el pescado. Después que hubo dejado el monasterio e
iba por la calle, reparó en que no llevaba su rosario
en la mano, y se puso a pensar: "¿Qué es esto de
ir como un soldado sin su espada? Esto es muy impropio, y
los laicos que me encuentren me criticarán y
caerán en tentación, viendo a un monje sin su
rosario." Ya iba a volver para cogerlo, cuando, palpando en
su bolsillo, vio que estaba allí. Lo sacó, se
santiguó y, con su rosario en la mano, siguió
tranquilamente. Cuando se aproximaba al mercado, vio a un
caballo parado frente a una tienda con una gran carretada de
enormes cubas. De repente, este caballo, asustándose
por algún motivo, se desbocó con todos sus
bríos y, con gran estampido de cascos, se fue derecho
hacia él, rozándole el hombro y
derribándolo al suelo, aunque sin hacerle mucho
daño. Acto seguido, a dos pasos de él, la
carga se volcó y el carro se hizo añicos.
Él se incorporó rápidamente, por
supuesto que bastante asustado, pero al mismo tiempo
maravillado de cómo Dios había salvado su
vida, ya que si la carga hubiese caído una
fracción de segundo antes, él habría
sufrido la misma suerte que el carro. Sin pensar más
en ello, compró el pescado, volvió, se lo
comió, rezó sus oraciones y se
acostó.
»Tuvo un sueño ligero, y, en el mismo, un
starets de aspecto afable, a quien no conocía,
se le apareció y le dijo: "Escucha; yo soy el
protector de esta casa y deseo instruirte para que
comprendas y recuerdes la lección que se te ha dado.
Fíjate: El débil esfuerzo que hiciste contra
el sentimiento de placer y tu negligencia en comprender y en
dominarte, dieron al Enemigo la oportunidad de atacarte.
Él había dispuesto para ti esa bomba que
explotó ante tus ojos. Pero tu ángel custodio
lo previó, y te inspiró la idea de ofrecer una
plegaria y el acordarte de tu rosario. Puesto que prestaste
oídos a esta sugerencia, obedeciste y la pusiste en
práctica, ello fue lo que te salvó de la
muerte. ¿Ves el amor de Dios por los hombres, y Su
generosa recompensa del menor acto de volverse hacia
Él?" Diciendo esto, el starets de la
visión desapareció rápidamente de la
celda. El monje se postró a sus pies, y al hacerlo se
despertó, encontrándose no en su cama sino
arrodillado en el umbral de la puerta. Contó la
historia de esta visión para el provecho espiritual
de mucha gente, entre la que me contaba.
»Verdaderamente ilimitado es el amor de Dios por
nosotros, pecadores. ¿No es maravilloso que una
acción tan insignificante -sí, el simple hecho
de sacar el rosario del bolsillo y llevarlo a la mano, e
invocar una sola vez el Nombre de Dios- pueda dar la vida a
un hombre, y que en la balanza de la Justicia, un instante
de invocar a Jesucristo pueda pesar más que muchas
horas de negligencia? He aquí, en verdad, el pago en
oro por una minucia. ¿Ve, hermano, cuán poderosa
es la plegaria, y cuánto, el Nombre de Jesús
cuando le invocamos? Juan de Cárpatos dice en la
Filocalía que cuando, en la oración de
Jesús, invocamos el santo Nombre y decimos: "Ten
piedad de mí, pecador", a cada una de estas
súplicas la Voz de Dios responde en secreto: "Hijo,
tus pecados te son perdonados". Y sigue diciendo que cuando
decimos la Oración, no hay nada en ese momento que
nos distinga de los santos, de los confesores y de los
mártires. Puesto que, tal como dice San Juan
Crisóstomo, "la plegaria, aun cuando estemos llenos
de pecado al pronunciarla, inmediatamente nos purifica". La
amorosa benevolencia de Dios para con nosotros es grande;
sin embargo, nosotros, pecadores, somos indiferentes y no
estamos dispuestos a conceder ni una sola hora a Dios en
acción de gracias, y trocamos el tiempo del rezo, que
es lo más importante, por los cuidados y ajetreos de
la vida cotidiana, olvidando a Dios y nuestro deber. Es por
esta razón por la que nos encontramos a menudo con
desgracias y calamidades, pero aun éstas son
empleadas por la amantísima providencia de Dios para
nuestra instrucción y para que volvamos nuestros
corazones hacia Él.
Cuando el comerciante hubo terminado su plática,
yo le dije:
-¡Qué consuelo habéis llevado a mi
alma pecadora, también, vuesa merced! Me
prosternaría a vuestros pies.
Oyendo esto, él se puso a hablarme así:
-Ah, parece que eres amante de las historias piadosas.
Espera pues; voy a leerte otra parecida a la que le he
contado a él. Tengo aquí un libro con el que
viajo llamado Agapia o «La Salvación de
los Pecadores», que contiene muchas cosas
admirables.
Sacó el libro de su bolsillo y empezó a
leer una historia muy hermosa sobre un tal Agathonik, un
hombre devoto, quien desde su infancia había sido
enseñado por sus piadosos padres a rezar cada
día delante del icono de la Madre de Dios la
oración que empieza por Regocíjate,
doncella encinta de Dios, y así lo hacía
siempre. Más tarde, cuando creció e
inició su propia vida, se vio absorbido por los
cuidados y ajetreos de la vida y sólo rara vez rezaba
la oración, hasta que la abandonó
totalmente.
«Un día dio alojamiento para la noche a un
peregrino, quien le contó que era un eremita de la
Tebaida, y que había tenido una visión en la
que se le ordenaba ir a un tal Agathonik y reprenderle por
haber abandonado la oración a la Madre de Dios.
Agathonik dijo que la razón era que había
rezado la oración durante muchos años sin
observar ningún resultado en absoluto. Entonces, el
eremita le dijo: "Recuerda, ciego y desagradecido,
cuántas veces esta oración te ha auxiliado y
te ha evitado una desgracia. Recuerda cómo, en tu
juventud, fuiste prodigiosamente salvado de ahogarte.
¿No recuerdas cómo una epidemia se llevó
a muchos de tus amigos a la tumba y tú conservaste la
salud? ¿Recuerdas cuando, viajando con un amigo, ambos
caísteis de la carreta y él se rompió
una pierna mientras que tú saliste ileso? ¿No
sabes bien que un joven conocido tuyo, que gozaba de buena
salud y era fuerte, yace ahora enfermo y débil,
mientras que tú estás sano y no sufres dolor
alguno?" Y le recordó a Agathonik muchas otras cosas.
Al fin, dijo: "Has de saber que todos estos males te fueron
conjurados por la protección de la santísima
Madre de Dios, gracias a esa corta oración con la que
elevabas diariamente tu corazón a la unión con
Dios. Vigila ahora; continúa con ella y no dejes de
alabar a la Reina del Cielo, no fuese que ella te
desamparase".»
Cuando hubo terminado de leer, nos llamaron a comer,
después de lo cual, sintiéndonos con fuerzas
renovadas, dimos las gracias a nuestro posadero y
emprendimos la marcha. Nos separamos, y cada uno tomó
por donde estimó mejor.
Anduve unos cinco días, alentado por el recuerdo
de las anécdotas que había oído del
buen comerciante de Bielaya Tcherkov, y ya me estaba
aproximando a Kiev. De pronto, y sin motivo alguno,
empecé a sentirme desanimado y triste, y mis
pensamientos se hicieron sombríos y depresivos. La
Oración salía con dificultad, y una especie de
indolencia se apoderó de mí. En esto, viendo
un bosque de espesa maleza al lado del camino, me introduje
en él para descansar un poco, buscando un sitio
retirado donde sentarme bajo un arbusto y leer mi
Filocalía, para estimular así a
mí débil espíritu y confortar a mi
ánimo medroso. Hallé un lugar tranquilo, y
empecé a leer a Juan Casiano, en la cuarta parte de
la Filocalía -sobre los Ocho
Pensamientos-. Cuando llevaba leyendo felizmente una
media hora, reparé inesperadamente en la figura de un
hombre a unos cien metros de allí y más hacia
el interior del bosque. Estaba arrodillado y absolutamente
inmóvil. Me alegré de ver esto, pues
colegí, naturalmente, que estaba rezando, y me puse a
leer de nuevo. Seguí leyendo durante una hora o algo
más, y luego levanté otra vez la mirada. El
hombre seguía arrodillado allí y no se
movía. Todo esto me impresionó mucho y
pensé: «¡Qué servidores de Dios tan
devotos hay!»
Mientras yo le estaba dando vueltas a esto, el hombre
cayó de pronto al suelo y quedó tumbado,
inmóvil. Esto me sobresaltó, y como no
había visto su cara, ya que había estado
arrodillado de espaldas a mí, sentí curiosidad
por ir a ver quién era. Cuando llegué hasta
él, lo encontré durmiendo ligeramente. Era un
chico de campo, un mozo de unos veinticinco años.
Tenía un rostro agradable, bien parecido, pero
pálido. Vestía un caftán de campesino
con una soga como cinturón. No había en
él nada más de particular. No tenía
kotomka 2
y ni tan sólo un bastón. El ruido de mi
llegada le despertó, y se levantó. Le
pregunté quién era, y me dijo que era un
campesino del Estado, de la provincia de Smolensko, y que
venía de Kiev.
-¿Y adónde vas ahora? -le
pregunté.
-Yo mismo no sé adónde va a conducirme Dios
-respondió.
-¿Hace mucho que dejaste tu casa?
