Miguel
Márquez Calle
- El
riesgo de la confianza
- "SE
VELA EN NOMBRE DE LA TERNURA"
(JOSÉ)

EL HOMBRE DEL
SILENCIO
El silencio envuelve la vida de José. Entre lo
pocos datos que nos dan los evangelistas de él no se
encuentra ninguna palabra. Este es el primer dato
significativo cuando nos acercamos a él; y, tal vez,
por eso, su silencio sea su mejor palabra.
Es la primera actitud que recogemos para hablar de
cómo nos enseña San José a orar. Hay un
silencio que espera, escucha, acoge, observa... El silencio
que excluye la precipitación, y deja a Dios
manifestarse con libertad de movimientos.
El silencio de José es respeto del designio de
Dios. Él permanece atento a la voz de Dios, como los
mejores hombres de su pueblo, a la escucha de un Dios que
habla, ha hablado y hablará.
El silencio de José centra la atención en
el misterio que los evangelistas nos relatan: el
Mesías que va a nacer y ha nacido. José
sabrá estar discretamente en segundo plano alentando
desde lo oculto, sin otro protagonismo que su amor callado,
sin quedarse al margen, comprometiendo su persona en
atención silenciosa y decidida, cuando se trata de
dar pasos concretos.
Si la concepción virginal de Jesús es
expresión de la gratuidad de Dios, que se comunica
sin necesidad del poder humano, representado en el
varón. Si el hecho de que Jesús naciera de una
virgen significa, teológicamente, que Dios se regala
a nosotros, se desborda en amor sin esperar nuestro
esfuerzo, el silencio y la actitud de José es
también virginidad y respeto del paso de Dios. Con
suma delicadeza acoge y saluda gozoso el modo misterioso
como Dios hace las cosas.
El silencio de José, una vez más, es
ausencia de dominio, ausencia de poder, permite a Dios
manifestarse con libertad. Se convierte con toda su persona
en adorador, que acoge el misterio nuevo de Dios, sin
autosuficiencia, sin afán de ser señalado,
deja paso a Dios.
José no habla; hace, obra el querer de Dios con
prontitud. No se adorna de palabras que le defiendan o
justifiquen, que le distraigan, simplemente se pone en
marcha y hace aquello que se le va pidiendo. Su
oración se convierte en vida.
José permanecerá atento en la noche del no
entender, para descubrir el sentido de su historia personal
y del querer de Dios, aguardando, como los mejores hijos de
su pueblo, la voz de Dios.
ATENTO EN LA
NOCHE
"Habla Dios una vez, y otra vez, sin que se le haga
caso. En sueños, en visión nocturna, cuando un
letargo cae sobre los hombres, mientras están
dormidos en su lecho, entonces abre él el oído
del hombre y con apariciones le estremece" (Job 33,
14-16). Así se expresa en el libro de Job la manera
que tiene Dios de comunicarse también en
sueños, para hacerse entender, como lo hiciera con
tantos otros antiguamente:
Abraham, Abimelek, Jacob, José, Faraón,
Samuel, Salomón, etc.
- "La noche no interrumpe tu historia con el
hombre;
- la noche es tiempo de salvación.
- (...) de noche eran los sueños tu lengua
más profunda", dice el bello himno de la II
Vísperas del martes, señalando la noche
como un momento privilegiado de manifestarse Dios a su
pueblo a lo largo de toda la historia de Israel.
Dios estremece a José, que busca en medio de la
noche saber qué ha de hacer. Permanece, como
centinela, vigilante en la noche, como buen padre que ha de
ser, velando, cuidando la vida que se le encomienda.
Su actitud estaría reflejada en el salmo 62:
- "Oh Dios, tu eres mi Dios, por ti madrugo
(..)
- En el lecho me acuerdo de ti
- y velando medito en ti..." En el lecho, en la
noche del no saber, acoge José la irrupción
de Dios que va siempre iluminando su camino. Él
permanece atento, sin comprender del todo, sin pedir
explicaciones, y en lo más doloroso y
difícil de la noche, cuando se siente solo y nadie
puede ayudarle, ni puede consolarse con nadie, Dios
habla, una vez más, a aquel que sabe esperar
atento.
