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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"APRENDER
A LLORAR COMO UN NIÑO"
(ORAR EN EL
DESIERTO)
Allí, en el desierto, a miles de kilómetros
de mí tierra, familia, amigos... sin techo, sin
seguridades, sin saber lo que el siguiente día me
traería, sin pan seguro; (aunque entonces no me daba
cuenta de ello), encontré el inapreciable tesoro que
regala el desierto, lo que se ha convertido en el secreto de
mí camino: mi pobreza y fragilidad. La desnudez y
soledad llegaba a tal extremo que sólo supe llorar,
como el niño indefenso y perdido sin referencias, ni
hogar, aterido de frío. En aquel desierto
encontré mi verdad más clara, lo
efímera que es la vida y, por eso, lo valiosa que es
en cada una de sus pequeñas manifestaciones. Superado
ese momento de dolorosa verdad, sin huir, mirando de frente
el momento, poco a poco, empecé a ser devuelto a la
vida más encantadora, al suelo que piso, como si de
nuevo todo empezara a nacer y todo estuviera por ganar.
Desierto es aquel lugar al que Dios invita a sus amigos
para que reclinen la vida en su regazo.
Orar en él es consentir a esa pedagogía que
lleva a cada cosa a su centro y sentido, a su origen. El
desierto pone todo al desnudo.
Para ir al desierto lo primero es aceptar ir y estar en
él, no de cualquier forma. Lloriqueando y
quejándonos el desierto nos vence. Hay que vivirlo
con elegancia, como el tuareg, consciente de su posibilidad
y de su limitación.
¿QUÉ ES EL
DESIERTO?
Lugar de la lucha con el mal. Reto donde se afronta
aquello que nos impide crecer y madurar.
Aquel lugar al que Dios trae a sus amigos para curarles
de su autosuficiencia y de sus falsas seguridades, para que
se apoyen sólo en Él.
Lugar en el que prácticamente no hay nada. El
hombre se encuentra con el eco de su propia soledad.
Allí, por mucho que se posea, se está
desnudo.
Para sobrevivir al desierto el hombre debe reconciliarse
consigo mismo, volver a sí mismo, porque la
interioridad aparece como el único refugio.
Es el lugar de lo esencial. Lo superfluo queda a un lado.
Allí nuestros recursos habituales no valen nada.
El desierto nos trae la imagen del comienzo, en el tiempo
fuera del tiempo en que todo estaba vacío, y todo era
posible. El momento del caos inicial, a partir del cual se
despierta la creatividad de Dios.
ACTITUDES...
El desierto nos irá enseñando unas
actitudes a medida que consentimos aceptar su reto.
Marca un estilo de oración hecho de escucha,
sinceridad, acogida de lo inesperado, confianza...
Muchas realidades son puestas en tela de juicio: las
programaciones, las seguridades, los disfraces, nuestro
status y nuestra imagen. Todo es relativizado y mirado a la
luz de lo que es esencial.
Ir al Desierto es huir del anonimato, hacia la propia
originalidad, hacia lo mejor de nosotros mismos. Por
destruida que esté nuestra vida, la oración se
convierte, en el desierto, en aceptación de la
sorpresa de Dios, para el que "nada hay imposible". No se
huye de la realidad, allí se enfrenta uno con ella.
Los problemas que se huyen siempre te persiguen y
acosan.
Lugar de la distancia. Esa distancia que necesitamos para
poder ver: lo que de verdad hay dentro de nosotros y lo que
somos en relación con los otros, con el mundo y con
Dios.
Allí hay que encontrarse con la propia soledad. Y
en esa soledad desenmascarar los propios miedos, dejando que
emerja nuestra verdad. Enfrentar nuestros fantasmas, lo que
nos asusta de nosotros y de las situaciones.
"La paciencia todo lo alcanza", decía
Teresa. Allí hay que "saber esperar"... Para
vivir la fiesta de lo gratuito y de lo inesperado.
EL DESIERTO: LUGAR DE
LA PALABRA...
Cuando dos palabras en hebreo tienen la misma raíz
en su origen hay una relación directa. "DABAR"
es palabra, y "MIDBAR" es desierto, pero
etimológicamente, es "lugar de palabra". Curiosamente
el desierto es el lugar de la palabra.
Allí donde no hay estorbos, ni distracciones,
allí donde no podemos apoyarnos en nuestra seguridad.
Cuando cesan nuestros discursos, las justificaciones,
entonces estamos en disposición de oir lo que hay en
el corazón, nuestros deseos más hondos, y nos
preguntamos por el deseo de Dios sobre nosotros.
Nos abrimos al lenguaje del corazón, descendemos a
nuestro corazón, para encontrar la palabra que nos
define.
El desierto es el gran lugar de la palabra. La palabra
más importante: del hombre, su FRAGILIDAD y
LIMITACIÓN. De Dios, su MISERICORDIA y FIDELIDAD. De
ambos, su BELLEZA INTERIOR.
Y el hombre es invitado a escuchar la palabra clave sobre
su propia vida, oída de labios de Dios, que habla en
el silencio y la soledad: nuestro verdadero nombre, nuestra
identidad y misión en sentido bíblico, aquello
que nos define a los ojos de Dios, y, por tanto, lo que de
verdad somos y estamos llamados a ser. "Te he llamado por
tu nombre..." (Isaías).
ORAR EN EL
DESIERTO...
Es abrirse a la experiencia de Dios con sinceridad.
Los grandes Orantes han sentido la atracción del
desierto, han buscado voluntariamente espacios de desierto
para ponerse ante Dios desnudamente.
Nuestra oración pasa
también por el sentimiento de la ausencia y por la
ausencia de sentimiento, que, cuando se acepta, es signo de
madurez. En los momentos en que experimentamos el "desierto"
de Dios, como el abandono de su mano, se pone a prueba lo
verdadero de la amistad, y queda "saber esperar en
desnudez y vacío, que no tardará su bien"
1
Son siempre lugar de paso (pascua) hacia una tierra
nueva. Orar es adentrarse en ese terreno inhóspito en
el cual dejamos a Dios las riendas y nos abandonamos en la
confianza de que Él va siempre delante.
LA IGLESIA EN EL
DESIERTO
El desierto es el gran reto de la Iglesia hoy, tentada de
eficacia, poder, palabras... Allí es donde ella
escuchará de Dios las palabras que oyó
Moisés: "He oído el clamor de mi
pueblo..." (Éx 3), y donde renovará las
fuentes de su vida, cuando se encuentre con el amor primero
de Dios, que es su único poder y privilegio, su
único prestigio. Allí descubrirá su
vocación a ser camino hacia la nueva tierra que todo
hombre ansía, plenitud de la historia y hondura de
comunión.
CONSEJOS PARA EL
DESIERTO
La finalidad del desierto es estar al desnudo frente a
Dios. Se requiere ir despojado lo más posible de todo
lo accesorio. Cada vez que vayas a orar valora lo que de
verdad eres y tienes, entra en tus esencias. Al desierto van
los que no tienen miedo de encontrarse con la sorpresa de la
propia verdad y la verdad del nuevo rostro de Dios.
Tómate tiempo... Piérdete durante algunas
horas. No eres tan imprescindible, algún día
dejarás de estar y el mundo seguirá adelante.
Camina, no programes. Ponte al aire de Dios y déjate
llevar. No programes...
Déjate sorprender y vive cada paso que das, ve
despacio. No importa el terreno recorrido, sino la hondura y
la paz que logres.
No olvides la Biblia, saborea lo que leas, entra en el
texto.
1 San Juan de la
Cruz. volver
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