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Beatriz de Nazareth
Siete
modos de vivir el amor
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Siete modos
de santo amor
Hay siete
modos de vida en el amor. Vienen del Supremo y vuelven al
Altísimo.
El primer
modo es un anhelo provocado por el amor. Este anhelo
tiene que reinar mucho tiempo en el corazón para
poder llegar a expulsar totalmente al enemigo y tiene que
actuar con fortaleza y circunspección y tener
valor para avanzar en este estado.
Este modo
es un anhelo que nace sin duda del amor, es decir, de un
alma buena que quiere servir fielmente a nuestro
Señor, seguirle con valor y amarlo de verdad. Esta
alma se mueve por el deseo de alcanzar la pureza, la
libertad y la nobleza, de las que le ha dotado su creador
al crearla a su imagen y semejanza - y permanecer
ahí, algo que es especialmente digno de ser amado
y cuidado. En esto desea emplear su vida. En esto desea
colaborar para crecer y ascender a una nobleza de amor
más sublime aún y a un conocimiento
más cercano de Dios, hasta alcanzar la madurez
plena, para la que ha sido creada y llamada por Dios. En
esto está desde la mañana hasta la noche. A
esto se ha entregado totalmente. Sólo una cosa
pide a Dios, una sola cosa quiere saber, una sola cosa
reclama, en una sola cosa piensa: cómo poder
alcanzar esto y cómo conseguir la mayor semejanza
con el amor, con todo el tesoro de belleza de las
virtudes que lo acompañan, así como la
pureza y nobleza sublimes del amor.
Esta alma a
menudo examina seriamente lo que es y lo que
podría ser, lo que tiene y lo que aún falta
a su anhelo. Con celo muy grande, con gran empeño
y tan dispuesta como le es posible, se esfuerza por
evitar todo aquello que distrae su atención de
esto o que pudiera impedirlo. Su corazón nunca
está tranquilo; nunca descansa en esta
búsqueda, reclamo y discernimiento, en este tomar
a pecho y conservar lo que le pudiera ayudar y lo que la
pudiera hacer crecer en el amor.
En esto
consiste la dedicación principal del alma que ha
llegado a este estado - y en esto ha de trabajar y
esforzarse, con gran dedicación y fidelidad, hasta
que reciba de Dios el que en adelante pueda servir al
amor con claro entendimiento y sin verse impedida por
errores pasados.
Un anhelo
tal, tan puro y tan noble, nace sin duda del amor y no
del miedo. El miedo lleva a trabajar y padecer, a hacer y
dejar de hacer por temor a que nuestro Señor pueda
estar enojado. Lo cual además conlleva espanto
ante el juicio del Juez justo o al castigo eterno o a
penas temporales. El amor, en cambio, actúa
exclusivamente con la mirada puesta en la pureza y en la
sublime nobleza, que ella es en lo más profundo
cuando es ella misma, que ella tiene y que ella disfruta.
Actuando
así, ella enseña lo mismo a quienes tienen
trato con ella.
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El segundo
modo de amor
A veces el
alma también vive otro modo de amor. Este se da
cuando se dedica a servir a nuestro Señor
gratuitamente, sin más, sólo por amor, sin
tener a la vista ningún motivo o recompensa de
gracia o gloria. Como una joven doncella que sirve a su
señor con gran amor, sin perseguir ninguna
recompensa - le basta poderle servir y que a él le
plazca que le sirve -, así el alma desea poder
servir al amor con un amor sin medida, inmenso,
más allá de toda racionalidad y
cálculo humano, con todos los servicios que su
fidelidad le inspira.
Cuando el
alma se encuentra en este estado, ¡cómo arde
su anhelo! Está dispuesta a cualquier servicio.
¡Cuán ligeras le parecen las cargas!
¡Con qué facilidad soporta los sinsabores!
¡Cómo se alegra cuando las cosas se ponen
difíciles! ¡Qué alegría tan
grande cuando descubre algo que puede hacer o sufrir para
servir al amor, por su honor!
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El tercer
modo de amor
A veces
ocurre que el alma buena aún vive otro modo de
amor, el cual le produce mucho dolor y sufrimiento. Se da
cuando intenta responder al amor enteramente, cuando
desea seguirle totalmente, con todas las muestras de
respeto y servicio, con todas las formas de obediencia y
sumisión por amor.
