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An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
SEGUNDA
PARTE
CAPÍTULO
SEXTO
EL PEREGRINO: Tal como os prometí ayer, he pedido
a mi respetable compañero de peregrinación,
quien dio solaz a mi camino con su plática espiritual
y a quien deseabais ver, que me acompañase
aquí.
EL STARETS: Será muy agradable para mí, y
espero que también para mis respetables visitantes,
el veros a ambos y tener la ocasión de oír
vuestras experiencias. Tengo aquí conmigo a un
venerable skhimnik 1,
y a un piadoso sacerdote. Y allí donde dos o tres
están reunidos en el nombre de Jesucristo, Él
prometió estar presente. Y ahora estamos aquí
cinco reunidos en Su nombre, por lo que sin duda Él
se dignará derramar sus bendiciones aun con mayor
generosidad. Lo que vuestro compañero me contó
ayer, querido hermano, acerca de vuestro ardiente apego al
Santo Evangelio es muy notable e instructivo, y sería
muy interesante conocer de qué modo este grande y
bendito secreto os fue revelado.
EL PROFESOR: El Dios amantísimo, que desea que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la
verdad, me lo reveló por Su gran misericordia de un
modo maravilloso y sin intervención humana alguna.
Fui profesor durante cinco años, y llevé un
tipo de vida de triste disipación, cautivado por la
vana filosofía del mundo, y no de acuerdo con Cristo.
Quizá habría perecido del todo si no me
hubiese sostenido hasta cierto punto el hecho de vivir con
mi muy piadosa madre y con mi hermana, una joven muy seria.
Un día, mientras iba dando un paseo, me
encontré y trabé relación con un joven
excelente que dijo ser francés y estudiante, que no
hacía mucho que había llegado de París,
y que estaba buscando un puesto como preceptor. Me
encantó en gran manera su elevado grado de cultura y,
como él era extranjero en este país, le
invité a mi casa y nos hicimos amigos. En el curso de
dos meses, vino a verme con frecuencia. Algunas veces nos
íbamos juntos a pasear y a divertirnos, y nos
juntábamos con compañías que ya pueden
suponer eran muy inmorales. Al fin, vino un día con
una invitación para un lugar de este género, y
para persuadirme con mayor rapidez se puso a elogiar la
particular viveza y agrado de la compañía a la
que me invitaba. Después de haber estado hablando de
ello un corto rato, me pidió de pronto que
saliéramos de mi estudio donde estábamos
sentados y nos fuésemos a sentar al salón.
Esto me pareció muy extraño. Y le dije que
nunca antes había notado en él ningún
reparo a permanecer en mi estudio, y que cuál era
ahora, le pregunté, la causa de ello. Y
añadí que el salón era contiguo a la
habitación donde estaban mi madre y mi hermana, y que
sería indecoroso por tanto proseguir allí este
género de conversación. Insistió con
varios pretextos, pero al final declaró abiertamente:
«Entre esos libros de la estantería, tienes un
ejemplar de los Evangelios. Tengo tal respeto por este
libro, que en su presencia me resulta difícil hablar
de asuntos vergonzosos. Por favor, sácalo de
ahí; luego podremos hablar libremente.» Yo
sonreí, frívolo, a sus palabras. Tomando los
Evangelios del estante, dije: «Deberías
habérmelo dicho mucho antes», y se los
tendí, diciendo: «Bueno, tómalos
tú mismo y ponlos en cualquier rincón de la
habitación.» No le había apenas tocado
con los Evangelios, cuando, instantáneamente, se
estremeció y desapareció. Esto me
confundió hasta tal extremo que, de espanto,
caí al suelo sin sentido. Oyendo el ruido, todos los
de la casa vinieron corriendo hacia mí, y a lo largo
de media hora intentaron en vano que me recobrase. Al fin,
cuando volví en mí de nuevo, temblaba de
espanto y me sentía absolutamente trastornado, y mis
manos y mis pies estaban completamente entumecidos y no
podía moverlos. Se llamó al médico,
quien diagnosticó parálisis como resultado de
algún gran sobresalto o susto. Estuve en cama todo un
año después de esto, y aun con las atenciones
médicas más cuidadosas no conseguí el
menor alivio, de suerte que, en razón de mi
enfermedad, parecía que iba a tener que dejar mi
puesto. Mi madre, que iba envejeciendo, murió durante
este período, y mi hermana se disponía a tomar
el hábito, todo lo cual acrecentó mi mal
aún más. Tuve un solo consuelo durante este
tiempo de enfermedad, y éste fue la lectura del
Evangelio, el cual no se apartó de mis manos desde el
inicio de la misma. Era como una especie de recuerdo de la
cosa maravillosa que me había sucedido. Un
día, un monje desconocido vino a verme. Hacía
una colecta para su monasterio. Me habló de forma muy
persuasiva y me dijo que no debía confiar sólo
en las medicinas, que sin la ayuda de Dios serían
incapaces de darme ningún alivio, y que debía
rogar a Dios y rogar con diligencia para esto precisamente,
puesto que la oración es el medio más poderoso
para sanar todo mal, tanto corporal como espiritual.
«¿Cómo puedo rezar en este estado,
cuando no tengo fuerzas para hacer ningún tipo de
inclinación, ni tan sólo puedo levantar la
mano para santiguarme?», le respondí, perplejo.
A lo que dijo: «Bueno, sea como fuere, rezad de un modo
u otro.» Pero no se extendió más en ello,
ni me explicó realmente cómo rezar. Cuando mi
visitante hubo partido, me parece que casi sin querer me
puse a pensar acerca de la oración y acerca de su
fuerza y de sus efectos, haciendo memoria de las
enseñanzas que yo había recibido sobre
conocimientos religiosos mucho tiempo atrás, cuando
aún era estudiante. Esto me ocupó muy
felizmente y renovó en mi mente el conocimiento en
materia de religión, a la par que dio alegría
a mi corazón. Al mismo tiempo, empecé a sentir
cierto alivio en mi afección. Ya que el libro de los
Evangelios estaba continuamente conmigo, tal era mi fe en
él como resultado del milagro, y puesto que recordaba
también que todos los discursos sobre la
oración que había escuchado en conferencias
estaban basados en el texto del Evangelio, consideré
que lo mejor sería hacer un estudio de la
oración y la piedad cristiana a partir
únicamente de la enseñanza del Evangelio.
Extrayendo laboriosamente su significado, bebí en
él como de una abundante fuente, y encontré un
método completo para la vida de redención y de
la auténtica oración interior. Marqué
con reverencia todos los pasajes sobre esta materia, y desde
entonces que estoy tratando con ardor de aprender esta
divina enseñanza y de ponerla en práctica con
todas mis fuerzas, aunque no sin dificultades. Mientras
estaba ocupado de esta forma, mi salud mejoró
gradualmente y, al fin, como ven, me repuse por completo.
Como todavía vivía solo, decidí en
agradecimiento a Dios por Su paternal benevolencia, que me
había proporcionado el restablecimiento e iluminado
mi mente, seguir el ejemplo de mí hermana y el
dictado de mi propio corazón, y dedicarme a la vida
retirada, a fin de que, libre de entorpecimientos, pudiera
acoger y hacer mías aquellas dulces palabras de vida
eterna que se me daban en la Palabra de Dios. Heme
aquí, pues, en la actualidad, escapando al solitario
skit del Monasterio Solovetsky, en el Mar Blanco, que se
llama Anzersky, del cual he oído de buena tinta que
es un lugar de lo más indicado para la vida
contemplativa. Les diré otra cosa, además. El
Santo Evangelio me da mucho consuelo en este viaje, vierte
abundante luz en mi ineducada mente y aviva mi yerto
corazón. Aun así, la verdad es que, a pesar de
todo, reconozco francamente mi flaqueza y admito sin
reservas que las condiciones para cumplir con la tarea
espiritual y alcanzar la salvación, el requisito de
la total renuncia a sí mismo, de logros espirituales
extraordinarios y de la más profunda humildad que el
Evangelio ordena, me asustan por su misma magnitud y en
vista también del débil y dañado estado
de mi corazón. De modo que me encuentro ahora entre
la desesperación y la esperanza. No sé
qué será de mí en el futuro.
EL SKHIMNIK: Con una muestra tan evidente de una especial
y milagrosa gracia de Dios, y teniendo en cuenta vuestra
educación, sería imperdonable no sólo
el dar paso a la depresión, sino incluso el admitir
en vuestra alma una sombra de duda acerca de la
protección y la ayuda de Dios. ¿Sabéis lo
que Crisóstomo, el Iluminado de Dios, dice acerca de
esto? «Ninguno debería estar abatido»,
enseña, «y dar la falsa impresión de que
los preceptos del Evangelio son imposibles o impracticables.
