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Hermano
Rafael - Cartas
(�ndice)
3
de junio de 1934 - Domingo
A su
tío Leopoldo, Duque de Maqueda, desde Oviedo
(1)
Queridísimo
tío Polín: Esperaba tu carta, pues
sabía serías el primero en escribirme... Que
Dios te pague el consuelo que recibí con ella. Ahora
me dispongo, a mi vez a darte las noticias que me pides...
No lo he hecho antes por imposibilidad material,
pues veo muy mal y me canso mucho. Tengo
que usar para todo las gafas de papá que son de vista
cansada... Dice el médico que se me pasará en
cuanto esté más fuerte. (2)
Lo
que me pasa es muy sencillo, y es, en
resumidas cuentas, que Dios me quiere
mucho... Yo en la Trapa era feliz, me consideraba el
más dichoso de los mortales, había conseguido
desprenderme de las criaturas y no ambicionaba más
que a Dios... Pero me quedaba una cosa: el amor a la Trapa,
y Jesús, que es muy egoísta del cariño
de sus hijos, también ha querido que me desprendiese
de mi amado monasterio, aunque no fuese más que
temporalmente.
Dura,
muy dura, es la prueba que estoy pasando, pero ni tiemblo,
ni me asusto, ni desconfío de Dios. Cada vez veo su
mano en todo lo que me ocurre y me acontece, y te aseguro
que es muy dulce abandonarse en manos de tan buen Padre.
Cuántas cosas te diría si estuviera contigo.
Hablas de mis penas, y yo te digo, feliz el que sufre por
Cristo y desgraciado el que en la tierra ve cumplidos sus
deseos.
La
enhorabuena que tú me das me la dio con
lágrimas en los ojos mi confesor allá en la
Trapa (3).
Si tú supieras lo que es aquello, tío
Polín... He dejado algunos cariños tan
profundos... Si vieses cómo nos queremos los
trapenses en silencio... Nadie sabe lo que es llorar por un
hermano que se va, a quien en cuatro meses, como a
mí, no se le ha dirigido la palabra.
Bueno,
cuando nos veamos hablaremos largo y tendido, no
sabría expresarte por carta mis sentimientos; lo
único que haré será explicarte
detalladamente mi enfermedad.
En
los cuatro meses de noviciado, ni un mal dolor de cabeza;
una salud estupenda y encantado de la vida... Comienzan los
trabajos de la «escarda». Los primeros días
en el campo muy bien, alabando a Dios en medio de los
trigos; un día me siento muy cansado; al día
siguiente más; a otro ya no resisto y, mientras mis
hermanos trabajan, yo me siento..., estoy agotado; hace dos
o tres días que tengo una eliminación de orina
tremenda, habiendo noches de levantarme seis veces... El
Padre Maestro no me deja ir al campo; me quedo en casa
lavando lechugas; al día siguiente después de
Maitines de la Virgen, a las tres de la mañana no
puedo estar más tiempo en el coro y subo a acostarme.
Al día siguiente sube el reverendo Padre al noviciado
y me manda unos días a la
enfermería.
El
Padre enfermero me analiza la orina y se queda asustado.
Llega el médico y dice que tengo que ponerme en
tratamiento inmediatamente y es imposible en el monasterio.
Al día siguiente llega papá con el coche. A
Oviedo llegué a la cuatro de la tarde, y a las seis
me ponían la primera inyección de "insulina",
única cosa que dicen que lo cura.
Tengo
mucha azúcar y tuve acetona; estoy a un plan de
alimentación en que se me pesa todo lo que como por
gramos; tengo un hambre terrible y una debilidad tal, que el
leer me marea, el andar me cansa, apenas veo... Toda ha sido
cuestión de seis o siete días, pero ha habido
días que he adelgazado dos kilos.
Me
hacen dos análisis diarios, y me ponen tres
inyecciones también diarias... Una verdadera
«juerga médica"; no tengo ningún dolor ni
ninguna molestia; me estoy todo el día sentado sin
hacer nada.
Me
he traído el hábito, pero no me lo
pongo.
Esta
enfermedad es muy larga y no sé cuándo
podré volver a mi monasterio, y no sé
cuándo será, pero Dios me dice que yo
moriré trapense; ahora lo único que tengo que
hacer es ponerme en sus manos y te aseguro que lo estoy;
más no puedo hacer, pues además sé que
la Santísima Virgen no me abandona.
No
te puedes figurar lo que siento lo de Pilar, pero no hay que
preocuparse, Dios da la salud y Dios la quita... y Él
sabe lo que hace. Yo he estado a punto de subirme al cielo
(perdóname la presunción), pues el peligro ha
sido cuestión de horas, y, sin embargo, Dios me ha
dicho:
Espera...,
y yo espero todo el tiempo que Dios quiera.
Espero
verte cuando vengas a Covadonga, y entonces allí, a
los pies de la Virgen, hablaremos de Dios... Ni tus penas ni
las mías merecen comentarios, ¿qué
más da salud que enfermedad, y qué más
da riqueza que pobreza, cuando se tiene a Dios?
¡Ah,
tío Polín, qué grande es el
Señor! y qué pequeños somos los
hombres.
He
cambiado mucho en estos cuatro meses, Dios me ha mimado
mucho y me ha hecho ver algunas cosas que antes no
veía.
Bueno,
te dejo por hoy. Otro día te escribiré
más detalles, y no te preocupes por mi salud, que no
merece la pena.
Da
un abrazo muy fuerte a tía María y a los
primos, y tú recíbelo todo de tu sobrino y
hermano en Jesús y María
Rafael
Si
tienes algún rato, ponme dos
líneas.
11 de junio
de 1934 - lunes
Al Padre
Marcelo León, Maestro de novicios, desde
Oviedo
Reverendo
Padre Marcelo León.
Respetable
y querido Padre Maestro: Le ruego disculpe mi tardanza en
escribirle dándole noticias de mi salud, pero a un
enfermo se le puede perdonar esa pequeña
falta.
Sigo
mejorando, aunque muy lentamente, y ya voy recobrando las
perdidas fuerzas... Estos últimos días, he
podido ir a recibir al Señor, claro está, que
no puedo ir a pie, a pesar de la corta distancia de la
iglesia a mi casa, y esta tarde saldré por primera
vez, a dar un paseo en coche.
Sigo
un plan de alimentación muy severo, pesándome
las cantidades escrupulosamente, para saber el número
de "hidratos de carbono" que tolera mi organismo y
relacionarlos con la cantidad de "insulina" que me tienen
que poner... Me hacen dos análisis diarios de la
orina y me dan tres inyecciones también diarias de
"insulina". Le aseguro, Padre, que estoy pasando más
hambre que en Cuaresma.
El
médico dice que tendré que estar así
todo el verano, pero que me curaré... Eso es lo que
yo deseo para volver a mi monasterio, aunque ha de pasar
tiempo hasta que yo pueda seguir normalmente el plan de
alimentación de la Trapa... Mientras tanto, todo
está en manos de Dios. El es quien puede resolver, y
estoy en sus manos.
Mi
estado de ánimo varía... Ha sido todo esto tan
repentino, y tan rápido, que he estado unos
días como atontado y sin saber lo que pasaba dentro
de mi, y estaba como aturdido. El cambio de vida es tan
radical, que no podía ser por menos... Creí
que Dios me llevaba al cielo, pero parece ser que no es
todavía la hora de mi liberación y que me
quiere aquí en la tierra todavía un poco
más de tiempo... Cúmplase su voluntad y no la
mía.