Este anhelo
se convierte de vez en cuando en un auténtico
tormento para el alma. Ansiosamente se propone hacer
todo, imitarle en todos los sufrimientos, padecerlos y
soportarlos, y seguir el amor con obras de una manera
total, sin ahorrar ningún esfuerzo, sin medida.
En este
estado está verdaderamente dispuesta a cualquier
servicio, está presta y animada a cualquier
trabajo y sufrimiento. Pero no queda satisfecha. Nada de
lo que hace, le parece suficiente. Sin embargo, lo que
más la entristece, es ver que le es imposible
responder al amor plenamente, según le inspira su
gran anhelo, y ver que siempre le falta tanto para amar
del todo.
Sabe bien
que esto supera la capacidad humana y rebasa sus fuerzas.
Lo que anhela es algo imposible, por esencia impropio de
una criatura. Pues ella sola quisiera llevar a cabo todo
lo que todos los seres humanos en la tierra, todos los
espíritus del cielo, todas las criaturas en lo
alto y en lo bajo e innumerables seres más
pudieran hacer en servicio del amor, según
corresponde al honor y a la dignidad del amor. Quiere
conseguir lo que le falta para un servicio tal. Lo
ansía con todas sus fuerzas y con voluntad
ardiente. Pero todo esto no es capaz de dejarla
satisfecha.
Sabe muy
bien que satisfacer este deseo rebasa por completo sus
fuerzas, que supera toda comprensión y
entendimiento humano. Pero a pesar de esto no es capaz de
mitigar, dominar o calmar su anhelo. Hace todo lo que
puede. Agradece y alaba el amor, trabaja y se afana por
él, suspira y ansía el amor, está
totalmente entregada al amor. Pero nada de ello la deja
tranquila. Le resulta un gran sufrimiento no poder dejar
de anhelar lo que no puede alcanzar. Por esto tiene que
permanecer en el dolor de su corazón y vivir en la
insatisfacción. Le parece que muere estando viva y
que así muriendo experimenta el sufrimiento del
infierno. Lleva una vida infernal. Todo es padecimiento e
insatisfacción debido a ese anhelo terrible y
temeroso, que no puede satisfacer, que no puede calmar ni
saciar. En este dolor ha de permanecer hasta el momento
en que nuestro Señor la consuela
trasladándola a otro modo de amar y anhelar y a un
conocimiento más profundo de sí. Y entonces
tendrá que esforzarse según lo que en ese
momento reciba de nuestro Señor.
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El cuarto
modo de amor
Pues
nuestro Señor suele conceder todavía otro
modo de amar, a veces acompañado de gran
felicidad, a veces de gran dolor, lo cual queremos
exponer ahora.
A veces
ocurre que el amor despierta en el alma de un modo dulce,
y que surge alegremente instalándose en el
corazón sin intervención de actividad
humana alguna. El corazón entonces siente un toque
tan delicado de amor, se siente tan atraído por el
amor, se ve conmovido tan apasionadamente por el amor,
tan fuertemente subyugado por el amor y tan suavemente
abrazado por el amor, que el alma queda vencida
totalmente por el amor.
En este
estado experimenta una gran presencia de Dios, una
claridad de comprensión y un bienestar
maravilloso, una noble libertad, una intensa dulzura, un
sentirse fuertemente abrazada por el amor y una plenitud
rebosante de gran gozo. Experimenta que todos sus
sentidos se han unificado en el amor y que su propia
voluntad se ha convertido en amor, que ha quedado
abismada y absorbida en el hondón del amor
convirtiéndose ella misma totalmente en
amor.
La belleza
del amor la ha engullido, la fuerza del amor la ha
consumido, la dulzura del amor la ha hecho desfallecer,
la grandeza del amor la ha devorado, la nobleza del amor
la ha abrazado, la pureza del amor la ha adornado, la
excelencia del amor la ha elevado e unificado en el amor,
de modo que ha de pertenecer totalmente al amor y ya no
puede tratar más que con el amor.
Cuando se
siente tan colmada de bienestar y tan rebosante en su
corazón, su espíritu empieza a hundirse en
el amor y su cuerpo empieza a sustraérsele, su
corazón empieza a derretirse y desfallecen sus
potencias. De tal manera es vencida por el amor que a
duras penas puede dominarse, y a veces pierde el dominio
de sus miembros y sentidos.
Como un
recipiente lleno a rebosar se derrama inmediatamente en
cuanto se toca, así esta alma, cuando se siente
tocada de repente y vencida por la gran plenitud de su
corazón, muchas veces sale fuera de sí sin
poderlo remediar.