Dios, que ha predestinado la salvación del hombre, no
ha impuesto a éste, por descontado, mandamientos con
la intención de hacer de él un transgresor a
causa de su impracticabilidad. No; sino a fin de que por su
santidad y su necesidad para una vida virtuosa, ellos puedan
ser una bendición para nosotros, así en esta
vida como en la eterna.» Desde luego el cumplimiento
regular e inquebrantable de los mandamientos de Dios resulta
extraordinariamente difícil para nuestra naturaleza
caída y, por lo tanto, la salvación no es
fácil de alcanzar, pero la misma Palabra de Dios, que
establece los mandamientos, ofrece también no
sólo los medios para su pronto cumplimiento sino
también consuelo en su ejecución. Si esto
queda oculto a primera vista tras un velo de misterio, es
pues, sin duda, para hacer que nos apliquemos tanto
más a la humildad, y para conducirnos más
fácilmente a la unión con Dios al indicar que
se recurra directamente a Él en ruego y
súplica de Su paternal auxilio. Es ahí donde
reside el secreto de la salvación, y no en la
confianza en nuestros propios esfuerzos.
EL PEREGRINO: Cómo me gustaría,
débil como soy, llegar a conocer ese secreto, de modo
que pudiese corregir, hasta cierto punto al menos, mi
indolente vida, para gloria de Dios y mi propia
salvación.
EL SKHIMNIK: El secreto lo conocéis, querido
hermano, por vuestro libro, la Filocalía. Reside en
esa oración continua de la que habéis hecho un
estudio tan decidido, y en la que os habéis tan
ardientemente ocupado y encontrado consuelo.
EL PEREGRINO: Me arrojo a vuestros pies, Reverendo Padre.
Por el amor de Dios, permitid que oiga de vuestros labios,
para mi bien, acerca de este misterio salvador y acerca de
la santa Oración, sobre la cual anhelo escuchar
más que ninguna otra cosa y sobre la cual me gusta
leer para obtener fuerza y consuelo para mi alma
pecadora.
EL SKHIMNIK: No puedo satisfacer vuestro deseo con mis
propias opiniones sobre esta elevada materia porque no poseo
sino muy poca experiencia de la misma. Pero tengo unas notas
escritas muy claramente por un autor espiritual precisamente
sobre esta cuestión. Si el resto de los presentes
quiere, las traigo en seguida y, con vuestro permiso, puedo
leerlas para todos.
TODOS: Tenga la bondad, Reverendo Padre; no nos oculte un
conocimiento salvador así.
«EL SECRETO DE LA SALVACION REVELADO POR LA
ORACION CONTINUA
»¿Cómo salvarse? Esta piadosa
cuestión se suscita de forma natural en el
espíritu de todo cristiano que se hace cargo de la
naturaleza dañada y debilitada del hombre, y de lo
que queda de su impulso original hacia la verdad y la
virtud. Todo aquel que posee siquiera un mínimo grado
de fe en la inmortalidad y en la recompensa en la otra vida,
se enfrenta sin querer, al volver sus ojos al cielo, con el
pensamiento: "¿Cómo he de salvarme?" Cuando
trata de hallar una solución a este problema,
inquiere de los sabios e instruidos. Luego, siguiendo su
dirección, lee obras edificantes escritas sobre esta
cuestión por autores espirituales, y se pone a seguir
sin vacilar las verdades y reglas que ha leído y
escuchado. Encuentra en todas estas instrucciones que
constantemente se le presentan como condiciones necesarias
para la salvación una vida piadosa y luchas heroicas
contra sí mismo, que han de resultar en una decidida
negación de sí. Esto debe llevarle a la
ejecución de buenas obras y al constante cumplimiento
de las Leyes de Dios, dando testimonio así de una fe
firme e inquebrantable. Además, se le predica que
todas estas condiciones deben necesariamente ser satisfechas
con la mayor humildad y en combinación unas con
otras. Puesto que como todas las buenas acciones dependen
unas de otras, también deberían apoyarse
mutuamente, completarse y fortalecerse entre sí, del
mismo modo que los rayos del sol, que sólo revelan su
fuerza y encienden la llama cuando son proyectados sobre un
solo punto a través de una lente. De otro modo, el
que en lo poco es infiel, también es infiel en lo
mucho.
»Además de esto, para inculcar en él
la más profunda convicción de la necesidad de
esta compleja y unificada virtud, escucha las más
encendidas alabanzas a la belleza de la virtud, y oye
censurar la vileza y miseria del vicio. Todo esto se le
graba en la memoria por las promesas veraces, bien de
recompensas sublimes y gozo bien de castigos atroces y
desdicha en la vida futura. Este es el particular
carácter de la predicación en los tiempos
modernos. Guiado de este modo, el que desea ardientemente la
salvación se dispone con toda alegría a llevar
a cabo lo que ha aprendido, y a experimentar todo lo que ha
oído y leído. Pero, ¡ay!, ya al primer
paso se da cuenta de que le resulta imposible alcanzar su
propósito. Prevé, y lo comprueba incluso por
experiencia, que su naturaleza dañada y debilitada va
a poderle a las convicciones de su mente; que su libre
albedrío está sujeto; que sus inclinaciones
son perversas; que su fuerza espiritual no es más que
debilidad. Le llega así naturalmente el pensamiento:
"¿No ha de poderse hallar algún medio que
permita cumplir lo que la Ley de Dios pide, lo que la piedad
cristiana exige, y que todos aquellos que han alcanzado la
salvación y la santidad hayan utilizado?" Como
resultado de esto, y para conciliar en él las
exigencias de la razón y la conciencia con la
insuficiencia de su fuerza para satisfacerlas, acude una vez
más a los que predican sobre la salvación, con
la pregunta: "¿Cómo he de salvarme?
¿Cómo se justifica esta incapacidad de
satisfacer las condiciones para la salvación?
¿Son acaso los que predican todo lo que he aprendido lo
bastante fuertes para cumplir con ellas inquebrantablemente
ellos mismos?" "Pide a Dios. Ruega a Dios. Ruega por Su
ayuda", se le dice. "Así, ¿no habría sido
más provechoso, concluye el indagador, si para
empezar, y siempre en toda circunstancia, hubiera hecho un
estudio de la oración como el medio de cumplir con
todo lo que la piedad cristiana exige y por el cual se
alcanza la salvación?"
»Y así, prosigue por el estudio de la
oración: Lee; medita; estudia la enseñanza de
aquellos que han escrito sobre el particular. Encuentra en
ellos, ciertamente, muchos pensamientos luminosos,
conocimientos muy profundos y palabras de una gran fuerza.
Uno discurre admirablemente sobre la necesidad de la
oración; otro escribe sobre su fuerza, sus efectos
benéficos; sobre la oración como deber, o
sobre el hecho de que ella exige el celo, la
atención, el fervor del corazón, la pureza de
la mente, la reconciliación con los enemigos, la
humildad, la contricción y el resto de condiciones
necesarias. Pero, ¿qué es la oración, en
realidad? ¿Cómo se reza verdaderamente?
Raramente se encuentra para estas preguntas, primordiales y
urgentes como son, una respuesta precisa que pueda ser
comprendida por todos, y de este modo, el que pregunta
ardientemente sobre la oración se encuentra de nuevo
ante un velo de misterio. Como resultado de sus lecturas, se
atraiga en su mente un aspecto de la oración que,
aunque piadoso, es sólo externo, y llega a la
conclusión de que la oración es ir a la
iglesia, persignarse, inclinarse, arrodillarse, leer salmos,
cánones y acatistas. En general, esta es la idea que
se hacen de la oración aquellos que no conocen los
escritos de los Santos Padres acerca de la oración
interior y la acción contemplativa. Finalmente, sin
embargo, el buscador termina por encontrar el libro llamado
La Filocalía, en el cual veintiocho Santos
Padres exponen en forma comprensible el conocimiento
científico de la verdad y de la esencia de la
oración del corazón. Esto empieza a descorrer
el velo que se alzaba ante el secreto de la salvación
y de la oración. Ve que realmente rezar significa
dirigir su pensamiento y su memoria sin descanso al recuerdo
de Dios, andar en Su divina Presencia, despertar a Su amor
por el pensamiento en Él, y unir el Nombre de Dios a
la respiración y al latir del corazón.
Él es guiado en todo esto por la invocación
con los labios del santísimo Nombre de Jesucristo, o
por la recitación de la Oración de
Jesús, en todo momento, en todo lugar y durante
cualquier ocupación, sin descanso. Estas luminosas
verdades, al iluminar el espíritu del buscador y
abrir ante él el camino hacia el estudio y la
realización de la oración, le ayudan a pasar
en seguida a poner en práctica estas sabías
enseñanzas. Sin embargo, cuando lo intenta, se ve
aún sujeto a dificultades hasta que un maestro
experimentado le muestra, en el mismo libro, toda la verdad,
es decir, que sólo la oración incesante es el
medio eficaz para perfeccionar la oración interior y
para salvar el alma. Es la frecuencia de la oración
lo que constituye el fundamento de todo el método de
la actividad salvadora y lo que mantiene su unidad. Como
dice Simeón el Nuevo Teólogo, "el que ora sin
cesar, une todo lo bueno en esto solo". Así pues, en
orden a exponer la verdad de esta revelación en toda
su plenitud, el maestro la desarrolla del siguiente
modo:
"Para la salvación del alma es necesaria, ante
todo, una fe auténtica. La Sagrada Escritura dice:
Sin la fe es imposible agradar a Dios
2.
