|
Inicio
Miguel
M�rquez Calle - El riesgo de la confianza
(�ndice)
"NO
TENGAS MIEDO"
(VIVIR Y ORAR EN
EL ESPÍRITU)
LA PREGUNTA DEL
PEREGRINO:
"¿CUÁL ES
TU ROSTRO, SEÑOR?"
En aquellos días, convertí mi vida en la de
un peregrino, por fuera, y por dentro: por fuera
elegí el caminar para poner la vida en movimiento,
para salir, para estar al aire de algo insospechado. Por
dentro, siempre la pregunta: "¿Quién eres,
Dios?", y la invocación: "¡Ven, Espíritu
Santo!", sin esperar nada concreto, sin exigirle a
Dios...
Subía la cuesta de la ermita de una Virgen, en un
rincón perdido, lleno de belleza, en Francia, y la
pregunta se hacia dentro de mí más insistente,
más ardiente: ¿quién eres, Dios, de
verdad?, ¿cuál es tu rostro?
Pasaron unos días... me acerqué a orar a
Cordes, un pequeño pueblo perdido al sur de Francia.
Estábamos en una gran asamblea de oración
carismática, en una comunidad de las
Bienaventuranzas. Cuando me adelanté para que orasen
por mí, era consciente, una de las primeras veces, de
que aceptaba la necesidad de los demás, de ser
curado... Me arrodillé, y, sin mirar hacia arriba, de
rodillas, como estaba, sentí la cercanía de
una larga túnica, y una voz de mujer
susurrándome suavemente al oído, unas palabras
como un conjuro, que se me revelaron como la clave de mi
búsqueda de Dios, sin llegar a satisfacer mi
pregunta. Sin embargo, lograron traer la paz a mi cuerpo y a
mi alma fatigados.
Poniendo sus manos sobre mi cabeza, hizo silencio,
después dijo algunas cosas que no entendí, y
una que permanece aún viva: "no tengas miedo, no
temas...
Comprendí entonces, es más, sentí
que mi peregrinación había llegado a su
destino. En realidad, yo no necesitaba saber quién
era Dios, sino ser curado de mí necesidad de
alcanzar, de comprender a Dios, y, más aún, de
mi miedo a Dios y a la vida, que, tal vez sean el mismo
miedo. Y entrar en una dinámica de confianza: esto es
orar en el Espíritu, es decir, dejar que nos lleve
desde el corazón de nuestra debilidad, a las
más valientes empresas, de las que nunca
hubiéramos sido capaces. La primera y mas ardua tarea
es la de dejarnos mover, arrancar, levantar.., de nuestro
asentamiento, para ser zarandeados como Él
quiera.
Comprendí que mi pregunta por Dios era, en
realidad, la necesidad de descubrir que tengo derecho a
estar aquí, y la radical necesidad de sentirme
querido por Dios.
"No temas, no tengas miedo...", me abre a una corriente,
que se llama Espíritu, y que me hace sentirme querido
por mi mismo, antes de reparar en sí mis obras son
buenas o malas.
La pregunta se apaciguó, aunque sigo peregrino; la
búsqueda no cesa... con la convicción de que
Él está ya conmigo.
LA PREGUNTA DEL
MENDIGO
Y LA RESPUESTA DEL
SABIO
Cuando nos planteamos vivir en el Espíritu y orar
en el Espíritu, hablamos de la necesidad de ser
sinceros, transparentes, para que Él pueda actuar con
libertad en nosotros. Comprendemos que la vida es un
movimiento continuo de crecimiento, a base de
pérdidas, tropiezos, vacíos, encuentros,
levantamientos y momentos de plenitud. La primera tarea del
Espíritu en nosotros es, según he mostrado en
el apartado anterior, vencer el miedo a la vida y abrirnos a
la confianza. Dios es propicio y providente, Él es
Padre. Esta es la principal revelación del
Espíritu: la experiencia profunda, vital de Dios como
ABBA.
En la búsqueda de Dios el hombre se busca a
sí mismo, y cuando encuentra el rastro de Dios, no lo
halla lejos de si, ni siendo enemigo de si mismo, ni en una
ansiedad inacabable.
Siendo yo mendigo, pidiendo de puerta en puerta,
pedía no sólo alimentos, sino palabras de vida
que pudieran saciar un poco mi inquietud y mi falta de hogar
interior. En esa época me presentaron a un sabio, de
los que nunca parecen decirte lo que les preguntas, porque
no les interesa nada que les aplaudas, o que les agradezcas,
o que les sonrías.., es decir, un hombre sabio.
Me acerqué a él y le pregunté
qué significaba vivir en el Espíritu, orar en
el Espíritu... Andaba yo por entonces huido de todo,
escapando de todo, sin el mínimo deseo de
comprometerme con nada, un poco herido y bastante
disperso.
