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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"EL
QUE AGUARDA, SABE QUE LA VICTORIA ES
SUYA"
(SIMEÓN Y
ANA)
Simeón y Ana son dos de los personajes que el
evangelio de Lucas nos presenta relacionados con la primera
infancia de Jesús, acogiendo al niño en el
templo y bendiciendo a Dios por él.
El encuentro tiene un encanto especial. Por un lado los
padres, María y José con el niño,
acercándose piadosamente a cumplir lo que mandaba la
ley, y por otro, Simeón y Ana, dos ancianos que
acogen al niño reconociendo en él la
salvación de Dios. Vamos a introducirnos en esta
bella escena, desde lo que nos cuenta Lucas, profundizando
en su significado para Israel y para nosotros. Por fuerza
aquí sólo os brindo unas ideas, si valen, para
que cada uno "rumie" y digiera el texto a su manera. La
mejor tradición de la Lectio Divina (lectura pausada,
orante de la Escritura) nos invita a ir desde lo externo a
lo interno del texto. Desde la lectura pausada del texto,
saboreando cada frase, cada palabra (leer el texto varias
veces, si se quiere, en voz alta), a ir, poco a poco,
entrando tú mismo en la escena, tomando
posición, deteniéndote, recreándote en
alguna palabra o imagen que llame tu atención, pero
siempre, esto es muy importante, sin querer llegar a
ningún punto que previamente te hayas marcado, ni
siquiera es necesario leer todo el texto; es clave, no tener
prisa, hacerte capacidad, respirando hondo y suave para que
todo tu ser se abra a la sorpresa de este texto, y
más que un texto, a la revelación que Dios
mismo quiera comunicarte, si quiere. Es un paseo por la
escena, como le gustaba hacer a Santa Teresa en su
oración entrando a palpar ella misma la humanidad de
Jesús con todo su ser, a escuchar, mirar -dejarse
mirar, estar con Él. Leer así la Biblia es
"inútil ", y, curiosamente, más nutritiva.
El pasaje de Lucas en que se relata la
presentación de Jesús en el templo está
en el capítulo 2, 22-40. La ley obligaba a la madre a
acudir al templo a purificarse después de haber dado
a luz (solo obligaba a la madre), y al hijo había que
"rescatarlo", es decir, consagrarlo al Señor (por ser
primogénito) y hacer por él la ofrenda que
marca la ley: un par de tórtolas o dos pichones (era
la ofrenda de los pobres). Cuando acuden al templo de
Jerusalén entran en escena Simeón y Ana.
Simeón, que significa (etimológicamente) "Dios
ha escuchado", es, según el contexto y la
tradición, un anciano piadoso y justo que aguardaba
la consolación de Israel. Es un hombre atento, lleno
de Espíritu Santo, y ha recibido de Dios la promesa
de que no morirá sin ver al Cristo, al Ungido de
Dios. No se nos dice que sea sacerdote. Cuando recibe al
niño en el templo pronuncia un canto de
alegría y hace un profecía a su madre sobre el
futuro del niño. Por su parte, Ana, que significa
"favor", "gracia", no pronuncia ningún
cántico, se la llama "profetisa" ("mujer
consagrada a Dios e intérprete de sus designios")
1, se nos dice que alababa a
Dios y hablaba a todos del niño. De ella se nos
especifica su origen y algunos datos de su vida: de la tribu
de Aser, de edad avanzada, viuda. Y dedicada noche y
día, a servir a Dios con ayunos y oraciones.
Lucas tiene mucho interés en decirnos cosas
importantes a través de estos encuentros humanos.
Simeón y Ana que representan el pasado piadoso y
esperanzado de Israel dan la mano a la sorpresa de la nueva
alianza, la nueva manifestación de Dios, en la figura
del niño. Ellos son ancianos, él es
recién nacido. El pasado y el futuro se abrazan. La
Antigua Alianza da paso a una manera nueva de hacer Dios
presente su salvación, su amor a los hombres. Lucas
reviste todo el relato de gozo, alabanza, esperanza cumplida
(sin negar la contradicción que supondrá para
muchos esta presencia de Dios en Jesús).
La oración es siempre un encuentro. El relato de
Lucas nos ofrece algunos de los ingredientes que hacen viva
y auténtica la oración cristiana. Los orantes
son, en este caso, Simeón, principalmente, y Ana.