El que no tiene fe será juzgado. Pero se puede ver en
la misma Escritura que el hombre no puede alumbrar la fe en
su interior, ni tan sólo del tamaño de un
grano de mostaza; que la fe no viene de nosotros, sino que
es un don de Dios. Es dada por el Espíritu Santo.
Siendo esto así, ¿qué hay que hacer?
¿Cómo conciliar la necesidad de la fe en el
hombre con la imposibilidad por parte de éste de
producirla? El modo de hacerlo es revelado en las mismas
Sagradas Escrituras: Pedid y se os dará. Los
Apóstoles no podían suscitar por sí
mismos la perfección de la fe en su interior, pero
rogaban a Jesucristo: Señor: Acrecienta nuestra
fe. He aquí un ejemplo de cómo obtener la
fe. Muestra que la fe se alcanza por la oración. Para
la salvación del alma, además de la fe, son
necesarias las buenas obras, ya que la fe, si no tiene
obras, es de suyo muerta. Pues el hombre es juzgado por
sus obras, y no por su sola fe. Si quieres entrar en la
vida, guarda los mandamientos
no matarás; no
adulterarás; no hurtarás; no levantarás
falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre y ama al
prójimo como a ti mismo. Y hay que guardar todos
estos mandamientos a la vez, porque quien observe toda la
Ley, pero quebrante un solo precepto, viene a ser reo de
todos 3.
Así lo enseña el Apóstol Santiago. Y el
Apóstol San Pablo dice, describiendo la debilidad del
hombre, que por las obras de la Ley nadie será
reconocido justo ante Él
4.
Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal,
vendido por esclavo al pecado
Porque el querer el bien
está en mí, pero el hacerlo no. En efecto, no
hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero
Así pues, yo mismo, que con la mente sirvo a la Ley
de Dios, sirvo con la carne a la ley del pecado
5.
»¿Cómo ejecutar las obras prescritas por
la Ley de Dios, si el hombre está sin fuerzas y no
puede guardar los mandamientos? Él no tiene
posibilidades de hacerlo hasta que pide por ello, hasta que
reza para ello. Y no tenéis porque no
pedís 6;
esa es la causa, nos dice el Apóstol. Y el propio
Jesucristo dice: Sin mi no podéis hacer nada.
Y a propósito de hacerlo con Él, Él nos
da esta enseñanza: Permaneced en mí y yo en
vosotros
El que permanece en mí y yo en
él, ése da mucho fruto. Pero estar en
Él significa sentir continuamente Su presencia, rezar
continuamente en Su nombre. Si me pidiereis alguna cosa
en mi nombre, yo la haré. Así, la
posibilidad de hacer buenas obras se alcanza sólo por
la oración. Un ejemplo de esto puede verse en el
propio San Pablo: Tres veces rezó para vencer la
tentación, doblando la rodilla ante Dios Padre, para
que Él le diese fuerzas en el hombre interior, y al
fin se le ordenó por encima de todo rezar, y rezar
continuamente para todo.
»De lo que acaba de decirse se sigue que la entera
salvación del hombre depende de la oración, y
que por tanto ella es primordial y necesaria, ya que por
ella se vivifica la fe y con ella se ejecutan todas las
buenas obras. En una palabra, con la oración todo
progresa con éxito; sin ella, ningún acto de
piedad cristiana puede hacerse. Así pues, la
condición de que ha de ser ofrecida incesantemente y
en todo momento pertenece exclusivamente a la
oración. Pues las otras virtudes cristianas tienen,
cada una, su propio tiempo. Pero en el caso de la
oración, se nos manda una acción continua,
ininterrumpida. Orad sin cesar. Es justo y
conveniente rezar siempre, en todo lugar.
»La oración verdadera tiene sus condiciones.
Ha de ser ofrecida con una mente y un corazón puros,
con ardiente celo, con aplicada atención, con temor y
reverencia, con la más profunda humildad. Pero,
¿qué persona concienzuda dejará de
admitir que está lejos de llenar estos requisitos;
que ofrece su oración más por necesidad, por
compulsión, que por inclinación, placer y amor
por ella? Acerca de esto, también, la Sagrada
Escritura dice que no está en el poder del hombre el
guardar firme su espíritu, limpiarlo de pensamientos
impuros, porque los pensamientos del hombre son malos
desde su juventud, y que sólo Dios da otro
corazón y otro espíritu, puesto que el
querer y el obrar son de Dios. El mismo Apóstol
San Pablo dice: Mi espíritu (es decir, mi voz)
ora, pero mi mente queda sin fruto
7. Nosotros no sabemos
pedir lo que nos conviene
8
afirma el mismo. De esto se sigue que somos incapaces por
nosotros mismos de ofrecer la oración
auténtica. Nosotros no podemos en nuestras plegarias
revelar sus propiedades esenciales.
»Si tal es la impotencia de todo ser humano,
¿qué hay aún posible para la
salvación del alma del lado de la voluntad humana y
de su fuerza? El hombre no puede adquirir la fe sin la
oración, y lo mismo vale para las buenas obras. Y
finalmente, ni siquiera el rezar está dentro de sus
posibilidades. ¿Qué le queda, pues, por hacer?
¿Qué le queda para el ejercicio de su libertad y
de su fuerza, a fin de que pueda no perecer sino
salvarse?
»Cada acción tiene su cualidad, y esta
cualidad Dios la ha reservado para Su propia voluntad y don.
A fin de que la dependencia del hombre con respecto a Dios,
la voluntad de Dios, pueda mostrarse con la mayor claridad y
aquél pueda sumirse más profundamente en la
humildad, Dios ha asignado a la voluntad y a la fuerza del
hombre sólo la cantidad de la oración.
Él ha mandado la oración incesante, el rezar
siempre, en todo tiempo y en todo lugar. Aquí queda
revelado el método secreto para alcanzar la
oración verdadera y, al propio tiempo, la fe, el
cumplimiento de los mandamientos de Dios y la
salvación. Así pues, es la cantidad lo que se
asigna al hombre, como su parte; la frecuencia de la
oración es cosa suya, y está bajo la
competencia de su voluntad. Esto es exactamente lo que los
Padres de la Iglesia enseñan. San Macario el Grande
dice que en verdad rezar es el don de la gracia. Hesiquio
dice que la frecuencia de la oración se convierte en
un hábito y se hace una cosa natural, y que sin la
frecuente invocación del Nombre de Jesucristo, es
imposible purificar el corazón. Los venerables
Calixto e Ignacio aconsejan la oración frecuente,
continua del Nombre de Jesucristo antes que todas las
prácticas ascéticas y las buenas obras, porque
la frecuencia lleva incluso la oración imperfecta
hasta la perfección. El bienaventurado Diádoco
afirma que si un hombre invoca el Nombre de Dios tan a
menudo como le sea posible, no caerá en pecado.
¡Qué experiencia y sabiduría hay
aquí, y cuán próximas al corazón
están estas instrucciones prácticas de los
Padres! Con su experiencia y simplicidad arrojan mucha luz
sobre los medios de llevar el alma a la perfección.
¡Qué contraste tan marcado con las instrucciones
morales de la razón teórica! La razón
discurre así: "Haz tal y tal buena acción;
ármate de valor; usa tu fuerza de voluntad;
persuádete considerando los felices resultados de la
virtud, purifica tu mente y tu corazón de
sueños mundanos, llena su lugar con meditaciones
instructivas, haz el bien, y serás respetado y
vivirás en paz; vive en la forma que tu razón
y tu conciencia dicten." Pero ¡ay!, aun con toda su
fuerza, todo esto no alcanza su propósito sin la
oración frecuente, sin pedir la ayuda de Dios.
»Vayamos ahora a algunas otras enseñanzas de
los Padres, y veremos lo que dicen sobre, por ejemplo,
purificar el alma. San Juan Clímaco escribe: "Cuando
el espíritu esté ensombrecido por pensamientos
impuros, pon en fuga al enemigo con la repetición
frecuente del Nombre de Jesús. No encontrarás
ni en los cielos ni en la tierra arma más poderosa y
eficaz que ésta." San Gregorio el Sinaíta
enseña así: "Sabed esto, que nadie puede
controlar su mente por sí mismo; así pues,
cuando surjan pensamientos impuros invocad el Nombre de
Jesucristo a menudo y a intervalos frecuentes, y los
pensamientos se aquietarán." Qué método
tan simple y fácil! Con todo, está probado por
la experiencia. ¡Qué contraste con el consejo de
la razón teórica, que pretende
presuntuosamente llegar a la pureza por sus propios
esfuerzos!