-Sí; más de cuatro años.
-¿Y dónde has vivido todo este tiempo?
-He estado yendo de santuario en santuario, y a
monasterios e iglesias. No tenía objeto el permanecer
en casa. Soy huérfano y no tengo parientes.
Además, tengo un pie lisiado. Voy, pues, errante por
el mundo.
-Alguna persona temerosa de Dios debe haberte
enseñado, según parece, no a ir vagando por
ahí, sino a visitar santos lugares -dije.
-Sí, veréis -respondió-. No teniendo
ni padre ni madre, yo solía ir de niño con los
pastores de nuestra aldea, y todo transcurrió
felizmente hasta que tuve diez años. Entonces, un
día traje el rebaño a casa sin reparar en que
el mejor carnero del starosta
3
no estaba entre ellos. Y nuestro starosta era un
hombre malo e inhumano. Cuando llegó a casa aquella
tarde y vio que su carnero se había perdido, se
precipitó hacia mí con insultos y amenazas. Si
yo no iba y encontraba al carnero, juró que me
molería a golpes, y dijo: «Te romperé los
brazos y las piernas.» Sabiendo lo cruel que era,
salí tras el carnero, recorriendo los lugares donde
el rebaño había pacido durante el día.
Busqué y busqué durante más de media
noche, pero no había ni rastro de él por
ninguna parte. Y era una noche muy oscura, además,
pues ya se acercaba el otoño. Cuando ya me
había adentrado mucho en el bosque (y en nuestra
región los bosques son interminables), una tormenta
se desencadenó de repente. Parecía como si
todos los árboles danzasen. A lo lejos, los lobos
comenzaron a aullar. Me entró tal terror que los
cabellos se me erizaron. Todo se hacía cada vez
más horrible, tanto es así que estuve a punto
de desplomarme de miedo y horror. Entonces, caí de
rodillas, me santigüé, y con todo mi
corazón, dije: «Señor Jesucristo, ten
piedad de mí.» Tan pronto como hube dicho esto,
me sentí absolutamente tranquilo y como si no hubiese
pasado ninguna angustia. Todo mi miedo desapareció, y
me sentí tan feliz en mi corazón como si
hubiese sido transportado al cielo.
Esto me hizo tan dichoso que, bueno, ya no paré de
repetir la Oración. Aun hoy no sé si la
tormenta duró mucho, ni cómo se fue la noche.
Cuando levanté la vista, el día ya llegaba, y
yo aún estaba allí arrodillado en el mismo
lugar. Me incorporé tranquilamente, vi que ya no iba
a encontrar al carnero, y me fui a casa. Pero ahora todo
estaba bien en mi corazón, y repetía la
Oración a más no poder. Tan pronto como
llegué a la aldea, el starosta vio que no
había traído al carnero y me apaleó
hasta dejarme medio muerto; me dejó este pie fuera de
sitio, ¿veis? Tuve que guardar cama seis semanas, casi
sin poder moverme, a resultas de esta paliza. Todo lo que
sabía era que seguía repitiendo la
Oración, y que esto me consolaba. Cuando me
recobré un poco, me fui a vagar por el mundo, y
puesto que ir dando de empellones por entre la multitud no
me interesaba, a la par que suponía mucha
ocasión de pecado, recurrí a ir errante de un
lugar santo a otro, y también por los bosques.
Así es como he pasado casi cinco años ya.
Cuando hube escuchado esto, mi corazón se
alegró por haberme Dios creído digno de
encontrar un hombre tan bueno, y le pregunté:
-¿Y te sirves todavía a menudo de la
Oración?
-No podría existir sin ella -respondió--.
Sólo con que recuerde cómo me sentí
aquella primera vez en el bosque, es como si alguien me
hiciese arrodillar, y me pongo a rezar. No sé si mi
oración pecadora complace a Dios o no, ya que, cuando
rezo, a veces siento una gran felicidad (el porqué no
lo sé), una ligereza de espíritu, una especie
de gozosa quietud; pero, en otros casos, siento una
melancólica tristeza y un abatimiento del
ánimo. A pesar de todo, quiero seguir rezando
siempre, hasta la muerte.
-No te aflijas, querido hermano. Todo complace a Dios y
sirve a nuestra salvación, todo, pase lo que pase
durante la oración. Así lo dicen los Santos
Padres. Tanto si hay alegría del corazón como
tristeza, todo está bien. Ninguna oración,
buena o mala, se malogra ante los ojos de Dios. La
alegría y el fervor muestran que Dios nos recompensa
y nos consuela por el esfuerzo, mientras que la tristeza y
la sequedad indican que Dios nos purifica y nos fortalece el
alma, y que por esta prueba salutífera la salva,
preparándola en la humildad para el goce de la dicha
bendita en el futuro. Como prueba de esto, te leeré
algo que escribió San Juan Clímaco.
Encontré el pasaje y se lo leí. Lo
escuchó hasta el final con atención y le
gustó, dándome muchas gracias por ello. Y de
este modo, nos separamos. Él se marchó derecho
hacia lo más profundo del bosque, y yo volví
al camino. Seguí mi ruta, dando gracias a Dios por
considerarme apto, pecador como soy, de recibir tal
enseñanza.
Al día siguiente, con la ayuda de Dios,
llegué a Kiev. Lo primero y más importante que
quería hacer era ayunar un poco y confesarme y
comulgar en esa santa ciudad. Así que me detuve cerca
de los Santos 4,
ya que así era más fácil para ir a la
iglesia. El bueno de un cosaco me acogió, y como
él vivía solo en su cabaña,
encontré allí paz y tranquilidad. Al cabo de
una semana, en la que me había preparado para la
confesión, me vino a la cabeza que debería
hacerla cuanto más detallada mejor. Así que me
puse a traer al recuerdo y a repasar por completo todos los
pecados desde mi juventud en adelante. Y con el fin de no
olvidar ninguno, puse por escrito, y con todo detalle, todo
lo que pude recordar. Llené con ello una gran hoja de
papel.
Me enteré de que en Kitaevaya Pustina, a unas
siete verstas de Kiev, había un sacerdote de vida
ascética, que era muy sabio y comprensivo.
Quienquiera que acudiese a él en confesión,
encontraba un ambiente de tierna compasión, y se
marchaba con enseñanza para su salvación y
desahogo de espíritu. Me alegré mucho al
enterarme de esto, y me fui hacia allí en seguida.
Después que hube pedido su consejo, y hubimos hablado
un rato, le di a leer mi hoja de papel. La leyó por
entero, y luego dijo:
-Querido amigo, mucho de lo que has escrito es
absolutamente fútil. Escucha: Primero: no traigas a
confesión pecados de los que ya te hayas arrepentido
y te hayan sido perdonados; no vuelvas sobre ellos de nuevo,
puesto que esto sería dudar de la fuerza del
sacramento de la penitencia. Segundo: no hagas memoria de
otra gente que haya tenido relación con tus pecados;
júzgate sólo a ti. Tercero: los Santos Padres
nos prohiben mencionar todas las circunstancias de los
pecados, y nos ordenan confesarnos de ellos en general, a
fin de evitar la tentación tanto para nosotros mismos
como para el sacerdote. Cuarto; has venido para
arrepentirte, y no te arrepientes de que no sepas
arrepentirte, esto es, de que tu arrepentimiento sea tibio y
negligente. Quinto: has repasado todos estos detalles, pero
has pasado por alto lo más importante: No has
revelado los pecados más graves de todos. No has
confesado, ni anotado, que no amas a Dios, que odias a tu
prójimo, que no crees en la Palabra de Dios, y que
estás henchido de orgullo y de ambición. Una
inmensa cantidad de maldad, y toda nuestra perversión
espiritual, residen en estos cuatro pecados. Ellos son las
raíces de las que brotan los retoños de todos
los pecados en que caemos.
Quedé muy sorprendido al oír esto, y
dije:
-Perdón, Reverendo Padre, pero ¿cómo
es posible no amar a Dios, nuestro Creador y nuestro Guarda?
¿Qué hay en que creer sino la Palabra de Dios,
en la que todo es verdadero y santo? Yo quiero bien a todos
mis semejantes, ¿y por qué iba a odiarlos? No
tengo nada de que enorgullecerme; además de tener
innumerables pecados, no tengo nada digno de ser ensalzado,
¿y qué podría yo codiciar, con mi pobreza
y con mi mala salud? Naturalmente, si yo fuese un hombre
culto, o rico, entonces sin duda sería culpable de
las cosas de que habláis.
-Es una lástima, querido, que comprendieras tan
poco de lo que dije. Mira, vas a aprender más deprisa
si te doy estas notas. Es lo que siempre uso para mi propia
confesión. Leelas de cabo a rabo, y tendrás,
de forma lo bastante clara, una muestra exacta de lo que te
acabo de decir.
