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Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"ME
HICE PERDIDIZA Y FUI GANADA"
(ORAR EN
NAVIDAD)
La Navidad encierra unas claves certeras y luminosas para
nuestra oración personal y comunitaria.
Hay que leer pausadamente los relatos evangélicos
y adentrarse en su significado para nosotros, porque hablan
de unas actitudes necesarias si queremos ver hoy al
Niño Dios, de modo semejante a como le vieron los
pastores y los magos de los Evangelios.
Pensad que podemos ser los dueños de esa posada
llena de distracciones, justificaciones y descentramiento...
por cuya puerta pasa rozando el misterio de Dios, sin
entrar.
Orar en Navidad con esas claves puede ser una experiencia
sobrecogedora. No porque Dios se doblegue más en
Navidad que en otro tiempo, sino porque cuando encuentra
actitudes similares a las de María y José,
cuando se le prepara nido, pesebre con los únicos
materiales del amor, la fe, la esperanza, cuando aceptamos
que la lógica de Dios no es la nuestra, cuando le
acogemos sin manipularlo, sin controlarlo, dejándonos
interpelar, aceptando la provocación y
seducción amorosa, entonces orar puede llegar a ser
una auténtica experiencia de Dios, que tampoco
podemos pretender retener, sino sencillamente vivir y
acoger, y dejar pasar, para seguir atentos, despiertos.
Dios se hace indefenso para que te acerques sin miedo y
desprotegido. Dios se hace niño para que comprendas
que en la simplicidad y sencillez está el
diálogo con Dios. Se hace niño para hablar
nuestro lenguaje.
Dios ha escondido la visión de su misterio a los
sabios y entendidos, a los que pretenden controlar y dominar
lo real y a los que son tan prudentes que por no manchar su
imagen, no se mojan, no se equivocan, no se ensucian con el
barro de los "parias", de los "impuros".
Es un niño que llora, y en su llanto se condensan
nuestras lágrimas. Dios ríe en este
niño acunado por María y José, y en su
risa hay una clara promesa de esperanza para el
presente.
Dios se hace débil y esa es su forma de reclamar
nuestro amor, del que se ha "chiflado". Su lenguaje no es la
imposición, sino la seducción. Seduce a los
que se fijan en lo pequeño, a quienes conservan
capacidad de asombro, a quienes, como Él, son
niños, sin nada que perder, porque todo lo tienen por
ganar.
Se encarna y precisa tu seno para lograrlo y poder seguir
poblando de esperanzas e ilusión la vida de los
hombres y mujeres de nuestro presente.
Dios nace fuera de la ciudad, fuera del palacio de
Herodes, donde se ostenta el poder; fuera de las sinagogas,
donde se concentra la Ley. Nace en un pesebre, con ausencia
de todo y sin faltarle nada de lo único
imprescindible. Solamente lo ven los pastores: gente de mala
fama, fuera de la ley estricta y sospechosos. Y los magos:
paganos, gente impura...
Una clave necesaria para nuestra oración, si
queremos llamarla cristiana, se esconde en estos datos.
Dios se hace presente a gente que no se cree buena, que
está en descrédito, no tienen una imagen de si
mismos que defender, se hace presente a los que no pretenden
poseer el conocimiento de la Ley y, por tanto, de Dios. Se
escapa de aquellos lugares en que se trata de enjaularlo,
definirlo, para permanecer cautivador hacia los que
están abiertos y le necesitan de verdad.
La gran actitud orante de estos días es la
adoración: que cesen las palabras, los discursos, los
propósitos... y un sobrecogimiento incline todo
nuestro ser hacia el niño del pesebre y el misterio
que se vislumbra en él.
Toda la Navidad es una invitación a "nacer de
nuevo", a volver a ser como niños, a renovar nuestra
capacidad de escucha, de silencio acogedor. Orar es poner en
juego estas actitudes en toda la vida y en momentos de
especial intensidad.
SUGERENCIAS
PRÁCTICAS
La Navidad pasa veloz. No la dejes escapar.
Retírate, piérdete. No eres tan
indispensable. Busca espacios concretos para serenarte y no
sucumbir al ruido comercial, interesado en apartarte del
misterio.
Recuerda estos días aquellos versos luminosos de
San Juan de la Cruz:
-
"Diréis que me he
perdido,
-
que, andando enamorada,
-
me hice perdidiza y fui ganada" 1.
Hay que hacerse perdidizos, para ganar lo mejor de
nosotros, de la experiencia de Dios.
Relájate, respira hondo. Él está en
ti, más cerca de ti que tú mismo,
respírale...
* No vayas a misa a la hora crítica. Ve
un rato antes, quédate en silencio. Adopta una
postura receptiva. Por ejemplo, las manos abiertas, las
palmas hacia arriba. Quédate con Aquel que se
complace en ti, no porque seas bueno; con Aquel que te
quiere y espera.
* Ponte ante el belén de tu casa o de alguna
iglesia. Mira las figuras, los pastores, el paisaje, mira
el portal y fíjate en el Niño, con actitud
de respeto. Imagina que eres un pastor y le ofreces lo
que eres. Lo que importa no es hablarle de ti sobre todo,
sino que le mires y te dejes mirar. Toma en tus manos la
figura del Niño... Silencio... contempla...