»Y una vez tomada nota de estas instrucciones
basadas en la experiencia de los Santos Padres, llegamos a
la verdadera conclusión: Que el método
principal, el único, y uno muy fácil de
alcanzar la meta de la salvación y de la
perfección espiritual es la frecuencia y la
ininterrupción de la oración, por débil
que sea. Alma cristiana, si no encuentras en ti misma la
fuerza de adorar a Dios en espíritu y en verdad, si
tu corazón no siente aún el calor y la dulce
satisfacción de la oración interior, entonces
aporta al sacrificio de la oración lo que puedas, lo
que esté dentro de las posibilidades de tu voluntad,
lo que esté en tu poder. Familiariza, ante todo, al
humilde instrumento de tus labios con la invocación
piadosa, frecuente y persistente. Que ellos invoquen el
poderoso Nombre de Jesucristo a menudo y sin
interrupción. No es un gran esfuerzo, y está
dentro de las posibilidades de todo el mundo. Esto es,
también, lo que ordena el precepto del Santo
Apóstol: Por Él ofrezcamos de continuo a
Dios sacrificio de alabanza, esto es, el fruto de los labios
que bendicen Su Nombre 9.
»Ciertamente, la frecuencia de la oración
crea un hábito y se hace algo natural. Conduce a la
mente y al corazón, de tiempo en tiempo, a un estado
conveniente. Supongamos que un hombre cumple continuamente
este solo mandamiento de Dios acerca de la oración
incesante; pues bien, en esta sola cosa los habrá
cumplido todos. Porque si ofrece la Oración sin
interrupción, en todo momento y en toda
circunstancia, invocando en secreto el santísimo
Nombre de Jesús (aunque al principio puede que lo
haga sin ardor ni celo espirituales, e incluso
forzándose a ello), no tendrá tiempo entonces
para conversaciones vanas, ni para juzgar a su
prójimo, ni para inútiles pérdidas de
tiempo en pecaminosos placeres de los sentidos. Todo mal
pensamiento suyo encontraría resistencia a su
desarrollo. Todo acto culpable que se propusiera no
llegaría a realizarse tan fácilmente como con
una mente desocupada. El mucho hablar y el hablar vano
serian refrenados, y aun enteramente eliminados, y toda
falta seria en seguida limpiada del alma por el poder de
misericordia de la invocación frecuente del Nombre
divino. El ejercicio frecuente de la oración
haría que, a menudo, el alma se contuviera de cometer
actos pecaminosos, y la llamaría a lo que constituye
el ejercicio esencial de su arte, la unión con Dios.
¿Ves ahora cuán importante y necesaria es la
cantidad en la oración? La frecuencia de la
oración es el único método de conseguir
la oración pura y verdadera. Es la mejor y más
eficaz preparación a la oración, y el medio
más seguro de alcanzar la meta de la oración,
y la salvación.
»Para convencerte finalmente de la necesidad y
fecundidad de la oración frecuente, advierte:
Primero; que todo impulso y todo pensamiento encaminados a
la oración son obra del Espíritu Santo y la
voz de nuestro ángel custodio; segundo, que el Nombre
de Jesucristo invocado en la oración incluye un poder
salutífero que existe y actúa por sí
mismo, y por lo tanto no debes inquietarte por la
imperfección o sequedad de tu oración; aguarda
con paciencia el fruto de la invocación frecuente del
Nombre divino. No prestes oídos a las insinuaciones
insensatas y sin experiencia del mundo vano, de que una
invocación tibia, aun cuando sea insistente, es una
repetición inútil. ¡No! El poder del
Nombre divino y su frecuente invocación darán
el fruto a su tiempo. Cierto autor espiritual ha hablado
maravillosamente acerca de esto. "Sé, dice, que a
muchos supuestos espirituales y sabios filósofos, que
buscan por doquier falsas grandezas y prácticas que
aparezcan elevadas a los ojos de la razón y del
orgullo, el simple ejercicio vocal, pero frecuente, de la
oración, les parece algo de poca importancia, una
ocupación trivial, una pequeñez incluso. Pero,
infelices, se engañan a sí mismos, y olvidan
la enseñanza de Jesucristo: En verdad os digo, si
no os volviereis y os hiciereis como niños, no
entraréis en el reino de los cielos
10.
Ellos elaboran por sí mismos una especie de ciencia
de la oración, sobre las bases inestables de la
razón natural. ¿Tenemos necesidad de mucha
ciencia, o reflexión, o conocimiento para decir con
un corazón puro: Jesús, Hijo de Dios, ten
piedad de mí? ¡Ah!, alma cristiana, haz de
tripas corazón y no silencies la ininterrumpida
invocación de tu oración, aun cuando puede que
tu llamada salga de un corazón aún en guerra
consigo mismo y medio lleno por el mundo. No te preocupes.
Sigue adelante con la oración, no dejes que
enmudezca, y no te inquietes. Ella se irá purificando
a sí misma por la repetición. Nunca dejes que
tu memoria olvide esto: Mayor es Quien está en
vosotros que quien está en el mundo
11. Dios es mayor que
nuestro coraz�n, y conoce todas las cosas, dice el Apóstol.
»Y así, después de todos estos
convincentes argumentos de que la oración frecuente,
tan poderosa en toda flaqueza humana, es ciertamente
accesible al hombre y depende enteramente de su propia
voluntad, decídete a intentarlo, aunque sólo
sea por un solo día, al principio. Mantén
vigilancia sobre ti mismo, y haz que sea tal la frecuencia
de tu oración que, de las veinticuatro horas del
día, mucho más tiempo lo pases ocupado con la
piadosa invocación del Nombre de Jesucristo, que con
otros quehaceres. Y este triunfo de la oración sobre
los asuntos mundanales demostrará ciertamente a su
tiempo que ese día no habrá sido perdido, sino
que habrá procurado para la salvación; que en
la balanza del Juicio divino, la oración frecuente
pesa más que tus flaquezas y malas acciones y borra
los pecados de ese día del libro de registro de la
conciencia; que ella coloca tus pies sobre la escalera de la
virtud y te da la esperanza de santificación en la
otra vida.»
EL PEREGRINO: Os doy las gracias con todo mi
corazón, Padre Santo. Con esta lectura habéis
llevado dicha a mi alma pecadora. Por el amor de Dios, tened
la bondad de permitir que me haga una copia de lo que
habéis leído. Puedo hacerlo en una o dos
horas. Todo lo que leísteis fue tan hermoso y
consolador, y es tan comprensible y claro para mi torpe
mente como la Filocalia, en la que los Santos Padres tratan
la misma cuestión. Aquí, por ejemplo, Juan de
Cárpatos, en la cuarta parte de la
Filocalía, dice también que si no
tienes la fuerza suficiente para el autodominio o los logros
ascéticos, sepas que Dios quiere salvarte por la
oración. Pero de qué forma tan hermosa y
comprensible está todo esto desarrollado en vuestro
cuaderno. Doy las gracias a Dios ante todo, y a vos, por
haberme permitido oírlo.
EL PROFESOR: Yo también escuché con gran
atención y agrado vuestra lectura, Reverendo Padre.
Todo argumento que repose sobre una estricta lógica
es una delicia para mí. Pero al propio tiempo, me
parece que se hace depender en alto grado la posibilidad de
la oración continua de circunstancias que le sean
favorables y de una total y tranquila soledad. Porque yo
convengo en que la oración frecuente e incesante es
un medio único y poderoso de obtener el auxilio de la
gracia divina en todo acto de devoción para la
santificación del alma, y que está dentro de
las posibilidades humanas. Pero este método
sólo puede utilizarse si uno se vale de la
posibilidad de soledad y calma. Alejándose de las
ocupaciones, de las preocupaciones y de las distracciones,
uno puede rezar con frecuencia o incluso continuamente.
Sólo tiene que luchar entonces contra la pereza o
contra el tedio de sus propios pensamientos. Pero si
está ligado por deberes y ocupaciones constantes, si
se encuentra necesariamente en la ruidosa
compañía de la gente, y tiene el vivo deseo de
rezar a menudo, no puede realizar este deseo debido a las
inevitables distracciones. Por consiguiente, el
método de la oración frecuente, puesto que
depende de circunstancias favorables, no puede ser usado por
todos, ni concierne a todo el mundo.