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El quinto
modo de amor
A veces tambi�n
ocurre que el amor se despierta en el alma de un modo vigoroso y
surge impetuosamente con gran vehemencia y apasionamiento, como si
fuera a partir violentamente el coraz�n y sacar el alma fuera de s�,
m�s all� de s�, en las obras de amor y en los fallos de amor. Se ve
absorbida valientemente por el anhelo de cumplir las grandes y puras
obras del amor y de responder a las m�ltiples exigencias del amor.
Pues anhela encontrar descanso en el dulce abrazo del amor, en la
apetecible enajenaci�n y en la posesi�n gozosa del amor. Su coraz�n
y todos sus sentidos lo ans�an, s�lo en eso se empe�an, s�lo eso
pretenden apasionadamente.
Cuando se
encuentra en este estado, es tan poderosa de
espíritu, tan emprendedora en su corazón,
en su cuerpo tan fuerte y valiente, tan diligente y
dispuesta en su trabajo, interior y exteriormente tan
activa, que tiene la impresión que toda ella
está activa, aunque por fuera no se esté
moviendo. A la vez siente con mucha claridad su pereza
interior así como una gran atracción del
amor. Se siente inquieta a causa de esta ansia y siente
dolor debido a una gran insatisfacción. Pero otras
veces siente dolor intenso al experimentar el amor mismo
de manera pura y gratuita, o por reclamar con mucha
insistencia el amor y sentirse insatisfecha al no poder
disfrutar de él.
De vez en
cuando el amor se vuelve tan inmenso y desbordante en el
alma - al tocarla con tanta fuerza e ímpetu en el
corazón -, que tiene la impresión que su
corazón queda dolorosamente herido de
múltiples maneras. Las heridas parecen abrirse de
nuevo cada día, volviéndose cada vez
más dolorosas; es un dolor intenso que siente cada
vez de nuevo. Le parece que sus venas van a estallar, que
su sangre arde, que su médula se consume, que sus
huesos se debilitan, su pecho arde y su garganta se seca,
de modo que todo lo exterior y sus miembros perciben el
ardor interior del ansia enloquecida de amor. Muchas
veces entonces siente como una flecha atraviesa su
corazón pasando por la garganta hasta el cerebro,
como si se fuera a volver loca.
Como un
fuego devorador que se apodera de todo lo que puede
engullir y vencer, así experimenta el amor que
actúa un su interior de una manera rabiosa,
despiadadamente, sin medida, apoderándose de todo
y arrasándolo.
Esto la
deja muy herida. Su corazón se debilita, sus
fuerzas ceden. Su alma recibe alimento y su amor cuidados
y su espíritu se ve sacado fuera de sí,
pues el amor está tan por encima de todo
entendimiento que ella no puede de ninguna manera
gustarlo. Debido a este dolor quisiera romper el lazo,
aunque no destrozar la unidad del amor. Sin embargo,
está tan dominada por el lazo del amor y tan
vencida por la inmensidad del amor que no es capaz de
moderación ni de ordenar sus actividades
sensatamente o de cuidarse o de limitarse a lo que la
razón le presenta como posible.
Cuanto
más recibe de lo alto, más reclama. Y
cuanto más apetecible se le presenta, tanto
más ansía acercarse a la luz de la verdad,
de la pureza y de la nobleza y disfrutar del amor.
Constantemente se ve incitada y seducida, pero no
satisfecha ni saciada. Y precisamente lo que más
la duele y hiere es lo que más la sana y cura. Lo
que le produce la herida más honda, sólo
esto le proporciona salud.
�
El sexto
modo de amor
Cuando la esposa de
nuestro Se�or ha avanzado m�s y ha ascendido a mayor heroicidad,
experimenta todav�a otro modo de amar, siente un estado de mayor
presencia y un conocimiento m�s elevado. Se da cuenta que el amor ha
vencido todas sus resistencias interiores, ha corregido sus
deficiencias y ha subyugado su ser m�s profundo. El amor la ha
dominado totalmente, ya no hay oposici�n. El amor posee su coraz�n
con seguridad serena, puede descansar en �l gozosamente y ha de
actuar con total libertad.
Cuando el alma se
encuentra en este estado, le parece poco todo lo que ha de hacer por
la gran dignidad del amor, le resulta f�cil hacer y dejar de hacer,
padecer y soportar. Y por lo tanto vive con suavidad su entrega al
amor.