Me dio las notas, y me puse a leerlas. Helas
aquí:
«CONFESION QUE CONDUCE AL
HOMBRE INTERIOR A LA HUMILDAD
»Volviendo la mirada atentamente sobre mí
mismo, y observando el curso de mi estado interior, he
comprobado por experiencia que no amo a Dios, que no amo a
mis semejantes, que no tengo fe, y que estoy lleno de
orgullo y de sensualidad. Todo esto lo descubro realmente en
mí como resultado del examen minucioso de mis
sentimientos y de mi conducta, de este modo:
»1. No amo a Dios. -Puesto que si amase a
Dios, estaría continuamente pensando en Él con
profundo gozo. Cada pensamiento de Dios me daría
alegría y deleite. Por el contrario, pienso mucho
más a menudo, y con mucho más anhelo, en las
cosas terrenales, y el pensar en Dios me resulta fatigoso y
árido. Si amase a Dios, hablar con Él en la
oración sería entonces mi alimento y mi
deleite, y me llevaría a una ininterrumpida
comunión con Él. Pero, por el contrario, no
sólo no encuentro deleite en la oración, sino
que incluso representa un esfuerzo para mí. Lucho con
desgana, me debilita la pereza, y estoy siempre dispuesto a
ocuparme con afán en cualquier fruslería, con
tal de que acorte la oración y me aparte de ella. El
tiempo se me va sin advertirlo en ocupaciones vanas, pero
cuando estoy ocupado con Dios, cuando me pongo en Su
presencia, cada hora me parece un año. Quien ama a
otra persona, piensa en ella todo el día sin cesar,
se la representa en la imaginación, se preocupa por
ella, y en cualquier circunstancia no se le va nunca del
pensamiento. Pero yo, a lo largo del día apenas si
reservo una hora para sumirme en meditación sobre
Dios, para inflamar mi corazón con amor por
Él, mientras que entrego con ansia veintitrés
horas como fervorosas ofrendas a los ídolos de mis
pasiones. Soy pronto a la charla sobre asuntos
frívolos y cosas que desagradan al espíritu;
eso me da placer. Pero cuando se trata de la
consideración de Dios, todo es aridez, fastidio e
indolencia. Aun cuando sea llevado sin querer por otros
hacia una conversación espiritual, rápidamente
intento cambiar el tema por otro que dé
satisfacción a mis deseos. Tengo una curiosidad
incansable por las novedades, sean acontecimientos
ciudadanos o asuntos políticos. Busco con
ahínco la satisfacción de mi amor por el
conocimiento en la ciencia y en el arte, y en la manera de
obtener cosas que quiero poseer. Pero el estudio de la Ley
de Dios, el conocimiento de Dios y de la religión, no
me causan efecto, y no sacian ningún apetito de mi
alma. Veo estas cosas no sólo como una
ocupación no esencial para un cristiano, sino
ocasionalmente como una especie de cuestión
secundaria en que ocupar quizá el ocio, a ratos
perdidos. Para resumir: Si el amor a Dios se reconoce por la
observancia de sus mandamientos (Si me amáis,
guardaréis mis mandamientos, dice Nuestro
Señor Jesucristo), y yo no sólo no los guardo
sino que incluso lo procuro poco, se concluye verdaderamente
que no amo a Dios, Esto es lo que Basilio el Grande dice:
"La prueba de que un hombre no ama a Dios y a Su Cristo
está en el hecho de que no guarda Sus
mandamientos."
»2. No amo tampoco a mi prójimo.
-Puesto que no sólo soy incapaz de decidirme a
entregar mi vida por él (conforme a lo que dice el
Evangelio), sino que ni siquiera sacrifico mi felicidad, mi
bienestar y mi paz por el bien de mis semejantes. Si lo
amase tanto como a mí mismo, como manda el Evangelio,
sus infortunios me afligirían a mí
también, e igualmente me deleitaría con su
felicidad. Pero, por el contrario, presto oídos a
extrañas e infortunadas historias sobre mi
prójimo, y no siento pena; me quedo imperturbable o,
lo que es peor, encuentro en ello un cierto placer. No
sólo no cubro con amor la mala conducta de mi
hermano, sino que la proclamo abiertamente con censura. Su
bienestar, su honor y su felicidad no me causan placer como
si fueran míos y, al igual que si se tratase de algo
absolutamente ajeno a mí, no me proporcionan
ningún sentimiento de dicha. Lo que es más,
ellos despiertan en mí, de forma sutil, sentimientos
de envidia o de menosprecio.
»3. No tengo fe. -Ni en la inmortalidad ni en
el Evangelio. Si estuviera firmemente persuadido y creyese
sin ninguna duda que más allá de la tumba se
encuentra la vida eterna y la recompensa por las acciones de
esta vida, pensaría en ello continuamente. La idea
misma de la inmortalidad me aterraría, y haría
que me condujese en esta vida como un extranjero que se
dispone a penetrar en su tierra natal. Por el contrario, ni
siquiera pienso en la eternidad, y veo el fin de esta vida
terrena como el limite de mi existencia. Y esta secreta idea
anida en mi interior: "¿Quién sabe lo que ocurre
a la muerte?" Si digo que creo en la inmortalidad, hablo
entonces sólo por mi entendimiento, pues mi
corazón está muy lejos de una firme
convicción de ello. Esto lo atestiguan abiertamente
mi conducta y mi continua solicitud en dar
satisfacción a la vida de los sentidos. Si mi
corazón acogiese con fe el Santo Evangelio como la
Palabra de Dios, yo estaría ocupado continuamente con
él, lo estudiaría, hallaría deleite en
él y pondría con toda devoción mi
atención en él. En él se ocultan la
sabiduría, la clemencia y el amor; él me
llevaría a la felicidad, y yo encontraría gran
gozo en estudiar la Ley de Dios día y noche. En
él encontraría yo alimento, como mi pan
cotidiano, y mi corazón sería movido a guardar
sus leyes. Nada en el mundo sería lo bastante fuerte
como para apartarme de él. Por el contrario, si de
vez en cuando leo o escucho la Palabra de Dios, es tan
sólo por necesidad o por un interés general
por el saber, y al no prestarle una atención
estrecha, la encuentro sosa y sin ningún
interés. Por lo general, llego al término de
la lectura sin sacar ningún provecho, y más
que dispuesto a cambiar a una lectura mundana, en la que
obtengo mayor placer y encuentro temas nuevos e
interesantes.
»4. Estoy lleno de orgullo y de sensual amor por
mí mismo. -Todas mis acciones lo confirman.
Viendo algo bueno en mí mismo, quiero mostrarlo o
enorgullecerme de ello ante otra gente, o admirarme yo mismo
interiormente por ello. Si bien revelo una humildad
exterior, con todo la atribuyo por entero a mis propias
fuerzas y me considero superior a los demás, o por lo
menos no peor que ellos. Si yo observo en mí una
falta, trato de excusarla, y la disimulo diciendo: "Estoy
hecho así," o "no es mía la culpa". Me
enfurezco con los que no me tratan con respeto y los
considero incapaces de apreciar la valía de las
personas. Voy jactándome de mis dotes, y tomo como un
insulto personal mis tropiezos en cualquier empresa.
Murmuro, y encuentro placer en el infortunio de mis
enemigos. Si me empeño por algo bueno es sólo
con el propósito de ganar admiración, o
autocomplacencia espiritual, o consuelo mundano. En una
palabra: Hago de mí continuamente un ídolo y
le presto servicio ininterrumpidamente, buscando en todo el
placer de los sentidos y el sustento para mis pasiones
sensuales y mis apetitos.
»Examinando todo esto, me veo arrogante, espurio,
incrédulo, sin amor a Dios y con odio hacia mis
semejantes. ¿Qué condición podría
ser más culpable? La de los espíritus de las
tinieblas es mejor que la mía. Ellos, aunque no aman
a Dios, odian a los hombres y viven de orgullo, por lo menos
creen y tiemblan. Pero en cuanto a mí, ¿puede
haber una condena más terrible que la que me espera?
¿Y qué sentencia de castigo será
más severa que la que recaerá sobre la vida de
indiferencia y de desatino que reconozco en
mí?»
Leyendo por entero este modelo de confesión que el
sacerdote me había dado, quedé horrorizado y
pensé para mí: «¡Dios mío!
Qué pecados tan espantosos se esconden dentro de
mí, y yo sin haber reparado nunca en ellos! » El
deseo de verme limpio de ellos me hizo rogar a este gran
padre espiritual que me enseñase cómo conocer
las causas de todos estos males y cómo curarlos. Y
él se puso a instruirme.
-Mira, querido hermano. La causa de no amar a Dios es
falta de fe; la falta de fe viene motivada por la carencia
de convicción; y la causa de ésta es el
descuido en la búsqueda del saber santo y verdadero,
la indiferencia hacia la luz del espíritu. En una
palabra: Si no tienes fe, no puedes amar; si no tienes
convicción, no puedes tener fe; y para alcanzar la
convicción debes obtener un conocimiento pleno y
exacto de la cuestión que tienes delante. Por la
meditación, por el estudio de la Palabra de Dios y
por la observación de tu experiencia, debes despertar
en tu alma un ansia y un anhelo (o, como algunos lo llaman,
una «admiración») que te proporcione un
deseo insaciable de conocer las cosas más de cerca y
más plenamente, y de penetrar más en su
naturaleza.
Un autor espiritual habla de ello de este modo: «El
amor, dice, crece por lo general con el conocimiento, y
cuanto mayor es la hondura y la extensión del
conocimiento tanto más amor habrá, más
fácilmente se ablandará el corazón y se
abrirá al amor de Dios, a medida que contemple con
diligencia toda la plenitud y belleza de la naturaleza
divina y su ilimitado amor por los hombres.»