* Sal al campo y, mientras paseas tranquilamente,
experimenta tu desprotección, tu pequeñez
frente a la grandeza y armonía de todo lo creado.
Experimenta el desconcierto de verte sin seguridad y
acude a Él. Identifica tus seguridades, algunos de
tus miedos, complejos... que bloquean tu crecimiento, que
no te dejan confiarte a Dios, que no te permiten andar...
y ORA: Él viene a sanarte, hoy empieza tu
libertad.
* Reza pausadamente las Avemarías durante un
rato, no medido en cuentas del rosario. Atiende a la
actitud de María con el Niño Dios en sus
entrañas o en sus brazos... recréate
especialmente en aquellas palabras: "bendito el fruto de
tu vientre". Imagina a Dios en tus entrañas...
* Dedica algún rato de tu deambular o pasear a
ir presentando a Dios las ilusiones y la vida de todos
aquellos que vas cruzándote por la calle. Intenta
mirarlos con la mirada cariñosa de Dios, que no se
detiene en apariencias.
NARRACIÓN
MEDITATIVA
Todo está en silencio. Una paz serena lo envuelve
todo, y una oscuridad rota por algunas llamas alegres da al
paisaje una unidad acogedora. Los ladridos de unos perros
cercanos rompen, a intervalos, el silencio, acentuando la
invitación del ambiente a recogerse. Se crea un clima
hogareño en la desprotección del panorama.
Estoy ante el "belén". Es noche cerrada. Hace
tiempo que el sol se puso. Toda mi atención dispersa
y vertida en tantos detalles de lo vivido hoy, ahora reclama
descansar y centrarse, y los sentimientos que estuvieron
libres y distraídos, también ahora se
concentran y serenan.
Respiro hondo repetidas veces... Siento ante el paisaje
que se me ofrece una paz y un abandono muy particulares.
Algo dentro de mí tira hacia adentro, a un calor
desconocido que llega de capas ocultas y profundas, un calor
con sabor amigable y cercano. Como si fuera la llamada de
algo muy mío y no del todo mío. Noto, de
improviso un deseo irreprimible de dejarme llevar:
¡hágase!
Esa fuerza me lleva hacia dentro, más allá
de espacio y tiempo, me advienen los sueños de
siempre, que permanecen como esperanza no cumplida del todo,
y, por los sueños, llego a mi propia infancia,
dejándome llevar al niño que, en verdad, soy:
asustado, sorprendido y curioso, aventurero, confiado y
tímido.
Me siento frágil, débil, pequeño,
demasiado pequeño como para no confiarme...
Soy, de repente, un pastor de Belén de
Judá...
El llanto de un niño en las cercanías y la
luminosidad del lugar reclaman poderosamente mi
atención. Algo me aproxima físicamente hacia
ese lugar y, a medida que me acerco, siento que estoy
más dentro de algo olvidado de mí mismo.
La estampa que se me ofrece es fácil de describir,
pero difícil evocar los sentimientos que provoca: una
mujer, sencillamente vestida, acuna al niño en sus
brazos, junto a un hombre no mayor, de porte distinguido y
cercano, a la vez. Rondan algunos animales que parecen
también expectantes y pintan, en estas paredes mal
acabadas, una imagen familiar y cálida.
Me acerco tímidamente; mis pisadas se hacen
delicadas, como si la misma tierra del lugar encerrase
algún misterio que no hay que violentar.
Los padres, sin decir nada, con una leve sonrisa, me
invitan a pasar y sentarme. Algo en ellos me atrae
poderosamente y, aunque sus figuras sobresalen en aquel
estrecho lugar, provocan, como sin querer, que la
atención se dirija a la criatura. Sigo un momento en
silencio, cuando la madre, Miriam se llama, deposita el
niño en mis brazos, para que lo acune. Me siento
impotente y abrumado por el leve peso de una responsabilidad
tan inmensa como la vida misma. Y noto como sí su
cuerpo desapareciera en el mío y se confundiera con
mis entrañas. Siento que lo que hay en mis manos es
profundamente mío, que aquella criatura está
en mí y yo en ella. Ahora entiendo por qué lo
puso en mi regazo.
Las campanas del convento vecino me trajeron a la
realidad en la que vivo. Y es desde entonces que un inmenso
vacío me taladra las entrañas... Sé que
aquél niño está dentro de mi y que, a
pesar de eso, me ha dejado un hambre insaciable de
sólo él.
DESEO
FINAL
"(...) Y siempre se dijo de él que sabía
celebrar la Navidad como nadie, si es que algún ser
vivo poseyó alguna vez esa sabiduría: ¡
Ojalá pueda decirse lo mismo de nosotros! Y
así como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a
todos!" 2.
¡Ojalá sepamos orar la Navidad, así, con
esta actitud!
1 San Juan de la Cruz,
Cántico Espiritual
20. volver
2 Así termina la historia de
Scrooge, en Canción de Navidad, de Ch.
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