Experimenta una
fuerza vital divina, una pureza clara, una dulzura espiritual, una
libertad envidiable, una sabidur�a perspicaz, una dichosa igualdad
con Dios.
Ahora es como una
mujer que ha administrado bien su casa, que la ha dispuesto
sensatamente, la ha gobernado con sabidur�a, la ha ordenado con
pulcritud, la ha asegurado con previsi�n y trabaja con
entendimiento. Mete y saca, hace y deshace seg�n ella misma quiere.
As� ocurre con el alma en este estado. Ella es amor; el amor
gobierna en ella, soberano y fuerte, trabajando y descansando,
haciendo y deshaciendo, tanto externa como internamente, seg�n ella
quiere.
Como el pez que nada
en la gran corriente y descansa en su profundidad y como el p�jaro
que vuela valientemente en la anchura y altura del espacio, as� ella
siente que su esp�ritu se mueve libremente en la anchura y
profundidad, en la espaciosidad y altura del amor.
La fuerza soberana
del amor ha atra�do el alma hacia s�, la ha guiado, cuidado y
protegido. Le ha dado el entendimiento, la sabidur�a, la dulzura y
la fortaleza del amor. Sin embargo, ha ocultado al alma su fuerza
soberana, hasta que llegue el momento en que haya ascendido a mayor
altura y hasta que haya conseguido liberarse completamente de s�
misma y el amor reine en ella con m�s vigor todav�a.
Entonces el amor la
hace tan valiente y libre que no teme ni a hombres ni a demonios, ni
a �ngeles ni a santos, ni al mismo Dios, en todo lo que hace o deja
de hacer, en el trabajo o en el descanso. Se da claramente cuenta
que el amor est� muy despierto y activo en su interior, tanto si
descansa su cuerpo como cuando trabaja mucho. Sabe y percibe
claramente que en quienes reina el amor, �ste no est� supeditado a
la actividad o al dolor.
Pero todos aquellos
que desean llegar al amor, han de buscarlo con respeto, seguirlo con
fidelidad y vivirlo con un gran deseo. No pueden llegar a �l si se
retraen cuando se trata de trabajar duro, padecer mucho dolor y
molestias o sufrir desprecios. Deben prestar mucha atenci�n a
cualquier detalle hasta que el amor llegue a realizar, en su
dominio, las grandes obras del amor, haciendo f�cil todo, ligero
todo trabajo, dulce todo dolor y borrando toda culpa.
Esto es libertad de
conciencia, dulzura de coraz�n, bondad de sentimientos, nobleza del
alma, altura de esp�ritu y base y fundamento de la vida eterna.
Esto es ya ahora una
vida como la de los �ngeles. Le sigue la vida eterna que Dios, en su
bondad, nos conceda a todos.
�
El s�ptimo
modo de amor
El alma dichosa
todav�a tiene otro modo de amar m�s elevado, que le proporciona no
poco trabajo interior. Consiste en que trascendiendo su humanidad es
introducida en el amor, y que trascendiendo todo sentir y razonar
humano, toda actividad de nuestro coraz�n, es introducida, s�lo por
el amor eterno, en la eternidad del amor, en la sabidur�a
incomprensible y en la altura silenciosa y profundidad abismal de la
divinidad, la cual es todo en todo, siempre incognoscible y m�s all�
de todo, inmutable, la cual es todo, puede todo, abarca todo y obra
todopoderosamente.
En este estado el
alma dichosa se ve tan delicadamente sumergida en el amor y tan
intensamente introducida en el anhelo, que su coraz�n est� fuera de
s� e interiormente inquieto. Su alma se derrama y derrite de amor.
Su esp�ritu es todo �l anhelo. Todas sus potencias la empujan en una
misma direcci�n: ans�a gozar del amor. Lo reclama con insistencia a
Dios. Lo busca apasionadamente en Dios. Esta sola cosa anhela sin
poder remediarlo. Pues el amor ya no la deja reposar ni descansar ni
estar en paz.
El amor la levanta y
la derriba. El amor de pronto la acaricia y en otro momento la
atormenta. El amor le da muerte y le devuelve la vida, da salud y
vuelve a herir. La vuelve loca y luego de nuevo sensata. Obrando
as�, el amor eleva el alma a un estado superior. De esta manera el
alma ha subido - en lo m�s alto de su esp�ritu - por encima del
tiempo a la eternidad. Por encima de los regalos del amor ha sido
elevada a la eternidad del mismo amor, donde no hay tiempo. Est� por
encima de los modos humanos de amar, por encima de su propia
naturaleza humana, en el anhelo de estar ah� arriba.
