Miguel
Márquez Calle
- El
riesgo de la confianza
- "SALTÓ
DE GOZO EN MI SENO"
(JUAN EL
BAUTISTA)

JUAN EL
BAUTISTA:
UNA ORACIÓN
LIBRE Y PROFÉTICA
Orar es ser sumergido en el agua del perdón, de la
vida nueva, es ser bautizado como hijo de Dios, y poder
decir "Padre". Juan el Bautista, el Precursor, nos prepara
el camino para encontrarnos con Jesucristo. Nos le
señalará, sin duda alguna, después de
haberle él mismo buscado y anhelado.
Pero repasemos algunas de las facetas de la vida de Juan
que permanecen como luces para nosotros en el camino de
nuestra oración personal y comunitaria.
En este capítulo, estoy pensando cómo
enfocar a nuestro personaje bíblico, tan
típicamente ascético, tan extraño y
amable, a la vez, queriendo descubrir qué queda de su
"ascesis", de sus gestos para nosotros.
Tengo interés por preguntarme en voz alta si los
jóvenes entenderán el lado amable y el lado
contradictorio de Juan el Bautista, sin dejarle de lado con
desinterés.
Quiero hablaros de cuatro aspectos que de él nos
cuentan los evangelios. Cuatro de entre otros posibles.
Cuatro que son, a la vez, caminos por donde ha de ir nuestra
oración.
SALTAR DE
ALEGRÍA
"En cuanto tu saludo llegó a mis oídos,
saltó de gozo el niño en mi seno" (Lc
1,44).
María va a visitar a su prima Isabel que
está embarazada de seis meses y, al saludarla
ésta siente que el niño se le regocija en las
entrañas. Ya podéis suponer que es una manera
de expresar el gozo profundo que vive Isabel, y que Maria
está tan llena del Espíritu de Dios que
sólo su saludo contagia incluso a Juan en el vientre
de su madre.
Este gozo es algo que descubrimos al orar cuando nos
sentimos en las manos de Dios, enraizados en Él.
Orar es saltar de gozo, no dejando que la tristeza nos
hunda y acobarde. Juan salta de gozo ya en el vientre de su
madre y, así, toda su vida partirá y
tendrá sentido a raíz de este hecho, como un
don, un regalo anterior a ningún mérito ni
esfuerzo para vosotros y para mi. De otra manera, se puede
decir que Dios ha sonreído sobre nuestra vida antes
de que naciéramos. Dios nos amaba antes de nacer. En
este cariño de Dios se asienta nuestra confianza y
nuestra responsabilidad de vivir saltando de gozo, es decir,
no atrincherándonos pasivamente en la seguridad que
nos da lo que ya tenemos aprendido, conocido, hecho o
vivido. Saltar de gozo aunque temblemos de incertidumbre
abriéndonos a lo nuevo.
Juan el Bautista saltó de gozo, fue fortalecido
con el Espíritu Santo.
Orar es aprender a reír y bailar. Si, aprender a
sonreír en todo momento, especialmente en la
dificultad, porque la alegría ahuyenta la
melancolía y "danzar" descongestiona lo que
está agarrotado, bloqueado. Bailar como David ante el
arca de la Alianza, como quien tiene un gran gozo dentro del
cuerpo. Bailar como quien se deja llevar del Espíritu
y pone en fuga el miedo al qué dirán y a lo
que oprime.
¿Quién ha dicho que orar sea algo triste y
aburrido?
CIRCUNCISIÓN
Ya sabéis en qué consistía la
circuncisión. Era el rito identificador para los
judíos, el momento de recibir el nombre; con todo lo
que el nombre significa para el pueblo judío,
designando en la Biblia, incluso, la misión de la
persona, aquello que es su ser más verdadero.
En este caso, el nombre se lo dice el ángel
Gabriel a su padre, Zacarías: será Juan, que
significa en hebreo "Yahvé es favorable".
En la circuncisión la familia protesta porque
ninguno de entre ellos se llamaba Juan. Dios ha dado a su
amigo un nombre nuevo, original, una misión que es
para él, más allá de su familia. Hay en
esta originalidad algo de verdad primera para nosotros: Dios
nos llama a cada uno por nuestro nombre; no establece
comparaciones, no quiere que repitamos lo que han hecho los
anteriores, sino que seamos originales y valientes para
escuchar la voz interior que cada uno lleva.
Orar es escuchar ese nombre pronunciado por Dios, y
pedirle fuerzas para ser nosotros mismos, para que salga a
la luz lo mejor que tenemos y entender que cuando nos
dedicamos a copiar o imitar, estropeamos esa voz que nos
hace únicos. No es fácil y, por eso, Juan
necesitará el silencio y el Desierto. No os
asustéis, no tenéis que distanciaros de la
gente. Juan silo hizo, en el sentido que ahora veremos.
