|
Inicio
An�nimo -
El peregrino ruso
(�ndice)
SEGUNDA
PARTE
CAPÍTULO
SÉPTIMO
EL PEREGRINO: Mi piadoso amigo, el profesor, y yo no
podíamos resistir al deseo de emprender nuestro viaje
y, antes de hacerlo, de pasar un momento para deciros un
último adiós y pediros que recéis por
nosotros.
EL PROFESOR: Sí, nuestro trato íntimo con
vos ha significado mucho para nosotros, así como las
salutíferas conversaciones sobre cuestiones
espirituales de que hemos gozado en vuestra casa, en
compañía de vuestros amigos. Guardaremos
recuerdo de todo ello en nuestros corazones como prenda de
confraternidad y amor cristiano en esa tierra lejana a la
que nos vamos prestos.
EL STARETS: Gracias por acordaros de mí. Y, a
propósito, ¡cuán oportunamente
llegáis! Hay dos viajeros hospedados aquí, un
monje moldavo y un eremita que ha vivido en silencio en un
bosque durante veinticinco años. Quieren veros. Los
llamaré en seguida. Helos aquí.
EL PEREGRINO: ¡Ah, qué bendición es
una vida de soledad! ¡Y cuán apropiada para
llevar al alma a la unión ininterrumpida con Dios! El
bosque silencioso es como un Jardín del
Paraíso en el que el delicioso árbol de la
vida crece en el corazón devoto del solitario. Si yo
tuviera de qué vivir, nada, creo, me apartaría
de una vida eremítica.
EL PROFESOR: Todo nos parece particularmente deseable
visto desde lejos. Pero todos comprobamos por experiencia
que todo lugar, aunque pueda tener sus ventajas, tiene
también sus inconvenientes. Ciertamente que si uno es
melancólico por temperamento e inclinado al silencio,
entonces una vida solitaria es un consuelo. ¡Pero
cuántos peligros hay a lo largo de esta vía!
La historia de la vida ascética proporciona muchos
ejemplos que muestran cómo numerosos solitarios y
eremitas, habiéndose privado enteramente de todo
trato humano, han incurrido en el engaño a sí
mismos y han sido víctimas de profundas
seducciones.
EL EREMITA: Me sorprendo de cuán a menudo se oye
decir en Rusia, no sólo en casas religiosas, sino
incluso entre los laicos temerosos de Dios, que muchos que
desean la vida eremítica, o ejercitarse en la
práctica de la oración interior, se guardan de
seguir esta inclinación por el temor de que las
seducciones los pierdan. Empeñados en ello, presentan
ejemplos de la conclusión a la que han llegado como
argumento tanto para evitar ellos mismos la vida interior,
como para desviar también de ella a los demás.
En mi opinión, esto proviene de dos causas: bien de
la incapacidad de comprender la tarea que hay que realizar y
falta de luces espirituales, bien de su propia indiferencia
hacia la realización contemplativa y celos de que
otros, que están a un nivel bajo en
comparación con ellos, puedan dejarles atrás
en este conocimiento superior. Es una gran lástima
que los que tienen esta convicción no investiguen la
enseñanza de los Santos Padres sobre este particular,
puesto que éstos enseñan, de forma bien
determinante, que no se debe ni temer ni dudar cuando se
invoca a Dios. Si algunos han caído, en efecto, en el
engaño de sí mismos y en el fanatismo, ello es
consecuencia del orgullo, de no tener un maestro y de tomar
las apariencias y la imaginación por la realidad. Si
tal tiempo de prueba llegase, precisan los Padres, él
traería la experiencia y daría una corona de
gloria, porque el auxilio de Dios viene con prontitud en
protección, cuando tal cosa es permitida. Sed
valientes. Yo estoy con vosotros; no temáis,
dice Jesucristo. De esto se desprende que sentir miedo e
inquietud por la vida interior con el pretexto del riesgo
del engaño a uno mismo es cosa vana. Porque la
humilde conciencia de los propios pecados, la apertura del
alma al maestro de uno y la ausencia de imágenes en
la oración son una fuerte y segura defensa contra
esas ilusiones tentadoras de las que algunos sienten tanto
miedo, y por las que no se aventuran en la actividad
espiritual. Y, dicho sea de paso, estos últimos se
hallan ellos mismos expuestos a la tentación, como
nos recuerdan las sabias palabras de Filoteo el
Sinaíta, quien dice así: «Hay muchos
monjes que no comprenden la ilusión de sus propias
mentes, que sufren a manos de los demonios; es decir, ellos
se dan con diligencia a una sola forma de actividad, las
buenas obras exteriores, y en cuanto a la actividad
espiritual, esto es, la contemplación interior, ellos
casi no se preocupan, ya que sobre este punto son
ignorantes.» «Incluso si oyen de otros que la
gracia obra interiormente en ellos, por celos no lo ven sino
como un engaño a sí mismos», declara San
Gregorio el Sinaíta.
