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Padre
Fray Alberto E. Justo, O.P.
Regla para eremitas

Para
los que vivimos en cualquier parte.
En
el mundo o fuera de él
más
allá de todo mundo
y
en cualquier tiempo
LECTOR:
tienes la
oportunidad de dejar este mundo y de seguir al Señor.
No dudes un instante. No permanezcas observando lo que queda
atrás, en el camino, ni sueñes con tu
fantasía, gestando fantasmas en un futuro que no es y
que, seguramente, nunca será.
Deja.
Aventúrate, en cambio, por las sendas de la
Eternidad, que ya están a tu disposición. No
sólo no están lejos sino que en este mismo
instante se abren para ti.
Tal vez pensabas
que alcanzarías una vida mejor mudando de lugar o
escapándote del tiempo. Nada de eso. Aquí
hallarás una pequeña senda para horadar el
instante y el lugar en que te encuentras y pasar del otro
lado. Más allá.
No te turbe tu
pasado. No te angustie el mañana. Simplemente
estás aquí y ahora con el Señor. Es
Él quien te llama.
Y no quieras saber
otra cosa. No te pierdas en vericuetos ni te distraigas en
tu propio laberinto. No te justifiques buscando razones para
escapar de la senda del Señor. Que no te deslumbren
los espejismos de un mundo que perece.
Aquí
intentamos no caer en el precipicio de la muerte.
Aquí pedimos al Señor la Salvación...
No pretendemos dar lecciones sino aprender a abrir las
puertas de par en par al Salvador.
Abre estas
páginas y reconoce, en ellas, una insinuación.
Una suerte de invitación a subir mucho más
alto. Solo son un punto de partida.
PRIMERA
PARTE
Conducta
y actitudes en la jornada
1. Al
comenzar el día, ármese, el lector, con la
señal de la Cruz y conságrelo, todo entero,
en un breve acto al Señor.
2. Renuncie
explícitamente, con una cortísima
invocación, a cualquier vanidad o
distracción durante la jornada. Haga el
propósito, sinceramente, de no apartarse del
Señor. Recuerde el aforismo de San Juan de la Cruz
que nos enseña que sólo Dios es digno del
pensamiento del hombre.
3. Pida, en
fin, con plegarias e invocaciones, la gracia de la
contemplación y de su perseverancia.
4. Sepa que
el diablo lo tentará con muchisimas distracciones
u ocupaciones disfrazadas de la razón de bien.
Rechace, con vigor, estos engaños y no viva
volcado hacia afuera sino recogido y advertido. Pida al
Señor el don del discernimiento y busque la paz.
Su principal ascesis sea el silencio.
5. No por
mucho empeñarse logrará mejores resultados.
Combata la ansiedad que lo oprime y permanezca quieto,
atento al silencio interior. El Señor no quiere
esos sus trabajos y sus cosas sino a toda su persona. No
pierda el tiempo.
6. El mundo,
en el que le toca peregrinar, se asemeja al caos. La
mayoría de los hombres, en los centros urbanos,
vive en desorden y desarmonía. No tema, ni se deje
atrapar por ningún lazo. Sobre todo, no preste
atención a lo efímero.
7. La mano
izquierda no ha de saber lo que hace la derecha.
Transcurra la jornada en olvido de sí.
8. Recuerde
que lo más grande siempre resulta incómodo.
Con la ayuda de Dios vencerá cualquier asedio. El
Verbo de Dios, en la estrechez e incomprensión de
este mundo, en su humillación y obediencia, no
pierde grandeza sino que es exaltado.
9. No se
apresure. Deténgase y sosiéguese. No haga
una cosa después de otra con precipitación.
Anímese a dejar que se vaya su medio de
locomoción. No corra detrás de nada.
Vuélvase a cerrar delicadamente las puertas cuando
pasa a través de ellas y, como aprenden los
Cartujos en su Noviciado, no las cierre de un golpe sino
articulando su mecanismo. Entre paso y paso
descubrirá el silencio.
10.
Interrumpa, con frecuencia, sus movimientos. Respire
hondo e invoque al Señor antes y después de
cada paso. Sosiéguese. No se apresure ni en hablar
ni en responder.
11. No se
apresure por hacer esto o aquello. Con antelación
a cualquier trabajo o empeño diga una jaculatoria.
Desconfíe de sus propias urgencias.
12. Sea
firme en sus convicciones, pero siempre dispuesto y
pronto para abrazar la verdad.
13. Trabaje
en silencio, sin decir lo que hace. No busque
reconocimiento ni aplauso. Acepte lo que la misma
Providencia le depara en todo lo que se refiere a sus
acciones.
14. Sepa, en
todo lo que emprende, que su Patria verdadera es el Cielo
y que ahora se halla en el misterio del exilio. Pero no
olvide que encontrará ya el cielo en su alma. Su
mismo espíritu le anticipa la eternidad.
15. No
establezca ni se ate con un horario rígido.
Adhiera a un orden armónico que pueda,
fácilmente, adaptar. Busque también la
belleza en la sucesión de las horas.