All� est� toda su
vida y voluntad, su anhelo y su amor: en la seguridad y la claridad
di�fana, en la noble altura y en la belleza radiante, en la dulce
compa��a de los esp�ritus m�s excelsos, que rebosan amor desbordante
y que se encuentran en un estado de conocimiento claro, de posesi�n
y disfrute del amor.
A veces ah� arriba
vive su relaci�n anhelante, especialmente en compa��a de los
ardientes serafines; en la gran divinidad y en la sublime Trinidad
tiene su amable descanso y su dichosa morada.
Ella Lo busca en su
majestad, Le sigue all� y Lo contempla con su coraz�n y con su
esp�ritu. Lo conoce, Lo ama, Le desea tanto que es incapaz de
prestar atenci�n a santos o seres humanos, a �ngeles o criaturas, a
no ser en el amor a �l, que lo abarca todo y en el que lo ama todo.
S�lo a El ha elegido por amor, por encima de todo, por debajo de
todo, en todo, de tal modo que con el anhelo de su coraz�n y con
todas las potencias de su esp�ritu desea verlo, poseerlo y
disfrutarlo.
Por esto la vida
terrena para ella es un verdadero destierro, una dura c�rcel y un
gran dolor. Desprecia el mundo, la tierra le pesa, y lo terreno no
es capaz de satisfacerla ni contentarla. Le resulta un gran dolor
tener que estar tan lejos y vivir como exiliada. No es capaz de
olvidar que vive en el destierro. Su anhelo no puede ser calmado. Su
ansia la tortura lastimosamente. Lo vive como un camino de pasi�n y
de tormento, sin medida, sin gracia.
Por esto siente un
ansia grande y un anhelo ardiente de ser liberada de este destierro
y poder desprenderse de este cuerpo. Con un coraz�n herido dice lo
mismo que dijo el ap�stol: Cupio dissolvi et esse cum Christo,
es decir: 'Mi deseo es morir y estar con Cristo.'
As� pues, el alma se
encuentra en un ansia ardiente y en una inquietud dolorosa de ser
liberada y vivir con Cristo. La raz�n de ello no es que la vida
actual le entristezca ni que tenga miedo a los sinsabores que la
esperan. No, debido s�lo a un amor santo y eterno, languidece en
ansias y se derrite en el anhelo de poder llegar a la patria eterna
y a la gloria del gozo.
El anhelo en ella es
grande y fuerte, su inconstancia le pesa mucho, y el dolor que sufre
por este anhelo es indescriptible. A pesar de todo, no tiene m�s
remedio que vivir en la esperanza; y es precisamente esta esperanza
la que le hace ansiar y padecer tanto.
Oh santo deseo de
amor �qu� grande es tu fuerza en el alma que ama! Es un dichoso
sufrimiento, un tormento agudo, un dolor que dura demasiado, una
muerte traidora y un vivir muriendo.
No puede llegar all�
arriba, y aqu� abajo no puede encontrar descanso ni reposo. Su
anhelo le hace insoportable pensar en �l, y prescindir de �l hace
sufrir de anhelo su coraz�n. As� pues, ha de vivir con gran
incomodidad.
Y as� es que no
puede ni quiere ser consolada, como dice el profeta: Renuit
consolari anima mea, etcetera, que quiere decir: 'Mi alma rehusa
ser consolada.' Rehusa toda consolaci�n, a menudo incluso de Dios y
de sus criaturas. Porque toda alegr�a que esto podr�a comportar,
intensifica su amor y aviva su anhelo de un estado superior. Esto
renueva su ansia por poner en pr�ctica su amor, permanecer en el
goce del amor y vivir sin consuelo en el destierro. De esta manera
sigue insaciable e insatisfecha en todo lo que recibe, por tener que
carecer de la presencia real de su amor.
Es una dura vida de
padecimiento, por no querer ser consolada mientras no reciba lo que
busca sin descanso.
El amor la ha
seducido, la ha guiado y ense�ado a andar por su camino, y ella lo
ha seguido fielmente. A menudo en trabajo costoso y muchas obras, en
gran ansia y fuerte anhelo, en inquietud de muchas clases y gran
insatisfacci�n, en alegr�a y dolor y mucho sufrimiento, buscando y
reclamando, careciendo y teniendo, saliendo fuera de s�, en el
seguimiento y el ansia, en agobio y pena, en miedo y preocupaciones,
derriti�ndose y sucumbiendo, en gran confianza y mucha desconfianza,
en lo bueno y en lo malo - en todo esto est� dispuesta a sufrir. En
la muerte y en la vida quiere dedicarse al amor; en el sentimiento
de su coraz�n sufre mucho dolor; por el amor anhela llegar a la
patria.