EL PROFESOR: Permitidme haceros una pregunta. Por
supuesto que la conciencia de los propios pecados es
conveniente para todo el que pone alguna atención
sobre sí mismo. Pero, ¿cómo proceder
cuando no se dispone de un maestro que le guía a uno
en la vía de la vida interior por experiencia propia,
y que, cuando uno le ha abierto a él su
corazón, le imparta el conocimiento correcto y
fidedigno acerca de la vida espiritual? En este caso, sin
duda, ¿no sería mejor no intentar la
contemplación que probar por uno mismo sin
ningún guía? Además, por mi parte no
entiendo con facilidad cómo, si uno se pone en la
presencia de Dios, es posible observar una completa ausencia
de imágenes. No es natural, ya que nuestra alma o
nuestra mente no pueden representarse nada privado de forma,
en una absoluta ausencia de imágenes. ¿Y por
qué, realmente, cuando el alma está inmersa en
Dios, no hemos de representarnos a Jesucristo o a la
Santísima Trinidad, por ejemplo?
EL EREMITA: La guía de un maestro o starets
con experiencia y conocedor de las cosas espirituales, a
quien uno pueda abrir su corazón cada día sin
reservas, con confianza y aprovechamiento, y decir sus
pensamientos y aquello con lo que uno se ha encontrado en el
camino de la educación interior, es la
condición primordial para la práctica de la
oración del corazón para quien ha emprendido
la vía del silencio. Sin embargo, en casos en que sea
imposible encontrar uno, los mismos Santos Padres que
prescriben esto, hacen una excepción. Nicéforo
el Monje da instrucciones claras acerca de ello, de este
modo: «Durante la práctica de la actividad
interior del corazón se requiere un maestro
auténtico y que posea un conocimiento cabal. Si no
sabes de ninguno, debes buscarlo con diligencia. Si no lo
hallas, entonces, invocando con contrición a Dios por
ayuda, saca instrucción y guía de las
enseñanzas de los Santos Padres y verifícalas
por la Palabra de Dios expuesta en las Sagradas
Escrituras.» Aquí uno debe también tomar
en consideración el hecho de que el buscador de buena
voluntad y celo puede obtener igualmente algo útil
como instrucción de la gente corriente. Ya que los
Santos Padres nos aseguran asimismo que si con fe y recta
intención uno inquiere incluso de un sarraceno,
éste puede decir palabras valiosas para nosotros. Si,
por otro lado, uno pide instrucción de un Profeta sin
fe ni recta intención, entonces ni siquiera
éste le dará satisfacción. Vemos un
ejemplo de esto en el caso de Macario el Grande, de Egipto,
a quien en una ocasión un simple aldeano dio una
explicación que puso fin a la angustia que
experimentaba.
Por lo que respecta a la ausencia de imágenes,
esto es, no usar la imaginación y no aceptar
ningún tipo de visión durante la
contemplación, sea de luz, o de un ángel, o de
Cristo, o de no importa qué santo, y apartarse de
todo ensueño, esto, por supuesto, viene ordenado
así por Santos Padres experimentados, por esta
razón: El poder de la imaginación puede
fácilmente encarnar, o por así decirlo, dar
vida a las representaciones de la mente, y de este modo los
inexpertos pueden ser fácilmente atraídos por
estas ficciones, tomarlas por visiones de la gracia y caer
en el engaño de sí mismos, a pesar del hecho
de que la Sagrada Escritura dice que el propio
Satanás puede asumir la forma de un ángel de
luz. Y que la mente pueda natural y fácilmente estar
en un estado de ausencia de imágenes y mantenerse en
él, incluso durante la rememoración de la
Presencia de Dios, puede verse en el hecho de que el poder
de la imaginación puede presentar perceptiblemente
una cosa en un estado de ausencia de imágenes y
mantener su dominio sobre una representación
así. Así, por ejemplo, la
representación de nuestras almas, del aire,
cálido o frío. Cuando tienes frío,
puedes tener una vívida idea del calor en tu mente, a
pesar de que el calor no tiene forma, no es un objeto de la
vista, y no se mide por la sensación física de
quien se encuentra expuesto al frío. Del mismo modo,
también la presencia del espiritual e
incomprehensible Ser de Dios puede estar presente en la
mente y ser reconocida en el corazón, en una absoluta
ausencia de imágenes.
