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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"Y
ME HARÉ MÁS VIL
TODAVÍA"
(LA MARIPOSA,
DAVID Y OTROS RELATOS)
LA
MARIPOSA
La mariposa es una mensajera eficaz de vida. Cuando me
cerca y baila a mi alrededor me saca de mis propios
pensamientos para llevarme al sabor del momento presente,
este intenso presente de primavera y comienzos del verano.
Cuando me sorprende en el camino, llena de vida, aunque
frágil y ligera, recuerdo la vida y renuevo el gozo
de tantos despertares insospechados. Recuerdo en ella la
enseñanza de la crisálida: el gusano que muere
para amanecer mariposa. Muerte y vida se dan siempre la mano
para crear otras formas de vida nueva. Eso es la
sabiduría. En este ejemplo está contenido todo
el secreto de la oración cristiana.
Puede ser para ti inútil y efímero alarde
de belleza sí eres alguien "eficaz" y utilitarista.
Su baile puede resultar incómodo a los que han
olvidado el ritmo de la vida en su corazón, y viven
con el futuro ya programado y asegurado, o esperando de Dios
pruebas que confirmen las creencias.
Dios nos ha dicho una palabra en ella: es efímera,
fugaz, no tiene una vida larga y está expuesta a
cualquier viento.., ahí reside también su
belleza, que no es para siempre, y por eso parece disfrutar
en este instante como sí fuera el último.
Eso es orar: existir como la crisálida, saber
desaparecer con la confianza de la vida que aguarda, nueva y
mejor. Bailar el presente, no vivir agarrotados, con las
penas oxidándonos las bisagras del alma. Hemos de
aprender a bailar y reír, para poner en fuga la
tristeza y abrir los rincones dormidos y dolidos. El motivo
de nuestra danza es haber descubierto la belleza interior
("nuestra alma es como un castillo todo de diamante o muy
claro cristal...") y estar renaciendo, resucitando a cada
paso como la mariposa. La danza no es para el amargado, el
baile es expresión de alegría y provoca aire
nuevo en los adentros del que baila. El cristiano amargado,
resentido o reprimido no exulta de gozo como María,
no baila para Dios en su interior, y corre peligro de hacer
de la fe en Dios algo cerebral, controlado... aburrido, nada
removedor en la raíz.
Por eso el cielo, que es reflejo de la tierra ideal ha
sido frecuentemente imaginado como algo estático,
intelectual, pasivo. Por lo que hay quienes dicen que en ese
caso se "desapuntan": "menudo aburrimiento". Si el cielo
consistiera en sólo mirar a Dios sentados en un
cómodo sillón, ¿qué harían
los niños allí? "En el cielo bailaremos", se
titulaba una de las canciones del musical de don Orione.
Está claro que es otra cosa. Entre tanto que llegamos
allá, la mariposa nos habla de libertad, de una
música callada impresa de tal forma en ella que no
puede dejar de bailar. Por eso, perdido el miedo, no podemos
menos que bailar, al menos interiormente y, por qué
no, con todo nuestro ser.
El mensaje de la mariposa me recuerda en algunos aspectos
aquella parábola de las cebollas:
Al principio las cebollas eran piedras preciosas de
colores y formas distintas, de una belleza tal que quien las
miraba quedaba prendado. Sin embargo, hubo quienes
consideraron aquella belleza presunción y comenzaron
a hablar de la coquetería y vanidad de las cebollas,
de forma que algunas empezaron a sentirse incómodas y
para evitar habladurías cubrieron su brillo con una
fina capa. Pero no pareció suficiente, porque
seguía habiendo reflejo de una belleza distinta, de
modo que se cubrieron con otra capa más, y otra, y
otra, hasta que vinieron a ser tal como las conocemos en la
actualidad. Acertó a pasar por allí un sabio
de los que admiraban la hermosura de las cebollas, y viendo
en lo que habían parado lloró desconsolado. La
gente viendo llorar a aquel sabio pensó que llorar
ante las cebollas es de sabios y por eso todos nosotros
seguimos aún llorando ante las cebollas, como
recuerdo de algo tan triste y tan frecuente en la
vida.
DAVID
David es un personaje muy rico, lleno de matices para
iluminar nuestra oración personal y comunitaria, pero
quiero recordar de él, en clave de oración y
diálogo con Dios, no una oración vocal, ni un
acto ritual en el templo, ni un sacrificio, sino la bella y
espontánea reacción de alegría ante el
arca de la alianza que nos relata el capitulo 6 del Segundo
Libro de Samuel:
"David y toda la casa de Israel bailaba delante de
Yahvé con todas sus fuerzas, cantando con citaras,
arpas, adufes, sistros y cimbalillos" (2 Sam 6,5).
