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Thomas Merton
La oraci�n
contemplativa
Capítulo XV del libro LA
ORACIÓN CONTEMPLATIVA
Editorial PPC. Madrid 1996.
Págs. 117-125
XV
La oración contemplativa es, en cierto
modo, simplemente la preferencia por el desierto, el
vacío, la pobreza. Cuando uno ha conocido el sentido
de la contemplación, intuitiva y
espontáneamente busca el sendero oscuro y desconocido
de la aridez con preferencia a ningún otro. El
contemplativo es el que más bien desconoce que
conoce, más bien no goza que goza, y el que
más bien no tiene pruebas de que Dios le ama. Acepta
el amor de Dios en fe, en desafío a toda evidencia
aparente. Ésta es una condición necesaria, y
muy paradójica, para la experiencia mística de
la realidad de la presencia de Dios y de su amor para con
nosotros. Sólo cuando somos capaces de «dejar
que salgan» todas las cosas de nuestro interior, todos
los deseos de ver, saber, gustar y experimentar la presencia
de Dios, entonces es cuando realmente nos hacemos capaces de
experimentar la presencia con una convicción y una
realidad abrumadoras, que revolucionan toda nuestra vida
interior.
Walter Hilton, un místico inglés
del siglo catorce dice en su Scale of Perfection:
Es mucho
mejor ser separado de la visión del mundo en esta
noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que
morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo...
Porque cuando estás en esa noche, te encuentras
mucho más cerca de Jerusalén que cuando
estás en la falsa luz. Abre tu corazón al
movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir
en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y
encontrarás rápidamente que la paz, y la
verdadera luz de la comprensión espiritual
inundarán tu alma...
La contemplación es esencialmente una
escucha en el silencio, una expectación. Y
también, en cierto sentido, debemos empezar a
escuchar a Dios cuando hemos terminado de escuchar.
¿Cuál es la explicación de esta paradoja?
Quizá que hay una clase de escucha más
elevada, que no es una atención a la longitud de
cierta onda, una receptividad para cierto mensaje, sino un
vacío que espera realizar la plenitud del mensaje de
Dios dentro de su aparente vacío. En otras palabras,
el verdadero contemplativo no es el que prepara su mente
para un mensaje particular, que él quiere o espera
escuchar, sino el que permanece vacío porque sabe que
nunca puede esperar o anticipar la palabra que
transformará su oscuridad en luz. Ni siquiera llega a
anticipar una clase especial de transformación. No
pide la luz en vez de la oscuridad. Espera la Palabra de
Dios en silencio, y cuando es "respondido", no es tanto por
una palabra que brota del silencio. Es por su silencio mismo
cuando de repente, inexplicablemente revelándose a
él como la palabra de máximo poder, llena de
la voz de Dios.
Pero no debemos aceptar una visión
puramente quietista de la oración contemplativa. No
es mera negación. Nadie se convierte en contemplativo
sencillamente por «oscurecer» las realidades
sensibles, y permanecer solo consigo mismo en la oscuridad.
En primer lugar, uno que hace eso como un montaje, a
propósito, como conclusión de un razonamiento
práctico sobre el tema, y sin una vocación
interior, sencillamente entra en una oscuridad artificial
que se ha fabricado él mismo. No está solo con
Dios, sino solo consigo mismo. No está en presencia
del Único Trascendente, sino de un ídolo, el
de su propia identidad complaciente. Se ve inmerso y perdido
en si mismo, en un estado de narcisismo inerte, primitivo e
infantil. Su vida es »nada» no en el sentido
misterioso, dinámico, en el que la nada del
místico es paradójicamente el todo de Dios. Es
sencillamente la nada de un ser finito, abandonado a si
mismo en su propia trivialidad.
Los místicos Rhenish del siglo catorce
tuvieron que luchar contra muchas formas heréticas de
contemplación y contra la pasividad de la voluntad
propia, arbitraria, de los que abrazaban la forma quietista
de oración de una manera sistemática,
dedicándose a cultivar simplemente la inercia como si
ella fuera, por si misma, suficiente para resolver los
problemas. De ésos dice Tauler:
Estas
personas han entrado en un camino sin salida.
Confían totalmente en su inteligencia natural y
están totalmente orgullosos de ellos mismos al
hacerlo. Nada saben de las profundidades y riquezas de la
vida de Nuestro Señor Jesucristo. Ni siquiera han
formado sus propias naturalezas por el ejercicio de la
virtud y no han avanzado en los caminos del verdadero
amor. Confían exclusivamente en la luz de su
razón y en su falsa pasividad
espiritual.
El problema que entraña el racionalismo
es que se engaña a sí mismo en su
racionalización y manipulación de la realidad.
