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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
SEGUNDA
PARTE
ACTITUDES Y CAMINOS
ORANTES
"SAL
DE TU TIERRA..."
(ABRAHAM)
Al paso de la oración, debemos reencontrar el
hombre o la mujer unificados e integrados que podemos llegar
a ser. De mirada única, de presencia entera, de
atención centrada. "Aquí estoy" es el
mejor modo de iniciar la oración, con el deseo de que
todo yo, toda mi persona esté allí, en la
presencia de Dios. "Aquí estoy ante ti, con todo lo
que soy, tengo y siento". Con mucha frecuencia no estamos
donde estamos, anclados en el pasado o angustiados por el
futuro, descentrados por tanta luz intermitente de colores,
ajenos a nosotros mismos... Se nos olvida el presente hondo,
vivo, real, que es nuestra única verdad. No
escuchamos, no vemos, no sentimos lo que pasa ante nosotros,
porque vivimos descentrados, al amor de muchas realidades
que dispersan la vida.
Siempre conviene comenzar a orar reconciliándonos:
con nosotros, con Dios, con el entorno. Recuperar la
atención interior, tan derramada hacia afuera.
Comenzar a amar a Dios es recuperarse a sí mismo.
Decir "Aquí estoy" supone que acepto mi debilidad,
mi limitación, mi pobreza. Esto es el comienzo de
toda sabiduría. "Aquí estoy, desnudo ante ti".
Implica confiarse a Él, que nos conoce bien y cuida
siempre nuestros caminos. Esta será la actitud de
Abraham, la que le hará "nuestro padre en la fe".
"Heme aquí", es su respuesta a la llamada de
Yahvé (Gn 22, 1).
Si confiar en alguien despierta su capacidad creadora, su
originalidad, confiar en Dios nos abre al descubrimiento de
algo nuevo y sorprendente en Él.
Abraham creyó contra toda esperanza. Su fe aparece
como insensata desde fuera: ¿por qué salir de su
tierra?, ¿por qué interceder por un pueblo
despreciable?, ¿por qué sacrificar a su
único hijo?
La confianza de Abraham sólo se entiende desde la
clave del amor. Su confianza habla de algo misterioso
sucedido entre él y Yahvé. Toda la historia de
Abraham se entiende desde la fascinación que este
misterioso Dios ejerció sobre él.
Recordamos tres actitudes en el vivir y obrar de
Abraham:
-
- Salir
-
- Confiar en la noche
-
- Interceder
SALIR
"Sal de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu
padre a la tierra que yo te mostraré...
Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho
Yahvé" (Gn 12, 1. 4a).
Nómada, peregrino, errante... buscando la patria,
el hogar prometido por Dios, Abram sale de su casa y se pone
en camino hacia un lugar desconocido, fiado en Dios.
El orante, el creyente ha de ser, por definición,
un buscador, un peregrino. ORAR es, ante todo, buscar la
voluntad de Dios sobre la propia vida. La fe es una
aventura, una peregrinación, un riesgo.
La oración de Abraham no es de palabras, sino de
gestos y acciones en las que demuestra su fe. Su valor
está en lo desconocido de Dios. Desconoce a Dios, al
que denomina "El Shaddai", Dios de las montañas. Se
convierte en descubridor de Dios por su fe. Estaba solo. La
historia de la fe en Yahvé comienza
prácticamente con él.
Dios es para él terreno no desbrozado, no andado
y, por eso mismo, su vida se convierte también en
algo insospechado, arriesgado. Todo el futuro de Abraham
pende de un acto absoluto de fe. La fecundidad de su vida y
de su posteridad arrancan de su fe y se asientan en la
promesa y fidelidad de Dios.
La fe cambia toda su vida y consiste en poner toda su
historia en manos de Dios. Cuando la fe es dar a Dios lo que
sobra, algo superfluo, unas migajas de obligado
cumplimiento, cuando la vida está a salvo y Dios se
mantiene en la raya fronteriza que le hemos marcado, cuando
Dios es un recurso de emergencia y la fe no roza la vida, no
cambia la vida, no cuesta vida, esa fe no nos
llevará, como a Abraham, a descubrir el rostro
fascinante de Dios, a comer amigablemente con la
Trinidad.
Abraham nos enseña que tener fe es atreverse a
salir fiados sólo en Él. No es conocer o
recitar verdades, sino jugarse la vida por aquél o
aquellos a quienes se ama, fe es una manera de vivir, un
estilo de estar en la vida. Y crece cuando en los momentos
cruciales nos atrevemos a SALIR de nuestra tierra, de la
casa paterna, esto es, de nuestras seguridades paralizantes,
para anclarnos en la única seguridad que será
capaz de llevarnos a alta mar, la de los pobres de
Yahvé que sólo esperan en Él la salud y
la plenitud.
Salir es responder a la llamada de Dios. La iniciativa la
tiene Él. Salimos no caprichosamente, sino tocados
por Él. Ponerse en camino es ir al paso de Dios. Y
Dios llama siempre enamorando la vida.
Salir obliga a soltar lastre, a desembarazar lo que ata,
a dejar lo superfluo. El nómada no puede llevar
muchas cosas, sólo se es peregrino del Absoluto,
ligero de equipaje.
Al abandonar nuestros nidos de seguridad y echar a volar
lo hacemos fiados en su Palabra: "No temas, yo estaré
contigo". Su fidelidad y su promesa son la única
seguridad.
Santa Teresa decía que "oración y regalo no
se compadecen"; añadimos que oración y pereza,
oración y asentamiento no se sufren. Orar supone
estar abierto a Dios hasta el punto de poder cambiar, no
sólo de sitio, sino de actitud, de ideas, de
costumbres...
