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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"TE
CONOCÍA DE OÍDAS"
(JOB)
"Había una vez en el país de Us un
hombre llamado Job..." (Job 1, 1). Así comienza
una de las obras maestras de la sabiduría de Israel,
un libro excepcional (aparte de los temas muy manidos de la
retribución, el sufrimiento del justo, la paciencia,
etc.) sobre todo, por el proceso apasionado de su amistad
con Dios, por su oración desenmascarada, desnuda y
atrevida.
Algunos de los temas que hoy más interpelan
nuestra relación con Dios son en Job un proceso de
búsqueda: el silencio de Dios, el dolor humano, el
fracaso existencial, el conocimiento de Dios... por citar
algunos temas con los que todo buscador de Dios se tiene que
ver las caras en su propia biografía.
Job lucha desesperadamente por encontrar a Dios; en esa
lucha, con todo el ardor de su inocencia, se enfrenta a
Dios, se pone delante de Él y no retira la mirada en
espera de su respuesta. En medio de sus gritos de dolor y de
sus arrebatos dirigidos a Dios no pierde la confianza y la
esperanza de hallarle, de que se haga la luz.
Job cumplió en su carne llagada y regenerada el
proceso de una búsqueda que ahora nos toca a nosotros
identificar y definir, y el lugar de dicha búsqueda
no es otro que la propia biografía, habitada por el
Dios que se desveló a Job tras dura pelea, y que se
nos desvelará a nosotros cuando estemos tan heridos
por Él que comprendamos que es Gratuito y más
allá siempre de toda retribución, de todo
cálculo humano.
Te sugiero que recorras el camino de Job
autobiográficamente, es decir, llevando a cabo un
diálogo entre su aventura y la tuya, dejando que sus
preguntas te conmuevan y que a las situaciones que se
describen en el libro les pongas nombres
contemporáneos, a ser posible sin salir de lo que
tú has visto y oído. Todo ello para que se te
descubra el proceso de su oración. En esta
invitación te incluyo algunos puntos de
reflexión, por si te sirven.
Partamos de una definición de
oración que cuadra magistralmente a Job. Nos la
ofrece J.B. Metz en su recomendable reflexión
"Invitación a la oración", donde afirma
que orar es "decir 'sí' a Dios; es un asentimiento
en la experiencia de la contradicción, en la
experiencia del dolor, de la finitud y de la muerte, del
dolor de la opresión y de la violencia" 1.
De modo que los que se atrevan a orar no piensen que se
trata de un acto de secreta autocomplacencia, no; nos
referimos a una aventura que reclama la vida, y no parcelas
o momentos esporádicos. La oración se define
en Job como concreción de un estilo de ser y estar en
la existencia que reclama espacios de especial intensidad,
pero que se autentifica y discierne en todo lo que somos y
hacemos. El que se decide a "luchar con Dios" al igual que
Job, Jacob y sus grandes amigos, ha de saber desde un primer
momento que del encuentro con Él nadie nunca
salió ileso, todos quedaron heridos de por vida,
heridos de muerte, heridos de libertad.
Antes de orar como Job tenemos que suplicar a Dios dos
cualidades importantes, la sencillez y algo de la infinita
paciencia de Dios: para no complicar lo que de suyo es
simple y para no forzar a Dios a nuestro antojo.
Veamos rápidamente qué nos sugiere el
proceso de Job:
LAS PROPIAS
RUINAS,
LUGAR PRIVILEGIADO DE
ORACIÓN
Entiéndase por ruinas la manera que tenemos de
percibir nuestras crisis, nuestros fracasos, la enfermedad,
el dolor... Esas ruinas son una ocasión inigualable
para que Dios reconstruya nuestra existencia hacia
Él. Dios en Job y desde él hasta nosotros
seguirá siendo pedagogo en el corazón de la
crisis humana cuando las lágrimas del hombre dejan
espacio también a la esperanza, a la queja
confiada.
¿Puede el hombre encontrarse con Dios en pleno
dolor, en la llaga que supura, en la incomprensión y
el fracaso? ¿Quién se atreve a orar en su
enfermedad, en el torbellino de sus complejos, en su
limitación?
Ese es uno de los grandes retos que de entrada nos lanza
Job. Toda historia humana es, en gran medida, una carne
llagada que Dios quiere curar. La enfermedad nos hace
frecuentemente hostiles, la fiebre nos altera, nos ajena
delirantemente y perdemos el gran tesoro escondido bajo la
cruz.
La crisis, es decir, el hundimiento de nuestras
seguridades, la alteración de nuestras
brújulas, ha sido en la historia del fenómeno
religioso un lugar excepcional de iluminación y
fuente de sentido.
Ello a condición de que no huyamos, de que oremos
con verdad. En los tiempos difíciles es donde se
muestra la elegancia interior a los ojos de Dios.
Job permanece ante su dolor sin renegar de Dios. En medio
de la tormenta, su oración es un lamento atrevido, no
infantil:
"Entonces abrió Job la boca y maldijo su
día... ¡Muera el día en que nací,
y la noche que dijo: 'un varón ha sido
concebido'!" (Job 3, 1-3).
"El lenguaje de la oración no amansa ni domestica
el lenguaje del dolor, sino que lo ensancha hasta lo
inconmensurable", sigue afirmando Metz en su
reflexión. Los cristianos hemos dado frecuentemente
la impresión de vivir en un exceso de respuestas con
ausencia de preguntas apasionantes, de abundancia de
oraciones bonitas y adornadas y ausencia de oraciones
reales.
La oración de Job no es un arma para librarse de
su dolor, sino la puerta para descubrirle el sentido, no es
un arma que le haga inexpugnable, invulnerable o insensible,
sino más desnudo.