Hace culto del «permanecer sin moverse", como si eso en
si mismo tuviera un poder mágico para resolver todos
los problemas y llevar al hombre al contacto con Dios. Pero
de hecho es sencillamente una evasión. Es una falta
de honradez y seriedad, una banalidad con la gracia y una
huida de Dios. Esto es realmente el "quietismo puro". Pero,
¿podemos decir que algo semejante existe en nuestros
días?
El quietismo absoluto no es un peligro
omnipresente en el mundo de nuestro tiempo. Para ser un
quietista absoluto, uno tendría que hacer esfuerzos
heroicos para permanecer sin hacer nada, y tales esfuerzos
están más allá del poder de la
mayoría de nosotros. Sin embargo, existe una
tentación de una clase de pseudoquietismo que afecta
a los que han leído libros sobre el misticismo sin
entenderlos en absoluto. Y eso los lleva a una vida
espiritual deliberadamente negativa, que no es más
que una dejación de la oración, por ninguna
otra razón que por la de imaginar que, dejando de ser
activo, uno entra en la contemplación. Eso lleva en
realidad a la persona a estar vacía, sin una vida
espiritual, interior, en la que las distracciones y los
impulsos emocionales gradualmente los afirman a expensas de
toda actividad madura, equilibrada, de la mente y el
corazón. Persistir en esta situación de
paréntesis puede llegar a ser muy perjudicial
espiritual, moral y mentalmente.
El que sigue los caminos ordinarios de la
oración, sin prejuicio alguno y sin complicaciones,
será capaz de disponerse mucho mejor para recibir su
vocación a la oración contemplativa a su
debido tiempo, dando por sabido que le llegará su
momento.
La verdadera contemplación no es un
truco psicológico, sino una gracia teologal.
Sólo nos viene en forma de un regalo, y no como
resultado de nuestro empleo inteligente de técnicas
espirituales. La lógica del quietismo es una
lógica puramente humana, en la cual dos más
dos son cuatro. Desgraciadamente, la lógica de la
oración contemplativa es de un orden enteramente
diferente. Está más allá del dominio
estricto de causa y efecto, porque pertenece enteramente al
amor, a la libertad, a los desposorios espirituales. En la
verdadera contemplación no hay "razón por la
que" el vacío nos deba llevar necesariamente a ver a
Dios cara a cara. Ese vacío nos puede llevar de la
misma manera a encontrarnos cara a cara con el demonio, y de
hecho a veces lo hace. Es parte del riesgo de este desierto
espiritual. La única garantía contra el
enfrentamiento con el demonio en la oscuridad, si es que
podemos hablar realmente de algún tipo de
garantía, es simplemente nuestra esperanza en Dios,
nuestra confianza en su voz, en su misericordia.
Ha quedado claro que el camino de la
contemplación no es de ninguna manera una
"técnica" deliberada de vaciarse uno mismo, para
conseguir una experiencia esotérica. Es una respuesta
paradójica a la llamada de Dios casi incomprensible,
lanzándonos a la soledad, zambulléndonos en la
oscuridad y el silencio, no para retirarnos y protegernos
del peligro, sino para llevarnos a salvo a través de
peligros desconocidos, por un milagro de su amor y de su
poder.
El camino de la contemplación no es, de
hecho, camino alguno. Cristo es el único camino, y
él es invisible. El "desierto" de la
contemplación es sencillamente una metáfora
para explicar el estado de vacío que experimentamos
cuando hemos abandonado todos los caminos, nos hemos
olvidado de nosotros mismos y hemos tomado a Cristo
invisible como nuestro camino. Como dice san Juan de la
Cruz:
Y así
grandemente se estorba un alma para venir a este alto
estado de unión con Dios, cuando se ase a
algún entender, o sentir, o imaginar, o parecer, o
voluntad, o modo suyo, o cualquiera otra obra o cosa
propia, no sabiéndose desasir y desnudar de todo
ello... Por tanto, en este camino, el entrar en camino es
dejar su camino; o por mejor decir, es pasar al
término y dejar su modo, es entrar en lo que no
tiene modo, que es Dios. Porque el alma que a este estado
llega, ya no tiene modos, ni maneras, ni menos se ase ni
puede asir a ellos... aunque en sí encierra todos
los modos, al modo del que no tiene nada, que lo tiene
todo.