Ahora ves, pues, que la causa de aquellos pecados que
tú leíste es la pereza en pensar sobre cosas
espirituales, pereza que ahoga el sentimiento mismo de la
necesidad de tal reflexión. Si quieres saber
cómo superar este mal, combate por la
iluminación de tu espíritu con todos los
medios en tu poder, y lógralo por el estudio aplicado
de la Palabra de Dios y la de los Santos Padres, con la
ayuda de la meditación y del consejo espiritual, y
por la conversación de aquellos que son sabios en
Cristo. ¡Ah, querido hermano, con cuánto
infortunio nos tropezamos sólo por culpa de nuestra
desidia en buscar luz para nuestras almas en la Palabra de
verdad! No estudiamos la Ley de Dios día y noche, y
no pedimos por ella con diligencia y sin cesar. Y a causa de
esto, nuestro hombre interior, indigente, pasa hambre y
frío, de tal modo que no tiene fuerzas para dar un
paso resuelto hacia adelante en el camino de la virtud y de
la salvación. Así que, querido, tomemos la
resolución de hacer uso de estos métodos, y de
llenar nuestras mentes lo más a menudo posible con
pensamientos de cosas celestiales, y el amor, derramado
desde lo alto en nuestros corazones, se inflamará
dentro de nosotros. Haremos esto juntos, y rezaremos tan a
menudo como podamos, pues la oración es el medio
capital y más poderoso para nuestra
regeneración y nuestra felicidad. Rezaremos en los
términos que la Santa Iglesia nos enseña:
«Oh Dios, hazme capaz de amarte ahora como he amado el
pecado en el pasado» 5.
Escuché todo esto con atención.
Profundamente conmovido, pedí a este Padre santo que
escuchase mi confesión y me administrase la
comunión. Y a la mañana siguiente,
después del don de mi comunión, me
disponía a volver a Kiev con este bendito
viático. Pero el buen Padre, que se iba a la laura
por un par de días, me retuvo en su celda de
ermitaño por este período de tiempo, a fin de
que en el silencio de la misma, pudiese yo entregarme a la
oración sin estorbos. Y, en efecto, pasé esos
dos días como si estuviera en el cielo. Por las
plegarias de mi starets, yo, indigno de mí,
gozaba en perfecta paz. La oración se derramaba por
mi corazón tan fácil y tan felizmente, que
durante aquel tiempo creo que me olvidé de todo,
incluso de mí; en mi pensamiento no estaba más
que Jesucristo, y sólo Él.
Al fin, el sacerdote volvió, y yo le pedí
su guía y su consejo sobre adónde ir ahora en
mi ruta de peregrino. Me dio su bendición, diciendo:
«Ve a Pochaev, inclínate allí ante la
milagrosa Huella 6
de la purísima Madre de Dios, y Ella guiará
tus pasos por el camino de la paz.»
Así pues, siguiendo con fe su consejo, tres
días más tarde partí para Pochaev.
Durante unas doscientas verstas no viajé nada
feliz, ya que el camino se extendía a través
de tabernuchos y de aldeas de judíos, y raramente me
encontraba con alguna morada cristiana. En una heredad,
observé la presencia de una posada de cristianos
rusos, y me alegré por ello. Entré para pasar
la noche y pedir también un poco de pan para el
viaje, pues mis galletas se estaban terminando. Vi al
patrón, un anciano de aspecto acomodado quien,
según supe, procedía de la misma provincia que
yo, la de Orlov. En seguida que entré en la pieza, su
primera pregunta fue esta:
-¿Cuál es tu religión?
Yo respondí que era cristiano, y
pravoslavny 7.
-¡Sí, pravoslavny! -dijo riendo-.
Vosotros sois pravoslavny sólo de palabra; en
acciones no sois más que paganos. Lo conozco todo de
vuestra religión, hermano. Un sacerdote ilustrado me
tentó una vez y lo probé. Me incorporé
a vuestra Iglesia, y permanecí en ella durante seis
meses, después de los cuales volví a los usos
de nuestra comunidad. Unirse a vuestra Iglesia no es
más que un engaño. Los lectores mascullan el
oficio divino de cualquier modo, con cosas que no oyes y
otras que no puedes entender. Y el canto no es mejor que el
que oyes en una taberna. Y la gente, están todos en
un montón, hombres y mujeres juntos; hablan durante
el culto, se vuelven, pasean la mirada, andan de un lado
para otro, y no te dejan ni paz ni tranquilidad para rezar
tus oraciones. ¿Qué tipo de culto es ése?
¡No es más que un pecado! Mientras que con
nosotros, el culto sí que es devoto; puedes
oír lo que se dice, sin perder detalle; el canto es
muy emocionante, y la gente está en silencio, los
hombres a un lado y las mujeres al otro, y todo el mundo
sabe qué reverencia hacer y cuándo,
según lo que ordena la Santa Iglesia. Cuando entras
en una de nuestras iglesias sientes, real y verdaderamente,
que te has acercado al culto de Dios; pero en una de las
vuestras, ¡uno no sabe dónde se ha metido, si en
la iglesia o en el mercado!
Por todo esto comprendí que el anciano era un
porfiado raskolnik. Pero hablaba de forma tan
plausible, que yo no podía discutir con él ni
convertirle. Sólo pensé para mí que
sería imposible convertir a los
«viejo-creyentes» a la verdadera iglesia hasta que
los servicios religiosos no fuesen corregidos entre
nosotros, y hasta que el clero en particular no diese el
ejemplo en ello. El raskolnik no sabe nada de la vida
interior; él se apoya en lo externo, y es en esto en
lo que nosotros somos descuidados.
Así que deseaba irme de allí, y ya
había salido al vestíbulo, cuando vi, con
sorpresa, a través de la puerta abierta de una
habitación privada, a un hombre que no parecía
ruso; estaba tendido en la cama, y leía un libro. Me
llamó por señas, y me preguntó
quién era. Se lo dije, y entonces habló
así:
-Escucha querido amigo: ¿No aceptarías cuidar
de un enfermo, digamos una semana, hasta que, con la ayuda
de Dios, me mejore? Soy griego, y monje del monte Athos. He
venido a Rusia a recoger limosnas para mi monasterio, y a la
vuelta he caído enfermo, de tal manera que no puedo
andar de dolor en las piernas. Así que he tomado esta
habitación aquí. ¡No digas que no, siervo
de Dios! Te pagaré.
-No hay ninguna necesidad de que me pagues. Te
cuidaré con mucho gusto tan bien como pueda, en el
nombre de Dios.
Permanecí con él, pues. De él
escuché mucho sobre lo que atañe a la
salvación de nuestras almas. Me habló de
Athos, la Montaña Santa, de los grandes
podvizhniki 8
que hay allí, y de los muchos ermitaños y
anacoretas. Tenía con él un ejemplar de la
Filocalía en griego, y un libro de Isaac el
Sirio. La leímos juntos y comparamos la
traducción eslava de Paisius Velichkovsky con el
original griego. Él declaró que sería
imposible traducir del griego con más exactitud y
fidelidad que como con la Filocalía lo
había hecho Paisius el eslavo.
Al darme cuenta que él estaba siempre en
oración, y que era muy versado en la plegaria
interior del corazón, y dado que hablaba ruso
perfectamente, le consulté sobre esta
cuestión. Él me explicó de buena gana
mucho acerca de ello, y yo escuché con
atención e incluso anoté muchas de las cosas
que dijo. Así, por ejemplo, me habló de la
excelencia y la grandeza de la Oración del Nombre de
Jesús, en estos términos:
-Incluso la forma misma de la Oración del Nombre
de Jesús -dijo- demuestra cuán grande es esta
plegaria. Se compone de dos partes. En la primera, esto es,
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, conduce
nuestros pensamientos hacia la vida de Jesucristo o, como
dicen los Santos Padres, es un compendio de todo el
Evangelio. La segunda parte, ten piedad de mí,
pecador, nos enfrenta con la realidad de nuestra propia
impotencia y culpa. Y hay que advertir que el anhelo y la
súplica de un alma pobre, pecadora y humilde no puede
ponerse en palabras de forma más sabia, más
clara y más exacta que en ésta: Ten piedad
de mí. Ninguna otra ordenación de palabras
sería tan satisfactoria y completa como ésta.
Si uno dijera, por ejemplo, Perdóname, quita mis
pecados, límpiame de mis transgresiones, borra mis
ofensas, todo esto expresaría sólo una
petición, la de verse libre del castigo, temor de un
alma apocada y lánguida. Pero decir Ten piedad de
mí implica no sólo el deseo de
perdón que parte del miedo, sino que se trata de la
súplica sincera del amor filial, que pone su
esperanza en la misericordia de Dios, y reconoce
humildemente que es demasiado débil para doblegar a
su propia voluntad y mantener una cuidadosa vigilancia sobre
sí mismo. Es una llamada a la misericordia, es decir,
a la gracia, que se manifestará en el don por parte
de Dios de la fuerza que nos permite resistir a la
tentación y superar nuestras inclinaciones
pecaminosas. Es como un deudor sin dinero que pide a su
benigno acreedor no sólo que le condone la deuda sino
que se compadezca también de su extrema pobreza y le
dé una limosna; esto es lo que estas profundas
palabras (Ten piedad de mí) expresan. Es como
decir: «Dios misericordioso, perdona mis pecados y
ayúdame a corregirme; despierta en mi alma un fuerte
impulso a seguir Tus mandatos. Dispensa Tu gracia en el
perdón de mis pecados presentes, y para que dirija
hacia Ti solo mi mente, mi voluntad y mi corazón
negligentes.»
Me maravillé de la sabiduría de sus
palabras, y le di las gracias por instruir a mi alma
pecadora, y él continuó
enseñándome otras cosas admirables.