EL PEREGRINO: Durante mis viajes me he tropezado con
gente piadosa que buscaba la salvación, que me han
contado que temían el tener algo que ver con la vida
interior, a la que denunciaban como mera ilusión. A
varios de ellos les leí, con algún provecho,
la enseñanza de San Gregorio el Sinaíta en la
Filocalía. Este dice que «la
acción del corazón no puede ser una
ilusión (como puede serlo la de la mente), ya que si
el enemigo desease trocar el calor del corazón por su
propio fuego incontrolado, o trocar el regocijo del
corazón por los torpes placeres de los sentidos, el
tiempo, la experiencia y el propio sentimiento
descubrirían sus astucias y sus ardides, incluso a
los que no están muy instruidos.» También
he encontrado a otros que, bien desdichadamente,
después de haber conocido la vía del silencio
y de la oración del corazón, habían
dado rienda suelta al desaliento al topar con algún
obstáculo o flaqueza culpable, abandonando la
actividad interior del corazón que habían
conocido.
EL PROFESOR: Sí, y esto es muy natural. Yo mismo
he experimentado esto a veces, en ocasiones en que he
perdido la serenidad interior o cometido alguna falta. Y
puesto que la oración interior del corazón es
algo sagrado, y unión con Dios, ¿no es impropio
y algo a lo que no hay que osar el traer una cosa sagrada a
un corazón pecador, sin haberlo purificado primero
por silenciosa penitencia contrita y una adecuada
preparación para la comunión con Dios? Es
mejor ser mudo ante Dios que ofrecerle las palabras
irreflexivas de un corazón que está en la
obscuridad y la confusión.
EL MONJE: Es una gran lástima que penséis
así. Eso es desconfianza, que es el peor de los
pecados y constituye la principal arma del mundo de las
tinieblas contra nosotros. La enseñanza de nuestros
experimentados Santos Padres sobre esto es muy diferente.
Nicetas Stethatos dice que si has caído y te has
hundido incluso hasta profundidades diabólicas del
mal, aun así no debes desesperar, sino volverte
rápidamente a Dios, que Él levantará
con presteza tu corazón caído y te dará
más fuerza de la que tenías antes. Así
pues, después de cada caída y herida culpable
del corazón, lo que hay que hacer es colocarlo
inmediatamente en la Presencia de Dios para su cura y
purificación, de igual modo que las cosas que han
resultado infectas, las cuales, si son expuestas durante
algún tiempo al poder de los rayos del sol, pierden
la agudeza y la fuerza de su infección. Muchos
autores espirituales hablan positivamente de este conflicto
interior con los enemigos de la salvación, nuestras
pasiones. Si recibes heridas mil veces, aun así no
debes de ningún modo abandonar la actividad dadora de
vida, es decir, la invocación de Jesucristo, quien
está presente en nuestros corazones. Nuestras
acciones no sólo no deben apartarnos de andar en la
Presencia de Dios y de la oración interior, a la vez
que producir desasosiego, desaliento y tristeza en nosotros,
sino que más bien deben fomentar nuestra pronta
vuelta a Dios. El niño que al empezar a andar es
conducido por su madre, se vuelve rápidamente a ella
y se agarra a ella firmemente cuando tropieza.
EL EREMITA: Yo lo veo de este modo: Es espíritu de
desconfianza, y los pensamientos agitados y dubitativos se
despiertan con mayor facilidad con la distracción de
la mente y el descuido en guardar el silencioso refugio de
nuestro yo interior. Los antiguos Padres, en su
sabiduría divina, obtuvieron el triunfo sobre el
desaliento y recibieron luz interior y fuerza por la
confianza en Dios, por el silencio sosegado y la soledad, y
nos han dado útiles y sabios consejos:
«Siéntate en silencio en tu celda, y ella te lo
enseñará todo.»