Cuando
me fui a la Trapa, a Él le entregué todo lo
que yo tenía y todo lo que yo poseía: mi alma
y mi cuerpo... Mi entrega fue absoluta y total, muy justo
es, pues, que Dios ahora haga de milo que le parezca y lo
que le plazca, sin que haya por mi parte ni una queja ni un
movimiento de rebeldía.
Dios
es mi dueño absoluto y yo soy su siervo, que obedece
y calla... A veces me pregunto ¿qué
querrá Dios de mí pero como dice David:
"¿Quién es el hombre para conocer los designios
de Dios?". Por tanto, lo mejor es cerrar los ojos, y dejarse
llevar por Él, que Él sabe lo que nos
conviene.
Yo
era demasiado feliz en la Trapa; la prueba que me ha exigido
es dura, pero con su auxilio saldré adelante y
aquí, allí o donde sea, seguiré
adelante sin retroceder. "He puesto la mano en el arado y no
puedo mirar atrás".
Dios
no solamente aceptó mi sacrificio, cuando dejé
el mundo, sino que me ha pedido mayor sacrificio
todavía, que ha sido volver a él...
¿Hasta cuándo?... Dios tiene la palabra.
Él da la salud, y Él la quita... Los hombres
nada podemos hacer más que confiar en su divina
providencia sabiendo que lo que El hace, bien hecho
está, aunque a primera vista a nosotros nos
contraríe nuestros deseos, pero yo creo que la
verdadera perfección es no tener más deseos
que, "que se cumpla su voluntad en nosotros".
Dios
en su infinita sabiduría, no pregunta al hombre lo
que desea para otorgárselo inmediatamente, pues
generalmente éste no sabe lo que le conviene para su
salvación, sino que, obrando por encima de la
razón y los designios de la criatura, la lleva, la
trae y la prueba de mil maneras... y el hombre dice:
"Señor, ¿por qué hacéis esto" , y
Dios parece que dice: "Confía en mi, vosotros sois
como niños, y para llegar el reino de mi Padre, no
podéis ir solos, ni señalar el camino; yo os
conduciré... Seguidme, aunque contraríe
vuestros deseos... El reino de Dios sufre violencia.., y
para llegar al término, no ha de ser por donde el
hombre dispone, pues como niño que es a los ojos de
Dios, apenas sabe andar... Confía en mi, dice
Jesús, y yo te llevaré".
Querido
Padre Maestro: Yo me dejo llevar por Jesús... Cuando
era más feliz... Cuando veía claro mi porvenir
de monje cisterciense, cuando ya no deseaba nada del mundo y
mi único deseo era estar hasta morir con mis
hermanos en religión..., dice Jesús: "Ahora
una enfermedad y afuera"... Pues bien, "fiat",
¿qué más puedo hacer?
Por
tanto, ya ve Padre, que estoy tranquilo, que las
circunstancias por que atravieso no dependen de mi y que,
por tanto, como ha sido Dios el que me ha sacado, del
noviciado, si El quiere, Él me volverá a
llevar.
Cuántas
cosas le diría para los Padres, y los novicios, y
oblatos... Mi silencio creo yo que será más
elocuente que todo lo que yo por carta pueda decir... He
dejado en la Trapa tanto cariño sincero que eso no se
olvida nunca. No le doy recuerdos en particular para nadie,
porque tendría que ir nombrando a toda la comunidad;
aunque corporalmente estoy aquí, espiritualmente
estoy muy a menudo en el coro.
Me
levanto tarde, me acuesto tarde, estoy todo el día en
casa sin hacer nada, pues el leer me cansa bastante la vista
y no puedo, y no tengo fuerzas para nada... Recorro todas
las butacas de la casa para no estar siempre en la misma y
para no ocultarle nada, le diré que he vuelto a
fumar.
El
hábito no me lo pongo para no llamar la
atención, y lo tengo cuidadosamente guardado; para mi
fue un consuelo el traérmelo.
No
recibo a nadie; los primeros días, porque la gente me
mareaba realmente, y ahora porque lo que me digan no me
interesa lo más mínimo, como usted
fácilmente comprenderá, y aunque hay gente que
verdaderamente me aprecia también hay mucha
curiosidad, pues un trapense no se ve todos los
días.
El
otro día estuvo en casa el Padre Felipe que yo no
conocía; vino a ver a su familia y de paso se detuvo
a conocerme. Es muy simpático y debe ser muy
bueno.
Nada
más tengo que contarle... Perdóneme lo mal
pergueñadas que van estas líneas, pero ya sabe
usted cómo escribo, mucho, deprisa y mal, pero ese
soy yo; las cartas de cumplido las guardo para otra persona
que no sea mi Padre Maestro.
Confío
en las oraciones que le dirigirán por mi a
[la] Santísima Virgen los novicios y los
oblatos; desde luego, fío más en ellas que en
los médicos a quien Dios perdone el hambre que me
están haciendo pasar..., le aseguro, Padre, que es
tremenda, pues además es una característica de
la enfermedad.
Sin
más que decir presente mis respetos al reverendo
Padre Abad, mi sincero afecto a los novicios y de usted
espera recibir su bendición y sus oraciones, su
novicio
Fray
María Rafael
17 de junio
de 1934 - Domingo
A su
tío Leopoldo, Duque de Maqueda, desde
Oviedo
Oviedo,
IV domingo después de Pentecostés.
Queridísimo
tío Polín: En contestación a tu carta
te diré que sigo mucho mejor, gracias a Dios, y que
según el médico esto va muy deprisa; bien es
verdad que las medicinas que yo uso no son corrientes, pues
las oraciones de mis hermanos los novicios, valen más
que todos los médicos y todas las medicinas juntas...
De todas maneras, el verano entero no me lo quita nadie, y
después comenzaré un régimen de
alimentación análogo al de la Trapa, para ver
si mi organismo responde y así poder seguir mi vida
de "pobre trapense", como tú dices.
Confío
mucho en Dios; Él seguramente me volverá a
llevar al monasterio; no pienso en otra cosa en todo el
día... El coro, el campo, el silencio, la paz del
cementerio tan alegre..., mis hermanos, mi hábito,
mí celda, mi Sagrario de la Trapa..., todo eso que
conquisté con sacrificios y lágrimas, se
derrumba con una cosa tan insignificante, como es un poco de
azúcar en la sangre... Qué grande es Dios,
tío Polín, que se vale de lo más
pequeño e insignificante para hacer ver al hombre su
pequeñez y miseria, y para hacernos comprender que
sin Él no somos nada.
Yo
era demasiado feliz en la Trapa; te aseguro que la vida es
dura, muy dura, pero se tiene a Dios tan cerca, que la
austeridad de la Regla no se nota. Yo respiraba
alegría por todos los poros... Mi única
ilusión era Dios, y le sentía tan cerca, que
lo olvidaba todo.
También
es verdad que, al principio, me costó algunas
lágrimas, pues al fin y al cabo soy una criatura
humana con corazón y con sentimientos, y hay cosas
que no se pueden remediar.
