|
Inicio
Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"AL
PASO LENTO DE UNA
GESTACIÓN"
(MARÍA)
SILENCIO
No adornaré el comienzo de este artículo
hablando de un silencio romántico, pleno de paz
fácil y ausencia de molestias y ruidos
ensordecedores. Trataremos de hablar de un silencio
más hondo, que se halla sumergiéndome en lo
profundo de mi precaria realidad, de mi pobreza
incómoda, de mi afán inacabable, de mi
enfermedad y lenta curación...
-
Hay silencio de ruidos y silencio del corazón,
del alma.
-
Hay silencio de ruptura y distancia y silencio de
amor.
-
Hay silencio de sospecha y silencio de confianza
entregada.
-
Hay silencios y silencios...
¿Cómo hemos imaginado el silencio de
María? Silencio adorador, silencio extático,
silencio monacal, silencio desocupado, silencio
arrodillado... Sin duda, lo que mejor podemos afirmar del
silencio de María es nuestra ignorancia. La
simplicidad y sencillez de María no permiten muchas
palabras de adorno. Vivimos tan ocupados en adornar lo
simple que a fuerza de ensalzar olvidamos su frescura y
transparencia. Hemos manipulado el silencio de María,
para hacer de su silencio algo que se trae y se lleva
según el viento sopla.
Seguramente estamos en disposición de hablar algo
más de un silencio más cotidiano, más
desnudo, más asombrado en lo pequeño e
insignificante, más humano... Pero seguimos queriendo
adornar, porque, a fin de cuentas, ¿a quién no
le asusta el silencio, el vacío y la
desprotección que encierra el silencio sin arrimo,
sin orientación, si no fuera por la confianza?
El desconocido y sobrecogedor silencio de María es
el que permitió a Dios hacer germinar en ella su
Palabra. En silencio de poderes de hombre (fuerza humana,
arrogancia, autosuficiencia...) gestó Dios la vida en
María. En silencio de conquistas y afanes de
grandeza... la Palabra se hizo canción en los labios
y en el corazón de María...
CANCIÓN...
San Juan de la Cruz nos regala una palabra sobre
María en la que nos dice que su música fue la
del Espíritu Santo, que bailó a su son
solamente. No tuvo más señores ni más
dueños de su alma.
María posee una música, hecha
canción, que es grito, plegaria. Antes de saltar Juan
Bautista por el saludo musical de María, ya
había saltado ella de gozo en el Señor. El
Ángel le había dicho: "Regocíjate,
alégrate María, llena de gracia...". Un
regocijo que estalla en canto agradecido: "Proclama mi
alma la grandeza del Señor..".
Su voz retorna la música y la canción de
épocas pasadas, trayendo a este momento presente todo
el cariño y la misericordia de Dios con su pueblo que
se manifiesta ahora de manera enteramente sorprendente.
La canción de María es en su corazón
un grito de júbilo incontenible porque Dios ha mirado
su pequeñez, su simplicidad... Y nace canción
verdadera, conmovedora, del eco con que Dios resuena en
ella.
La letra de su canción es "FIAT",
"hágase"... y la canta con toda su vida, en
todos sus gestos. Su cancioncilla alegrando todos los
rincones de su hogar nazareno sonaría al ritmo de las
tareas cotidianas con la música de quien vive
entregada.
Orar ¿no es cantar con toda la vida, con todas las
fuerzas, la vieja canción de un pueblo que da gracias
y se siente salvado, emocionado por la cercanía de
Dios, la vieja canción nueva en labios de una mujer
libre?
Canta la canción que nace de su ser irrepetible,
porque cada uno tiene su canto. Dios entregándose a
cada uno y haciendo alianza de comunión crea en
nosotros un canto siempre nuevo y siempre antiguo que, unido
al de los hermanos, prepara el gran concierto
polifónico del reino nuevo, ya aquí. Y la
canción es interpretada sólo perfectamente
cuando se hace con todo el ser, en danza festiva.
DANZA
Nada nos dice la Biblia de que María o
Jesús danzasen. Parece poco reverente (para nuestra
fría mente europea), pero Israel es un pueblo que
sabe festejar, como nosotros, y danzar. El Espíritu
se libera y expresa privilegiadamente en la danza (entendida
como movimiento interior y exterior).