-Si quieres -dijo (y yo le tomé en cierto modo por
un erudito, pues dijo haber estudiado en la Academia de
Atenas)- continuaré, hablándote del tono en
que se dice la Oración. Yo he tenido ocasión
de oír a muchos cristianos temerosos de Dios rezarla
oralmente tal como la Palabra de Dios les ordena, y de
conformidad con la Tradición de la Santa Iglesia. La
usan tanto en sus oraciones privadas como en la iglesia. Si
escuchas atentamente, y en intimidad, esta queda
recitación de la Oración, puedes advertir para
tu provecho espiritual que el tono de la voz varía en
distintas personas. Así pues, algunos ponen
énfasis en la primera palabra de la Oración y
dicen Señor Jesucristo, y luego completan el
resto en un tono llano. Otros empiezan la Oración con
voz uniforme y cargan el acento en mitad de la
Oración, sobre la palabra Jesús, como
si fuera una exclamación, y concluyen, de nuevo, en
el mismo tono que al inicio. Otros, aun, empiezan la
Oración y la continúan sin poner ningún
énfasis hasta que llega a las últimas
palabras, Ten piedad de mí, donde levantan sus
voces en rapto. Y algunos dicen toda la Oración con
todo el énfasis puesto en la frase Hijo de
Dios.
Ahora, escucha. La Oración es una y la misma. Los
cristianos ortodoxos sostienen una única
profesión de fe. Y es noción común a
todos ellos que esta Oración, sublime entre todas,
incluye dos cosas: El Señor Jesús y la llamada
a Él. Esto se sabe que es igual para todos. ¿Por
qué, entonces, no todos lo expresan del mismo modo,
es decir, por qué no en el mismo tono? ¿Por
qué el alma ruega de forma particular, y se expresa
con particular énfasis, no en el mismo lugar para
todos, sino en un determinado lugar para cada uno? Muchos
dicen que esto es quizá el resultado de la costumbre
o de la imitación de otros, o que depende del modo de
comprender las palabras que corresponde al punto de vista
particular, o finalmente que es sólo tal como le sale
con más facilidad y naturalidad a cada persona. Pero
yo pienso de forma muy distinta acerca de ello. Me gusta
buscar en ello algo más elevado, algo desconocido no
sólo para el oyente sino incluso también para
la persona que reza. ¿No habrá en esto un
impulso misterioso del Espíritu Santo, que aboga
en nosotros con gemidos inefables en aquellos que no
saben cómo ni sobre qué rezar? Y si es por el
Espíritu Santo, como dice el Apóstol, por el
que cada uno invoca el Nombre de Jesucristo, el
Espíritu Santo, que obra en secreto y da una
oración al que reza, puede también dispensar
Su benéfico don sobre todos, a pesar de su falta de
fortaleza. A uno le concede el temor reverencial de Dios; a
otro, el amor; a otro, la firmeza en la fe; y a otro, la
humildad. Y así con todos.
Si esto es así, entonces quien ha recibido el don
de reverenciar y alabar el poder del Todopoderoso
acentuará con especial sentimiento en sus oraciones
la palabra Señor, en la que siente la grandeza
y el poder del Creador. El que ha recibido la secreta
efusión de amor en su corazón, se transporta
en rapto y se llena de alegría al exclamar
Jesucristo, del mismo modo que cierto starets
que no podía oír el Nombre de Jesús sin
experimentar un extraordinario desbordamiento de amor y de
gozo, aun en conversación normal. El inquebrantable
creyente en la Divinidad de Jesucristo, consustancial al
Padre, se inflama de fe aún más ardiente al
decir las palabras Hijo de Dios. Uno que haya
recibido el don de la humildad y sea profundamente
consciente de su propia flaqueza, se arrepiente y se humilla
a las palabras ten piedad de mí, y vuelca su
corazón más efusivamente en estas
últimas palabras de la Oración. Este abriga
esperanzas en la amorosa benevolencia de Dios, y aborrece su
propia caída en el pecado. He aquí, en mi
opinión, las causas de los distintos tonos en que la
gente dice la Oración del Nombre de Jesús. Y
gracias a esto puedes advertir al escuchar, para gloria de
Dios y para tu propia instrucción, qué
emoción particular mueve a cada uno, cuál es
el don espiritual que cada persona posee. Numerosa gente me
ha dicho sobre este particular: «¿Por qué
todos estos signos de dones espirituales ocultos no aparecen
juntos y reunidos? Entonces, no sólo una, sino cada
palabra de la Oración estaría impregnada del
mismo tono de arrebato.» Yo contesto de este modo:
«Dado que la Gracia de Dios distribuye sus dones con
sabiduría a cada hombre por separado, según su
fortaleza, tal como vemos en la Sagrada Escritura,
¿quién puede descubrir con su limitado
entendimiento y penetrar en los designios de la Gracia?
¿No está acaso la arcilla totalmente en manos
del alfarero, y no puede éste acaso hacer con ella
una cosa u otra?»
Pasé cinco días con este starets, y
su salud mejoró mucho. Este período fue de tal
provecho para mí, que ni siquiera advertí lo
rápido que pasó. Pues en esa pequeña
habitación, en tranquila reclusión, no nos
ocupamos en otra cosa más que en invocar en silencio
el Nombre de Jesús o en hablar sobre el mismo tema,
la oración interior.
Un día, un peregrino vino a vernos. Se quejaba
amargamente de los judíos y los insultaba.
Había andado por sus pueblos y había tenido
que soportar su enemistad y su fullería. Su
resentimiento contra ellos era tal, que los maldecía,
llegando a decir que no merecían vivir a causa de su
obstinación e incredulidad. Finalmente, dijo que
sentía tal aversión por ellos que no
podía controlarla en absoluto.
-No tienes ningún derecho, amigo -dijo el
starets- a insultar y maldecir a los judíos de
este modo. Dios los hizo a ellos como nos hizo a nosotros.
Deberías apenarte por ellos y rogar por ellos, no
maldecirlos. Créeme, el desagrado que sientes por
ellos proviene del hecho de que tú no estás
fundamentado en el amor de Dios y no tienes oración
interior como afianzamiento, y careces, por tanto, de paz
interior. Te leeré un pasaje de los Santos Padres
acerca de esto. Escucha, esto es lo que escribe Marcos el
Asceta: «El alma que está unida interiormente
con Dios se vuelve, por ser tan grande su gozo, como un
niño bondadoso e ingenuo, y ya no condena a nadie,
sea griego, pagano, judío o pecador, sino que los
contempla a todos por igual con mirada pura; halla gozo en
el mundo entero, y quiere que todos griegos, judíos y
gentiles glorifiquen a Dios.» Y Macario el Grande, de
Egipto, dice que el contemplativo «arde con un amor tan
grande que si fuese posible él haría de su
interior una morada para todos, sin hacer distinciones entre
buenos y malos». Aquí ves, querido hermano, lo
que los Santos Padres piensan de ello. Así que yo te
aconsejo que dejes de lado tu fiereza, y mires a todo
considerando que está bajo la omnisciente Providencia
de Dios, y que cuando te tropieces con vejaciones, te acuses
a ti mismo en particular de falta de paciencia y
humildad.
Por fin, pasó más de una semana y mi
starets se repuso. Le di las gracias con todo mi
corazón por toda la bendita enseñanza que me
había dado, y nos despedimos. Él partió
para su patria, y yo inicié la ruta que había
planeado. Ya empezaba a aproximarme a Pochaev, y no
habría hecho más de cien verstas, cuando un
soldado me alcanzó. Le pregunté adónde
iba, y me dijo que regresaba a su tierra natal en Kamenets
Podolsk. Seguimos en silencio unas diez verstas, y yo
advertí que él suspiraba muy hondo como si
algo le angustiase, y que estaba muy abatido. Le
pregunté por qué estaba tan triste.
-Buen amigo, ya que habéis reparado en mi pesar,
si me juráis por todo lo que tengáis de
más sagrado que no se lo vais a contar a nadie, os lo
contaré todo acerca de mí, puesto que estoy
cerca de la muerte y no tengo a nadie con quien hablar de
ello.
Le aseguré como cristiano, que yo no tenía
la menor necesidad de contárselo a nadie y que, por
amor fraterno, me alegraría darle toda la ayuda que
pudiese.
-Bien pues -empezó-, fui reclutado como soldado
entre los campesinos del Estado. Después de unos
cinco años de servicio aquello se me hizo
insoportable; de hecho, a menudo me azotaban por negligencia
y embriaguez. Se me metió en la cabeza la idea de
escapar, y aquí me tenéis, desertor desde hace
ya quince años. Durante seis años me
escondí por donde pude. Robé en granjas,
despensas y almacenes. Robé caballos; atraqué
tiendas. Y continué esta especie de profesión
siempre yo solo. Me deshacía de lo robado de varias
maneras. Me bebía el dinero, y llevaba una vida
depravada cometiendo toda suerte de pecados. Solo que mi
alma no pereció. Me siguió yendo muy bien,
pero al final fui a parar a la cárcel por vagar sin
pasaporte. Pero incluso de allí escapé cuando
se me presentó la ocasión. Entonces, me
encontré inesperadamente con un soldado que
había sido licenciado del servicio y se iba a su
casa, en una alejada provincia; pero como estaba enfermo y
apenas podía andar, me pidió que le llevase al
pueblo más próximo, donde poder encontrar
alojamiento. Le conduje, pues. La policía nos
autorizó a pasar la noche en un pajar, sobre un
montón de heno, y allí nos acostamos. Cuando
me desperté por la mañana, eché una
mirada a mi soldado, y allí estaba, muerto y
rígido. Busqué apresuradamente, pues, su
pasaporte, es decir, su licencia, y cuando la hube
encontrado, junto con una buena suma de dinero
también, y mientras todos dormían aún,
salí de aquel cobertizo y del patio trasero tan
aprisa como pude, me metí en el bosque y
desaparecí. Al leer su pasaporte, vi que en edad y en
señas distintivas era casi igual que yo. Me
alegré mucho por ello, y me interné
resueltamente en la región de Astracán.