DESIERTO
"Vivió en los desiertos hasta el día de
su manifestación a Israel" (Lc 1, 80b).
A Juan se le asocia siempre en la Biblia con el desierto.
Él es, con palabras de Isaías, la "voz que
dama en el desierto" (Is 40). El desierto es el lugar de la
prueba, el silencio y la soledad; y es el lugar para tomar
distancia aquellos que se atreven a ser diferentes y a
encontrar la verdad sin huir.
Esta faceta de Juan retirándose al desierto nos
resulta a nosotros un tanto extraña, al igual que su
vestimenta: "un vestido de pelos de camello con un
cinturón de cuero a sus lomos" y por comida
"langostas y miel silvestre" (Mt 3, 4). Sin embargo son
menos extraños de lo que parecen si nos trasladamos a
aquella época, en que abundaban los predicadores y
ascetas que se retiraban al desierto. El vestido de Juan es
el mismo que llevaba Elías, con lo que Mateo quiere
decirnos que Juan es el "nuevo Elías", el
nuevo profeta de Dios, y se alimenta como los ascetas que se
disponen para encontrar a Dios.
Es en el desierto donde le viene a Juan la Palabra de
Dios: "Fue dirigida la palabra de Dios a Juan en el
desierto..." (Lc 3, 2). Es en el silencio y la soledad,
distancia de lo que aturde y confunde, Dios se deja
oír.
El desierto son, también, los peores momentos por
los que pasamos a veces, esos momentos en que nos sentimos
tan mal y perdidos. Si logramos estar atentos, es cuando
más aprendemos de la vida y Dios nos dice palabras al
corazón que nos harán crecer más que
nunca, aunque, de momento, no lo veamos.
En el desierto, cuando no estamos seguros de nosotros,
Dios es nuestro único refugio y su palabra es el
único alimento básico.
El desierto, el vestido y el alimento de Juan, sugieren
que es un hombre libre, que no está condicionado por
los demás respecto a qué van a pensar de
él, ni a su aplauso, ni a sus halagos. Juan
está más allá de los protocolos y de
las etiquetas, no necesita usar marcas para sentirse bien
consigo mismo, por eso es libre.
Y, por eso, Dios podrá decir a su amigo Juan que
diga una palabra sin miedo al pueblo, porque se ha preparado
a base de pequeños y grandes pasos, superando los
miedos. Así, reconocerá a Jesús y
será su profeta.
Lo que antiguamente se llamaba ascesis, no es otra cosa
que libertad para escuchar y andar sin ataduras, sin
maquillajes o disfraces.
PRISIÓN-VERDAD
Escribo juntas estas dos palabras que en Juan tienen algo
que ver. Él es encarcelado por no callar la verdad,
por no venderse al poder de turno, por no hacer la vista
gorda. Será un hombre libre, aun lleno de cadenas, en
la cárcel de un palacio lleno de esclavos aduladores
del rey.
Recuerdo ahora la película Cadena Perpetua,
en la que el protagonista, saltando temerariamente las
normas de la cárcel, pone música para todos
los presos en los altavoces del patio, por lo que es
duramente castigado. Ante los compañeros,
señalándose el pecho, les explica que nunca
podrán matar la esperanza mientras haya música
dentro de ellos. La música es la posibilidad de
seguir esperando y de ser libre en tu interior. Esa
música que llevamos dentro y que nos hace libres para
decir la verdad y no esconder la cabeza, como el
avestruz.
Juan nos enseña un Dios que nos abre a descubrir
la verdad. Orar es, por eso, preguntar a Dios por esa verdad
que iremos descubriendo poco a poco.
Juan da paso a Jesús. No es él la verdad
plena, sino su reflejo, su mensajero. No reclama para
sí la atención: "Conviene que él
crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30). Es una preciosa
actitud de humildad. Se convierte, así, en canal del
evangelio.
La oración es, en esta línea, escuela de
verdad, donde nos ponemos a la escucha del ser, del
corazón de la vida. En la oración respirar
hondo significa poner nuestra vida sin temor en manos de
Dios. Nada hay que temer.
Estas son algunas de las reflexiones que me sugieren los
textos que el evangelio refiere a Juan Bautista, y pensando
en cómo pueden ayudarnos para nuestra oración
personal.
Que Juan nos mantenga alegres, valientes y despiertos en
la búsqueda de la verdad y en el decir, sin temor, su
buena noticia.
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