Recuerdo
los primeros días de postulante cuando
salíamos al campo en una fila... Cada novicio con su
azadón y yo el último... Nos
encaminábamos en silencio a las viñas..., un
frío terrible; la tierra dura de la helada y,
además, con un sueño que apenas me
podía tener... Nos distribuía el jefe de
trabajo, nos persignábamos, rezábamos un
Avemaría y a trabajar.
Pues
bien, más de una vez en aquellos días regaba
los terrones que arrancaba con mi azadón, con unos
lagrimones del tamaño de naranjas. Pronto
reaccionaba; me acordaba de la pregunta que se hacia nuestro
Padre san Bernardo: «Bernardo ¿a qué has
venido?"
, redoblaba entonces mis fuerzas en el trabajo
y si alguien hubiese estado muy cerca de mí, me
habría oído cantar una cosa que empieza
así: «Virgen del santo Recuerdo, que nunca te
podré olvidar".
Eso
era para mi el gran remedio..., el cantarle a la Virgen...
¡Si vieras cómo me ha tratado la Señora!
Nunca sabremos bastante, tío Polín, lo que nos
quiere María.
Otro
día también cogí una perra, ¿sabes
por qué? Cada vez que me acuerdo me río...
Pues sencillamente que una mañana a las cinco, se me
juntaron el hambre (estábamos en Cuaresma), el
sueño y el frío, y entre los tres le dieron
tal paliza a este miserable cuerpo, tan acostumbrado al
regalo, que le hicieron saltar las lágrimas... Te
aseguro que cuesta dominar la carne, pero con la ayuda de
Dios tan grande que tienen los trapenses, se hace de ella lo
que quieres... Yo estoy convencido, sin una gracia muy
especial, el trapense no podría vivir.
Bueno,
ya para que lo sepas todo, cuando he llorado con
más gusto... es con las cartas de mi
madre.
Todo
esto te lo cuento para que conozcas las miserias de tu
sobrino que a pesar de su gran amor a Dios, se entregaba a
Él con no toda la generosidad que debiera... Pero
pasó el postulantado y vino el noviciado, y aunque
seguía dando guerra el cuerpo, ya no le hacia caso...
Yo estaba a lo que estaba y nada más; quería
acercarme a Dios y en realidad, yo no hacia nada, Dios se
acercaba a mi, me ofrecí a El, Él me
aceptó... y en prueba me ha mandado otra vez a los
hombres con una enfermedad... ¡Bendito sea! Ahora lo
que le pido es que me cure para volver al monasterio con mis
hermanos. Le pido la salud para entregársela a
Él nuevamente, para otra cosa no me sirve, pues entre
los hombres se está muy mal como tú dices...
Claro que los trapenses también son hombres,
pero..?... tú me comprendes.
Una
cosa te he de decir, que te gustará, tú y yo,
antes de mi huída del mundo, no
conocíamos lo que era una Trapa. Suponíamos y
con razón, que era lo más cercano al cielo de
entre los hombres... Pues bien, yo ahora te digo que nos
hemos quedado cortos y que tú no tienes ni idea de lo
que se encierra en un monasterio del Cister... Puedes
creerme, y así comprenderás, que una vez
conocida y probada la vida monacal, no se quiera otra.
Allí he encontrado una cosa muy rara y muy
extraña en el mundo... se llama "amor al
prójimo", y "caridad".
Bueno...,
si yo supiese escribir, qué de cosas te
contaría, que sé te habían de hacer
llorar de contento..., pero eso lo dejo para cuando nos
veamos cara a cara y frente a frente, que espero será
pronto. Lo bonito seria que yo te dijese que ya te lo
contaría cuando nos viésemos en el cielo, pero
estoy por asegurarte que allí no íbamos a
tener tiempo de ocuparnos de estas menudencias ¿no te
parece?... Pero mientras estamos en la tierra, por muy
alto que estés, sé te han de interesar
las menudencias, de tu algo más que sobrino, el
hermano Fray María Rafael..., por otra parte,
sentiría darte el latazo.
Me
preguntas si conozco a don Pedro Sánchez del
Río y me parece que alguna vez te hablé de
él... Es íntimo amigo mío y solamente a
él le he contado muchas cosas... Es un varón
de Dios por no decir un santo, que como ya convinimos, el
calificativo santo se prodiga mucho; es un hombre muy
entregado a Dios y de una virtud de veras..., te lo
puedo asegurar que le conozco a fondo... Sé te ha de
gustar. Si quieres que le diga algo, puedes hacerlo con toda
confianza.
Le
agradecí mucho a tía María su carta,
conociendo su pereza para escribir. Ya sé que no me
olvidáis en el Sagrario y a los pies de María
sobre todo; yo por mi parte..., bueno, ¡qué bobo
soy!, ¿qué te puedo decir?
Cuánto
siento lo de Pili..., tan buena y tan cariñosa como
es con su primo Rafael. Dila de mi parte que pronto
tendrá una sorpresa que yo la voy a mandar y que si
está enfermita, que yo también lo estoy y que
le pida a Dios nos pongamos buenos pronto, yo así lo
hago.
Me
dice tía María, que no te cuidas y que yo te
anime a que te dejes cuidar. Por Dios, tío
Polín, que ya eres mayorcito. Pero solamente te voy a
hacer una reflexión, que es la que me hago yo. "Dios
me ha mandado una enfermedad ¿para qué? para
humillarme... Pues bien, humíllate". Ya sé que
es muy duro estar a merced de los calditos, la
inyección, la hora y los médicos... El hombre
pone los medios y Dios todo lo demás... Otra cosa no
podemos hacer.
Cuando
salí del monasterio, me dijo el reverendo Padre
Abad...: "tú tienes que volver, por tanto, te mando
que obedezcas al médico como si fuese el Padre
Maestro"... Por tanto, en mi curación, interviene la
obediencia. Haz tú lo mismo.., obedece y no seas
malo.
Nada
más tengo que contarte de particular; aquí
todos bien, gracias a Dios y sin novedad.
Un
día de éstos escribiré a la abuela y a
tía María Barón, pero cuando ya
estén fuera de Madrid pues ahora que va mamá
con Merceditas a examinarse, la darán noticias de su
nieto.
Me
alegro mucho que Anita se haya acordado de mi. Cuando la
escribáis la podéis decir que este trapense,
siempre que se acordaba de las misiones, no olvidaba a esa
pobre mujer que allá en la India tenía
un pensamiento igual que el mío..., servir a Dios.
Para más detalles, te diré cuándo
pedía.
Como
en la Trapa no se pierde ni un minuto, ni en los intervalos
ni, incluso, al ir de una parte a otra, yo al salir de la
iglesia, después del examen de conciencia hasta
llegar al refectorio, lo tenía dedicado a las
misiones... Salíamos de la iglesia en una fila por en
medio del claustro y, muy despacio, y ya con la capucha
echada nos vamos al refectorio.
Como
vamos en silencio, cada cual reza lo que quiere... Yo, como
te digo, lo dedicaba a las misiones. Pensaba en lo bueno que
es Dios que a mi me concedía el alimento necesario
para el cuerpo... Le agradecía la paz de mi convento
y, al mismo tiempo, le pedía que no olvidase a los
misioneros que a veces ni tienen qué comer, ni tienen
convento. La obligación del trapense es pedir en
silencio por los que están en el mundo conquistando
almas para Cristo; yo me creía en esa
obligación.., y todos los días, absolutamente
todos, y durante los seis o siete minutos que
tardábamos del coro al refectorio, yo pedía
por Anita.
