Miguel
Márquez Calle
- El
riesgo de la confianza
- "MI
DIOS ES YAHVÉ"
(ELÍAS)

"Elías tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo
a Ajab: Vive Yahvé, Dios de Israel a quien sirvo"
(1 Re 17,1). Así emerge Elías en el relato del
primer libro de los Reyes, después de una serie de
capítulos en que el lector queda afectado por la
frecuente infidelidad de Israel a Yahvé en la persona
de los reyes. Elías surge como defensor del Dios vivo
y verdadero.
Nos fijaremos en la oración de Elías en el
sentido amplio de su relación con Dios, centrados en
los capítulos 17-19 del primer Libro de los Reyes,
que invito al lector a repasar previamente.
El nombre en Israel define a la persona. Elías
significa "Mi-Dios-es-Yahvé". Toda
misión profética, toda vocación y, por
ello mismo, toda oración, está marcada por un
ambiente. Ese ámbito en que nos ha tocado vivir, las
circunstancias que nos rodean matizan y definen nuestra
oración. Oramos a Dios según el momento que
estamos viviendo y desde lo que somos.
Elías siente y sufre en propia carne el
difícil momento de Israel y se hace su servidor
proféticamente en un tiempo en que no está de
moda -todo lo contrarío- seguir a Yahvé, sino
a Baal.
Nos encontramos con Elías alrededor del año
860 antes de Cristo, en la confluencia de los reinados de
Morí-Ajab (padre e hijo). Hubo tres años de
sequía que Elías interpreta como castigo de
Dios. Ajab consolidó el poder de su padre, se
alió con el rey de Tiro y firmó tal alianza
casándose con su hija Jezabel. El crecimiento
económico se basaba en la injusticia y en el olvido
de los pobres. Dejó de lado a Yahvé y
permitió que Jezabel introdujera el culto a Baal en
el templo de Samaria; los profetas compañeros de
Elías fueron perseguidos y muertos. Con Jezabel
vinieron más de 400 profetas de Baal. Elías se
había quedado prácticamente solo en esta
situación.
Aquí entraría la consideración de la
oración de Elías, en este contexto viene a ser
una imperiosa necesidad orar a Dios y mantener la
comunión con Él.
Resumiríamos simplistamente toda la oración
de Elías en la búsqueda de la verdadera imagen
de Dios; orar es buscar el verdadero Rostro de Dios, su
presencia viva, no domesticada ni conceptualizada por
ninguna palabra o teología dominadora.
ORACIÓN LIBRE Y
LIBERADORA
La oración convierte a Elías en un hombre
libre y diferente. La oración aparece así como
vehículo de libertad y fuente de diferencia y
originalidad frente al poder dominador. Orar sinceramente es
no rendirse a la solapada injusticia de los que controlan el
poder (político, social, religioso, medios de
comunicación...). Ponerse frente a Dios, dejarse
mirar por Él, es descubrir dentro de sí la
diferencia que nos hace creadores, la distancia que nos
permite mirar y ver con sentido... Atravesar, incluso, la
cáscara de lo religioso, de lo establecido y
expresarlo con tus palabras, no conformarse con un barniz
espiritual.
Esta oración lúcida no interesa al poder e
incomoda a los que añoran cristianos repetidores
fieles de preceptos.
Discernir esta oración, preguntarse por su
autenticidad es buscar dos aparentes extremos unidos: la
verdadera humildad y una peligrosa originalidad. Son dos
señales de que el orante ha sido tocado por el
misterio del Dios vivo de Elías en oposición a
los Baales.
La oración así no es sólo un
ejercicio esporádico más o menos frecuente,
sino una actitud. Actitud, por cierto, poco rentable hoy
desde el punto de vista publicitario. ¿Por qué?,
porque lo primero que la oración ha de despertar y
liberar es la capacidad de elegir (caballo de batalla de
toda la publicidad). No se puede orar vigilante y
sinceramente dejándose llevar de los instintos.
"Oración y regalo no se compadecen", decía
Teresa de Jesús.
Sintetizando, diremos que orar es pedir a Dios su luz,
sus ojos para mirar y ver la vida desde Su lugar. Situarnos
a distancia de los problemas y los éxitos, de las
ideas propias y ajenas, de querencias, apetitos y odios...
para que Dios tenga espacio y pueda reconducir nuestras
opciones o relativizar nuestras ideas o contagiarnos su
sonrisa cuando dramatizamos sobre menudencias.
Una oración así es poner en ejercicio la
mejor fe, fiarse y abandonarse en Dios. Relativizar todo y
asegurar la vida sólo en Él; sentirse pobre y
débil y, por eso mismo, asegurado en sus manos. Ha
sido siempre éste, camino de valientes e
intrépidos aventureros, capaces de decir una palabra,
pronunciar un grito, entonar una canción sin
detenerse en la propia imagen, porque es en nombre del Dios
Altísimo y sólo en su Nombre.
Así es la oración de Elías, porque
arde en Dios: la mirada en Él y en su corazón
UN nombre: Yahvé.
YAHVÉ, UN DIOS
SIEMPRE MAYOR
La oración nos sitúa ante un Dios siempre
mayor, del cual no somos dueños; ningún poder
político o religioso es dueño de Dios. Orar
desde Elías es relativizar el poder humano, asumir
que la vida se vive, no se apresa. Esta es la gran denuncia
de Elías a los poderes de su momento
(pretendían que Yahvé justificara y formara
parte del sistema político establecido...).
Sólo Yahvé es el Dios vivo, digno de
adoración.
Orar es crecer en sensibilidad, vincularse radicalmente
al "pathos" de Dios, al sentir de Dios, que lo tiene.