EL SKHIMNIK: De nada sirve sacar una conclusión de
este tipo. Y eso sin mencionar el hecho de que el
corazón que ha aprendido la oración interior
puede rezar siempre, e invocar el Nombre de Dios sin
impedimentos durante cualquier ocupación, sea
física o mental, y con cualquier ruido (quienes saben
esto, lo saben por experiencia, y quienes lo ignoran deben
aprenderlo por adiestramiento gradual). Puede decirse con
toda confianza que ninguna distracción exterior puede
interrumpir la oración en quien desea rezar, porque
el pensamiento secreto del hombre no está sujeto por
ningún lazo con el mundo exterior y es enteramente
libre en sí mismo. En todo momento puede ser
reconocido y dirigido hacia la oración; incluso la
propia lengua puede expresar la oración secretamente
y sin sonido audible en presencia de mucha gente, y durante
ocupaciones externas. Además, nuestros asuntos no son
seguramente tan importantes, y nuestra conversación
tan interesante, como para que sea imposible encontrar
durante los mismos, a veces, el medio de invocar
frecuentemente el Nombre de Jesucristo, incluso cuando el
espíritu no ha sido aún adiestrado en la
oración continua. Aunque, naturalmente, la soledad y
la evasión de las distracciones constituyen realmente
la condición principal para la oración atenta
y continua, deberíamos aun así sentirnos
culpables por la rareza de nuestra oración, porque la
cantidad y la frecuencia están en la mano de todos,
tanto sanos como enfermos. Están bajo la esfera de
acción de su voluntad. Pueden encontrarse ejemplos
que lo prueban, en aquellos que aunque cargados de
obligaciones, deberes, cuidados, preocupaciones y trabajo,
no sólo han invocado siempre el divino Nombre de
Jesucristo, sino que incluso de este modo aprendieron y
alcanzaron la incesante oración interior del
corazón. Así el Patriarca Focio, elevado del
rango de senador a la dignidad patriarcal, quien gobernando
el vasto patriarcado de Constantinopla perseveró
continuamente en la invocación del Nombre de Dios, y
alcanzó así la oración del
corazón que actúa por sí misma. O
Calixto, del santo monte Athos, quien aprendió la
oración incesante mientras llevaba a cabo su atareada
labor de cocinero. O el sencillo Lázaro, quien
cargado continuamente de trabajo para la
congregación, repetía ininterrumpidamente, en
medio de todas sus ruidosas ocupaciones, la Oración
de Jesús y se hallaba en paz. Y muchos otros, que han
practicado de modo semejante la invocación continua
del Nombre de Dios.
Si fuese algo imposible rezar en medio de ocupaciones que
implican distracción, o en la compañía
de gente, entonces, por supuesto, no se nos habría
mandado. San Juan Crisóstomo, en su enseñanza
sobre la oración, dice: «Ninguno debería
responder que es imposible al hombre ocupado con los
cuidados del mundo y que no puede ir a la iglesia el rezar
siempre. En todas partes, dondequiera que os
encontréis, podéis levantar un altar a Dios en
vuestro espíritu por medio de la oración, y
por lo tanto es oportuno rezar en vuestro trabajo, de viaje,
de pie al mostrador o sentados, en vuestras ocupaciones
manuales. En todas partes y en todo lugar es posible rezar
y, en efecto, si uno vuelve su atención
diligentemente sobre sí mismo, entonces en todas
partes encontrará circunstancias apropiadas para la
oración, con sólo que esté convencido
de que la oración debería constituir su
principal ocupación y tener precedencia sobre
cualquier otro deber. Y en este caso, uno naturalmente
ordenaría sus asuntos con mayor decisión; en
la necesaria conversación con otra gente
mantendría la brevedad, una tendencia al silencio y
una aversión hacia las palabras ociosas; no
estaría excesivamente inquieto por las cosas
molestas. Y de este modo, hallaría más tiempo
para la oración tranquila. Con tal regla de vida,
todas sus acciones, por el poder de la invocación del
Nombre de Dios, serían coronadas por el éxito
y, finalmente, se adiestraría para la piadosa
invocación ininterrumpida del Nombre de Jesucristo.
Llegaría a saber por experiencia que la frecuencia de
la oración, este medio único de
salvación, es una posibilidad de la voluntad humana;
que es posible rezar a toda hora, en toda circunstancia y en
todo lugar, y elevarse fácilmente de la
oración vocal frecuente a la oración mental, y
de ésta, a la oración del corazón, la
cual abre el Reino de Dios dentro de nosotros.»
EL PROFESOR: Admito que sea posible, e incluso
fácil, rezar frecuentemente, y aun continuamente,
durante ocupaciones mecánicas, ya que el trabajo
corporal mecánico no requiere un empleo profundo de
la mente o mucha reflexión, y, por lo tanto, mientras
lo ejecuto mi mente puede estar inmersa en oración
continua, y mis labios seguirla igualmente. Pero si debo
ocuparme en algo exclusivamente intelectual, como, por
ejemplo, el leer atentamente, o el estudiar con detenimiento
una cuestión profunda, o la composición
literaria, ¿cómo puedo rezar con mi mente y mis
labios en tal caso? Y ya que la oración es, por
encima de todo, una acción de la mente,
¿cómo puedo dar a la misma mente, y en el mismo
momento, diferentes cosas a hacer?
EL SKHIMNIK: La solución de vuestro problema no es
en absoluto difícil, si tomamos en
consideración que los que rezan continuamente se
dividen en tres clases: Primero, los principiantes; segundo,
los que han hecho algún progreso; y tercero, los bien
adiestrados. Ahora bien, los principiantes son
frecuentemente capaces de experimentar, a veces, un impulso
de la mente y del corazón hacia Dios, y de repetir
con los labios cortas oraciones, aun ocupados en un trabajo
mental. Los que han hecho algún progreso y han
conseguido una cierta estabilidad de la mente, son capaces
de estar ocupados en meditar o en escribir en la
ininterrumpida presencia de Dios, como base de la
oración. El siguiente ejemplo lo ilustrará:
Imaginad que un monarca severo y exigente os ordenase
componer un tratado sobre una cuestión abstrusa en su
presencia, a los pies de su trono. A pesar de que pudierais
estar absolutamente ocupado en vuestro trabajo, la presencia
del rey, que tiene poder sobre vos y que tiene vuestra vida
en sus manos, no os permitiría olvidar ni un solo
momento que estáis pensando, reflexionando y
escribiendo no en soledad, sino en un lugar que exige de vos
una reverenda, respeto y compostura particulares. Esta viva
sensación de la proximidad del rey expresa muy
claramente la posibilidad de estar ocupado en incesante
oración interior aun durante el trabajo intelectual.
Por lo que respecta a los otros, aquellos que por un
hábito prolongado o por la gracia de Dios han
progresado en la oración mental hasta alcanzar la
oración del corazón, éstos no rompen su
oración continua durante profundos ejercicios
intelectuales, ni tan siquiera durante el sueño. Como
el Muy Sabio nos ha dicho: Yo duermo, pero mi
corazón vela 12.
Muchos, esto es, los que han conseguido este mecanismo del
corazón, adquieren una aptitud tal para invocar el
Nombre divino, que él por sí mismo se
despierta a la oración, inclina la mente y todo el
espíritu a una efusión de oración
incesante en cualquier circunstancia que se halle el que
ora, y por abstracta e intelectual que sea su
ocupación en ese momento.
EL SACERDOTE: Permitidme, Reverendo Padre, que diga lo
que pienso. Dadme la oportunidad de decir un par de
palabras. Estaba admirablemente indicado en el
artículo que leísteis que el único
medio de salvación y de alcanzar la perfección
es la oración frecuente, de cualquier tipo. Pues
bien, yo no entiendo muy bien esto, y me parece así:
¿De qué me serviría rezar e invocar el
Nombre de Dios continuamente con mi lengua y mis labios
sólo, si no prestase atención a lo que dijera
ni lo comprendiese? Esto no sería más que una
vana repetición. Su resultado será, tan
sólo, que la lengua irá siguiendo con su
cháchara y que la mente, obstaculizada en sus
meditaciones por esto, verá perjudicada su actividad.
Dios no pide palabras, sino una mente atenta y un
corazón puro. ¿No sería mejor ofrecer una
oración, por corta que fuese, puede incluso que
raramente o sólo en determinados momentos, pero con
atención, con celo y fervor del corazón, y con
la debida comprensión? De otro modo, aunque
digáis la oración día y noche, con todo
no conseguís pureza de mente y no estáis
ejecutando ningún acto de devoción ni
obteniendo nada para vuestra salvación. No os
apoyáis más que en una charla exterior, y os
cansáis y os aburrís, y al final el resultado
es que vuestra fe en la oración se enfría
completamente, y que abandonáis del todo este
infructuoso proceder. Además, la inutilidad de la
oración con los labios solos puede verse por lo que
nos ha sido revelado en la Sagrada Escritura, como por
ejemplo: Este pueblo me honra con los labios, pero su
corazón está lejos de mí
13. No todo el que dice:
�Se�or, Se�or!, entrar� en el reino de los cielos
14.
Pero en la iglesia prefiero hablar diez palabras con
sentido
a decir diez mil palabras en lenguas
15.
Todo esto muestra la esterilidad de la oración
exterior distraída de la boca.