Ellos nos enseñan tres actitudes hacia las que hemos
de caminar en la oración:
SABER
MORIR
(Hablaremos de este punto en capítulo aparte,
ahora, solamente, una breve reflexión a
propósito de Simeón y Ana). La oración
de Simeón está hecha desde el umbral de la
otra orilla, es la oración de un hombre anciano, que
no tiene miedo a morir, al contrario, la perspectiva de la
muerte es para él la paz, y asume entrar en esa paz
con alegría. La salvación que ha visto y ha
palpado le ha comunicado algo que para todos nosotros es
misterioso: en los ojos del niño ha sido él
curado del miedo radical que acobarda a todo ser humano, el
miedo a morir.
A partir de la salvación que le ha sido dado ver,
acoger, la muerte, su propia muerte, tiene un sentido nuevo,
gozoso. El cántico de Simeón suena a despedida
alegre, tiene tono de exultación, como todos los
cánticos del Evangelio de la Infancia (Benedictus,
Magnificat, Gloria y, ahora, el Nunc Dimittis).
El verbo "puedes dejar (a tu siervo irse en paz)",
es también en griego "desatar", "soltar
amarras", "dejar marchar", "morir"... La
muerte es como el desenlace lógico, esperado, el
barco se echa a la mar soltando las amarras que lo
retenían. Simeón está dispuesto a
acoger, desde la paz, el último viaje del descanso.
Pide a Dios que "según su promesa" lo deje ir
en paz, como los ríos "que van a dar a la
mar", en la bella imagen del poeta, que dibuja el morir
como el nacer; enseñándonos que sólo
porque existe el morir es bello el nacer. Y sólo el
que aprende a morir bebe hasta el fondo el agua viva del
presente.
-
"Ha saltado el viento, y voy
a izar mi vela de canciones.
-
Timonero, siéntate al timón, que
mi barca se impacienta por libertarse,
-
por bailar con el ritmo del viento y el agua"
2
¿Qué Dios han percibido Simeón y Ana
en los ojos del niño?, ¿qué
desconcertante la ternura de Dios hecho frágil
balbuceo, invitando a Simeón a abandonarse, a su vez,
en los brazos de Dios, acunado, mecido por el Dios al que
ahora él acuna?, ¡qué gozo, apenas
vislumbrado en la cercanía de Dios, deshaciendo tanto
miedo paralizante que destroza la verdadera experiencia del
amor de Dios!
Orar es, así, no aferrarse a la vida, aceptar que
morir es vivir, que vivir es morir y que todo ello es
alegría ya ahora. Orar es relativizar todo lo
mío, acogiendo la fugacidad de mi historia, de mis
ideas, de mis obras... que mi vida y mis obras sólo
encuentran sentido en la salvación acogida, aceptada,
celebrada como gracia.
ACOGER LO NUEVO DE
DIOS
El Espíritu Santo está en estos creyentes
atentos y despiertos, conduciéndoles a la verdad.
Simeón acude al templo movido por el Espíritu
Santo, allí recibe a los padres con el niño, y
acoge al niño en sus brazos. En esta actitud tan
maternal bendice a Dios proclamando el "Nunc Dimittis":
"Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar
a tu siervo irse en paz..." (Lc 2, 29).
Su oración está hecha de hermosa paciencia.
Los dos, en su ancianidad, han sabido esperar la
salvación. Dios tiene su momento y "no hay que
ponerle tasa", como diría Teresa de Jesús, no
hay que darle ultimátums. Si la oración no es
paciente, puede exigir sutilmente de Dios palabras,
evidencias, gozos... Saber esperar es permanecer
vigilantes.
-
"Sabe esperar, aguarda que
la marea fluya
-
-así en la costa un barco- sin que al
partir te inquiete.
-
Todo el que aguarda sabe que la victoria es
suya;
-
o que la vida es larga y el arte es un
juguete.
-
Y si la vida es corta
-
y no llega la mar a tu galera,
-
aguarda sin partir y siempre espera,
-
que el arte es largo y, además, no
importa". 3
A la galera de Simeón y Ana llegó el agua
de la promesa de Dios, en su ancianidad. Dios sabe...
Representan aquí, tanto Simeón como Ana, al
Israel que se abre a la novedad de la salvación. Se
cumplen para Israel y para Simeón las promesas que
Dios les había hecho. Es aquí la promesa hecha
a Simeón reflejo de la promesa hecha a Israel desde
tiempos antiguos. Sorprende la capacidad de Simeón y
de Ana para percibir la salvación tan diferente a
como pudieran haberla imaginado. Son una muestra ejemplar de
la actitud contraria que tomará el Israel oficial en
la persona de sus escribas, sacerdotes, fariseos, etc., que
no acogerán esta salvación, porque
"sabían" muy bien las Escrituras; de hecho, ni
Simeón ni Ana son figuras oficiales del templo. Ellos
acogen como los pastores y los magos la alegría de
Dios, pero, esta vez, dentro del templo, para significar el
entronque con lo mejor de la tradición.
