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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
SEGUNDA
PARTE
ACTITUDES Y CAMINOS
ORANTES
"PASO
- INSPIRACIÓN - BARRIDA"
(APRENDER A
CAMINAR)
"Cuando barría las calles,
lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada
paso una inspiración y a cada inspiración una
barrida. Paso-inspiración-barrida.
Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando, se paraba
un momento y miraba pensativamente ante sí
Después proseguía
paso-inspiración-barrida (...) Nunca se ha de pensar
en toda la calle de una vez, ¿ entiendes? Sólo
hay que pensar en el paso siguiente, en la
inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca
nada más que en el siguiente" 1
La novela de Michael ENDE que me cautivó hace
años como una magistral parábola de nuestro
tiempo, encierra una invitación a escuchar, a saber
escuchar como lo hacía Momo, sin tiempo y con los
ojos bien abiertos, con calma interior. Pero me llamó
la atención no sólo por la virtud de la
escucha. En el párrafo citado al comienzo,
reconocí una manera de estar en la vida, de caminar
libre de la angustia que, en tantas ocasiones, nos asfixia.
La actitud de Beppo se convirtió para mi en un
símbolo de paz: no importa el final de la calle, sino
el paso que estás dando y cómo lo sientes. De
Beppo se reían como si estuviera loco, pero, mientras
tanto, él daba respuesta a su propia inquietud, con
esa manera de ser y estar, hecha de
"paso-inspiración-barrida". Así de sencillo y
de difícil para nuestra compleja mentalidad.
Nos recuerda un ejercicio frecuente del Zen, que consiste
en andar descalzo y muy despacio, con el único
objetivo y meta de sentir cada paso y respirarlo, olvidando
el destino; obligándonos a reconocer la meta, no en
un punto más allá de nosotros, sino dentro, en
nuestro propio interior, donde se halla la meta de todos
nuestros pasos.
Comprendes que puedes orar cuando la prisa interior y
exterior cede su lugar a la calma y andas admirándote
de lo que sientes. Vas orando mientras andas lentamente y
respiras hondo. Este ejercicio nos entrena para una actitud
contemplativa en la vida.
Lo expresa muy bien un monje
católico: "El modo de andar contemplativo supone
relegar la percepción exterior en favor de la
interior. Estoy en total intimidad conmigo. Experimento cada
paso desde el interior. Únicamente este paso. Y una y
otra vez: 'éste es el único paso'.
Naturalmente nuestra razón quiere evadirse. Se
aburre. Lo mismo que en las sentadas contemplativas se
observa la respiración, aquí se observa
solamente el paso. El andar se convierte en el ejercicio
contemplativo". 2
Se trata de un benedictino, maestro de Zen, combinando
dicha práctica con la oración cristiana.
Nos anima a buscar la esencia de la oración, no en
el ejercicio en sí, sino en la búsqueda de la
unidad interior, sirviéndonos del ejercicio.
Buscamos, en la oración, curarnos de tanta
dispersión y división como experimentamos y
somos. Tenemos toda nuestra atención y mirada rota,
desparramada, y, sencillamente, no estamos donde estamos, no
hacemos lo que hacemos, no actuamos como somos, estamos
mintiendo. Eso pretende sanar la oración,
trayéndonos a ese lugar de nosotros donde se nos
regala la paz sin espacio y tiempo, donde los caminos se
hacen uno.
En este mismo instante puedes preguntarte hacia
dónde vas, hacia dónde se dirigen tus pasos,
qué buscas, qué profundos anhelos te impulsan
a caminar... Para que no te sientas mal por falta de
respuesta, piensa que aquello que sueñas, aquello que
anhelas, eso que estás aguardando, tal vez no sea lo
que te de la felicidad, porque el ser humano es
esencialmente insatisfecho, está inacabado, vive en
tensión hacia un futuro indefinido, que forma parte
de su permanente búsqueda. Por eso, no te culpes por
no estar en ese lugar soñado o ser como se espera de
ti que seas, piensa en ti con cariño, y acomoda tu
paso a tu propio ritmo, Dios no te pide que superes las
marcas de otros, sino que aprendas a caminar a tu propio
paso, ¿es eso tan difícil?