EL SKHIMNIK: Podría haber algo cierto en vuestro
punto de vista si, al consejo de rezar con la boca, no se
añadiese la necesidad de que ello sea continuo, si la
Oración de Jesús no poseyera una fuerza que
actúa por sí misma y no obtuviese, por ella
misma, atención y celo como resultado de la
continuidad en su ejercicio. Pero como el asunto ahora en
cuestión en la frecuencia, la duración y el
carácter ininterrumpido de la oración (a pesar
de que pueda ser llevada adelante al principio
distraídamente o con sequedad), entonces, por este
mismo hecho, las conclusiones que equivocadamente sacasteis
paran en nada. Investiguemos la cuestión un poco
más de cerca. Un autor espiritual, después de
argumentar sobre el gran valor y provecho de la
oración frecuente expresada en una sola
fórmula, dice finalmente: «Mucha gente
supuestamente ilustrada considera esta ofrenda frecuente de
una sola y misma plegaria como inútil e incluso
insignificante, tachándola de mecánica y de
ocupación irreflexiva, propia de gente simple. Pero,
desgraciadamente, ellos no conocen el secreto que se revela
como resultado de este ejercicio mecánico; no saben
cómo este culto frecuente de los labios se convierte
imperceptiblemente en una auténtica llamada del
corazón, penetra en la vida interior, llega a ser un
deleite y se vuelve, por así decirlo, natural al
alma, dándole luz y sustento, y conduciéndola
a la unión con Dios.» Estos críticos me
hacen pensar en unos niños pequeños a quienes
se les enseñaba el alfabeto y a leer. Cuando se
hubieron cansado de ello, exclamaron: «¿No
sería cien veces mejor ir de pesca, como papá,
que pasar todo el santo día repitiendo sin cesar "a",
"b", "c", o haciendo garabatos con un lápiz en una
hoja de papel?» El valor de saber leer, y las luces que
aporta, que ellos sólo podían conseguir como
resultado de este fatigoso estudio memorístico de las
letras, era un secreto oculto para ellos. Del mismo modo, la
invocación simple y frecuente del Nombre de Dios es
un secreto oculto para aquellos que no están
convencidos de sus resultados y de su gran valor. Ellos,
estimando el acto de fe en función de la fuerza de su
propia razón inexperta y miope, olvidan, al hacerlo,
que el hombre tiene dos naturalezas, en directa influencia
de una sobre otra; que el hombre está compuesto de
alma y de cuerpo. ¿Por qué, por ejemplo, cuando
deseas purificar tu alma, te ocupas primeramente del cuerpo
y lo haces ayunar, privándole de sustento y de
alimentos estimulantes? Es, por supuesto, para que no
obstaculice o, mejor dicho, para que se vuelva el medio de
favorecer la purificación del alma y la
iluminación de la mente, de modo que la continua
sensación de hambre pueda recordarte tu
resolución de buscar la perfección interior y
las cosas agradables a Dios, que tan fácilmente
olvidas. Y compruebas por experiencia que por el ayuno de tu
cuerpo obtienes la purificación de tu mente, la paz
de tu corazón, un instrumento para domar tus pasiones
y un recordatorio del esfuerzo espiritual. Y así, por
medio de cosas exteriores y materiales recibes provecho y
ayuda interior y espiritual. Debéis entender lo mismo
de la oración frecuente de los labios, que por su
larga duración obtiene la oración interior del
corazón, y favorece la unión de la mente con
Dios. Es vano imaginar que la lengua, fatigada por esta
frecuencia y esta estéril falta de
comprensión, se verá forzada a abandonar
enteramente como inútil este esfuerzo exterior de la
oración. ¡No!, la experiencia muestra
aquí justo lo contrario. Aquellos que han practicado
la oración incesante nos aseguran que lo que sucede
es esto: el que ha decidido invocar sin cesar el Nombre de
Jesucristo o, lo que es lo mismo, rezar la Oración de
Jesús continuamente, encuentra al principio,
naturalmente, dificultades, y tiene que luchar contra la
pereza. Pero cuanto más tiempo y más duramente
se esfuerza en ello, tanto más se familiariza
imperceptiblemente con esta tarea, de tal modo que, al
final, los labios y la lengua adquieren tal capacidad de
moverse por sí mismos, que incluso sin ningún
esfuerzo por su parte ellos mismos actúan
irresistiblemente y rezan la oración silenciosamente.
Al mismo tiempo, el mecanismo de los músculos de la
garganta se reeduca de tal modo que al rezar empieza a notar
que el decir la oración es una de las propiedades
esenciales y perpetuas de sí mismo, e incluso siente,
cada vez que se detiene, como si algo le faltase. Y de esto
resulta que su mente empieza, a su vez, a doblegarse, a
escuchar a esta acción involuntaria de los labios, y
resulta avivada por ello a la atención, lo que
finalmente se convierte en fuente de delicias para el
corazón y auténtica oración.
Aquí veis, pues, el efecto verdadero y
benéfico de la oración vocal continua o
frecuente, exactamente a la inversa de lo que suponen
quienes ni la han probado ni comprendido. Acerca de esos
pasajes de la Sagrada Escritura que presentasteis en apoyo
de vuestra objeción, quedarán explicados si
los examinamos adecuadamente. La adoración
hipócrita de Dios con la boca, la ostentación
en ello o la alabanza falta de sinceridad de la
exclamación: «¡Señor,
Señor!», fueron puestas de manifiesto por
Jesucristo por esta razón, a saber, que la fe de los
orgullosos fariseos era cuestión sólo de la
boca, y su conciencia no la justificaba en modo alguno ni la
confesaban sus corazones. Era a ellos a quienes estas cosas
iban dirigidas, y que no se refieren a rezar oraciones,
acerca de lo cual Jesucristo dio instrucciones claras,
explícitas y precisas. Es preciso orar en todo
tiempo y no desfallecer. De modo semejante, cuando el
Apóstol San Pablo dice que en la iglesia prefiere
cinco palabras dichas con comprensión a una multitud
de palabras dichas sin pensar o en una lengua desconocida,
él habla de la enseñanza en general, no de la
oración en particular, sobre la cual dice con
firmeza: Quiero que los hombres oren en todo
lugar16
, y suyo es el precepto general: Orad sin cesar.
¿Veis ahora cuán provechosa es la oración
frecuente con toda su simplicidad, y qué seria
reflexión requiere la comprensión adecuada de
la Sagrada Escritura?
EL PEREGRINO: Así es, en verdad, Reverendo Padre.
He visto a muchos que, bien simplemente, sin las luces de
ninguna instrucción y sin saber siquiera lo que es la
atención, ofrecían incesantemente con su boca
la Oración de Jesús. Yo les he visto alcanzar
el grado en que sus labios y su lengua ya no podían
ser contenidos de decir la Oración. Ella les aportaba
dicha e iluminación, y de gente débil y
negligente hacía podvizhniki y campeones de
virtud 17.
EL Skhimnik: La oración conduce al hombre a un
nuevo nacimiento, por así decirlo. Su fuerza es
tanta, que nada, ningún grado de sufrimiento, puede
hacerle frente. Si gustáis, y a manera de
adiós, voy a leeros, hermanos, un breve pero
interesante artículo que llevo conmigo.
TODOS ELLOS: Escucharemos con el mayor agrado.
«SOBRE EL PODER DE LA
ORACION
»La oración es tan fuerte, tan poderosa, que
se ha podido decir: "Reza, y haz lo que quieras." La
oración te guiará hacia la acción recta
y justa. Para agradar a Dios no se necesita más que
amor. "Ama, y haz lo que quieras", dice el bienaventurado
Agustín 18,
"porque el que ama de veras no puede desear hacer algo que
no agrade a aquel a quien ama". Ya que la oración es
la efusión y la actividad del amor, uno puede en
verdad decir de modo semejante: "Para la salvación no
se necesita más que la oración continua."
"Reza, y haz lo que quieras", y alcanzarás la meta de
la oración. Por ella obtendrás
iluminación.
»Para desarrollar más con detalle nuestra
comprensión de este asunto, tomemos algunos
ejemplos:
»1. "Reza, y piensa lo que quieras". Tus
pensamientos serán purificados por la oración.
La oración iluminará tu mente; ella
apartará y ahuyentará todos los malos
pensamientos. Esto lo asegura San Gregorio el
Sinaíta. Si quieres eliminar pensamientos y purificar
la mente, su consejo es: "¡Elimínalos con la
oración!" Ya que nada como la oración puede
controlar los pensamientos. San Juan Climaco dice
también a propósito de esto: "Vence a los
enemigos que hay en tu mente con el Nombre de Jesús.
No hallarás otra arma como ésta.
»2. "Reza, y haz lo que quieras". Tus actos
serán agradables a Dios y útiles y
salutíferos para ti. La oración frecuente, sea
acerca de lo que sea, no permanece estéril, porque en
ella está el poder de la gracia: Y todo el que
invocare el Nombre del Señor se salvará.
Por ejemplo: Un hombre que había rezado sin resultado
y sin devoción, obtuvo por esta oración
claridad de entendimiento y una llamada al arrepentimiento.
Una muchacha dada a los placeres rezó de vuelta a su
casa, y la oración le mostró el camino de la
vida virginal y la obediencia a la enseñanza de
Jesucristo.