16. Intente
integrar las sorpresas, esto es: lo imprevisto. No
desvanezca ante ello. La vida contemporánea abunda
en lo que no se aguarda. En ocasiones se trata de las
trampas del diablo para que pierda el equilibrio en su
camino. No preste atención ni se angustie, que
todo pasa. Continúe como si nada ocurriera,
morando en el silencio de su propio interior. Cultive la
paz.
17. Aprenda
a vivir en algunos minutos o, quizá, en algunas
horas, lo que otros viven a lo largo de todo su tiempo.
Así la soledad, el retiro, el recogimiento... Sea
monje de un sólo día. Aproveche los
momentos y las auroras. Descubra en las horas y en los
paisajes, en la música y en toda
manifestación de la belleza, la hondura de su
verdadera soledad interior.
18. Se ha
dicho que el verdadero hombre es el del verdadero
día, del eterno día. Es capaz de vivir toda
la vida en un solo día. Quizá porque todas
sus jornadas son las de siempre. Oriéntese, pues
el lector y peregrino, hacia el último día.
Cada instante le entregará la Eternidad.
19.
Aprenderá a prolongar los instantes privilegiados,
cuando el tiempo es atravesado verticalmente. Así
la Santa Misa, como toda celebración de la
Liturgia en la que haya participado. Y aún
aquéllas que le son lejanas, en el tiempo y en el
espacio. Únase, por dentro, a la vida que no ve y
que, sin embargo, requiere de su plegaria y de su
vigilia.
20. Lo mismo
en los instantes de silencio y de recogimiento.
Especialmente descubra el misterio religioso de la noche
y haga de esas horas su propio desierto.
21. Tenga en
cuenta que velar en la noche puede ser mayor que
esconderse en el fondo del desierto. La soledad
&endash;decía André Louf&endash; era un
porción del mundo que servia al ermitaño
para situarse en el universo. La porción que ahora
le pertenece es: tiempo. Vigile y vele, según sus
posibilidades, y proyecte su vigilia en todas las horas.
22. Tenga
presente lo que enseñaba San Isaac el Sirio: si un
monje, por razones de salud, no pudiese ayunar, su
espíritu podría, por las solas vigilias,
obtener la pureza de corazón y aprender a conocer
en plenitud la fuerza del Espíritu Santo. Pues
sólo quien persevera en las vigilias puede
comprender la gloria y la fuerza que se esconden en la
vida monástica.
23.
Permanezca en vigilia por medio de la oraciones breves.
Practique la Lectura espiritual y, a ser posible, rece,
diariamente, todas las horas del Oficio Divino.
SEGUNDA
PARTE
Elementos
generales
El lector ha de
tener en cuenta su posición con respecto al mundo,
una vez que lo ha dejado todo por Dios. La
formulación exacta es la siguiente: se ha dejado a
sí mismo y ha acudido al llamado del Señor que
es su vida. Antes que cualquier decisión posterior se
ha postrado para adorar. Con ello reconoce el primado de la
contemplación.
Ahora, con
abandono, siga su camino y observe:
24. No
afincarse en época ni en lugar alguno. Renunciar
decididamente a cualquier forma de poder aún
cuando aparezca conveniente o con el pretexto de
contribuir a formas apostólicas. Despojarse de
cualquier medio y presentarse en el Nombre y la Palabra
de Dios. No apelar a ninguna alianza ni servirse de ella.
25. No
habitar espiritualmente ningún lugar transitorio.
Los cristianos habitan el mundo pero no son del mundo...
los cristianos viven de paso en moradas corruptibles,
mientras esperan la incorrupción en los cielos (Ep
Diogn. VI.3 y 8), Habitan sus propias patrias como
forasteros... Toda tierra extraña es para ellos
patria, y toda patria, tierra extraña (Ibid. V.5).
Ser, por tanto, peregrino en el desierto de este mundo.
26.
Abandonarlo todo en el Señor. Abandonar todo es
consecuencia de la metanoia. Lo que caracteriza el
desierto interior es el total abandono en el
Señor. La apatheia cristiana - ha dicho Hans Urs
von Balthasar - es lo contrario de una técnica
hecha para protegerse del sufrimiento, es el puro
abandono al amor eterno, más allá del
placer y del dolor. Dejar de lado previsiones e
inquietudes. Péguy decía que no es mayor
pecado la inquietud que la pereza.
27. La
renuncia a cualquier poder de este mundo, comporta
armarse de las propias fatigas. La misma palabra kopos
utilizada por San Juan (Jn. 4,38) y por San Pablo (I Cor.
3,8) para designar las fatigas del apostolado es empleada
en los Apotegmas de los Padres para expresar los trabajos
del monje.
28. Dejar
cualquier compromiso con el poder de este mundo implica,
desde luego, disponerse a la contemplación y a la
única obra de Dios.
29. El
peregrino no ha de temer la lucha sino confiar en la
Gracia del Señor con humildad y con paciencia.