Cuando en este
destierro lo ha probado todo, todo su refugio es la gloria. Esto es
verdaderamente la obra del amor: anhelar la forma de vida que m�s
conecta con el amor, en que mejor se puede dedicar al amor, y seguir
esta forma de vida.
Por esto siempre
quiere seguir al amor, conocer el amor y gozar del amor. En este
destierro esto no lo consigue. Por esto quiere partir hacia su
patria, en donde ha construido su morada, hacia donde ha dirigido su
anhelo y donde descansa con amor y anhelo.
Pues esto lo sabe
muy bien: all� en su patria quedar� libre de todos los obst�culos y
ser� recibida con amor por su Amado.
All� contemplar�
ardientemente, al haber amado tan delicadamente. Su recompensa
eterna ser� poseerle a �l a quien ha servido tan fielmente. Gozar�
plenamente satisfecha de �l, a quien tantas veces ha abrazado llena
de amor en su interior. All� entrar� en la alegr�a del Se�or, como
dice San Agust�n: Qui in te intrat, intrat in gaudium domini sui
etcetera, lo cual quiere decir: 'Quien entra en Ti, entra en la
alegr�a de su Se�or.' No le tendr� miedo sino que lo poseer� -
morando como amada en el Amado.
All� el alma se une
a su esposo, se hace un solo esp�ritu con �l en fidelidad
inquebrantable y amor eterno.
Quien se haya empleado activamente en
esto en el tiempo de gracia, lo gozar� en el tiempo de la gloria,
cuando ya no se haga otra cosa m�s que alabar y amar. Que Dios nos
conduzca all� a todos. Amen.
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Gentileza de la revista
Cistercium
Traducci�n para CISTERCIUM de Ana Mar�a Schl�ter Rod�s.
NOTA DE
LA TRADUCTORA: He traducido a partir de la transcripci�n
al neerland�s actual que ha hecho Rob Faesen SJ (Beatrijs
van Nazareth: Seven manieren van minne, Uitgeverij
Pelckmans, Kapellen 1999), recurriendo a menudo al texto
original que publica conjuntamente.
Como
se�ala dicho autor, la palabra central es "minne", amor.
Se refiere aqu� al amor entre Dios y un ser humano, pero
a la vez en muchas ocasiones al divino Amado mismo, pues
el alma experimenta en el amor una vida abismal y
trascendente, por la que participa en el mismo
movimiento de amor entre el Esp�ritu Santo (eternidad de
amor), el Hijo (sabidur�a incomprensible) y el Padre
(altura silenciosa y profundidad abismal), como lo
expresa Beatriz de Nazareth en el s�ptimo modo de amor.
A pesar de esto siempre he puesto amor en min�scula,
siguiendo la transcripci�n y el original.
He
traducido "manieren", en la transcripci�n al neerland�s
actual "wijzen", por "modos" siguiendo el criterio de R.
Faesen, el cual considera menos acertado traducir por
clases, grados, aspectos o pelda�os, pues se trata de
modos de vivir el amor o modos de amar.
En el
primer modo Beatriz de Nazareth expresa el anhelo de
vivir de acuerdo a la imagen seg�n la cual ha sido
creada, y esta imagen es Cristo. Los m�sticos no s�lo
hablan de una primera venida de Cristo en carne y
debilidad y de una segunda al final de los tiempos en
gloria y majestad, sino adem�s de una venida intermedia
en esp�ritu y fuerza. Esta tiene lugar en el coraz�n
humano.
De ello
se toma conciencia de un modo especial en el siglo XII.
Se realza la relaci�n amorosa entre Dios y cada ser
humano como eje central de la vida. Sobresalen en este
sentido S.Bernardo y tambi�n las "mulieres religiosae",
especialmente las beguinas, con las que Beatriz de
Nazareth se form� en alg�n momento. Mientras que el
clero masculino, debido a la influencia aristot�lica en
las universidades, en general se apart� de esta
corriente, la siguieron cultivando sobre todo las
mujeres. De ello da cumplida cuenta esta obra de "Los
siete modos de santo amor" de Beatriz de Nazareth. |

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