Esto podría completarse con las
palabras que siguen de John Tauler:
Cuando hemos
probado esto en la auténtica profundidad de
nuestras almas, nos hace hundirnos y disolver-nos en
nuestra nada y pequeñez. Cuanto más
brillante y más pura es la luz que se derrama en
nosotros por la grandeza de Dios, tanto más
claramente veremos nuestra nada y pequeñez. En
realidad así es cómo podemos discernir la
autenticidad de esta iluminación. Porque es el
brillo divino de Dios en lo más profundo de
nuestro ser, no por medio de imágenes, no por
medio de nuestras facultades, sino en las
auténticas profundidades de nuestras almas. Su
efecto será hundirnos más y más en
nuestra propia nada.
Se pueden sacar dos sencillas conclusiones de
todo esto. Primero, que la contemplación es la
culminación de la vida cristiana de oración,
porque el Señor no desea nada de nosotros más
que convertirse él mismo en nuestro "camino", en
nuestra "verdadera vida". Esta es la única finalidad
de su venida a la tierra para buscarnos, para poder
elevarnos, juntamente con él, al Padre. Sólo
en él y con él podemos alcanzar al Padre
invisible, al que nadie podrá ver y seguir viviendo.
Muriendo a nosotros mismos, y a todas las "maneras",
"lógicas" y "métodos" propios nuestros,
podemos ser contados entre aquellos a los que la
misericordia del Padre ha llamado a sí en Cristo.
Pero la otra conclusión es igualmente importante.
Ninguna lógica propia puede conseguir esta
transformación de nuestra vida interior. No podemos
argumentar que el "vacío" es igual a la "presencia de
Dios", y luego sentarnos tranquilamente para conseguir la
presencia de Dios vaciando nuestras almas de toda imagen. No
es cuestión de lógica ni de causa y efecto.
Tampoco es cuestión de deseo, o de una empresa
proyectada, o de nuestra propia técnica
espiritual.
Todo el misterio de la oración
contemplativa simple es un misterio de amor divino, de
vocación personal y de don gratuito. Esto, y
sólo esto, consigue el verdadero
«vacío», en el que ya nada queda de
nosotros mismos.
Un vacío deliberadamente cultivado,
para llenar una ambición espiritual no responde en
absoluto al concepto de vacío espiritual. Es la
plenitud de uno mismo. Tan lleno que la Luz de Dios no tiene
sitio alguno por donde poder penetrar. No hay grieta ni
rincón abandonado donde algo pueda encajarse en ese
duro corazón, fruto de la autoabsorción, que
es nuestra opción de vivir centrados en nuestro
propio ser. Y, en consecuencia, cualquiera que aspire a
convertirse en contemplativo debe pensarlo dos veces antes
de ponerse en camino. Quizá la mejor forma de
convertirse en contemplativo seria desear con todo el
corazón ser cualquier cosa menos contemplativo.
¿Quién sabe?
Pero, naturalmente, tampoco eso es verdad. En
la vida contemplativa, ni el deseo ni el rechazo del deseo
es lo que cuenta, sino sólo aquel "deseo" que es una
forma de "vacío", que asiente con lo desconocido y
avanza tranquilamente por donde no ve camino alguno. Todas
las paradojas acerca del camino contemplativo se reducen a
ésta: estar sin deseos significa ser llevado por un
deseo tan grande que es incomprensible. Es demasiado grande
para ser completamente sentido. Es un deseo ciego, que
parece un deseo de "la vaciedad", sólo porque nada
puede contentarlo. Y porque es capaz de descansar en la
vaciedad, entonces, relativamente hablando, descansa en la
vaciedad. Pero no en una vaciedad como tal, en una vaciedad
por si misma. Realmente no existe tal entidad como pura
vaciedad, y la vaciedad meramente negativa del falso
contemplativo es una "cosa", no la "nada". La «cosa"
que se reduce a la oscuridad misma, de la cual todos los
demás seres están excluidos deliberadamente y
por todos los medios.
Pero la verdadera vaciedad es la que
trasciende todas las cosas, y aún es inmanente a
todas ellas. Porque lo que parece vaciedad en este caso es
puro ser. O al menos un filósofo podría
describirla así. Pero para el contemplativo es otra
cosa. No es ni ésta ni aquélla. Todo lo que
digáis de ella es diferente a lo que se decía.
Lo propio de la vaciedad, al menos para un cristiano
contemplativo, es puro amor, pura libertad. Amor que
está libre de todo, no determinado por nada, o visto
en alguna clase de relación. Es un compartir, a
través del Espíritu Santo, en la infinita
caridad de Dios. Y así, cuando Jesús dijo a
sus discípulos que amaran, se refería a una
forma de amar tan universal como la del Padre, que
envía su lluvia lo mismo sobre justos que sobre
pecadores. "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto." Esta pureza, libertad e indeterminación
del amor es la auténtica esencia del cristianismo. A
esto aspira sobre todo la vida monástica.

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