Simeón acoge con todo su ser, toda su persona
entra en juego. Ha visto y tocado la salvación de
Dios. Antes de que su acogida sea un canto, una
oración, lo primero que sobrecoge es un gesto:
recibir en brazos al niño. Un anciano con un
niño en brazos es una estampa que tiene algo de
misterio y encanto, es encuentro de dos fragilidades a punto
para la vida. El niño se deja llevar en brazos y es
suma espontaneidad, el anciano está presto para el
salto al otro mar. La piel arrugada y encallecida del
anciano toca la fina y blanda piel del recién
nacido.
Es en este momento del comentario donde te sugiero que
hagas una parada, tomando ambas actitudes: acoge, recibe,
mece y baila al niño-Dios en tu regazo, siente a Dios
pequeño en lo más profundo de ti,
prestándole tu piel y tu sensibilidad. No hagas a
Dios un lejano, distante y frío ser. Tú eres
ahora Simeón, mira los ojos del niño... Haz,
también, de niño, sintiéndote un
pequeño enviado de Dios, dejándote querer,
"sin miedo a la ternura, sin miedo a sonreír, sin
miedo..." (como dice la canción de Rosana).
Siéntete en las manos de Dios y descansa de tanto
afán inútil...
La actitud de Simeón nos hace al anciano amable,
no cansado de la vida, amargado, refunfuñando la
molestia del recién nacido, protestando la
incomodidad de lo nuevo, lo desconocido. Un anciano que
acuna un niño, es una parábola para nuestra
oración, parábola de sensibilidad y apertura,
parábola para nuestras comunidades cristianas, en
tantas ocasiones envejecidas amargamente e insensibilizadas,
por haber dejado de tocar el misterio tierno de la vida,
preocupados más de leyes, ideas, papeles, proyectos,
casas, dineros... El anciano, en el umbral de la muerte, no
ha desistido de vivir, no ha claudicado ante la
tentación de una eutanasia camuflada.
Simeón nos enseña una oración que
primero es gesto, mirada, contacto, encuentro con la vida,
luego, sólo si lo primero ha sido verdadero, se da la
canción y el grito de júbilo. Simeón
canta el "Nunc Dimittis" con el niño en
brazos. Así hay que orar.
PROCLAMAR LA
SALVACIÓN A TODOS
Ana "alababa a Dios y hablaba del niño a todos
los que esperaban la redención de Jerusalén"
(Lc 2, 38). Simeón dice que el niño es
"luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel"
(Lc 2, 32). La visión, la experiencia, el gozo
les lleva a la proclamación, no pueden dejarla
encerrada en el pecho. El Espíritu es voz en ellos
expresando la alegría unida de Dios y de los
creyentes. Los cánticos de Lucas son la
celebración festiva de la salvación. Dios y
los creyentes, con toda la creación, bailan la danza
del reino nuevo, pequeño como un niño y grande
como la esperanza de todos los siglos.
Lo que Simeón ve y proclama es luz de los gentiles
y gloria de Israel. La luz y la gloria que hacen referencia
desde el Antiguo Testamento al Mesías que ha de
venir: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz
grande. A los que habitaban en tierra de sombras una luz les
brilló" (Is 9,1).
Esa luz es para todos los pueblos. Se han roto
definitivamente las estrechas barreras de la
salvación sólo para Israel. Todos están
invitados a ver con esta luz, a vivir de esta esperanza
ahora viva.
Los dos ancianos, desde su experiencia, son profetas de
esperanza. Lo que han visto y sentido en el niño no
es augurio de catástrofe, implacable venganza de Dios
por la maldad humana, sino el amor de Dios renovado
continuamente en la historia, a pesar del olvido de los
hombres.
Orar es ser portadores de paz y esperanza, una paz y
esperanza contradictorias para muchos, no una esperanza
fácil, porque también para nosotros sera
espada que abrirá, partirá nuestra alma -es
condición del enamorado ser roto por el mismo amor
amado- (cf. Lc 2, 35).
El Cántico de Simeón recitado al caer el
día es una invitación a repasar en qué
rostros, gestos, detalles... he percibido la
salvación de Dios. Nos pregunta por nuestro miedo a
la muerte y sobre nuestra disposición para el
último salto, invitándonos a la paz. Es el
canto del optimismo cristiano. Descansa en la paz, ante la
muerte, no hay miedo. Hemos visto la salvación de
Dios, hemos visto sus ojos en los ojos de un niño, y
estamos alegres.
1. Cf. Biblia de
Jerusalén. volver
2. R.
TAGORE. volver
3. Antonio MACHADO,
Consejos. volver
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