Job, al gritar, no ahuyenta la crisis, sino que acepta su
envite. La angustia, el dolor, la enfermedad que esclaviza
es la que no se acepta, la que nos mantiene rebeldes.
Sólo el que se rinde y se atreve a mirar de frente y
acoger la contradicción puede llegar a vencerla.
Jesús en el huerto de los olivos ahonda en su dolor y
lo saca a la luz: "Mi alma está triste hasta el
punto de morir" (Mt 26, 38), no se evade. Orar
saboreando esa angustia, bajo ella, sin escapar, hace a
Jesús libre, despierto y disponible.
¿No les faltarán a muchas de nuestras
oraciones el realismo y la crudeza de los que se sienten
hundidos, dolidos, llagados, oscurecidos...? Podemos orar en
deseos u orar en la verdad del propio corazón; no
niego la primera manera de orar, pero se echa en falta la
segunda en nuestros grupos de oración y en nuestras
comunidades. Ambas son necesarias, porque en muchos deseos
sinceros está el Espíritu empujando la vida,
pero cuando adornamos nuestras oraciones en voz alta de
agradable disfraz literario sin vibración vital,
seguimos huidos. Hay que recuperar para nuestra
oración el lamento, el quejido, la
aflicción.
La queja no excluye la esperanza, al contrario, puede
llegar a expresar un amor intenso por la vida. El lamento de
Job está teñido de fidelidad inquebrantable;
esta confiada y mantenida mirada será la que le lleve
más adentro en el descubrimiento de Dios.
Sólo por la verdad de la oración se llega a
la esperanza.
¿UN DIOS
ENEMIGO?
El silencio de Dios es una de las más duras
pruebas para el que confía en Él. Es ese
silencio el que hace gritar a Job. El silencio de Dios
remueve las entrañas dormidas del ser humano. La
noche oscura de Job activa dentro de él la
búsqueda; cuando de fuera no hay recursos se
despiertan capacidades dormidas e insospechadas en el
interior.
Dios aparece en el libro como el que
hiere, como esquivo e incomprensible. Sólo al final
se entrevé algo de sentido. "El milagro del libro
está precisamente en el hecho de que Job no da un
paso para escapar hacia un Dios mejor, sino que permanece en
pleno campo de tiro, bajo los disparos de la cólera
divina. Y que allí, sin moverse, en el corazón
de la noche, en lo más profundo del abismo, Job, que
trata a Dios como enemigo, no apela a una vaga instancia
superior, ni al dios de sus amigos, sino a ese Dios mismo
que lo atormenta. Job se refugia en el Dios que lo acusa.
Job confía en el Dios que lo ha decepcionado y
desesperado (...) Job confiesa su esperanza y toma por
defensor a aquel que lo somete a juicio, por liberador a
aquel que lo aprisiona, por amigo a su enemigo mortal"
2.
Job se adentró a lo
desconocido de Dios, a lo incierto. En medio de su
aflicción y dolor una secreta mano guiaba su camino.
Job se lanzó "a lo imposible, hacia un
enigmático futuro. En ese esfuerzo encontró al
Señor"3.
En su lucha con Dios sale cojeando, pero feliz. Ante
él se abre un mundo nuevo.
"ANTES TE
CONOCÍA DE OÍDAS,
AHORA TE HAN VISTO MIS
OJOS" (JOB 42,5)
Conocer a Dios de oídas es similar al conocimiento
que muestran sus amigos, un conocimiento teórico y
repetitivo de verdades tradicionales. Conocemos de
oídas cuando nuestra existencia no ha sido
descolocada por la crisis, cuando seguimos haciendo de la
oración un cumplimiento de nuestros deseos, cuando
nos limitamos a repetir lo que otros dicen de Dios. Por eso
los momentos anteriores nos traen a este momento de la
oración de Job. Ha sido necesario el salto al
vacío, en fe y esperanza, para hacerse capaz de Dios,
capaz de una fe nueva no lograda por el empeño del
hombre, sino recibida como un regalo, como una gracia.
La actitud de los amigos de Job es la de quienes
pretenden saberse a Dios y, de alguna manera, no
están dispuestos a cambiar, son dogmáticos en
el peor sentido, y por eso olvidan al Dios siempre
novedad.
En todo el proceso "nocturno" de Job Dios ha estrujado su
gratuidad. En ese abandono que ahora si es real se da el
espacio donde Dios recibe a sus amigos, donde obra
maravillas con ellos.
Job acaba orando por nada, cree por nada. Puede decir
como Jeremías "Me sedujiste, Señor, y me
dejé seducir" (Jer 20, 7). Este es el final de su
proceso de oración: se ora porque sí, por
cercanía vital, por amistad, es decir, por nada.
Con el atrevimiento de su oración Job descubre
algo nuevo de Dios para él y para nosotros, gracias a
su dejarse estrujar por el dolor, gracias a su actitud
valiente.
Al final vio a Dios, no en sentido físico, sino
bíblico, líe ó a la experiencia del
Dios vivo, al encuentro con Él.
Conocer algo del proceso de la oración de Job nos
ilumina una manera de orar en la limitación, pero no
nos evita recorrer nuestro camino y mirar de frente toda
situación dificultosa. Nos anima su victoria, su
visión de Dios a adentramos con todas nuestras
capacidades y pobrezas en la búsqueda de Dios.
1. J.B. METZ, Invitación a la
oración, Sal Terrae, Santander, 1979, p. 16.
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2. R. DE PURY, Job ou l'homme
révolté, citado en Gustavo
GUTIÉRREZ, Hablar de Dios desde el sufrimiento del
inocente, Sígueme, Salamanca, 1995, p. 170.
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3. Gustavo GUTIÉRREZ, oc., p.
168. volver
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