»3. "Reza, y no te afanes mucho en dominar tus
pasiones por tus propias fuerzas". La oración las
destruirá en ti. Porque mayor es Quien está
en vosotros que quien está en el mundo, dice la
Sagrada Escritura. Y San Juan de Cárpatos
enseña que si no tienes el don del dominio de ti, no
debes afligirte por ello, sino saber que Dios pide de ti
diligencia en la oración, y que ella te
salvará. El starets de quien se nos dice en el
Otechnik 19
que cuando caía en pecado no cedía al
desaliento, sino que se entregaba a la oración, y por
ella recuperaba su equilibrio, es un caso a
propósito.
»4. "Reza, y no temas nada". No temas infortunios ni
desastres. La oración te protegerá y los
evitará. Recuerda a San Pedro, quien tenía
poca fe y se hundía; a San Pablo, que rezaba en
prisión; al monje que por la oración fue
liberado de los asaltos de la tentación; a la chica
que fue librada de las malas intenciones de un soldado como
resultado de la oración; y casos semejantes, que
ilustran el poder, la fuerza y la universalidad de la
Oración de Jesús.
»5. "Reza de un modo u otro, pero reza siempre y no
te inquietes por nada". Se alegre de espíritu y
sosegado. La Oración lo arreglará todo y te
instruirá. Recuerda lo que los Santos -Juan
Crisóstomo y Marcos el Asceta- dicen acerca del poder
de la oración. El primero declara que la
oración, incluso ofrecida por nosotros, que estamos
llenos de pecado, nos purifica en seguida. El segundo dice:
"Rezar de un modo u otro está dentro de nuestras
posibilidades, pero rezar con pureza es un don de la
Gracia." Así que ofrece a Dios lo que está en
ti poder ofrecer. Dale a Él primero sólo la
cantidad (que está en tu poder), y Dios
derramará sobre ti fuerza para tu flaqueza. "La
oración, puede que seca y distraída, pero
continua, creará un hábito y se volverá
algo natural, y se transformará en una oración
pura, luminosa, apasionada y meritoria." Hay que notar, por
último, que si tu vigilancia en la oración es
prolongada, entonces, naturalmente, no tendrás tiempo
no ya para cometer acciones pecaminosas, sino ni tan
sólo para pensar en ellas.
» ¿Ves ahora qué profundos pensamientos
se concentran en esta sabia afirmación: "Ama, y haz
lo que quieras"; "reza, y haz lo que quieras"?
¡Qué confortante y consolador es todo esto para
el pecador abrumado por sus flaquezas, que gime bajo el
fardo de sus pasiones encontradas.
»La oración: he aquí reunida la
totalidad de lo que se nos da como medio universal de
salvación y de crecimiento del alma en
perfección. Sólo eso. Pero cuando se menciona
la oración, se añade una condición.
Orad sin cesar es el mandato de la Palabra de Dios.
Por consiguiente, la oración muestra su más
efectivo poder y su fruto cuando es ofrecida a menudo,
incesantemente; porque la frecuencia de la oración
pertenece sin duda a nuestra voluntad, así como la
pureza, el celo y la perfección en la misma son el
don de la Gracia.
»Así pues, rezaremos tan a menudo como
podamos; consagraremos toda nuestra vida a la
oración, aun cuando ésta esté sujeta a
distracciones al empezar. Su práctica frecuente nos
enseñará la atención; la cantidad
conducirá ciertamente a la calidad. "Si quieres
aprender a hacer bien alguna cosa, sea la que sea, debes
hacerla lo más a menudo posible", dijo un
experimentado autor espiritual.»
EL PROFESOR: Verdaderamente, la oración es algo
grande, y la frecuencia ferviente de ella es la llave que
abre el tesoro de su gracia. Pero, ¡cuán a
menudo descubro en mí mismo un conflicto entre el
fervor y la pereza! Qué dichoso me haría el
encontrar el medio de obtener la victoria y de convencerme a
mí mismo y despertar a la aplicación constante
a la oración!
EL SKHIMNIK: Muchos autores espirituales ofrecen
numerosos medios basados en un razonamiento lógico
para estimular la diligencia en la oración. Te
aconsejan, por ejemplo, impregnar tu mente de pensamientos
sobre la necesidad, la excelencia y el provecho de la
oración para salvar el alma; adquirir la firme
convicción de que Dios pide absolutamente de nosotros
la oración y que Su Palabra en todas partes lo manda;
recordar siempre que si eres perezoso y descuidado en la
oración no podrás hacer progresos en los actos
de devoción ni en alcanzar la paz y la
salvación y, por lo tanto, sufrirás
inevitablemente el castigo en esta vida y el tormento en la
venidera; alentar tu resolución por el ejemplo de
todos los santos que han obtenido la santidad y la
salvación por medio de la oración
continua.
A pesar de que todos estos métodos tienen su
valor, y provienen de una comprensión
auténtica, el alma, dada a lo placentero, que
está enferma de apatía, aun cuando los haya
aceptado y usado, raramente ve su fruto por esta
razón: que estas medicinas son amargas para su
deteriorado sentido del gusto, y demasiado flojas para su
naturaleza profundamente dañada. Porque,
¿qué cristiano hay que no sepa que debe rezar a
menudo y con diligencia, que Dios lo pide de él, que
somos castigados por nuestra pereza en rezar, que todos los
santos han rezado constantemente y con fervor? Sin embargo,
¡cuán raramente da todo este conocimiento buenos
resultados! Todo aquel que se observa a sí mismo, ve
que justifica bien poco, y en bien raras ocasiones, estos
dictados de la razón y de la conciencia, y que, con
recuerdo poco frecuente de ellos, vive todo el tiempo de la
misma forma mala y perezosa. Y por ello, los Santos Padres,
con su experiencia y saber divino, conociendo la flaqueza de
la voluntad y el exagerado amor al placer del corazón
humano, toman una determinación particular acerca de
ello, y por lo que se refiere a esto untan de miel el borde
de la taza con la medicina. Ellos muestran el medio
más fácil y eficaz de poner fin a la pereza y
a la indiferencia en la oración en la esperanza, con
ayuda de Dios, de alcanzar con la oración la
perfección y la dulce expectativa del amor a
Dios.
Ellos te aconsejan meditar tan a menudo como sea posible
acerca del estado de tu alma, y leer atentamente lo que los
Padres han escrito sobre este particular. Ellos ofrecen la
alentadora seguridad de que estos deleites interiores pueden
ser alcanzados prontamente y con facilidad en la
oración, y dicen cuán deseables han de ser. El
gozo profundo, una gran efusión interior de calor y
de luz, un entusiasmo indecible, la levedad del
corazón, una profunda paz y la propia esencia de la
beatitud y del contento son todos ellos resultado de la
oración del corazón. Sumergiéndose en
reflexiones como ésta, el alma débil y
fría se enardece y cobra fuerza, se anima de fervor
por la oración y es, por así decirlo, tentada
a poner a prueba la práctica de la oración.
Como dice San Isaac el Sirio: «El gozo es un acicate
para el alma; gozo que resulta de la esperanza que florece
en el corazón, y la meditación sobre esta
esperanza constituye el bienestar del corazón.»
El mismo autor prosigue: «Desde el principio de esta
actividad hasta su mismo fin se presupone que hay cierto
método y confianza en su culminación, y esto
tanto mueve al alma a sentar una base para la tarea como a
sacar consuelo de la visión de su meta durante todo
el trabajo por alcanzarla.» Del mismo modo, San
Hesiquio, después de describir el obstáculo
que representa la pereza para la oración, y de quitar
ideas falsas acerca de la renovación del fervor por
ella, dice por último, abiertamente: «Si no
estamos dispuestos a desear el silencio del corazón
por ninguna otra razón, entonces que sea por el
deleite que el alma experimenta en ello, y por la
alegría que aporta.» Se sigue de aquí que
este Santo Padre pone la deliciosa sensación de
alegría como acicate para la asiduidad en la
oración, y del mismo modo Macario el Grande
enseña que nuestros esfuerzos espirituales (la
oración) deberían ser llevados a cabo con el
propósito y en la confianza de que den fruto, esto
es, goce a nuestro corazón. Ejemplos claros de la
eficacia de este método se encuentran en muchos
pasajes de la Filocalía, que contiene
descripciones detalladas de los deleites de la
oración. Quien lucha contra la flaqueza de la pereza
o de la sequedad en la oración debe releerlos tan a
menudo como pueda, considerándose a sí mismo,
sin embargo, indigno de estos goces y reprochándose
siempre su negligencia en la oración.
EL SACERDOTE: ¿No conducirá una
meditación así en la persona inexperta a la
voluptuosidad espiritual, como llaman los teólogos a
esta tendencia del alma, que es ávida de excesivo
consuelo y dulzura de la gracia, y no se conforma con
ejecutar los actos de devoción por un sentido de la
obligación y el deber sin soñar en
recompensas?