"En presencia de Yahvé danzo yo. Vive
Yahvé, (...) que yo danzaré ante el pueblo de
Yahvé y me haré más vil todavía
(...)", le dice David a Mikal, hija de Saúl, por
su reproche.
Ya en el Nuevo Testamento, el relato de la visita de
María a Isabel parece en algunos aspectos calcado de
este relato. Haced una lectura comparándolos... El
arca de la alianza es conducida a casa de Gedeón,
donde permanece durante tres meses, Gedeón es
bendecido en esta visita. María, arca de la Nueva
Alianza, visita a Isabel quedándose con ella tres
meses; Isabel es bendecida en su hijo. Ambos relatos
desbordan alegría. En el libro de Samuel hay bailes,
cánticos, resonar de instrumentos musicales; en Lucas
es una exultación y un "saltar de gozo". El motivo de
la alegría es la presencia del Arca en un caso y, en
el otro, la misteriosa presencia del Enmanuel en las
entrañas de María, Arca de la Nueva
Alianza.
La presencia de Dios provoca un gozo incontenible, algo
sucede en los entresijos del ser humano... La alegría
de David se convierte en oración sin palabras a
través de la danza, esa manera tan bella y sana de
expresar los sentimientos del corazón. Ya
reprochó Jesús a sus conciudadanos no
escuchar, no bailar y no llorar:"¿Con quién
compararé a los hombres de esta generación? Y
¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos
que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo:
'Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os
hemos entonado endechas y no habéis llorado'" (Lc
7,31-32; Mt 11,16-17). El reproche de Jesús para
quienes hemos perdido la capacidad de sentir y expresar los
sentimientos, incluso de esta manera tan sana que a muchos
causa recelo, como a Mikal, la hija de Saúl.
David danzó, Francisco de Asís bailaba por
los caminos tocando un violín imaginario, las
carmelitas bailaban con el Niño Jesús en la
Nochebuena, y bailan en su interior y exteriormente quienes
han oído esa "música callada" que nunca nos
deja estáticos, ni paralizados, sino que nos mueve a
su ritmo, si consentimos nosotros también danzar para
Dios como hacen casi todas las culturas, en África,
América y Asia, sobre todo, mientras en Europa, hemos
olvidado jugar y bailar, porque tal vez conocemos demasiadas
cosas.
EL
SALTIMBANQUI
Y bailaba y brincaba el protagonista del cuentecillo que
os relato para terminar, un relato que leí en alguno
de aquellos libros antiguos llenos de relatos maravillosos y
milagrosos. Muchos de ellos infundían respeto y, en
ocasiones, miedo. Éste, sin embargo, lejos de
provocar ansiedad, quedó en mí como un
símbolo del mirar de Dios:
Cuentan las crónicas del viejo monasterio que
en una ocasión pidió asilo un célebre
saltimbanqui, cuya compañía de titiriteros se
había disuelto. Los monjes lo acogieron como a uno
más. Pasaban los días y el saltimbanqui no
mostraba especial destreza para ninguna de las tareas
propias del monasterio, por lo que le acabaron aceptando
como alguien inútil. El abad del monasterio velaba
para que cada morador de la abadía se sintiera
querido y observaba que el hombrecillo era cada día
más feliz. Decidió observarle y
comprobó que terminado el rezo de los maitines a
medianoche cuando todos los monjes se retiraban a descansar,
nuestro saltimbanqui se escurría silenciosamente
hacia la solemne iglesia y, atravesando con respeto la nave
central, subía los peldaños del presbiterio
aproximándose hacia el sagrario. Allí
hacía una reverencia y después de un breve
silencio comenzaba a hacer piruetas, volteretas, mortales y
todo tipo de acrobacias hasta caer rendido junto al altar.
Allí quedaba tendido hasta antes del amanecer que
retornaba sigilosamente a su celda. El abad le
observó así muchos meses como si estuviera
poseído de una energía inacabable. Sin embargo
un día que sus piruetas eran especialmente bellas y
que se prolongaron hasta las primeras luces del alba el
saltimbanqui inútil del viejo monasterio cayó
rendido para siempre bajo la mirada de Dios que disfrutaba
como un niño aquella manifestación tan pura y
simpática de amistad. Y contaba el cuento en su final
que el abad vio cómo unos ángeles
recogían el alma de aquel hombre para llevarla al
abrazo de Dios.
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