Dios es "simpático": etimológicamente, capaz
de sufrir con otro, de reír y llorar con el ser
humano. Unirse al "pathos" de Dios es no justificar
alegremente todo, no "pasar" de los problemas, no lavarse la
manos o inhibirse, es -como Elías- arder en celo por
el Dios verdadero y gritar la verdad que se descubre en
Dios: Elías gritó la injusticia. Por eso, una
oración que no despierta la vida en orden a
entregarse, a ponerse en camino cuando sea preciso, es una
oración neutralizada, y un amigo de Dios está
lejos de ser alguien neutral, sin sal, que no toma
partido.
Elías causa problemas, provoca un conflicto, es
"azote de Israel" (1 Re 13,17), exaspera al Rey y a
los falsos profetas. El que no quiera complicarse la vida
que no ore, que no se acerque a Dios, pero no se lamente de
vivir camuflado, disfrazado y huido. El fin de la
oración cristiana no es la "apatheia", la
ataraxia, el nirvana, la paz y tranquilidad deseables, sino
la comunión con Dios en todo lo que somos y hacemos,
y eso es muy comprometido, tanto como la fracción del
Pan Eucarístico.
La disponibilidad de Elías ante Yahvé, su
atención a la Palabra y a los mandatos de Dios le
descubrían al Dios vivo y no una falsa imagen.
Así, partiendo de una profunda experiencia, fue para
el pueblo instrumento del Dios verdadero frente a la imagen
deformada difundida por el rey.
PROCESO DE LA
ORACIÓN DE ELÍAS
Centrados en los tres capítulos 17-19 del Primer
Libro de los Reyes podemos sugerir un proceso, en tres
momentos, de la oración de Elías que
formularemos así:
1º Fuego. 2º Humildad. 3º Gratuidad.
Antes de decir una breve palabra sobre cada momento el
orante ha de tener presente en su vida de amistad con Dios
que la oración es un camino, proceso, una "historia
de amistad".
Aunque la imagen que tenemos de Elías en estos
capítulos de la Biblia es parcial, el proceso que
narran es riquísimo y muy clarificador. Vamos a verlo
brevemente:
1. Fuego (Mediodía)
Este momento (1 Re 17-18), que coincide con una
sequía de tres años, se caracteriza por el
celo de Elías, su arranque. Es una oración
valiente. Elías sabe a dónde va y encuentra
fuerzas. Es mediodía, su corazón rebosa. Se
atreve a salir de su epicentro de Seguridad para dar Dios a
los demás. Elías escucha repetidas veces la
voz de Yahvé y se pone en camino sin miedo al rey ni
a los profetas de Baal. Su oración se caracteriza,
sobre todo, por la fe desbordante en Yahvé.
2. Humildad (Noche cerrada)
"Él tuvo miedo, se levantó y se fue para
salvar su vida (...) Se deseó la muerte y dijo:
'¡basta ya, Yahvé! ¡Toma mi vida, porque no
soy mejor que mis padres!'". Elías experimenta su
soledad. Es una oración en tierra. Dios parece
apartar su mano y emerge el miedo. Es el tiempo del
desconcierto; hay tormenta y la brújula no funciona.
Anochece... Se impone orar en esta desnudez y ser sinceros,
no disfrazar los sentimientos. Elías lo reconoce ante
Dios bajo la retama: tiene miedo y se le desdibuja la
esperanza, pero ora y lo hace con verdad humilde.
Experimenta su pobreza y debilidad hasta el límite de
estremecerse. Si algún asomo había habido de
orgullo personal, ahora no tiene sentido. Elías es un
niño temblando. Su oración se caracteriza por
la sinceridad y la humildad.
3. Gratuidad (Amanece)
Dios sale al paso de Elías cuando más por
tierra lo ve (1 Re 19, 5-18). La oración es vivida
como gracia. Elías va al Horeb, el monte de Dios,
empujado por la gracia de Dios significada en el
ángel que lo toca, en la torta cocida y el jarro de
agua. Ahora sí, ahora está en
disposición interior inmejorable para oír el
susurro de Dios, la experiencia del Dios vivo, a ejemplo de
Moisés. Culmina aquí el proceso de su
oración que habíamos definido como
búsqueda del Rostro de Dios; en el mismo lugar donde
a Moisés se le revela por vez primera el Dios de la
Alianza. El susurro simboliza la intimidad del trato entre
Dios y el profeta. Dios le regala su presencia cuando menos
seguro está de si mismo. La oración se
caracteriza por el abandono en manos de Yahvé.
En los tres momentos la actitud de Elías ha sido
salir y ponerse al descubierto ante Yahvé: 1º.
"Sal de aquí
" 1 Re 17,3; 2º.
"¡Toma mi vida...!" 1 Re 19,4; 3º
"Salió y se puso a la entrada de la cueva" 1
Re 19,13.
En estos tres momentos, inspiradores del Carmelo durante
generaciones y generaciones hallamos una hermosa
página de oración, de las más bellas de
la Biblia. El Carmelo, tradicionalmente, ha acentuado la
primera característica de la oración de
Elías -el "Fuego"- (así lo testifica el lema
del escudo carmelitano: "Ardo en celo por el Señor
Dios de los Ejércitos"), pero me permito sugerir que
más esencial en la tradición orante
carmelitana ha sido el segundo y tercer momento, humildad y
gratuidad, sin minusvalorar el primero. Sólo cuando
Elías ha saboreado su debilidad hasta el punto del
miedo y del amargo fracaso se hace consciente de su
más dolorosa y rica verdad: Dios es su única
fuerza. Pan, desierto, Horeb... son la pedagogía dura
y entrañable del Dios de Elías, de nuestro
Dios.
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