Allí empecé a sentar un poco la cabeza, y
conseguí trabajo como labrador. Me asocié con
un anciano que tenía casa propia y era tratante de
ganado. Vivía solo con su hija, que era viuda.
Después de un año viviendo con él, me
casé con esta hija suya. Luego, el anciano
murió. No pudimos llevar adelante el negocio. Yo
empecé a beber de nuevo, y mi esposa también,
y en un año hubimos gastado todo lo que el viejo nos
dejó. Y entonces, mi mujer enfermó y
murió. Vendí todo lo que quedaba, así
como la casa, y pronto me gasté el dinero.
No tenía ya nada, pues, de qué vivir, nada
qué comer. Así que volví a mi antigua
profesión de comerciar con géneros robados, y
con tanta más audacia cuanto que ahora tenía
un pasaporte. Me dediqué, pues, otra vez a mi vieja
vida depravada durante cerca de un año. Vino una
temporada en la que durante mucho tiempo no tuve
ningún éxito. Le robé un viejo caballo
miserable a un bobil 9,
y se lo vendí a los matarifes por un ochavo. Con el
dinero, me fui a la taberna y me puse a beber. Tuve la idea
de ir a un pueblo donde había una boda, con la
intención de pillar todo lo que pudiese una vez que
estuvieran todos dormidos después del festín.
Como el sol no se había puesto todavía, me
metí en el bosque para esperar la noche. Allí,
me tumbé y caí en un profundo sueño. Y
entonces tuve un sueño, en el que me vi en una ancha
y hermosa pradera. De repente, una nube horrible se
levantó en el cielo, y luego sobrevino un trueno tan
espantoso que el suelo tembló bajo mis pies. Y fue
como si alguien me hincase hasta los hombros en la tierra,
la cual me oprimía por todos lados. Sólo mis
manos y mi cabeza quedaban fuera. Entonces, esa horrible
nube pareció posarse en el suelo, y de ella
salió mi abuelo, que llevaba muerto unos veinte
años. Fue un hombre muy recto y durante treinta
años ejerció de capillero en nuestro pueblo.
Se acercó a mí con rostro airado y amenazador,
y yo temblé de miedo. Pude observar, en las
proximidades, varios montones de cosas que yo había
robado en distintas ocasiones. Aún me asusté
más. Mi abuelo vino hasta mí y,
señalando el primer montón, dijo
amenazadoramente: «¿Qué es eso?
¡Dale!» Y de pronto, la tierra a todo mi alrededor
se puso a estrujarme de tal modo que no podía
soportar el dolor y el desmayo. Gemí y
exclamé: «Ten piedad de mí», pero el
tormento prosiguió. Entonces, mi abuelo
señaló otro montón y dijo de nuevo:
«¿Qué es eso? ¡Estrújale
más fuerte!» Y sentí un dolor y una
angustia tan intensos que ninguna tortura en el mundo puede
comparárseles. Finalmente, mi abuelo trajo a mi lado
el caballo que yo había robado por la tarde, y
exclamó: «¿Y esto, qué es?
¡Dale; tan fuerte como puedas! »Y sentí un
dolor tal por todas partes, que no puedo describirlo,
así fue de cruel, terrible y extenuante. Fue como si
se me hubiesen quitado todas las fuerzas, y yo me ahogaba
con aquel espantoso dolor. Sentí que no podría
resistirlo y que perdería el conocimiento si aquella
tortura continuaba un poco más. Pero el caballo dio
una coz y me alcanzó la mejilla, abriéndomela.
Y en el momento de recibir este golpe, desperté
horrorizado y temblando como un alfeñique. Vi que ya
era de día, y que el sol se levantaba. Toqué
mi mejilla, y sangraba. Y aquellas partes que, en el
sueño, habían estado enterradas estaban todas,
por así decirlo, duras y tiesas, y tenía
agujetas en ellas. Estaba tan aterrorizado que apenas pude
levantarme e irme a casa. La mejilla me dolió durante
mucho tiempo. Mirad, aún podéis ver la
cicatriz. No estaba aquí antes. Y así,
después de esto, el miedo y el horror me asaltaban a
menudo, y sólo tengo que recordar lo que sufrí
en aquel sueño para que la angustia y el
desfallecimiento reaparezcan, con tal tormento que ya no
sé qué hacer. Y lo que es más; esto se
fue produciendo con más frecuencia, y al final
empecé a tener miedo de la gente y a sentir
vergüenza, como si todo el mundo supiese mi ignominia
pasada. Y a causa de este sufrimiento, ya no pude ni comer
ni dormir. Me quedé hecho un pingajo. Pensé en
ir a mi regimiento y declararlo todo abiertamente.
Quizá Dios perdonase mis pecados si yo aceptaba mi
castigo. Pero tuve miedo, y perdí el valor al pensar
que me harían correr baquetas. Y así pues,
perdiendo la paciencia, quise ahorcarme. Pero se me
ocurrió pensar que, en cualquier caso, ya no voy a
vivir mucho; pronto moriré, pues he perdido todas mis
fuerzas. Así que pensé en volver para
despedirme de mi tierra y morir en ella. Tengo un sobrino
allí, y heme aquí que llevo ya seis meses de
camino, y mientras, la aflicción y el miedo me hacen
desdichado. ¿Qué pensáis, hermano?
¿Qué he de hacer? Realmente, ya no puedo
aguantar mucho más.
Cuando escuché todo esto, quedé admirado y
alabé la sabiduría y la bondad de Dios, al ver
los diferentes caminos por los que alcanza a los pecadores.
Así que le dije:
-Querido hermano, deberíais haber rezado a Dios
durante este tiempo de miedo y angustia. Este es el gran
remedio para todos nuestros males.
-¡Ni hablar! -dijo-; pensé que en cuanto me
pusiese a rezar, Dios me iba a aniquilar.
-¡Qué disparate, hermano! Es el diablo quien
pone tales ideas en vuestra cabeza. La misericordia de Dios
es infinita, y Él se compadece de los pecadores y en
seguida perdona a quienes se arrepienten. Puede que no
sepáis la Oración de Jesús,
Señor Jesucristo, ten piedad de mí,
pecador; se va diciendo esto continuamente.
-Vaya si la conozco esta oración. Solía
repetirla a veces para darme ánimos cuando iba a
cometer un robo.
-Entonces, atended. Dios no os aniquiló cuando
estabais en camino de cometer una mala acción y
decíais la Oración. ¿Va a hacerlo ahora,
si empezáis a rezar en el camino del arrepentimiento?
Ya veis, pues, como vuestros pensamientos provienen del
diablo. Creedme, querido hermano, si decís la
Oración, sin prestar atención a los
pensamientos que acudan a vuestra mente, pronto vais a
encontrar alivio. Todo el miedo y la tensión
desaparecerán, y por fin estaréis
completamente en paz. Os convertiréis en un hombre
piadoso, y todas vuestras pasiones pecaminosas os
abandonarán. Yo os lo aseguro, pues he visto muchos
casos así en mi vida.
Y a continuación, le conté varios casos en
los que la Oración de Jesús había
manifestado su maravilloso poder de obrar sobre los
pecadores. Por fin, le persuadí a venirse conmigo
junto a la Madre de Dios de Pochaev, refugio de pecadores,
antes de volverse a casa, y a confesarse y comulgar
allí.
El soldado escuchó todo esto atentamente y con
alegría, según pude ver y se avino con todo.
Nos fuimos juntos a Pochaev, con la condición de que
ninguno de los dos hablaría al otro, sino que
diríamos la Oración todo el tiempo. En este
silencio, anduvimos todo un día. Al día
siguiente, me manifestó que se sentía mucho
más aliviado y que era patente que su mente estaba
más tranquila que antes. Llegamos a Pochaev al tercer
día, y yo le exhorté a no interrumpir la
Oración ni de día ni de noche, mientras
estuviera despierto, y le aseguré que el
santísimo Nombre de Jesús, que resulta
insoportable para nuestros enemigos espirituales,
tendría la fuerza para salvarle. Sobre este punto, le
leí en la Filocalía que aunque debemos
decir la Oración de Jesús en todo momento, es
especialmente necesario hacerlo con el mayor cuidado cuando
nos preparamos para la comunión.
Así lo hizo, y luego se confesó y
tomó la comunión. A pesar de que, de vez en
cuando, los antiguos pensamientos le asaltaban aún,
ahora los apartaba fácilmente con la Oración.
El domingo, para poder estar en pie con más
tranquilidad para maitines, se fue a la cama temprano y
continuó diciendo la Oración. Yo me
quedé aún sentado en el rincón leyendo
mi Filocalía junto a una vela. Pasó una
hora; él se durmió y yo me puse a rezar. De
pronto, unos veinte minutos más tarde, pegó un
sobresalto y se despertó, saltó
rápidamente de la cama, corrió hacia mí
llorando y, desbordante de felicidad, dijo:
-¡Oh, hermano! ¡Qué acabo de ver!
¡Qué paz y qué gozo siento! Sí
creo que Dios tiene misericordia de los pecadores y no les
da tormento. ¡Gloria a Ti, Señor, gloria a
Ti!