EL PROFESOR: Tengo tal confianza en vos, que escucho muy
complacido vuestro análisis crítico de mis
pensamientos acerca del silencio, el cual tenéis en
tal aprecio, y de los beneficios de la vida solitaria, que
los eremitas tanto aman llevar. Pues esto es lo que yo
pienso: Ya que todos, por la ley natural ordenada por el
Creador, estamos colocados en necesaria dependencia de los
demás y, por lo tanto, todos venimos obligados a
ayudarnos mutuamente en la vida, trabajar unos por otros y
estar al servicio unos de otros, esta sociabilidad va
encaminada al bienestar de la raza humana y muestra el amor
por el prójimo. Pero el eremita silencioso, que se ha
retirado de la sociedad humana, ¿de qué modo
puede, en su inactividad, ser de utilidad a su
prójimo, y qué contribución puede hacer
al bienestar de la sociedad humana? Él destruye por
completo en sí mismo esta ley del Creador que se
refiere a la unión de amor por sus iguales, y a la
influencia benéfica sobre la comunidad.
EL EREMITA: Puesto que vuestro punto de vista sobre el
silencio es incorrecto, la conclusión que
obtenéis de él no es válida.
Considerémoslo en detalle. Primero: Quien vive en
silenciosa soledad no sólo no vive en un estado de
inactividad y ocio, sino que está activo en el
más alto grado, incluso más que quien
participa de la vida en sociedad. Él actúa
infatigablemente de acuerdo con lo más elevado de su
naturaleza racional: vigila; reflexiona; mantiene su
atención sobre el estado y el progreso de su vida
interior. Este es el verdadero objetivo del silencio. Y en
la medida en que esto contribuye a su propio avance,
beneficia a otros para quienes la sumersión sin
distracciones dentro de sí mismos, para el desarrollo
de su vida interior, es imposible. Pues el que vela en
silencio, al comunicar sus experiencias interiores, sea de
palabra (en casos excepcionales), sea poniéndolas por
escrito, favorece el aprovechamiento espiritual y la
salvación de sus hermanos. Y hace más, y ello
de naturaleza más elevada, que el bienhechor privado,
porque las caridades sentimentales de la gente del mundo
están siempre limitadas por el pequeño
número de beneficios otorgados, mientras que quien
concede beneficios por haber alcanzado interiormente los
medios probados y convincentes de perfeccionar la vida
espiritual, llega a ser un bienhechor de pueblos enteros. Su
experiencia y su enseñanza pasan de generación
en generación, como lo vemos nosotros mismos, y de lo
que nos venimos valiendo desde los tiempos antiguos hasta
hoy. Y esto no difiere en ningún modo del amor
cristiano; incluso lo aventaja por sus resultados. Segundo:
La influencia benéfica y utilísima sobre su
prójimo de quien observa el silencio, no sólo
se manifiesta por la comunicación de sus instructivas
observaciones sobre la vida interior, sino que el propio
ejemplo de su vida retirada beneficia al laico atento,
llevándole al conocimiento de sí mismo y
despertando en él el sentimiento de reverencia. El
hombre que vive en el mundo, oyendo del piadoso solitario, o
pasando por la puerta de su eremitorio, siente un impulso
hacia la vida espiritual, le viene al recuerdo lo que el
hombre puede ser sobre la tierra, que le es posible volver a
ese primitivo estado contemplativo en el que salió de
las manos de su Creador. El solitario silencioso
enseña por su mismo silencio, y por su misma vida
beneficia, edifica y persuade de la búsqueda de Dios.
Tercero: Este beneficio surge del auténtico silencio,
que es iluminado y santificado por la luz de la Gracia. Pero
si el silencioso no tuviese estos dones de la Gracia que
hacen de él una luz para el mundo, y se hubiese
aventurado en la vía del silencio con el
propósito de ocultarse de la compañía
de sus iguales, como resultado del tedio y la indiferencia,
aun así sería de gran beneficio para la
comunidad en que viviese, de igual manera que cuando el
jardinero corta las ramas secas y estériles y quita
las malas hierbas para que el crecimiento de las mejores y
más útiles no sea estorbado. Y esto es mucho.