Este
hecho te demostrará que en la Trapa se está en
comunicación con Dios desde que te levantas hasta que
te acuestas... Cada monje tiene sus devociones particulares,
y como el silencio ayuda tanto... Recuerdo un sacerdote en
Ávila que una vez, me parece que ya te lo
conté, estuvo discutiendo conmigo en casa de don
Justo y que me decía que el silencio en los monjes
que era absurdo y que era una bobada el no hablar, y que si
esto y que si lo otro... Cuántas veces me he acordado
de aquel sacerdote... Si él supiera que en la Trapa
lo más hermoso que hay es el silencio... Pero
¿qué sabe el mundo lo que es eso?
Bueno,
voy a terminar esta carta que me parece que por hoy ya es
bastante. Si te da la gana escribes. El otro día
escribió Casio a papá muy cariñoso;
salúdalos de mi parte y para ti y tía
María, lo de siempre, todo el cariño de
vuestro sobrino y hº
Rafael
22 de julio
de 1934 - Domingo
Al Padre
Maestro, Marcelo León, desde Oviedo
Reverendo
Padre Marcelo León.
Mi
querido Padre Maestro: Esta carta, como es natural,
está dirigida a usted, pero es la contestación
a las cariñosas cartas del Padre Francisco y de mis
connovicios, a las cuales si no he contestado antes como
debiera haberlo hecho, ha sido por esperar un consentimiento
del médico, que ya lo tengo, para anunciarles mi
visita para el día primero de agosto, santo de
nuestro querido Padre Abad.
Yo
estoy, gracias a Dios, casi bueno del todo; no tengo apenas
«azúcar», pero sigo el tratamiento de la
insulina y el régimen... El médico me ha dicho
que puedo perfectamente ir a pasar a mi monasterio tres
días, de manera que yo saldré de aquí
el día 31 en el rápido y estaré en la
Trapa los días 1, 2 y 3. Él me dará una
nota de lo que puedo comer que es casi de todo, y me
llevaré la inyección para que me la ponga el
Padre Vicente. Después será cuestión de
dos o tres meses más que a mí se me hacen
siglos, en los cuales estaré a prueba del
régimen que tomo en el monasterio, para poder seguir
luego mi vida interrumpida al lado del Sagrario de la Trapa
y de mis buenos hermanos.
Según
el médico aún tendré que estar una
temporada en observación, pero eso creo que la
caridad de ustedes para conmigo podrá
arreglarlo.
¡Si
viera, Padre, qué descentrado estoy en el mundo!...
Que aunque estuviera de jardinero y comiendo las sobras que
dan a los pobres, yo me volvería a la Trapa... Pero
no me hacen falta esos extremos.
Cuando
salí de la enfermería para venir a casa,
pensé que Dios o me llevaba al cielo, o me
ponía bueno para seguir siendo trapense... Parece que
Dios ha optado por lo segundo. Él sabrá mejor
que nosotros, lo que conviene, y aun en la adversidad seguir
dándole gracias por todo, y conmigo especialmente me
trata el buen Dios de tal manera, que no tengo más
remedio que hundir la cabeza en tierra, ponerme a sus
plantas, y exclamar: "Señor, ¿quién soy
yo para que te ocupes de mi?", el último de los
trapenses, la criatura que nunca ha correspondido a los
beneficios de Dios, y sin embargo, con tu bondad infinita,
le vas conduciendo de la mano por el mundo, y si eres
Tú, Señor, el que me pone obstáculos,
también eres Tú el que los quitas para que tus
hijos no tropiecen.
Pero
ya sé que no son mis méritos, que cuando
escudriño mi conciencia sé que no los hay,
sino todo lo contrario... Todo lo que recibimos de Dios es
por los méritos del Cristo que murió en una
Cruz, y los recibimos por la mediación de
María.
¿Y
qué más puede dar Dios que la vocación?
¡Ah! mis queridos connovicios, no sabéis lo que
tenéis, ni nunca podréis dar gracias a Dios
suficientes por tan gran beneficio; yo tampoco lo
sabía, hasta que tuve que volver al mundo, y si antes
de irme a la Trapa me parecía que el mundo estaba
loco o trastornado, ahora me da la sensación de que
Dios lo ha abandonado, de que ha dejado a los hombres solos,
pues éstos en su orgullo suicida, dicen a gritos: No
necesitamos a Dios... Y la sociedad está desquiciada,
y se ocupa de todo menos de lo único importante, y os
aseguro francamente, al ver a los hombres tan ciegos, da
tristeza y dan ganas de gritarles..., ¡dónde
vais!, insensatos o locos... Estáis crucificando a
Jesús, a ese Nazareno que nos mandó amarnos
los unos a los otros... ¿No veis que vais por mal
camino..., que la vida es muy corta y tenemos que
aprovecharla, pues el juicio de Dios está cerca?...
Pero es inútil; en el mundo no se oye hablar de Dios
y de sus juicios... Todo son envidias, ambiciones terrenas y
pasiones desatadas; y al ver este triste espectáculo,
¿cómo no dar gracias a Dios por mi
vocación?... ¿Cómo no voy a añorar
mi rincón en la Trapa?...
No,
hermano Isidro, como me dice en su carta, no es raro ni
sorprendente que yo tire hacia arriba como usted dice y
desprecie lo mucho que me ofrece el mundo, y suspire por las
alubias de la Trapa... Yo lo veo muy natural y
lógico, pues el mundo me paga en una moneda que a los
ojos de Dios no sirve para nada... Con el dinero se compra
el mundo, pero no el cielo, y así como se desecha un
duro falso, pues con él no se hace nada, así
se debe desechar todo eso que no sirve más que para
pasar agradablemente la vida..., pero nada más, y la
verdad sea dicha, la vida es muy poca cosa..., total nada,
pues para nosotros los cristianos, nuestra vida no
está aquí en la tierra; dejemos pues a los que
se contentan con tan poco y dediquémonos a hacer un
buen capital en el cielo con la única moneda que
sirve para algo... Esa moneda es el sacrificio, la
mortificación, la oración, en una palabra, la
vida del trapense.
No
es, por tanto, que yo tire hacia arriba o hacia abajo, es
sencillamente..., lógica pura, pues, como me dice el
hermano Bernardo, es mejor el pelar patatas por amor de
Dios, que todos los lujos que me pueda dar el
mundo.
De
buena gana le pondría algunos textos en latín
al Padre Francisco, para corresponder a su carta, pero da la
casualidad que aún no lo sé. Lo que sí
le digo es, Padre Francisco, que he hecho la novena a santa
Teresita unido a usted y que ella espero que me ponga
bueno.
No
se puede figurar cuánto agradecí sus cartas y
qué consuelo tan grande tuve con ellas. Las
leí muchas veces, dando gracias a Dios por el
verdadero cariño fundado en el amor a Dios y en la
caridad que se desprende de ellas; en realidad yo no merezco
nada de eso, pero también es verdad, que si nosotros,
los monjes trapenses, no ponemos en práctica el
precepto de los evangelios de "amaros los unos a los otros",
¿quién lo va a poner? Buscamos en el mundo la
perfección, y la única perfección es
ésa.
¿Cuándo
profesa el hermano Damián?.