Quedé sorprendido y contento, y le pedí que
me contase exactamente lo que le había sucedido.
-Pues mirad; esto -dijo-: apenas caí dormido, me
vi en esa pradera donde se me había atormentado. Al
principio, me aterroricé, pero vi que en vez de una
nube, el sol se levantaba y una luz maravillosa brillaba
sobre todo el prado. Y vi que en él había
flores rojas y hierba. Luego, de pronto, se me acercó
mi abuelo, con el aspecto más afable que os
podéis imaginar, y me saludó dulce y
cariñosamente. Y dijo: «Ve a Zhitomir, a la
iglesia de San Jorge. Te tomarán bajo
protección eclesiástica. Pasa allí el
resto de tu vida, y reza sin cesar. Dios tendrá
misericordia de ti.» Cuando hubo dicho esto, hizo sobre
mí la señal de la cruz y desapareció
inmediatamente. No puedo deciros cuán feliz me
sentí; era como si me hubiese quitado un gran peso de
las espaldas y me hubiese ido volando al cielo. En aquel
momento me desperté, con el alma tranquila y mi
corazón tan lleno de gozo que no sabía
qué hacer. ¿Qué debo hacer ahora? Me
pondré en marcha inmediatamente para Zhitomir, como
mi abuelo me indicó. Se me hará fácil
yendo con la Oración.
-Pero esperad un momento, querido hermano.
¿Cómo podéis partir en mitad de la noche?
Quedaos para maitines, rezad vuestras oraciones y luego id
con Dios.
Ya no nos fuimos a dormir después de esta
conversación. Fuimos a la iglesia; él se
quedó a maitines, rezando de veras, con
lágrimas, y dijo que se sentía en gran paz y
contento, y que la Oración continuaba felizmente.
Luego, después de la liturgia, tomó la
comunión, y cuando hubimos tomado algún
alimento fui con él hasta la carretera de Zhitomir,
donde nos despedimos con lágrimas de dicha.
Tras esto, me puse a pensar sobre mis propios asuntos.
¿Adónde iría ahora? Al final,
decidí volver otra vez a Kiev. La sabia
enseñanza de mi sacerdote me atraía
allí, y, además, si me quedaba con él,
él quizá pudiese encontrar a algún
filántropo devoto de Cristo que me pusiera de camino
a Jerusalén o, al menos, al monte Athos. Aún
me quedé una semana más en Pochaev, empleando
el tiempo en traer al recuerdo todo lo que había
aprendido de aquellos a quienes había encontrado en
mi viaje, y en tomar apuntes de gran número de cosas
útiles. Luego me preparé para el viaje, me
puse mi kotomka y me fui a la iglesia para encomendar mi
viaje a la Madre de Dios. Cuando hubo terminado la liturgia,
recé mis oraciones y me dispuse a partir. Estaba de
pie al fondo de la iglesia, cuando entró un hombre
que, aun cuando no vestía ricos ropajes,
pertenecía sin duda a la clase distinguida, y que me
preguntó dónde vendían las velas. Yo se
lo indiqué. Al final de la liturgia, me quedé
rezando en la capilla de la Santa Huella. Cuando hube
terminado mis oraciones, me puse en camino. Había
avanzado unos pasos por la calle, cuando vi en una de las
casas una ventana abierta, al lado de la cual un hombre
estaba sentado leyendo un libro. Mi camino vino a pasar
justo bajo esa ventana, y vi que el hombre sentado
allí era el mismo que me había preguntado lo
de las velas en la iglesia. Al pasar me quité el
sombrero, y al verme me hizo señas de que me acercase
a él, y dijo:
-Supongo que debes ser un peregrino, ¿no es
verdad?
-Sí -respondí.
Me pidió que pasase, y quiso saber quién
era y adónde me dirigía. Le conté todo
sobre mí, sin ocultar nada. Me ofreció un poco
de té y se puso a hablarme.
-Escucha, alma de Dios. Yo te aconsejaría ir al
Monasterio Solovetsky 10.
Hay allí un skit 11
tranquilo y muy retirado llamado Anzersky. Es como un
segundo Athos, y todo el mundo es bienvenido allí. El
noviciado sólo consiste en leer en turnos el salterio
en la iglesia, durante cuatro horas de cada veinticuatro. Yo
mismo me voy allí, y he hecho voto de ir a pie.
Podríamos ir juntos. Iría más seguro
contigo; dicen que es una ruta muy solitaria. Por otro lado,
yo tengo dinero y podría procurar tu sustento durante
todo el viaje. Y yo propondría que fuésemos en
estas condiciones: que caminásemos a unos veinte
pasos uno de otro; así no nos estorbaríamos
mutuamente, y mientras anduviésemos podríamos
ocupar el tiempo en leer todo el rato o en meditar.
Piénsalo bien, hermano, y acepta; te valdrá la
pena.
Cuando escuché esta invitación, tomé
este acontecimiento por una señal para mi viaje que
me ofrecía la Madre de Dios, a quien había
pedido que me mostrase el camino a la bienaventuranza. Y sin
pensármelo dos veces, acepté en seguida. Y al
día siguiente emprendimos el viaje. Anduvimos durante
tres días uno detrás del otro, tal como
habíamos convenido. Él leía un libro en
todo momento, un libro del que nunca se separaba, ni de
día ni de noche; y a veces meditaba sobre algo. Al
fin, nos detuvimos en un lugar determinado para cenar.
Él comió con el libro abierto delante, y sin
apartarle la vista. Vi que el libro era un ejemplar de los
Evangelios, y le dije:
-¿Me permitís la pregunta, señor, de
por qué no os separáis de los Evangelios ni un
instante, ni de día ni de noche? ¿Por qué
los tenéis siempre en la mano y los lleváis
con vos?
-Porque de él y sólo de él aprendo
casi continuamente -respondió.
-¿Y qué aprendéis? -dije a
continuación.
-La vida cristiana, que se resume en la oración.
Considero que la oración es el medio más
importante y necesario para la salvación y el primer
deber de todo cristiano. La oración es el primer paso
en la vida piadosa y asimismo su corona, y es por tal motivo
por el que el Evangelio manda la oración incesante.
Para los demás actos de devoción, hay su
momento asignado, pero en la cuestión de la
oración no hay momentos de descanso. Sin la
oración es imposible hacer ningún bien, y sin
el Evangelio no se puede aprender adecuadamente acerca de la
oración. Por lo tanto, todos aquellos que han
alcanzado la salvación por medio de la vida interior,
los santos predicadores de la Palabra de Dios, así
como eremitas y solitarios, y desde luego todos los
cristianos temerosos de Dios, fueron instruidos por su
indefectible y constante ocupación con los abismos de
la Palabra de Dios, y por su lectura del Evangelio. Muchos
de ellos tenían el Evangelio constantemente en sus
manos, y en sus enseñanzas sobre la salvación
daban este consejo: «Siéntate en el silencio de
tu celda y lee el Evangelio, y vuélvelo a leer.»
Aquí tienes el motivo de por qué me ocupo
sólo con el Evangelio.
Esta argumentación suya y su anhelo por la
oración me satisficieron mucho. Le pregunté a
continuación de qué Evangelio en particular
sacaba la enseñanza acerca de la oración.
-De todos por igual -respondió-, mejor dicho, de
todo el Nuevo Testamento, leído por orden. Llevo
leyéndolo mucho tiempo y captando el sentido, y esto
me ha mostrado que hay en el Santo Evangelio una
graduación y una cadena regular de enseñanza
acerca de la oración, empezando por el primer
evangelista y continuando hasta el final por orden
sistemático. Por ejemplo: justo al comienzo se
establece el modo de enfoque o la introducción a la
enseñanza sobre la oración; luego, la forma o
la expresión exterior de ésta en palabras.
Más adelante, encontramos las condiciones necesarias
para poder ofrecer la oración y los medios de
aprenderla, con ejemplos; y finalmente, la enseñanza
secreta acerca de la incesante oración interior y en
espíritu del Nombre de Jesucristo, que es mostrada
como más elevada y más salutífera que
la oración exterior. Y luego viene su necesidad, su
fruto bendito, y así sucesivamente. En una palabra:
Se puede obtener del Evangelio un conocimiento pleno y
detallado acerca de la práctica de la oración,
en un orden y una secuencia sistemáticos, de
principio a fin.
Oyendo esto, decidí pedirle que me lo mostrase
todo en detalle, y le dije: «Puesto que me apetece
escuchar y hablar acerca de la oración más que
ninguna otra cosa, me complacería mucho ver esta
secreta cadena de enseñanza sobre ella, en todos sus
detalles. Por el amor de Dios, pues, mostradme todo esto
sobre el mismo Evangelio.» Aceptó de buen grado,
y, ofreciéndome un lápiz, dijo:
-Abre tu Evangelio; mirátelo y toma apuntes de lo
que te diga. Ten la bondad de mirar estas notas mías.
Ahora -dijo- busca primero en el capítulo sexto del
Evangelio de San Mateo, y lee del versículo quinto al
noveno. Ves como aquí tenemos la preparación o
la introducción, enseñando que debemos
ponernos a rezar no por vanagloria y ruidosamente, sino en
silencio y en lugar solitario; y que debemos rezar
sólo por el perdón de los pecados y la
comunión con Dios, y no inventar infinidad de
demandas innecesarias sobre cosas temporales, como hacen los
gentiles. Luego, lee más adelante en el mismo
capítulo, del versículo nueve al catorce.