EL PROFESOR: Pienso que los teólogos, en este
caso, previenen contra el exceso o la avidez de felicidad
espiritual, y no rechazan enteramente el goce y el consuelo
de la virtud. Puesto que si el deseo de recompensa no es la
perfección, Dios aun así no ha prohibido al
hombre pensar en recompensas y consuelos, e incluso
Él mismo usa la idea de recompensa para incitar al
hombre a cumplir Sus mandamientos y alcanzar la
perfección. Honra a tu padre y a tu madre es
el mandamiento, y veis la recompensa ir detrás como
aguijón para su cumplimiento, para que seas feliz.
Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, y ven y
sígueme. Aquí está la exigencia de
la perfección, y acto seguido viene la recompensa
como incitación a alcanzarla: Y tendrás un
tesoro en los cielos. Bienaventurados seréis cuando,
aborreciéndoos los hombres, os excomulguen y
maldigan, y proscriban vuestro nombre como malo por amor del
Hijo del hombre 20.
Aquí hay una gran exigencia para un logro espiritual
que requiere una excepcional fortaleza del alma y una
paciencia inquebrantable. Y por lo tanto, hay para él
una gran recompensa y consuelo, que son capaces de suscitar
y mantener esta fortaleza excepcional: pues vuestra
recompensa será grande en el cielo. Por esta
razón, pienso que es necesario cierto deseo de goce
en la oración del corazón, y que constituye
probablemente el medio de alcanzar diligencia y éxito
en ella. Y así, todo esto corrobora sin duda la
enseñanza práctica sobre esta materia que
acabamos de oír del Padre Skhimnik.
EL SKHIMNIK: Uno de los grandes teólogos -me
refiero a San Macario de Egipto- habla del modo más
claro sobre esta cuestión. Dice: «Así
como cuando plantas una vid dedicas tu atención y tu
esfuerzo con el propósito de recoger la vendimia,
pues si no fuera así toda tu labor sería
estéril, así también en la
oración, si no buscas el provecho espiritual, esto
es, el amor, la paz, el gozo y lo demás, tu trabajo
será inútil. Por lo tanto, debemos cumplir
nuestros deberes espirituales (la oración) con el
propósito y la esperanza de recoger el fruto, es
decir, consuelo y gozo en nuestro corazón.»
¿Veis cuán claramente responde el Santo Padre a
esta cuestión acerca de la necesidad del goce en la
oración? Y, en realidad, me acaba de venir a la
cabeza un punto de vista que leí no hace mucho de un
autor de temas espirituales, y que era más o menos
que el hecho de que la oración sea natural al hombre
es lo que constituye la causa principal de su
inclinación hacia ella. Así, el reconocimiento
de esta naturalidad puede servir también, en mi
opinión, como eficaz medio de avivar la diligencia en
la oración, el medio que el profesor busca tan
afanosamente.
Permitidme ahora resumir brevemente los puntos sobre los
que dirigí la atención en ese cuaderno. Por
ejemplo, el autor dice que la razón y la naturaleza
conducen al hombre al conocimiento de Dios. La primera
investiga el hecho de que no puede haber efecto sin causa, y
ascendiendo por la escalera de las cosas tangibles, de la
más baja hasta la más alta, llega al fin a la
Causa primera, Dios. La segunda exhibe a cada paso su
maravilloso saber, su armonía, orden y
gradación, y ofrece el material básico para la
escalera que conduce de las causas finitas al Infinito.
Así, el hombre natural llega naturalmente al
conocimiento de Dios. Y por lo tanto, no hay, ni nunca lo ha
habido, ningún pueblo, ninguna tribu bárbara
sin algún conocimiento de Dios. Como resultado de
este conocimiento, el isleño más salvaje, sin
ningún impulso del exterior, vuelve por así
decirlo involuntariamente su mirada al cielo, cae de
rodillas, exhala un suspiro que él no comprende, con
ser tan necesario, y tiene la inequívoca
sensación de que hay algo que le atrae hacia arriba,
algo que le empuja hacia lo desconocido. Esta es la base de
la que parten todas las religiones naturales. Es algo muy
notable, con respecto a esto, el que, universalmente, la
esencia o el alma de toda religión consista en la
oración secreta, que se manifiesta en algún
tipo de actividad del espíritu y que es claramente
una oblación, aunque más o menos deformada por
la oscuridad de la tosca comprensión de los pueblos
paganos. Cuanto más sorprendente es este hecho a los
ojos de la razón, tanto más se nos impone el
que descubramos la causa oculta de esta cosa tan
maravillosa, que encuentra expresión en una
inclinación natural a la oración. La respuesta
psicológica a esto no es difícil de hallar. La
raíz, la fuente y la fuerza de todas las pasiones y
acciones del hombre está en su innato amor por
sí mismo. La noción profundamente enraizada y
universal de la propia conservación claramente lo
confirma. Todo deseo humano, toda empresa, toda
acción tiene como propósito la
satisfacción del amor por sí mismo, la
búsqueda de la propia felicidad. La
satisfacción de esta exigencia acompaña al
hombre natural a lo largo de toda su vida. Pero el
espíritu humano no se contenta sólo con lo que
tiene que ver con los sentidos, y el innato amor por
sí mismo nunca mitiga su insistencia. Y así,
los deseos se multiplican, los esfuerzos por alcanzar la
felicidad se intensifican, llenan la imaginación e
incitan a los sentimientos a este mismo fin. El flujo de
este sentimiento y de este deseo interior es, cuando se
desarrolla, el estimulante natural de la oración. Es
un requisito del amor por sí mismo, que alcanza su
propósito con dificultad. Cuanto menos consigue el
hombre natural alcanzar la felicidad y cuanto más lo
pretende, tanto más su anhelo crece y tanto
más encuentra en la oración una salida para
éste. Se dirige en petición de lo que desea a
la desconocida Causa de todo ser. Es así como ese
innato amor por sí mismo, el principal elemento de la
vida, constituye el estímulo fuertemente enraizado a
la oración en el hombre natural. El
sapientísimo Creador de todas las cosas ha infundido
a la naturaleza del hombre la capacidad del amor por
sí mismo precisamente como «acicate», para
usar la expresión de los Padres, que tire hacia
arriba del ser caído del hombre y lo ponga en
contacto con las cosas celestiales. ¡Oh!, ¡si el
hombre no hubiese deteriorado esta capacidad, si la hubiese
mantenido en su excelencia, en contacto con su naturaleza
espiritual! Él hubiera dispuesto, entonces, de un
poderoso incentivo y de un medio eficaz de conducirle por el
camino de la perfección. Pero, ¡ay!
¡Cuán a menudo hace de esta noble capacidad una
baja pasión, cuando la hace instrumento de su
naturaleza animal!
EL STARETS: Os doy las gracias con todo mi
corazón, mis queridos visitantes. Vuestra
salutífera conversación ha constituido un gran
consuelo para mí y enseñado, en mi
inexperiencia, muchas cosas de provecho. Que Dios os
dé Su gracia en recompensa por vuestro edificante
amor.
(Se separan todos.)
NOTAS AL
CAPÍTULO VI
1
La skhima es una Orden ascética monacal de la
Iglesia Ortodoxa, y un skhimnik es el que forma parte de
ella. volver
2
Heb., XI, 6. volver
3
Sant., II, 10. volver
4
Rom., III, 20. volver
5
Rom., VII. volver
6
Sant., IV, 2. volver
7 1
Cor., XIV, 14. volver
8
Rom., VIII, 26. volver
9
Heb., XIII, 15. volver
10
Mt., XVIII 3. volver
11
Jn., IV, 4. volver
12
Cant., V, 2. volver
13
Mt., XV, 8. volver
14
Mt. VII 21. volver
15
1 Cor., XIV, 19. volver
16
1 Tim., II, 8. volver
17
El original ruso trae aquí una nota que reza: «A
finales del siglo pasado murió en la Laura Troitskaya
un starets, un lego de ciento ocho años; no
sabía leer ni escribir, pero decía la
Oración de Jesús incluso durante el
sueño, y vivió continuamente como hijo de
Dios, con un corazón que suspiraba por Él. Su
nombre era Gordi.»
La Laura Troitskaya es el famoso monasterio de la
Santísima Trinidad, cerca de Moscú, fundado
por San Sergio en el siglo XIV. El papel que
desempeñó en la vida religiosa rusa ha sido
comparado en algunos aspectos al movimiento cluniacense. La
Laura Troitskaya estuvo íntimamente relacionada con
la historia de Rusia, y fue el foco del movimiento nacional
que expulsó a los polacos y puso al primer Romanov en
el trono ruso en 1613. volver
18
San Agustín. La referencia es a «Dilige, et quod
vis fac». Tratado sobre la Primera Epístola de
San Juan, Tratado VII, Capítulo X, parágrafo
8, Edición MIGNE, III, p. 2033. volver
19
Vidas de los Padres, con extractos de sus escritos.
volver
20
Lc., VI, 22. volver
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