En
fin..., tantas cosas les diría y preguntaría
que, en una carta, no puedo expresarlo todo, y estoy
contando los días para poder ir a pasar tres
días en el monasterio.
Sigan
pidiendo por mí a la Santísima Virgen nuestra
Señora, que yo así lo hago para que podamos
reanudar mi noviciado y que en lugar de pasearme en coche y
darme buena vida, siga tratando de encender y apagar las
velas sin equivocarme y dándole al fuelle del
órgano cuando no funcione la corriente..., al fin y
al cabo, ése es mi sitio.
Me
acuerdo en todo momento de mi vida monástica, y
todavía no sé si estoy soñando.
¿Quién me diría que aquellos trenes que
pasaban a tanta velocidad, mientras estábamos en las
cepas, había yo de volverlos a utilizar?... Pero
¿qué sabemos los hombres de lo que nos puede
ocurrir?, y cuando uno se entrega a Dios sin reservas, tiene
que estar dispuesto a todo.
Díganles
a los oblatos y a Padre Amadeo que el "novicio alto" le
verán dentro de unos días si Dios
quiere.
Padre
Maestro, presente mis respetos al reverendo Padre Abad, y se
encomienda a sus oraciones y se despide de todos hasta muy
pronto su hermano en Jesús y en
María
- Fray
María Rafael
- O.C.R.
23 de julio
de 1934 - lunes
A su
tía María, Duquesa de Maqueda, desde
Oviedo
Queridísima
tía María: Apoyándome en la promesa de
que me contestarías, te escribo, aunque en realidad
nada tengo que decirte que ya no sepas.
Ya
sabrás por tío Polín cómo me
encuentro, y te puedo asegurar que cada vez
mejor.
El
día 31 salgo en el rápido para Venta de
Baños, donde estaré únicamente
tres días, el 1, el 2 y el 3 de agosto...
No
tengo permiso del médico para más, si lo
tuviera, hubiera ido a haceros una visita..., pero no quiero
abusar.
Estos
días en la Trapa con mis queridos hermanos los
necesito como el comer..., y parece que la bondad de Dios me
los concede para darme un ligero descanso y no es que lo
merezca, pero Jesús sabe muy bien hasta dónde
llegan sus criaturas, y siempre en los momentos oportunos
tiende una mano y si, momentáneamente, parece que nos
deja solos..., no es así, pues cuanto más nos
parezca a nosotros que estamos solos, más cerca
está Dios vigilante, y si nos pone obstáculos,
El mismo los quita... No hay más que dejarle
hacer.
El
día primero de agosto es el santo de nuestro buen
Padre Abad, y si él tendrá una
satisfacción con yerme, en ese día, excuso
decirte yo.
El
médico me ha dicho el otro día, que dentro de
unos meses, ya podré reanudar mi noviciado... No me
atrevo a decirte que lo deseo ardientemente, pues por exceso
de deseos propios estoy en casa. Supongo que me
comprendes; pero provechosa me ha sido la
lección.
Ahora
comprendo muy bien ese camino tan estrechito que
señala san Juan de la Cruz, y que está entre
otros dos, en los cuales dice: Oración,
contemplación, consuelos espirituales, dones de la
tierra, dones del cielo, etc. Pues bien, entre esos dos
caminos, está el que yo digo y que solamente dice,
nada... nada... nada...
Qué
difícil, tía María, es llegar a eso. Y
para los que andamos en los principios, qué
fácil es equivocarse, y cuántas veces queremos
encontrar a Dios donde no está. Y cuando creemos
haberle encontrado, nos encontramos con nosotros mismos...,
pero no hay que desanimarse, todo lo permite Dios para bien
del alma, y sin conocer el fracaso, no se saborea el
éxito, y antes de acercarse a Dios no hay más
remedio que despojarse de todo y quedarse en
nada, como dice san Juan de la Cruz.
Pero
bueno, nada nuevo te digo, y que Dios me perdone el querer
tratar cosas tan altas cuando aún sin saber gatear,
ya quiero volar... Ese ha sido mi pecado y lo sigue
siendo...
Pero,
si vieras, Jesús es tan bueno conmigo que todo me lo
perdona y me comprende, pues es el defecto de todos los
niños, que sin llegar aún a las rodillas del
padre, ya se creen con fuerzas para manejar el sable y
calzarse las espuelas de su padre que cariñoso los
mira, y le hacen gracia las bravatas de sus hijos, sabiendo
que si él no está detrás
¿qué seria de las criaturas?... Lo mismo le debe
pasar a Dios conmigo, y cuando me vio empuñar las
armas con tanto brío, le debí hacer gracia y
me dijo: Para ser general, antes hay que ser soldado, y
antes de soldado, tengo que tomarte la talla para ver si
sirves..., y eso es lo que está haciendo conmigo; y
te aseguro, tía María, que poniéndome
de puntillas y levantando mucho la cabeza, la doy «ras
con ras».
Perdóname
el símil, pero no me sé explicar de otra
manera, y si te digo todo esto es porque tengo muchas cosas
dentro y no tengo a quien decírselas. Y puesto que
tienes tanta caridad que me escuchas, me desahogo y en
paz.
Antes,
al yerme tan solo, me entristecía mucho, ahora ya me
voy acostumbrando, pues en la Trapa las penas y las
alegrías son sólo para Dios, y en Él es
en quien debemos buscar nuestro único
confidente.
Pero
sin saber por qué, vosotros sois la excepción,
y si Dios me ofrece ese consuelo, no voy a rechazarlo... Yo
no lo busco. El me lo ofrece en vosotros, y el
cariño, cuando es muy por encima de la tierra, es
agradable a los ojos de Dios, y el único placer que
podemos experimentar sus verdaderos hijos es hablar de
Él, y el encontrar almas en las cuales Dios tiene sus
complacencias, es la gran alegría, pues qué
difícil es ver aquí en la tierra criaturas
suyas que, olvidándolo todo: negocios, asuntos, risas
y lágrimas, elevan el corazón y no piensan
más que en Dios, a El le cantan, a El le miran, le
adoran y su vida terrena es un ¡¡hosanna!!
continuado.
Qué
más da que estemos arriba o abajo, cerca o lejos de
Dios; dirijamos a Él nuestras miradas y
unámonos para alabarle, unos en la vida
monástica, otros en las misiones, otros en el mundo,
unos de una manera y otros de otra..., ¿qué
más da9 El lo llena todo y si nos miramos unos a
otros, perdemos el tiempo... Muy hermosa es a veces la
criatura, pero su vista nos distrae del Criador.
Debemos
seguir con la vista fija en Él, lo mismo estando
entre santos que entre pecadores... Nosotros no somos nada;
nada valemos, ni nada servimos cuando estamos
distraídos y no hacemos caso del Señor. No
perdamos, pues, el tiempo, y si con un pequeño
sacrificio, con una oración o con un acto de amor,
agradamos al Señor, entonces podemos decir, que por
lo menos hemos servido para algo, que es para darle a
Él mayor gloria. Esa debe ser nuestra única
ocupación y nuestro único deseo.
No
os pregunto por vuestros asuntos porque ya sé que van
mal... ¡¡¡Cuánto os quiere
Jesús!!! Esto la mayor parte de la gente no lo ve,
pero a mi no me pasa desapercibido, y sois los de más
suerte de la familia; parece una paradoja, ¿verdad?