Es de provecho general el que el silencioso, con su retiro,
elimine las tentaciones que surgirían inevitablemente
de su vida poco ejemplar entre la gente, y que serían
perjudiciales para la moralidad de su prójimo.
Sobre la importancia del silencio, San Isaac el Sirio se
pronuncia así: «Cuando ponemos en un platillo
todas las acciones de esta vida y en el otro el silencio,
encontramos que éste desequilibra la balanza. No
estiméis por igual a los que obran señales y
prodigios en el mundo que a los que guardan el silencio con
conocimiento. Amad la inactividad del silencio más
que la saciedad de los codiciosos de este mundo. Es mejor
para vosotros soltaros de las ataduras del pecado que
liberar a esclavos de su servidumbre.» Incluso los
sabios del mundo han reconocido el valor del silencio. La
escuela filosófica de los neoplatónicos, que
agrupó a muchos partidarios bajo la guía del
filósofo Plotino, desarrolló hasta un alto
grado la vida contemplativa, accesible muy particularmente
por el silencio. Un autor espiritual dijo que si el Estado
fuese perfeccionado al más alto grado en la
educación y las costumbres, aun en tal caso
sería necesario encontrar hombres para la
contemplación, además de las actividades
habituales de los ciudadanos, para preservar el
espíritu de verdad y. habiéndolo recibido de
todos los siglos pasados, conservarlo para las generaciones
venideras y entregarlo a la posteridad. Tal suerte de
hombres son, en la Iglesia, los eremitas, los solitarios y
los anacoretas.
EL PEREGRINO: Pienso que nadie ha estimado tan justamente
las excelencias del silencio como San Juan Clímaco.
«El silencio, dice, es la fuente de la oración,
un retorno de la cautividad del pecado, un desapercibido
triunfo en la virtud, una continua ascensión al
cielo.» Sí, y el propio Jesucristo, para
mostrarnos el provecho y la necesidad de la reclusión
en el silencio, dejaba a menudo Su predicación
pública y se retiraba a lugares silenciosos para orar
y encontrar quietud. Los silenciosos contemplativos son como
pilares que sostienen la piedad de la Iglesia por su
oración secreta y continua. Incluso en un pasado
lejano, vemos a muchos laicos, incluso a reyes y sus
cortesanos, visitar a eremitas y a hombres que guardaban el
silencio para pedirles que recen por su fortificación
y su salvación. De este modo, también, puede
el solitario servir a su prójimo y obrar por el
aprovechamiento y la felicidad de la sociedad, con su
oración retirada.
EL PROFESOR: Aquí tenemos otra vez otra idea que
yo no entiendo muy bien. Es costumbre general entre nosotros
los cristianos el pedirnos oraciones mutuamente, el querer
que otro rece por mí, y el tener especial confianza
en un miembro de la Iglesia. ¿No es esto sencillamente
una exigencia del amor por sí mismo? ¿No es
acaso tan sólo que hemos cogido el hábito de
decir lo que hemos oído a otros decir, como una
especie de imagen mental, sin reflexión seria alguna?
¿Requiere Dios acaso la intercesión humana,
Él, que prevé todo y actúa de acuerdo
con Su bendita Providencia y no de acuerdo con nuestros
deseos, conociendo y determinándolo antes de que
nuestro ruego se haga, tal como dice el Santo Evangelio?
¿Puede acaso la oración de mucha gente ser
realmente más fuerte para imponerse a Sus decisiones
que la de una sola persona? En este caso Dios haría
acepción de personas. ¿Puede realmente salvarme
la oración de otra persona, cuando a todos se nos
elogia o se nos avergüenza por nuestras propias
acciones? Y, por lo tanto, pedir las oraciones de otra
persona me parece meramente una piadosa expresión de
cortesía espiritual, que muestra signos de humildad y
un deseo de complacer por el preferirse unos a otros. Eso es
todo.
EL MONJE: Si sólo se tuviesen en cuenta
consideraciones exteriores, y con una filosofía
elemental, podría ser visto así. Pero el
juicio espiritual, bendecido por la luz de la
religión y educado por las experiencias de la vida
interior, va mucho más al fondo, contempla con
más claridad y revela en forma misteriosa algo
enteramente distinto de lo que vos habéis expuesto.