El hombre sabio pareció no hacerme caso, pero yo
me sentía tranquilo, a salvo en su presencia. Estuvo
inmóvil un largo tiempo, sereno, quemando la
impaciencia que pudiera haber en mi pregunta, y soplando su
paz hacia el mendigo que tenía delante. Su silencio
era su verdadera respuesta, sin embargo, me dijo:
Te voy a contar un cuento:
Estaba sentado al borde del camino, sumergido en un
sueño profundo... Una rama cayó del
árbol y lo despertó, y... entonces, se
estremeció, porque no recordaba cuánto tiempo
había estado durmiendo; podrían ser horas,
días... Una sensación de debilidad
acompañaba estos pensamientos, pero otra idea lo
sobrecogió aún más: ni siquiera
recordaba quién era, y se sintió desvalido,
como un niño que se perdiera de sus padres entre una
gran multitud. ¿Qué hacer?
Comenzó a deambular sin saber a dónde, y
se preguntaba aturdido, una y otra vez, quién era. Y
siguió preguntando en voz alta: ¿quién
soy?, ¿quién soy? Y el eco de su voz se
perdió sin respuesta, devolviéndole sus mismas
palabras... "¿quién soy?"
Bordeando el camino, preguntó al árbol:
-¿quién soy.
Y el árbol respondió: -eres un ser
humano sin raíz, por eso vas de un lado a otro,
porque no tienes verdadero asiento y eres
inconstante.
Aquella respuesta le dejó aún peor,
todavía sabía menos.
Y preguntó al pajarillo que cantaba en la rama:
-¿quién soy?
Y el pajarillo le dijo: -fuiste creado para cantar y
has olvidado tu canto, porque tienes miedo. Fuiste creado
para volar, pero tus huesos se han endurecido y se han hecho
pesados, obligándote a arrastrarte por la vida sin
llegar a ninguna cima.
Seguía aún desconcertado y
aguardó a la noche para preguntar a las estrellas:
-¿quién soy?
Y las estrellas empezaron a reír a coro, y
continuaron riendo largo rato. Cada vez se sentía
peor, ahora pensando que se burlaban de él. Pero las
estrellas son sabias y se ríen para
despertarnos.
Se alejó intentando descubrir algo que le
pusiera en camino hacia alguna parte y, después de
andar largo rato, sintió a su lado caminar a alguien.
Era un hombre de larga túnica color tierra, mirada
apacible y pelo largo iluminado por la luz de la luna, que
caminó con él sin decir nada. Tuvo el impulso
de lanzar su pregunta: "¿quién soy?", pero no lo
hizo. Aquella mirada... ¡oh, aquella mirada... color de
luna...! En ella olvidó su angustia y, después
de un rato, se sorprendió dejándolo marchar,
sin decir tampoco nada. Lo vio alejarse. Respiró
hondo.
A solas, sentía ahora que nadie iba a responder
a su pregunta, que la respuesta estaba en su raíz, y
se sintió con vida dentro, volvió a respirar
hondo, feliz, sin saber del todo por qué. Ahora
caminaba más despacio, y esperaba...
Y comenzó a cantar. Se dio cuenta de que no lo
hacia desde mucho tiempo atrás, y de que lo
hacía muy mal; aun así, no podía parar
de cantar, y, con el cantar, un miedo se alejó
volando, y multitud de pajarillos empezaron a entonar los
más diversos cantos, y se emocionó al
comprender, si que agradecían su canto, que era el su
yo, ni mejor ni peor, era su yo, y ahora de todos, guardado
desde hacía mucho. Siguió cantando y silbando
por el camino.
Al mirar las estrellas volvieron a reír, porque
las estrellas son sabias y se ríen de nosotros cuando
olvidamos la verdadera luz que ilumina nuestro camino. Y
ahora la risa de las estrellas se le contagió, y
reía como un niño, sin saber muy bien por
qué, como un tonto feliz de un tesoro desconocido
para él mismo.
Avanzaba por el camino cuando amanecía, y una
aldea surgía a lo lejos... De una casucha junto al
prado, se abrió chirriando la puerta, y una mujer
salió corriendo hacia él, con tres
niños tras ella. Aquella mujer se tiró a su
cuello y le dijo con lágrimas: -hace días que
te esperábamos, nos tenias preocupados.
Los niños se habían entrelazado a sus
piernas, sin darle tiempo a reaccionar. Él lloraba..,
y comprendió... aquél sueño... al borde
del camino.., había sido un REGALO, el mejor
regalo.
El Espíritu Santo es para nosotros el mejor DON
imaginable, nos reduce a la nada, para que aprendamos a
empezar desde Él, fiados en Él. Cada vez que
oramos nos desnudamos delante de Él, nos despojamos
de toda seguridad, y aprendemos, en su misericordia, a
olvidar nuestro pecado, a no lamentarnos de nuestra propia
pequeñez para ser fuertes y valientes en Él. A
dejarnos querer por su amor, que todo lo hace nuevo.
Que el Espíritu Santo nos regale la raíz de
los árboles, el canto de los pájaros y la
sabiduría alegre, luminosa, silenciosa de las
estrellas.
Anterior
�ndice
Siguiente
|