Pero vosotros también lo sabéis que es
así, y si algo habéis tenido alguna vez, que
merezca la pena, no ha sido ni vuestro títulos, ni el
dinero, ni nada de todo eso que tanto ambiciona el mundo...
Lo mejor de todo, y de lo que, hasta cierto punto,
podéis estar orgullosos, es de vuestra pobreza...
Cuánto os quiere Dios, tía María, eso
no lo hace Jesús más que con sus escogidos, ya
podéis estar contentos.
Bueno,
nada más tengo que contarte; mi vida es muy sencilla.
Por la mañana voy a comulgar; después desayuno
y me voy a una playa solitaria cerca del Cabo de
Peñas; allí tomo el sol, saco apuntes y alabo
a Dios viendo el mar. Después de comer duermo un
poco; voy a dar un paseo, hago la visita al
Santísimo, ceno, el rosario y a dormir... Eso es
todo.
Hoy
he estado en el Musel, que es el puerto de Gijón.
Suelo ir algunas tardes a ver pescar, y he visto un
espectáculo que siempre resulta grandioso, pero que a
mi me ha dejado un poco triste; es la salida a alta mar de
un trasatlántico alemán... Estaba la tarde
preciosa y el mar en calma; serían alrededor de las
ocho de la noche; empezaban a encenderse los faros de los
puertos vecinos...
Yo
estaba en el final del muelle oyendo ese ruido
característico de los puertos con sus grúas,
las sirenas de los barcos, el batir de los remos. De pronto,
alrededor del buque, circulan las canoas de los
"prácticos", pidiendo paso para el coloso; se oye el
chirriar de las cadenas levando las anclas y por encima de
todo ese ruido, la sirena potente y grave del buque que
lentamente avanza hacia la salida del puerto...
En
el momento de cruzar la barra, se encienden las luces del
barco y la orquesta sobre la toldilla, tocaba un
«fox». Los viajeros miraban displicentes a los
humildes pescadores que en sus "lanchones" viejos y sucios,
arreglaban sus redes o volvían de alta mar
después de una jornada de trece o catorce horas.
Estos, a su vez, miraban avanzar el gigantesco buque lleno
de fuerza, de luces y de música..., ese hotel
flotante donde los hermanos en Dios se separan en clases de
primera, de segunda y de tercera...
Te
aseguro, tía María, que me ha dado qué
pensar, pues el mundo no es más que eso..., un gran
buque que se lanza a alta mar confiado en su poder y en su
fuerza, cuando al menor soplo del viento, todo ese
poderío se hundiría para siempre.
En
el buque, como en el mundo, los hombres para aturdirse hacen
sonar el "facband", y la vida para ellos parece que se
desliza agradable..., pero detrás de todo eso,
cuántas amarguras, cuánta falsedad en todo,
cuánta ambición contenida y cuánta
pasión desatada...
Yo
no sé si es que a esa hora estaban mis hermanos los
trapenses rezando la Salve a la Virgen..., pero la
cuestión es que aquella música que
venía del barco..., me daba mucha tristeza, y luego,
cuando entré en la iglesia y vi el Sagrario tan solo,
cuatro beatas y yo..., créeme, mi oración fue
encomendar a Dios y pedir por todos los hombres, por
todos..., por los del barco, por aquellas criaturas hermanas
mías, que tan tranquilas y tan confiadas estaban
bailando en la toldilla, sin pensar que si Dios
quería, le bastaba un deseo para que todo ese
poderío desapareciera bajo las olas... Qué
pena, Dios mío, qué pena..., y el Sagrario tan
solo.
Allá,
en la Trapa, cuántas veces, cuando a las dos de la
mañana me levantaba, y entraba en el coro, y me
ponía a los pies de Jesús, he ofrecido el
sueño y el frío por todos los hombres..., y
pensaba: "Señor, lo que os ofrezco es bien poca cosa,
pero en estos momentos hay tantas almas, criaturas tuyas que
como no os conocen, quizás os estén
ofendiendo... Perdónalos, Señor..., si yo
pudiera reparar algo tanto desvío de los hombres
hacia Vos..., me quedaría muy contento"... Y yo creo
que Dios me escuchaba, pues el frío y el sueño
hasta me parecían agradables.
Quisiera
ver el mundo entero postrarse ante el Sagrario, ante la
Cruz, y en lugar de eso, ¿qué veo? ¿Para
qué te voy a explicar nada?... Ya lo sabes tú
bien. Gran responsabilidad tenemos los cristianos si no
hacemos algo por la conversión del mundo, y todos
podemos contribuir con algo.
No
te extrañe todo esto que te digo, pero es que mi
salida de la Trapa me ha hecho ver a la humanidad, bajo un
aspecto que antes no conocía..., es decir, viendo a
los hombres como hermanos míos, que no conocen a su
Padre... Pienso más en "trapense", y el trapense
juzga con caridad... Eso es todo.
En
fin, cuántas tonterías y desatinos se me
ocurren, pero que no vienen a cuento. Te escribo todo lo que
se me ocurre, y hay cosas que no se me debían
ocurrir, pero tú, que me conoces, sabrás
hacerte cargo... No me hagas caso, pues si los hechos
correspondiesen a mis palabras, »otro gallo me
cantara», como se dice vulgarmente, pero por desgracia
no es así.
Le
dices a tío Polín que su portada se la
haré cuando vuelva de la Trapa. Por cierto que
allí me encontraré con Fernandito, mi hermano,
que al saber que yo voy a estar allí tres
días, quiere reunirse conmigo... ¿Será
verdad eso de que un loco hace ciento?
Le
dices también a tío Polín que su amigo
don Pedro se ha decidido a rezar el Oficio parvo de la
Virgen. Me alegro mucho por don Pedro, pero me alegro
más por la Señora, que así tiene un
devoto más. Si vieras qué devoción se
la tiene en la Trapa, es algo maravilloso. No hay ni un
trapense que no sea hijo cariñoso de la Madre... Un
detalle, cuando llevaron la imagen que hizo Granda, el
reverendo Padre prohibió terminantemente besarla
porque se iba a quedar sin pintura.
Las
primeras palabras que me dijo el hermano portero cuando
entré en la hospedería fueron: "Y ahora a no
apurarse, y cualquier cosa que le ocurra, dígaselo a
la Virgen María, pues a mí en veintitantos
años que llevo de trapense, nunca me negó
nada". Y aquel hombre lo decía con una unción
y con una fe tan grande cuando hablaba de la Señora,
que desde el primer día, efectivamente, a mí
no me negó nada.
Me
acuerdo que los primeros días tenía que
vencerme algo en el refectorio, pues el plato de hierro y la
cuchara de asta de buey no eran de mi gusto... Pues bien,
antes de entrar le rezaba una Salve a mi Madre para que me
ayudase..., y tan tranquilo. Cuando salía a trabajar
al campo, con una mano el azadón y en la otra el
rosario, y ya podían caer heladas, que no
[me] importaba... Y si vieras con qué
cariño hacíamos en el noviciado el mes de las
Flores..., lo tuve que interrumpir con mi
enfermedad.