El Ángel del Señor, esto es, Dios mismo, se
comunica a José en varias ocasiones, nos dice el
evangelio de Mateo: "El Ángel del Señor se
le apareció en sueños y le dijo" (1, 20).
Esta fórmula se repite en dos ocasiones: 2, 13 y 2,
19. Y en 3, 22: "y, avisado en sueños, se
retiró a la región de Galilea".
Lo ha expresado bellamente G. Bessiere: "Se vigila en
nombre de la ley, se vela en nombre de la ternura".
José vela, no por ley, no por miedo, no por mandato,
vela en nombre de la ternura el misterio que está
siendo alumbrado. Nos invita a vivir la noche material y
espiritual, con espíritu de centinelas, auscultando
la luz de Dios, los guiños de su amistad.
Orar significa, también, velar en nombre de la
ternura la vida de nuestros hermanos, la vida que
está para nacer y que hay que cuidar, con sumo
respeto al Dios que pasa. La noche, todas las noches de
nuestra vida, las oscuridades y soledades dolorosas, el no
entender, se convierten, así, en espera vigilante del
querer de Dios sobre nosotros y nuestros hermanos, una vez
más, hablará, privilegiadamente, en la noche,
a quien sabe esperar.
DISPONIBLE PARA OBRAR
EL QUERER INESPERADO DE DIOS
El núcleo esencial de toda oración consiste
en la apertura a su querer, en el discernimiento de su
voluntad, manifestada en lo cotidiano, no sólo en su
Palabra. La oración no es, por tanto, un deseo
personal, una búsqueda, una súplica.., antes
que todo eso es misericordia entrañable, DON de Dios.
Y el deseo de Dios busca ser cumplido en nosotros. Se
produce una sintonía entre Dios y el orante, que va
conformando su vida con la música de Dios.
José se muestra como un hombre libre para aceptar
un comienzo sorprendente. Ahí reside también
la frescura de su relación con Dios, en su capacidad
de aceptar con prontitud la novedad insospechada, cuando se
presenta con la firma de Dios. Está claro que ninguna
realidad humana tiene nítida la garantía de
Dios, con lo cual entra en juego la fe, la confianza, el
saber esperar...
A José le basta intuir que lo que se le pide es de
Dios, para levantarse con prontitud, una prontitud que
sobrecoge, como la mejor fe de Abraham:
En Mt 1, 20 el Ángel le dice: "No temas tomar
contigo a María tu esposa (...)" y 1, 24:
"Despertó José del sueño, e hizo
como el Ángel del Señor le había
mandado".
En Mt 2, 13: "Levántate, toma contigo al
niño y a su madre y huye a Egipto" y 2, 14:
"El se levantó, tomó de noche al
niño y a su madre y se retiró a
Egipto".
Casi reproducida la palabra del Ángel para volver
a Israel y la actitud decidida de José para regresar:
Mt 2, 20-21.
La oración es, así, superación del
miedo al querer de Dios, siempre desconcertante y, en muchas
ocasiones, difícil de entender. Orar es avanzar en la
libertad interior de la apertura a un Dios desconocido, que
entra en nuestra vida, en la historia por caminos
originales. Si la oración no nos hace libres incluso
de la idea, de la imagen aprendida que tenemos de Dios,
nuestra oración puede convertirse en un cumplimiento
de nosotros mismos, y de nuestra disfrazada voluntad.
Orar como José es estar disponible para Él.
"Aquí estoy, Señor, para hacer tu
voluntad", libres de todo afán de protagonismo,
liberados del fruto de nuestras propias obras. Despiertos,
atentos a los sorprendentes comienzos de Dios, para
alentarlos unidos al Espíritu.
UN HOMBRE EN
CAMINO
José aparece en el evangelio como un hombre en
camino, no se detiene por nada. Entronca con la raíz
de un pueblo peregrino, nómada, en busca de la
patria, del hogar.