María no era mujer achicada, apocada, ni encogida
de palabra, ni de gestos. Su silencio no es huida; es la
garantía de la verdad que la habita, es vida, es
mirada, escucha, fuego nunca artificial.
Esta mujer fuerte que da paso al Dios de la vida, en la
entrega de su vida, al Dios encarnado, gestó a su
hijo danzando la danza del Espíritu: de aquellos que
se dejan llevar por el Espíritu de Dios, los que son
hijos de Dios. Ella ha recibido un espíritu de hija y
madre, y ha gemido también, con toda la
creación, anhelando la llegada de la
salvación; ha gemido con dolores de parto, unida a la
esperanza secular de un pueblo, que es también
nuestra esperanza, y en el alumbramiento de esa esperanza
nueva ha bailado para Dios, sólo para Él, el
baile de los que se sienten libres, con libertad de hijos de
Dios. Ha bailado con el niño en sus entrañas y
en su regazo.
María nos enseña como la mujer fuerte que
es, que quien se atreve a cantar sin esconder la verdad de
Dios que habita dentro, quien se atreve a danzar, ya es
libre en su corazón, y el miedo de la opresión
huye hacia las sombras.
SOLIDARIDAD-ENTREGA
La oración de María se revela en toda su
fuerza cuando pone su pie y su vida en juego, en situaciones
de conflicto y peligro inminente. Su prontitud para la
entrega sin reservas ni elucubraciones, hablan de una
oración valiente, disponible.
El Espíritu de Dios conduce a María fiada
sólo en Él como una pobre de Yahvé, a
situaciones límite, sin dar paso atrás,
aparcando las fuerzas propias no atendidas, audaz en el
poder de Dios todopoderoso, que ha cubierto su vida entera
con la frescura de su sombra desde el inicio.
La oración de María no se reduce a
sólo Dios y ella. Reproduce la belleza y entrega del
Dios Trinidad, que se manifiesta dándose,
regalándose, "perdiéndose" en el Hijo.
El ejemplo privilegiado del orar de María es el
que se nos muestra en la Visitación a su prima.
María se pone en camino con alegría, con
prontitud, hacia la casa de Isabel. Esta estampa de
María caminando con el misterio inmenso de Dios en
sus entrañas es la viva imagen de la
contemplación. No estorbará nunca, por tanto,
la caridad a la adoración recogida, cuando se realiza
"en el Espíritu".
La Iglesia ha tenido interés en recordarnos que la
plenitud de la oración está en salir hacia los
demás para prolongar el encuentro con el Señor
en la acogida del otro, como sagrario vivo que entrega todo
y se da todo.
Dios enferma de soledad y tristeza en el corazón
del que sólo se vive a solas para sí solo. No
es el Espíritu de Dios "ave" que quiera ser adorado
enjaulado, sino en la libertad del que entrega todo y se da
todo.
Al paso lento de una gestación, al paso lento y
asombrado de las sorpresas que su Dios le ha de deparar, al
paso de paisajes conocidos, pero nuevos siempre para quien
sabe admirar, camino de su prima, de los que la necesitan,
sin pedir nada, por puro amor, María adora un
misterio inaudito de comunión que se le va a ir
desvelando en la acogida y la entrega.
En el corazón de un pueblo que negaba la Escritura
Santa y la palabra de Dios a la mujer, ella se convierte en
portadora de Dios para los que le necesitan. Ella es
antorcha, profecía de un pueblo de hermanos. Toda su
oración es vivir despierta ante Él y entregada
a los hermanos.
Dios va a dejarse llamar hijo, y va a llamar "mama a esta
mujer transparente, porque desea ser acogido como hijo en el
regazo de los que le necesitan.
La solidaridad de María la convierte en portadora
de Dios niño, de un Dios diferente a todo lo
imaginado. En manos de los pastores ella dejará que
su hijo sea acunado, en manos de los que son juzgados
despreciables, proscritos, malhechores... ella,
preanunciando la predilección de su hijo, se pone en
marcha hacia la esterilidad de tantos para los que ha sonado
una hora de salvación llena de júbilo
cotidiano.
Anterior
�ndice
Siguiente
|