Aquí se nos da la forma de la oración, es
decir, en qué términos debe ser expresada.
Ahí tienes reunido con gran sabiduría todo lo
que es necesario y deseable para nuestra vida.
Después, continúa leyendo los
versículos catorce y quince del mismo
capítulo, y verás las condiciones que es
necesario observar para que la oración sea eficaz. Ya
que Dios no perdonará nuestros pecados a menos de que
perdonemos a los que nos han agraviado. Pasa ahora al
capítulo séptimo, y hallarás, del
versículo séptimo al duodécimo,
cómo tener éxito en la oración,
cómo ser intrépido en la esperanza: pedid,
buscad, llamad. Estas expresiones enérgicas
describen la frecuencia en el rezo y el apremio a
practicarlo, de tal modo que la oración no
sólo acompañe toda acción sino que
incluso la preceda en el tiempo. Esto constituye la
principal propiedad de la oración. Verás un
ejemplo de ello en el capítulo decimocuarto del
Evangelio de San Marcos, del versículo
trigésimo segundo al cuadragésimo, donde el
propio Jesucristo repite a menudo las mismas palabras de la
oración. El Evangelio de San Lucas, capítulo
undécimo, versículos cinco al catorce, da un
ejemplo parecido de oración repetida en la
parábola del amigo importuno, y en el ruego repetido
de la viuda 12,
que ilustra la orden de Jesucristo de que debemos orar
siempre, en todo momento y en todo lugar, y no abandonarnos
al desaliento, es decir, a la pereza. Después de esta
detallada enseñanza, es el Evangelio de San Juan el
que nos muestra la enseñanza esencial acerca de la
secreta oración interior del corazón. Ello se
nos ilustra, en primer lugar, en el profundo relato de la
conversación de Jesucristo con la samaritana, donde
es revelada la adoración interior a Dios en
espíritu y en verdad que Dios desea, y que
consiste en la verdadera oración continua, como una
fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna
13.
Más adelante, en el capítulo decimoquinto,
versículos cuarto al octavo, se nos describe
más decididamente aún la fuerza, el poder y la
necesidad de la oración interior, es decir, de la
presencia del espíritu en Cristo, en
conmemoración incesante de Dios. Finalmente, lee los
versículos veintitrés al veinticinco del
capítulo decimosexto del mismo evangelista.
Fíjate qué misterio se nos revela allí.
Tú observas que la Oración de Jesús,
cuando se repite con frecuencia, tiene la mayor fuerza y con
gran facilidad abre el corazón y lo santifica. Esto
puede observarse muy claramente en el caso de los
Apóstoles, que habían sido discípulos
de Jesucristo durante todo un año, y a quienes
Él ya había enseñado el Padre Nuestro
(que conocemos a través de ellos); pero al
término de su vida terrena, Jesucristo les
reveló el misterio que aún faltaba en sus
oraciones. A fin de que su oración pudiese dar un
claro paso adelante, les dijo: Hasta ahora no
habéis pedido nada en mi nombre. En verdad, en verdad
os digo: Cuanto pidierais al Padre en mi nombre os lo
dará. Y así sucedió en su caso.
Puesto que, siempre ya luego, cuando los Apóstoles
hubieron aprendido a ofrecer oraciones en el Nombre de
Jesucristo, ¡cuántas obras maravillosas
realizaron y cuán abundante luz fue derramada sobre
ellos! ¿Ves ahora el encadenamiento, la plenitud de la
enseñanza acerca de la oración depositada con
tanta sabiduría en el Santo Evangelio? Y si sigues
después con la lectura de las Epístolas de los
Apóstoles, puedes encontrar en ellas también
la misma enseñanza consecutiva acerca de la
oración.
Como continuación a las notas que ya te he dado,
te mostraré varios pasajes que ilustran las
propiedades de la oración. Así, en los Hechos
de los Apóstoles se describe su práctica, es
decir, el constante y diligente ejercicio de la
oración de los primeros cristianos, que fueron
iluminados por su fe en Jesucristo
14.
Se nos refieren los frutos de la oración o el
resultado de estar constantemente en oración, es
decir, la efusión del Espíritu Santo y de sus
dones sobre los que rezan. Verás algo parecido a esto
en el capítulo decimosexto, versículos
veinticinco y veintiséis. Luego, sigue por orden las
Epístolas de los Apóstoles, y verás:
Primero, cuán necesaria es la oración en toda
circunstancia 15;
segundo, cómo el Espíritu Santo nos ayuda a
rezar 16;
tercero, cómo todos debemos rezar en espíritu
17;
cuarto, cuán necesarias son la tranquilidad y la paz
interior para la oración 18;
quinto, cuán necesario es rezar sin cesar
19;
y sexto, que no debemos rezar sólo por nosotros
mismos, sino por todos los hombres
20.
Y de este modo, consagrando largo tiempo a extraer con gran
cuidado el significado, podemos encontrar aún muchas
más revelaciones del conocimiento secreto que se
oculta en la Palabra de Dios, el cual se nos escapa si
sólo la leemos de vez en cuando o por encima.
¿Te das cuenta, después de lo que te acabo de
indicar, con qué sabiduría y qué
método revela el Nuevo Testamento la enseñanza
de nuestro Señor Jesucristo sobre la materia que
hemos estado investigando?; ¿en qué maravillosa
secuencia está expuesta en los cuatro evangelistas?
Es de este modo: En San Mateo vemos el acceso, la
introducción a la oración, la forma concreta
de ésta, las condiciones de la misma, y así
sucesivamente. Sigamos adelante. En San Marcos encontramos
ejemplos; en San Lucas, parábolas; en San Juan, el
ejercicio secreto de la oración interior, aunque esto
también se encuentre en los otros evangelistas, bien
sea brevemente bien por extenso. En los Hechos se nos
describen la práctica de la oración y sus
resultados; en las Epístolas de los Apóstoles
y en el propio Apocalipsis, muchas propiedades asociadas
inseparablemente con el acto de rezar. Y ahí tienes
la razón por la cual los Evangelios me bastan como
maestro en todos los caminos de la salvación.
Durante todo el tiempo que fue mostrándome esto e
instruyéndome, yo fui marcando en los Evangelios (en
mi Biblia) todos los pasajes que él me
señalaba. Esto me pareció muy digno de notar e
instructivo, y le di las gracias. Luego, seguimos durante
otros cinco días en silencio. Los pies de mi
compañero empezaron a dolerle mucho, sin duda a causa
de no estar habituado a caminar continuamente. Así
que alquiló una carreta con un par de caballos, y me
llevó con él. Y así hemos llegado a
vuestros alrededores, donde hemos permanecido tres
días para poder, una vez hayamos descansado un poco,
partir directos hacia Anzersky, adonde él está
ansioso por ir.
EL STARETS: Este amigo tuyo es magnífico. A
juzgar por su devoción, debe ser muy instruido. Me
gustaría verle.
EL PEREGRINO: Nos alojamos en el mismo lugar. Os lo voy a
traer mañana. Ahora ya es tarde. Adiós.
NOTAS AL
CAPÍTULO V
1
Literalmente, «hijo de judío». volver
2
Una especie de mochila hecha de corteza de abedul. Tiene dos
bolsillos, uno delante y otro detrás, y se lleva
colgado al hombro. volver
3
El jefe de la comunidad aldeana, o Mir. volver
4
Es decir, cerca de donde están enterrados, la Laura
Kiev-Pecherskaya. Este fue uno de los más famosos e
influyentes monasterios de Rusia, y era visitado por cientos
de miles de peregrinos cada año. Fue fundado en el
siglo XI, y sus catacumbas contenían los cuerpos
incorruptos de muchos santos de la antigua Rusia. volver
5
De la octava oración de los Maitines del
Devocionario de los Laicos de la Iglesia Rusa.
volver
6
La leyenda, que se dice data de alrededor del siglo XIII,
refiere que Nuestra Señora rodeada de santos se
apareció, en un resplandor de gloria, a un grupo de
pastores. La roca sobre la que se posó se vio
después que llevaba la huella de su pie, y de ella
salía un hilillo de agua que, con posterioridad,
resultó tener poderes curativos. Posteriormente, se
erigió un monasterio en el lugar, y la capilla de la
Huella se conserva aún en la cripta. volver
7
Es el nombre que los rusos dan a la Iglesia Ortodoxa.
Significa, literalmente, «recta alabanza».
volver
8
Un podvizh es una proeza notable, y el que la ejecuta
es un podvizhnik. Estos términos se aplican,
en la vida espiritual, a logros destacados en la vida de
oración y prácticas ascéticas, y a
aquellos que los alcanzan. volver
9
Un campesino sin tierras, de aquí una pobre persona
menesterosa. volver
10
El famoso monasterio en el grupo de islas del mismo nombre,
en el Mar Blanco. Fue fundado en 1428 por San Germán
y San Sabás. El primero había sido monje de
Valamo. volver
11
Un skit es una pequeña comunidad
monástica dependiente de un gran monasterio.
volver
12
Cfr. Luc., XVIII, 1-8. volver
13
Cfr. Jn., IV, 5-25. volver
14
Cfr. Act., IV, 31. volver
15
Cfr. Sant., V, 13-16. volver
16
Cfr. Jds., 20-21 y Rom., VIII, 26. volver
17
Cfr. Ef. VI 18. volver
18
Cfr. Flp. IV, 6-7. volver
19
Cfr. 1 Tes., V, 17. volver
20
Cfr. 1 Tim., II, 1-15. volver
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