Camina de Nazaret a Belén con María a punto
de dar a luz, para empadronarse (Lc 2, 1-5). Huye a Egipto
(Mt 2, 13-15) y vuelve a Nazaret (Mt 2,19-23). Sube a
Jerusalén a la fiesta de la Pascua (Lc 2, 41-42).
Peregrino, nómada, pobre, desprotegido, viviendo
al descubierto... aprende José la sabiduría de
la confianza de los pobres de Yahvé, que encuentran
sólo en Dios su refugio. El camino otorga a
José el regalo de la acogida, del saber acoger. Todo
el que ha vivido lejos del hogar y ha vagado esperando la
patria sabe ponerse en lugar del otro que no tiene hogar. No
puede, en adelante, dormirse en su comodidad, sin que le
duelan los pies en cada caminante.
La huida a Egipto y la vuelta a Nazaret reproducen los
pasos del pueblo de Israel, y su libertad. La venida del
Mesías es un nuevo Éxodo para Israel.
Orar es caminar, no detenerse en el pasado, en la
comodidad. Orar es levantarse continuamente hacia una tierra
prometida que está más allá, saltar
continuamente de Egipto, de nuestras esclavitudes, a la
libertad de los hijos de Dios. Es subir a Jerusalén,
la celestial, la de arriba, tener los ojos fijos en aquella
definitiva patria, para dar a cada cosa su justo valor.
Orar como los peregrinos es aprender a vivir en la
precariedad, para sólo confiar en Él.
JUDÍO CUMPLIDOR
DE LA LEY
El término "justo" que se le da a José en
Mt 1, 19, se refiere a aquel que tiene una actitud conforme
con la religión y cumple sus obligaciones.
José, fiel a la alianza, cumpliría con las
principales oraciones judías, fundamentalmente el
"sabbat", y las oraciones diarias. En el evangelio
aparece cumpliendo anualmente la peregrinación a
Jerusalén para la fiesta de la Pascua (Lc 2, 42). Se
celebraba el acontecimiento salvífico que dio origen
a Israel, y se celebraba como memoria actualizada. Se
recordaba para tener presente que Dios seguía
salvando a su pueblo y liberándolo. La
celebración litúrgica tenía la virtud
de actualizar lo acontecido, pues el mismo Dios era ahora
invocado. Era Dios mismo caminando junto a su pueblo en el
presente.
José oraría tres veces al día (Sal
55, 18; Dan 6, 11) o, incluso, siete veces (Sal 119, 164:
"siete veces al día te alabo"). Oraría
en la sinagoga y en casa, con la Escritura Santa y en
silencio. Son datos que nos ocultan los evangelistas.
La oración de Israel tiene un sentido profundo de
diálogo entre Dios y su pueblo, entre Dios y el
hombre. Esa relación, marcada por la Alianza, revela
la comunión y cercanía de Dios a su pueblo.
Yahvé ha empeñado su palabra en la promesa de
un amor fiel y eterno a su pueblo, y el pueblo da gracias,
bendice, alaba, suplica...
EN EL TRABAJO DE CADA
DÍA
- "Si el Señor no construye la casa,
- en vano se cansan los albañiles
(...)
- Es inútil que madruguéis,
- que veléis hasta muy tarde,
- que comáis el pan de vuestros
sudores:
- ¡Dios lo da a sus amigos mientras
duermen!".
Con el espíritu del salmo 126, que
conocería San José, se da la actitud que
suponemos en su labor cotidiana, creyendo, ante todo, en la
eficacia del poder de Dios, más que en el trabajo de
sus manos. Un trabajo no medido por el fruto en si, sino por
el amor escondido con que se realiza. José, como
nadie, comprendía las palabras del salmo: "Dios lo
regala a sus amigos".
El había aprendido a valorar la absoluta y
sorprendente generosidad de Dios, y su trabajo era una
prolongación de su poder creador. En el trabajo
cotidiano vivía la silenciosa comunión.
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