En otro momento (Gn 22), Yahvé pide a Abraham el
sacrificio de su único hijo; y vuelve a demostrar una
fe absoluta, poniendo en manos de Dios lo más amado
para él. El mismo Dios que le ha prometido una
descendencia como las estrellas del cielo, le pide ahora la
vida del que puede hacer realidad esa promesa, su
único hijo. Ante esta actitud ("levantóse
de madrugada... se puso en marcha hacia el lugar que le
había dicho Dios" -Gn 22, 3-, se dispuso a
ejecutar la orden de Dios, pero, El mismo se lo impide...).
El Ángel de Yahvé se deshace en bendiciones;
parece que la fe de Abraham hubiera tocado lo más
hondo del corazón de Dios; la confianza en Él
lo vence.
Sin entrar en un comentario amplio de este relato, se nos
muestra que el SALIR del capítulo 12 ("Sal de tu
tierra...'), no se refiere sólo a una acción
puntual, sino a una actitud vital. La fe no vive de rentas,
hay que salir constantemente al encuentro de Dios, eso es
amor. La leña de ayer, los gestos y detalles de ayer
no mantendrán el fuego de mañana. La vida de
Abraham fue salir al encuentro de su Amigo, el Dios de las
montañas, de Él se fió hasta la locura
y la insensatez, movido por amor. Cada vez que Dios le
había buscado, allí estaba Abraham abierto a
la escucha, dispuesto siempre a obedecer y a caminar en la
presencia de su Dios con absoluta integridad.
CONFIAR EN LA
NOCHE
La confianza ilumina siempre el incierto camino de
Abraham hacia la nueva tierra. Esta confianza, la fe "contra
toda esperanza", pasa por la prueba más fuerte cuando
se hace la tiniebla.
"Cuando estaba el sol ya para ponerse cayó un
sopor sobre Abraham, y fue presa de un gran terror y le
envolvió densa tiniebla" (Gn 15, 12).
El sopor, el terror y la tiniebla dibujan la noche de
Abraham, es otro momento clave en la vida del creyente. El
orante habrá de aprender a "esperar en desnudez y
vacío la llegada de su Bien" (San Juan de la
Cruz). Este momento es inevitable, es la gran
tentación de los orantes, muchos aún no
curtidos en la contradicción. Dios desconcierta la
vida, y nos despoja de lo accidental de nuestra fe.
"Así como sube hasta vuestras copas y acaricia
vuestras más frágiles ramas que tiemblan al
sol, también penetrará hasta vuestras
raíces y las sacudirá de su arraigo a la
tierra. Como gavillas de trigo os aprieta contra su
corazón. Os apalea para desnudaros. Os trilla para
liberaros de vuestra paja. Os muele hasta dejaros blancos.
Os amasa hasta dejaros livianos; y luego, os mete en su
fuego sagrado, y os transforma en pan místico para el
banquete divino. Todas estas cosas hará el amor por
vosotros para que podáis conocer los secretos de
vuestro corazón, y con este conocimiento os
convirtáis en el pan místico del banquete
divino" (J. GIBRAN)
Tras sufrir la noche, Dios puede sellar su pacto con
Abraham: "Aquel día firmó Yahvé una
alianza con Abraham... ", por la cual daba la tierra a
su descendencia.
INTERCEDER
Interceder es una forma de orar muy bella, por la que
alguien se planta ante Dios con humildad para suplicarle en
favor de otro. En este caso, Abraham intercede por Sodoma y
Gomorra, aduciendo que no es justo que mueran los justos por
pecadores.
Interceder es arriesgarse a ser rechazado, es ir ante
Dios en nombre de otro que, en este caso, ha caído en
desgracia culpablemente. Abraham, desinteresadamente -no
pide nada para sí- mantiene con Dios un
diálogo en favor de esos pueblos, diálogo
familiar, confiado, muy "humano", en el que Dios va cediendo
gustosamente a las sugerencias de su amigo.
Hay en Abraham una actitud que le hace digno de dialogar
así con Dios: su humildad, la verdadera puerta para
abrir el corazón de Dios (Gn 18,27). Así como
la arrogancia nos hace incapaces de Él.
No se trata de cambiar la opinión de Dios, sino de
gritar para que se haga lo que, en verdad, Él quiere:
que el pueblo se salve. Para ello reclama nuestra fidelidad
y colaboración.
Dios busca intercesores; se complace en aquellos que
claman en favor de otros contra la injusticia, el dolor, la
oscuridad, el pecado... para que sean liberados. Dios quiere
que intercedamos porque ama a su pueblo.
En Jeremías se afirma que un solo justo
habría bastado (Jer 5, 1), y en Ezequiel Dios se
queja de que no hay quien interceda: "He buscado entre
ellos alguno que construyera un muro y se mantuviera de pie
en la brecha ante mí, para proteger la tierra e
impedir que yo la destruyera, y no he encontrado a
nadie" (Ez 22, 30).
Se intercede porque se ama. El que desprecia al otro no
intercede por él. Hoy hacen falta intercesores, y no
tanto acusicas. Hay que renovar la fe en el ser humano. La
intercesión es muestra de madurez, porque logra
separarse del ámbito puramente egocéntrico. Es
una oración limpia la que nos brinda Abraham en este
episodio.
Se intercede plenamente desde dentro del pecador, desde
dentro del mal, la oscuridad y el vacío que viven los
hombres, no como quien se sabe a salvo, libre, con las manos
limpias, sino desde el NOSOTROS Sólo así la
oración de intercesión es un grito, un clamor
sincero, y no una fórmula bella.
Éstos son algunos de los rasgos de la
oración y actitud de Abraham, nuestro padre en la fe.
Él nos obtenga de Dios una fe ardiente y viva, capaz
de testimoniar esperanza; una amistad que crezca en
confianza atrevida; para poder ver su rostro.
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