Qué
suave y qué dulce es consagrarse a María. En
la Trapa es el único consuelo, el saberse protegidos
de María; y por último, la Salve al atardecer,
antes de irnos al dormitorio; son las últimas
palabras del trapense al final del día..., y con eso
duerme tranquilo sabiendo que si se muere en la noche, la
Virgen lo recoge y lo presenta a su Hijo... Si vieras
qué bien se duerme así, aunque la cama sea
dura... Con el cuerpo cansado y a veces dolorido, pero con
el corazón confiando en la Señora no hay
ningún trapense que no concilie el sueño con
el rostro tranquilo, y luego, al empezar la vigilia en el
coro, también las primeras palabras del trapense son
Ave Maria.
Si
vieras qué vergüenza me daba el haber estado
tanto tiempo sin una verdadera devoción a la Virgen.
No basta el Oficio parvo, ni el rosario, ni medio
millón de novenas... Hay que quererla mucho...,
mucho. Hay que contárselo todo, confiárselo
todo, ser es una verdadera Madre... Y a mi me parece, y esto
tomadlo como cosa mía, y por tanto, no lo
tengáis en cuenta, que cuanto más amor se le
tiene a la Virgen, sin que nosotros nos demos cuenta,
más amor tenemos a Dios; es decir, que nuestro amor a
Dios, aumenta a medida que aumentamos el cariño a la
Santísima Virgen..., y es natural, ¿cómo
vamos a querer a la Madre y no querer al Hijo? Imposible.
¿Y qué no conseguiremos de Dios si se lo pedimos
por intercesión de María?... nada... El primer
milagro de Jesús fue a instancias de la Virgen, y yo
me imagino la cara de María, mirando a Jesús y
diciéndole: "No tienen vino". A mí es uno de
los milagros que más me hace sentir porque interviene
María.
Bueno,
me prolongo demasiado y estoy predicando a convencidos, pero
si no os hablo de Dios y de la Virgen, ¿de qué
queréis que os hable? No sé otra cosa, ni me
interesa otra cosa, y no vamos a tomar lo secundario por
dejar lo principal, ¿no te parece?
Voy
a terminar esta carta, pues me parece que por lo larga no te
quejarás. Aunque quisiera contarte mucha cosas, pero
como nada es de interés, no quiero distraerte mas...
Cuando esté otra vez en el noviciado, te
escribiré contándote cosas de la Trapa, que
supongo te interesarán; por ahora bástete
saber que tu sobrino, el hermano Rafael, no se olvida de ti
en sus oraciones, y que no le pido a Dios que se te arregle
nada, pues Él ya sabrá hacerlo como mejor
convenga. Y como casi siempre los intereses de los hombres
están en contraposición con los intereses de
Dios, cuando parece que todo es un »caos», y que
no hay arreglo posible, entonces es cuando todo está
mejor... ¿Y qué más puedes pedir que
vivir de limosna?... De alguna manera tenemos que pagar la
sangre derramada por Cristo, y si no es en este mundo,
será en el otro. Y cuando el Señor ofrece una
prueba en la tierra, hay que darle infinitas gracias, y las
verdaderas y las que valen son las que Él nos
envía, y no las que nosotros buscamos...
A
propósito de esto, te voy a contar una cosa
insignificante y que a mi me dejó asombrado un
día en la Trapa.
Como
es muy natural que me ocurriese, en los primeros días
de mi noviciado, sentía verdaderas ansias de
humillaciones y mortificaciones... Yo quería hacer
penitencias y se las pedía al Padre Maestro..., y
llegué hasta el Padre Abad. Como es natural, se
reían de mi candor..., y después
comprendí lo que te dije antes, creía buscar a
Dios y lo que hacia era buscarme a mí mismo..., en
esto todos caemos...
Pues
verás, en el refectorio, cuando está toda la
comunidad comiendo en silencio, oyendo la lectura del
Martirologio, siempre que algún monje mete un ruido,
se le cae un cubierto o derrama el agua, o cosa
análoga, es decir, siempre que turbe el silencio o
llame la atención, tiene que salir al centro del
refectorio y allí, delante de todos sus hermanos,
postrarse a todo lo largo en tierra y pedir perdón al
Padre Abad hasta que le mande volver a su sitio.
Esto
siempre azara mucho, y he visto viejecitos con el pelo
blanco, ponerse de mil colores si les ocurría un
percance semejante...
Pues
bien, yo deseaba también postrarme delante de toda la
comunidad en el refectorio, pero daba la casualidad que yo
no metía ningún ruido, ni se me caía
nada, y estuve algunos días con una fuerte
tentación, y era tirar algo como al descuido, meter
ruido y salir al centro del refectorio... Como ves, eso
estaba muy mal hecho; se veía que el espíritu
del mal que quería obrar en mí; el fin era una
mortificación y el medio una mentira y, analizando
bien la cosa, hasta esa mortificación era mentira,
pues halagaba un deseo mío y había incluso
vanidad...
Estuve
unos cuantos días así..., fíjate
qué tontería. Pues bien, no estaba en paz...
Se lo dije al Padre Maestro lo que me pasaba y me dijo que
cuidadito con hacer nada que turbara el silencio en el
refectorio..., que eso estaba muy mal... Y yo entonces
acudí a la Virgen y se lo dije un día antes de
entrar a comer, y cuando estábamos en el coro, le
expuse mi apuro y que puesto que las mortificaciones que yo
buscaba no eran perfectas, pues eran según mi deseo,
que Ella me las mandase y en paz..., eso me pareció
lo mejor.
Pues
créeme, después de pedirle esto a la
Virgen..., llegamos al refectorio, y en una pausa del lector
y cuando había más silencio, me enredo no
sé cómo con la capa; tiro el agua; hago un
estropicio; por poco pongo pingando al hermano que estaba al
lado, y para final se me cae la tacilla de cristal que
tenemos para beber, en medio de las losas, en el suelo...
Con todas las de la ley, ruido, desperfectos, y lo
único que pude recoger en mi azaramiento fue un asa
que había quedado entre un montón de cristales
en el suelo...
¿No
querías salir a postrarte? Pues anda, ahora que no lo
esperabas, a ver qué haces... Yo quería que me
hubiese tragado la tierra. Me bailó la vista, me puse
colorado, hice lo que debía..., lo hice mal y
atropelladamente, y desde aquel día pongo un
exquisito cuidado en la mesa. Cuando estoy comiendo me
recojo con mucho cuidado la capa y no he vuelto a pedir
más mortificaciones a la Virgen. Eso no está
bien; no pidas nada, que sin tú pedirlo, cuando menos
lo esperes, te mandan un plato fuerte, que te atontas para
una temporada. En eso estoy experimentado y a la vista
está.
Hay
una cosa mejor que los cilicios y las disciplinas, que es
conformarse en todo con la voluntad de Dios y no
pedirle nada, ni desear nada, y muchas veces, al pensar en
el «pedid y recibiréis» y en lo miserables
que somos, incluso en el pedirle a Dios, me decía:
"Señor, nada os pido..., pero en ese nada tan
seco, va encerrado todo lo que tanto lo que me dais, que mi
imaginación no llega al límite... Que mi
voluntad sea la vuestra; mis deseos los vuestros; mis
intereses, los de Jesús; mis amores, los de
Jesús. Nada quiero que Vos no queráis, y si no
os agrado, destruidme y aniquiladme. Como veis,
Señor, nada os pido. y sin embargo
os lo pido
todo".