Para que podamos entenderlo más rápidamente y
con mayor claridad, tomemos un ejemplo y luego
verifiquémoslo a la luz de la Palabra de Dios.
Digamos que un alumno va a un maestro buscando
instrucción. Sus débiles capacidades y, lo que
es más, su pereza y su falta de concentración
le impiden alcanzar ningún éxito en sus
estudios, y es puesto en la categoría de los
perezosos y de los fracasados. Triste por este motivo, y sin
saber qué hacer ni cómo luchar contra sus
deficiencias, encuentra a otro alumno, condiscípulo
suyo, más capaz que él, más diligente y
más afortunado, y le cuenta su problema. El otro se
interesa por él, y le sugiere que trabajen juntos.
«Trabajemos juntos, dice, y tendremos más
entusiasmo, más alegría y mejor
resultado». Y así, empiezan a estudiar juntos,
compartiendo con el otro lo que uno ha entendido. La materia
de su estudio es la misma. ¿Y qué resulta al
cabo de varios días? El indiferente se torna
diligente; empieza a gustarle su labor; su negligencia se
troca en ardor e inteligencia, lo que tiene también
un efecto benéfico sobre su carácter y su
conducta. Y el inteligente, a su vez, se vuelve más
capaz y aplicado. Por esta influencia mutua, ellos obtienen
un aprovechamiento común. Y esto es muy natural, ya
que el hombre nace en sociedad; desarrolla su
comprensión racional a través de los
demás; y los hábitos, la educación, las
emociones, la acción de la voluntad, todo, en una
palabra, lo recibe del ejemplo de sus iguales. Y, por lo
tanto, como la vida de los hombres consiste en las
relaciones más estrechas y las más fuertes
influencias de unos sobre otros, quien vive entre un tipo
determinado de gente se acostumbra a su tipo de
hábitos, conducta y costumbres. Por consiguiente, el
tibio se torna entusiasta; el estúpido, sagaz; el
perezoso despierta a la actividad por un vivo interés
en sus semejantes. El espíritu puede darse al
espíritu, y actuar beneficiosamente sobre otro, y
atraerlo a la oración, a la vigilancia. Puede darle
ánimos en el desaliento, apartarle del vicio y
despertarle a la acción santa. Y es así,
ayudándose mutuamente, como ellos pueden volverse
más piadosos, más enérgicos
espiritualmente, más respetuosos. He aquí el
secreto de la oración por los demás, que
explica la piadosa costumbre entre los cristianos de rezar
unos por otros y de pedir las oraciones del hermano.
Y con esto puede verse que no es que Dios esté
complacido, como lo están los grandes de este mundo,
por los muchos ruegos e intercesiones, sino que el propio
espíritu y poder de la oración purifica y
despierta al alma por la que la oración es ofrecida,
y la dispone para la unión con Dios. Si la
oración mutua de los que viven en la tierra es tan
benéfica, del mismo modo podemos deducir que la
oración por los desaparecidos es también
mutuamente benéfica, a causa del nexo muy estrecho
que existe entre el mundo celestial y éste. Es
así como las almas de la Iglesia Militante pueden
llegar a unirse con las almas de la Iglesia Triunfante, o,
lo que es lo mismo, los vivos con los muertos.
Todo lo que he dicho es una argumentación
psicológica, pero si abrimos la Sagrada Escritura
podemos verificar su verdad. Jesucristo dice al
Apóstol San Pedro: He rogado por ti para que no
desfallezca tu fe. Aquí veis que el poder de la
oración de Cristo fortifica el espíritu de San
Pedro y le da ánimos cuando su fe es probada. Cuando
el Apóstol San Pedro estaba en prisión, la
Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.
Aquí tenemos revelada la ayuda que la oración
fraternal aporta en las circunstancias difíciles de
la vida. Pero el precepto más claro acerca de la
oración por los demás viene dado por el
Apóstol Santiago, de este modo: Confesaos, pues,
mutuamente vuestras faltas y orad unos por otros
Mucho
puede la oración fervorosa del justo. He
aquí la confirmación categórica de la
argumentación psicológica de antes. ¿Y
qué decir del ejemplo del Apóstol San Pablo,
que nos es dado como modelo de la oración por los
demás? Un autor observa que este ejemplo del
Apóstol San Pablo debería enseñarnos
cuán necesaria es la oración por los
demás, cuando un podvizhnik tan santo y tan
fuerte reconoce su propia necesidad de esta ayuda
espiritual. En la Epístola a los Hebreos, él
expresa su ruego de este modo: Orad por nosotros.