Tenga presente el siguiente texto de Diadoco: La
impasibilidad no consiste en no ser atacado por los
demonios, pues entonces deberíamos, como lo dice
el Apóstol, irnos de este mundo (I Cor. 5,10),
sino en permanecer inexpugnables cuando nos atacan
(XCVIII-160).
30.
Practique el silencio interior según el siguiente
Apotegma: El Abad Isaac estaba sentado un día
junto al Abad Poimén; se oyó, entonces, el
canto de un gallo. Aquél dijo: ¿es posible
oír esto aquí, Abad? El otro
respondí: ¿Isaac, por qué me fuerzas a
hablar? Tú y los que se te asemejan
escucháis esos sonidos, pero el hombre vigilante
no se preocupa por ello (Poimén 107 - Sentencias
245).
31.
Convertirse en discípulo que sabe escuchar y
discernir. En muchas ocasiones los sonidos manifiestan el
silencio. En efecto, lo importante no es lo que llega
sino cómo lo recibimos.
32.
Permanecer débil y vulnerable, sin fuerzas, sin
alianzas comprometedoras, sin tratados ni defensas. En
lugar de espiritualidades, dar lugar al Espíritu.
33. Tenga el
corazón fijo en Dios y cuando padezca la
adversidad o sufra algún despojo, o lo que sea, no
se compadezca a sí mismo ni se observe, no guarde
en la memoria ni recuerde. Pase por encima de las
miserias de este mundo, respetando y aceptando el nivel
de cada cosa.
TERCERA
PARTE
El
Recogimiento
34. El
recogimiento es lo esencial de esta Regla. Se entiende
por recogimiento la unificación interior de la
persona en la Presencia de Dios.
35.
Aún cuando no pudiera, por motivo válido,
ser observado uno u otro de los artículos de esta
Regla, bastará esta tercera parte para cumplir con
ella.
36. Vivir de
la Presencia de Dios en todo tiempo y lugar y someterle
todo.
37. Estos
artículos no se refieren, desde luego, a cuanto
compete al cristiano en su condición de tal.
Presuponen el llamado a la santidad y a la unión
con Dios. En cambio apuntan al recogimiento habitual de
los que perciben una especial vocación a la
contemplación y a la intimidad con el
Señor.
38. La
Contemplación consiste en atender y adherir a la
Presencia de Dios en el fondo, raíz y centro de
nuestro ser. Teniendo en cuenta que ésta es una
gracia, viva de ella y pídala constantemente.
Recuerde que el contemplativo no conoce más o
menos que otros, sino que &endash;como decía un
cartujo&endash; es capaz de extasiarse donde los
demás pasan con indiferencia.
39. La
Contemplación no es un camino de conocimiento sino
un llamado a una experiencia que trasciende todo camino o
proyecto.
40. Disponga
de un tiempo infinito para Dios. Practique, asiduamente,
la Lectura espiritual.
41. Si,
alguna vez, se hallara en un ambiente adverso y
descubriera que los más cercanos son los
más distantes, convierta todo ello en escuela de
Caridad y aprenda a trascender, por lo alto o por lo
bajo, las imposiciones de cualquier lugar.
42. No deje
de combatir. Sea fiel y constante. Huya de los
laberintos. La lucha es siempre saludable. Sea
perseverante en las pruebas.
43. Silencio
y recogimiento. Solo Dios basta. En un corazón
puro no existen más disonancias ni distancias con
Dios. Está abierto al Misterio y se halla en
conformidad con la Voluntad del Padre. El
auténtico silencio es propio de un corazón
puro, semejante y unido al Corazón de Dios.
Podrá, pues, vivir en un silencio completo cuando
descanse sin reparos, como un niño, en el mismo
Señor.
44. El
silencio consiste, sobre todo, en callar para oír
algo siempre más grande. Deje sus análisis
y el alud de sus deducciones. Permita que el silencio se
manifieste en su interior. Puede estar muy
empeñado en todo tipo de actividades y, al mismo
tiempo, gozar del silencio, que es patrimonio del alma y
expresión de Dios.
45. No
cometa agresiones ni abuse de cuanto pasa. Respete y no
se apresure a responder o a intervenir en lo que sea.
Mira con benevolencia. Todo está a su favor.
46.
Libérese de todo lo que no lo atañe. No
dependa de personas o de situaciones. Calle las voces que
lo lleven a analizar en exceso. Busque su refugio y su
auxilio en sólo Dios. Nunca será
defraudado.
47.
Corazón puro. Unificado en el Señor. Va a
Dios por Dios. Dios mismo es su vida. Que la
invocación del Nombre de Jesús le recuerde,
constantemente, la Presencia del mismo Señor y su
unidad interior e intima en Él.
48.
Encuentre el misterio del desierto en su proprio interior
y en cuanto eventualmente lo circunda.
49. Toda
desolación o prueba podrá conducirlo, si
así lo quiere, al Misterio de Cristo.
50. Es
propio del solitario estar con el Señor en su
Agonía. Ofrezca y consagre las horas y el
sufrimiento consciente de su fecundidad.

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