Y,
sin embargo, tía María, después de todo
esto, voy, me acerco a la Virgen y como un niño
mimado, la pido a mi Madre un "bombón", sin que se
entere "papá".
Pero
bueno, no necesito que te explique todo esto. Esta carta con
tantos desatinos, tú la comprendes perfectamente
¿no es verdad?. Y si algo te parece mal, me lo dices;
me he equivocado tantas veces que una más no
tendría importancia... Y ¿qué más
da que nos equivoquemos en nuestros juicios y opiniones...?
Al fin y al cabo, somos hombres. Pero lo único de que
debemos asegurarnos bien es de nuestro amor a Dios ...
Teniendo verdadero amor a Dios, se tiene todo... y si no te
parece una irreverencia, incluso alimenta.
Bueno,
contéstame si tienes tiempo. ¿Sigues yendo a
moribundos? ¿Qué tal Pili? ¿Vais por fin a
Pedrosillo con tu padre y con la perra?... A ver si
conquistas a tu padre; yo te ayudaré desde
aquí, pero no le hagáis rezar mucho... no se
vaya a ir a la Trapa. Salúdale de mi parte. A todos
abrazos y para ti lo que quieras de tu sobrino y hermano en
Jesús y María
Rafael
(1)
Plácidamente transcurrieron para Rafael los primeros
meses de su vida religiosa, concentrada su alma, en la
más fiel observancia de la santa Regla, sólo
vivía para asimilarse con la mayor perfección
del espíritu del Císter, del que era ferviente
admirador. Junto con esa admiración, profesaba a
cuanto a su monasterio se refería, un acendrado
cariño, pero con un afecto apegado a personas y a
cosas, hasta el punto que él mismo confiesa en muchas
de sus cartas, que se consideraba el más feliz de los
mortales.
Su
despedida del mundo tuvo para él carácter de
definitivo y jamás pudo ocurrírsele que Dios,
que tan fuertemente le atraía a la vida del claustro,
tuviese otros designios que los que permaneciera allí
hasta el final de su vida. Pero por suerte inmensa para los
hombres, Dios vigila sus pasos, atiende solícito a
todas sus necesidades, corrige faltas con
sapientísimas lecciones y trata, por último,
de perfeccionar y acabar en ellos, obras maestras, que
sólo un Artista Infinito, puede concluir por medio de
la gracia.
Y
... este fue el hecho: Por medio de una causa natural, una
enfermedad de diabetes, principiaba nuestro Señor su
obra maestra (UN SECRETO DE LA TRAPA, PP. 67-69).
(Volver)
(2)
En mayo se inician los primeros síntomas de la
diabetes con sus enormes cansancios y falta de fuerzas. A
mediados de mayo ya no podía seguir a sus hermanos en
los trabajos del campo, que constituyen uno de los
principales en la vida cisterciense... base quedando
atrás del grupo que formaban los novicios..., pero
nada decía, a pesar de sufrir horriblemente... Al
verle tan falto de fuerzas, y con el rostro intensamente
pálido, mandábanle sentarse y abandonar la
faena..., pero eso era para él la mayor
humillación y mayor trabajo que el trabajo mismo.
¡Cuántas lágrimas -decía él
después- derramé entonces a solas con mi
Dios!.
El
día 24, le había visitado en la
enfermería de la Trapa, el médico de la
comunidad, Dr. Don Clemente Cilleruelo. El Padre Maestro,
Fray Marcelo León, escribe inmediatamente al padre de
Rafael, cuya carta llegó a Oviedo el día 25 y
decía así:
"Muy
señor mÍo y distinguido amigo: cuando menos
pensábamos, se ha notado hoy que Rafael padece
actualmente de diabetes sacarina, que podría curarse
con un tratamiento apropiado y una medicación
racional, consultado el caso con nuestro médico,
opina que es conveniente marche al lado de ustedes y ponerle
allí en tratamiento a la mayor brevedad. Por esta
razón, y con el natural sentimiento, ruego a usted
venga con su coche para llevárselo, y aquí le
darán todas las instrucciones
convenientes.
Con
este motivo, y en espera de su llegada, me reitero atento
s.s. y capellán Fray Marcelo León".
El
25 de mayo de 1934, cuando el hermano Rafael se encontraba
en vísperas de salir de la Trapa por enfermo,
recuerda el Padre Damián Yáñez Neira,
testigo ocular y connovicio suyo, le encontró apoyado
sobre el marco de las ventanas de la galería en la
enfermería, como pesaroso y lleno de ansiedad moral,
por haber avisado a sus padres para que vinieran por
él. Ello índica la profunda vocación
trapense... De ahí sus anhelos constantes de volver
cuanto antes a su amado monasterio.
Cuatro
meses de paz, de felicidad tranquila, de férvido
aprendizaje en el servicio de Dios, después de las
luchas pasadas, de las renunciaciones, cuando el alma
creyó obtenido el triunfo, cuando se creyó
llegada a la meta, tan cerca del Corazón de
Cristo...! ¡Qué rápidos fueron!... Pobre
hermano Rafael!... Otra vez al mundo, a la lucha..., sufrir
siempre...
El
mismo día 25 de mayo, en una alarmante
postración física, y con el alma desgarrada al
tener que abandonar su amado monasterio, vio llegar Fray
María Rafael a su padre y a uno de sus tíos,
que acudían a la llamada del R. Padre Maestro... En
el monasterio durmió su padre aquella noche, y al
día siguiente, dispusiéronse a
partir...".
Al
morir la tarde del día 26 de mayo de 1934, llegaba
Fray María Rafael a la casa de sus padres, de donde
saliera cuatro meses antes pletórico de vida y de
salud. Llegaba pálido, sin vista, casi moribundo, con
el traje seglar colgándole de los hombros, pues
fueron veinticuatro kilos perdidos en ocho días...,
y... sonriente, como si fuera el hombre más feliz de
la tierra. En su maleta levaba el santo hábito
trapense, blanco como el armiño...
"Guárdalo
-fueron sus primeras palabras dirigidas a su madre-
guárdalo bien guardado..., que no se apolille,..,
pero que esté a la mano..."
Y
después, al verse acostado de nuevo en su cama,
atendido, rodeado de médicos, de mimos y cuidados,
dijo tranquilo, y con una tristeza infinita en su mirada
dulcísima: "¿Lo ves? Ya estoy aquí otra
vez... Dios lo quiere!"...
Siempre
la sumisión gozosa a la voluntad de Dios". (VIDA Y
ESCRITOS, p. 112-114). (Volver)
(3)
Amaneció el día 26 y aparece Rafael vestido de
seglar, con una amargura inmensa; le daba vergüenza de
sí mismo. Le di un abrazo y le dejé bajar las
escaleras solo, pero no se tenía. Me llamó;
colocó su mano sobre mi hombro y así
bajó hasta el claustro, aquí le cogí
del brazo y llegamos a la hospedería. Le di el
último abrazo, pero tan fuertemente me apretó
que no quería desprenderse, deseaba morir en mis
brazos. Hasta que el Padre enfermero bajó y le
arrancó de mi, conduciéndole a la ventana,
para que se enjugara el rostro y pudiera presentarse sereno
a su padre que en el recibidor le esperaba para
llevárselo enseguida en el coche a Oviedo
(Declaraciones del P. Teófilo Sandoval, confesor
del Hno. Rafael). (Volver)
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