Confiamos en que tenemos buena conciencia y que queremos
vivir bien en todo. Cuando consideramos esto,
cuán poco razonable nos parece contar sólo con
nuestras propias oraciones, cuando un hombre tan santo, tan
lleno de gracia, pide en su humildad que las oraciones de
los suyos (en este caso, los hebreos) se unan a las suyas.
Por tanto, por humildad, simplicidad y unión de amor,
no deberíamos rehusar o desdeñar la ayuda de
las oraciones aun del más débil de los
creyentes, cuando el espíritu clarividente del
Apóstol San Pablo no vaciló en ello. Él
pide las oraciones de todos por igual, sabiendo que el poder
de Dios se hace perfecto en la debilidad. Por consiguiente,
puede a veces ser hecho perfecto en aquellos que parecen no
ser capaces de rezar sino muy débilmente. Con la
fuerza de este ejemplo, reparamos además en que la
oración mutua fortalece esa unidad de amor cristiano
ordenada por Dios, da testimonio de humildad en el
espíritu de quien hace la petición y, por
así decirlo, atrae al espíritu del que ora.
Así es como se estimula la intercesión
mutua.
EL PROFESOR: Vuestro análisis y vuestras pruebas
son admirables y exactas, pero sería interesante
saber por vos el método y la forma concretos de la
oración por los demás. Porque pienso que si la
fecundidad y el poder de atracción de la
oración dependen de un vivo interés en nuestro
prójimo, y particularmente de la influencia constante
del espíritu del que reza sobre el del que ha pedido
la oración, un estado de alma así
podría apartar a uno de la sensación
ininterrumpida de la invisible Presencia de Dios, y de la
efusión de la propia alma a Dios por sus necesidades.
Y si uno recuerda a su prójimo sólo una o dos
veces por día en simpatía con él, y
pidiendo ayuda a Dios por él, ¿no será
esto suficiente para la atracción y el
fortalecimiento de su alma? En resumen, querría saber
exactamente cómo hay que rezar por los
demás.
EL MONJE: La oración que se ofrece a Dios, por el
motivo que sea, no debe, ni puede, alejarnos de la
sensación de la Presencia de Dios, ya que si es un
ofrecimiento hecho a Dios ha de ser, naturalmente, en Su
Presencia. En cuanto al método de rezar por los
demás, hay que observar que el poder de este tipo de
oración consiste en una auténtica
simpatía cristiana con nuestro prójimo, y
tiene una influencia sobre su alma en la medida de esta
simpatía. Por lo tanto, cuando se dé el caso
de que pensemos en él, o en el momento fijado para
ello, es bueno traer su imagen mental a la Presencia de Dios
y ofrecer una oración de la siguiente forma:
«Oh, Dios misericordioso, hágase tu voluntad que
quiere que todo hombre sea salvo y acceda al conocimiento de
la verdad, salva y socorre a Tu siervo X. Toma este deseo
mío como un grito de amor, que Tú has
mandado.» Normalmente, vos repetiréis estas
palabras cuando vuestra alma se sienta movida a ello, o bien
podéis rezar el rosario con esta oración. He
comprobado por experiencia cuán beneficiosamente
actúa esta oración sobre aquel por quien se
ofrece.
EL PROFESOR: Vuestras opiniones y vuestros razonamientos,
así como la edificante conversación y los
pensamientos iluminadores que se desprenden de ellos son de
tal naturaleza que me siento obligado a guardarlos en mi
memoria, y -a ofreceros toda la reverencia y la gratitud de
mi corazón agradecido.
EL PEREGRINO Y EL PROFESOR: Ha llegado la hora de que
partamos. Os pedimos de todo corazón vuestras
oraciones por nuestro viaje y por nuestro
compañerismo.
EL STARETS: El Dios de la paz, que sacó de
entre los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al
gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor
Jesús, os haga perfectos en todo bien, para hacer su
voluntad, cumpliendo en vosotros lo que es grato en su
presencia, por Jesucristo, a quien sea la gloria por los
siglos de los siglos. Amén. (Heb., XIII,
20-21.)
Anterior
�ndice
|