El hogar no está lejos de ti,
tu Dios no vive en la siguiente parada, en otro lugar,
siempre más allá del ahora: Él vive
aquí y ahora, en tu limitación, y su
invitación es a creer en esa presencia amable, que te
invita a entrar en tu hogar, donde te espera. "Tal vez
llegaré al punto en que la patria estará
dentro de mi y entonces ya no habrá flechazos con
jardines y casitas rojas. ¡Llevar a la patria dentro de
sí! ¡Qué diferente sería entonces
la vida! Tendría un centro, y del centro
partirían todas las fuerzas". 3
La vida es una búsqueda apasionada de ese lugar,
en nosotros, donde encontramos su mirada incondicional. Ese
descubrimiento es un don que se recibe cuando estamos
dispuestos a viajar hacia nuestra verdad, hacia nuestro
centro. Hermann Hesse nos propone escuchar a los
árboles para aprender de ellos a escuchar, enraizados
en el suelo de nuestro ahora, el latido de la madre, del
hogar:
"El ansia de vagabundear me acelera
el corazón cuando oigo al atardecer el susurro de los
árboles. Si se escucha durante largo rato y con la
quietud suficiente, se aprende también la esencia y
el sentido de esta necesidad del caminante. No es, como
parece, una huida del sufrimiento. Es nostalgia de la
patria, del recuerdo de la madre, de nuevas parábolas
de la vida. Conduce al hogar. Todos los caminos conducen al
hogar, cada paso es un nacimiento, cada paso es una muerte,
cada tumba es una madre". 4
Y Bertol Brech se atreve a afirmar que al sedentario no
merece la pena decirle nada, al que no está dispuesto
a esta búsqueda y se anda en una situación sin
voluntad de cambiar: "A aquel a quien el suelo no le
queme en los pies hasta el punto de desear voluntariamente
cambiar de lugar si fuera preciso, no tengo nada que
decirle".
Orar es caminar hacia mi verdad profunda, sin fingir, sin
imitar otros pasos. En la película El club de los
poetas muertos, el profesor les hace andar para que se
muestren en el andar tal como son, sin complejos, caminando
según cada uno siente y es. En la oración
buscamos liberar nuestro paso de sus anclajes y pesados
fardos, soltar amarras y sentir que todo es un comienzo
hacia este ahora en que se me regala el cielo, no
sólo como promesa, sino antes como amor que se me da.
En el camino de la oración nos iniciamos
reconciliándonos con nosotros, liberándonos de
nuestra rebeldía interior contra nosotros, contra los
demás e, incluso, contra Dios.
Por el silencio de la oración buscamos no huir,
sino acoger la verdad que en este momento Él me
regala. No tengas miedo de lo que puedas descubrir,
Él no puede hacerte daño, y en todo tenemos la
posibilidad de crecer. La huida es la manifestación
de la cobardía y de la desconfianza. Un primer paso
es siempre fiarnos de Él.
En la oración acogemos nuestros propios tropiezos,
como parte inevitable del caminar. Por muy atentos que
estemos, siempre habrá una piedra no vista, un bache
inesperado. Entonces la oración se convierte en
ejercicio de humildad, que es un verdadero ejercicio de
valentía, por el cual mostramos que no es tan bello
no caer como levantarse con elegancia.
Así, la oración, como el camino, se
convierte en el símbolo de toda la vida. Como una
gota de rocío contiene toda la belleza del universo
en su simplicidad para el que sabe ver, así, un
momento de oración encierra todas las etapas del
caminar del hombre por la vida. Hace falta saber estar
ahí, sintiendo el suelo a tus pies,
abandonándote a Él, que lleva tu vida en sus
manos.
Y como el caminar del hombre desde siglos remotos, la
llamada profunda de la divinidad es a caminar erguido,
levantarse a cada paso para mirar a lo alto, como hijos de
Dios.
El hombre se pone en pie, redescubre en la oración
su dignidad, su belleza interior, y es capaz de mirar al
otro con una mirada reconciliada, con el corazón de
Dios. Al fin, el camino de la oración no nos estanca
en nosotros mismos, sino que nos conduce al otro, nos lleva
a salir hacia las periferias, cruzando fronteras que nos
separan, por el miedo.
Nuestros pasos, cuando se encaminan hacia otro con
gratuidad, sin interés, hacen que tenga todo su
sentido el camino que hemos hecho en busca del hogar en
nosotros mismos. Los caminos que no acaban en solidaridad,
en la entrega de la propia vida, no reproducen los pasos de
la verdadera oración cristiana.
1 Michael ENDE, Momo, Ed.
Alfaguara, 1996, pp.
38-39. volver
2 Willigis JÄGER, Peregrinar:
andar como ejercicio
contemplativo. volver
3 Hermann HESSE, El caminante,
Bruguera, Barcelona, 1984, p.
101102. volver
4 Ib., p.
5758. volver
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